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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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22/3/14

LA CONSTRUCCIÓN DEL MAL ARGENTINO








En la prensa internacional se impone una nueva construcción discursiva sobre la realidad argentina: consiste en tratarla antropológica, psicológica y filosóficamente como si estuviera afectada de un mal radical. Ese mal consistiría en una repetición maldita, un “eterno retorno de lo mismo”, una compulsión irrefrenable en los argentinos, que siempre los llevará, aun cuando las “apariencias” se empeñen en mostrar lo contrario, al mismo sitio de siempre, incluso obteniendo en cada repetición un resultado siempre más terrible.

Se trata de una fórmula que se extiende por todos los medios de manera insistente, donde se presenta un intento de diagnóstico sobre el destino fatal de Argentina. Suele comenzar con la célebre expresión de Ortega: “argentinos a las cosas”, sabia invocación que indudablemente los argentinos no supieron corresponder y culmina a veces con algún escritor argentino, reconocido por dichos medios, que legitima y autoriza el diagnóstico fatal: País tiovivo, dice el argentino a modo de ilustración, o sea país carrusel, país calesita, en el cual no somos otra cosa que “muñequitos repintados”, que damos vueltas y vueltas mientras nos engañamos con el “relato” de unas transformaciones nunca logradas.

Obviamente el nombre de este mal que aqueja a la nación y del cual los argentinos son responsables porque disfrutan insanamente con ello tiene un nombre: peronismo. Según estos medios, y sus escritores dilectos, hay una suerte de colapso en las conciencias de los militantes, de los movimientos sociales, de las agrupaciones de derechos humanos y de los intelectuales que, o bien por intereses personales o por confusión mental o por las dos cosas a la vez, no despiertan de la ensoñación que sin embargo toda la prensa internacional y local esclarece. Por supuesto que en esta estrategia retórica no se habla de otros países que también, por oscuras razones, insisten en perseverar en su ser. Más bien es como si en las otras naciones hubiera, de un día a otro, metamorfosis espectaculares, que en su constante cambio vuelven a sus ficciones políticas un lugar de permanentes modificaciones, fuera de toda repetición o inercia histórica. Es Argentina la diagnosticada, y es ella la que debe dar cuenta de su malsano afán por el eterno retorno, siendo cierto que son muchos los argentinos que se “satisfacen” con esta versión de sí mismos. Tal vez encontrando en ello una versión singular de sí mismos. Pero lo importante a destacar, en esta política mediática que nos asigna al modo de una esencia inmutable un destino de repetición y sufrimiento voluntario, es lo que encubre en su enunciación:

1) Este diagnóstico, una vez más, encubre la historia política y social de los antagonismos que atravesaron a la Argentina en relación con el país que se desea construir. Si, como los medios enuncian, se trata de un ser capturado en una calesita siniestra, ¿por qué existieron el ‘55, la resistencia, los ‘70 y los distintos enfrentamientos que el kirchnerismo generó en su puja por una versión distinta del país? Si se tratara, como los distintos medios insisten, de una fatalidad antropológica o social-psicológica, ¿por qué no funciona de un modo automático como ocurre con toda repetición verdadera? ¿Por qué han sido siempre necesarias la represión, el golpe, las acciones destituyentes, las desestabilizaciones incesantes? Estas preguntas obvias deshacen de inmediato la idea de un lugar homogéneo abocado compulsivamente a la repetición.

2) La teoría de un país fascinado por su propia repetición conjugada en distintos estilos según los medios internacionales (y también, insistamos, locales) incluye de un modo implícito un llamado a un amo que por fin cure a la Argentina del circuito enfermo. ¿Cómo imaginan los prestigiosos intelectuales de los diarios neoliberales que tiene que ser este nuevo amo que curará a la Argentina de lo que comenzó con Perón, Evita y continúa en el kirchnerismo? ¿Con qué métodos y procedimientos llevará a cabo este exorcismo benéfico?

3) Por último, esta construcción ideológica mediática apunta a una cuestión crucial: si en Argentina nunca pasa nada distinto y sólo es un vano espejismo lo conseguido en estos últimos diez años, entonces ya no vale la pena intentar nada ni insistir en radicalizar las transformaciones logradas. Lo que estos diagnósticos sobre nuestra supuesta esencia repetitiva intentan es el desarme crítico de los proyectos transformadores es un llamado a la dimisión formulada en estos términos: no intentes nada, no luches por nada, no insistas ni vuelvas sobre tus legados históricos; cualquier cosa que te parezca nueva o distinta, tarde o temprano, se revelará como un ensueño que no impedirá el mal argentino de la eterna reiteración.

Ahora que después de diez años surgen límites, impases, rectificaciones de un proyecto, que no inventó los antagonismos, pero que los intentó asumir y esclarecer, es crucial atender a esta nueva construcción mediática de la realidad argentina que promueve ceder ante nuestros mejores deseos.



Psicoanalista y escritor. 
Consejero cultural de la embajada argentina en España.







10/2/14

INCENDIOS Y TIBURONES








La noticia excluyente de la semana fue, sin dudas, el horroroso incendio en Barracas, que podría pensarse que fue intencional. Porque no se explica cómo una empresa especializada en protección de documentos no pudo prever ni evitar un fuego gigantesco que produjo pérdidas totales. Además esa empresa, Iron Mountain, tiene antecedentes de otros grandes siniestros en sus depósitos de Ottawa, Londres y Nueva Jersey, y es por demás sugestivo que su presunto dueño sería el poderoso especulador estadounidense Paul Singer, titular del fondo buitre que detuvo casi tres meses a la Fragata Libertad en Ghana, que encabeza el rechazo a toda propuesta de resolución del canje de deuda, y que opera ante la Justicia y el Congreso de los Estados Unidos en contra de los intereses argentinos.

De ahí que, y quizá no casualmente, al día siguiente del incendio algunos senadores republicanos en el Congreso norteamericano fueron también flamígeros respecto de la Argentina, con motivo de la designación del nuevo embajador de la Casa Blanca en Buenos Aires.

Y tampoco dejó de llamar la atención el hecho de que el incendio del pasado miércoles se produjera horas después de que el Banco Central anunciara una investigación por fraude fiscal contra algunas grandes empresas por muchos millones de dólares.

Como sea, en medio del dolor por la tragedia que enlutó al país, fue patético ver al Gobierno de la Ciudad ocupadísimo en justificar las muchas horas que demoró en hacerse presente el jefe de Gobierno, Sr. Macri, quien parece tener el raro talento de estar siempre de vacaciones cuando ocurren las grandes tragedias.

Y enseguida y a la par –así son de veloces los acontecimientos en este país– buena parte de la ciudadanía empezó a organizarse para dar batalla por el control de precios, mientras un fiscal pedía que el vicepresidente Amado Boudou fuera citado a declarar ante el juez Ariel Lijo por la causa Ciccone.

Esto desató un vendaval periodístico y sobreactuados pedidos de renuncia por parte de desteñidos legisladores expertos en denuncias inútiles. Y aunque muchos consideran hoy que fue un error político la candidatura de Boudou en 2011, por ahora sólo está siendo sacudido por denuncias mediáticas no probadas y en tal sentido hay que ponderar su espontánea presentación del viernes ante el juez.

Otro tema menos resonante, pero de no menor importancia, fue la noticia de que bastante más al Sur, en Santo Domingo, pequeña localidad del centro sojero santafesino, se informó que las muertes por cáncer en su población aumentaron en los últimos veinte años el 300 por ciento. Como ya sucedió antes en San Jorge, Romang y otras localidades, ésa es otra forma de la tragedia argentina: el uso descontrolado de agroquímicos y los vuelos de fumigación rasante sobre ciudades y pueblos, práctica habitual ante el inexplicable silencio de todas las dirigencias políticas, oficialistas y opositoras.

Pero el tema central de los argentinos sigue siendo la devaluación, que no parece del todo detenida. En los tres últimos años, la relación peso-dólar pasó de 4 por 1 en enero de 2011 a 6,50 en enero de 2014, y ahora con el reciente salto a 8 por 1 la pregunta es cuánto tiempo quedará así. Enorme desafío para el Gobierno, sin duda, pero sobre todo preocupación cívica comprensible porque siempre, inexorablemente, la fijación de nuevos tipos de cambio modifica la distribución de la riqueza en perjuicio de las clases populares, que dependen del producto de su trabajo. La devaluación es siempre una degradación instantánea del salario, y así se comprobó en las últimas décadas con el empobrecimiento general de la población. Por eso, el Gobierno se preocupa por fortalecer el consumo y dispone medidas inclusivas, aunque más allá de su buena intención no hay garantías de que se logren los resultados deseados.

Para muchos es por eso preocupante cierto blando accionar del Gobierno frente a la guerra que le declaran a diario los grandes grupos económico–mediáticos y sus servidores políticos, sindicales y sociales. Por eso, ante el temor de que el gobierno nacional esté repitiendo un viejo error, en estos días se recordó y repitió mucho la célebre frase pronunciada en 1987 por Juan Carlos Pugliese, entonces ministro de Economía de Raúl Alfonsín: “Les hablé con el corazón y me contestaron con la billetera”.

Esto significa que los esfuerzos deberían ir más allá de las amenazas retóricas, si de lograr resultados se trata. Porque no se explica cómo van a sacar millones de toneladas de soja de los silos para exportación, sin aplicar a rajacincha la ley de abastecimiento, Nº 20.680. Y tampoco está claro cómo hará el Gobierno para ampliar su base de sustentación con quienes están decididamente enfrentados a los poderes monopólicos concentrados pero no son kirchneristas, aunque apoyan algunas de sus políticas. Ni cuándo se decidirán en la Casa Rosada a convocar a una mesa a los opositores para desbloquearlos, y así acordar posturas mínimas de consenso para enfrentar a los tiburones.

Porque está bien que todo el mundo sabe que a los tiburones no se los domestica. Pero no es con regaños cómo se los mantiene a raya.








26/1/14

LA PELEA X LA TORTA








Pocos meses atrás, el investigador de Flacso, Pablo Manzanelli, realizó un preciso análisis sobre parte de la política económica desarrollada por el Gobierno. Según señaló este especialista en estudios de posconvertibilidad, desde el año 2007 la progresividad en la distribución del ingreso comenzó a estancarse, con una participación de alrededor del 40% de la masa salarial en el producto bruto nacional.

“Ese parecería ser el límite distributivo que toleran los grandes grupos en la Argentina”, señaló, añadiendo que desde ese momento “las fracciones dominantes del capital plantearon una devaluación para reeditar el proceso de reducción de salario real de 2002, lo que entró en tensión con la política de ingresos del kirchnerismo”. De acuerdo a Manzanelli, “el Gobierno empezó a enfrentar a los sectores dominantes, y a plantear, en lugar de una devaluación, la reinversión de las utilidades para apuntalar la competitividad, el crecimiento y resolver los problemas de restricción externa”.

Así, es posible observar que durante los últimos años el Gobierno intentó delinear una política económica diferente a la que planteaban estos grupos concentrados –fundamentalmente ligados a la exportación–, y gran parte del arco político, económico y mediático opositor. Por eso, si bien se buscó evitar el dogma de la convertibilidad, las subas en el precio del dólar fueron mínimas, y crecieron siempre por debajo de los aumentos salariales, lo que permitió sostener, cuando no incrementar, el poder adquisitivo de la clase trabajadora.

No sólo los estudios de Manzanelli exhiben la decisión previa del Gobierno por evitar una fuerte devaluación. Cuando se intensificaron las presiones, las propias declaraciones del Gobierno reafirmaron este rumbo. El 6 de mayo del año pasado, la presidenta Cristina Kirchner señaló que “los que quieran ganar plata con la devaluación esperen a otro gobierno”. Poco tiempo después, el 11 de agosto, sostuvo que “tocar el tipo de cambio es devaluación, argentinos y argentinas, ¿y sabés dónde se te va tu salario cuando devalúan? Ya la vimos esta película”. Por último, el pasado 2 de diciembre, el ministro de Economía, Axel Kicillof, afirmó que el Gobierno no tenía en agenda “ni la caída de salarios ni devaluar tremendamente el peso”.

Si bien estas medidas permitieron sostener por varios años la cotización que el Gobierno buscaba para el dólar, por el otro no hicieron más que incrementar la presión por la moneda norteamericana.
Estas declaraciones sólo reafirmaban un rumbo tomado hacía tiempo, en el que debido a la fuerte presión por el dólar, paulatinamente se incrementó la intervención estatal para sostener las reservas y el valor de la moneda norteamericana, tanto por medio de la búsqueda de nuevas divisas como restringiendo también la salida de las mismas, acelerando paralelamente las minidevaluaciones del peso.

Si bien estas medidas permitieron sostener por varios años la cotización que el Gobierno buscaba para el dólar, por el otro no hicieron más que incrementar la presión por la moneda norteamericana, que en el último año tuvo su correlato en el fuerte aumento del dólar paralelo. La última de las medidas intervencionistas fue dispuesta el pasado martes, cuando la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) restringió la posibilidad de comprar en el exterior a través de internet y sin pagar impuestos a sólo dos transacciones anuales por operaciones de un total de 25 dólares.

Pero el miércoles, todo cambió. Por primera vez durante un día de fuerte presión, el Banco Central no intervino para frenar la cotización del dólar oficial. El resultado, un dólar que de 6,90 saltó a 7,15. El jueves, la autoridad monetaria pareció volver a actuar (o a no hacerlo) de la misma forma, aunque sobre el final de la jornada intervino y logró bajarlo de 8,40 a 8,01. No obstante, el saldo del día fue el de una devaluación aún más fuerte.

Por la mañana del pasado viernes, el Gobierno comunicó que se liberaría el dólar para atesoramiento, (más allá de que se supone que en condiciones reguladas, es decir, bajo justificación fiscal), y que disminuiría del 35 al 20% el anticipo del Impuesto a las Ganancias para la adquisición de divisas con fines turísticos o en compras en el exterior con tarjeta de crédito. La medida, junto a las tomadas en días anteriores, provocó incertidumbre en los especuladores, lo que implicó que el dólar paralelo bajara un peso (se comercializó a 12 pesos). Por su parte, el Banco Central volvió a intervenir, pero en esta ocasión para sostener el precio de la divisa norteamericana en 8,01.

Así, en los últimos tres días de la semana, se implementaron nuevas medidas de línea ortodoxa, es decir, de disminución de la intervención del Estado en la regulación, dejando que las fuerzas del mercado definan la cotización según la oferta y la demanda.
“No ha sido una devaluación inducida por el Estado. Para aquellos amantes del libre mercado, la oferta y demanda de divisas es la que se expresó ayer en el mercado de cambios”, reafirmó el jueves en rueda de prensa el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, dando por sentado también que el Gobierno dejó en libertad a este mercado. También Kicillof se pronunció el viernes al respecto, afirmando que “hay intereses muy fuertes atentando contra el proyecto económico. Ayer hubo un ataque especulativo contra el peso”.

Las acciones, y declaraciones, dejan en claro que el Gobierno tuvo siempre como estrategia de política económica evitar las fuertes devaluaciones, y su consecuente perjuicio sobre los ingresos de la clase trabajadora. Por eso, es altamente probable que las últimas medidas de gobierno hayan sido la reacción lógica y entendible ante un mercado que había logrado torcerle el brazo, antes que por una súbita nueva idea de país. Dirigir la economía de una nación, empero, no es sólo objetivos deseables, sino hechos. Y en los hechos, el Gobierno puede haber querido, pero no sabido, o podido, confrontar a los sectores concentrados para evitar la fuerte devaluación.









24/6/13

MASSA = CAPRILES








Desde los 148 kilómetros cuadrados de Tigre, de los cuales el 60% están cubiertos por clubes de campo, el intendente Sergio Massa se convirtió en la figura más buscada de la política argentina y de cuya decisión estuvieron pendientes el gobierno y la oposición de cara a las internas de agosto y a las legislativas de octubre. Después de muchas marchas y contramarchas que incluyeron una posible alianza con Daniel Scioli, de quien parece el hermano gemelo con mayor audacia, Massa decidió enfrentar al gobierno con una lista que sintetiza la idea de una política de consenso, de representación del poder económico, evitando las confrontaciones e imitando a Capriles en Venezuela, intentando inteligentemente rescatar (por lo menos en lo discursivo), lo que considera avances importantes del kirchnerismo y separándose del mismo en aquellos aspectos de enfrentamiento con sectores del establishment. Esta idea -un verdadero oxímoron- tiene algunas reminiscencias del desarrollismo, aquel que se postulaba después del derrocamiento del peronismo como una versión del “peronismo bueno”, de modo tal que conservando sus avances, fuera republicano y democrático, manteniendo las conquistas sociales pero sin la presencia sindical fuerte, sustituyendo la expropiación de parte de la renta agraria para desarrollar la industria como hacía el peronismo, con la radicación de capitales extranjeros que terminaría desplazando a sectores de la burguesía nacional que el frondizismo intentaba representar.

La lista que encabeza Massa lleva al intendente de Almirante Brown que obtuvo en las última elección nacional el 72% de los votos, seguido por Mirta Tundis, una periodista del grupo Clarín; el ex gobernador Felipe Solá, sobreviviente de distintos espacios con su autoproclamada táctica de “hacerse el boludo”; el empresario, ex presidente de la UIA y en su momento duhaldista José Ignacio de Mendiguren; la ex mano derecha de Francisco de Narváez, Mónica López, que hace un tiempo cambió de preferencia electoral; Adrián Pérez, el antiguo alfil de Elisa Carrió que asumió la conducción de la Coalición Cívica después de la catástrofe electoral de su fuerza en las elecciones del 2011, hasta que las alianzas de su partido lo dejaron marginado; Soledad Martínez, diputada del PRO; Héctor Daer, jefe del gremio de Sanidad de la CGT oficialista; la senadora provincial Azucena Ehcosor, integrante de La Juan Domingo, esposa del intendente de Hurlingham Luis Acuña, expulsada del Frente para la Victoria; el actor Fabián Gianola, simpatizante del PRO; y el empresario Jorge Garfunkel, socio de Sergio Spolski en la propiedad del conjunto de medios afines al gobierno.


Hasta este domingo era difícil saber qué opinaba el intendente de Tigre sobre cualquier tema político, económico y social. Forma parte de una generación de políticos que hacen de su indefinición, de sus silencios, del discurso light e intrascendente, su estrategia política.


En los reportajes que concedió este 23 de junio, se pronunció contra le re-reelección, describió a su lista como una muestra “de un país que debe comprendernos a todos”; afirmó con relación al gobierno que “hay cosas que comparto y otras no. Hay que dejar de lado la teoría de que la Argentina es Bagdad o es Disneylandia”. En uno de los reportajes, el de Clarín, en un momento habla en tercera persona y afirma: “Massa es un tipo que quiere que al país le vaya bien. No tengo aspiraciones. Ocupé un montón de lugares. Diputado a los 27 años. Director del ANSES. Jefe de gabinete. Hice todo lo que podía hacer. Además para el 2015 falta una eternidad… Nosotros queremos una alternativa de centro, una alternativa de futuro para la Argentina con la capacidad para convocar a sectores de centroderecha y de centroizquierda, con gente que viene del peronismo, del radicalismo, del Pro, siempre con anclaje en el peronismo.”


Al diario “Tiempo Argentino le declaró: “Tomamos la decisión de no ir contra nadie”


En cambio en privado, este precoz militante de la UCEDE, como Amado Boudou y Ricardo Echegaray, que entró al peronismo por la puerta de servicio del menemismo, no se anda con vueltas, como lo revelaron los cables de wikileaks. En los mismos refiriéndose a Néstor Kirchner y expresó según consignó Santiago O`Donnell en su libro “Los cables de Wikileaks sobre la Argentina”: “Fue despiadado en sus críticas a la pareja presidencial, especialmente a Néstor. Aunque ninguneó los informes de prensa que decían que él y Kirchner se habían agarrado a trompadas en el cuartel de campaña en la madrugada previa a la derrota en las elecciones de mitad de período en junio del 2009, llamó a Néstor “psicópata” y “cobarde”, y dijo que su actitud de matón en la política esconde una profunda sensación de inseguridad e inferioridad. (La esposa de Massa se alarmó a tal punto por estos comentarios desinhibidos que él le pidió que “dejara de ponerle caras”). Massa cuestionó el argumento que Néstor merecía crédito por ser un táctico magistral, describiendo al ex presidente como un torpe convencido de su propia brillantez que seguramente continuaría cometiendo errores… Dijo que Néstor no se podía relacionar con otro fuera del estrecho foco de sus propias ambiciones políticas: Kirchner no es un genio perverso”, concluyó Massa. “Sólo un perverso.”



Como era esperable y especulaban los medios dominantes y el establishment económico, la alternativa al kirchnerismo debía surgir del interior del Frente para la Victoria, ya sea de Daniel Scioli o de Sergio Massa. El gobernador, después de intentar colocar sus candidatos en las lista de Francisco de Narváez, de aproximarse a romper en alianza con Massa, renunció a cualquiera de esas alternativas y se quedó en el Frente para la Victoria, sin colocar prácticamente a nadie en las listas, y posiblemente haya decidido, involuntariamente, arriar sus aspiración a ser candidato a presidente en el 2015.


El columnista Carlos Pagni en su columna del 24 de junio especula: “Scioli quedó instalado en un no lugar…. Cuando negoció con Massa, pidió por los candidatos de De Narváez, lo que lo vuelve un aliado inaceptable de la Presidenta. Sí, como cree Massa, el gobernador simuló un intento de acuerdo para presionar a la Casa Rosada, no tuvo éxito: ni siquiera logró introducir a su jefe de Gabinete, Alberto Pérez, en la lista de diputados. Ofendido, el gobernador se refugió en la Ñata, para descargar su furia…”



El poder económico que representa el diario “La Nación”, el que cuando Kirchner era un desconocido para la mayoría de los argentinos y había salido segundo en las presidenciales de abril del 2003, pero que preocupaba al diario fundado por Bartolomé Mitre, le presentó un ultimátum que implicaba mantener intactas las bases de sustentación de los 90 bajo la amenaza que en caso contrario el gobierno no duraría un año; ahora, con relación a Sergio Massa, escribió el 1 de junio a través de su columnista Francisco Olivera, este título revelador: “El establishment quiere ver una luz en Tigre”.


Panorama electoral


La decisión de Sergio Massa produce un re alineamiento del tablero político. Para Francisco de Narváez, en cuya lista Hugo Moyano ha podido colocar varios de sus colaboradores, es un contendiente que le morderá una parte de su base de sustentación. Para el gobierno, que necesita ganar con amplitud en la provincia de Buenos Aires para hacer una buena elección nacional dado que al día de hoy pierde en Capital Federal, Santa Fe, Córdoba y posiblemente Mendoza, el nuevo escenario fragmenta positivamente el frente opositor y al mismo tiempo, negativamente, le resta un porcentaje impredecible de su base electoral.


Está claro que estas no son meras elecciones legislativas, ya que composición parlamentaria no se verá afectada significativamente. Pero serán interpretadas como un plebiscito a favor o en contra del gobierno. Si Cristina Fernández no obtiene una cantidad de votos cercano al 40%, los dos años que le faltan para finalizar su mandato serán posiblemente potenciados en las complicaciones y con drenaje de sus filas hacia posibles ganadores en el 2015. Hasta este nuevo panorama el gobierno estaba realizando una elección mejor que la del 2009 e inferior a la del 2011. Seguramente Massa perderá algún porcentaje del que le atribuían las encuestas mientras su itinerario se desplegaba en el Frente para la Victoria, de una magnitud imposible de prever. Su comportamiento electoral estará condicionado en poder arrastrar a la mayor parte del voto antikirchnerista bonaerense y representar algún porcentaje del voto kirchnerista crítico, como sucedió con De Narváez en el 2009. De hacer una muy buena elección, su candidatura para las próximas presidenciales estará allanado. Tendrá que caminar entre la acusación infundada de parte de De Narváez de ser una colectora de Cristina, a la del gobierno que lo denostará por su alejamiento del Frente para la Victoria, asimilado a la traición.

Con relación al gobierno, está claro que la presidenta ha decidido recostarse fundamentalmente a nivel nacional en “La Cámpora”, desplazando a lugares secundarios, en algunas provincias, a su otra base de sustentación que es el Movimiento Evita, con las inevitables heridas.

Las formas de construcción política del gobierno deja un amplio campo de dudas, cuya consistencia se dilucidará también en los próximos eventos electorales.

Con una lista encabezada por el intendente de Lomas de Zamora Martín Insaurralde, con un nivel de conocimiento limitado a nivel nacional, seguido por candidatos del núcleo duro cristinista, la presidenta tendrá que desplegar un accionar intenso que pudo omitir en las presidenciales del 2007 y 2011, en el fundamental territorio de la provincia de Buenos Aires. El gobierno tiene que reacomodar su estrategia en una elección plebiscitaria, mucho más que legislativa, mientras los medios dominantes y franjas significativas del poder económico se ilusionan en haber encontrado su Capriles.







2/5/13

LAS CACEROLAS Y LA DERECHA




¿Qué es una derecha imaginaria? En principio, la componen dirigentes de todo tipo. Algunos de derecha o ultraderecha declarados. Pero la derecha imaginaria está conformada esencialmente por personas que no son ni nunca fueron de derecha. Dirigentes de antiguas trayectorias de interés social, incluyendo antiguos luchadores, que sería injusto decirles de derecha, pero no es injusto advertir que son protagonistas de una nueva experiencia de la derecha. Son centroizquierdistas con una aureola imaginaria –que no quiere decir que no sea efectiva– que tiene sobredeterminaciones de derecha. Esto quiere decir una sola cosa. Vivimos en sociedades donde se ha producido una brutal expropiación del lenguaje político. Las izquierdas pueden hacer un papel cuya estructura de efectos sea de derecha. Esta realidad no es posible adjudicársela a nadie en especial. Quizá la doctora Carrió, con su peculiar lenguaje abismal y conspirativo, con sus deidades intrigantes encerradas en sus miradas oblicuas, pudiera ser un verdadero ejemplo de esta política espectacular de las derechas que se saben tales. Carrió perdió votos, pero marcó un modo de la política donde es posible ser de una derecha inasible, espectral, inmune en su práctica semiológica, perdidosa de votos, pero feliz en su capacidad desestabilizadora.

Horacio González, “La multitud volátil”









Lo inverosímil y contradictorio ocurre entre los argentinos que solemos solazarnos en nuestra original peculiaridad: en los corrillos de la vida cotidiana casi nadie ha dejado de fustigar a las instituciones de una república agujereada y desprestigiada desde sus tiempos fundacionales, pero en el preciso instante en el que alguien (en este caso un gobierno democráticamente elegido) decide poner en evidencia lo evidente de esa corrosión, los mismos que dedicaban su tiempo y sus esfuerzos a denunciar el mal funcionamiento de casi todas las instituciones (que por casualidad suele ocurrir cuando se trata de gobiernos de matriz popular y democrática) se convierten, mutatis mutandi, en los más acérrimos defensores de una república elevada a la condición de ejemplaridad virtuosa. En un giro vertiginoso, que no deja de sorprender, los eternos críticos se transforman en los fiscales implacables de aquellos que buscan reformar lo que desde hace mucho tiempo funciona mal en el país.

En algunos se trata, como siempre, de profundizar su cinismo inveterado, el que los acompaña sin que nada haga mella en ellos; en otros, la mayoría de la clase media acomodada, el “olvido” de sus responsabilidades, la distracción respecto de sus “vicios privados”, los lleva a una extraña y rutilante convicción: ellos son los garantes de la virtud republicana, el freno último ante la avanzada salvaje de los bárbaros que hoy llevan el nombre y el rostro del populismo; aunque también hay un contingente algo más insólito que, diciéndose de izquierda o ofreciéndose como los verdaderos representantes de los intereses populares, confluyen en ese gran mar viscoso de las derechas actuales capaces de tragarse todos los lenguajes con tal de volverlos funcionales a sus intereses. Algo de eso sabe esa retórica progresista que va cambiando de parque temático con tal de asociarse al ruido ensordecedor de las cacerolas clasemedieras. Ayer fue la preocupación por el medioambiente y las políticas extractivas, hoy la corrupción que envilece a una república dañada por el kirchnerismo. Mañana será otra cosa lo suficientemente espectacular como para encontrar en los grandes medios de comunicación su inefable caja reproductora. La derecha, en sus diferentes versiones, hoy habla el lenguaje del stand up lanatista.

Nunca como ahora el poder judicial fue tan virtuoso, nunca como ahora jueces y fiscales, en su inmensa mayoría, se han convertido en los sujetos del verdadero orden republicano. Nada queda de las penurias del ciudadano de a pie ante un sistema judicial burocratizado y absolutamente distante de las injusticias que se cometen contra los débiles de la sociedad; nada de aquella frase que viene de lejos y que insistía con la necesidad “de hacerse amigo del juez” para lograr la impunidad; menos se recuerda la brutal influencia que los poderes económicos ejercieron y siguen ejerciendo sobre nuestros magistrados que, ahora, son elevados a la categoría de la santidad republicana, impolutos e imparciales dispensadores de una justicia alejada de intereses, negocios, venalidades y otras yerbas. La justicia (sus ministros supremos, sus jueces, sus fiscales, sus secretarios, sus escribientes, sus oficiales, sus archivistas y, con ellos, los decanos y los profesores de las facultades de leyes del país) son, qué duda cabe y de acuerdo a las proclamas libertarias de nuestros ruidosos caceroleros imbuidos de un espíritu intachablemente democrático, la garantía de la permanencia del orden republicano, es decir, la garantía de nuestras libertades acosadas por el giro “totalitario” de la demagogia populista que busca con desesperación apoderarse de todas las instituciones.

“¡No pasarán!” claman las heroicas multitudes que se han arrojado a las aguas de la purificación republicana que, como si fueran las aguas del leteo, les permiten olvidar sus inveteradas recaídas golpistas. Sorprendente travestismo de quienes no se indignaron cuando se interrumpió, en otros momentos de nuestra historia, ese mismo orden democrático en nombre de la imperiosa necesidad de proteger a la república de sus saqueadores morales y materiales. Claro, ellos, los neorrepublicanos, son quienes han puesto el pecho para salvarnos de las dictaduras del mismo modo que la mayor parte de los jueces siempre ejercieron la resistencia ante la llegada de los perros de la noche que disolvieron los poderes de la república en nombre de su salvación. Gracias a esos jueces valientes se impidió, entre 1976 y 1983, que se consumara la lógica exterminadora del terrorismo de Estado; ellos pararon los asesinatos, las torturas y las desapariciones haciendo lugar a los miles de habeas corpus presentados por familiares que encontraron en ellos respaldo y comprensión.

La “La multitud volátil” que se expresó el 18 de abril salió a defender a esa justicia que a lo largo del siglo XX se opuso con hidalguía a la sucesión de golpes militares iniciados en el año ’30 en nombre, siempre, de la república y de su salvación de las hordas demagógicas y populistas. Suerte, la nuestra, que tenemos a esa “multitud volátil”, dispuesta para tantas aventuras heroicas, pero que hoy con absoluto desprendimiento se derramó por las calles céntricas para testimoniar su inquebrantable ideal republicano.

La profunda y ya prolongada crisis que ha hecho colapsar la economía mundial no sólo vino a poner en evidencia el descalabro generado por el capitalismo en su fase financiero-especulativa, fase que abarcó las últimas décadas del siglo pasado y que condicionó la entrada en el nuevo milenio, sino que también erosionó las diversas formas de representación y de convivencialidad política dinamitando las tramas modernas y democráticas del espacio público. El predominio de una ciudadanía basada en la alquimia de individualismo, consumismo, mercado y privatización de casi todas las esferas de la vida social fue generando las condiciones para una significativa mutación en las prácticas ciudadanas hasta producir modos y formas que desarticularon a aquellas que venían a expresar las experiencias y las tradiciones de una sociedad todavía atravesada por los lenguajes de la política y de las identidades culturales vinculadas a ese universo de representación y de acción. No hay que confundir la “masa abstracta” que se movilizó el 8N y el 18A con una revalorización de la política. En muchos de esos sectores la “salida a las calles” viene a expresar, bajo la forma de la paradoja, un rechazo y un repudio a la política y a los políticos. Por eso los dirigentes de la oposición prefirieron, en noviembre del año pasado, no ir o hacerlo muy disimuladamente, casi clandestinamente o como ladrones de votos ajenos y, recién ahora cuando se enfrentan a un año electoral, decidieron, aunque sin banderas ni movilización partidaria, mezclarse entre sus potenciales votantes pero intuyendo que una espesa atmósfera antipolítica recorre la columna medular de esa “multitud volátil” que se vuelve disponible para distintas aventuras destituyentes. Incluso hubo quien había dicho el 8N que era “mejor no ir para no enturbiar con sus presencias la manifestación de la sociedad civil”. El fantasma del 2001 revoloteó sobre esa multitud. Purificación republicana contra la democracia de los demagogos.

El surgimiento del ciudadano-consumidor, personaje muy de época, autorreferencial, egoísta, moldeado por las gramáticas audiovisuales, las mutaciones comunicacionales e informáticas y los prejuicios multiplicados junto con la fragmentación de la sociedad se convirtió en el garante de la lógica de mercado, en epicentro de una nueva forma de ciudadanía que al expandir las prácticas privatizadoras de la existencia destituyó, por anacrónicas e inservibles, las experiencias políticas entramadas en el espacio público y deudoras de construcciones simbólicas desplegadas en otro tiempo de la historia, allí donde los sujetos, diversos, manifestaban en sus prácticas modos de afirmar sus identidades y sus deseos de igualdad. La idea misma de un colectivo social, de un ágora como eje de la vida en común, cayó en el descrédito y el desuso allí donde lo que se privilegió fue lo privado, lo íntimo, lo encriptado, el espacio diferenciado, socialmente delimitado construido sobre las bases de la desarticulación y la fragmentación propias de un modelo, el neoliberal, que asentó su despliegue y su dominio no sólo en el imperio de la economía y el mercado (su razón última de ser) sino acentuando y radicalizando una revolución cultural que vino a subvertir las herencias igualitaristas de una sociedad que marchó con ritmo frenético hacia su disolución. Los argentinos pudimos atisbar algo de eso en la crisis de finales de 2001.

El ciudadano-consumidor vino a expresar los deseos imaginarios emanados de la mercancía y de su esplendor; sus ilusiones se asociaron con la utopía californiana, con ese giro alocado hacia la consumación más “plena y libre” de la aventura individual soñada como una nueva manera de construirse una vida propia, original, privada, apolítica, enfrascada en sus propios gustos construidos como si fueran la quintaesencia de la autonomía. Lejos de alcanzar la consumación del ideal californiano (cuerpos esbeltos y rubios dorándose al sol, disfrutando una felicidad saludable y ofreciéndose como modelos de una nueva humanidad cool), la mayoría de los seres humanos no excluidos, y en especial en estas geografías sureñas y empobrecidas, se descubrieron expresando deseos hiperindividualistas pero en el interior de una masificación generalizada y de segunda calidad. Masificación de las costumbres, de las ideas, de las prácticas, de las expresiones culturales que acompañó el proceso de globalización del capital, un proceso que no dejó de arrasar aquellas otras formas de sociabilidad propias de una etapa anterior. La extraña paradoja que emana de las últimas irrupciones de esta “multitud volátil” es que se manifiesta no para construir un colectivo socialmente igualitario, preocupado por las injusticias, la pobreza y la concentración de la riqueza, sino que lo hace para poder regresar lo más rápido posible a sus ejercicios de consumo primermundista sin restricciones de ningún tipo.

La década de los 90 le dio su fisonomía decisiva a la revolución neoliberal liquidando, por inactual e inservible, la idea de una ciudadanía integradora y capaz de generar las condiciones para una genuina movilidad social. El menemismo, entre nosotros, deshizo, sin ruborizarse, todo aquello que había construido el primer peronismo, quebrando, esencialmente, la relación entre sociedad y espacio público, al mismo tiempo que iniciaba y concretaba poco después el proceso de desguace del Estado hasta convertirlo en una ruina, todo en función del nuevo discurso privatizador y de la inexorable tendencia mundial a la reformulación de las variables sociales, políticas, económicas y culturales signado todo ello por un grado inimaginable, hasta ese momento, de concentración en cada vez menos manos de la riqueza. Inéditas formas de la desigualdad y de la pobreza se desplegaron en el seno de nuestra sociedad. Al calor de esas decisivas transformaciones regresivas de la vida social se avanzó en el proceso de despolitización que fue acompañado por el despliegue de los tecnócratas y gerentes que terminaron tomando por asalto los restos de un Estado canibalizado en el mismo momento en que fracciones significativas de la clase política eran capturadas por nuevas e inéditas formas de corrupción impulsadas por los sectores hegemónicos del poder corporativo a las que el economista Eduardo Basualdo denominó, de un modo original, el “transformismo argentino”.

En este sentido, todavía estamos pagando el altísimo precio de un modelo neoliberal que modificó profundamente la estructura argentina, que transformó hasta el tuétano usos y costumbres de aquello que definió, durante décadas, las formas de socialización y de autorreferencialidad cultural propias de nuestro país. El menemismo le compró el alma a un amplio sector de argentinos que estuvieron dispuestos a vender el futuro de sus hijos en nombre de la quimera primermundista y de los viajes desenfrenados a los shopping centers de Miami. Nada, o demasiado poco, quedó de aquella otra sociedad articulada desde la lógica de la solidaridad y de la equidad; de aquellas experiencias de ciudadanía que apuntaron a la integración y a la multiplicación de la esfera pública como ámbito de encuentro y de acción transformadora. Junto con la rapiña del Estado, el menemismo devastó el ámbito de lo público y deslegitimó los lenguajes de la política llevándolos exclusivamente a la zona espuria de la corrupción y de las cuestiones judiciales. Lo que se vació de contenido fue precisamente aquello que habilita a la creación de una ciudadanía más democrática y participativa reduciéndola a masa anónima de ciudadanos-consumidores, de votantes culposos que llevaban al cuarto oscuro sus deudas y su terror a salir de la ficción del uno a uno que había logrado no sólo comprar sus conciencias sino destruir la trama productiva del país. La democracia devino una cáscara vacía capturada por los lenguajes empresariales y secundarizada por la palabra sacrosanta del mercado. La novedad de la “masa abstracta” y de la “multitud volátil” del 8N  y del  18A es que regresó sobre el espacio público para defender sus demandas de siempre amplificadas por la herramienta más sutil que ha podido desplegar el poder neoliberal: los medios de comunicación hegemónicos exaltadores, nuevamente, de los “genuinos ciudadanos” que, bajo la forma de la verdadera democracia, manifiestan sus preocupaciones republicanas.

De lo que se trata, ayer como hoy, es, fundamentalmente, de sostener sus privilegios sin darse cuenta, muchos de los que golpean con entusiasmo las cacerolas, que de triunfar las corporaciones, ellos, los virtuosos, sufrirán también, como en los ’90, las consecuencias. A algunos ni siquiera los esperará el taxi para ganarse unos mangos y a sus hijos tampoco el sueño europeo que se ha convertido en una pesadilla para sus propios habitantes. Para aquellos que creyeron, desde un progresismo aggiornado a los nuevos tiempos, que serían la “vanguardia” de la recuperación virtuosa de la república perdida, lo que les espera, si lograsen imponerse los verdaderos articuladores de la agenda destituyente, es, otra vez, la culpa impagable de haberse convertido en la voz legitimadora de la restauración conservadora.







17/2/13

«La Argentina dividida»









¿Estamos divididos los argentinos? La pregunta viene siendo recurrente al menos desde que se empezó a delinear el espíritu confrontativo que Néstor Kirchner le imprimiera a su presidencia y que se transformara en una marca esencial de la naturaleza del modelo que se encuentra próximo a alcanzar los 10 años en el poder.

Al kirchnerismo no le resulta del todo incómodo el mote de “parteaguas” pues entiende que la política es, ante todo, conflicto que se dirime entre un nosotros y un ellos, aunque siempre en el marco de los límites democráticos. De aquí que no se rasgue las vestiduras por el pataleo histérico de los sectores minoritarios que ven socavada su legitimidad pero sí advierta sobre un conato de violencia preocupante que se deja ver en las manifestaciones que nuclean a sectores opositores. En esta línea alcanza con ver los lemas de los letreros que se enarbolan en las protestas caceroleras y la agresión a periodistas de la televisión pública y privada que en ese marco se multiplicaron, así como también prestar atención a la violencia verbal que profieren referentes opositores a veces impulsados por una envidiable locuacidad. La oposición intenta invisibilizar esas acciones y cuando no puede hacerlo esgrime que estas son sólo una consecuencia de la violencia más sutil impulsada desde el propio gobierno. Independientemente de la discusión acerca de si esto es o no así, tal argumentación abre una puerta a la justificación de hechos de violencia más graves. En este sentido, quienes justificaron la agresión a Kicillof y la englobaron en el marco del hartazgo ciudadano ante las supuestas microviolencias solapadas que provienen del oficialismo, podrían también haber justificado el hecho de que la turba violenta del “Frente jacobino por la liberación del dólar” (filial Punta del Este) hubiera ajusticiado al “economista marxista”. A lo sumo, encararían la argumentación afirmando que “no lo justifico pero hay que entender que el clima de violencia desde arriba da lugar a excesos abajo”. Con todo, no se trata aquí de discutir quién agredió primero o quién agrede más. Se trata de responder a esa pregunta inicial acerca de si existe una división en la Argentina. Y la respuesta que guiará estas líneas es la siguiente: sí, efectivamente, la Argentina está dividida, pero hace 200 años que lo está. En otras palabras, la historia de nuestro país ha estado marcada por las divisiones en todo orden y bajo cualquier paraguas categorial, sea político, sociológico o económico.

Si se toma el siglo XIX, a las disputas políticas que se dieron ya en el marco de los caminos que debía seguir la revolución, le siguió la disputa entre unitarios y federales y la conquista del desierto entre algunos de los sucesos que ponen en tela de juicio la fantasía romántica de una unidad original perdida por algún pecado populista. Ya en el siglo XX, el centenario fue el marco en el que se ponía de manifiesto una sociedad claramente dividida entre una élite criolla y una masa heterogénea de campesinos pobres y extranjeros explotados que presionaría hasta obtener la ley Sáenz Peña y vivir una primavera popular en 1916 que no tardaría en desfallecer a pesar de no haber profundizado demasiado en cambios estructurales que afectaran a la oligarquía terrateniente. Entonces ¿alguien va a decir que el modelo agroexportador argentino era el emblema de una sociedad inclusiva? Por cierto, ¿esa presunta unidad alguna vez perdida se recuperó con el golpe del ’30? Ciertamente no, y la irrupción del peronismo no fue una magia de repollo sino la visibilización de mayorías desplazadas que se sentían representadas por un liderazgo.

Pero no avancemos tan rápido porque, justamente, quienes hoy insisten en endilgarle al kirchnerismo el haber dividido a los argentinos equiparan la situación actual con aquella que se dio desde el ’45 hasta los años ’70 en torno al clivaje peronismo-antiperonismo. En esta línea se dice que las familias se pelean, las parejas se separan y los amigos se distancian por las diferencias políticas, del mismo modo que sucediera en aquellas décadas del siglo XX. ¿Tienen razón al bosquejar ese panorama? Claro que la tienen pero eso no significa que estas fracturas en el campo de las relaciones básicas sean propiedad exclusiva de los procesos peronista y kirchnerista. Lo que sí parece signo característico de ellos es el modo en que esas grietas inherentes a la Argentina (y probablemente a buena parte de las sociedades y los Estados modernos) se han hecho carne y se manifiestan sin ocultamientos. ¿Por qué sucede esto? Seguramente porque se trata de procesos que con infinitas diferencias han intentado al menos trastocar las estructuras vigentes. Se podrá discutir por qué lo hicieron o en qué porcentaje lo hicieron, pero no se podrá decir que ambos procesos resultaron indiferentes para las élites.

Sin embargo, claro está, ni la historiografía liberal ni los comentadores reproductores del relato del establishment podrían aceptar que esas han sido las razones por las que el peronismo y el kirchnerismo generan divisiones. De aquí que recurran a una argumentación sintomática. Para dar cuenta de ello avanzaré un poquito más en la historia para poder situarnos en nuestro pasado reciente. Pregúntese entonces por qué durante los 90 se afirmaba que la sociedad argentina estaba dividida. Nadie lo decía a pesar de que ese modelo hizo eclosión en 2001 y produjo la mayor distancia entre los que más y los que menos ganan, una confiscación de ahorros vergonzosa, más de un 50% de pobreza, un 25% de desempleados y un país al borde de una guerra civil.

¿No son estos números signo de un país fracturado? ¿O el dato para identificar un país partido es simplemente el modo en que se dirimen las diferencias políticas con nuestros familiares, amigos y parejas?

Lo que intuyo es, entonces, que esta idea de una actual Argentina dividida responde con naturalidad deductiva a los principios de una matriz de sentido común neoliberal instalada. Se trata de aquella que considera que sólo la política es la que divide. Dicho de otro modo, pareciera que las diferencias económicas son producto de un natural estado de cosas que, aun estirando la distancia entre los más que menos tienen y los menos que más tienen, responde al orden originario de la unidad nacional. De este modo existiría una desigualdad original aceptada por los ganadores y por los perdedores por igual, y cualquier intento por transformarla supondría un cambio político y, en tanto tal, sería identificado como el mal, una suerte de intromisión artificial que genera crispación, disputa, peleas y violencia. Según esta idea, como la economía es sabia, no genera violencia, y como los pobres deben reconocer el lugar que les corresponde, no hay espacio para que se crispen ni para que se peleen. En todo caso, quedará un lugarcito para que la clase media dispute y, según el contexto histórico, gane o pierda terreno pero nada más. Así lo indica la matriz cultural que se sigue del modelo neoliberal que gobernó entre 1976 y 2001, aquel que partió al país pero en el que teníamos muchos amigos, una buena relación de pareja y una comida familiar en paz en la que se hablaba de todo, menos de política.





28/1/13

LA DONCELLA Y LA MUERTE










Esta semana se estrena La noche más oscura, la nueva película de Kathryn Bigelow, la primera cineasta mujer en ganar un Oscar –en 2010, por Vidas al límite–. Bigelow vuelve a elegir la guerra como tema, pero esta vez en versión casi documental: filma la búsqueda y captura de Osama bin Laden. La decisión de mostrar una larga escena de tortura a un prisionero durante la primera mitad de la película causó un debate que no cesa, desde el regreso de la teoría de la defensa nacional que los franceses “inventaron” para Argelia e Indochina hasta su justificación como tarea de inteligencia en series como 24, pasando por quienes creen que la directora está suscribiendo el uso de la tortura o apenas mostrándolo como un hecho insoslayable. 

Una contundente toma de posición de José Pablo Feinmann en contra de la película de Bigelow y del retrato heroico que hace de los agentes de inteligencia mostrándolos como guerreros de la democracia.




Cuando los militares bolivianos cometieron la –para ellos– hazaña de matar a Ernesto Che Guevara, se sintieron orgullosos. Tanto, que lo mostraron al entero mundo en el piletón de Vallegrande. Ahí estaba el invencible Che, muerto. Ahí estaban ellos, vivos y vencedores. Que el Che, con su milagrosa sonrisa, con sus ojos, aun muerto, abiertos, les arruinara la fiesta, al punto de que el mundo vio al más bello muerto de la historia rodeado de sus asesinos y burlándose de ellos con su sonrisa, con sus ojos pícaros, tal como los tenía cuando andaba de un lado a otro por el planeta, es otra cuestión. Los militares reprodujeron el famoso cuadro de Rembrandt sobre la lección de anatomía: señalaban que los balazos habían entrado por aquí y por ahí y por allá. Ahora viene la pregunta que todos (menos los norteamericanos) se han hecho: ¿alguien vio muerto a Osama bin Laden? Nadie. Y si esperan verlo en la película de Bigelow, olvídense. Van a ver un poco de cierta barba blanca y los orificios de una nariz con algún toque de sangre. ¿Alguien vio cuando lo tiraron al mar? ¿Tomaron fotos de algo sus sacrificadores? Nada. Y cuando llegó la noticia del eterno ocultamiento en el mar todos –en la Argentina y en muchos países del mundo– dijeron: mentira, nos toman por idiotas. O no lo mataron o lo mataron hace tres o cinco años y recién ahora (vaya uno a saber por qué) la CIA nos lo hace saber.

Tomarnos por idiotas es lo que se proponen, pero en concepciones conspirativas de la historia los argentinos somos maestros. ¿Por qué nos escamotearon a Osama? ¿Por qué lo tiraron al mar? ¿A quién tiraron al mar? ¿No tienen una foto para mostrarnos? ¿En la palabra de quién tenemos que creer que semejante archivillano ha sido abatido y el vencedor es parco en exhibir y probar exhaustivamente su triunfo y hasta su gloria? Además, ¿alguien cree todavía que el acontecimiento histórico universal de las Torres Gemelas no tuvo aliados internos? 1) Legitimó el triunfo electoral de Bush, que había sido todo menos transparente. A partir de ahí se transforma en el líder de la nueva cruzada: The President takes charge, dicen entusiastas varios magazines; 2) Se legaliza la guerra contra Saddam Hussein y la invasión a Irak. Guerra que todavía continúa y que ya ha tenido un costo de vidas altísimo. Y que ha recurrido a la tortura (tarea de inteligencia) y ha instalado innúmeros campos de concentración, no detectables por los satélites pues sólo los tienen EE.UU. o sus buenos aliados del Occidente capitalista y cristiano. La guerra de Irak está sostenida por el ataque a las Torres. Y la tortura sigue siendo (y seguirá siendo) la más efectiva de las tareas de inteligencia. Por si hiciera falta: la película de Bigelow lo demuestra. Ya lo había demostrado la casi intolerable Unthinkhable y el fanático agente Jack Bauer en 24 de la cadena Fox, propiedad del derechista Rupert Murdoch, zar de los medios. Ahí se entroncan los medios con los guerreros de la democracia, tortura mediante.


LAS LAGRIMAS DE LA COMANDANTE

Los norteamericanos no inventaron esto. Fue obra de los franceses. En Indochina y en Argelia impusieron la teoría de la Defensa Nacional. Su herramienta principal de inteligencia: la tortura. “La legalidad es incómoda, coronel”, heroicamente le dice un periodista francés (que, sin duda, había leído a Sartre) al coronel Mathieu. Su respuesta (notable) ya es bastante conocida: “La cuestión no es la tortura. La cuestión es si Francia se queda o no en Argelia. Si se queda, no me pregunten por los métodos que utilizo para lograrlo”. La valiente, obstinada agente de la CIA Maya (la actriz Jessica Chastain, que ganará su Oscar pese a su voz poco atrayente, aguda hasta un poco más allá del registro de una gran actriz) podría decir a quienes la denuesten: “La cuestión no es la tortura. Es si ustedes quieren o no que atrapemos a Osama. Si lo quieren, no me pregunten por los medios que utilizo para conseguirlo”.

Porque en el film de Bigelow los medios por los que se atrapa a Osama son: 1) La terquedad de la agente Maya. Su obstinación casi enfermiza. “Los de Washington dicen que es una asesina”, le comenta un hombre del Departamento de Estado a otro. Así nomás, al pasar. Maya, la heroica y terca protagonista, es una asesina según las altas fuentes de Washington. Luego Maya presencia las torturas y aunque algún mohín de disgusto expresa su linda cara, de ningún modo intenta impedir ninguna atrocidad.  

Las atrocidades de las torturas mienten. La principal y casi única es la que aquí conocemos como “el submarino”. ¡Qué piadosos los de la CIA! ¿No averiguaron los métodos de inteligencia de los militares argentinos? El empalamiento, la picana, la tortura delante de los hijos, la violación de las mujeres, el robo de los bebés, el asado de los prisioneros, vivos o muertos, los vuelos de la muerte, etc. O sea, Bigelow muestra una tortura light.

Sin embargo, su fiel torturador dice una frase decisiva ante el capo de la CIA (James Gandolfini): “Todo esto se basa en informes de los presos. Hay un 60 por ciento de posibilidades de encontrar a Osama”. Maya (que comparte la idea de que todo se basa en el testimonio de los presos) dice, contundente, “Hay un ciento por ciento. O, para no asustar sus cojones, caballeros, digamos un 95 por ciento. ¡Pero es un ciento por ciento!”.  

¿Quién es Maya, personaje que se devora el film con su omnipresencia, de la que podría afirmarse sin dudar que atrapa a Bin Laden por su perseverancia casi inverosímil? Maya (y aquí va la bomba) es el alter ego de Bigelow. “Si yo hago la película, yo lo atrapo.”  

¿Quién es Kathryn Bigelow?




Filmó siempre películas de hombres. Estuvo casada con James Cameron, detalle que algo tendrá que ver en la totalidad de nuestro análisis. Su film anterior fue una glorificación de los desactivadores de bombas, todos héroes, todos sacrificados, todos tipos que arriesgan sus vidas por salvar las de los otros. Bigelow es uno de los grandes personajes de Hollywood, es (según creo) bellísima, y ya pasó los sesenta. Tiene cara de inteligente, de mujer brillante, corajuda. Es patriota. Y atención: uno de sus próximos proyectos es hacer un film sobre la Triple Frontera a la que llenará de narcotraficantes, fundamentalistas islámicos y drogones miserables, despojos de la vida que nada valen.

Volvamos a Maya. Todos están en contra de su obstinación por ir tras Bin Laden. Un personaje comenta: “Es ella contra el mundo”. Sin embargo, aparte de su patriotismo agobiante, nada parece justificar (internamente) esa perseverancia. Maya es sensible. Maya es dura. Se enfrenta al mundo masculino y hasta llega a reventar a gritos a un tipo que se le opone (gran escena de Jessica Chastain que proyectarán si le dan el Oscar, recuérdenlo). La película se centra más en ella que en el misterio Osama, en el despliegue de inteligencia, o en la acción impresionante de las fuerzas de ataque.

¿Por qué llora Maya al final del film? ¿Por qué el film cierra con un plano medio de Maya derramando breves, pero dolorosas lágrimas? Tal vez, conjeturo, porque comprende que el sentido de su vida ha muerto con Osama. Tal vez porque sabe que mintió. ¿Alguien puede imaginar qué habría sucedido si Maya destapa la bolsa mortuoria de Osama, lo mira, mira a sus compañeros y niega con su cabeza en lugar de afirmar? ¿Era posible una actitud así en una mujer que había arrastrado al poder más grande de la Tierra hacia una zona inhallable donde no estaba lo que debía estar, lo que ella había dicho (con el ciento por ciento de su obstinación) que estaba? Llora por eso. Porque mintió. Porque será imposible exhibir algo de Osama al mundo y probar la hazaña. Porque habrá que sepultarlo en el mar, escamotearlo, esconderlo para la eternidad. Y si no que alguien diga por qué llora esa mujer tan dura, una “asesina”, una comandante de hombres, una convencida de los beneficios de la tortura.


UNA BANDERA PARA LA GUERRA

Decir que el film está bien hecho es un pleonasmo. Bigelow dirige bien y tiene –aquí– a toda la CIA y a todo el gobierno de los EE.UU. de su parte. Aunque se inicia con un contraste burdo, indigno de cualquier artista, pero perfecto para justificar la tortura. Pantalla en negro y de a poco empezamos a escuchar los gritos de los que habitan las Torres cuando se produce el atentado. Es el horror, por supuesto. Pero ese horror está puesto exactamente ahí para que la película pueda abrir con una escena brutal de tortura. ¿Ven? Aquí está la consecuencia inevitable del atentado. Fue porque nos agredieron que hacemos algo que no haríamos. Nos forzaron. Nos obligaron a hacer cosas que John Wayne jamás habría hecho, aunque las haría de estar en nuestro puesto, como vengadores de la injuria más grande que América ha recibido.

Confieso –casi dando un salto en el desarrollo del film– que el ataque final a la morada del Villano no me impresionó como lo esperaba. Ocurre de noche. Las luces salen de los súper cascos de los súper soldados. Hay tiros a destajo, muertos, idas y venidas, hasta que parece que matan a alguien (al que casi no se ve) que es Osama. A partir de aquí, lo ponen en una bolsa, lo llevan a un helicóptero y luego a un avión en que aguarda Maya, quien dice –con apenas un leve movimiento de cabeza– que sí, que es él.

La película ha generado furias de todo tipo. El progresismo norteamericano (que existe, y ya lo creo que existe; sobre todo, claro, en Nueva York) no le ha perdonado nada a Bigelow.

Naomi Wolf le ha enviado una carta personal. La carta es dura y no se ahorra nada. Ni siquiera el símil Bigelow-Riefensthal que resulta evidente para muchos de los que ven la película. ¿Quién es Naomi Wolf? Tiene un peso, un, por decirlo así, predicamento entre los sectores progresistas norteamericanos que la autoriza a decirle a Bigelow lo que abundantemente le dice. Anda por los cincuenta años, nació en San Francisco y su último libro es un éxito de ventas. Se llama The End of America. Postula que su país está muriendo por incurrir en la negación de sus valores tradicionales, los de la democracia. Que se está deslizando hacia el fascismo utilizando como pretexto el acontecimiento del nine eleven que ha llevado a primer plano a todas las fuerzas conservadoras y les ha dado una bandera de lucha, una bandera para la guerra con el argumento falaz e infundado de defenderse de un segundo ataque. (Ver: Antes de que nos ataquen de nuevo, de Bruce Ackerman, y Terrorismo y Contraterrorismo, un libro apoyado por la marina argentina. También The Real America, ese horrible manifiesto de Glenn Beck. Y para vacunarse contra esta catarata autoritaria siempre está el notable La otra historia de los Estados Unidos de Howard Zinn.)

Pero The End of America es un libro apocalíptico. Al menos para eso que los norteamericanos piensan de sí mismos y de aquello que quieren seguir siendo. Ya no seguirán siendo eso, dice Wolf. Si presenciamos el fin de “America” es porque su corrimiento hacia las leyes del fascismo parecen ser inexorables, ya que Obama, en el aspecto de la guerra contra el terror, no se ha diferenciado esencialmente de los republicanos. Le exige a Bigelow que presente las pruebas que la llevaron a filmar su apodíctico film. “Querida amiga –le dice–, presenta tus fuentes. Muestra tus pruebas de que la tortura produjo información que salvó vidas o de cualquier otro tipo. Pero no puedes presentar pruebas de esta información. Porque no existen. Cinco décadas de investigación, citada en el documental de 2008 The End of America, confirma que la tortura no funciona. Robert Fisk suministra otro resumen de esa categórica conclusión. Y este informe de 2011 de Human Rights First refuta la principal premisa de Zero Dark Thirty.”

Y éste es el punto axial de la discusión. Aun cuando se acepte dejar de lado el aspecto moral, ¿sirve la tortura para obtener información, como tarea de inteligencia? Recordemos: uno de los personajes más cercanos a Maya, el que hemos visto torturar con mayor convicción a los sospechosos, dice en la reunión con el jefe de la CIA: “Todo esto se basa en informes de los presos”. Y sin embargo, afirma que sólo hay un 60 por ciento de posibilidades de atrapar a Osama en base a esos datos, en tanto que Maya, terminante, vocifera: “¡Un ciento por ciento!”. Los halcones no quieren abandonar la tortura porque, a través de ella, dan cauce a su sadismo, a su odio racial. Y algo –aunque puedan conseguirlo por otros medios más civilizados, aunque ¿hasta qué punto la tortura no le es hoy inescindible a la civilización como antes lo fueron las grandes masacres de los pueblos colonizados?– conseguirán.

Las palomas seguirán insistiendo en que la tortura no es eficaz, que quiebra no sólo al enemigo sino al torturador, que, además, hunde en la infamia al país, que acostumbra a su pueblo a la brutalidad, al fin de la democracia y a la entronización de la violencia como regla para sobrevivir en la sociedad del dolor.


UNA SERVIDORA





En cuanto al paralelo con Leni Riefensthal, es complejo. Pero me atrevería a decir que perjudica a Bigelow. Leni filma en los albores del nazismo. Filma a comienzos de la década del ’30. Heidegger, en la célebre correspondencia que sostuvo con Marcuse, le dice, justificándose: “Auschwitz no era visible desde 1933”, fecha en que asume el rectorado de la Universidad de Friburgo. Marcuse, desde luego, le dice que sí, que era visible. Leni podría haber dicho lo mismo. Y el tema es materia de discusión. Pero nadie puede discutir que Bigelow filma cuando la Guerra contra el Terror lleva diez años de vejaciones y horrores varios. Sabe bien la causa a cuyo servicio se pone. La carta de Wolf finaliza condenando sin retorno a Bigelow: “El desagradable trabajo que realizó Riefensthal, con el paso del tiempo, no se ha podido ocultar. Los estadounidenses también despertarán y verán a través de la apología de La noche más oscura las mentiras estandarizadas de un régimen que pretende que esta brutalidad es necesaria de alguna manera. Cuando eso suceda, la misma comunidad que hoy te aplaude dará un salto atrás. Como Riefensthal, eres una gran artista. Pero ahora te recordarán eternamente como una servidora de la tortura”.

Como no podía ser de otro modo, el limitado y pretendido politólogo Vargas Llosa se ha metido en esta cuestión. Dice que vio el film de Bigelow en Nueva York y que, al terminar, el público se puso de pie y aplaudió a rabiar. Algunos, se conmueven, lloraban. Viene, en su texto, de comentar un libro de Niall Ferguson que atesora una visión ásperamente pesimista sobre la cultura occidental. Escribe: “Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban. Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato”. ¿Por qué no? ¿Cómo no habría de compartir Vargas Llosa el alivio de esos neoyorquinos paranoicos que aceptan cualquier cosa con tal de ser protegidos del feroz terrorismo, del fundamentalismo asesino que les derrumbó esas torres en el mismísimo corazón financiero de Manhattan?

¿Cómo no habría de creer que Occidente tiene larga vida en tanto “servidoras de la tortura” (Naomi Wolf dixit) como Bigelow hagan films financiados por la CIA y el Pentágono?

Sólo un hombre con una visión tan limitada de Occidente y del humanismo no advierte que la tortura no salvará esta contradictoria civilización que, entre atrocidades, ha dado también maravillas al mundo. Si se salva será por entender de una vez por todas algunos de los principios centrales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos declarada el 10 de diciembre de 1948. Que son: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.

Y también: Prohibición de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos y degradantes. Sin embargo, la esperanza se nos vela ante los acontecimientos. Desde 1948 hasta aquí se han acumulado incontables horrores. Cualquier guerrero del Pentágono o de la CIA o de muchos otros países se reiría de esos principios, dictados ante el cercano horror de la Segunda Guerra, con sus cincuenta millones de muertos. Walter Benjamin ya se horrorizaba al ver en la historia una cadena de ruinas. Proponía la concepción de la historia como catástrofe. Aunque, también él, dijo la más hermosa frase que aún puede dar vida a cierta forma de empecinada ilusión: Es por nuestro amor a los desesperados que aún conservamos la esperanza.




9/10/11

El desconcierto del establishment







El establishment es un grupo social que ejerce autoridad o influencia y que generalmente se opone a los cambios. Otra definición lo caracteriza como un grupo exclusivo de gente poderosa que dirige un gobierno o sociedad por medio de acuerdos y decisiones privados; o que controla un determinado campo de actividad, usualmente de modo conservador. Se refiere a aquellos que están en el poder y el sistema bajo el cual ese poder es ejercido, mantenido y extendido. En síntesis, son los que mandan en un país; así lo hicieron en la Argentina en la mayor parte de nuestra historia.

¿Qué les ha ocurrido a los que tenían la suma de poder, que ahora están desconcertados?

La verdad es que deben afrontar una situación insólita para ellos: primero, han perdido el gobierno, aunque conservan gran parte del poder, sobre todo en el ámbito económico; segundo, sus aliados políticos confirmaron su ineficiencia y están más desconcertadas que ellos; tercero, le va bien al Gobierno, cuya gestión es aceptada por vastos sectores de la sociedad; cuarto, no funcionan más las antiguas artimañas que le permitían gobernar por el fraude electoral, los golpes militares o la deslealtad de los elegidos con sus principios previos. Ahora tienen que someterse a los votos.

Pérdida del gobierno. El establishment ya no designa más a los presidentes de la República y de allí hacia abajo a todos los cargos importantes. Se acabaron las épocas en las que el Presidente, antes de ser elegido, era proclamado en la Cámara de Comercio británica; o su mayor aval era el gobierno de Estados Unidos. Tampoco es un representante de la Sociedad Rural, o de las grandes empresas nacionales y extranjeras; pero esto no significa que necesariamente el poder real haya cambiado totalmente de manos.

No hay que confundir gobierno del Estado con poder político y poder económico. Quienes administran el país llevados por el voto popular tienen legitimidad y apoyo popular; pero no siempre disponen de los instrumentos para cumplir con sus programas económicos, políticos y sociales. En primer lugar, quien desempeña el Poder Ejecutivo puede carecer del sostén de los poderes Legislativo y Judicial; peor aún, el Legislativo puede negar la aprobación de leyes fundamentales; y el Judicial puede ensayar el “gobierno de los jueces” (por ejemplo, mediante medidas cautelares que impiden la ejecución de leyes y decretos). Además, dentro del Poder Ejecutivo pueden implantarse enclaves, como la mentada “independencia” del Banco Central, que impida la ejecución de la política monetaria del Poder Ejecutivo (para evitarlo, la Presidenta debió remover a un presidente del BCRA).

Además de los impedimentos que pueden surgir del poder político, están los generados por el enorme poder económico del establishment. Durante el neoliberalismo se privatizaron las empresas públicas, con lo que el Gobierno perdió un importante instrumento para orientar el proceso de inversión y para que el lucro no fuera el único motor de la prestación de los servicios públicos.

Los aliados del establishment están más desconcertados. Los partidos y movimientos políticos y sociales que constituyen el arco opositor quizás estén más desconcertados aún. Ya fracasó la táctica de oponerse a todo; y para la mayoría de los problemas no pueden formular propuestas alternativas porque coincidirían con las del establishment, que a su vez son una versión de las del FMI, todo lo cual configura una propuesta electoral reaccionaria muy poco atractiva.

La declinación e ineficiencia de la oposición política y social suscita la ira del establishment, uno de cuyos componentes más exaltados son algunos medios de comunicación; basta constatar el desprecio con el que tratan a sus aliados políticos.

Los éxitos de la gestión. La política económica del Gobierno ha sido exitosa. Se ha implantado el modelo de desarrollo económico con inclusión social cuyos resultados están a la vista. La mejor prueba de ese éxito es la cantidad de votos que consagró candidata a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en las elecciones primarias. La profundización del modelo pasa por afianzar las conquistas realizadas: será muy difícil que se retroceda.

¿Quién volvería a la jubilación por capitalización y a la ley de medios de comunicación de la dictadura, o suprimiría la Asignación Universal por Hijo, o rebajaría los salarios de científicos, profesores, maestros, o abandonaría los convenios colectivos de trabajo?

Lo mismo sucederá con los avances futuros: ¿quién se animará a desmontar el Estado de Bienestar que se está construyendo? ¿Quién osará declinar la soberanía nacional? Estas realidades hacen ambiguo el discurso opositor, que parece abundar en desconciertos.

El establishment no sabe qué hacer. Frente a esta realidad, al establishment se le plantea la vieja pregunta: ¿qué hacer? Esta pregunta todavía no tiene respuesta para ellos. Las artimañas tradicionales ya no funcionan; las impiden el grado de conciencia social y la relación de fuerzas vigente.

Es impensable el fraude electoral, como lo hacía –con interrupciones– la vieja oligarquía terrateniente desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. Tampoco se puede proscribir al partido mayoritario. Lo hicieron los gobiernos militares, que excluían a los “autoritarios y corruptos”; y también los civiles, para quienes la democracia era el gobierno de los democráticos, aunque fueran minoría.

En otras épocas, cuando no se practicaba el fraude electoral ni las proscripciones, se volteaba a los gobiernos con golpes militares. El procedimiento presentaba una ventaja adicional para los participantes civiles: el trabajo sucio lo hacían los militares y las ventajas económicas las gozaban los civiles. Pero ese procedimiento no es viable ahora.

Tampoco es posible que los gobernantes traicionen sus principios y los intereses de quienes lo votaron, para cumplir una política económica que favorezca al establishment. Néstor Kirchner dijo –y lo cumplió– que no iba a dejar sus principios en la puerta de la Casa de Gobierno.

Como es poco probable que puedan ganar elecciones, si a la Argentina le sigue yendo bien, entonces la solución es que le vaya mal. Para eso ensayan varios métodos. El primero es el de los “palos en la rueda” por el que intentan trabar todas las iniciativas del Gobierno. El segundo es el de “prenderse” a cuanta protesta haya por cualquier causa, magnificándola. El tercero, tratar de desestabilizar la situación económica, con informaciones falsas o rumores inventados (por ejemplo, con respecto a la cotización del dólar). No les importa que al país le vaya mal, porque –piensan– después vendrán ellos que arreglarán todo.

Para desarrollar esta campaña que es el eje de su acción política, el principal instrumento con el que cuenta el establishment son los más importantes medios de comunicación. Aquí se plantea un hecho novedoso: esas empresas periodísticas no adhieren al establishment desde afuera, sino que son su núcleo duro. Se produce el hecho insólito de que el principal empresario de medios de comunicación es uno de los líderes del establishment. Así, la mayoría de los medios de comunicación no informan sino que hacen propaganda.

Esta es una gran ventaja para el establishment. El inconveniente es que desaparecieron sus antiguos aliados. Ya las Fuerzas Armadas no se inmiscuyen en la política nacional. Los partidos políticos opositores han perdido identidad y capacidad de proponer soluciones. Los empresarios guiados por su natural afán de ganancias, no comparten el deseo de que al país le vaya mal (salvo los muy recalcitrantes en sus prejuicios políticos). Entonces el establishment no sabe qué hacer. Ojalá se les ocurra que la solución óptima para ellos sería que a la Argentina le vaya bien, y que se dediquen a ganar dinero con actividades que coincidan con el interés nacional y popular; si además quieren participar en política, que creen o participen en un partido político. Así será mejor para todos.

Eric Calcagno
senador de la Nación