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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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22/3/14

LA CONSTRUCCIÓN DEL MAL ARGENTINO








En la prensa internacional se impone una nueva construcción discursiva sobre la realidad argentina: consiste en tratarla antropológica, psicológica y filosóficamente como si estuviera afectada de un mal radical. Ese mal consistiría en una repetición maldita, un “eterno retorno de lo mismo”, una compulsión irrefrenable en los argentinos, que siempre los llevará, aun cuando las “apariencias” se empeñen en mostrar lo contrario, al mismo sitio de siempre, incluso obteniendo en cada repetición un resultado siempre más terrible.

Se trata de una fórmula que se extiende por todos los medios de manera insistente, donde se presenta un intento de diagnóstico sobre el destino fatal de Argentina. Suele comenzar con la célebre expresión de Ortega: “argentinos a las cosas”, sabia invocación que indudablemente los argentinos no supieron corresponder y culmina a veces con algún escritor argentino, reconocido por dichos medios, que legitima y autoriza el diagnóstico fatal: País tiovivo, dice el argentino a modo de ilustración, o sea país carrusel, país calesita, en el cual no somos otra cosa que “muñequitos repintados”, que damos vueltas y vueltas mientras nos engañamos con el “relato” de unas transformaciones nunca logradas.

Obviamente el nombre de este mal que aqueja a la nación y del cual los argentinos son responsables porque disfrutan insanamente con ello tiene un nombre: peronismo. Según estos medios, y sus escritores dilectos, hay una suerte de colapso en las conciencias de los militantes, de los movimientos sociales, de las agrupaciones de derechos humanos y de los intelectuales que, o bien por intereses personales o por confusión mental o por las dos cosas a la vez, no despiertan de la ensoñación que sin embargo toda la prensa internacional y local esclarece. Por supuesto que en esta estrategia retórica no se habla de otros países que también, por oscuras razones, insisten en perseverar en su ser. Más bien es como si en las otras naciones hubiera, de un día a otro, metamorfosis espectaculares, que en su constante cambio vuelven a sus ficciones políticas un lugar de permanentes modificaciones, fuera de toda repetición o inercia histórica. Es Argentina la diagnosticada, y es ella la que debe dar cuenta de su malsano afán por el eterno retorno, siendo cierto que son muchos los argentinos que se “satisfacen” con esta versión de sí mismos. Tal vez encontrando en ello una versión singular de sí mismos. Pero lo importante a destacar, en esta política mediática que nos asigna al modo de una esencia inmutable un destino de repetición y sufrimiento voluntario, es lo que encubre en su enunciación:

1) Este diagnóstico, una vez más, encubre la historia política y social de los antagonismos que atravesaron a la Argentina en relación con el país que se desea construir. Si, como los medios enuncian, se trata de un ser capturado en una calesita siniestra, ¿por qué existieron el ‘55, la resistencia, los ‘70 y los distintos enfrentamientos que el kirchnerismo generó en su puja por una versión distinta del país? Si se tratara, como los distintos medios insisten, de una fatalidad antropológica o social-psicológica, ¿por qué no funciona de un modo automático como ocurre con toda repetición verdadera? ¿Por qué han sido siempre necesarias la represión, el golpe, las acciones destituyentes, las desestabilizaciones incesantes? Estas preguntas obvias deshacen de inmediato la idea de un lugar homogéneo abocado compulsivamente a la repetición.

2) La teoría de un país fascinado por su propia repetición conjugada en distintos estilos según los medios internacionales (y también, insistamos, locales) incluye de un modo implícito un llamado a un amo que por fin cure a la Argentina del circuito enfermo. ¿Cómo imaginan los prestigiosos intelectuales de los diarios neoliberales que tiene que ser este nuevo amo que curará a la Argentina de lo que comenzó con Perón, Evita y continúa en el kirchnerismo? ¿Con qué métodos y procedimientos llevará a cabo este exorcismo benéfico?

3) Por último, esta construcción ideológica mediática apunta a una cuestión crucial: si en Argentina nunca pasa nada distinto y sólo es un vano espejismo lo conseguido en estos últimos diez años, entonces ya no vale la pena intentar nada ni insistir en radicalizar las transformaciones logradas. Lo que estos diagnósticos sobre nuestra supuesta esencia repetitiva intentan es el desarme crítico de los proyectos transformadores es un llamado a la dimisión formulada en estos términos: no intentes nada, no luches por nada, no insistas ni vuelvas sobre tus legados históricos; cualquier cosa que te parezca nueva o distinta, tarde o temprano, se revelará como un ensueño que no impedirá el mal argentino de la eterna reiteración.

Ahora que después de diez años surgen límites, impases, rectificaciones de un proyecto, que no inventó los antagonismos, pero que los intentó asumir y esclarecer, es crucial atender a esta nueva construcción mediática de la realidad argentina que promueve ceder ante nuestros mejores deseos.



Psicoanalista y escritor. 
Consejero cultural de la embajada argentina en España.







9/1/14

CANÍBALES






En estos tiempos de celebración de fechas democráticas, y hace pocas semanas los argentinos cumplimos 30 años ininterrumpidos bajo ese sistema, se hace necesario no sólo discutir y debatir el rol de los gobiernos, sino también el de las oposiciones.

El otro día, revisando archivos televisivos, encontré la célebre entrevista que Sergio Villarruel, Roberto Maidana y Héctor Timerman le hicieron a principios de septiembre de 1973 al todavía candidato a presidente Juan Domingo Perón. En ese reportaje, el viejo líder, devenido en "león hervíboro" definió a la sociedad argentina como "muy politizada pero con muy poca cultura política" e insistió en la necesidad de armar un consejo de gobierno integrado por oficialistas y opositores que sirva de elemento de consenso entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo. Se sabe que la idea de Perón provenía más de la tradición corporativista, con influencia de las Cortes europeas, y relegaba al Parlamento a poco más que redactores de leyes, por lo tanto no es útil retomar esa línea argumentativa. Pero me parece importante detenerme en dos cuestiones básicas: la "cultura política" y el rol de las oposiciones.

Entiendo por "cultura política" las formas de relación entre los distintos actores políticos respecto al sistema democrático –gobierno, oposición, grupos de presión, medios de comunicación– y la forma de involucramiento del individuo ante la cosa pública. Y sostengo que en la Argentina de los últimos 30 años se ha llegado a lo puede denominarse un "acuerdo entre caníbales". Es decir, ante el brutal colofón –la dictadura militar– de la etapa que denomino la "Democracia Imposible" (1916-1983), los principales actores políticos, lejos de llegar a un pacto de premisas mínimas, interpusieron el espanto ante lo pasado. En los momentos de cordialidad, cada uno de los actores jugó su rol con delicada hipocresía; en los momentos de crisis, comenzaron los tarascones.

Pensemos, por ejemplo, en los finales de ciclo como el de Raúl Alfonsín o la crisis del 2001. Recordemos la brutalidad de la oposición justicialista entre 1988 y 1989, y la voracidad de los grupos de presión como la SRA, la UIA y los principales medios de comunicación, que hicieron todo lo posible para marcar la cancha a la política. Y de hecho lo lograron entre 1991 y el 2001. La crisis de principio de siglo también mostró la facilidad con que la sociedad argentina se canibaliza produciendo muertos, heridos, desplazados, crisis política. Algunos de esos chispazos volvieron a encenderse en diciembre último, claro.

Claro que no se trata de la lógica de la sociedad de consenso, lo que estoy planteando. La política es conflicto, claro. De intereses económicos, de influencias y voluntades y de armazones simbólicos. Lo que cambia, respecto de la "cultura política", es el compromiso de no romper el juego democrático, por ejemplo.

 La lógica amigo–enemigo, por ejemplo, es perjudicial para la construcción de una "cultura política" sólida. Primero, porque no reconoce al Otro como un par; segundo, porque cierra cualquier tipo de disenso hacia el interior de cada uno de los bloques; tercero, porque no permite el pensamiento en diagonal, es decir, no permite articular elementos de uno y otro sector. Es comprensible en momentos de grandes transformaciones, pero termina siendo contraproducente si se mantiene a lo largo del tiempo.

¿Por qué? Porque cristaliza a la sociedad en dos posiciones irreconciliables, que tarde o temprano llegan al conflicto. En el "mientras tanto", se producen enfrentamientos de baja intensidad, prejuicios cruzados, incomprensiones y, sobre todo, la lógica centrífuga impide seducir a los sectores moderados en la escala política. Y se construye un andamiaje discursivo de la justificación total por un lado y del ataque total, por el otro. Así, ni el oficialismo permite a los suyos ver los propios errores ni permite a la oposición comprender que no se puede criticar todo y siempre sin caer en contradicciones flagrantes. Se borran lo parámetros: no importa qué haga la presidenta en realidad. Antes era omnipresente ahora omniausente, la cuestión es criticar, oponer, destruir. Y lo mismo puede ocurrir, en algunos casos, con los actos de gobierno. No importa si está bien o mal tal o cual acto de gobierno, hay que defender de cualquier manera.

Claro que la peor parte la lleva el oficialismo, en todos los casos. Por el desgaste que produce la gestión y porque algunas decisiones pueden generar malestar dentro de las propias filas. Dentro de lo que se conoce como "kirchnerismo amplio", por ejemplo, ya se empiezan a sentir algunas filtraciones, producidas por sectores progresistas que no se sienten interpelados por algunas políticas determinadas y se sienten más invitados a romper con el oficialismo para “salvarse” a ellos mismos que a bancar la parada frente a las tempestades que se avecinan. Para la oposición (en sentido amplio: actores políticos y grupos de presión) el negocio hoy más que nunca es la oposición destructiva.
 
El otro punto a tomar en cuenta respecto de la "cultura política" es el involucramiento de los individuos en el ámbito político. Claro que no se trata de un "compromiso militante perpetuo", ya que una sociedad así no podría reproducirse económicamente. Pero el argentino lejos está de ser un ciudadano ejemplar: cree que con "pagar los impuestos" –lo mínimo indispensable y en muchos casos evadiendo a la AFIP- ya se ganaron el carnet de Príncipe y Paladín Argentino. Capacidad de información, niveles de participación, compromiso con su realidad inmediata, cooperación solidaria también definen un hacer y un pensar en la materia. Y, sobre todo, su relación con los partidos políticos. 
 
La crisis de representación de los partidos habla del comportamiento de los políticos pero dice más todavía del individualismo outsider, es decir, de aquellos que prefieren cortarse solos para sobrevivir cargándole sus costos a los demás. Para poner un ejemplo sencillo: el argentino medio semeja a la "bruja quejosa" o el "sabelotodo" del edificio que en vez de comprometerse con el consorcio y controlar desde el Consejo de Administración, se la pasa por los pasillos acusando de corrupción y de mal manejo al tipo que intenta controlar al Administrador fraudulento. Obviamente, estos personajes siempre van a encontrar una factura abultada o una obra que falta o está mal hecha, lo que nunca van a hacer es arremangarse para solucionar el problema. Pero como pagan las expensas, creen que tienen derecho a basurear a cualquiera. Un edificio se sostiene con un par de estos personajes, pero si la mayoría actúa de esa manera, esa administración se convierte en un infierno. Con la política pasa algo similar. Si nadie se compromete y todos se limitan a pagar los impuestos y a quejarse panza arriba, no hay mejora de la cultura política posible.
 
Por último, un punto que nunca es visualizado es que el "ciudadano que paga las expensas" –escrita esta apelación con ironía– es el verdadero conflicto de intereses en el campo de la acción política. Alborotado por la "histeria coyuntural", definen siempre como adversaria a la gestión política y no a los grupos de presión que muchas veces son más culpables de su situación inmediata que el Estado. Con los cortes de luz, apuntaron al Estado antes que a las empresas; con la inflación señalaron al Estado antes que a los formadores de precios. Más allá de la responsabilidad que tengan los agentes estatales en la falta de control de ciertas empresas, los responsables directos son esos agentes privados. Pero la "cultura política" anti estatal, antisistémica, anárquica-neoliberal –que no tiene absolutamente nada que ver con el noble pensamiento del anarquismo– dirige al individuo a acusar al Estado antes que al privado. Y no es buen negocio en términos colectivos, excepto para el privado, claro. Los medios de comunicación, que son empresas privadas alimentadas por empresas privadas hacen muy bien su tarea, por supuesto.
 
Una última cosa más: los políticos, que también son en cierta medida una corporación, deberían tomar nota de que su "negocio" consiste en estar más cerca del individuo que de las empresas privadas, porque, se sabe, aunque hoy estén en la oposición, mañana, si están en el oficialismo, los grupos de presión también van a ir por ellos. Y una democracia profundizada no consiste solo en el derecho al pataleo sino fundamentalmente del acceso a la acción política de la mayor cantidad de ciudadanos y de la preeminencia de lo colectivo, a través del Estado y sus diferentes formas de representación y participación, frente a lo privado e individual. Lo contrario es este pacto con los caníbales que llevamos los argentinos desde hace más un siglo.




19/8/13

LOS SENTIMIENTOS DE LA SOCIEDAD








Dos lecturas en espejo dificultan la comprensión política. En la primera, una martingala matemática permite ocultar el resultado de las PASO. Funciona así: como el número de votos obtenidos por el oficialismo no resulta inferior a las elecciones del 2009, el gobierno obtuvo una suerte de victoria relativa. Los partidos de la oposición, desde esta curiosa aproximación, no mejoraron demasiado su postura, y como ese abanico sigue disperso, el cristinismo prosigue su marcha triunfal.

Desde el 2003 sólo se registran victorias y accidentes, y los accidentes abren el paso a futuras victorias. Obvian un pequeño detalle, la elección posterior a la batalla campera del 2008 no podía sino reflejar en las urnas una derrota política, de tal modo que toda comparación con esos guarismos –los peores de toda la década– no pueden sino arrojar una situación mejor. Mejor que cuando luchaban por seguir en Balcarce 50; pero si ese fuera el término "científico", si esa fuera la única comparación posible por tratarse de elecciones de medio tiempo, sería preciso explicar los motivos de semejante retroceso sin que mediara batalla decisiva. Dicho de otro modo, si los números de la comparación no fueran sensiblemente distintos, y no lo son, la comparación contiene el diagnóstico.

El gobierno ha perdido la hegemonía política.

Considerar como algún senador que esto casi no sucedió, y tratar a las PASO como si se tratara de una encuesta a escala uno a uno, impide entender qué pasó y sobre todo impide prepararse para lo que va a pasar en octubre. Nadie cree que los números finales sean demasiado distintos, y por tanto sostener contra viento y marea el sonsonete de la victoria, no puede sino producir un efecto desmoralizante en la militancia K. Entonces, o el oficialismo se hace cargo de la nueva situación, o el cachetazo de agosto se transformará en depresión de octubre.

Desde la otra vereda actúan con idéntica liviandad partisana. Comparan el resultado obtenido con los comicios presidenciales del 2011; por tanto el oficialismo, su caudal electoral, perdió más del 40% de su soporte social. Claro que esa enorme cantidad no sólo no fue a parar a fuerza alguna, sino que el candidato que obtuvo el segundo puesto en las presidenciales –Hermes Binner– apenas si redujo la distancia relativa con el gobierno. Dicho con sencillez, el desinfle del electorado K no supuso el engorde de ningún opositor previamente existente.

Aun así, con ramplona sencillez casi todos actúan como si lo único que faltara para el 2015 se resolviera con un simple armado de listas. Desde esa lógica de puntero repiten el "análisis" que Mariano Grondona hiciera para el 2011. Y conviene recordar que no funcionó, y por eso Cristina Fernández sigue sentada en la poltrona de Rivadavia. De modo que no se trata de organizar una comandita electoral, donde cada aportante reciba según su participación en las PASO, sino de entender que la política no desbordó las fronteras de la ancha calle del peronismo electoral.

Ambas visiones, a mi ver, son tributarias del inmediatismo, de un aplanamiento voluntario de los motivos de la ciudadanía. Y ambas dejan un asuntillo sin considerar: ¿Qué significan las PASO? ¿Cómo leerlas más sensatamente? Mi hipótesis de trabajo: estamos ante un mapa de los sentimientos profundos de la sociedad argentina. Antes que nada conviene entender que las PASO, al decidir solamente alineamientos internos, y en la mayoría de los casos ni siquiera eso, permiten una extraña pureza. Nadie está obligado a votar con eficacia, consideración que no escapa a casi nadie, por tanto desnudan una situación casi ideal: qué se siente en lo profundo, qué haría cada uno si el único motivo fuera el sentimiento.

Hilda Duhalde tiene notables virtudes pedagógicas. Al sostener que la presidenta gobierna con el lóbulo malo, verbalizó un sentimiento arcaico y tenaz: la brutal misoginia nacional. Si se leen con algún cuidado las encuestas electorales previas se detectan algunos datos relevantes. A saber, la valoración positiva del gobierno superaba en varios puntos la de Cristina Fernández, y ambas cifras eran muy superiores al número de votantes que finalmente obtuvo el Frente para la Victoria. Una aproximación elemental permite sostener entonces que si el gobierno hiciera exactamente lo mismo que viene haciendo, pero fuera encabezado por un varón, el resultado electoral sería bien distinto.

Basta observar las pantallas de los noticieros televisivos, de aire y cable, para constatar que el número de víctimas de femicidios crece. Y que la furia que "la yegua" produce es tan intensa, que los brutales decires de la mujer de Eduardo Duhalde sólo merecieron declamaciones tibias de tirios y troyanos. 

Una mujer que guste o disguste ha sido electa en dos oportunidades para el cargo de Presidenta, y cuyo nivel político está muy por encima de la media realmente existente, ha sido defendida fría y protocolarmente. Sin olvidar, que en muchos casos ni siquiera esa defensa se produjo. La ausencia de muchas dirigentes políticas opositoras, el silencio cómplice, no puede ni debe soslayarse. De modo que ese es el sentimiento más profundo del mapa: el odio a las mujeres; si su lugar en la sociedad mejora, el rango de furia incandescente crece al menos en idéntica proporción.

Sobre ese piso se instala un valor compartido de larga data. Ningún interés es superior al mío, entonces si tengo el dinero para comprar un bien y por alguna razón esta compra se dificulta, verbigracia el dólar, la responsabilidad es del gobierno de los ladrones. Es obvio que los políticos sólo responden a su propio interés, y es precisamente por eso que la política es una suerte de mal inevitable. Entonces, como la política no es más que la continuación de los negocios por otros medios, y mis negocios chocan con los de ellos, se trata de defenderlos y punto. Si algo quedó claro en las movilizaciones dinámicas sin dirección partidaria, en los cacerolazos, es que esa perspectiva hegemoniza su comportamiento. Con un dato adicional, ese punto de vista es muchísimo mas amplio, y recorre trasversalmente la política nacional. Desde el "deme dos" de la plata dulce durante la gestión de Martínez de Hoz, hasta vivir a 660 dólares de Miami que la Convertibilidad menemista naturalizó, ese punto de vista no ha cesado de crecer.

Poco importa que se explique la crisis internacional, y el modo en que actúa la aspiradora financiera de los bancos, si alguien dispone del dinero para adquirir dólares no acepta otra cosa que dólares; es decir, la capacidad colectiva para percibir lo que sucede tiene un elemento fuertemente alucinatorio, la verdad sólo importa si coincide con esa sensación, de lo contrario las más burdas tesis conspirativas ocupan su lugar.

La eficacia de semejante comportamiento depende de varios elementos. El primero y el más importante, la despolitización. Esto es, el razonamiento simplote de que los conflictos no son el resultado de intereses contrapuestos, sino de una maniobra de políticos que utilizan en su favor los "problemas de la gente". Desde esta lectura bastaría con "dialogar" para poner fin al diferendo, y si esto no sucede es porque no les conviene a los "políticos profesionales". Esta lectura ha sido fuertemente inducida desde los medios electrónicos, pero no sólo, y sobre todo por la forma que adopta la lucha política actual. Cuando la política no es otra cosa que un debate de intendentes, cuando la cuestión central pasa por satisfacer los pedidos del "vecino", cuando la estrategia se reduce a la gestión, la despolitización no puede no extenderse.


Entonces, si se miran las campañas de los partidos para las PASO, se comprende que matiz más, matiz menos, una sobresimplificación las recorre de punta a punta. Es que una política construida desde las encuestas está obligada a empobrecimiento perpetuo, a vaciamiento conceptual, a pragmatismo sin horizonte. En esas condiciones la retaguardia cacerolera se transforma en vanguardia mediática.









24/6/13

MASSA = CAPRILES








Desde los 148 kilómetros cuadrados de Tigre, de los cuales el 60% están cubiertos por clubes de campo, el intendente Sergio Massa se convirtió en la figura más buscada de la política argentina y de cuya decisión estuvieron pendientes el gobierno y la oposición de cara a las internas de agosto y a las legislativas de octubre. Después de muchas marchas y contramarchas que incluyeron una posible alianza con Daniel Scioli, de quien parece el hermano gemelo con mayor audacia, Massa decidió enfrentar al gobierno con una lista que sintetiza la idea de una política de consenso, de representación del poder económico, evitando las confrontaciones e imitando a Capriles en Venezuela, intentando inteligentemente rescatar (por lo menos en lo discursivo), lo que considera avances importantes del kirchnerismo y separándose del mismo en aquellos aspectos de enfrentamiento con sectores del establishment. Esta idea -un verdadero oxímoron- tiene algunas reminiscencias del desarrollismo, aquel que se postulaba después del derrocamiento del peronismo como una versión del “peronismo bueno”, de modo tal que conservando sus avances, fuera republicano y democrático, manteniendo las conquistas sociales pero sin la presencia sindical fuerte, sustituyendo la expropiación de parte de la renta agraria para desarrollar la industria como hacía el peronismo, con la radicación de capitales extranjeros que terminaría desplazando a sectores de la burguesía nacional que el frondizismo intentaba representar.

La lista que encabeza Massa lleva al intendente de Almirante Brown que obtuvo en las última elección nacional el 72% de los votos, seguido por Mirta Tundis, una periodista del grupo Clarín; el ex gobernador Felipe Solá, sobreviviente de distintos espacios con su autoproclamada táctica de “hacerse el boludo”; el empresario, ex presidente de la UIA y en su momento duhaldista José Ignacio de Mendiguren; la ex mano derecha de Francisco de Narváez, Mónica López, que hace un tiempo cambió de preferencia electoral; Adrián Pérez, el antiguo alfil de Elisa Carrió que asumió la conducción de la Coalición Cívica después de la catástrofe electoral de su fuerza en las elecciones del 2011, hasta que las alianzas de su partido lo dejaron marginado; Soledad Martínez, diputada del PRO; Héctor Daer, jefe del gremio de Sanidad de la CGT oficialista; la senadora provincial Azucena Ehcosor, integrante de La Juan Domingo, esposa del intendente de Hurlingham Luis Acuña, expulsada del Frente para la Victoria; el actor Fabián Gianola, simpatizante del PRO; y el empresario Jorge Garfunkel, socio de Sergio Spolski en la propiedad del conjunto de medios afines al gobierno.


Hasta este domingo era difícil saber qué opinaba el intendente de Tigre sobre cualquier tema político, económico y social. Forma parte de una generación de políticos que hacen de su indefinición, de sus silencios, del discurso light e intrascendente, su estrategia política.


En los reportajes que concedió este 23 de junio, se pronunció contra le re-reelección, describió a su lista como una muestra “de un país que debe comprendernos a todos”; afirmó con relación al gobierno que “hay cosas que comparto y otras no. Hay que dejar de lado la teoría de que la Argentina es Bagdad o es Disneylandia”. En uno de los reportajes, el de Clarín, en un momento habla en tercera persona y afirma: “Massa es un tipo que quiere que al país le vaya bien. No tengo aspiraciones. Ocupé un montón de lugares. Diputado a los 27 años. Director del ANSES. Jefe de gabinete. Hice todo lo que podía hacer. Además para el 2015 falta una eternidad… Nosotros queremos una alternativa de centro, una alternativa de futuro para la Argentina con la capacidad para convocar a sectores de centroderecha y de centroizquierda, con gente que viene del peronismo, del radicalismo, del Pro, siempre con anclaje en el peronismo.”


Al diario “Tiempo Argentino le declaró: “Tomamos la decisión de no ir contra nadie”


En cambio en privado, este precoz militante de la UCEDE, como Amado Boudou y Ricardo Echegaray, que entró al peronismo por la puerta de servicio del menemismo, no se anda con vueltas, como lo revelaron los cables de wikileaks. En los mismos refiriéndose a Néstor Kirchner y expresó según consignó Santiago O`Donnell en su libro “Los cables de Wikileaks sobre la Argentina”: “Fue despiadado en sus críticas a la pareja presidencial, especialmente a Néstor. Aunque ninguneó los informes de prensa que decían que él y Kirchner se habían agarrado a trompadas en el cuartel de campaña en la madrugada previa a la derrota en las elecciones de mitad de período en junio del 2009, llamó a Néstor “psicópata” y “cobarde”, y dijo que su actitud de matón en la política esconde una profunda sensación de inseguridad e inferioridad. (La esposa de Massa se alarmó a tal punto por estos comentarios desinhibidos que él le pidió que “dejara de ponerle caras”). Massa cuestionó el argumento que Néstor merecía crédito por ser un táctico magistral, describiendo al ex presidente como un torpe convencido de su propia brillantez que seguramente continuaría cometiendo errores… Dijo que Néstor no se podía relacionar con otro fuera del estrecho foco de sus propias ambiciones políticas: Kirchner no es un genio perverso”, concluyó Massa. “Sólo un perverso.”



Como era esperable y especulaban los medios dominantes y el establishment económico, la alternativa al kirchnerismo debía surgir del interior del Frente para la Victoria, ya sea de Daniel Scioli o de Sergio Massa. El gobernador, después de intentar colocar sus candidatos en las lista de Francisco de Narváez, de aproximarse a romper en alianza con Massa, renunció a cualquiera de esas alternativas y se quedó en el Frente para la Victoria, sin colocar prácticamente a nadie en las listas, y posiblemente haya decidido, involuntariamente, arriar sus aspiración a ser candidato a presidente en el 2015.


El columnista Carlos Pagni en su columna del 24 de junio especula: “Scioli quedó instalado en un no lugar…. Cuando negoció con Massa, pidió por los candidatos de De Narváez, lo que lo vuelve un aliado inaceptable de la Presidenta. Sí, como cree Massa, el gobernador simuló un intento de acuerdo para presionar a la Casa Rosada, no tuvo éxito: ni siquiera logró introducir a su jefe de Gabinete, Alberto Pérez, en la lista de diputados. Ofendido, el gobernador se refugió en la Ñata, para descargar su furia…”



El poder económico que representa el diario “La Nación”, el que cuando Kirchner era un desconocido para la mayoría de los argentinos y había salido segundo en las presidenciales de abril del 2003, pero que preocupaba al diario fundado por Bartolomé Mitre, le presentó un ultimátum que implicaba mantener intactas las bases de sustentación de los 90 bajo la amenaza que en caso contrario el gobierno no duraría un año; ahora, con relación a Sergio Massa, escribió el 1 de junio a través de su columnista Francisco Olivera, este título revelador: “El establishment quiere ver una luz en Tigre”.


Panorama electoral


La decisión de Sergio Massa produce un re alineamiento del tablero político. Para Francisco de Narváez, en cuya lista Hugo Moyano ha podido colocar varios de sus colaboradores, es un contendiente que le morderá una parte de su base de sustentación. Para el gobierno, que necesita ganar con amplitud en la provincia de Buenos Aires para hacer una buena elección nacional dado que al día de hoy pierde en Capital Federal, Santa Fe, Córdoba y posiblemente Mendoza, el nuevo escenario fragmenta positivamente el frente opositor y al mismo tiempo, negativamente, le resta un porcentaje impredecible de su base electoral.


Está claro que estas no son meras elecciones legislativas, ya que composición parlamentaria no se verá afectada significativamente. Pero serán interpretadas como un plebiscito a favor o en contra del gobierno. Si Cristina Fernández no obtiene una cantidad de votos cercano al 40%, los dos años que le faltan para finalizar su mandato serán posiblemente potenciados en las complicaciones y con drenaje de sus filas hacia posibles ganadores en el 2015. Hasta este nuevo panorama el gobierno estaba realizando una elección mejor que la del 2009 e inferior a la del 2011. Seguramente Massa perderá algún porcentaje del que le atribuían las encuestas mientras su itinerario se desplegaba en el Frente para la Victoria, de una magnitud imposible de prever. Su comportamiento electoral estará condicionado en poder arrastrar a la mayor parte del voto antikirchnerista bonaerense y representar algún porcentaje del voto kirchnerista crítico, como sucedió con De Narváez en el 2009. De hacer una muy buena elección, su candidatura para las próximas presidenciales estará allanado. Tendrá que caminar entre la acusación infundada de parte de De Narváez de ser una colectora de Cristina, a la del gobierno que lo denostará por su alejamiento del Frente para la Victoria, asimilado a la traición.

Con relación al gobierno, está claro que la presidenta ha decidido recostarse fundamentalmente a nivel nacional en “La Cámpora”, desplazando a lugares secundarios, en algunas provincias, a su otra base de sustentación que es el Movimiento Evita, con las inevitables heridas.

Las formas de construcción política del gobierno deja un amplio campo de dudas, cuya consistencia se dilucidará también en los próximos eventos electorales.

Con una lista encabezada por el intendente de Lomas de Zamora Martín Insaurralde, con un nivel de conocimiento limitado a nivel nacional, seguido por candidatos del núcleo duro cristinista, la presidenta tendrá que desplegar un accionar intenso que pudo omitir en las presidenciales del 2007 y 2011, en el fundamental territorio de la provincia de Buenos Aires. El gobierno tiene que reacomodar su estrategia en una elección plebiscitaria, mucho más que legislativa, mientras los medios dominantes y franjas significativas del poder económico se ilusionan en haber encontrado su Capriles.







3/6/13

LA CRISIS PERPETUA







“En nuestra precipitación por medir lo histórico, lo significativo, lo revelador, no dejemos de lado lo esencial: lo verdaderamente intolerable, lo realmente inadmisible, el escándalo no es el grisú, es el trabajo en las minas. Los 'malestares sociales' no son 'preocupantes' en período de huelga, son intolerables 24 horas por día, 365 días por año."


Georges Perec









Una parodia de crisis política mece la poltrona de Cristina Fernández. Una oposición sin estrategia, faltan 70 días para las elecciones de medio tiempo y todo sigue en veremos, confunde el lugar televisivo de Jorge Lanata con un camino hacia alguna parte. La fragilidad de toda la estructura yace una vez más al descubierto.

¿Qué impone semejante endeblez sistémica? No se trata tan sólo del complejo y destartalado abanico denominado "la oposición", también remite al oficialismo. Una oposición incapaz de producir reagrupamientos termina por jugar en los pliegues internos del Frente para la Victoria. Dicho sin anestesia, juega en la canchita presidencial. Esa es la impotencia: dificultad, imposibilidad de jugar en la otra cancha. Conviene recordar en esta lectura que las elecciones de 2015, como toda elección presidencial desde 1916, no es otra cosa que un plebiscito que el Ejecutivo propone a la sociedad política: aceptar o rechazar su candidato presidencial. Es útil añadir que a lo largo de esta centuria nunca ninguna propuesta fue rechazada. Y que a lo sumo los golpes de Estado exitosos tuvieron, en ese lapso, como parte de sus propósitos, confiscar ese atributo presidencial y transferirlo a su cuadro de oficiales superiores.

En 1930 fue arrebatado a Hipólito Yrigoyen, en 1943 a Ramón Castillo, en 1955 a Juan Domingo Perón, en 1962 a Arturo Frondizi y en 1976 a María Estela Martínez de Perón. Destruidas las FF AA en la batalla contra la guerrilla, ese poder se parlamentarizó, y en la crisis de 2001, el Congreso terminó sentando –en Balcarce 50– al senador Eduardo Duhalde; y todo siguió fingiendo normalidad.

De esa lógica sistémica proceden Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Se trata de saber si continuará en 2015, o si será modificada. No hay modo de anticiparlo, mi hipótesis provisional será que no. Cristina elegirá a su sucesor. Entonces, la clásica disputa entre el gobernador de la provincia de Buenos Aires y el titular del Ejecutivo volverá a reproducirse. En una de las caras de la tenaza está la presidenta, en la otra, el reguero de reclamos docentes que ilumina el camino de Daniel Scioli. La oposición, para auxiliarlo, pide un precio que Scioli no pareciera dispuesto a pagar: saltar la tranquera; restablecer sus "naturales" vasos comunicantes con "amigos" de igual ADN ideológico. Asumirse como "jefe" de toda la oposición, nacionalizar el conflicto provincial. ¿Lo hará?

El viejo conflicto por los recursos corroe la ingeniería política del gobernador. O los obtiene del poder central, o salen de la Pampa Húmeda. Ni los radicales, ni los seguidores del colorado De Narváez parecen materia dispuesta a votar una ley que arrime recursos reduciendo, por ejemplo, la astronómica tasa de ganancia de los pools sojeros; después de todo, la mínima corrección del impuesto inmobiliario rural gatilló la resistencia de la Mesa de Enlace; sin embargo, el gobernador no podrá zafar sin incrementar los acotados recursos propios. Ahí se obtiene la primera conclusión tajante: saltar el cerco no le sirve, no para seguir gobernando con una mayor cuota de oxígeno político.

La oposición no puede respaldar a Scioli más allá del parloteo; el gobernador solicita, requiere, necesita dinero fresco. O lo genera mediante impuestos provinciales (después de todo, esa sería la retraducción práctica de la andanada discursiva presidencial) o lo recibe del Poder Ejecutivo. La oposición no puede apoyar una cosa ni lograr la otra, por tanto sigue en el limbo, carece de política propia. No es la lealtad la que le impide a Scioli invertir las alianzas, sino la dura materialidad de la política práctica. Salvo que decida inmolarse.

Nadie se inmola en la política contemporánea, ni aquí ni en parte alguna. ¿Por qué un hombre que hizo de la obediente medianía su estrategia natural haría semejante cosa? Convengamos algo, estoy de acuerdo en que, en condiciones normales, ese sería el comportamiento esperable, pero estas no son condiciones normales y por tanto se pueden esperar curiosidades relevantes.

Dijimos en otra oportunidad: dos extremos lógicos, no políticos. En uno el gobernador "aguanta" todo y sobrevive. En el otro no aguanta más y pega el brinco. Primero, aguantar todo y sobrevivir no es exactamente lo mismo. Sobrevivir, para un hombre que mostró sus cartas presidenciales de movida, no puede ser otra cosa que conservar vivo su proyecto. ¿Si aguanta todo, cómo pega el salto? Da batalla pública para terminar renunciando y trasformarse en el punto de recomposición de parte del universo anti K.

¿Esa es una sucia maniobra desestabilizadora? ¿O es simplemente la naturaleza del modelo político argentino? Sólo el coronel Perón tuvo un padrino plebeyo, el 17 de Octubre, y el bloque de clases dominantes jamás se lo perdonó. Recordemos, el General Perón y el gobernador Mercante reproducen el conflicto durante el primer peronismo; el presidente Frondizi y el gobernador Alende, en el año '62; de nuevo Perón y el gobernador Oscar Bidegain, en el '74; y si la escena no se repitió con Raúl Alfonsín fue porque la UCR perdió, en el '87, esa estratégica provincia a manos de Antonio Cafiero; pero con Menem y Eduardo Duhalde el conflicto recobró máxima intensidad, en su anteúltima versión. Por eso Menem optó por Fernando de la Rúa. Entonces, salvo durante los gobiernos militares, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, por peso específico del distrito, termina siendo un "enemigo natural" del presidente. El conflicto no se desata por diferencias de personalidad sino por el funcionamiento de la estructura.

Esa es la historia nacional, y para que no se repita, es preciso cambiar de modelo político; poner en marcha la alternativa parlamentaria, reformar la Constitución. "No", grita enardecida la oposición, ese es un traje a medida de Cristina, la otra cara del continuismo. Ahora podemos entender, la oposición requiere de un animal que no provee la zoología política. Ni acepta un nuevo presidente fogoneado por la Casa Rosada, ni tolera un gobierno parlamentario. Quiere designar el próximo presidente como derecho natural inalienable, como durante el ciclo 1983-2001, donde se votara lo que se votara todos los gobiernos hacían lo mismo, y para lograrlo espera que la crisis global arrime la brasa.

Entonces, razonan a media voz, cuando quede claro que no sirven, que sólo ejercen su cruel despotismo personal sin límite republicano, la sociedad argentina reaccionará. El razonamiento es simple. Si el enojo clasemediero por las dificultades para hacerse de dólares siguiera su curso, si los precios de los productos de la canasta familiar se volvieran a empinar y la economía se terminara estancando, después de todo la brasileña ya lo hizo, hasta los amigos del gobierno se convertirían en sus enemigos. El viento de cola habría sostenido el barrilete; con un huracán soplando en sentido opuesto se caería.

Un silencio denso se instala en el horizonte político nacional, es evidente que no faltan irresponsables que apuestan a las virtudes pedagógicas de la crisis, a que la marcha de sus volutas arrase una vez más la estragada piel de la sociedad argentina y la rehaga a la griega. Pero la compacta mayoría está condenada al sentido común. Y nadie con sentido común está dispuesto a dejarse arrasar primero, para que después Scioli sea presidente. Es un poco mucho. Sólo la Mesa de Enlace puede permitirse semejante tipo de "reflexión"; y nada indica que esa interesada voluntad suicida puesta en marcha (después de todo las crisis no sólo tienen perdedores también están los "ganadores sistémicos") termine por cristalizar otra mayoría amorfa capaz de avanzar alegremente en dirección a la nada.





2/5/13

LAS CACEROLAS Y LA DERECHA




¿Qué es una derecha imaginaria? En principio, la componen dirigentes de todo tipo. Algunos de derecha o ultraderecha declarados. Pero la derecha imaginaria está conformada esencialmente por personas que no son ni nunca fueron de derecha. Dirigentes de antiguas trayectorias de interés social, incluyendo antiguos luchadores, que sería injusto decirles de derecha, pero no es injusto advertir que son protagonistas de una nueva experiencia de la derecha. Son centroizquierdistas con una aureola imaginaria –que no quiere decir que no sea efectiva– que tiene sobredeterminaciones de derecha. Esto quiere decir una sola cosa. Vivimos en sociedades donde se ha producido una brutal expropiación del lenguaje político. Las izquierdas pueden hacer un papel cuya estructura de efectos sea de derecha. Esta realidad no es posible adjudicársela a nadie en especial. Quizá la doctora Carrió, con su peculiar lenguaje abismal y conspirativo, con sus deidades intrigantes encerradas en sus miradas oblicuas, pudiera ser un verdadero ejemplo de esta política espectacular de las derechas que se saben tales. Carrió perdió votos, pero marcó un modo de la política donde es posible ser de una derecha inasible, espectral, inmune en su práctica semiológica, perdidosa de votos, pero feliz en su capacidad desestabilizadora.

Horacio González, “La multitud volátil”









Lo inverosímil y contradictorio ocurre entre los argentinos que solemos solazarnos en nuestra original peculiaridad: en los corrillos de la vida cotidiana casi nadie ha dejado de fustigar a las instituciones de una república agujereada y desprestigiada desde sus tiempos fundacionales, pero en el preciso instante en el que alguien (en este caso un gobierno democráticamente elegido) decide poner en evidencia lo evidente de esa corrosión, los mismos que dedicaban su tiempo y sus esfuerzos a denunciar el mal funcionamiento de casi todas las instituciones (que por casualidad suele ocurrir cuando se trata de gobiernos de matriz popular y democrática) se convierten, mutatis mutandi, en los más acérrimos defensores de una república elevada a la condición de ejemplaridad virtuosa. En un giro vertiginoso, que no deja de sorprender, los eternos críticos se transforman en los fiscales implacables de aquellos que buscan reformar lo que desde hace mucho tiempo funciona mal en el país.

En algunos se trata, como siempre, de profundizar su cinismo inveterado, el que los acompaña sin que nada haga mella en ellos; en otros, la mayoría de la clase media acomodada, el “olvido” de sus responsabilidades, la distracción respecto de sus “vicios privados”, los lleva a una extraña y rutilante convicción: ellos son los garantes de la virtud republicana, el freno último ante la avanzada salvaje de los bárbaros que hoy llevan el nombre y el rostro del populismo; aunque también hay un contingente algo más insólito que, diciéndose de izquierda o ofreciéndose como los verdaderos representantes de los intereses populares, confluyen en ese gran mar viscoso de las derechas actuales capaces de tragarse todos los lenguajes con tal de volverlos funcionales a sus intereses. Algo de eso sabe esa retórica progresista que va cambiando de parque temático con tal de asociarse al ruido ensordecedor de las cacerolas clasemedieras. Ayer fue la preocupación por el medioambiente y las políticas extractivas, hoy la corrupción que envilece a una república dañada por el kirchnerismo. Mañana será otra cosa lo suficientemente espectacular como para encontrar en los grandes medios de comunicación su inefable caja reproductora. La derecha, en sus diferentes versiones, hoy habla el lenguaje del stand up lanatista.

Nunca como ahora el poder judicial fue tan virtuoso, nunca como ahora jueces y fiscales, en su inmensa mayoría, se han convertido en los sujetos del verdadero orden republicano. Nada queda de las penurias del ciudadano de a pie ante un sistema judicial burocratizado y absolutamente distante de las injusticias que se cometen contra los débiles de la sociedad; nada de aquella frase que viene de lejos y que insistía con la necesidad “de hacerse amigo del juez” para lograr la impunidad; menos se recuerda la brutal influencia que los poderes económicos ejercieron y siguen ejerciendo sobre nuestros magistrados que, ahora, son elevados a la categoría de la santidad republicana, impolutos e imparciales dispensadores de una justicia alejada de intereses, negocios, venalidades y otras yerbas. La justicia (sus ministros supremos, sus jueces, sus fiscales, sus secretarios, sus escribientes, sus oficiales, sus archivistas y, con ellos, los decanos y los profesores de las facultades de leyes del país) son, qué duda cabe y de acuerdo a las proclamas libertarias de nuestros ruidosos caceroleros imbuidos de un espíritu intachablemente democrático, la garantía de la permanencia del orden republicano, es decir, la garantía de nuestras libertades acosadas por el giro “totalitario” de la demagogia populista que busca con desesperación apoderarse de todas las instituciones.

“¡No pasarán!” claman las heroicas multitudes que se han arrojado a las aguas de la purificación republicana que, como si fueran las aguas del leteo, les permiten olvidar sus inveteradas recaídas golpistas. Sorprendente travestismo de quienes no se indignaron cuando se interrumpió, en otros momentos de nuestra historia, ese mismo orden democrático en nombre de la imperiosa necesidad de proteger a la república de sus saqueadores morales y materiales. Claro, ellos, los neorrepublicanos, son quienes han puesto el pecho para salvarnos de las dictaduras del mismo modo que la mayor parte de los jueces siempre ejercieron la resistencia ante la llegada de los perros de la noche que disolvieron los poderes de la república en nombre de su salvación. Gracias a esos jueces valientes se impidió, entre 1976 y 1983, que se consumara la lógica exterminadora del terrorismo de Estado; ellos pararon los asesinatos, las torturas y las desapariciones haciendo lugar a los miles de habeas corpus presentados por familiares que encontraron en ellos respaldo y comprensión.

La “La multitud volátil” que se expresó el 18 de abril salió a defender a esa justicia que a lo largo del siglo XX se opuso con hidalguía a la sucesión de golpes militares iniciados en el año ’30 en nombre, siempre, de la república y de su salvación de las hordas demagógicas y populistas. Suerte, la nuestra, que tenemos a esa “multitud volátil”, dispuesta para tantas aventuras heroicas, pero que hoy con absoluto desprendimiento se derramó por las calles céntricas para testimoniar su inquebrantable ideal republicano.

La profunda y ya prolongada crisis que ha hecho colapsar la economía mundial no sólo vino a poner en evidencia el descalabro generado por el capitalismo en su fase financiero-especulativa, fase que abarcó las últimas décadas del siglo pasado y que condicionó la entrada en el nuevo milenio, sino que también erosionó las diversas formas de representación y de convivencialidad política dinamitando las tramas modernas y democráticas del espacio público. El predominio de una ciudadanía basada en la alquimia de individualismo, consumismo, mercado y privatización de casi todas las esferas de la vida social fue generando las condiciones para una significativa mutación en las prácticas ciudadanas hasta producir modos y formas que desarticularon a aquellas que venían a expresar las experiencias y las tradiciones de una sociedad todavía atravesada por los lenguajes de la política y de las identidades culturales vinculadas a ese universo de representación y de acción. No hay que confundir la “masa abstracta” que se movilizó el 8N y el 18A con una revalorización de la política. En muchos de esos sectores la “salida a las calles” viene a expresar, bajo la forma de la paradoja, un rechazo y un repudio a la política y a los políticos. Por eso los dirigentes de la oposición prefirieron, en noviembre del año pasado, no ir o hacerlo muy disimuladamente, casi clandestinamente o como ladrones de votos ajenos y, recién ahora cuando se enfrentan a un año electoral, decidieron, aunque sin banderas ni movilización partidaria, mezclarse entre sus potenciales votantes pero intuyendo que una espesa atmósfera antipolítica recorre la columna medular de esa “multitud volátil” que se vuelve disponible para distintas aventuras destituyentes. Incluso hubo quien había dicho el 8N que era “mejor no ir para no enturbiar con sus presencias la manifestación de la sociedad civil”. El fantasma del 2001 revoloteó sobre esa multitud. Purificación republicana contra la democracia de los demagogos.

El surgimiento del ciudadano-consumidor, personaje muy de época, autorreferencial, egoísta, moldeado por las gramáticas audiovisuales, las mutaciones comunicacionales e informáticas y los prejuicios multiplicados junto con la fragmentación de la sociedad se convirtió en el garante de la lógica de mercado, en epicentro de una nueva forma de ciudadanía que al expandir las prácticas privatizadoras de la existencia destituyó, por anacrónicas e inservibles, las experiencias políticas entramadas en el espacio público y deudoras de construcciones simbólicas desplegadas en otro tiempo de la historia, allí donde los sujetos, diversos, manifestaban en sus prácticas modos de afirmar sus identidades y sus deseos de igualdad. La idea misma de un colectivo social, de un ágora como eje de la vida en común, cayó en el descrédito y el desuso allí donde lo que se privilegió fue lo privado, lo íntimo, lo encriptado, el espacio diferenciado, socialmente delimitado construido sobre las bases de la desarticulación y la fragmentación propias de un modelo, el neoliberal, que asentó su despliegue y su dominio no sólo en el imperio de la economía y el mercado (su razón última de ser) sino acentuando y radicalizando una revolución cultural que vino a subvertir las herencias igualitaristas de una sociedad que marchó con ritmo frenético hacia su disolución. Los argentinos pudimos atisbar algo de eso en la crisis de finales de 2001.

El ciudadano-consumidor vino a expresar los deseos imaginarios emanados de la mercancía y de su esplendor; sus ilusiones se asociaron con la utopía californiana, con ese giro alocado hacia la consumación más “plena y libre” de la aventura individual soñada como una nueva manera de construirse una vida propia, original, privada, apolítica, enfrascada en sus propios gustos construidos como si fueran la quintaesencia de la autonomía. Lejos de alcanzar la consumación del ideal californiano (cuerpos esbeltos y rubios dorándose al sol, disfrutando una felicidad saludable y ofreciéndose como modelos de una nueva humanidad cool), la mayoría de los seres humanos no excluidos, y en especial en estas geografías sureñas y empobrecidas, se descubrieron expresando deseos hiperindividualistas pero en el interior de una masificación generalizada y de segunda calidad. Masificación de las costumbres, de las ideas, de las prácticas, de las expresiones culturales que acompañó el proceso de globalización del capital, un proceso que no dejó de arrasar aquellas otras formas de sociabilidad propias de una etapa anterior. La extraña paradoja que emana de las últimas irrupciones de esta “multitud volátil” es que se manifiesta no para construir un colectivo socialmente igualitario, preocupado por las injusticias, la pobreza y la concentración de la riqueza, sino que lo hace para poder regresar lo más rápido posible a sus ejercicios de consumo primermundista sin restricciones de ningún tipo.

La década de los 90 le dio su fisonomía decisiva a la revolución neoliberal liquidando, por inactual e inservible, la idea de una ciudadanía integradora y capaz de generar las condiciones para una genuina movilidad social. El menemismo, entre nosotros, deshizo, sin ruborizarse, todo aquello que había construido el primer peronismo, quebrando, esencialmente, la relación entre sociedad y espacio público, al mismo tiempo que iniciaba y concretaba poco después el proceso de desguace del Estado hasta convertirlo en una ruina, todo en función del nuevo discurso privatizador y de la inexorable tendencia mundial a la reformulación de las variables sociales, políticas, económicas y culturales signado todo ello por un grado inimaginable, hasta ese momento, de concentración en cada vez menos manos de la riqueza. Inéditas formas de la desigualdad y de la pobreza se desplegaron en el seno de nuestra sociedad. Al calor de esas decisivas transformaciones regresivas de la vida social se avanzó en el proceso de despolitización que fue acompañado por el despliegue de los tecnócratas y gerentes que terminaron tomando por asalto los restos de un Estado canibalizado en el mismo momento en que fracciones significativas de la clase política eran capturadas por nuevas e inéditas formas de corrupción impulsadas por los sectores hegemónicos del poder corporativo a las que el economista Eduardo Basualdo denominó, de un modo original, el “transformismo argentino”.

En este sentido, todavía estamos pagando el altísimo precio de un modelo neoliberal que modificó profundamente la estructura argentina, que transformó hasta el tuétano usos y costumbres de aquello que definió, durante décadas, las formas de socialización y de autorreferencialidad cultural propias de nuestro país. El menemismo le compró el alma a un amplio sector de argentinos que estuvieron dispuestos a vender el futuro de sus hijos en nombre de la quimera primermundista y de los viajes desenfrenados a los shopping centers de Miami. Nada, o demasiado poco, quedó de aquella otra sociedad articulada desde la lógica de la solidaridad y de la equidad; de aquellas experiencias de ciudadanía que apuntaron a la integración y a la multiplicación de la esfera pública como ámbito de encuentro y de acción transformadora. Junto con la rapiña del Estado, el menemismo devastó el ámbito de lo público y deslegitimó los lenguajes de la política llevándolos exclusivamente a la zona espuria de la corrupción y de las cuestiones judiciales. Lo que se vació de contenido fue precisamente aquello que habilita a la creación de una ciudadanía más democrática y participativa reduciéndola a masa anónima de ciudadanos-consumidores, de votantes culposos que llevaban al cuarto oscuro sus deudas y su terror a salir de la ficción del uno a uno que había logrado no sólo comprar sus conciencias sino destruir la trama productiva del país. La democracia devino una cáscara vacía capturada por los lenguajes empresariales y secundarizada por la palabra sacrosanta del mercado. La novedad de la “masa abstracta” y de la “multitud volátil” del 8N  y del  18A es que regresó sobre el espacio público para defender sus demandas de siempre amplificadas por la herramienta más sutil que ha podido desplegar el poder neoliberal: los medios de comunicación hegemónicos exaltadores, nuevamente, de los “genuinos ciudadanos” que, bajo la forma de la verdadera democracia, manifiestan sus preocupaciones republicanas.

De lo que se trata, ayer como hoy, es, fundamentalmente, de sostener sus privilegios sin darse cuenta, muchos de los que golpean con entusiasmo las cacerolas, que de triunfar las corporaciones, ellos, los virtuosos, sufrirán también, como en los ’90, las consecuencias. A algunos ni siquiera los esperará el taxi para ganarse unos mangos y a sus hijos tampoco el sueño europeo que se ha convertido en una pesadilla para sus propios habitantes. Para aquellos que creyeron, desde un progresismo aggiornado a los nuevos tiempos, que serían la “vanguardia” de la recuperación virtuosa de la república perdida, lo que les espera, si lograsen imponerse los verdaderos articuladores de la agenda destituyente, es, otra vez, la culpa impagable de haberse convertido en la voz legitimadora de la restauración conservadora.







21/4/13

TOMOGRAFÍA del 18A








La tercera marcha opositora que se llevó a cabo el jueves compartió características con las dos anteriores, tales como la masividad, la atomización política, la difusa convocatoria por las redes sociales y la marketinera denominación de la movilización con la fecha y la inicial del mes atrás (18 A). Sin embargo, esta vez, las figuras políticas de la oposición salieron, sin sus estructuras orgánicas detrás, a mezclarse entre los manifestantes. El año electoral parece haberlos animado a la calle. Sin embargo, analistas consultados por Tiempo Argentino señalan la dificultosa tarea de capitalizar estas formas de expresión política que tienen por delante los referentes de la oposición.

Pablo López Fiorito, sociólogo, director ejecutivo de Ibarómetro y docente de la UBA, opina que "independientemente de la participación de los sectores de la oposición en la marcha, la mayoría de los convocados no se siente representados por ninguno de los referentes de la oposición en particular". "Muchos de los carteles y las expresiones de los participantes marcan una desconfianza contra el gobierno en general, pero contra los políticos en particular. ¿Puede la oposición transformar el descontento con la política, en fuerza política que los posicione frente a las futuras elecciones?".

Hugo Haime, también sociólogo y especialista en investigación de opinión pública, sostiene que "la oposición fue arrastrada por el llamado de la gente". "Es un error interpretar que la marcha fue llamada por la oposición, es al revés, fue convocada por las redes sociales en enero y febrero, y los partidos políticos no estaban convocando en ese momento. Lo que estamos viendo en todas las marchas es un sector importante de la ciudadanía carente de representación política que les reclama al gobierno y a la oposición: al gobierno le critica cosas que no le gustan y a la oposición le pide unidad para generar una alternativa, y a su vez, los opositores no pueden explicar por qué no se unen".

Sin embargo, Juan Manuel Aurelio, analista de la consultora Aresco, sostiene que "la palabra unidad está lejos de ser una posibilidad". "Esta marcha es de contenido opositor al gobierno, con todas las variantes, participan muy diversos sectores políticos, con diversos niveles de reclamo. Hay posiciones ideológicas y políticas muy distintas y encontradas. Es una oposición que aparece muy fragmentada electoralmente. Ninguno de los políticos dentro de ese espacio puede decir que tiene un núcleo de apoyo relevante".

Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, sostiene que "la falta de liderazgo no es el problema del 18 A, sino la clave de su éxito". Y subraya: "Que la movilización no tenga dueño aparente, es lo que permite su convocatoria. La mayoría de las fuerzas opositoras convocaron dos días antes contra la reforma judicial en Tribunales y no reunieron ni un millar de personas."

Artemio López, de la Consultora Equis, también señala la novedad de la aparición de figuras opositoras en la última movilización. "Hubo en esta marcha una precipitación de dirigentes opositores para apropiarse de la marcha". "La propia gente, entre las cosas que reclama es efectivamente que exista otra oposición para hacer más eficaz su disputa con el Gobierno Nacional, con lo cual la presencia de opositores era un contrasentido en la marcha".

Si bien los analistas destacan la heterogenidad de los reclamos, todos coinciden en que son los sectores medios urbanos los que protagonizan estas movilizaciones. Para Aurelio "los reclamos pertenecen a algunos segmentos de la ciudadanía, y tienen epicentros en la ciudad de Buenos Aires, Rosario y en Córdoba, lugares del país dónde históricamente este gobierno tuvo performances electorales por debajo del promedio o directamente perdió elecciones".

Fraga coincide al señalar que "las protestas convocadas desde las redes sociales que culminaron con la del 13 S, han canalizado la protesta de la clase media urbana". Asimismo, todos coinciden en señalar la dificultad de la oposición en capitalizar estas expresiones políticas.

Mientras que Aurelio opina que "son fenómenos de diversidad política que no se sabe cómo se va a plasmar en términos electorales" y que "por ahora es visto como multitud atomizada o fragmentada y habrá que ver de qué forma se reúne o no a la hora de expresar un frente político"; López Fiorito se pregunta si es posible "generar una fuerza que sume las pequeñas expresiones políticas de cada uno de los sectores". "¿Es posible tamaña ingeniería, sin que del intento salga una Frankenstein?

Hay por lo menos dos problemas con ese pedido. Uno es que este año las elecciones son legislativas y necesitan contener la mayor dispersión de miradas. Dos, que esa unidad tendría un carácter negativo, solo horadar al gobierno, pero ninguna coincidencia política.

¿Podemos imaginarnos al empresario Francisco de Narváez, con el sindicalista Víctor De Gennaro? ¿O al socialista Hermes Binner, con el referente del PRO Mauricio Macri? ¿No son similares a los argumentos que construyeron la Alianza?"




13/4/13

JUECES Y FISCALES POR + DEMOCRACIA EN EL PODER JUDICIAL










Los 6 proyectos de ley que reforman el sistema judicial enviados al Congreso por el Poder Ejecutivo generaron mucha resistencia y rechazo entre algunos de los involucrados que se niegan al cambio.

Sin ir más lejos, la Unión de Empleados de Justicia de la Nación (UEJN), que conduce Julio Piumato, lanzó un paro de tres días en rechazo al debate. Del otro lado, el titular de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, vertió mínimas y tímidas declaraciones aduciendo que en un futuro no muy lejano podría tener que intervenir, como ministro del tribunal, en una decisión sobre la reforma.

Sin embargo, no todos los miembros del Poder Judicial se abroquelaron en rechazo a las iniciativas que plantean la modernización del sistema.



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En ese sentido, el juez del tribunal de Casación Penal de la provincia de Buenos Aires, Daniel Carral, declaró: "En términos generales, en al menos cuatro de los seis proyectos hay un consenso tanto de los sectores involucrados en la gestión judicial como en la sociedad toda", en referencia a la creación de tres nuevas Cámaras de Casación; la publicidad de los actos judiciales; la publicidad de las declaraciones juradas de los funcionarios y el concurso público para ingresar al Poder Judicial.

"Los proyectos que aparecen como más difíciles de consensuar en este momento se relacionan con la reforma del Consejo de la Magistratura y aquello vinculado al nuevo régimen de medidas cautelares. Con respecto a la Magistratura, la verdad es que habrá que ver en la futura discusión del proyecto en las Cámaras si se puede precisar bien cuál es el mejor mecanismo a través del cual los jueces serán electos por el voto popular, de qué manera. Me parece bien que haya una mayor amplitud en la participación de la gente para elegir a quienes van a representar a los jueces", afirmó Carral.

En tanto, puntualizó: "Ahora, si esto significa necesariamente que tengan que ir en una boleta o a través de partidos políticos es algo que quizá tenga que discutirse, o si existen otros mecanismos que se puedan someter a la decisión popular".

Por último, Carral afirmó: "Respecto de las cautelares, me parece que hay muchísimos ejemplos que nos tienen que hacer repensar que el régimen vigente expone a los jueces a una posición de arrogarse también, en definitiva, la suma del poder público. Porque hay ejemplos claros de leyes sancionadas que no pueden entrar en vigencia porque a un juez se le ocurre sacar una cautelar. Y esa cautelar, como toda medida cautelar, es una medida provisoria, revisable, y sin embargo está vigente durante años y no se resuelve la cuestión de fondo".

"Entonces, poner algún límite temporal para que los jueces terminen de resolver la cuestión de fondo cuando media una medida cautelar es algo admirable. En cualquier caso, en aquellos que son noticia todos los días y en algunos otros que no son tan noticia que la gente debiera pensar también, por ejemplo cuando hay una persona que está detenida con prisión preventiva. Los jueces no pueden estar años con una persona bajo prisión preventiva, eso es una medida cautelar también", agregó.

Y subrayó: "Esta regulación, en principio, no me parece mal. Siempre y cuando, y así parece que la ley lo deja establecido, se preserven particulares situaciones para la vida, la libertad, la integridad física e incluso para el medio ambiente".



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Sobre el mismo punto, el exfiscal federal Félix Crous, actual titular de la Procuraduría Adjunta en Narcocriminalidad (Procunar), sostuvo: "La reforma del Consejo incorpora dos elementos fundamentales: la elección popular de los electores de los jueces y los partidos políticos como instancia mediadora, el sinceramiento y la jerarquización de la política de partidos en todos los departamentos del Estado".

Además, manifestó: "Creo que son un conjunto de proyectos muy interesantes en cuanto, no sólo a la transformación que plantean, sino al sistema de organización. Como posición global, a mí me parecen muy importantes. Todos los proyectos son muy interesantes, pero algunos atacan temas más estructurales, dos de ellos sobre todo. El tema de la reforma del Consejo de la Magistratura y, en segundo orden, el sistema de ingreso al Poder Judicial".



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Por su parte, el juez de la Cámara Nacional de Casación Penal, Alejandro Slokar, sostuvo: "En términos generales la reforma es favorable, muy positiva porque tiene la capacidad de alterar el perfil de un poder del Estado que es el Poder Judicial y las relaciones entre ese poder y la sociedad".

"Democratización, transparencia, agilidad son básicas", agregó el magistrado.



En ese sentido, Slokar manifestó que la reforma va en contra de las condiciones actuales: "El desprestigio social que tiene el Poder Judicial es porque se lo observa como un poder demasiado autoritario, con privilegios anti igualitarios y poco abierto a la sociedad. Y una exigencia elemental de la democracia es el deber de rendir cuentas, que además hace a una esencia ética y de responsabilidad".

"En ese orden, el conjunto, el paquete de iniciativas que comprenden la reforma me parecen decididamente loables porque tienden a la reconstrucción de un puente entre el Poder Judicial y la sociedad y de otra parte a la transformación del poder del Estado como un poder más plural, más democrático y, en definitiva, más fuerte", remarcó.

"Que la Corte se ocupe de dictar sentencias y no de administrar el Poder Judicial, porque para administrar el Poder Judicial la Constitución dice que está el Consejo de la Magistratura", concluyó Slokar.



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A su vez, el fiscal general de la Unidad de Coordinación de Causas de Derechos Humanos, Jorge Auat, manifestó: "Estoy absolutamente de acuerdo con todos los proyectos. Además, espero que se siga profundizando esta iniciativa y estos cambios. Desde Justicia Legítima (agrupación de jueces y fiscales que reclaman cambios en el Poder Judicial) compartimos todos los proyectos".

Aunque sostuvo: "Los proyectos no van a agotar la discusión que nosotros iniciamos en la Biblioteca Nacional, son nada más que parte de lo que pensamos que tiene que haber. Lo fundamental es instalar la discusión con carácter permanente. Este es el objetivo de nuestro foro".

"Y queremos que haya nuevos proyectos que inicien el cambio que tanto espera la sociedad. Este es el único poder al que no lo atravesó la democracia en su totalidad. Jueces y funcionarios de la Dictadura pasaron a ser en 24 horas jueces y funcionarios de la democracia y este es un fenómeno que me parece no podemos soslayarlo. Y marcó, de algún modo, un paradigma de funcionamiento del Poder Judicial, del sistema judicial en su totalidad, y creo que es hora de empezar a mirar cuáles son los déficit que tiene, si está a la altura de las expectativas de la gente y ver cómo hacer para que deje de estar de espaldas a la sociedad", agregó Auat.



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Por su parte, el juez de la Cámara Federal de Apelaciones de La Plata, Carlos Rozanski, expresó: "Estoy completamente de acuerdo con los proyectos, por lo menos con los que he leído, todavía no los termine de leer en detalle. Coincido con todos los proyectos y con la idea de cada uno de ellos".

"La parte más importante es la modificación del tema de elección para lo que es el Consejo de la Magistratura. Reemplazar la elección dentro de cada una de las corporaciones por la votación popular me parece que es un avance importante", sostuvo.

Y explicó: "Es un viejo reclamo que el Consejo de la Magistratura pueda realmente tener una amplitud de criterio que le van a dar en este caso, las distintas disciplinas que van a estar representadas por los académicos en lugar de ser pura y exclusivamente los abogados. Y en el caso de los abogados y jueces, o sea los representantes de cada una de esas profesiones, van a estar elegidos por la gente y no por los propios grupos de cada corporación. En el caso de los jueces no llegan a 2 mil electores y van a pasar 15 millones", concluyó.



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En tanto, la Procuradora General de la Nación y jefa de los fiscales, Alejandra Gils Carbó, remarcó: "Estamos madurando progresivamente la relevancia que van a tener los proyectos. Tenemos motivos para pensar que esto va a ser diferente".

Gils Carbó destacó además la elección mediante voto popular de integrantes del Consejo de la Magistratura de la Nación, al considerar que va a significar una "mayor participación ciudadana y transparencia".










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JUSTICA POPULAR O CORPORATIVA






28/3/13

ROVERTO LAVAGNA Y EL CUCO DEL RODRIGAZO






El latiguillo discursivo de la oposición mediática de un tiempo a esta parte ha variado de estrategia: del eje anticorrupción y la crítica a un supuesto autoritarismo gubernamental al imponer el gobierno la mayoría parlamentaria en la promulgación de leyes, a las acusaciones realizadas por organizaciones que representan las patronales de las corporaciones mediáticas de Latinoamérica oponiéndose a la ley de Medios de la democracia. El cambio de eje opositor fue de la mano del crecimiento inflacionario, y de la tendencia alcista del dólar en el mercado negro. Estos indicadores profusamente difundidos y reforzados por los medios opositores se han convertido en la punta de lanza de una idea fuerza que remite a los temores históricamente más internalizados en la sociedad: instalar en la opinión pública la sensación que la situación económica se torna ingobernable y que el horizonte cercano estará atravesado por el descontrol de las variables fundamentales de la economía.

El primero en salir al ruedo anticipándose a los efectos de las negociaciones paritarias de otoño fue el representante máximo de la Unión Industrial Argentina José Ignacio de Mendiguren. La estrategia comunicacional de las filas de la oposición retomaron el exabrupto del directivo de la UIA, y esta vez pusieron en boca del ex ministro de Economía de los gobiernos de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, Roberto Lavagna, la convicción que el escenario económico de nuestro país es una suerte de “Rodrigazo en cuotas”. Agregando: "Ya vimos esta película y sabemos que esto no termina bien." No es casual que estas declaraciones se den cuando cobra fuerza desde el peronismo opositor la idea de armar un frente electoral a escala nacional, para las próximas legislativas. En ese armado antikirchnerista se ubican presurosos el gobernador de Córdoba José Manuel de la Sota, Hugo Moyano, Felipe Solá, Francisco de Narváez y hasta el mismísimo sindicalista "Momo" Venegas.

Todos y cada uno de los nombrados refuerzan sistemáticamente como abonados a los programas del cable de noticias del multimedio hegemónico un diagnóstico alarmista sobre el devenir de la economía, fogoneando la idea del Rodrigazo, como símbolo paradigmático del descontrol de la inflación.

Pero qué fue realmente el Rodrigazo y qué similitudes tiene con el actual escenario político, económico y social. El 2 de junio de 1975, el entonces ministro de Economía Celestino Rodrigo dispuso un brutal ajuste que duplicó los precios y provocó una crisis en el gobierno de Isabel Martínez de Perón. Rodrigo quería eliminar la distorsión de los precios relativos con una fuerte devaluación de 160% para el cambio comercial y 100% para el cambio financiero. La tasa de inflación llegó hasta tres dígitos anuales y los precios nominales subieron en 183% al finalizar 1975. Se produjo desabastecimiento de gran cantidad de productos de necesidad primaria (alimentos), combustibles y otros insumos para transportes.

Los argumentos oficiales fueron "sincerar" la economía argentina, reducir el enorme déficit público existente y aumentar la productividad de las empresas vía devaluación del peso. Otros opinan que también se buscaba hacer perder poder a los sindicatos, licuar deudas de empresas y bancos, y sobre todas las cosas, aumentar la tasa de ganancia de las empresas. El Rodrigazo disparó la disputa por el reparto del ingreso, en medio del vacío de poder y la espiral de violencia política. Ricardo Zinn, el verdadero cerebro detrás de este ajuste, sabía perfectamente las consecuencias de las medidas tomadas. Era un hombre profundamente conservador, que luego pasaría a ser funcionario de la dictadura militar. Para Zinn, había una "guerra" por la distribución del ingreso, y eran las empresas las que debían ganar. A los 49 días de asumir, y después de enormes protestas y movilizaciones, cae López Rega y Celestino Rodrigo deja el ministerio de Economía junto con todo su equipo.

Además de lo narrado hubo en ese particular contexto otras dimensiones del ámbito social y político no tenidas en cuenta no solo por Roberto Lavagna sino por todos aquellos que refuerzan ese pronóstico fantasmagórico de la inminencia de un nuevo Rodrigazo. En esos años, en centenares de establecimientos fabriles, miles de jóvenes confrontaban con las patronales y se organizaban desde las bases en sus lugares de trabajo. Contingentes orientados por lo que se llamó el activo amplio o la vanguardia natural de la clase. Tendencias heterogéneas entre las cuales surgieron la Juventud Trabajadora Peronista, el Movimiento Sindical de Base, o la Intersindical del legendario Agustín Tosco. Corrientes del clasismo fuertemente arraigadas no sólo en Córdoba sino en la provincia de Santa Fe, en Villa Constitución, en el gran Rosario y entre los años '73 y '75 en constante crecimiento en los cordones industriales del oeste, norte y sur de Buenos Aires. Crecimiento que fue socavando el poder monolítico de las viejas cúpulas sindicales, atravesadas por el ideario colaboracionista.

Esa compleja y explosiva realidad de las paritarias de 1975, donde se congregaron en las llamadas Coordinadoras de Gremios, tuvo su máxima expresión en el llamamiento de dicha Coordinadora, lo mejor de la militancia combativa con incidencia de masas. Esa nueva coordinación fabril alternativa a la cúpula cegetista, por su extensión y radicalidad, sintetizaba un verdadero cambio de época en el ámbito laboral. Esta nueva emergencia sindical generó una semana de paros y movilizaciones, que forzaron a la CGT de Casildo Herrera al primer paro general al gobierno de Isabel Martínez.

Por su parte el giro neoliberal del gobierno de Isabelita y la hegemonía de la derecha peronista, en su afán disciplinador, proyectó el ajustazo en materia económica del 2 de junio de 1975, con su ministro de Economía Celestino Rodrigo y en paralelo constituyó, en connivencia con fuerzas policiales, la patota sindical y grupos paramilitares como las tres A, que resultaron funcionales a lo peor de un empresariado ávido de desterrar del seno de las empresas la creciente democracia de base. Esa realidad abismalmente diferente es la que hace una verdadera caricatura a las afirmaciones del futuro candidato opositor Roberto Lavagna.




17/2/13

«La Argentina dividida»









¿Estamos divididos los argentinos? La pregunta viene siendo recurrente al menos desde que se empezó a delinear el espíritu confrontativo que Néstor Kirchner le imprimiera a su presidencia y que se transformara en una marca esencial de la naturaleza del modelo que se encuentra próximo a alcanzar los 10 años en el poder.

Al kirchnerismo no le resulta del todo incómodo el mote de “parteaguas” pues entiende que la política es, ante todo, conflicto que se dirime entre un nosotros y un ellos, aunque siempre en el marco de los límites democráticos. De aquí que no se rasgue las vestiduras por el pataleo histérico de los sectores minoritarios que ven socavada su legitimidad pero sí advierta sobre un conato de violencia preocupante que se deja ver en las manifestaciones que nuclean a sectores opositores. En esta línea alcanza con ver los lemas de los letreros que se enarbolan en las protestas caceroleras y la agresión a periodistas de la televisión pública y privada que en ese marco se multiplicaron, así como también prestar atención a la violencia verbal que profieren referentes opositores a veces impulsados por una envidiable locuacidad. La oposición intenta invisibilizar esas acciones y cuando no puede hacerlo esgrime que estas son sólo una consecuencia de la violencia más sutil impulsada desde el propio gobierno. Independientemente de la discusión acerca de si esto es o no así, tal argumentación abre una puerta a la justificación de hechos de violencia más graves. En este sentido, quienes justificaron la agresión a Kicillof y la englobaron en el marco del hartazgo ciudadano ante las supuestas microviolencias solapadas que provienen del oficialismo, podrían también haber justificado el hecho de que la turba violenta del “Frente jacobino por la liberación del dólar” (filial Punta del Este) hubiera ajusticiado al “economista marxista”. A lo sumo, encararían la argumentación afirmando que “no lo justifico pero hay que entender que el clima de violencia desde arriba da lugar a excesos abajo”. Con todo, no se trata aquí de discutir quién agredió primero o quién agrede más. Se trata de responder a esa pregunta inicial acerca de si existe una división en la Argentina. Y la respuesta que guiará estas líneas es la siguiente: sí, efectivamente, la Argentina está dividida, pero hace 200 años que lo está. En otras palabras, la historia de nuestro país ha estado marcada por las divisiones en todo orden y bajo cualquier paraguas categorial, sea político, sociológico o económico.

Si se toma el siglo XIX, a las disputas políticas que se dieron ya en el marco de los caminos que debía seguir la revolución, le siguió la disputa entre unitarios y federales y la conquista del desierto entre algunos de los sucesos que ponen en tela de juicio la fantasía romántica de una unidad original perdida por algún pecado populista. Ya en el siglo XX, el centenario fue el marco en el que se ponía de manifiesto una sociedad claramente dividida entre una élite criolla y una masa heterogénea de campesinos pobres y extranjeros explotados que presionaría hasta obtener la ley Sáenz Peña y vivir una primavera popular en 1916 que no tardaría en desfallecer a pesar de no haber profundizado demasiado en cambios estructurales que afectaran a la oligarquía terrateniente. Entonces ¿alguien va a decir que el modelo agroexportador argentino era el emblema de una sociedad inclusiva? Por cierto, ¿esa presunta unidad alguna vez perdida se recuperó con el golpe del ’30? Ciertamente no, y la irrupción del peronismo no fue una magia de repollo sino la visibilización de mayorías desplazadas que se sentían representadas por un liderazgo.

Pero no avancemos tan rápido porque, justamente, quienes hoy insisten en endilgarle al kirchnerismo el haber dividido a los argentinos equiparan la situación actual con aquella que se dio desde el ’45 hasta los años ’70 en torno al clivaje peronismo-antiperonismo. En esta línea se dice que las familias se pelean, las parejas se separan y los amigos se distancian por las diferencias políticas, del mismo modo que sucediera en aquellas décadas del siglo XX. ¿Tienen razón al bosquejar ese panorama? Claro que la tienen pero eso no significa que estas fracturas en el campo de las relaciones básicas sean propiedad exclusiva de los procesos peronista y kirchnerista. Lo que sí parece signo característico de ellos es el modo en que esas grietas inherentes a la Argentina (y probablemente a buena parte de las sociedades y los Estados modernos) se han hecho carne y se manifiestan sin ocultamientos. ¿Por qué sucede esto? Seguramente porque se trata de procesos que con infinitas diferencias han intentado al menos trastocar las estructuras vigentes. Se podrá discutir por qué lo hicieron o en qué porcentaje lo hicieron, pero no se podrá decir que ambos procesos resultaron indiferentes para las élites.

Sin embargo, claro está, ni la historiografía liberal ni los comentadores reproductores del relato del establishment podrían aceptar que esas han sido las razones por las que el peronismo y el kirchnerismo generan divisiones. De aquí que recurran a una argumentación sintomática. Para dar cuenta de ello avanzaré un poquito más en la historia para poder situarnos en nuestro pasado reciente. Pregúntese entonces por qué durante los 90 se afirmaba que la sociedad argentina estaba dividida. Nadie lo decía a pesar de que ese modelo hizo eclosión en 2001 y produjo la mayor distancia entre los que más y los que menos ganan, una confiscación de ahorros vergonzosa, más de un 50% de pobreza, un 25% de desempleados y un país al borde de una guerra civil.

¿No son estos números signo de un país fracturado? ¿O el dato para identificar un país partido es simplemente el modo en que se dirimen las diferencias políticas con nuestros familiares, amigos y parejas?

Lo que intuyo es, entonces, que esta idea de una actual Argentina dividida responde con naturalidad deductiva a los principios de una matriz de sentido común neoliberal instalada. Se trata de aquella que considera que sólo la política es la que divide. Dicho de otro modo, pareciera que las diferencias económicas son producto de un natural estado de cosas que, aun estirando la distancia entre los más que menos tienen y los menos que más tienen, responde al orden originario de la unidad nacional. De este modo existiría una desigualdad original aceptada por los ganadores y por los perdedores por igual, y cualquier intento por transformarla supondría un cambio político y, en tanto tal, sería identificado como el mal, una suerte de intromisión artificial que genera crispación, disputa, peleas y violencia. Según esta idea, como la economía es sabia, no genera violencia, y como los pobres deben reconocer el lugar que les corresponde, no hay espacio para que se crispen ni para que se peleen. En todo caso, quedará un lugarcito para que la clase media dispute y, según el contexto histórico, gane o pierda terreno pero nada más. Así lo indica la matriz cultural que se sigue del modelo neoliberal que gobernó entre 1976 y 2001, aquel que partió al país pero en el que teníamos muchos amigos, una buena relación de pareja y una comida familiar en paz en la que se hablaba de todo, menos de política.