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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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13/10/20

¿HUYAMOS... Hacia la DERECHA?

 
 

     Las explicaciones fluyen como si de un jubilado sentado en el banco de la plaza vinieran, pero no son aceptables si quien las enuncia es el Presidente, porque millones de compatriotas tienen hambre, lo pasan muy mal, sin embargo sólo se atienden las demandas de la clase media... 

26/7/20

HÉCTOR GERMÁN OESTERHELD, EL ETERNAUTA



Un coleccionista de sonidos de Mar del Plata, compra unas cintas y las escucha para encontrar tesoros, perlitas, notas o reportajes de personalidades de distintas épocas.

Es su hobby.

De pronto descubre un reportaje que le hacen a Héctor Germán Oesterheld, y lo selecciona y aparta.

Busca el teléfono de sus nietos Martín Miguel Mórtola y Fernando Araldi y los llama dándoles la nueva.

¡Apareció un reportaje a su abuelo! (se entusiasmó)

¡Es que hay muy pocos registros de la voz de Héctor!

25/5/20

BOUDOU: "CUANDO PASE EL TEMBLOR"





... La desgracia de un mundo donde el 1% de la población produce burbujas financieras porque ya no sabe en que gastar, mientras grandes mayorías no pueden resolver las cuestiones mínimas de subsistencia y las clases medias se ven sobre-endeudadas y restringidas es inaceptable...


10/5/20

LOS DUEÑOS DE LA GRIETA



En las primeras semanas de la cuarentena, cuando el temor a contagios y a muertes masivas por el coronavirus dominaba el espacio público, hubo un clima de tenue convivencia política con los poderes fácticos.

Con la pandemia hubo una tregua inicial sobre la disputa estructural que existe acerca del rumbo de la sociedad argentina, vulgarizada con la palabra "grieta".

En esa breve pausa, con la comunión de aplausos en los balcones a las 21 horas, las palabras solidaridad, unión y colaboración se repetían en medios de comunicación. Había una sociedad de intereses con el objetivo de cuidarse para cuidarnos entre todos.

¿Qué sucedió a los pocos días para que se alterara esa alianza social? ¿Por qué se volvió a agitar "la grieta"? ¿Por qué medios, analistas y políticos conservadores volvieron a intervenir en el espacio público con una elevada carga de violencia simbólica?

20/4/20

AMADO BOUDOU: "CONSTRUIR UN NUEVO ORDEN MUNDIAL"




EL CAPITALISMO DESAFÍA LA LEY DE GRAVEDAD, 
SIEMPRE DERRAMA HACIA ARRIBA...

Seamos serios: no existe riesgo cero, por eso es importante acompañar el esfuerzo del Estado en función de acotar y minimizar los efectos de la Covid-19.

También comprendamos que los sectores más vulnerables están desprovistos de recursos para enfrentar tanto la pandemia como la vida diaria mientras dure esta situación.

Por favor, hacia ellos los mayores esfuerzos.

La desigualdad sigue siendo el problema más grave de las sociedades y en circunstancias extremas se hace más visible...

20/10/19

EL DISCURSO DE LA DERECHA





La ofensiva que lanzó el propio Mauricio Macri desde su estrado en el “debate” presidencial del domingo pasado no fue espontánea, ni menos aún vinculada a la disputa electoral coyuntural.

La partitura fue escrita hace rato, pero ha sido necesario remozarla debido al cambio dramático que introdujo Cristina Fernández cuando anunció el lanzamiento de la candidatura presidencial de Alberto Fernández.

La partitura sostiene que el kirchnerismo es autoritario, antirrepublicano, peligroso para la libertad y la propiedad y filo-chavista. Y chorro, para la gente menos ideologizada...

28/8/18

LA SEGUNDA RESISTENCIA




→
Dado el incalculable daño causado a la República por este gobierno, la verdad es que la respuesta popular ha sido hasta ahora muy prudente. El desastre económico y social (hambre, desempleo, destrucción del sistema productivo y provisional, y de la educación, salud y ciencia) ha alcanzado niveles que jamás nadie imaginó. Pero el presente ominoso que vivimos -siendo doloroso y desalentador- no por eso ha vencido al pueblo argentino ni mucho menos.

Y tampoco lo doblega el circo periodístico, pletórico de fotocopias dudosas y sin pericias caligráficas, que ofrece arrepentimientos insinceros arrancados a fuerza de chantaje judicial. Con lo que las “confesiones” son truchas porque los dizque “arrepentidos” son corruptos perdonados a cambio de acusaciones verbales y sin pruebas, como si el deshonor se lavara con el agua bendita de Comodoro Pro. Y encima no deja de ser llamativo que en la lista de empresarios coimeros que se autoincriminan diariamente ante el sergiomoro argentino sigue sin ser citado el Sr. Franco Macri. Ausencia más que notoria, impresionante. A menos que sea el único hiperempresario que jamás ofreció ni cobró una coima.

Pero sí es verdad que la organización de la oposición se ha demorado, en parte por la velocidad, audacia y heterodoxia con que el oficialismo impone decisiones, a la vez que siembra cizaña y miente con descaro. No obstante lo cual, aunque llevó más tiempo del deseado, la organización popular empieza a ser visible.

Obviamente no es un proceso concluído y su evolución es lenta y probablemente será dolorosa, porque el más grave daño moral infligido a la república por este gobierno es el odio que instalaron, que es un odio de clases, un odio gorila que genera resentimiento en los subsuelos de la Patria y hoy opera con la misma ferocidad que en los bombardeos criminales de otros odiadores, los de junio de 1955, que de hecho son los mismos, reciclados, porque estos son hijos y nietos putativos de aquellos oligarcas, igualmente corruptos y violentos.

Por eso quizás sea pertinente hablar de una Segunda Resistencia. Que, como hace décadas, se está gestando y será una tromba, aunque quizás todavía no se vea clara porque aún es tiempo de apechugar y tomar impulso.

Quizás muchos jóvenes ignoren qué fue la Resistencia Peronista, nombre con el que la Historia Argentina recuerda el enfrentamiento a las dictaduras y gobiernos civiles instalados a partir del golpe de estado que el 16 de septiembre de 1955 derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. Hasta el 25 de mayo del 73, cuando una gran victoria electoral llevó a la presidencia a Héctor J. Cámpora, fueron 18 años de lucha contra todos los gobiernos instalados mediante golpes de estado y elecciones con el peronismo proscripto.

Si hace décadas aquella Resistencia -que fue sindical, estudiantil, juvenil, barrial y cultural e incluso religiosa- tenía por objetivo el regreso de Perón al país y la realización de elecciones libres y sin proscripciones, la de hoy puede y debe ser mejor. Porque ya no es sólo peronista, ni kirchnerista solamente, sino que ahora hermana a todo el pensamiento nacional y popular, incluyendo a los muchos radicales que no se doblaron, a los socialistas de buena memoria que honran a Alfredo Palacios, a las organizaciones de la izquierda nacional y a decenas de colectivos que se plantan día a día frente a la canalla neoliberal, reclamando de manera pacífica el fin de este oscuro período de latrocinio y odio.

Es un pueblo el que se está plantando frente a los nuevos dictadores de este tiempo miserable. Es tiempo de optimismo, entonces, si como pensamos la Segunda Resistencia ha comenzado. Fragmentada y pacífica, pero consistente, ya se la ve en las calles, los muros, las fábricas, las plazas, los puentes. En el repudio y la puteada cada vez más sonoros. En los maestros y ahora en los estudiantes, una vez más vanguardia de resistencia. El universo sindical que con excepciones tiene vocación retardataria, se sumará más temprano que tarde. Y todo en paz, esta vez sin más armas que las ideas y principios libertarios, la convicción democrática y el anhelo de justicia, soberanía, trabajo y dignidad. Y con el sentimiento patriótico renovado, para enfrentar al coloniaje.

Esta Segunda Resistencia convoca a militantes de todos los orígenes, hermanados en el repudio a la mafia ejecutivo-judicial y en la comprensión de que el centro y eje de la cuestión pasa por una nueva Constitución Nacional. Lo que es buenísimo, más allá de que algunos lo celebren como si descubrieran el dulce de leche. En esta columna lo afirmamos muchas veces: desde el mismísimo 27 de abril de 1956, cuando por un así llamado “bando revolucionario” los dictadores de entonces anularon la CN más democrática, social e igualitaria de nuestra historia (la de 1949), hubo memoria por lo menos en juristas como Jorge Cholvis y Eduardo Barcesat, y ahora también en un colectivo de ciudadanos notables, entre ellos Raúl Zaffaroni, Julio Maier, José Massoni y muchos más que trabajamos por una nueva Constitución.

Que es un camino largo pero inexorable, desde ya, porque replantea todo, como señala El Manifiesto Argentino desde 2002: que la salud, la educación y la previsión social son irrenunciables, indelegables e innegociables. Que las políticas sociales son derechos. Que los únicos monopolios deben ser para defender recursos naturales, servicios públicos sociales y desarrollo de áreas estratégicas. Que los recursos naturales en todo nuestro territorio, en superficie y en subsuelo, son también irrenunciables, indelegables e innegociables, y no serán jamás garantía de endeudamientos o negociaciones financieras, y se anulará toda extranjerización. Que la soberanía será de doble carácter Nacional y de Unidad Latinoamericana, y que desde esa concepción la Argentina promoverá la paz con paz y no se integrará a políticas guerreristas internacionales. Que los derechos históricos, geográficos y jurídicos sobre las Islas Malvinas son inclaudicables. Y entre muchas otras disposiciones, que la transparencia de todos los actos públicos y/o de gravitación social será Política de Estado -de una buena vez- y se caracterizará por el control, lucha y castigo de toda forma de corrupción, para lo cual es prioritario -ab initio e in totum- declarar en comisión a todo el Poder Judicial.

Como toda resistencia política, pacífica y patriótica, es difícil pero es posible.. Y sobre todo es urgente y necesaria.


Por Mempo Giardinelli






→ ¿Cuál es el Plan, qué Programa levantaremos?

 

    ☼ La CONSTITUCIÓN del 49, que se irá perfeccionando con intervenciones de todo tipo, principalmente las del movimiento obrero, a través del tiempo.

Hoy, toda NUESTRA HISTORIA de PLANES, la CONSTITUCION y los PROGRAMAS PERONISTAS, se ACTUALIZAN en 27 PUNTOS del PROGRAMA DE LA CORRIENTE FEDERAL DE TRABAJADORES – CGT

Con el pueblo movilizado, para empezar la discusión sobre el plan, con el objetivo a llevar adelante para tener el país que queremos.

NECESITAMOS UN PROGRAMA PERONISTA


31/1/16

TÁCTICA Y ESTRATEGIA






Acostumbrado a manejarse a sus anchas cuando ejerce el poder, al peronismo siempre le costó encontrar su lugar como partido en la oposición. La pulseada abierta en las últimas semanas por la jefatura del PJ que debe renovarse en mayo esconde –apenas– la discusión por el rol que buscará jugar durante el gobierno de Mauricio Macri la principal oposición, si optará por una estrategia de colaboración con las políticas oficiales marcando diferencias sólo en algunos aspectos o si se inclinará por un papel activo de resistencia a las modificaciones al modelo desarrollado por el kirchnerismo. Una posición intermedia, de “unidad”, también es posible, pero sólo servirá para postergar un debate que tarde o temprano el peronismo deberá saldar.

De los 32 años desde el retorno democrático, el justicialismo gobernó durante 24. En las dos ocasiones en las que fue oposición, el gobierno no completó su mandato. Los dos datos sirven para marcar la anomalía del peronismo fuera del poder. Durante la gestión de Raúl Alfonsín, el peronismo realizó una renovación de su dirigencia, superadora de la ortodoxia tradicional. En el breve interludio de Fernando de la Rúa ni siquiera hubo tiempo para eso y el PJ se presentó luego a elecciones dividido en tres opciones. ¿Qué sucederá ahora con una alianza de centroderecha manejando la Casa Rosada?

El gobernador salteño Juan Manuel Urtubey se muestra como la cabeza del sector que plantea un espíritu colaborador con la gestión macrista. Pese a ser relativamente joven (46 años), Urtubey ya va por su tercer mandato consecutivo como gobernador. En todo ese tiempo, y antes como diputado, Urtubey mantuvo los pies dentro del Frente para la Victoria aunque siempre se preocupó de hacer algún gesto que lo diferencie, dando a entender que él y el kirchnerismo no eran exactamente lo mismo. Desde hace años Urtubey viene anunciando sus intenciones de postularse a la presidencia, pero nunca concretó la amenaza. Su meta ahora es el 2019. Probablemente lo vea como “ahora o nunca”.

Aunque comente que conversa con toda la dirigencia peronista, Urtubey siempre apareció un poco solo en sus posiciones. Un intento por remediarlo fue el asado que compartió con Sergio Massa en Pinamar, pero se vio como un paso excesivo. Urtubey luego salió a aclarar que, en realidad, Massa está fuera del justicialismo, y el jueves pasado suspendió con una excusa un segundo encuentro en el que se mostrarían juntos. Pese a que no parecería liderando ningún grupo, sí es verdad que en los últimos tiempos el salteño aglutina a su paso las críticas al kirchnerismo duro que parten de otros gobernadores, legisladores e intendentes. Las reuniones militantes en las plazas, la defensa de Milagro Sala son cosas “de un partidito de izquierda”, dicen en esas reuniones.

Desde La Cámpora critican a este sector, acusándolo de buscar mimetizar al peronismo con el macrismo. “¿Para qué vas a votar a Urtubey o a Massa si lo podés votar a Macri? ¿No es mejor el original que una mala copia?”, ironizan. Máximo Kirchner definió a Massa como “el candidato de Davos”, luego de que Macri lo presentara en Suiza como el posible próximo jefe del peronismo. Ante la política avasallante y por decreto que lleva adelante el macrismo, el kirchnerismo duro enarbola una estrategia de resistencia y defensa cerrada de los derechos adquiridos en la última década. Con esa idea, buscan evitar cualquier señal de colaboración con las políticas oficiales. Por ejemplo, con obstáculos a la sesión para la aprobación del presupuesto bonaerense o con la sugerencia a algunos gobernadores para que no asistieran a la reunión con el ministro del Interior, Rogelio Frigerio.

Aquí se da otra situación, también típica de un partido en la oposición, sobre las diferencias de perspectiva entre quienes necesitan la colaboración del gobierno nacional para gestionar sus distritos –gobernadores, intendentes– y quienes no tienen esa responsabilidad. Especialmente en un año no electoral como este 2016, en el que gobernadores e intendentes tienen más urgencia por encauzar sus administraciones en medio de las turbulencias económicas que por marcar distancia con la Casa Rosada. “Los de La Cámpora ya piensan en 2019, pero nosotros tenemos que gobernar tres años y medio antes”, se quejaba uno de los legisladores que responde directamente a su gobernador. Estas diferencias vienen generando una brecha también en los bloques de diputados y de senadores del Frente para la Victoria.

Entre un sector y el otro, varios dirigentes buscan mediar para que la sangre no llegue al río. La convicción es que una división opositora sólo beneficiaría a Macri, quien quedaría en condiciones de pasar a manejar también el Congreso, el reducto desde el cual el peronismo debe buscar reconstruirse. Entre ellos hay representantes kirchneristas más moderados, algunos nucleados en la Corriente Nacional de la Militancia. Dirigentes como Daniel Filmus, Agustín Rossi y Gustavo Carmona estuvieron en los últimos días reunidos con todos los sectores en busca de una fórmula para la unidad. Lo mismo el senador Juan Manuel Abal Medina, quien participó de la reunión del jueves de Urtubey con algunos integrantes del bloque que están enojados con el kirchnerismo como Miguel Angel Pichetto. “Intento trabajar para la unidad. Si estuviera vivo, Néstor nos diría: ‘Júntense todos y ganen las elecciones’”, explicaba Abal Medina.

En el fondo, nadie quiere una interna del justicialismo con elección directa de los afiliados, con fecha tentativa en abril o inicios de mayo. Para empezar, se votaría con unos padrones poco confiables que necesitan urgente depuración. Por otro lado, es una interna sin antecedentes que habilitaría una agria discusión e, imaginan, sólo serviría para debilitar al justicialismo en un momento en el que necesita mostrarse fuerte y unido. “Es difícil pensar en una interna Urtubey contra Capitanich”, decía un dirigente que participa de las conversaciones.

Dado que Cristina Kirchner –quien nunca mostró mucho interés por las cuestiones internas del PJ– ya expresó que no tiene en sus planes postularse para la jefatura partidaria, se exploran otras posibilidades. Urtubey candidateó al ex gobernador de San Juan José Luis Gioja, quien tiene prestigio entre sus pares y siempre mantuvo una buena relación con el kirchnerismo, aunque hoy se muestre más alejado. Otra opción es Daniel Scioli, quien seguramente también gozaría de una aprobación mayoritaria. Aunque no haya dado muchas pistas en público, quienes lo consultaron en privado aseguran que el ex gobernador bonaerense está dispuesto a presidir el justicialismo siempre y cuando haya consenso y Cristina Kirchner lo apruebe. En un caso o el otro, los acompañaría una conducción colegiada donde estarían representados todos los sectores, tal como se hizo en la última elección de autoridades.

Suponiendo entonces que pudiera haber consenso para el reacomodamiento y se evitaran las internas, aún quedaría pendiente la discusión sobre el rol del PJ como principal partido opositor. Hay quienes piensan que el debate tiene que ser más amplio, que también debe abarcar los motivos de los resultados de las últimas elecciones a nivel nacional y provincial. “Si bien nadie discute el liderazgo de Cristina Kirchner, incluso quienes la cuestionan, surge claramente que hoy el PJ carece de una conducción táctica, tanto en el plano nacional como el de la provincia de Buenos Aires”, aporta el legislador bonaerense Chino Navarro.

La distinción recuerda a la que hacía Perón sobre táctica y estrategia, una para las grandes líneas políticas generales y la otra para llevarlas exitosamente adelante en el día a día. Lo que no pueden es ser una contradictoria con la otra. “Unidad de concepción y unidad de acción”, adoctrinaba el General en Conducción Política. “No oponer ideas dentro de una misma concepción, porque una idea destruye a otra idea, y entonces, después ocurre lo que ocurre a muchos hombres con quienes hablamos todos los días. Usted lo escucha una hora a ese hombre y él se ha pasado media hora afirmando una cosa, y media negándola. Y entonces, cuando el hombre termina, usted dice: ‘Pero, en conclusión, ¿qué quiere este hombre, adónde va, cuál es la idea?’”. Un desafío para el peronismo ante la necesidad de una política opositora exitosa al gobierno de Macri.







31/10/14

2015: EL PROCESO Y EL PROYECTO








EN 2015 DEFENDAMOS EL PROCESO PARA IR POR EL PROYECTO

En 2015 probablemente votaré por Scioli. Digo probablemente porque todavía no sé si será el candidato del kirchnerismo, que es lo que voy a apoyar. Pero me gustaría que sea, aunque no es santo de mi devoción. Lo que sí tengo claro es que en 2015 decidiremos la continuidad del proceso abierto en 2003 con Néstor Kirchner y después Cristina, y con el que avanzamos como nunca en nuestra historia, desde los primeros gobiernos de Perón.

Eso, que no es poco, no es una revolución, vale la pena aclararlo, ni tampoco implicó hasta ahora ningún cambio estructural de fondo, como en la Bolivia de Evo Morales, por ejemplo. Pero es un salto hacia adelante, coincidente con los nuevos vientos en el Continente; y no hacia atrás como el que pretenden dar TODOS los candidatos de la oposición, incluida la letanía confusa, difusa y obtusa de la “progresía” perfumada de UNEN y cierta “izquierda”, trotskista y no trotskista que lo apoya.
¿Por qué digo que Scioli es la expresión de la continuidad viable del actual “proceso”? Porque el “proyecto” es, o debe ser en mi opinión, otra cosa. El proceso es lo que tenemos y transcurrimos, y en buena hora. El proyecto en cambio es eso: un proyecto, una aspiración; lo que queremos conquistar y convertir en realidad a partir de consolidar el proceso y seguir avanzando, como hasta ahora, con aciertos y errores.

Pero sobre todo reconociendo el devenir en permanente lucha que implica avances, pero también retrocesos. No hay otra forma.

Cabría advertir que no reconocer los retrocesos es lo mismo que aceptarlos. En cambio, admitiéndolos sabremos qué corregir y en qué enemigos poner el acento. También nos permite saber quién y con quién podemos caminar en cada etapa, sumando y no restando. Y si en política la suma no es una operación aritmética y dos más dos pueden ser dos o tres o cinco-seis, una mala apreciación de lo que tenemos y a lo que aspiramos a partir de lo que tenemos, nos puede llevar a saltar etapas y caer en un precipicio.

En otras palabras, al margen de los nombres, que podrían dar para hoy largos e inútiles debates, ¿qué base tendría en 2015 un candidato de lo que se ha dado en llamar el “kirchnerismo duro”? Muy poca, en mi opinión, aunque hubiera ganado ajustadamente la interna del Frente para la Victoria. No tendría, tampoco, ni una pizca del liderazgo y la imagen positiva que mantiene Cristina y le permite, aún así, sólo resistir, y no mucho más, el embate brutal de la canalla mediática y el revanchismo oligárquico.

¿Vamos apretaditos en 2015 tras ese candidato ideal, con las banderas bien altas pero renunciando, objetivamente, a los sueños, para que gane Macri, o lo que es peor (sí, peor, por muchas razones) Massa? Para esa necedad no habrá que contar conmigo. Yo quiero contribuir a que gane Scioli y, como hasta hoy, seguir avanzando pasito por pasito, en lucha, presionando, rodeando, obligando, peleando cada espacio, comprometiendo hacia delante. El atajo, por no decir la cobardía o pasividad del todo o nada o del cuanto peor mejor ya tiene una historia trágica en Argentina.

Insisto: un proceso alentador es los que transitamos; el proyecto transformador es a lo que aspiramos.

La Asignación Universal por Hijo; las paritarias; la (tardía, por cierto) renacionalización de YPF; la firme posición frente a los buitres, la comunión con los procesos de Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela, o Chile y Uruguay; la política de derechos humanos con la firme recuperación de la memoria y la justicia para las víctimas del genocidio; la igualdad de género y el matrimonio igualitario; el reajuste por ley de la asignación de los jubilados; la maravillosa y trascendental política científico-técnica por la que miles y miles de nuestros compatriotas han retornado a la Patria; etc., etc., etc., son, junto a muchas otras medidas de esta gestión de gobierno, que todos conocemos y disfrutamos, los hitos de un proceso que aspira a realizarse definitivamente en un proyecto nacional y popular. Es lo que apoyo y seguiré apoyando con firmeza.

Por el contrario, lamento el inmenso equívoco que se generó con la 125, por el que debimos enfrentar y derrotar un plan destituyente montado sobre ella, pero que permitió a la vez una fabulosa transferencia de ingresos a los pools de siembra y los grandes acopiadores exportadores en detrimento de los pequeños y medianos productores agrarios. No apoyo el visto bueno al negocio criminal y extranjero de la minería a cielo abierto; tampoco los acuerdos secretos con Chevrón y la insólita y francamente entreguista Ley de Hidrocarburos que acaba de aprobar el Congreso. Me huele mal, en general, toda la política energética. No me gusta la subrepticia inclusión de la xenofobia y la vara otorgada al poder mediático para determinar casos de “conmoción social” en el proyecto (en general muy positivo) de nuevo Código Procesal Penal. No apoyo la intención de modificar la ley de medios a partir de otra que retrotrae al proyecto inicial (repudiado y modificado por el debate nacional) para alentar un nuevo monopolio de las telefónicas foráneas; ni el impulso discriminador, grotesco y represivo (Lear) del doctor-coronel Berni, la espada del Poder Ejecutivo para combatir la inseguridad; o el triste epílogo de un general Milani al frente del Ejército de la democracia en el gobierno de los derechos humanos.

Tampoco respaldo, desde luego, la homologación de esas políticas nacionales por parte de Daniel Scioli en la provincia de Buenos Aires. No me gustan. Me hacen mucho ruido. No estoy de acuerdo. Claro que no levanto por eso tribuna, sino sólo por lo positivo, en ambos casos. Porque sé cuál es mi lugar en esta lucha. De igual manera, no admito la corrupción en MI gobierno, más allá de que exista en todos los países y al abyecto de Lanata se le ocurra vociferar falsedades o decir que es “mayor que la de Menem” (sic).

Sin embargo, no creo que sea útil entre los militantes, en nuestros intercambios de ideas y propuestas, limitarse a callar todo y seguir con el ¡Viva Cristina Carajo! Me inclino más bien por un más reflexivo e igualmente comprometido ¡Carajo, Viva Cristina! No dejemos que siga avanzando el enemigo y admitamos que estamos perdiendo terreno (no la guerra, desde luego) en algunos aspectos de una Argentina en la que no hay ciertamente, ni por asomo, ninguna otra alternativa que no sea la continuidad (la posible, no la imaginaria o deseable) de esta gestión, de este proceso, del kirchnerismo o como quiera llamárselo.

Preguntémonos, entonces, ¿qué estamos haciendo para consolidar este proceso, además de vivar a los nuestros e insultar y ridiculizar a las basuras? ¿Interroguémonos por qué y con qué consecuencias NUESTRO gobierno no concreta la participación activa a la que nos convoca y la reduce a sólo movilizaciones y discursos de adhesión?

¿Se entiende la trampa en que se nos pretende envolver? Se trata de que no asumamos la etapa. Que compremos sin beneficio de inventario la foto o la película que nos venden los medios hegemónicos. O sea, la de una país envuelto en una “grieta” en todos los planos, entre los partidarios de un gobierno cuasi socialista o comunista, títere de Venezuela o Cuba, etc.; versus una oposición moderada, que viene a restaurar la democracia frente al autoritarismo y el antiperiodismo, así como a “corregir” la economía enfrentando la inflación y los problemas “de la gente” (esa seudo categoría sin clase que inventó el Chacho Álvarez) acabando con la inseguridad.

Ni lo uno ni lo otro. Este gobierno no es, ni de lejos, algo diferente a un capitalismo que intenta ser humano por su impronta peronista (y no termina de conseguirlo porque no deja de ser capitalismo) y renguea en consecuencia para el lado del pueblo (como ningún otro que lo precedió) y para el de la independencia y la justicia social.

Tampoco las propuestas opositoras son inocentes, sino que vienen a reinstaurar el orden capitalista más feroz y explotador, a terminar en los hechos con la libertad de expresión y volver a la más absoluta y totalitaria libertad de empresa. No quieren acabar con la inflación sino con todo avance de este gobierno que implique ampliación de los derechos colectivos o individuales de las mayorías (no de unos pocos), o algún control sobre los monopolios e independencia de los poderes imperiales. Tienen, sí, cortita la bocha, una receta contra la inseguridad y es la represión indiscriminada, incluyendo la protesta social, y la paz de los cementerios. Se lo propongan o no, terminarán mandando a nuestros científicos, otra vez, a lavar los platos.

Este y no otro es el contexto en el que marchamos a 2015. Para seguir manteniendo y profundizando los logros, como en Brasil, Uruguay o Bolivia, salvando las respectivas distancias, o a los fines de replegarse cerrando y ampliando filas para volver (sin tener que reconstruir todo) en 2019, como en Chile. No es ni será un camino fácil, aun ganando, y el candidato para esa etapa no es, en mi opinión, un dirigente del Movimiento Evita, de Nuevo Encuentro, La Cámpora o cualquier otro sector u organización que se precie, o sea, probadamente nacional y popular, como postula con más deseo que visión Carta Abierta. Al menos que optemos por una victoria testimonial, que sería una derrota al fin, y no es una disyuntiva que se plantee hoy en esos términos.

La correlación de fuerzas actual no es otra cosa que el producto de la dramática batalla ideológico-política-cultural que se libra a través de los medios de comunicación, entre los que las redes sociales son una instancia no menor. Por eso apuro estas reflexiones. No para abrir un debate en si mismo sobre las mismas, valga la redundancia. Más bien para bajar en alguna medida los decibeles del griterío exitista, al que tendemos acaso por necesidad, y comenzar a elevar el tono de las propuestas y los análisis que nos permitan unificar toda la fuerza que tenemos, en el puño que tenemos, para enfrentar al enemigo que tenemos, en los tiempos que tenemos.

De ahí que aspiro a votar al mejor candidato posible en 2015, aunando convicciones y esfuerzos, límites y objetivos, de forma tal de convertirlo, condicionarlo si se quiere, a ser continuador del proceso para bien del proyecto; y no en un mero mal menor “ajeno”. De nosotros depende, como todo.

Buenos Aires, 30 de octubre de 2014



















22/3/14

LA CONSTRUCCIÓN DEL MAL ARGENTINO








En la prensa internacional se impone una nueva construcción discursiva sobre la realidad argentina: consiste en tratarla antropológica, psicológica y filosóficamente como si estuviera afectada de un mal radical. Ese mal consistiría en una repetición maldita, un “eterno retorno de lo mismo”, una compulsión irrefrenable en los argentinos, que siempre los llevará, aun cuando las “apariencias” se empeñen en mostrar lo contrario, al mismo sitio de siempre, incluso obteniendo en cada repetición un resultado siempre más terrible.

Se trata de una fórmula que se extiende por todos los medios de manera insistente, donde se presenta un intento de diagnóstico sobre el destino fatal de Argentina. Suele comenzar con la célebre expresión de Ortega: “argentinos a las cosas”, sabia invocación que indudablemente los argentinos no supieron corresponder y culmina a veces con algún escritor argentino, reconocido por dichos medios, que legitima y autoriza el diagnóstico fatal: País tiovivo, dice el argentino a modo de ilustración, o sea país carrusel, país calesita, en el cual no somos otra cosa que “muñequitos repintados”, que damos vueltas y vueltas mientras nos engañamos con el “relato” de unas transformaciones nunca logradas.

Obviamente el nombre de este mal que aqueja a la nación y del cual los argentinos son responsables porque disfrutan insanamente con ello tiene un nombre: peronismo. Según estos medios, y sus escritores dilectos, hay una suerte de colapso en las conciencias de los militantes, de los movimientos sociales, de las agrupaciones de derechos humanos y de los intelectuales que, o bien por intereses personales o por confusión mental o por las dos cosas a la vez, no despiertan de la ensoñación que sin embargo toda la prensa internacional y local esclarece. Por supuesto que en esta estrategia retórica no se habla de otros países que también, por oscuras razones, insisten en perseverar en su ser. Más bien es como si en las otras naciones hubiera, de un día a otro, metamorfosis espectaculares, que en su constante cambio vuelven a sus ficciones políticas un lugar de permanentes modificaciones, fuera de toda repetición o inercia histórica. Es Argentina la diagnosticada, y es ella la que debe dar cuenta de su malsano afán por el eterno retorno, siendo cierto que son muchos los argentinos que se “satisfacen” con esta versión de sí mismos. Tal vez encontrando en ello una versión singular de sí mismos. Pero lo importante a destacar, en esta política mediática que nos asigna al modo de una esencia inmutable un destino de repetición y sufrimiento voluntario, es lo que encubre en su enunciación:

1) Este diagnóstico, una vez más, encubre la historia política y social de los antagonismos que atravesaron a la Argentina en relación con el país que se desea construir. Si, como los medios enuncian, se trata de un ser capturado en una calesita siniestra, ¿por qué existieron el ‘55, la resistencia, los ‘70 y los distintos enfrentamientos que el kirchnerismo generó en su puja por una versión distinta del país? Si se tratara, como los distintos medios insisten, de una fatalidad antropológica o social-psicológica, ¿por qué no funciona de un modo automático como ocurre con toda repetición verdadera? ¿Por qué han sido siempre necesarias la represión, el golpe, las acciones destituyentes, las desestabilizaciones incesantes? Estas preguntas obvias deshacen de inmediato la idea de un lugar homogéneo abocado compulsivamente a la repetición.

2) La teoría de un país fascinado por su propia repetición conjugada en distintos estilos según los medios internacionales (y también, insistamos, locales) incluye de un modo implícito un llamado a un amo que por fin cure a la Argentina del circuito enfermo. ¿Cómo imaginan los prestigiosos intelectuales de los diarios neoliberales que tiene que ser este nuevo amo que curará a la Argentina de lo que comenzó con Perón, Evita y continúa en el kirchnerismo? ¿Con qué métodos y procedimientos llevará a cabo este exorcismo benéfico?

3) Por último, esta construcción ideológica mediática apunta a una cuestión crucial: si en Argentina nunca pasa nada distinto y sólo es un vano espejismo lo conseguido en estos últimos diez años, entonces ya no vale la pena intentar nada ni insistir en radicalizar las transformaciones logradas. Lo que estos diagnósticos sobre nuestra supuesta esencia repetitiva intentan es el desarme crítico de los proyectos transformadores es un llamado a la dimisión formulada en estos términos: no intentes nada, no luches por nada, no insistas ni vuelvas sobre tus legados históricos; cualquier cosa que te parezca nueva o distinta, tarde o temprano, se revelará como un ensueño que no impedirá el mal argentino de la eterna reiteración.

Ahora que después de diez años surgen límites, impases, rectificaciones de un proyecto, que no inventó los antagonismos, pero que los intentó asumir y esclarecer, es crucial atender a esta nueva construcción mediática de la realidad argentina que promueve ceder ante nuestros mejores deseos.



Psicoanalista y escritor. 
Consejero cultural de la embajada argentina en España.







17/10/12

EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO













Con esta frase del título, directa y contundente, Raúl Scalabrini Ortiz definía admirablemente la conclusión de un proceso que habría de marcar un punto de inflexión en la historia argentina y de toda América latina. Punto de condensación de un proceso de cambios y profundas transformaciones de nuestra sociedad, a partir del 17 de octubre de 1945 la Argentina ya no sería la misma. La auténtica democracia había reclamado su protagonismo en el escenario político de la Nación, y por más que en el futuro su horizonte se presentaría oscuro y sangriento, acechado por las minorías de la propiedad y el privilegio, su semilla sobrevivió a los vendavales para madurar con paso decidido en los inicios del siglo XXI.  

Los antecedentes. La crisis del ’29 creó las condiciones apropiadas para el colapso de la primera experiencia de la democracia política en nuestro país. En la década de 1930, el drástico descenso del comercio internacional provocó el abandono de buena parte de las explotaciones agrícolas, forzando un proceso de migraciones internas hacia los suburbios de las ciudades más ricas del Litoral. Los recién llegados, procedentes del interior profundo de la patria, fueron catalogados como “cabecitas negras” o “aluvión zoológico”, según la definición del diputado de la UCR Ernesto Sanmartino.

El derrocamiento del presidente Castillo por parte de la logia militar GOU (¿Grupo de Organización Unificado?), el 4 de junio de 1943, como medida preventiva para evitar el acercamiento a los EE.UU. que prometía su inminente sucesor, Robustiano Patrón Costas, inició un trienio inestable en la política argentina, consecuencia de los conflictos internos dentro de una gestión sin liderazgo definido y con profundas contradicciones ideológicas, que sólo consiguió sostenerse merced al aporte popular que le garantizó su secretario de Trabajo, el coronel Juan Domingo Perón. Conquistando el respaldo masivo de los trabajadores y de una vieja guardia sindical de origen socialista y sindicalista que lo reconoció como promotor de la democracia social en nuestro país, Perón impulsó diversas normas que garantizaron la dignidad y una drástica mejora en la calidad de vida de las grandes mayorías postergadas.

Sin embargo, el irrefrenable protagonismo político de Perón –quien para 1945 sumaba los cargos de vicepresidente, ministro de Trabajo y ministro de Guerra– resultó indigerible para sus competidores dentro del Ejército. Sus iniciativas (estatuto del peón, vacaciones pagas, leyes de maternidad y de accidentes de trabajo, mayores ingresos y estabilidad laboral) le sumaron el repudio de las clases medias y altas y de la aristocrática Marina. Esas resistencias se unificaban en el repudio compartido por los opositores sobre la informal relación afectiva que Perón había establecido con la actriz Eva Duarte, objeción que combinaba una pacata moralina con altas dosis de odio social.

La conspiración. La rendición de Alemania operó mágico efecto sobre las clases medias y altas porteñas. Llamativamente, las mismas fuerzas partidarias y corporativas que habían apelado al fraude y la violencia como sistema durante la década de 1930 –radicales antipersonalistas, conservadores, socialistas intransigentes y Sociedad Rural–, otros que la habían tolerado –radicales personalistas, demócrata-progresistas y socialistas–, y, finalmente, los comunistas que la habían sufrido en carne propia, se lanzaron en inédita manifestación en el mes de septiembre de 1945 para exigir el fin de la “dictadura fascista”, el apresamiento de Perón y la inmediata entrega del poder a la Corte Suprema.
La nutrida asistencia, compuesta por lo más selecto de la sociedad porteña, provocó inmediato impacto dentro de la Armada y de algunos jefes militares, encabezados por el general Ávalos, quienes trasladaron esos reclamos al presidente Farrell. Si bien coincidían en la exigencia de apresamiento de Perón, no conseguían elaborar una salida política consensuada. La entrega del poder a una Corte Suprema compuesta por conspicuos miembros del conservadurismo argentino implicaba el retorno a la situación de 1943 y era rechazada por varios miembros del GOU. Otros preferían el desplazamiento de Farrell y el establecimiento de un gobierno de transición, compuesto por una fórmula mixta cívico-militar.

Por entonces, Perón había sido trasladado a la isla Martín García, y no faltaban las voces que exigían su asesinato. Farrell, muy debilitado, soportaba la intromisión de Ávalos y del almirante Vernengo, quienes forzaron cambios en su gabinete, incluyendo a tradicionales figuras del conservadurismo. Simultáneamente, las conquistas obreras comenzaban a revertirse: el 12 de octubre fue declarado jornada no laborable sin remuneración.

El 17 de octubre, los trabajadores y Perón. Con el paso de los días se evidenciaba la imposibilidad de alcanzar un consenso entre la atomizada dirigencia cívico-militar. Las clases medias y altas redoblaban sus exigencias, al tiempo que el Partido Comunista ofrecía al general Ávalos –quien había trocado, en su consideración, de fascista autoritario a paladín democrático– la creación de milicias armadas con el fin de reprimir las demandas de restauración de su líder formuladas por el “malón peronista”.

La pérdida del rumbo político de los conspiradores avaló los crecientes rumores de un inminente retorno de Perón a Buenos Aires, por “razones de salud”, que se concretó el 17 de octubre por la mañana. Su llegada motivó el paulatino avance de compactas columnas obreras procedentes del conurbano, pese a que la CGT había dispuesto un paro general para la jornada siguiente.

Hacia la media tarde, la presencia masiva de más de 500 mil manifestantes en Plaza de Mayo forzó al presidente a buscar un entendimiento con Perón, descartando la represión a mansalva propuesta por la Armada. Perón formuló entonces una serie de exigencias sobre recambios del personal político, las FF.AA. y la jefatura policial, para finalmente trasladarse a la Casa Rosada. Desde sus balcones proclamó a esa “masa sudorosa y trabajadora” como portadora de la verdadera civilidad del pueblo argentino y reivindicó la jornada como una “verdadera fiesta de la democracia”, equiparable al 25 de Mayo de 1810. Por último, y ante la algarabía general, el líder se definió como el “vínculo de unión” que haría “indestructible la hermandad entre el pueblo, el ejército y la política”.






Sobre esa alianza, Perón concretaba la fundación mítica de una nueva Argentina. Si bien las interpretaciones de los contemporáneos son divergentes, todos coinciden en destacar el carácter fundacional del 17 de octubre. Mientras La Época destacaba que los “diarios encendidos a manera de antorchas resplandecen sobre la negrura nocturna celebrando la victoria popular”; el conservador Emilio Hardoy afirmaba, a su pesar: “¡Nueve días que cierran una época e inauguran otra!”. Y en tanto Jorge A. Ramos celebraba que “los obreros no eran ya esos gremialistas juiciosos a quienes Juan B. Justo había adoctrinado sobre las ventajas de comprar porotos baratos en las cooperativas”, Scalabrini Ortiz “presentía” que la historia estaba pasando junto a nosotros: “Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente”. La hora de la democracia real había sonado por fin en la Argentina. Consolidarla definitivamente era entonces, y sigue siendo hoy en día, la tarea excluyente de nuestra agenda.




historiador

11/3/12

La Constitución de 1949




El 11 de marzo de 2017, se cumplen 68 años de la sanción de la Constitución Nacional de 1949.

Entonces, la Argentina vivía unos de los momentos mas importantes de su historia como Nación ya que se aprobaba con amplio apoyo popular la reforma de la Carta Magna y con ella se sentaba las bases estructurales de la planificación normativa que el gobierno del General Peron necesitaba para su política de soberanía política, independencia económica y justicia social.

La sociedad necesitaba de altos valores morales y eso era lo que representaba la Constitución del “49”. Peron decía: “ La evolución de los pueblos, el simple transcurso de los tiempos, cambian y desnaturalizan el sentido de la legislación dictada para los hombre de una época determinada.”

La Constitución liberal de 1853, no representaba los cambios que había comenzado con la llegada del General Peron, un 24 de febrero de 1946, al gobierno popular. La Argentina hasta entonces dependiente de un imperialismo expoliador pasaba a ser una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana. En la inauguración de la Asamblea Constituyente el 27 de enero de 1949, el General Peron decía; “ Que salga limpia y pura la voluntad nacional. ¡ Así anidaréis un galardón mas de gloria a nuestra Patria” .

Cuando un 27 de abril de 1956 fue derogada por un decreto de la revolución “fusiladora”, no solo se derogaba una Carta Magna que hoy sigue siendo objeto de estudio y en algún caso utilizada en su filosofía por países hermanos como por ejemplo Venezuela...no solo se terminaba con ella, si no que se derrumbaban derechos que muchos se llenaban la boca con su invención, pero que nadie hasta la llegada del General Peron había hecho realidad. Ese mismo año se sometía a la Argentina al siniestro designio del F.M.I.



LEA EL TEXTO COMPLETO DE LA
Constitución de 1949


Una Constitución es la expresión jurídica de la estructura de poder en la sociedad. Por eso, cuando tienen lugar cambios significativos en esa estructura, la Constitución experimenta modificaciones. La reforma de 1949, de cuya sanción se cumplen sesenta años este 11 de marzo, fue la arquitectura jurídica de los cambios en las relaciones de poder que tenían lugar desde la reforma electoral de 1912, completada con la sanción del voto femenino en 1947. Para entonces el movimiento obrero tenía un fuerte peso políticoinstitucional y el desenvolvimiento de la economía había estimulado la diversificación de las clases propietarias y el surgimiento de una pujante burguesía industrial y una vibrante clase media. La idea de que el Estado era un actor legítimo en la orientación y gestión de la economía (incluyendo la nacionalización de empresas, activos y servicios) a fin de dar sustento al desarrollo, promover el bienestar y la integración social y expandir los márgenes externos de autonomía nacional gozaba de amplia acogida.

El peronismo dio unidad y expresión política a esa fusión de fuerzas sociales; el liderazgo del general Perón potenció sus aspiraciones emancipatorias. Constitución de 1949 fue el producto de esa síntesis histórica: la organización institucional de acuerdo con los grandes objetivos de la nueva correlación del poder social transformado ahora en poder político.

El eje de esa organización era “la irrevocable decisión de constituir una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”, promover “el bienestar general” y “la cultura nacional” (Preámbulo). Los derechos individuales garantizados por la Constitución de 1853 se complementaron con un conjunto de derechos sociales que explicitaban el protagonismo de las clases populares en la política nacional y la inspiración solidaria y humanista de la nueva cultura política: derechos del trabajador, de la familia, de la ancianidad, de la educación, de la cultura (art. 37).

Nacidos de la movilización popular, muchos de ellos ya habían sido recogidos por la legislación social del gobierno peronista; ahora tenían rango constitucional. Se ratificó el respeto a la propiedad privada y se le reconoció una función social; su ejercicio debía aceptar la primacía del bien común (art. 38).

Ello es así porque “el capital debe estar al servicio de la economía nacional y tener como principal objeto el bienestar social” (art. 39).

“La organización de la riqueza y su explotación tiene por fin el bienestar del pueblo dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social” (art. 40).

Se autorizó al Estado a intervenir en la economía, nacionalizar activos y actividades estratégicas para el desarrollo y la soberanía nacional; se definió un procedimiento riguroso para la nacionalización de servicios públicos y otros bienes y empresas cuando el interés nacional lo requiriera, y se declararon “propiedad imprescriptible e inalienable de la Nación” todas las fuentes naturales de energía.

El comercio exterior quedó a cargo exclusivo del Estado; en el resto de las actividades económicas se garantizó la libre iniciativa privada, salvo que tuviera como finalidad “dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usurariamente los beneficios”.

La Argentina de esa Constitución fue la del pleno empleo, el salario remunerador, la masificación de la educación y la salud públicas, la caída de la mortalidad infantil y el alza de la esperanza de vida; de la industria que producía aviones, barcos, camiones y automóviles; que exportaba alimentos, manufacturas, cultura, ciencia y tecnología.

El golpe militar de 1955 derogó la Constitución mediante un grotesco remedo de reforma. La organización económica y política diseñada en el texto de la Constitución de 1949 era incompatible con el designio de retornar por la fuerza a un esquema oligárquico neocolonial. El sometimiento de la política monetaria y financiera al FMI, la represión de los militantes populares y sus organizaciones gremiales y políticas, el castigo a la producción nacional necesitaban justificarse en un instrumento jurídico que habilitara la regresión que se quería imponer.

Argentina y el mundo de hoy no son los de hace 60 años, pero la filosofía política de la Constitución del ’49 brilla como nunca, ante los estragos del capitalismo salvaje, el de-senfreno individualista, los paraísos fiscales y los infiernos sociales. En estos escenarios de exclusión social e incertidumbre, los grandes principios de la Constitución de 1949 siguen marcando el rumbo de las luchas democráticas y populares: la justicia social como condición para el ejercicio soberano de decisiones que apunten a sacudirnos inaceptables tutelajes internos o externos. De cara al Bicentenario, el gran desafío es llenar de contenidos reales las grandes banderas del ‘49 en el mundo globalizado e interdependiente del siglo XXI, de irritantes injusticias y espurias subordinaciones. En eso estamos, desde mayo de 2003.


Carlos Vilas
exPresidente del Ente Regulador de Agua y Saneamiento
(ERAS).




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HACIA UNA NUEVA CONSTITUCIÓN NACIONAL




28/10/11

Peronismo para un País y un Mundo Nuevos





Cuando el general Juan Domingo Perón fundó el movimiento nacional y popular más importante de la posguerra en Hispanoamérica, lo hizo sobre la base de una matriz nacionalista, porque dentro de las Fuerzas Armadas había sectores que no se sometían a ser sirvientes de las oligarquías dominantes ligadas a los intereses de Inglaterra.

Advirtió como nadie la demanda de una ciclópea transformación después del golpe del Gral. Rawson de 1943, generada por una nueva clase obrera industrial en formación y sin conducción, surgida de las masas misérrimas del campo, a las que dio respuesta desde la Secretaría de Trabajo y Previsión.

Claro que le llevó tiempo diseñar una estrategia política para que el país diera un giro de 180 grados. Lo primero que hizo, ya desde el gobierno y luego de que las masas obreras asumieron incondicionalmente su liderazgo luego del 17 de Octubre de 1945, fue desechar de plano los Acuerdos de Bretton Woods y La Carta de La Habana (los antecesores del FMI), advirtiendo que la regencia del mundo unipolar giraba de eje y se trasladaría prontamente al nuevo imperio norteamericano.

Cabal conocedor de lo que por entones se llamaban los dos imperialismos, Perón creó una doctrina humanista y cristiana y, al mismo tiempo, tomó distancia de los dos grandes imperios. Imaginó una política económica autocentrada, sin tutorías extranjeras y estimulando al máximo las posibilidades productivas de un país rico en materias primas y recursos naturales.

El modelo económico y social del primer peronismo logró la reconstitución de la sociedad de clases con un movimiento obrero organizado y dignificado que habría de tener luego una importante participación política en sus gobiernos; una clase media sostenida por salarios dignos y una política de fomento crediticio que le posibilitó acceder a su casa y automóvil; el surgimiento de una burguesía nacional ajena a los intereses coloniales y dispuesta a reconstruir la devastada infraestructura de servicios de la Nación, dejando a los terratenientes y a los oligarcas en minoría ante un nuevo país productivo que emergía. De la mano del legado de los generales Savio y Mosconi, y en consonancia con el nuevo rol del Ejército, esa burguesía tomó en sus manos el desarrollo de industrias básicas como el petróleo, la petroquímica y el desarrollo de la industria pesada y liviana.

Este proceso de transformación a favor de los trabajadores y los sectores medios duró hasta 1955, cuando la oligarquía derrocó en forma sangrienta el gobierno popular del General Perón, iniciando un proceso de entrega del patrimonio nacional y de avasallamiento de las conquistas logradas por los trabajadores. Durante los 18 años que duró su exilio, Perón siguió siendo el máximo líder de los trabajadores, accediendo en 1973, a su efímero tercer gobierno, en que las condiciones geoestratégicas mundiales habían cambiado sustantivamente e intentó mantener la autonomía nacional y sumarse al bloque de naciones emergentes del Tercer Mundo.

Su muerte, el 1 de julio de 1974, agudizó la confrontación interna fratricida que se había desatado al interior del peronismo, y que le abrió las puertas al golpe del 24 de Marzo de 1976, fecha que inaugura una larga era de retroceso de la Argentina como Nación, con la entrega del patrimonio nacional y el terrorismo de Estado, el ataque a las conquistas de los trabajadores y la violación de los Derechos Humanos, sociales y políticos del pueblo argentino. La dictadura finalizó pero las políticas neoliberales continuaron en democracia, a partir de 1983 y hasta 2001, a través de las políticas de ajuste y privatizaciones implementadas por los gobiernos de Alfonsín y Menem, este último con el plus de haber intentado desnaturalizar y “aggiornar” las históricas banderas nacionales y antiimperialistas del peronismo, en aras de una modernización neoliberal que pregonaba el fin de la Historia y de las ideologías.

NÉSTOR, EL CONSTRUCTOR. Desde las ruinas de la Argentina de 2001, hizo flamear las banderas del peronismo y se convirtió en el constructor de la esperanza argentina, con un proyecto político que, fundamentalmente, permitió implementar políticas sociales inclusivas y erradicar las neoliberales de exclusión. Se pasó de lo individual a lo colectivo.

Recordemos que llegó al gobierno y encontró a más de la mitad de la población debajo de la línea de pobreza, dándole prioridad a la recuperación de la estructura productiva con políticas económicas activas. Diseñó una política de desendeudamiento externo que permitió saldar la deuda interna. Tuvo gestos claros y firmes de independencia económica con la salida del default y la negación a las exigencias de los fondos buitres internacionales.

Se enfrentó con vigor a las corporaciones cuando planteó “vivir con lo nuestro”, generando un equilibrio que permita al Estado Nacional acumular reservas con recursos genuinos provenientes de las retenciones a las exportaciones. Creó el Ministerio de Producción y resurgió la economía solidaria a través de las pymes, las cooperativas y las mutuales. En verdad, es interminable la lista de logros del Proyecto Nacional conducido por Néstor y Cristina Kirchner, defendiendo siempre los derechos del pueblo.

EL MISMO PERONISMO. Néstor y Cristina tuvieron la visión estratégica y la virtud democrática de retomar la senda del auténtico peronismo, y rápidamente se transformaron en el centro de la recomposición del campo nacional y popular. Junto a las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, se sumaron los radicales de cuño nacional, los socialistas que no adscriben al juanbejustismo eurocéntrico, la izquierda nacional de Don Jorge Abelardo Ramos y Norberto Galasso, y una pléyade de intelectuales progresistas y patriotas, incluidos viejos combatientes contra la dictadura militar, esos montoneros que emularon con su lucha la gesta de los heroicos caudillos federales que entregaron sus vidas contra la hegemonía del centralismo de Mitre y Sarmiento. Se sumaron también los movimientos sociales, que con la conducción de líderes honestos trabajan para que algún día no haya más pobres en la Patria.

A 8 años de aquella refundación de la Patria autónoma y pacífica, el kirchnerismo es el mismo peronismo en sus esencias, pero abierto al mundo –ya no unipolar–, incrementando su comercio exterior con todas las naciones del mundo sin prejuicios ideológicos insensatos, reconstruyendo la justicia social con planes y programas dirigidos a los más humildes, ejecutando importantes obras de infraestructura para integrar un país desarticulado, asistiendo y fomentando el desarrollo de las provincias más abandonadas.

Las tareas pendientes, como lo reconoció la propia presidenta, son muchas y difíciles, pero para el peronismo, este de hoy, que es el kirchnerismo, el primer desafío es lograr el aumento del empleo formal, con el beneficio de obra social, vacaciones y aguinaldo, para los millones de argentinos que siguen trabajando en negro. Y ampliar los logros de la democracia, para que la Argentina conducida por Cristina pueda ser cada día un país más justo, más democrático y con igualdad de oportunidades para todos sus habitantes.


Donato Spaccavento
Médico - Ex director del Hospital Argerich



21/9/11

DE PRIMAVERAS Y FLORES





Si la historia la escriben los que ganan, como dice la canción de Mignona y Litto Nebbia, eso quiere decir que dentro de cien o doscientos años, la historia contará que hubo un tiempo que fue hermoso y fuimos libres de verdad.

Ese tiempo se llamó “la primavera camporista”.

Duró un suspiro: apenas 49 días.

Del 25 de Mayo al 13 de julio de 1973.

La Lealtad tenía nombre propio: Héctor J. Campora, el Tío para la gloriosa juventud de entonces.
“Campora al gobierno, Perón al poder”, más que una consigna “era el santo y seña para entrar al paraíso”, como dice un poema de Retamoso.

Pasaría a mejor recuerdo, cuando con Sui Generis comenzábamos a cantar “Y rasguña las piedras”.

Como si la canción de Charly avisara que algunas flores de esa primavera empezaban a marchitarse prematuramente.

Vino después una enorme tristeza colectiva con la muerte de Perón.

La tenebrosa “Triple A” de López Rega y sus matones entró a pasar la guadaña a modo de limpieza introductoria de la dictadura que venía al galope con su caballería blindada.

Los genocidas faenaron luego, a destajo, como lo hace el frío invierno con un rosedal.

Pero un brote quedó a salvo y treinta años después, volvió la primavera.

Desde el 25 de Mayo de 2003 los pájaros empezaron a regresar sobre los techos, los árboles, los campanarios y pintaron un cielo más libre y memorioso con el vuelo digno de un hombre llamado Néstor Kirchner.

Como verán, hoy estamos de primavera.

Esta vez nos abraza a todos. Nos reencuentra a muchos.

No se presenta como una estación sesgada ni presume haber crecido apresurada.

Es una primavera nacional, popular y democrática. Le pertenece al pueblo.

Y es una primavera que vino para quedarse, acunada entre quienes habitan esta hermosa tierra nuestra, más solidaria que nunca.

No es la segunda parte de aquella primavera trunca. Por eso no sabe de revanchas.

Esta vez se queda para siempre, si aprendemos a cuidarla todos juntos.

La historia dirá dentro de cien o doscientos años que la Presidenta del Bicentenario se llama Cristina Fernández de Kirchner y es la mandataria de una patria de la primavera que se obstina en usar metáforas todo el tiempo.

No es casualidad que la principal organización juvenil de esta nueva época venga a llamarse “La Campora”.

Así como conmueve saber que el niño que estaba en los brazos del militante Roberto Quieto en el momento que lo secuestraron y desaparecieron para siempre, era su sobrino, Manuel.

Y Manuel es la voz de la Mancha de Rolando, la banda de rock que canta “Arde la ciudad”, al lado de su amigo, el candidato a Vice de Cristina, Amado Boudou.

Como verán, la primavera sabe guardar sus brotes en la memoria.


17/9/11

El GOLPE del 16 de SEPTIEMBRE de 1955








Era un ejercicio de pedagogía gorila. ¿Su sentido? Brutal y simple: estamos dispuestos a todo; quien nos resista debe saber que no sólo tendrá que matarnos, sino que nuestro cadáver será el de la sociedad existente.

Es decir, defender el gobierno peronista suponía –desde esa lectura militarmente condicionada– saltar el cerco. El mensaje fue perfectamente asimilado. Nadie (en las filas del oficialismo, salvo quizás John William Cooke), se propuso ir tan lejos.

Cinco días antes del bombardeo, la oposición política había marchado unificada bajo las banderas vaticanas, movilización de Corpus Christi, dando así cobertura política al atentado. El bombardeo enfureció a los sectores populares (quienes identificaron sin vacilar al responsable político, la Iglesia Católica) y las consecuencias no se hicieron esperar, el 17 de junio una docena de iglesias y el edificio de la Curia Eclesiástica de la capital fueron incendiados. El pato de la boda fue la biblioteca: 80 mil volúmenes ardieron alegremente, mientras los manifestantes entonaban cantos furibundamente anticlericales.

En Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sabato pintará – años más tarde, con la paleta del espanto gorila– el nivel de violencia que ese conflicto contenía. La divisoria de aguas era tajante: de un lado el movimiento obrero, sin su jefatura burocrática; del otro, una fracción militar; en el medio, el grueso de las Fuerzas Armadas. Los demás escuchaban la radio y leían los diarios.

Todo el juego de la reacción pasó por ensanchar la fracción golpista y neutralizar a los oficiales legalistas e indecisos. Conviene no equivocarse, en términos militares el cuadro favorecía ampliamente al general Perón, eso sí, la conciliación no tenía cabida. Perón podía aislar a la Marina, contaba con el Ejército y la Aeronáutica, pero debía aplastar a los responsables del levantamiento. Sobre todo, cuando las víctimas civiles carecían de toda justificación militar. El bombardeo masivo se hizo minutos después de la captura y rendición del responsable de la intentona. Si el vicealmirante Toranzo Calderón hubiera sido fusilado, lo que no presentaba ninguna dificultad jurídica, la respuesta hubiera sido clara. Como tal cosa no sucedió, y el 15 de julio el presidente anunció que “la revolución había terminado”, los conspiradores entendieron: Perón no se proponía derrotarlos militarmente, sólo intentaba librar las diferencias –como siempre había hecho– en terreno parlamentario; en el preciso momento en que la oposición había cambiado de estrategia. ¿El motivo? No creía poder ganar las siguientes elecciones, más allá de cuál fuera el candidato del oficialismo. Mayoría y peronismo eran todavía una misma cuestión.

EL TIEMPO Y LA ESTRATEGIA. La conspiración militar en curso no estaba unificada. En los hechos no lo estaría jamás. Sin embargo, los conspiradores nuclearon 3.000 comandos civiles, y los defensores del gobierno no. Unos usaron el tiempo en armarse para combatir, mientras Perón intentaba aplacar los ánimos; como parte de esa política renunció a la presidencia de su propio partido. El asombro no fue pequeño. No se trató, como sostuvo Jorge Abelardo Ramos en Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de una medida “antiburocrática, sino de un grave error de apreciación. La renuncia del General equivalía a desconocer que era el jefe de una fracción. En lugar de asumir el conflicto intentaba ubicarse por “encima” de las fuerzas en pugna, como presidente de todos los argentinos. El equilibrio que años anteriores le había permitido hacerlo estaba definitivamente roto. La Marina lo había roto, y no admitía vuelta atrás. Es cierto que los nuevos dirigentes partidarios eran mejores que los antiguos, que sólo actuaban nominalmente en un aparato puramente administrativo, pero se trataba de un fenómeno secundario. Aunque Cooke asumió la dirección del partido en la Capital, no podía llamar a la movilización general, porque si lo hacía enfrentaba abiertamente la conducción de Perón. Y el cambio de dirección partidaria sólo tendría el sentido que Ramos le atribuyó, si hubiera estado en condiciones de organizar la resistencia activa al golpe.

Para que una conducción alternativa fuera posible, la Confederación General del Trabajo debería haber estado en otras manos, y el partido peronista se habría tenido que parecer más al laborismo del ’46. Un partido basado en los sindicatos, con una conducción capaz de reproducir el 17 de octubre del 1945 podía defenderse; no era esa la situación.

Por eso, oscuramente, el desorden y la inorganicidad de la conspiración gorila de septiembre, nunca preocupó a los partidos del derrocamiento. Era un lujo que se podían costear, dado que Perón permitió a los opositores usar la radio y exponer sus puntos de vista. Arturo Frondizi replicó sin vacilar: la UCR rechaza la pacificación, salvo que el gobierno pasara a otras manos. La renuncia de Perón era entonces la propuesta implícita. Simple, alcanzar los objetivos del golpe sin darlo. Los trabajadores, en las fábricas, comenzaron a temer y callar. La patronal registraba, a diario, el cambio en las relaciones de fuerza. Entonces, Perón intenta su maniobra final: aterrorizar verbalmente a sus antagonistas.

El 31 de agosto ofrece su “retiro”. La CGT responde en el acto con una concentración, para que el General revea la medida. Dieciocho horas más tarde, Perón apareció en el histórico balcón de la Casa Rosada para rugir: “Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos”. La amenaza era terrible, pero no podía producir el efecto deseado: evitar la lucha, ya que los golpistas estaban dispuestos a la guerra civil, y el general no organizó ninguna respuesta armada.

En los tres meses que mediaron entre el atentado terrorista de la Marina y la insurrección militar de Córdoba, utilizó 75 días en retroceder, pacificación mediante; recién el 31 de agosto convocó al famoso “cinco por uno”, y después de haberlo lanzado no dio cauce organizativo a semejante violencia verbal. El presidente seguía confiando en el Ejército, y esa confianza prueba que su registro del cambio político resultaba inadecuado. Entonces, el general Eduardo Lonardi se insurreccionó en Córdoba, solo, el 16 de septiembre. La tesis política de Lonardi era sencilla: bastaba con abrir un foco de dos o tres días para que los leales defeccionaran. Perón sólo podía sobrevivir si el contraataque resultaba fulminante. En tal caso el golpe tendría un tercer capítulo, y aunque los golpistas fueran derrotados, el gobierno estaba muerto.

El primer peronismo había estallado.

Debemos admitir que ese correcto oficial católico, sin demasiadas luces, en esta oportunidad tuvo razón. Eso sí, su victoria no sería todavía la de la Libertadora. Sería preciso que el general Pedro Eugenio Aramburu lo derrocara, para que el nuevo curso resultara históricamente definitivo.

16/09/11


Nacimiento del segundo peronismo



La posibilidad de derrotar electoralmente al primer peronismo no formaba parte de las expectativas del arco opositor en 1955. Mayoría electoral y peronismo todavía eran una misma cosa. Las elecciones presidenciales de 1958 remitían a una sola pregunta: ¿quién sería el candidato del oficialismo? Ninguna de las respuestas posibles –un dirigente tradicional como el almirante Alberto Teisaire o un cuadro iconoclasta como John William Cooke– tranquilizaban al bloque de clases dominantes. De modo que el recambio electoral estaba cerrado.

Ese no era, por cierto, el único inconveniente. El debate de la cuestión petrolera mostró que no se trataba de un problema político sencillo. El gobierno había negociado un acuerdo con una de las siete hermanas, la Standard Oil de la familia Rockefeller, con un objetivo: evitar la importación de petróleo, y compensar así la merma de divisas duras aportadas por las exportaciones agrarias.

El Parlamento se dividió dejando en minoría al gobierno. La Unión Cívica Radical, capitaneada por Arturo Frondizi, acusó de entreguista al oficialismo. Y el propio Cooke, desde su semanario De Frente, impulsó una eficaz campaña contra el acuerdo. Conviene recordar que la reforma constitucional impedía la enajenación del subsuelo, por tanto, se requería de una ley del Congreso y no de un simple decreto presidencial para poner en marcha ese acuerdo. Los precios internacionales de los granos, por su parte, al finalizar la Guerra de Corea, volvieron a caer; y la necesidad de reequipamiento industrial se hacía sentir. Entonces, la inyección de dólares para sostener el programa de sustitución de importaciones requería –desde la perspectiva del gobierno y de la oposición– del decisivo aporte de la renta petrolera.

Ese no era, por cierto, el único debate. Una sociedad cuyos valores compartidos seguían siendo idénticos a los defendidos por la Iglesia católica de anteguerra debía ponerse a tono con su tiempo: el mundo exprimentaba una creciente laicización, y en medio de la revolución sexual y el rock and roll, los valores tradicionales enfrentaban una crisis inocultable. La misma Iglesia no había podido evitar el viraje hacia el liberalismo político, lo que no era poca novedad tras su alineación con las potencias del Eje y, por tanto, había lanzado su propio programa político de masas anticomunistas: la Democracia Cristiana.

A fines de 1954, el peronismo organizó la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). En Córdoba la juventud católica, particularmente pía (y decididamente gorila), se lanzó provocativamente a integrar jóvenes en abierto desafío al gobierno, tras prohibirles a los propios sumarse a la UES. No era una decisión menor del Arzobispado.

El general Perón respondió con una batalla en regla. Promovió una ley de divorcio, al tiempo que propuso separar la Iglesia del Estado, es decir, modificar el fondo y la forma de la Constitución, cosa que no hizo en 1949. La manutención del clero dejaba de ser una cuestión de Estado, al tiempo que separaba a los capellanes del cuadro de oficiales. Al tomar estas medidas casi en seco, sin un adecuado debate público previo, al enfrentar la movilización opositora mediante métodos burocráticos policiales, enajenó una fracción militar cooptada por el conservatismo religioso. Ese puente facilitó el paso de oficiales hacia la oposición política, y fue la jerarquía católica, a través de la línea de capellanes militares, el instrumento eficaz.

El 16 de junio de 1955, el vicealmirante Toranzo Calderón se insurreccionó sin obtener el respaldo de su fuerza. Sería teóricamente reprimido por nada menos que el contralmirante Isaac Rojas. Toranzo Calderón era el jefe adecuado para dirigir un atentado terrorista, pero no para encabezar la Marina. No se trataba de un marino típico, sino de un ex oficial del Ejército incorporado con la creación de la Infantería de Marina. En otras palabras: Rojas lo eligió para atentar contra la vida del presidente de la República (ese era el objetivo explícito del bombardeo), que era un oficial superior del Ejército. Cinco días antes, toda la oposición marchaba bajo las banderas vaticanas durante la conmemoración de Corpus Christi.

Repasemos los hechos. El 16 de junio a las 10:30 horas, Toranzo Calderón inicia el ataque. ¿Cómo entender un suceso tan cruel? ¿Podría leerse así: “Hemos elegido como enemigo al presidente para matarlo. Quien se ubique en el terreno del enemigo será tratado como si fuera Perón. Para vencernos será preciso matarnos, y quien nos mate no solo deja atrás nuestras chaquetillas ensangrentadas, sino los despojos de la sociedad burguesa. Hablamos en serio, por eso nuestra proclama no es un texto sino el bombardeo de la Plaza de Mayo”.

¿Como respondió el Poder Ejecutivo? La participación de la CGT en la defensa del gobierno no existió. Héctor Di Pietro, secretario general adjunto, puso todo su empeño en que así fuera. Sin embargo, la furia popular estableció la relación entre Plaza de Mayo y la Iglesia católica incendiando esa misma noche una docena de templos. Una multitud que todavía se siente victoriosa escucha al presidente. Perón dice en tan dramática oportunidad: “Nosotros no estamos predicando la lucha, ni la guerra; estamos predicando la paz. No queremos matar a nadie, no queremos perjudicar a nadie”.

El presidente intentó avanzar con su propuesta pacificadora renunciando a la presidencia del PJ. Asimismo, el gobierno autorizó al jefe de la UCR a pronunciarse por radio y televisión. Frondizi produjo una pieza que se puede sintetizar así: el radicalismo rechaza la pacificación. ¿El motivo? La pacificación no podía ser la defensa del gobierno legal, porque la UCR no era capaz de ganar las próximas elecciones. Entonces, si Perón no renunciaba, el golpe estaba expedito.

Antes el gobierno había lanzado el último intento serio de negociación con la Iglesia católica: prorrogar por 180 días la convocatoria de elecciones constituyentes. La jerarquía eclesiástica se ocupó de llevar a largas las tratativas secretas para facilitar el pase del cuadro de oficiales católicos al golpe.

Al presidente Perón no se le escapó el nuevo escenario político. Ni la Iglesia, ni el radicalismo habían aceptado la pacificación, de modo que sólo quedaba el enfrentamiento. El 31 de agosto envió una nota a la dirección del Partido Justicialista y a la CGT ofreciendo su “retiro”. La oposición se desconcertó: ¿Perón renunciaba? Desde el balcón, como en sus mejores días, el general rugió: “Y por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de ellos”. La amenaza era terrible, pero al no articular ningún dispositivo para llevarla a cabo era sólo una fórmula vacía.

El 7 de septiembre todo quedó brutalmente claro. La CGT ofreció sus 6 millones de afiliados al general Franklin Lucero, quien se apresuró públicamente a rechazar la oferta. La víctima de la martingala no era el estado mayor del Ejército, sino los trabajadores de a pie. En verdad, la carta brava de Perón era simple, creía que sus camaradas lo iban a sostener, ya que el cuerpo de oficiales era mayoritariamente legalista. De modo que la hazaña del general Eduardo Lonardi resultó épica, o el desmoronamiento del gobierno fue casi independiente de las escaramuzas que victoriosamente libró el decidido oficial.

Comencemos la crónica esencial. Lonardi cruza el portón de la Escuela de Artillería cordobesa. El jefe de la guarnición no era un insurrecto, su segundo no militaba en las filas de los golpistas, aun así Lonardi lo capturó en la cama (el coronel Turconi dormía) y logró neutralizarlo. Ese es su primer triunfo: Turconi aceptó que un oficial sin tropas deviniera uno con tropas marginándose de la lucha. El coronel no fue rebelde, tampoco fue leal, bastó que facilitara la entrega de la guarnición. Un oficial decidido hubiera podido abortar el juego y los insurrectos hubieran alcanzado la primera plana de los diarios, pero la indecisión de Turconi no obedece tan sólo a características personales, es una indefinición sistémica.

Es posible sostener: Lonardi tuvo suerte, puesto que un coronel particularmente débil se enfrentó con un general particularmente fuerte; pero cuando se comprueba la repetición de la misma operación queda al desnudo la labilidad de esa línea explicativa.

El general Lonardi expresa la perspectiva del bloque de clases dominantes y tantea los caminos para adueñarse de un ejército que no controla desde los tiempos de Justo. Y el coronel Turconi, un burócrata armado que reconocía en la voz del general la legitimidad del amo, dudó… Bastaba.
Ese general tenía sobrados motivos para luchar y vencer; este coronel, muy pocos para arriesgar su vida y su lugar en la institución. No se trató, en consecuencia, de una suerte genérica, ni de problemas de personalidad, sino de la relación entre el cuadro de oficiales y el gobierno, entre los militares y el general Perón. Nadie está dispuesto a morir en defensa de la legalidad, si cree que la nación está por encima de la legalidad. Y esa era la perspectiva política del cuadro de oficiales y del propio Perón. Por eso venció Lonardi en el primer round.

El segundo se inició el 13 de noviembre, a menos de 60 días del levantamiento, cuando el general Pedro Eugenio Aramburu ocupó el lugar de Lonardi, y el jefe de la hazaña épica fue desplazado sin lucha por un militar mucho mas parecido al coronel Turconi que al general Lonardi. Aramburu fue incapaz de levantar con su presencia Curuzú Cuatiá; en última instancia no hizo falta. Dicho con rigor, todo el mecanismo mediante el cual Lonardi fue conquistando la mayoría militar no requirió de ninguna batalla decisiva, bastaron una serie de escaramuzas que permitieron que el pequeño núcleo inicial se expandiera como una mancha de aceite. En realidad, no estamos analizando una insurrección, sino un gigantesco ejercicio de propaganda armada. El objeto del ejercicio es simple: remplazar, evitar una batalla decisiva. Pero la victoria propagandística de Lonardi abonó la victoria política de Aramburu. Es decir, Lonardi vence al ejército rehecho por Perón desde 1946; Aramburu toma ese ejército vencido y transforma su derrota en programa político para una nueva fuerza armada.

Ese nuevo ejército muestra su orientación definitiva pocos meses más tarde, el 9 de junio de 1956, en los basurales de José León Suárez, primero, y fusilando al general Valle, que se entrega confiando en la palabra de sus camaradas, después. En Azul y Blanco, Marcelo Sánchez Sorondo supo señalar en ese acto un corte trágico en la historia nacional. El segundo peronismo, fundado en la derrota de 1955, acababa de nacer.

16/09/10