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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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28/10/11

Peronismo para un País y un Mundo Nuevos





Cuando el general Juan Domingo Perón fundó el movimiento nacional y popular más importante de la posguerra en Hispanoamérica, lo hizo sobre la base de una matriz nacionalista, porque dentro de las Fuerzas Armadas había sectores que no se sometían a ser sirvientes de las oligarquías dominantes ligadas a los intereses de Inglaterra.

Advirtió como nadie la demanda de una ciclópea transformación después del golpe del Gral. Rawson de 1943, generada por una nueva clase obrera industrial en formación y sin conducción, surgida de las masas misérrimas del campo, a las que dio respuesta desde la Secretaría de Trabajo y Previsión.

Claro que le llevó tiempo diseñar una estrategia política para que el país diera un giro de 180 grados. Lo primero que hizo, ya desde el gobierno y luego de que las masas obreras asumieron incondicionalmente su liderazgo luego del 17 de Octubre de 1945, fue desechar de plano los Acuerdos de Bretton Woods y La Carta de La Habana (los antecesores del FMI), advirtiendo que la regencia del mundo unipolar giraba de eje y se trasladaría prontamente al nuevo imperio norteamericano.

Cabal conocedor de lo que por entones se llamaban los dos imperialismos, Perón creó una doctrina humanista y cristiana y, al mismo tiempo, tomó distancia de los dos grandes imperios. Imaginó una política económica autocentrada, sin tutorías extranjeras y estimulando al máximo las posibilidades productivas de un país rico en materias primas y recursos naturales.

El modelo económico y social del primer peronismo logró la reconstitución de la sociedad de clases con un movimiento obrero organizado y dignificado que habría de tener luego una importante participación política en sus gobiernos; una clase media sostenida por salarios dignos y una política de fomento crediticio que le posibilitó acceder a su casa y automóvil; el surgimiento de una burguesía nacional ajena a los intereses coloniales y dispuesta a reconstruir la devastada infraestructura de servicios de la Nación, dejando a los terratenientes y a los oligarcas en minoría ante un nuevo país productivo que emergía. De la mano del legado de los generales Savio y Mosconi, y en consonancia con el nuevo rol del Ejército, esa burguesía tomó en sus manos el desarrollo de industrias básicas como el petróleo, la petroquímica y el desarrollo de la industria pesada y liviana.

Este proceso de transformación a favor de los trabajadores y los sectores medios duró hasta 1955, cuando la oligarquía derrocó en forma sangrienta el gobierno popular del General Perón, iniciando un proceso de entrega del patrimonio nacional y de avasallamiento de las conquistas logradas por los trabajadores. Durante los 18 años que duró su exilio, Perón siguió siendo el máximo líder de los trabajadores, accediendo en 1973, a su efímero tercer gobierno, en que las condiciones geoestratégicas mundiales habían cambiado sustantivamente e intentó mantener la autonomía nacional y sumarse al bloque de naciones emergentes del Tercer Mundo.

Su muerte, el 1 de julio de 1974, agudizó la confrontación interna fratricida que se había desatado al interior del peronismo, y que le abrió las puertas al golpe del 24 de Marzo de 1976, fecha que inaugura una larga era de retroceso de la Argentina como Nación, con la entrega del patrimonio nacional y el terrorismo de Estado, el ataque a las conquistas de los trabajadores y la violación de los Derechos Humanos, sociales y políticos del pueblo argentino. La dictadura finalizó pero las políticas neoliberales continuaron en democracia, a partir de 1983 y hasta 2001, a través de las políticas de ajuste y privatizaciones implementadas por los gobiernos de Alfonsín y Menem, este último con el plus de haber intentado desnaturalizar y “aggiornar” las históricas banderas nacionales y antiimperialistas del peronismo, en aras de una modernización neoliberal que pregonaba el fin de la Historia y de las ideologías.

NÉSTOR, EL CONSTRUCTOR. Desde las ruinas de la Argentina de 2001, hizo flamear las banderas del peronismo y se convirtió en el constructor de la esperanza argentina, con un proyecto político que, fundamentalmente, permitió implementar políticas sociales inclusivas y erradicar las neoliberales de exclusión. Se pasó de lo individual a lo colectivo.

Recordemos que llegó al gobierno y encontró a más de la mitad de la población debajo de la línea de pobreza, dándole prioridad a la recuperación de la estructura productiva con políticas económicas activas. Diseñó una política de desendeudamiento externo que permitió saldar la deuda interna. Tuvo gestos claros y firmes de independencia económica con la salida del default y la negación a las exigencias de los fondos buitres internacionales.

Se enfrentó con vigor a las corporaciones cuando planteó “vivir con lo nuestro”, generando un equilibrio que permita al Estado Nacional acumular reservas con recursos genuinos provenientes de las retenciones a las exportaciones. Creó el Ministerio de Producción y resurgió la economía solidaria a través de las pymes, las cooperativas y las mutuales. En verdad, es interminable la lista de logros del Proyecto Nacional conducido por Néstor y Cristina Kirchner, defendiendo siempre los derechos del pueblo.

EL MISMO PERONISMO. Néstor y Cristina tuvieron la visión estratégica y la virtud democrática de retomar la senda del auténtico peronismo, y rápidamente se transformaron en el centro de la recomposición del campo nacional y popular. Junto a las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, se sumaron los radicales de cuño nacional, los socialistas que no adscriben al juanbejustismo eurocéntrico, la izquierda nacional de Don Jorge Abelardo Ramos y Norberto Galasso, y una pléyade de intelectuales progresistas y patriotas, incluidos viejos combatientes contra la dictadura militar, esos montoneros que emularon con su lucha la gesta de los heroicos caudillos federales que entregaron sus vidas contra la hegemonía del centralismo de Mitre y Sarmiento. Se sumaron también los movimientos sociales, que con la conducción de líderes honestos trabajan para que algún día no haya más pobres en la Patria.

A 8 años de aquella refundación de la Patria autónoma y pacífica, el kirchnerismo es el mismo peronismo en sus esencias, pero abierto al mundo –ya no unipolar–, incrementando su comercio exterior con todas las naciones del mundo sin prejuicios ideológicos insensatos, reconstruyendo la justicia social con planes y programas dirigidos a los más humildes, ejecutando importantes obras de infraestructura para integrar un país desarticulado, asistiendo y fomentando el desarrollo de las provincias más abandonadas.

Las tareas pendientes, como lo reconoció la propia presidenta, son muchas y difíciles, pero para el peronismo, este de hoy, que es el kirchnerismo, el primer desafío es lograr el aumento del empleo formal, con el beneficio de obra social, vacaciones y aguinaldo, para los millones de argentinos que siguen trabajando en negro. Y ampliar los logros de la democracia, para que la Argentina conducida por Cristina pueda ser cada día un país más justo, más democrático y con igualdad de oportunidades para todos sus habitantes.


Donato Spaccavento
Médico - Ex director del Hospital Argerich



27/10/11

EL LEGADO DE NK




En sus 4 años al frente del Ejecutivo, NK llevó drásticas acciones de gobierno que cambiaron en rumbo de la política argentina. Además, su paso como diputado y en la Unasur, a un año de su muerte



Durante su gestión como Presidente y, posteriormente, como diputado nacional y secretario general de la Unasur, Néstor Kirchner dejó tras de sí hechos concretos que quedarán en la historia de la Argentina y de la región sudamericana.

El impulso a los Derechos Humanos, el pago de la deuda al Fondo Monetario Internacional, la reforma de la Corte Suprema de Justicia y su intervención al frente de la Unasur fueron algunos de los hitos más destacados de su paso por la política.



Los Derechos Humanos

Uno de los ejes centrales de la presidencia de Kirchner fue el impulso que se le dio a la lucha por los derechos humanos.

Recién comenzado su gobierno, en 2003, decidió apoyar un proyecto de la diputada de Izquierda Unida (IU), Patricia Walsh, para anular las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que fue aprobada por el Congreso. La iniciativa posibilitó llevar al banquillo de los acusados a todos los represores que habían resultado impunes con las normativas del Gobierno de Raúl Alfonsín.

Y en 2006, la Justicia declaró la inconstitucionalidad de los indultos de Carlos Menem, que abrió el camino para juzgar a todos los responsables de la represión ejercida entre los años 1976 y 1983.

En 2004, en un acto al conmemorar el 28 aniversario del golpe militar, Kirchner pidió perdón en nombre del Estado por las "atrocidades" cometidas por los dictadores y entregó la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), principal centro de torturas y detenciones, para construir el Museo de la Memoria.

Los cuadros del pasado: el 25 de marzo de 2004, pasados 28 años del golpe cívico militar más oscuro que sufrió la Argentina, Kirchner, en una actitud inédita, ordenó al jefe del Ejército, teniente general Roberto Bendini, descolgar los cuadros de los represores Jorge Rafael Videla y de Roberto Bignone de los muros del Colegio Militar.



Chau Fondo

En diciembre del 2005, Kirchner anunció otra medida impensada para la política monetaria argentina de los últimos 40 años: el pago del total de la deuda con el Fondo Monetario Internacional.

Con el uso de las reservas federales, el Presidente canceló en un solo pago los préstamos del organismo financiero que ascendían a 9.810 millones de dólares.



La reforma del poder judicial

A través de un decreto, el jefe de Estado eliminó la facultad presidencial que regía hasta el 2003 de designar a los jueces de la Corte Suprema. A través de esta medida, transparentó el proceso de selección de magistrados que, desde el decreto, deben pasar el filtro de la opinión pública y de Senado de la nación. También generó el cupo femenino del Tribunal.

Posteriormente, en 2006, bajo la ley 26.183, impulsada por el Ejecutivo, el Congreso aprobó reducir la Corte de nueve a siete miembros y, a medida que se generen las vacantes, a cinco, que será el cupo definitivo.



No al ALCA

En el marco de la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata, celebrada en noviembre de 2005, Kirchner rechazó el intento de su par norteamericano, George W. Bush, de instaurar un tratado de libre comercio para toda América que favorecía a Estados Unidos y representaba una seria amenaza para el Mercosur regional.

Con el propio Bush como invitado, Kirchner decidió enfáticamente rechazar el Área de Libre Comercio de las Américas.



La integración latinoamericana

La política internacional del gobierno kirchnerista marcó un cambio de rumbo absoluto respecto de lo que venía sucediendo en Argentina. Kirchner impulsó el resurgir del Mercosur como herramienta "imprescindible" para el crecimiento de Argentina y de la región y rechazó las relaciones de tipo "carnal" -como se las denominaba hasta ese momento- con Estados Unidos.

Desde 2004 y hasta el momento de su fundación en 2007, el santacruceño fue un firme impulsor de la Unión de Naciones Sudamericanas. En 2010, Kirchner fue nombrado como el primer secretario general de la Unasur.

En su breve período al frente del organismo, tuvo que mediar en un conflicto entre Colombia y Venezuela que amenazaba con una guerra regional. Consiguió que los presidentes Hugo Chávez y Juan Manuel Santos firmaran el acuerdo de Santa Marta que los comprometía a "prevenir la presencia o acción de grupos armados al margen de la ley".



La actividad legislativa

En diciembre de 2009, Kirchner asumió su cargo como diputado nacional. En sus once meses como legislador sólo asistió dos veces a la Cámara baja. La primera fue cuando asumió y la segunda fue para dar su apoyo a una de las leyes más discutidas de la Argentina: la ley de matrimonio igualitario, que finalmente fue aprobada.



31/5/11

LA AUDACIA SIN CALCULO






La visita de la ensayista Beatriz Sarlo al programa 6,7,8 tuvo una merecida repercusión. Introdujo en un medio tan ubicuo y paupérrimo como la televisión un debate político necesario, lo cual merece todo encomio, para la invitada y sus anfitriones. Si no pudieron profundizar los temas discutidos, fue antes por las limitaciones intrínsecas del medio que por deficiencias de ellos. Más propicio para ese fin son el papel y la letra impresa. Lo que sigue no es un comentario del último libro de Sarlo, que contiene opiniones sobre medios y estilos de comunicación, sino apenas una discusión de aquellos tramos en los que plantea algunas cuestiones políticas.

El campo del debate

Sarlo afirma que “el campo” no había sido enemigo de Kirchner “hasta la resolución 125” y después se convirtió en su “enemigo principal”, cuando en realidad sólo se trataba de una “mera disputa por la renta”. Agrega que “hasta el enfrentamiento con el Grupo Clarín, cuyo inicio coincide con el conflicto con el campo, el kirchnerismo no había agitado la necesidad de una nueva ley de medios audiovisuales. No era una cuestión de principios ni una cuestión programática. Iniciado el conflicto con Clarín se convirtió en ambas cosas”.

También sostiene que desde que Kirchner favoreció al grupo con la extensión de licencias “no había sucedido otra cosa que el cambio de línea editorial del diario”, por lo cual la ley de medios de comunicación audiovisual habría constituido una mera venganza. De este modo, y sin más trámite, desdeña la magnitud y la gravedad del desafío que la oligarquía diversificada (según la definición de Eduardo Basualdo) planteó en la disputa por las retenciones que, tal como Sarlo sostiene, adquirió una dimensión simbólica. En ella se jugaba el destino de la democracia en la Argentina, agrego yo.

Es imprescindible recordar que el Grupo Clarín no sólo es socio de La Nación y de las patronales rústicas en la megaferia Expoagro, en la que se cierran cada año negocios por 300 millones de dólares, sino que desde la Asociación Empresaria AEA conduce junto con la trasnacional italiana Techint a la fracción dominante del capitalismo en la Argentina, que dos de sus voceros, Hugo Biolcati y Mariano Grondona, vaticinaron entre chanzas que Cristina no terminaría su mandato y que, una vez fracasado ese intento, el CEO del Grupo, Héctor Magneto, reunió en su casa a los jefes de la oposición política para urgirlos a encontrar una combinación electoral que permitiera derrotar al gobierno. Sarlo realiza una crítica cultural a partir de afirmaciones e imágenes instaladas por ese mismo poder agromediático. La inteligencia de su especulación intelectual no puede suplir tamaña falla de origen en los cimientos de la obra, que pierde densidad al rebajar a la autora al nivel de sus interesadas fuentes.


Licencia para divagar

La prórroga por 10 años de todas las licencias de radiodifusión, dispuesta en mayo de 2005 por el decreto 527, no fue un favor al Grupo Clarín (que acababa de renovar las suyas) sino a sus competidores de los canales de televisión 2 y 9, que las tenían a punto de vencer y para colmo estaban en convocatoria de acreedores. Esto era causal de extinción de las licencias, según el artículo 53, inciso c, de la ley de radiodifusión 22.285 vigente entonces. En tal caso, Clarín reinaría sin competencia, dado que el restante canal de aire, en manos de la española Telefonica, se abstenía de cualquier intervención política. El entonces secretario de Comercio, Guillermo Moreno, intercedió ante Telefonica para que condonara o refinanciara la deuda que Daniel Hadad contrajo al adquirir el canal 9, como informó este diario oficialista el 26 de diciembre de 2004. Cuando esas gestiones fracasaron, Kirchner acudió a la prórroga de las licencias. De ese modo revalorizó a los contrincantes del Grupo Clarín y los rescató de la quiebra.

Es decir que ya en el segundo año de su presidencia, Kirchner estaba prevenido contra la enorme concentración de poder mediático en un solo grupo, que además procuraba expandirse al campo de las telecomunicaciones, para lo que solicitaba el apoyo oficial. Que no lo haya enfrentado entonces obedece a debilidad objetiva y subjetiva. “Hay cosas que no me animé a hacer, para no de-sestabilizar, para no profundizar, y que, gracias a Dios, Cristina las está haciendo”, dijo en enero del año pasado (“Hombre de la Plaza Rosada”, Página/12, 10 de enero de 2010).

Una vez más, la cronología ayuda a comprender los procesos. En diciembre de 2007, tres días antes de su conclusión, el gobierno de Kirchner había autorizado la operación conjunta de Cablevisión y Multicanal, si se cumplían las condiciones de desmonopolización señaladas por el Tribunal de Defensa de la Competencia.

El 4 de abril de 2008, a diez días del primer lockout agropecuario, la presidente recibió a los directivos de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y el 16 de abril a los miembros de la Coalición por una Radiodifusión Democrática, quienes le presentaron los “21 puntos por el Derecho a la Comunicación”en los que desde 2003 trabajaron 300 organizaciones sociales y cooperativas, sindicatos, universidades, organismos de derechos humanos, asociaciones de radiodifusores y radios comunitarias y le solicitaron que reformara la vetusta ley de Radiodifusión, sancionada por Videla en 1980 y empeorada por Menem diez años después.


Un año de debate

Transcurrió un año de debates, seminarios, foros, mesas redondas, en los barrios, los sindicatos, las universidades, Concejos Deliberantes y Legislaturas provinciales antes de que CFK presentara su primer anteproyecto, que recién se convirtió en proyecto de ley luego de otro semestre de apasionados foros regionales realizados en todo el país. También las dos cámaras del Congreso realizaron sendas rondas de consulta con las organizaciones de la Coalición y con aquellas que representaban a los intereses económicos en juego, incluyendo a las autoridades del Grupo Clarín, que se negaron a concurrir aduciendo que las decisiones ya estaban tomadas.

No hay otra ley discutida con tan alto grado de participación en la historia argentina, y sólo el Código Civil del siglo XIX puede competir con ella en cuanto a anotaciones de legislación comparada. Con una desventaja: aquel Código fue obra de un solo hombre, Dalmacio Vélez Sarsfield, y se aprobó a libro cerrado en el Congreso.

Podría decirse que Cristina se apropió de las propuestas para la democratización de las comunicaciones que elaboraron las organizaciones fundadoras de la Coalición y que tenían un antecedente fundamental en los proyectos del ex presidente Raúl Alfonsín, elaborados por el Consejo para la Consolidación de la Democracia pero nunca aplicados, como tantas otras buenas iniciativas de aquel malogrado gobierno. Más costaría fundamentar qué tiene de malo que un gobierno elegido por el voto popular adopte las reivindicaciones que provienen de los sectores más avanzados de su propia base electoral.

Lo mismo hizo Cristina con la Asignación Universal por Hijo, que también surgió de fuerzas políticas y sociales ajenas a la propia y que durante años fue resistida por el gobierno. La laboriosa ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, y su hermano presidente objetaban ese tipo de transferencia directa de ingresos, y en su lugar privilegiaban la reducción del desempleo, para que cada cual se ganara con mayor dignidad el sustento. Pero, igual que en otros campos, fue el éxito de esa política (con la creación de 5 millones de puestos de trabajo y la caida del desempleo a los niveles de hace un cuarto de siglo) el que puso en evidencia sus limitaciones y la necesidad de superarlas.

Cristina pudo adoptar la AUH porque antes había recuperado el sistema previsional, convertido por Menem y Cavallo en un negocio financiero para los grandes bancos, que con ese dinero financiaban a altas tasas los déficit del Estado, consecuencia de esa misma privatización. Esta capacidad de reconocer los problemas y el desprejuicio para adoptar las soluciones ideadas por otros es una clave de la vitalidad del kirchnerismo, que no debería suscitar rechazo en quienes valoran el diálogo y los consensos.


Derechos y humanos

En un capítulo importante de su libro, Sarlo dice que Kirchner encontró en la reivindicación de los derechos humanos una fuente de legitimidad ya “que había llegado al gobierno cautivo de su propia debilidad”. Se trataría de una operación política, comenzada en su discurso inaugural cuando “recordó a los militantes asesinados” que en Santa Cruz nunca habían recibido “el menor homenaje de su parte”. Así habría puesto fin a “una amnesia política que había durado mucho tiempo”. Habría dramatizado de ese modo “una puesta en escena de una alianza entre las organizaciones de derechos humanos y el presidente”, con quienes Kirchner “se inventa una relación”.

Sarlo dice que al pedir perdón en nombre del Estado Nacional el 24 de marzo de 2004 en la ESMA, “por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades”, Kirchner dio “un paso principal en su propia invención política”.

Con una entonación psicologista comenta: “Él, que no se había ocupado de los derechos humanos hasta llegar a la presidencia, transfería ese lapsus al Estado argentino y a otro presidente, Raúl Alfonsín, que había hecho su campaña electoral comprometiéndose a juzgar a los comandantes responsables de los crímenes de la dictadura”. Concluye que esa omisión le evitó “el incómodo recuerdo de que él mismo votó, en 1983, a un partido justicialista que consideraba legal la autoamnistía que se habían otorgado los militares”.

El oficio de la crítica literaria, que Sarlo practica con general beneplácito, no soporta bien su traslado a la política, como bien saben quienes admiraron la obra de David Viñas, porque esta materia no se circunscribe a un texto fijo ofrecido a la interpretación del lector, según establecieron Hegel y Perón. Por el contrario, es tan huidiza que, con toda probabilidad, Sarlo no conocía al escribir su libro el discurso que Kirchner pronunció en el Ateneo Juan Domingo Perón, durante la campaña para elegir el candidato justicialista a la intendencia de Río Gallegos en 1983. Allí dijo que “la represión de la dictadura militar ha ensangrentado a todo el pueblo argentino” y que “siempre dijimos que Videla y Massera y Agosti, y todos los sinvergüenzas que vinieron después, iban a ser sentados en el banquillo de la justicia constitucional para que respondan ante tantos abusos y ante tantos crímenes cometidos contra este pueblo”.

La observación de Sarlo sobre la posición del candidato justicialista a la presidencia en 1983, Italo Luder, es de estricta justicia, pero no puede reclamársele a Kirchner, quien recién en 1991, después de las amnistías de Alfonsín y los indultos de Menem, accedió a la gobernación de su provincia, una posición desde la que no es posible modificar asuntos que pertenecen a la escena nacional. El discurso completo pronunciado por el joven Kirchner a sus 33 años puede encontrarse en http://www.youtube.com/watch?v=siuGYpy-G3A. Hay un bonus track: la presentación del orador por la también jovencísima Cristina Fernández, que está despertando pasiones retrospectivas en la web.


Floja de papeles

“A diferencia de los radicales”, dice también Sarlo, “los peronistas ‘se meten’ con los medios, los favorecen, los acosan o los cortejan, fundan medios y los financian”. Es una afirmación incomprensible en alguien que haya vivido en la Argentina durante las presidencias de Arturo Frondizi y Raúl Alfonsín. Lo que les faltó no fue desprejuicio, sino eco popular. La principal diferencia entre El Nacional y Tiempo Argentino, entre los “Bueyes perdidos” de Mario Monteverde y 6,7,8, está en la eficacia, y ésta no depende sólo de las calidades personales o profesionales de sus responsables, sino de la índole de los respectivos gobiernos que defendieron.

Equivocaciones menores de Sarlo confirman la impresión de una exégesis teórica presuntuosa, edificada sobre una base fáctica que conoce mal. Por ejemplo, al referirse a las elecciones de 2005, en las que Kirchner decidió confrontar con quien lo había impulsado al gobierno, dice que “en la madrugada de la victoria, entre gallos y medianoche, abandonaron a Duhalde y se hicieron kirchneristas los fieles Díaz Bancalari y Pampuro, nombres importantes del derrotado peronismo bonaerense”. Es cierto que Díaz Bancalari era el compañero de fórmula de Hilda González en el Partido Justicialista, pero Pampuro fue quien lo venció, como segundo de la boleta que encabezaba Cristina Fernández. Sorprenden también las alabanzas al ex senador Eduardo Duhalde, quien durante unos meses de 2002 y 2003 ocupó en forma interina la presidencia. Dice que “practicó la moderación hasta que la policía, en un episodio oscuro, asesinó a los militantes Kosteki y Santillán”.

Sólo las distintas acepciones del adjetivo impiden calificarlo de escandaloso: el gobierno de Duhalde preparó en forma cuidadosa esa emboscada, con el propósito de dar un escarmiento a las fuerzas sociales movilizadas en aquellos días, con informes falsos y tremendistas elaborados desde la SIDE por su jefe Carlos Soria y presentados a la Justicia por su ministro Jorge Vanossi. Antes, había presionado a la Justicia federal para que encarcelara a Cavallo y a varios banqueros, ofreciéndolos a la vindicta pública. Según Sarlo, el moderado Duhalde trabajó “en la reparación de un país en ruinas, donde la palabra incendio no era una hipérbole sino una imagen descriptiva bastante realista”.


Ni una línea en las 235 páginas del libro (Beatriz Sarlo, Kirchner 2003-2010. La audacia y el cálculo, Sudamericana, 2011) menciona la brutal transferencia de ingresos, de los sectores subordinados a las mayores empresas, provocada por la mayor devaluación del tipo de cambio real de la historia y por la pesificación asimétrica dispuesta en aquel nefasto gobierno, sin el cual la devastación de la década anterior no hubiera terminado de ejecutarse. Sin duda, se trata de un libro audaz, escrito con más pasión que cálculo.



5/2/11

LEYENDA NEGRA






Para Elisa Carrió las exequias del ex presidente Néstor Kirchner fueron organizadas por Fuerza Bruta. “Usted se confunde con el Bicentenario”, aclaró, en su almuerzo del miércoles, Mirtha Legrand. “Esa también”, le soltó la candidata de la Coalición Cívica. El tamaño de los mitos urbanos que construyen sus adversarios describe también por regla inversa el tamaño de lo que se quiere denigrar. Todos los cuentos que se inventaron de Perón y Evita se correspondían de alguna manera con la obra que generaron. Los aspectos negativos de cualquier gobierno se critican con argumentos. Los que son más difíciles de desvirtuar son los hechos positivos, que son la causa de cuentos que sólo pueden ser creídos desde el odio. De los Kirchner se ha dicho que Néstor la emprendía a puñetazos con Cristina y que después de la derrota del 28 de junio descargó tanta furia a piñas sobre su esposa que debieron internarla. Se ha dicho que Cristina es bipolar. Se ha dicho que el cuerpo de Néstor Kirchner no estaba en el cajón delante del cual desfilaron decenas de miles de personas.

En realidad, fue Mirtha Legrand la que difundió la historia del cajón vacío, aunque después le dijo a Carrió que no creía que Fuerza Bruta hubiera organizado las demostraciones populares de pesar. Pero de alguna manera los dos cuentos están ligados porque se refieren a una especie de gran engaño organizado por una mujer que acababa de perder de manera inesperada a su pareja de toda la vida, y además ese engaño tan maquiavélico estuvo relacionado con los restos del ser querido que acababa de fallecer.

Es estúpido explicar algo tan absurdo, pero el cuento de Carrió dice que en el poco tiempo que pasó entre el fallecimiento de Néstor Kirchner y sus exequias en Buenos Aires, su viuda contrató a Fuerza Bruta y Fuerza Bruta contrató a decenas de miles de extras para que lloraran en la Plaza de Mayo, para que escribieran mensajes en papelitos, para que aguantaran horas y horas hasta llegar al cajón donde estaban los restos del ex presidente, para que esos miles y miles gritaran consignas, recitaran poesías o cantaran al pasar delante del féretro. ¿Y el cuerpo?, ¿dónde podía estar si no estaba en el cajón? A lo mejor está vivo y toda la historia de su muerte sorpresiva fue para que Cristina creciera en las encuestas.

Tanto las leyendas denigrantes como las elogiosas tienen cierta ingenuidad infantil y sus orígenes son difíciles de ubicar, como la de las orgías de Perón con las púberes de la UES o la de las noches de sexo ardiente entre el General y el campeón de boxeo de los medio pesados, el norteamericano Archie Moore, que había pasado por Argentina. Pero en este caso el origen es una candidata a presidente que pone la cara por televisión para iniciar el cuento haciendo polvo cualquier vestigio de su credibilidad. Es un cuento infantil, de una ingenuidad cruel, pero es un cuento increíble y la candidata puso cara de esfinge y dijo: “Alguna vez se va a saber lo que pasó en el velatorio de Kirchner”, con lo que dejó en ascuas a su anfitriona que, ni corta ni perezosa, le exigió que contara lo que sabía.

Nobleza obliga, hay que reconocer que Mirtha Legrand repreguntó, porque la mayoría de los periodistas se hubieran quedado con la cara de misterio de Carrió cuando lanzó su primera frase. Y después, con su veteranía inimputable, le dijo que no le creía. El relato no se puede creer ni haciendo mucha fuerza. Carrió da una versión corrupta de la historia porque le conviene políticamente. La conveniencia personal o grupal es la justificación de todas las formas de corrupción.

En la sociedad se acuñan leyendas sobre vidas, amores y muertes de los presidentes que han dejado una marca en la historia. La mayoría de las veces tienen algún elemento de verdad o tratan de afirmarse en hechos reales, incluso los menos creíbles, como aquellos que inventó la llamada Revolución Libertadora para desacreditar al peronismo.

En el que las inventa o las cree hay un mecanismo tan ingenuo como en sus historias. Igual que un niño impedido de crecer que mira a un adulto como el que nunca podrá ser. Además del odio que las motiva, expresan también cierta fascinación resignada por los protagonistas que los enojan. Hay un complejo de inferioridad en los cimientos de esa mirada frente a la épica que sustentan los cuentos. Porque hay una épica real sobre la que se monta la fantasía. Es la fascinación que siente por Evita el coronel de los servicios de inteligencia que oculta el cuerpo embalsamado, como lo relata Rodolfo Walsh en “Esa mujer”. Ese coronel existió, igual que el ocultamiento del cadáver, en el mismo servicio de inteligencia que estaba generando los mitos contra un peronismo derrocado pero fuertemente enraizado en las culturas populares.

Ingenuamente, el objetivo de esos cuentos era arrancar esa raíz. El mito denigrante como antídoto del mito favorable. Lo más irónico de la situación era que el jefe de la institución que generaba esos cuentos estaba totalmente subyugado por los mitos de esas raíces, sobre todo por el más potente, que era Evita, como lo relata también Tomás Eloy Martínez en Santa Evita. Mito contra mito, igual que ahora los partidarios del Gobierno se definen irónicamente como “la mierda oficialista”, en aquella época, los peronistas respondían: “Puto o ladrón, lo queremos a Perón”. No creían en las orgías de la UES ni en la encamada con Archie Moore. En el peor de los casos, esos cuentos contribuían a exaltar un nivel de sexualidad, por la que, en realidad, Perón nunca mostró mucho entusiasmo.

Esa leyenda negra tejida sobre las exequias de Kirchner ofrece el primer síntoma de que hay un hecho que desencaja, que produce rupturas y nacimientos, que necesita del mito para ser explicado. Y si para los protagonistas, los que asistieron a la Plaza y a la Casa Rosada, todo fue sorpresivo y desbordante, la leyenda negra deja vislumbrar un sentimiento de sorpresa atrapado en la propia mezquindad de quien ha tejido esa fantasía. Ante sus ojos todo aparece hiperdimensionado de gestos y emociones, con una épica que la deslumbra aunque la rechace. La impresión es tan fuerte que no se asimila y necesita su propia mentira para explicar ese rechazo. Entonces todo lo que ve se tiene que entender como una gran escena teatral, con el poeta Carlino pagado para leer sus poesías o Bauer para cantar el Ave María o el presidente de la SRA de una localidad cordobesa para darle fuerza a Cristina o los mozos de la Casa Rosada para llorar, o los miles de chicos que levantan el puño o hacen la “V”. Todo fue orquestado y guionado por Fuerza Bruta. Es un gran escenario montado alrededor de un cajón que ni siquiera tiene el cuerpo. Sin tristeza, sin lágrimas, sin espontaneidad, sin muerto.

Resulta extraña esa idea del cajón sin el muerto. Siempre hay una apropiación de los cuerpos, como con Evita o los desaparecidos. Hay una disputa por los restos de los que lucharon. Porque los que luchan no pasan inadvertidos, son odiados y son amados y trascienden en esos sentimientos, pero sus restos no tienen resplandores ni secretos. Quizá sus restos simbolicen esos sentimientos que los trascienden.

La leyenda negra circulará en las sobremesas de los countries, en las reuniones de las cámaras empresarias, se seguirá alimentando y de vez en cuando, algún periodista “independiente” dirá otra vez que la gente dice que el cuerpo de Néstor no estaba en el cajón. Otro dirá “Fuerza Bruta” por lo bajo. La leyenda crecerá en detalles y en veneno y con el tiempo hasta se podrá convertir en argumento político. Habrá sociólogos de la izquierda y la derecha académica que estudiarán las barbaridades que hacen los populismos.

Muchos de estos sociólogos se hicieron famosos investigando los mitos populares, es decir, “la estupidez” de los pueblos que generan mitos como los de Gardel, Maradona, Evita o el Che y los cuentos que los rodean. Los pueblos han generado esos mitos o leyendas blancas que enaltecen a esas figuras. Sería bueno que ahora estudiaran el fenómeno inverso. Porque en este caso no ha sido el pueblo el que inventó las historias, sino la “gente de bien”, o “las capas medias y altas blancas y urbanas”, como diría el sociólogo brasileño Emir Sader, o directamente la tilinguería, como le gustaba decir a don Arturo Jauretche. Sería interesante también subrayar que, a diferencia de los mitos populares –que la mayoría de las veces son enaltecedores–, en estos casos se trata de relatos denigrantes.


Sobre todo, habría que reconocer que todavía no existe una leyenda para Néstor Kirchner, que sigue siendo un ser humano. Extrañamente, esta vez el antimito ha surgido antes que el mito.



22/1/11

EL PENDULO ARGENTINO





El movimiento pendular del peronismo continuó a pesar de la desaparición física de su líder, el general Perón. Pero no fue una característica solamente del peronismo, porque los radicales también tuvieron sus corrimientos. Las diferencias entre Alfonsín y De la Rúa fueron bastante más pronunciadas que las que había entre Alfonsín y Kirchner o entre Menem y De la Rúa.

Cada vez que el péndulo cambiaba de lado, un sector quedaba a la intemperie. En el peronismo le pasó varias veces a uno y otro sector más a la izquierda o más a la derecha. Si el perdedor de ese momento se armaba de paciencia y esperaba la vuelta del péndulo, lograba una nueva oportunidad. Si se iba, siempre perdía, quedaba fuera de la disputa por el poder. Es una característica incómoda, antipática y hasta políticamente incorrecta porque obliga a la convivencia entre quienes a esta altura de la historia ya tienen muy pocas cosas en común.

Sobre todo tras la neoliberalización del menemismo, en el peronismo las diferencias son más grandes que entre los radicales. El menemismo les birló una certeza a muchos peronistas: la presencia popular funcionaba como garantía de que siempre sería una barrera contra reaccionarios y colonialistas. El menemismo destruyó ese axioma: no sólo no fue una barrera, sino que convirtió al peronismo en entreguista y reaccionario.

Muchos se fueron cuando ganó el menemismo. Y sin embargo, por esta característica tan antipática, sólo estuvieron en condiciones de disputarle el poder los que de alguna manera se mantuvieron dentro cuidando de no convertirse en abanderados del riojano. Las consideraciones éticas son difíciles de atribuir, porque ¿qué es peor o mejor desde ese punto de vista?: ¿haberse quedado o haberlo desplazado? Muchos de los que se fueron, incluso, contribuyeron a la creación de la Alianza que se convirtió en la continuidad del modelo neoliberal. Algunos fueron menemistas al principio y se retiraron, después fueron frepasistas al principio y también se retiraron. En los dos casos pusieron su aporte aunque se hayan retirado.

Los socialistas, los radicales y en general la mayoría de los partidos más viejos han funcionado de esa manera. Las posiciones de Manuel Ugarte, Juan B. Justo o Pinedo no podían ser más antagónicas en el socialismo, igual que la discusión entre Alfredo Palacios o Américo Ghioldi. Y en los radicales la eterna discusión entre “irigoyenistas” populistas y la “alvearización” conservadora perdura con matices a lo largo del tiempo. Tanto socialistas como radicales, como los peronistas, tuvieron funcionarios de la dictadura y desaparecidos por esa misma dictadura.

Los partidos políticos argentinos no parecen comportarse según el modelo teórico que sostienen sus propios adherentes. Ese modelo, ordenado por afinidades ideológicas, es más prolijo que el de la realidad donde los sectores progresistas, nacionales, populares o de centroizquierda de los distintos partidos tienen más afinidades que con los conservadores o reaccionarios de sus propias fuerzas.

Es difícil juzgar esta realidad que seguramente tiene raíces profundas en los comportamientos sociales históricos de los argentinos, pero lo real es que complejiza aún más los procesos políticos, genera espejismos a izquierda y derecha y además acentúa incertidumbres.

En el caso del peronismo –siempre tan difícil de explicar a los corresponsales extranjeros– fue, con pocos años de diferencia, tanto apogeo del neoliberalismo con el menemismo, como su antítesis con el kirchnerismo. Para bien o para mal, el núcleo de la disputa política en esos años se estuvo dando allí, como si en ese escenario estuvieran representados todos los actores. No era así, pero como sí estaba la mayoría, terminaba por absorber toda la discusión, lo que desequilibra al resto de la sociedad.

Ese proceso se retroalimenta, porque de esa manera es cada vez más importante lo que suceda en el seno del peronismo para definir lo que sucederá en el país en general. Entonces el peronismo aparece, como ahora, muy lejos de los otros partidos. Cuando se dice que no hay oposición, como ahora, es por la sensación de que la discusión del poder político pasa por otro lado.

En este caso, el peronismo ya tiene prácticamente decidido que su candidata será Cristina Fernández, que se posiciona muy por encima de sus competidores más cercanos. No hay grandes incertidumbres sobre los próximos cuatro o cinco años. La disputa interna y de la oposición será por posicionarse, no para ganar. Los que se fueron cuando llegó el kirchnerismo, aglutinados en el peronismo federal, correrán por fuera y contra la experiencia histórica: no hay lugar para los peronistas por fuera del peronismo.

En el peronismo, esta foto se repite no importa cuántas veces ni la experiencia que tengan sus protagonistas. El ex presidente Eduardo Duhalde sabe que nunca ningún peronista ganó por fuera del peronismo. Por fuera no hay discusión del poder para un peronista, sino que hay propuestas alternativas que nunca, por izquierda o por derecha, pudieron trascender ni proyectarse. Por lo menos así ha sido en 50 años. Puede cambiar alguna vez y puede juzgarse que es bueno o malo, pero así fue.

El kirchnerismo se movió con ese precepto y supo contener al peronismo al mismo tiempo que trataba de ampliar su base hacia movimientos sociales y sectores progresistas de otras corrientes. Los que se fueron, quedaron aislados, muy corridos a la derecha, asimilados a una imagen menemista que le conviene al kirchnerismo. Con su fama de astuto para la rosca, Duhalde, el más baqueano en las ciénagas partidarias, quedó enredado él solo en ese lugar que será visualizado desde la sociedad con todo lo anacrónico del menemismo y sus alianzas, del viejo sindicalismo y de los caudillos feudales.

Es como si el corralito se lo hubieran armado sus enemigos. Duhalde se exhibe con menemistas residuales, con los defensores de la dictadura, con Luis Barrionuevo y el Tula y con caudillos provinciales como Juan Carlos Romero. Muchas de sus mejores espadas del pasado no pueden entender cómo cae en un lugar que siempre trató de evitar, al mismo tiempo que rifa los últimos cartuchos de prestigio y todo gratis, por nada.

El peronismo que rodea al kirchnerismo está en un proceso de transformación. Hay nuevos intendentes en el conurbano que van reemplazando a los viejos dinosaurios y hay un debate con más contenidos políticos. Pero todavía le falta mucho por cambiar, y desprenderse, por lo menos, de prácticas que dejó el menemismo con un travestismo ideológico que terminó de reemplazar a la militancia por los negocios y por un clientelismo apolítico del mismo tipo del que plantean las agrupaciones de derecha que hablan de la “nueva política”.

A pesar de los cambios, todavía arrastra gran parte de esa herencia que genera recelos y distanciamientos. Por eso la irrupción de la candidatura de Duhalde, en un lugar que hasta parece caricaturesco, disimula bastante las falencias del otro lado. No es Duhalde contra el kirchnerismo, sino el menemismo contra un peronismo que está haciendo impacto en sectores populares, como si todo lo malo se hubiera ido con el peronismo federal. Es una foto del pasado contra un oponente que se visualiza como un sujeto en movimiento, algo que está en desarrollo y por lo tanto puede generar expectativas porque tiene un futuro.

Gran parte de ese futuro se definirá, sin embargo, en esa capacidad de transformación que pueda poner en juego el peronismo, recuperando en primer lugar una organicidad popular y de contenidos que habían sido reemplazados por puro aparato y clientelismo. En ese proceso podrá aspirar a representar una porción de la realidad equivalente a la que representó cuando fue creado. Equivalente y no igual, porque la Argentina de los años ’40 y ’50 era muy diferente de ésta del siglo XXI, que es más compleja en los campos sociales que la componen, en la forma en que se expresan y relacionan y en sus procesos económicos.


Por ese proceso a medias, la incertidumbre se traslada hasta el 2015, cuando Cristina Fernández no tenga re-reelección. La duda es si el peronismo estará en condiciones de ofrecer continuidad al proceso que comenzó en el 2003, o volverá a sorprender con un pendulazo que otra vez deje a muchos a la intemperie y deshaga lo que se hizo.




3/12/10

LA ESQUINA NK




Acto Homenaje

Inauguración
de la

ESQUINA
NÉSTOR KIRCHNER





Sábado 4 de diciembre – 18.30 horas

Martín Rodríguez y Pedro de Mendoza
Ciudad de Buenos Aires



  • Con la presencia de:
Juan Carlos Dante Gullo - Diputado Nacional
Martín García - Presidente de Télam / Agrupación La Oesterheld
Francisco Tito Nenna - Legislador Ciudad Buenos Aires
Alejandro Sandoval - Nieto recuperado 84


  • Organizan:
ADN Nacional y Popular
Agrupación Peronista Descamisados
Peronismo 26 de Julio
Colectivo de Fotógrafos La Rebelada
Movimiento Peronista Bloguero



22/11/10

LA ANOMALÍA KIRCHNERISTA





1

La actualidad argentina tiene la marca de lo excepcional y, claro, de lo no previsible. Como un viento huracanado que se lleva todo por delante, algo de lo no esperado se abrió paso en mayo de 2003, y cristalizó alrededor de la figura, anómala y desconocida para la mayor parte de la sociedad, de un hombre alto y desgarbado, gracioso e informal, extrañamente memorioso de lo que muchos ya querían archivar y olvidar, venido del sur patagónico.

Decir que somos contemporáneos de una anomalía no supone, como algunos creen, desconocer las fuerzas, muchas veces ocultas o subterráneas, de la historia ni caer en una suerte de providencialismo. Significa algo más sencillo pero no por eso menos enigmático: reconocer los momentos de ruptura o de inflexión que desplazan las fuerzas inerciales y dominantes en esa historia que aparecía como repetitiva e inexpugnable, para asumir que algo distinto, quizás imprevisto y no escrito en ninguna causalidad ni en ninguna garantía histórica, se hace presente y hace saltar los goznes de esas continuidades asfixiantes que, la mayoría de las veces, suelen ser la expresión de un discurso del fin de la historia y de la muerte de las ideologías que, claro, terminan por afirmar el modelo de la dominación proyectándolo hacia una eternidad inexorable.

Momentos excepcionales en los que la continuidad se quiebra en mil pedazos y surge lo no previsto, que recoge fuerzas y experiencias preexistentes pero que, fundamentalmente, les da una nueva dimensión, incorporándolas a un giro de la historia que acaba por englobar y por trascender a esas fuerzas, a veces –incluso– contra la dinámica que las constituyó.

Esas circunstancias se presentan muy de vez en cuando y la mayoría de las veces acaban en frustración o en resignada aceptación de la imposibilidad de torcer las fuerzas inerciales del sistema. Alfonsín, que llegó en un momento clave de la historia argentina, que tuvo el apoyo popular para avanzar hacia otro proyecto de país, supo del poderío de las corporaciones económicas y también supo de la resignación que, como una maldición, recorrió los gobiernos democráticos desde Frondizi en adelante.

La profunda desilusión que siguió a la frustración de Semana Santa marcó a una generación de jóvenes que había sentido que algo nuevo se abría después del horror de la dictadura; esa desilusión dejó, entre otras cosas, habilitado el camino de la frivolidad prostibularia del menemismo y de la desactivación de las mejores tradiciones populares.

La banalidad, el egoísmo hiperindividualista, el vacío, el cinismo y el desinterés fueron la consecuencia de aquella frustración. Más de una década tardó el país para intentar salir de esa resignación de fin de mundo que envenenó la vida social, cultural y política. Lo inesperadamente abierto el 25 de mayo de 2003 vino a enloquecer ese devenir inercial de una historia decadente y sin salida. Pero también vino a dar cuenta de sonidos roncos que se guardaban por debajo de la superficie y que buscaban su camino hacia la luz del día.

Kirchner, su nombre, vino a catalizar fuerzas visibles y subterráneas de una realidad en estado de intemperie; de un país que zigzagueaba al borde del precipicio y que no terminaba de sustraerse a los designios malditos de la década del 90 y de su tremenda capacidad para destruir tejido social, instituciones, trabajo, vida cultural y tradiciones políticas.

Un modelo, el neoliberal, que hundía sus raíces en la noche dictatorial, y que pareció quebrarse en las jornadas de diciembre de 2001, cuando una extraña y anómala rebelión que cruzó distintas expectativas sociales hizo saltar por los aires no sólo el gobierno de la Alianza con De la Rúa a la cabeza, sino prácticamente a las estructuras institucionales y políticas del país.

Una sociedad que quedó girando en el vacío, que vio de qué manera se sucedían en el término de unos pocos días 5 presidentes mientras las heridas brutales dejadas por el menemismo se mostraban con toda su crudeza. Un país desfondado material, social y moralmente que no sabía qué sucedería al girar la esquina de los acontecimientos y que seguía atrapado entre las protestas de los más débiles y las diversas y asesinas acciones represivas que culminarían en los asesinatos del puente Avellaneda, que acabarían por apurar la salida de Duhalde del gobierno y habilitando, de forma inesperada, la llegada de Néstor Kirchner una vez que el riojano impresentable desistió del ballottage en un último intento por deslegitimar al santacruceño.

Muy de vez en cuando la taba cae del lado bueno y eso sucedió cuando muy pocos lo esperaban. Gran parte de la sociedad no sólo no lo esperaba ni lo conocía, sino que de haber sabido lo que pensaba ese flaco desgarbado hubiera salido huyendo de pánico, atemorizada, como otras veces, de su propia sombra y de su cualunquismo de clase media despolitizada, como solía denominarla Nicolás Casullo.

Pero la anomalía que significó la llegada de Kirchner debe ser inscripta también en una época, la de principios de siglo, muy poco dispuesta para aceptar y procesar aquello que traía en su mochila alguien que insistía con reconstruir los puentes rotos entre la generación del 70 y una actualidad que había atravesado la hegemonía neoliberal, la caída del modelo socialista, la crisis de las tradiciones nacionalpopulares junto con el “olvido” del legado de Marx y de las izquierdas en general.

Un tiempo termidoriano que había dejado a nuestras espaldas las grandes ideas de una modernidad en estado de disolución, ideas arrojadas al tacho de los desperdicios o convertidas en objeto de estudio sin relevancia en las encrucijadas del presente, materia prima de historiadores y de arqueólogos de objetos en desuso.

Kirchner
, su nombre, al igual que otros procesos contemporáneos que se abrieron en Sudamérica, produjo un asalto anacrónico a la fortaleza del “fin de la historia” y a las resignaciones de una posmodernidad entre banal y despolitizada. Su irrupción debe ser leída en el interior de la ruptura de esa linealidad recurrente y repetitiva que venía asolando toda esperanza en un cambio del decurso de la historia. No nació de un repollo ni careció de antecedentes; simplemente enloqueció lo esperado abriendo las compuertas de otro tiempo de la vida nacional a contrapelo de la tendencia mundial dominante.


2

El nombre de Kirchner vino a romper esa continuidad malsana, vino a desequilibrar la marcha regular hacia la barbarie de un modelo económico-político que, desde hace mucho tiempo, no sólo venía ejerciendo su poderío sobre la vida material de los desposeídos sino, también, había logrado capturar los núcleos más profundos y decisivos de la vida cultural apuntalando, de ese modo, sus propios intereses, transformándolos en los únicos visibles de cara a una sociedad que se mostraba como vaciada de sí misma y demudada. Kirchner, su nombre, interrumpió esa marcha triunfal de los poderosos de siempre. Logró, de manera inesperada, desviar el curso decadente de una sociedad que desde hacía mucho tiempo había perdido la brújula. Lula lo dijo con una frase sencilla, directa y justa: les devolvió la autoestima a los argentinos.

Algunos actos simbólicamente decisivos le dieron encarnadura a un gobierno que nacía de la noche argentina, de una noche que arrastraba nuestros peores fantasmas y que parecía proyectarse hacia una perpetuación insoportable. Kirchner comprendió que para comenzar a “curar” las profundas heridas que atravesaban el cuerpo social hacía falta entrelazar acciones reparadoras en el sentido económico-material (la primera fue recuperar trabajo y reducir los índices de pobreza y de indigencia, que eran los más oprobiosos y brutales de la historia) con otras acciones que rearticularan un discurso y una conciencia que habían sufrido los duros embates de la derrota, la desilusión y la invisibilización; comprendió, porque lo llevaba dentro suyo, el papel fundamental de rediseñar enteramente la política de derechos humanos haciéndolo, al comienzo, a través de un gesto descomunal en su valor simbólico-reparador: ordenarle al jefe del Ejército que descolgase los cuadros de Videla y de Bignone.

Ese acto, que algunos intelectuales progresistas caracterizaron como sobreactuado e impostado, implicó un quiebre fenomenal que se acopló con la construcción de una nueva Corte Suprema de Justicia y con el avance decidido hacia el enjuiciamiento de los genocidas. Los movimientos de derechos humanos supieron, casi desde un principio, valorar en su extraordinaria dimensión lo abierto por esas reparaciones simbólicas e institucionales desarrolladas por un Kirchner que se atrevió a derogar las leyes de la impunidad. El aire fresco que recorrió la vida nacional a partir de esas acciones tuvo mucho que ver con la refundación de un mundo democrático envilecido por años de vaciamiento, impudicia y complicidad con lo peor de nuestra historia. A veces un gesto viene a romper la monotonía de la repetición, abriendo horizontes que permanecían enturbiados. Esa orden no sólo habilitaba el camino de la reparación y de la justicia, no sólo les devolvía encarnadura a las víctimas del terrorismo de Estado, sino que también producía un hecho inédito: afirmaba la supremacía del poder político democrático, por primera vez en décadas, respecto, en este caso, del poder militar. Simbólicamente vino a remover la lápida que pesaba sobre una democracia que se había mostrado, hasta ese día, débil y resignada. Entre las grietas de esa resignación histórica se metieron, siempre, los poderes corporativos para limitar y chantajear a los sucesivos gobiernos. Primero Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández produjeron una inflexión histórica, entramando legitimidad y soberanía como atributos siempre extraviados de la democracia argentina. Algunos antiguos progresistas que forjaron sus argumentos políticos en los años noventa no supieron o no quisieron comprender la hondísima significación de esos gestos y comenzaron a utilizar, como caballito de batalla que se prolongó hasta la muerte de Kirchner, la impresentable argumentación de la “impostura”. Cientos de miles de argentinos y argentinas humildes, más miles y miles de jóvenes y de otros actores sociales mostraron, en los días inolvidables y tristes de finales de octubre, la impudicia de transformar el giro histórico que Kirchner gestó inesperadamente en nuestro país en un relato de ficción, en una suerte de pura impostura. Las multitudes, el pueblo que regresa del ostracismo, quebraron en mil pedazos esa argumentación.

Kirchner, su nombre, habilitó el regreso, bajo nuevas condiciones, de lenguajes emancipatorios extraviados entre las derrotas y los errores; hizo posible una lectura en espejo de otras circunstancias históricas al mismo tiempo que nos desafió a que encontráramos las palabras que pudieran nombrar lo que permanecía sin nombre de este giro de la historia. Un desafío que nada tiene que ver con la melancolía de un retorno a antiguos paradigmas, pero que tampoco cree en la tierra arrasada ni en la absoluta novedad que nace de sí misma, sino que vuelve a reencontrar los mil hilos de una memoria desgarrada entretejidos, ahora, con los lenguajes que buscan, de diversos modos, nombrar lo inédito de una actualidad sorprendente y conmovedora de tradiciones anquilosadas.

Algo de todo esto se vio en la Plaza del adiós y del juramento, de la tristeza y de la nueva conjura portada por una generación que busca producir su propio tiempo con sus palabras y sus experiencias, pero sabiendo de antiguas deudas que se cuelan con las nuevas demandas. Tal vez algo de todo esto, que quedará por seguir vislumbrando, sea lo que hoy nombramos bajo el nombre de kirchnerismo.

Un nombre que sabe de la memoria del peronismo, que conoce de sus laberínticos zigzagueos, de sus vaciamientos, de sus límites y de su potencia reencontrada bajo ese giro impensado y tan difícil de encasillar y de comprender para aquellos que se habían instalado cómodamente en el fin de la historia y en la retórica de la resignación. Allí, en esa extraordinaria encrucijada, alguien, una figura extraña que vino del sur patagónico, escribió para siempre su nombre en la memoria popular.




5/11/10

DESAFÍOS Y RESULTADOS













En los últimos años, la Argentina asistió a un período de alto crecimiento económico y mejoras sociales. Esa recuperación se produjo después de la peor crisis de la historia del país, acaecida en 2001. A partir de las políticas aplicadas por los gobiernos de Néstor Kirchner y luego de Cristina Fernández de Kirchner, comenzaron a ponerse en cuestión los supuestos sobre los que asentaba el modelo neoliberal y su correspondiente correlato en la inserción internacional de la Argentina.

En particular, la constitución de la Unión Suramericana de Naciones (Unasur), de la cual fue primer secretario general Néstor Kirchner, marcó un camino para la consolidación de los intereses de los países que la conforman como un bloque común frente a los grandes poderes mundiales y los procesos de desestabilización en la región, como en el caso de Ecuador.

Se ha debatido si el período que nace en 2003 constituye o no el inicio de un nuevo modelo de desarrollo. Sin duda, los cambios ocurridos actuaron sobre uno de los ejes principales del esquema impuesto en los años ’70 y fortalecido en los ’90. A pesar de que la deuda externa siguió siendo elevada, las políticas aplicadas fueron desarticulando la valorización financiera como motor de la economía.

En primer lugar, el crecimiento estuvo basado esencialmente en el ahorro interno, que alcanzó cerca de un 27 por ciento del Producto en 2007.

Segundo, el sector industrial pasó a ser un factor principal para explicar las altas tasas de crecimiento, cerca del 9 por ciento anual del PIB.

Tercero, los términos de intercambio fueron favorables, aunque el perfil del comercio exterior continuó siendo primario-exportador, pero con un creciente componente industrial.

Cuarto, las balanzas comerciales positivas permitieron acumular reservas, y las retenciones y la mejora en la recaudación interna generaron superávit gemelos.

Quinto, la política de desendeudamiento con el canje de la mayor parte de la deuda y el pago de los compromisos asumidos con el FMI desalentaron la especulación financiera.

Sexto, el mercado de cambios se liberó, pero la flotación administrada del Banco Central actuó de forma de controlar el tipo de cambio, manteniéndolo competitivo.

Al mismo tiempo, el gasto público se elevó notablemente, tanto por mayores desembolsos en la inversión pública como por los postergados aumentos salariales y de haberes de los jubilados, a lo que se debe sumar la ampliación en el universo de beneficiarios como consecuencia del Plan de Inclusión Previsional y luego, durante la presidencia de Cristina Fernández, de la Asignación Universal por Hijo y de la nacionalización de las AFJP, volviendo esos cuantiosos fondos, cuyos efectos negativos fueron notorios desde el punto de vista fiscal y de manejo empresario, a manos del Estado.

La imposición de retenciones a la exportación no sólo permitió incrementar sustancialmente los recursos tributarios, morigerando parte de las ganancias extraordinarias del sector agroexportador. También frenó un aumento en los precios internos de los alimentos exportables y procuró detener el avance de la sojización, que atenta contra la calidad de la tierra, la producción de otros bienes necesarios y el medio ambiente. Se puso así a disposición del Estado recursos que sirven como recaudo anticíclico y del pago de la deuda, para aumentar gastos sociales y de infraestructura, otorgar subsidios a servicios públicos o estimular actividades productivas.

En cambio, no se realizó una reforma tributaria que contemplara una reducción de los impuestos al consumo, aumentara la progresividad de los gravámenes sobre las ganancias, y creara algún tipo de tributo a las rentas financieras, y se le criticó al gobierno el manejo de las estadísticas oficiales, especialmente de precios, que subestiman, según ciertos sectores, los índices de inflación. En cuanto a la situación social, los niveles de pobreza descendieron de 44,3 por ciento en 2004 al 12 por ciento en el primer semestre de 2010, y en el mismo período 2004–2010 la tasa de desempleo abierto, que era del 14,4 por ciento, cayó a un dígito, 7,9 por ciento.

En síntesis, el gobierno de Néstor Kirchner representó la recuperación del país después de una crisis casi terminal y el inicio de políticas de Estado, basadas en una nueva cultura de defensa de los intereses nacionales continuada luego por Cristina Fernández


Mario Rapoport
Economista e historiador

4/11/10

EL LEGADO DE NÉSTOR KIRCHNER








A medida que los días vayan pasando, el país comprenderá crecientemente las verdaderas dimensiones de la tragedia que representa para los argentinos la súbita desaparición de Néstor Kirchner. Con él hemos perdido al estadista de mayor envergadura que nuestro país haya producido en los últimos cincuenta años. A él estará siempre ligada la transformación profunda del Estado que la Argentina experimentara a partir de 2003.

Hay que situarse mentalmente en el umbral de aquel año para advertir todo lo que ha cambiado. El 2003 no está tan lejano en el tiempo y, sin embargo, lo que lo precediera parece pertenecer claramente a otra época. El país venía de una serie de experiencias traumáticas: la dictadura militar, con la que, en razón de una serie de leyes y amnistías, la ruptura había sido tan sólo parcial; el neoliberalismo menemista que, a través de sus privatizaciones y desregulaciones, había puesto a la Argentina al borde de la bancarrota; el fracaso estrepitoso del gobierno de la Alianza, que condujo a los estallidos de 2001. Había un cinismo y un desencanto generalizados respecto de la política, que encontraría su expresión en el notorio lema “que se vayan todos”.

Ya las movilizaciones sociales subsiguientes a la crisis –las fábricas recuperadas, la extensión del movimiento piquetero y otros fenómenos concomitantes– estaban preanunciando que el ciclo del neoliberalismo estaba llegando a su conclusión. Pero lo que muy pocos esperaban era que esas movilizaciones fueran a encontrar eco y simpatía al nivel del Estado nacional. Fue contra todas las expectativas que ocurrió el 2003.

Al principio, el nuevo tipo de discurso fue recibido con un considerable grado de escepticismo. Se trataba, en la apreciación de muchos, de mera retórica, tras la cual habrían de ocultarse las habituales componendas de trastienda. Pero pronto hubo que rendirse a la evidencia: el nuevo gobierno estaba comprometido con un programa total de reestructuración de la sociedad argentina a sus distintos niveles. Programa que no podía dejar de suscitar la adhesión popular, a la vez que herir intereses creados que se habían consolidado a lo largo de decenios.

En poco tiempo pudimos verificar el apoyo brindado por el Gobierno a las organizaciones populares; la decisión de operar, a través de los juicios a los represores, el desmantelamiento de la ESMA y otras medidas similares, la ruptura más radical con el pasado dictatorial que haya tenido lugar en el continente latinoamericano; la reorientación nacional de la economía, en el proceso que va desde la ruptura de facto con el FMI hasta el reforzamiento del Mercosur y el rechazo del plan del ALCA de Bush en la reunión de Mar del Plata de 2005; la democratización de la Corte Suprema y de la cúpula militar, etc. Como es sabido, toda esta corriente profunda de cambio fue continuada y radicalizada a través de una serie de medidas legislativas durante el gobierno de la presidenta Cristina Fernández, que ha representado uno de los esfuerzos más ambiciosos y sistemáticos en nuestro continente por reestructurar al Estado y redefinir sus relaciones con la sociedad civil. Todo esto se ha hecho en el marco de una integración cada vez mayor de la Argentina al espectro de los nuevos gobiernos progresistas de América latina. El país está menos solo que nunca en el pasado.

No voy a entrar a discutir la minucia de este programa legislativo. En los últimos días, otros –Mario Wainfeld y Horacio Verbitsky entre ellos– lo han hecho en artículos excelentes. Pero sí quisiera referirme a un aspecto clave, que revela la naturaleza del legado de Néstor Kirchner, a la vez que su estilo particular de liderazgo.

Me refiero a las resistencias que toda tentativa de cambio profundo suscita y al coro de infundios con el que las fuerzas reaccionarias pretenden combatirla. Hace unos días, los plumíferos de La Nación caracterizaban al kirchnerismo como “populismo autoritario”. La fórmula misma ya es, desde luego, problemática y ambigua, pero cuando se la usa para caracterizar la situación argentina es doblemente absurda.

Un populismo autoritario sólo podría ser uno en el que las masas fueran enteramente pasivas y sometidas a un liderazgo que tomara las decisiones sin compartir el proceso deliberativo con nadie. Esto puede llegar a ocurrir en ciertas sociedades –pensemos, por ejemplo, en el Zimbabwe de Mugabe–, pero cuando esto ocurre, la deriva autoritaria es cada vez menos populista, ya que las masas son sustituidas por pequeños grupos de matones reclutados y organizados desde el poder. En tales condiciones lo que prima es el autoritarismo, en tanto que el populismo se limita a una cáscara vacía, a una interpelación meramente retórica, sin participación activa alguna de las masas.

Ahora bien, cualquiera que conozca mínimamente lo que está pasando en la Argentina, sabe muy bien que en ella se da la situación exactamente opuesta. Todas las medidas legislativas han sido tomadas sobre la base de la movilización autónoma de uno u otro sector de la sociedad. ¿Cómo explicar entonces esta insistencia en los peligros autoritarios del kirchnerismo? La respuesta es obvia. Se trata de crear una cortina de humo, por la que la supuesta “defensa de las instituciones” frente al “avance autoritario” no es sino un burdo intento por defender un statu quo en el que las corporaciones medran, frente al intento de democratizar a estas instituciones desde dentro.

¿Recuerdan ustedes la reunión reciente del Sr. Magnetto con líderes de la oposición para planificar algo no claramente especificado pero que, en todo caso, implicaba a claras luces organizar la confrontación con el Gobierno?

¿Y recuerdan ustedes esa otra reunión, mucho más siniestra, en la que se obligó a Lidia Papaleo a resignar el control de Papel Prensa bajo amenazas de muerte?

La misma historia acerca de la sórdida acción del poder corporativo frente a la voluntad popular se repite en todas las instituciones. El gran dilema a ser dirimido en los próximos años, comenzando por las elecciones de 2011, es quién va a prevalecer: la Argentina corporativa del pasado o la Argentina popular que comenzó a emerger con las movilizaciones de 2001, que se consolidó en 2003 y que desde entonces ha ido ganando batalla tras batalla.

Es en el umbral de esta confrontación que el nombre de Néstor Kirchner permanecerá siempre como un signo liminar y señero. Ya no será una bandera para las luchas, pero se ha transformado en algo más importante: en un símbolo para las conciencias.

Quiero recordar 3 aspectos de su obra y de su mensaje. El primero es que fue uno de los demócratas más radicales que la Argentina haya producido en años recientes. Nunca intentó imponer una voluntad burocrática, sino que siempre buscó en las movilizaciones espontáneas de los grupos de base los aliados naturales a través de los cuales pensar, repensar y matizar su proyecto. El segundo es que nunca hizo una interpelación fácil a masas inestructuradas, sino que comprendió que, en las complejas sociedades contemporáneas, cualquier proyecto de cambio tiene que pasar por la transformación interna de las instituciones.

No sé si Néstor habrá leído a Gramsci, pero en todo caso su acción política muestra algo que es profundamente gramsciano: la comprensión de que, en las sociedades contemporáneas, no hay populismo fácil; que, sin la mediación institucional, no hay proyecto político coherente. En tal sentido él mostró, a través de su acción política, algo que siempre pensé: que entre institucionalismo y populismo siempre hay una compleja negociación, los resultados de la cual presentarán matices distintos en diferentes sociedades.

Hay, finalmente, una tercera dimensión que es decisiva para entender el legado de Kirchner: su firmeza de acero, su compromiso total con las causas que abrazaba. Era un hombre de lucha, no de transacciones. Esto es lo que indignaba a sus detractores y lo que denominaban su tendencia “a doblar la apuesta”. Creo que se trataba de algo más importante que eso. El tenía perfecta conciencia de la naturaleza de las fuerzas con las que se enfrentaba, y sabía que sólo una voluntad inquebrantable sería capaz de confrontarlas.

¿Qué nos queda por hacer ahora, hacia adelante, después de Néstor?

La respuesta es clara: proseguir su obra y completar su tarea. El nos ha legado objetivos que son más vastos que su vida y que la nuestra y que incluyen a todo nuestro continente. América latina ocupará su puesto en esta marcha general de los pueblos que habrá de conducir, desde la barbarie neoliberal, al establecimiento de formas justas, libres y racionales entre los hombres.

Ya hemos oído estos últimos días las voces melifluas y viscosas de aquellos que, restregándose las manos de satisfacción, dicen que ahora Cristina está sola y tendrá que contemporizar con la oposición. Los que eso piensan van a encontrarse con una sorpresa. En primer término, parecen no conocer el temple de nuestra Presidenta, cuya determinación militante se ha mostrado en todas las pruebas –muchas duras– que debió pasar durante su gobierno. En todas las circunstancias mostró una claridad de propósitos y una determinación en su ejecución que la coloca en situación de total paridad con su predecesor.

En segundo lugar, Cristina no está sola. Ha perdido, es verdad, al compañero de su vida y la acompañamos todos en su dolor. Pero la acompaña también todo un pueblo, el cual se ha manifestado en los últimos días en una de las expresiones de pesar colectivo más inmensas –quizá la más inmensa– de la historia argentina. Debemos hacerle a Néstor, en las palabras de Antonio Machado, “un duelo de labores y esperanzas”.

Cada fábrica, cada escuela, cada hogar, deben erigirse como la expresión de la voluntad colectiva de que la llama que se encendió en 2003 no se extinga jamás.

Que todos los argentinos nos identifiquemos con aquellas palabras que José Gervasio de Artigas pronunciara en su lecho de muerte: “Amanece, ensíllenme el caballo”.




Ernesto Laclau
Profesor de Teoría Política
(Universidad de Essex).


30/10/10

IDENTIDADES




Un año atrás, uno se peleaba hasta en el quirófano con el cirujano que lo estaba por operar. En la Capital nadie podía decir que era kirchnerista o que este Gobierno no era tan nefasto. Hasta el encargado del garaje se mimetizaba con los patrones y discutía como si fuera dueño de varias hectáreas en la Pampa Húmeda. Parecía que el que no odiaba o no despreciaba al Gobierno y a sus seguidores y simpatizantes también se merecía la misma miradita despectiva. “Son peores que la dictadura”, decían algunos y parecía lo más normal del mundo. En el gimnasio, kirchnerismo era mala palabra; en el country, pecado mortal, y en la reunión de consorcio mejor ni hablar. Pero ayer y anteayer, la Plaza y el trayecto de la caravana fúnebre que llevaba el ataúd del ex presidente Néstor Kirchner estaba a reventar de clase media. Había de todo, también obreros y villeros y muchísimos jóvenes, pero también mucha clase media, que es la que vive más cerca del centro de la ciudad, y la mayoría de los que estaban habían llegado por sus propios medios.

Esas personas salieron de abajo de las baldosas, cambiaron el escenario. Seguramente no son las mismas que expresaban y expresan tanto odio y superioridad, amparadas en el discurso hegemónico de los grandes medios. Los que estuvieron despidiendo al ex presidente tuvieron que aguantar todo este tiempo ese discurso tan agraviante y descalificador. Se lo aguantaron sin abrir la boca porque seguramente creían que eran ellos solos los que pensaban así. Ellos contra una inmensa mayoría, era una sensación permanentemente confirmada por la voz uniforme y corporativa de casi todos los opinadores políticos, los zocaleros y los informativos de los grandes medios. Entre todos forman una sola voz que supuestamente habla en nombre de todos pero que deja, por lo menos, a medio país afuera. Una sola voz hegemónica que excluye a grandes sectores de la sociedad.

Hubo políticas económicas de exclusión, que enviaron a grandes sectores de la clase trabajadora y de las capas medias a las villas miseria. Y también hay discursos periodísticos excluyentes que mandaron a la clandestinidad a una cultura política que no tuvo expresión en los grandes medios y que, en contraste, nunca fue menos que primera minoría. Es decir, eran porciones gigantescas de la sociedad enviadas a las catacumbas.

Un golpe tan tremendo como la muerte de Kirchner puso eso en evidencia. A mucha de esa gente ya no le importó que la identifique el vecino del consorcio, o que la cacatúa que pasea el perro a la mañana la mire de reojo. Fueron a la Plaza y de golpe se dieron cuenta de que eran muchos los que pensaban como ellos. Los periodistas de los grandes medios saben ahora que no les hablan a esos millones de personas, que las dejan afuera. Ya no se pueden hacer los democráticos inocentes, como tanto les gusta.

No es tan raro que, cuando se les preguntaba, algunas de las personas que lloraban a moco tendido dijeran que no habían votado a Kirchner o que no eran kirchneristas. Una aclaración típica de la vergüenza de medio pelo que se actúa para los medios. Suena ridículo, pero es muy probable que esas personas sí hayan votado al kirchnerismo y tuvieran vergüenza de reconocerlo ante el gran inquisidor antikirchnerista: los canales de televisión. O en todo caso estaban reconociendo que no lo habían votado, presionados por esa fuerza mediática. Nadie llora así o se aguanta a pie firme ocho horas de cola por cualquiera. El impacto de la pérdida de Kirchner despierta al que estaba dormido, no al que estaba despierto y en contra.

Fueron miles y miles en la Plaza de Mayo, cientos de miles que se renovaron constantemente durante el día y medio que la capilla ardiente estuvo en la Casa de Gobierno. Pero más allá de la cantidad, lo más sorprendente fue la composición en cuanto a edades y pertenencias culturales.

Nunca antes fue tan notable la presencia masiva de los jóvenes y adolescentes. Ellos fueron la gran mayoría en ese acto de homenaje al ex presidente fallecido. De alguna manera ese político de mocasines, corbata y traje cruzado gris, que no era un gran orador, los sensibilizó con la política. Es algo que todavía nadie incorporó a la lista de méritos de Kirchner. Y es posible que haya sido uno de los más importantes. Fue increíble: los pibes gritaron todo, lloraron todo, expresaron una admiración desafiante por Kirchner. Reclamaron protagonismo, pidieron cancha. Algunos estaban encuadrados, pero la mayoría no, y expresaban con claridad el impulso de involucrarse y comprometerse, como si estuvieran marcando el punto de inflexión del fenómeno inverso. Los adultos y los siempre criticados setentistas nos corrimos.

Los setentistas son presentados siempre como los eternos políticamente incorrectos (en el mejor de los casos). Ya no son tantos en las marchas pero había una conexión entre ellos, el ex presidente fallecido y los pibes: la pasión. La conexión está en la pasión por una política con sentido social y transformador. Y no sólo como una actividad técnica o profesional como ha sido planteada desde lo políticamente correcto. En todo caso, los jóvenes se ven atraídos por Evita y el Che y ellos son su marca generacional. Los llevan en las remeras, en sus banderas o en sus tatuajes. Estaban allí para rendir homenaje a Kirchner, pero convocados quizá por intereses diferentes. Algunos venían interesados por los derechos humanos, otros encolumnados con la juventud sindical, otros sueltos y algunos con distintos grupos peronistas y de izquierda. Pero las marcas generacionales son más o menos las mismas, incluyendo a la juventud sindical.

También había grandes grupos de los sindicatos, desde UPCN hasta el Smata, la UOM y camioneros. En este caso eran grupos de adultos con el folklore más tradicional del acto peronista, con Perón en el centro del santoral, descamisados, sudorosos y gritones, el verdadero icono demonizado por los medios y el gorilismo y endiosado por el peronismo tradicional. Sobre todo en la Plaza, y no tanto en la fila para entrar, había numerosos grupos de sindicatos.

Y después había banderas de algunos de los grupos de izquierda, como el Partido Socialista y el Partido Comunista, y de los movimientos sociales que surgieron en los ’90, el Evita, la Tupac, la FTV, el MUP, el Frente Transversal y otros.

Pese a la heterogeneidad, no había notas discordantes en ese conglomerado. Y lo heterogéneo no era tan llamativo como la naturalidad de sus coincidencias y la convivencia bastante pacífica y bastante armónica. En otros momentos, esa heterogeneidad hubiera explotado, pero Evita, el Che y los derechos humanos generan una identidad superior que no tapa las identidades más particulares. Incluso Perón resuena en ese colectivo.

Hay una base cultural plebeya y peronista en términos muy genéricos, galvanizada por la fuerte marca de las nuevas generaciones. Los rasgos más distintivos provienen de ellas y las referencias históricas tienen un peso simbólico diferente al de épocas anteriores. Sobre esa base se va generando una nueva identidad política que no tapa a las anteriores, pero que es más representativa de una época
.


Sería ilógico pensar que todas esas personas que asistieron a los funerales de Kirchner después no se sientan contenidos por esa identidad, el kirchnerismo, a la que ellos también aportaron. Esa identidad empieza a surgir, asentada en culturas políticas previas, pero como un fenómeno actual, escrito muy sobre la marcha, que se visualiza como las antiguas escrituras de limón, cuando algo las lleva a la superficie. En este caso, el catalizador fue la muerte de Néstor Kirchner. Esa heterogeneidad se vio en otros actos del kirchnerismo, pero sin cristalizar. La marginación que le aplicó el sistema mediático la terminó de coagular, aunque todavía le falte para terminar de cohesionarse.