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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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19/8/13

LOS SENTIMIENTOS DE LA SOCIEDAD








Dos lecturas en espejo dificultan la comprensión política. En la primera, una martingala matemática permite ocultar el resultado de las PASO. Funciona así: como el número de votos obtenidos por el oficialismo no resulta inferior a las elecciones del 2009, el gobierno obtuvo una suerte de victoria relativa. Los partidos de la oposición, desde esta curiosa aproximación, no mejoraron demasiado su postura, y como ese abanico sigue disperso, el cristinismo prosigue su marcha triunfal.

Desde el 2003 sólo se registran victorias y accidentes, y los accidentes abren el paso a futuras victorias. Obvian un pequeño detalle, la elección posterior a la batalla campera del 2008 no podía sino reflejar en las urnas una derrota política, de tal modo que toda comparación con esos guarismos –los peores de toda la década– no pueden sino arrojar una situación mejor. Mejor que cuando luchaban por seguir en Balcarce 50; pero si ese fuera el término "científico", si esa fuera la única comparación posible por tratarse de elecciones de medio tiempo, sería preciso explicar los motivos de semejante retroceso sin que mediara batalla decisiva. Dicho de otro modo, si los números de la comparación no fueran sensiblemente distintos, y no lo son, la comparación contiene el diagnóstico.

El gobierno ha perdido la hegemonía política.

Considerar como algún senador que esto casi no sucedió, y tratar a las PASO como si se tratara de una encuesta a escala uno a uno, impide entender qué pasó y sobre todo impide prepararse para lo que va a pasar en octubre. Nadie cree que los números finales sean demasiado distintos, y por tanto sostener contra viento y marea el sonsonete de la victoria, no puede sino producir un efecto desmoralizante en la militancia K. Entonces, o el oficialismo se hace cargo de la nueva situación, o el cachetazo de agosto se transformará en depresión de octubre.

Desde la otra vereda actúan con idéntica liviandad partisana. Comparan el resultado obtenido con los comicios presidenciales del 2011; por tanto el oficialismo, su caudal electoral, perdió más del 40% de su soporte social. Claro que esa enorme cantidad no sólo no fue a parar a fuerza alguna, sino que el candidato que obtuvo el segundo puesto en las presidenciales –Hermes Binner– apenas si redujo la distancia relativa con el gobierno. Dicho con sencillez, el desinfle del electorado K no supuso el engorde de ningún opositor previamente existente.

Aun así, con ramplona sencillez casi todos actúan como si lo único que faltara para el 2015 se resolviera con un simple armado de listas. Desde esa lógica de puntero repiten el "análisis" que Mariano Grondona hiciera para el 2011. Y conviene recordar que no funcionó, y por eso Cristina Fernández sigue sentada en la poltrona de Rivadavia. De modo que no se trata de organizar una comandita electoral, donde cada aportante reciba según su participación en las PASO, sino de entender que la política no desbordó las fronteras de la ancha calle del peronismo electoral.

Ambas visiones, a mi ver, son tributarias del inmediatismo, de un aplanamiento voluntario de los motivos de la ciudadanía. Y ambas dejan un asuntillo sin considerar: ¿Qué significan las PASO? ¿Cómo leerlas más sensatamente? Mi hipótesis de trabajo: estamos ante un mapa de los sentimientos profundos de la sociedad argentina. Antes que nada conviene entender que las PASO, al decidir solamente alineamientos internos, y en la mayoría de los casos ni siquiera eso, permiten una extraña pureza. Nadie está obligado a votar con eficacia, consideración que no escapa a casi nadie, por tanto desnudan una situación casi ideal: qué se siente en lo profundo, qué haría cada uno si el único motivo fuera el sentimiento.

Hilda Duhalde tiene notables virtudes pedagógicas. Al sostener que la presidenta gobierna con el lóbulo malo, verbalizó un sentimiento arcaico y tenaz: la brutal misoginia nacional. Si se leen con algún cuidado las encuestas electorales previas se detectan algunos datos relevantes. A saber, la valoración positiva del gobierno superaba en varios puntos la de Cristina Fernández, y ambas cifras eran muy superiores al número de votantes que finalmente obtuvo el Frente para la Victoria. Una aproximación elemental permite sostener entonces que si el gobierno hiciera exactamente lo mismo que viene haciendo, pero fuera encabezado por un varón, el resultado electoral sería bien distinto.

Basta observar las pantallas de los noticieros televisivos, de aire y cable, para constatar que el número de víctimas de femicidios crece. Y que la furia que "la yegua" produce es tan intensa, que los brutales decires de la mujer de Eduardo Duhalde sólo merecieron declamaciones tibias de tirios y troyanos. 

Una mujer que guste o disguste ha sido electa en dos oportunidades para el cargo de Presidenta, y cuyo nivel político está muy por encima de la media realmente existente, ha sido defendida fría y protocolarmente. Sin olvidar, que en muchos casos ni siquiera esa defensa se produjo. La ausencia de muchas dirigentes políticas opositoras, el silencio cómplice, no puede ni debe soslayarse. De modo que ese es el sentimiento más profundo del mapa: el odio a las mujeres; si su lugar en la sociedad mejora, el rango de furia incandescente crece al menos en idéntica proporción.

Sobre ese piso se instala un valor compartido de larga data. Ningún interés es superior al mío, entonces si tengo el dinero para comprar un bien y por alguna razón esta compra se dificulta, verbigracia el dólar, la responsabilidad es del gobierno de los ladrones. Es obvio que los políticos sólo responden a su propio interés, y es precisamente por eso que la política es una suerte de mal inevitable. Entonces, como la política no es más que la continuación de los negocios por otros medios, y mis negocios chocan con los de ellos, se trata de defenderlos y punto. Si algo quedó claro en las movilizaciones dinámicas sin dirección partidaria, en los cacerolazos, es que esa perspectiva hegemoniza su comportamiento. Con un dato adicional, ese punto de vista es muchísimo mas amplio, y recorre trasversalmente la política nacional. Desde el "deme dos" de la plata dulce durante la gestión de Martínez de Hoz, hasta vivir a 660 dólares de Miami que la Convertibilidad menemista naturalizó, ese punto de vista no ha cesado de crecer.

Poco importa que se explique la crisis internacional, y el modo en que actúa la aspiradora financiera de los bancos, si alguien dispone del dinero para adquirir dólares no acepta otra cosa que dólares; es decir, la capacidad colectiva para percibir lo que sucede tiene un elemento fuertemente alucinatorio, la verdad sólo importa si coincide con esa sensación, de lo contrario las más burdas tesis conspirativas ocupan su lugar.

La eficacia de semejante comportamiento depende de varios elementos. El primero y el más importante, la despolitización. Esto es, el razonamiento simplote de que los conflictos no son el resultado de intereses contrapuestos, sino de una maniobra de políticos que utilizan en su favor los "problemas de la gente". Desde esta lectura bastaría con "dialogar" para poner fin al diferendo, y si esto no sucede es porque no les conviene a los "políticos profesionales". Esta lectura ha sido fuertemente inducida desde los medios electrónicos, pero no sólo, y sobre todo por la forma que adopta la lucha política actual. Cuando la política no es otra cosa que un debate de intendentes, cuando la cuestión central pasa por satisfacer los pedidos del "vecino", cuando la estrategia se reduce a la gestión, la despolitización no puede no extenderse.


Entonces, si se miran las campañas de los partidos para las PASO, se comprende que matiz más, matiz menos, una sobresimplificación las recorre de punta a punta. Es que una política construida desde las encuestas está obligada a empobrecimiento perpetuo, a vaciamiento conceptual, a pragmatismo sin horizonte. En esas condiciones la retaguardia cacerolera se transforma en vanguardia mediática.









3/6/13

LA CRISIS PERPETUA







“En nuestra precipitación por medir lo histórico, lo significativo, lo revelador, no dejemos de lado lo esencial: lo verdaderamente intolerable, lo realmente inadmisible, el escándalo no es el grisú, es el trabajo en las minas. Los 'malestares sociales' no son 'preocupantes' en período de huelga, son intolerables 24 horas por día, 365 días por año."


Georges Perec









Una parodia de crisis política mece la poltrona de Cristina Fernández. Una oposición sin estrategia, faltan 70 días para las elecciones de medio tiempo y todo sigue en veremos, confunde el lugar televisivo de Jorge Lanata con un camino hacia alguna parte. La fragilidad de toda la estructura yace una vez más al descubierto.

¿Qué impone semejante endeblez sistémica? No se trata tan sólo del complejo y destartalado abanico denominado "la oposición", también remite al oficialismo. Una oposición incapaz de producir reagrupamientos termina por jugar en los pliegues internos del Frente para la Victoria. Dicho sin anestesia, juega en la canchita presidencial. Esa es la impotencia: dificultad, imposibilidad de jugar en la otra cancha. Conviene recordar en esta lectura que las elecciones de 2015, como toda elección presidencial desde 1916, no es otra cosa que un plebiscito que el Ejecutivo propone a la sociedad política: aceptar o rechazar su candidato presidencial. Es útil añadir que a lo largo de esta centuria nunca ninguna propuesta fue rechazada. Y que a lo sumo los golpes de Estado exitosos tuvieron, en ese lapso, como parte de sus propósitos, confiscar ese atributo presidencial y transferirlo a su cuadro de oficiales superiores.

En 1930 fue arrebatado a Hipólito Yrigoyen, en 1943 a Ramón Castillo, en 1955 a Juan Domingo Perón, en 1962 a Arturo Frondizi y en 1976 a María Estela Martínez de Perón. Destruidas las FF AA en la batalla contra la guerrilla, ese poder se parlamentarizó, y en la crisis de 2001, el Congreso terminó sentando –en Balcarce 50– al senador Eduardo Duhalde; y todo siguió fingiendo normalidad.

De esa lógica sistémica proceden Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Se trata de saber si continuará en 2015, o si será modificada. No hay modo de anticiparlo, mi hipótesis provisional será que no. Cristina elegirá a su sucesor. Entonces, la clásica disputa entre el gobernador de la provincia de Buenos Aires y el titular del Ejecutivo volverá a reproducirse. En una de las caras de la tenaza está la presidenta, en la otra, el reguero de reclamos docentes que ilumina el camino de Daniel Scioli. La oposición, para auxiliarlo, pide un precio que Scioli no pareciera dispuesto a pagar: saltar la tranquera; restablecer sus "naturales" vasos comunicantes con "amigos" de igual ADN ideológico. Asumirse como "jefe" de toda la oposición, nacionalizar el conflicto provincial. ¿Lo hará?

El viejo conflicto por los recursos corroe la ingeniería política del gobernador. O los obtiene del poder central, o salen de la Pampa Húmeda. Ni los radicales, ni los seguidores del colorado De Narváez parecen materia dispuesta a votar una ley que arrime recursos reduciendo, por ejemplo, la astronómica tasa de ganancia de los pools sojeros; después de todo, la mínima corrección del impuesto inmobiliario rural gatilló la resistencia de la Mesa de Enlace; sin embargo, el gobernador no podrá zafar sin incrementar los acotados recursos propios. Ahí se obtiene la primera conclusión tajante: saltar el cerco no le sirve, no para seguir gobernando con una mayor cuota de oxígeno político.

La oposición no puede respaldar a Scioli más allá del parloteo; el gobernador solicita, requiere, necesita dinero fresco. O lo genera mediante impuestos provinciales (después de todo, esa sería la retraducción práctica de la andanada discursiva presidencial) o lo recibe del Poder Ejecutivo. La oposición no puede apoyar una cosa ni lograr la otra, por tanto sigue en el limbo, carece de política propia. No es la lealtad la que le impide a Scioli invertir las alianzas, sino la dura materialidad de la política práctica. Salvo que decida inmolarse.

Nadie se inmola en la política contemporánea, ni aquí ni en parte alguna. ¿Por qué un hombre que hizo de la obediente medianía su estrategia natural haría semejante cosa? Convengamos algo, estoy de acuerdo en que, en condiciones normales, ese sería el comportamiento esperable, pero estas no son condiciones normales y por tanto se pueden esperar curiosidades relevantes.

Dijimos en otra oportunidad: dos extremos lógicos, no políticos. En uno el gobernador "aguanta" todo y sobrevive. En el otro no aguanta más y pega el brinco. Primero, aguantar todo y sobrevivir no es exactamente lo mismo. Sobrevivir, para un hombre que mostró sus cartas presidenciales de movida, no puede ser otra cosa que conservar vivo su proyecto. ¿Si aguanta todo, cómo pega el salto? Da batalla pública para terminar renunciando y trasformarse en el punto de recomposición de parte del universo anti K.

¿Esa es una sucia maniobra desestabilizadora? ¿O es simplemente la naturaleza del modelo político argentino? Sólo el coronel Perón tuvo un padrino plebeyo, el 17 de Octubre, y el bloque de clases dominantes jamás se lo perdonó. Recordemos, el General Perón y el gobernador Mercante reproducen el conflicto durante el primer peronismo; el presidente Frondizi y el gobernador Alende, en el año '62; de nuevo Perón y el gobernador Oscar Bidegain, en el '74; y si la escena no se repitió con Raúl Alfonsín fue porque la UCR perdió, en el '87, esa estratégica provincia a manos de Antonio Cafiero; pero con Menem y Eduardo Duhalde el conflicto recobró máxima intensidad, en su anteúltima versión. Por eso Menem optó por Fernando de la Rúa. Entonces, salvo durante los gobiernos militares, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, por peso específico del distrito, termina siendo un "enemigo natural" del presidente. El conflicto no se desata por diferencias de personalidad sino por el funcionamiento de la estructura.

Esa es la historia nacional, y para que no se repita, es preciso cambiar de modelo político; poner en marcha la alternativa parlamentaria, reformar la Constitución. "No", grita enardecida la oposición, ese es un traje a medida de Cristina, la otra cara del continuismo. Ahora podemos entender, la oposición requiere de un animal que no provee la zoología política. Ni acepta un nuevo presidente fogoneado por la Casa Rosada, ni tolera un gobierno parlamentario. Quiere designar el próximo presidente como derecho natural inalienable, como durante el ciclo 1983-2001, donde se votara lo que se votara todos los gobiernos hacían lo mismo, y para lograrlo espera que la crisis global arrime la brasa.

Entonces, razonan a media voz, cuando quede claro que no sirven, que sólo ejercen su cruel despotismo personal sin límite republicano, la sociedad argentina reaccionará. El razonamiento es simple. Si el enojo clasemediero por las dificultades para hacerse de dólares siguiera su curso, si los precios de los productos de la canasta familiar se volvieran a empinar y la economía se terminara estancando, después de todo la brasileña ya lo hizo, hasta los amigos del gobierno se convertirían en sus enemigos. El viento de cola habría sostenido el barrilete; con un huracán soplando en sentido opuesto se caería.

Un silencio denso se instala en el horizonte político nacional, es evidente que no faltan irresponsables que apuestan a las virtudes pedagógicas de la crisis, a que la marcha de sus volutas arrase una vez más la estragada piel de la sociedad argentina y la rehaga a la griega. Pero la compacta mayoría está condenada al sentido común. Y nadie con sentido común está dispuesto a dejarse arrasar primero, para que después Scioli sea presidente. Es un poco mucho. Sólo la Mesa de Enlace puede permitirse semejante tipo de "reflexión"; y nada indica que esa interesada voluntad suicida puesta en marcha (después de todo las crisis no sólo tienen perdedores también están los "ganadores sistémicos") termine por cristalizar otra mayoría amorfa capaz de avanzar alegremente en dirección a la nada.





23/5/13

VIDELA Y LA INDIGENCIA MORAL








Dieciocho avisos fúnebres de pobre significación social: ni una de las familias de rancio abolengo, ninguno de los beneficiarios sociales y políticos de la dictadura burguesa terrorista. Es que el bloque de clases dominantes desconoce la gratitud para con sus sirvientesMartinez de Hoz, en cambio, disfruta de un pabellón con su homenaje en el predio de la Rural.

Hombres infames con respaldo del poder del Estado produjeron millones de víctimas. Videla entonces no resiste. Hitler, Franco, Stalin incluso Mussolini están más allá. Algo lo distingue: transformó la mentira desalmada en estética política, mediante la exhibición de su poder como impotencia personal; un dictador que verbalizaba limitaciones que no tenía, subrayando con sibilina crueldad que si podía, pero que no estaba dispuesto a ejercer ese poder para satisfacer ningún pedido, ningún alivio personal. Nadie era digno de obtener su "cristiana compasión", nadie merecía que Videla detuviera la maquinaria si no disponía de suficiente respaldo de clase.

Como padre de un hijo minusválido, sin capacidad económica para solventarlo en una institución privada (había penado por un hogar en Morón, en compañía de una decena de chicos en similar situación, gracias al aporte familiar), Videla se vio obligado a ubicarlo en Open Door cuando corría el año '64.

A nadie se le escapa el carácter siniestro de la Colonia Montes de Oca, denominación administrativa con que se intenta ablandar la cadena de asociaciones que gatilla hoy Open Door, sin embargo, Alejandro Eugenio, el hijo oligofrénico de los Videla, pasa los últimos siete años de su vida en ese establecimiento. Muere el 1 de junio de 1971, meses antes del ascenso a general de su padre.

Aprovechando un destino menor en la Junta Interamericana de Defensa en Washington, el entonces capitán Videla había hecho en 1954 las consultas médicas que confirmaron la irreversible situación de la criatura. Del destino militar obtenido para ayudarlo en su aflicción personal, surgió su inglés tartajeante, y el viaje terminó siendo el único "lujo" que pudo costearle a su familia. Hijo de un militar sin bienes de fortuna, casado con la hija de un diplomático de clase media, la mantenía con el magro ingreso de un oficial que sólo se destacó en el cumplimiento meticuloso del organigrama administrativo.

Mientras Alejandro Eugenio vivió en la Colonia Montes de Oca, la calidad de su existencia dependía de la buena voluntad del personal. Tres monjas francesas aliviaron su terrible suerte: Yvonne Pierrot, Alice Domon y Léonie Duquet. El testimonio de Pierrot nos ahorra cualquier especulación: "El hijo de Videla andaba en los campamentos con ellos", donde ellos son las monjas y el padre Calcagno, primo de Videla. Tanto Domon como Duquet fueron asistentes de Calcagno, mientras el oscuro oficial lo visitaba en la Casa de Catequesis de Morón.

El 8 de diciembre de 1977, un operativo conjunto del Ejército y la Marina se descargó sobre la Iglesia Santa Cruz. Era un ataque contra la embrionaria organización que en su desarrollo serían las Madres de Plaza de Mayo. Un puñado de activistas estaba juntando dinero para publicar una solicitada en La Nación; en el texto reclamaban por los elementales derechos de los desaparecidos. Alice Domon era la "enemiga" encargada de recolectar el dinero. Infiltrados por un grupo de tareas de la Marina, el teniente de corbeta Alfredo Astiz ya ejercía su aptitud: señalar víctimas, nueve en este caso: Angela Aguad, María Esther Ballestrino de Careaga, Raquel Bullit, Eduardo Gabriel Horane, José Julio Fondevilla, Patricia Cristina Oviedo, María Eugenia Ponce de Bianco, Horacio Aníbal Elbert y Alice Dumon.

Dos días más tarde caían Azucena Villaflor y Léonie Duquet. El círculo estaba cerrado; ante la presión internacional –por las monjas intervino personalmente el presidente de Francia– los servicios de inteligencia militar intentaron camuflar su responsabilidad, fraguando en la ESMA la responsabilidad de Montoneros.

Las dos monjas francesas que cuidaron al hijo oligofrénico de Videla estaban vinculadas al incipiente movimiento de Derechos Humanos fueron llevadas a la Escuela de Mecánica de la Armada, salvajemente torturadas y asesinadas sin que Videla –informado detalladamente del caso– moviera un dedo en su salvaguarda. En ese momento el dictador alcanza y supera –en la escala de un acto– el nivel de Hitler. El Führer, cuyo antisemitismo no requiere recordatorio, había entregado personalmente el pasaporte al médico judío que atendió a su madre moribunda. Por agradecimiento personal, facilitó que éste emigrara a los EE UU. Videla sobrepasa la "virtud hitleriana"; ese detalle termina de habilitar su pertenencia a la galería de los hombres infames del siglo XX.

LA OTRA HISTORIA. Un debate quedó definitivamente saldado: los desaparecidos no se fugaron al exterior, no fueron asesinados por sus propios compañeros, ni pasaron a la clandestinidad, como Videla mintiera infinidad de veces mientras presidió la fatídica Junta Militar. Ni siquiera hizo falta que fueran guerrilleros. Ya no se trata de denunciar la "campaña antiargentina", que produjera la indignación de los buenos ciudadanos y hasta del Partido Comunista de entonces, sino de admitir lisa y llanamente que hubo miles de "muertes enmascaradas" de opositores políticos. La inexactitud del número en el libro de Ceferino Reato ("siete u ocho mil") no cuenta, es un detalle menor que forma parte de la Disposición Final. No de la "Solución Final" (fórmula utilizada por Adolfo Hitler) dado que según Videla esa frase "nunca se utilizó". Videla informa que se trataba de "sacar de servicio una cosa inservible". Con tono de cínica y estúpida pedagogía ilustra: "Una ropa que ya no se usa o no sirve porque está gastada." Exactamente esa era la acusación: torturar y masacrar militantes (seres humanos) como "ropa gastada". El "salvador de la patria" siempre sostuvo que esa acusación era una infamia, una "estratagema de la subversión". Hasta un falsificador impenitente a veces dice la verdad, la pregunta es por qué la dijo recién en 2012.

La respuesta es simple y rotunda: hace mucho tiempo que esa estrategia discursiva no sirve a los responsables de la dictadura burguesa terrorista, perdió toda eficacia práctica, solo es útil para detectar impresentables. Los organismos de Derechos Humanos, su discurso finalmente sostenido por la voluntad política de punición (derogación de las "leyes" de Obediencia Debida y Punto Final, así como los indultos), restituyeron la relación de las palabras y las cosas, los delitos y las penas, entre la ley y la política.

LAS ÓRDENES. Qué órdenes cumplió Videla. El hace saber: las de Ítalo Argentino Luder, presidente provisional del Senado a cargo del Poder Ejecutivo Nacional, en sustitución de María Estela Martínez de Perón. ¿Eran legales? Si se lee la acusación del Fiscal Julio César Strassera, si. Si se lee la Constitución Nacional, no. El artículo 67, inciso 24, dice que forma parte de las atribuciones excluyentes del Congreso Nacional: "Autorizar la reunión de las provincias o de parte de ellas, cuando lo exija la ejecución de leyes de la Nación y sea necesario contener las insurrecciones o repeler las invasiones". Dicho en criollo, ningún Ejecutivo puede impartir semejante orden; pero la impartió, y ningún partido político lo denunció ni entonces ni ahora. Las FF AA obedecieron una orden "ilegal" de un gobierno "legal". Y la muerte de Videla permite dar vuelta la página, pero no cambia absolutamente nada. La justicia todavía aguarda que los beneficiarios sociales de la dictadura burguesa terrorista se hagan cargo, como los Blaquier, de su indelegable responsabilidad. En ese punto estamos.










5/10/12

LA GUERRILLA OLIGÁRQUICA





La atmósfera política se corta con cuchillo. La más ínfima de las expresiones públicas de la presidenta cobra inusitado espacio público. Todos opinan. Mirtha Legrand, Beatriz Sarlo, Pinky, Jorge Lanata. Una oración de Cristina Fernández gatilla cataratas de curiosos comentarios; comentarios que "interpretan" chicaneramente lo dicho, y convenientemente entresacados bajan desde la tapa de los diarios comerciales a la radio y la TV, para cobrar forma definitiva en las redes sociales. Una guerrilla mediática ha sido eficazmente instalada.

Aclaremos los tantos. No se trata de un debate sobre la verdad, sino de lograr que la sospecha infecte todo. Una igualación bostiferante hacia abajo; todos y todo son iguales: ladrones, corruptos, mentirosos.

Aun así, como esta es una guerrilla oligárquica, la corrupción y la mentira que deben eliminarse son las de un solo bando. Por eso, una foto de Guillermo Moreno, dentro de un ataúd con un disparo en la cabeza, no pudo ser ignorada por nadie. En verdad, llamar "estrategia política" a una fotografía trucada pareciera excesivo. Y sin embargo, si el deseo de asesinar a un funcionario se volviera realidad, si realmente fuera asesinado, no cabe ninguna duda de que un sector de la sociedad aplaudiría hasta que le dolieran las manos, ante la consternación de la mayoría.

La foto navega en sustitución del asesinato real. Tanto los bombardeos de la Plaza de Mayo, como la política de desapariciones de la dictadura burguesa terrorista del '76 fueron ejecutadas por profesionales de la violencia. Nunca se trató de ninguna acción espontánea, sino de los organismos de represión del Estado. Ese es el punto, esta guerrilla oligárquica sustituye el golpe real; las fuerzas armadas son incapaces de dar un golpe de Estado, y nadie lo ignora. Así era en 2001 y así sigue siendo. Por eso, ningún uniformado habla. El silencio militar remite a una lectura clave: las FF AA ya no son un factor político.

Retomemos el piolín. Existe una percepción compartida: se avecinan momentos decisivos. ¿El 7 de diciembre será el parteaguas, o tan sólo un horizonte brumoso que se deshilachará sin más?

La sociedad argentina tolera muy mal el conflicto. La política del terror sistemático, ejecutada en el pasado reciente, capturó la mirada y la sensibilidad colectivas. Enfrentamiento equivale –desde esa perspectiva– a derrota popular, y derrota popular, quién lo ignora, hace temer que el terrible ciclo de captura, tortura, violación y asesinato reviva. Entonces, para evitar la derrota popular, parecería preciso obviar el enfrentamiento. Rendirse sin lucha, porque la lucha misma se ve como imposible.

Ese es el pedido aterrado de un fragmento de la sociedad: basta de conflicto. El otro fragmento hace circular fotos de Moreno para revivir, restablecer, alimentar ese terror con cierto éxito. Hay un tercer segmento, el que está pensando qué hacer.

La sociedad argentina perdió el hábito de procesar políticamente las diferencias, y por tanto no puede imaginar sino en términos de catástrofe un cambio en la relación de fuerzas mediáticas. Además, la idea de que los dueños de Clarín y La Nación pierdan el control de un orden construido a su medida, para que la política no sea ninguna otra cosa que la continuación de los negocios por otros medios, de sus negocios, armoniza con un horizonte global de sometimiento irrestricto al poder fáctico. En ninguna parte del mundo "civilizado" sucede otra cosa, por qué habría de suceder acá. A lo sumo las víctimas protestan y la policía, por ejemplo la española, reprime como acá se reprime a los pueblos originarios.

Si la sociedad argentina acepta que termine por no pasar nada, si la frontera del 7 de diciembre sólo queda en un montoncito de palabras, la estrategia habrá funcionado evitando el conflicto, pero sin ninguna eficacia transformadora.

Conviene no equivocarse. Este no es un problema K o anti-K, si el 7 de diciembre quedara claro que las leyes del Congreso y la Corte Suprema solamente rigen si Clarín y La Nación quieren, el poder estaría en sus manos. Un poder de veto ejercido sin cortapisas nos recordaría que el único interés legítimo es el del bloque de clases dominantes. Dicho de un tirón, se trata de saber si Clarín y La Nación conservan en sus manos el poder intacto, o si la sociedad argentina (los integrantes del bloque popular) son capaces de recuperar la política como instrumento de transformación. Si hemos clausurado mediante una victoria popular la democracia de la derrota donde, votaras a quien votaras, votabas lo mismo, o si la guerrilla mediática oligárquica termina siendo a la postre suficiente. Es decir, la guerrilla intenta poner en discusión quién manda.

PARADOJAS ARGENTINAS. Toda la campaña oligárquica, en el sentido aristotélico del término, parte de una presuposición: no olviden que los políticos sólo se proponen enriquecerse a nuestra costa, si atacan a un monopolio es para construir otro más afín, para decirlo en los términos del '76: el "festín de los corruptos", ya que "gobiernan para sí mismos".

La eficacia del postulado es simple: la mayor parte de los funcionarios del oficialismo fueron a su vez funcionarios de los gobiernos anteriores. Y sus posturas de entonces no diferían demasiado del menemismo clásico. Y como menemistas eran todos, justo ahora se les ocurrió "cambiar". No será gatopardismo vulgar, que algo cambie para que siga todo igual.

Sostuvo Mariano Grondona, impensable "pensador" K, en sus conferencias del '92 sobre la corrupción: "En los países donde hay estado de corrupción, en cambio, la investigación es entendida como persecución. Desde el momento en que se da por supuesto que todos son culpables de algo, desde el primer mandatario hasta el ciudadano que evade los impuestos, cuando se investiga a una persona esta se pregunta, con alguna razón: ¿por qué a mí?"

Ese es el punto. Cambiar la Suprema Corte menemista por otra de alta calidad jurídica y moral, fue la primera medida importante posterior a 2001. La significación de esa Corte se aquilató con la derogación, a pedido del Congreso, de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Es decir, restableció la relación entre los delitos y las penas, entre las palabras y las cosas, entre la política y la ley. Restableció la igualdad ante la ley, y por tanto la posibilidad misma de "la investigación". Ahora bien, paradójicamente, el gobierno K responsable de esta Corte reclutó en buena parte a sus funcionarios entre los profesionales de la política. Y, por tanto, no soporta él mismo el "nuevo" y exigente postulado: igualdad ante la ley, castigo para todos los delitos. No se trata de caer en el cinismo ("de dónde saldrían funcionarios mejores") sino de entender la intensidad de la derrota de los sectores populares. Los represores juzgados y condenados nunca fueron hasta hoy acusados de imponer la modalidad "botín de guerra". El "roban pero hacen" menemista no es más que la versión civil de ese postulado militar. Y ningún político relevante propuso una estrategia elemental contra la corrupción: devolver la plata, que los funcionarios corruptos tengan que pagar con sus bienes personales.

La guerrilla mediática oligárquica golpea en este punto débil. Para contrarrestarla, este orden de cosas no puede ni debe sostenerse a futuro. Mientras Carlos Saúl Menem siga siendo un inimputable, las sospechas seguirán teniendo asidero lógico y político. Esto no supone que todos los que hacen política sean iguales, sino que la diferencia entre corruptos y decentes debería dejar de ser discrecional para pasar a ser objeto del examen colectivo. El bloque popular no debe olvidar que decir la verdad sigue siendo revolucionario.




29/5/12

La Victoria del Relato Popular





Tres hechos modifican los relatos posibles sobre la política de la dictadura burguesa terrorista en materia de la desaparición de personas: la discusión entre Jorge Rafael Videla y su amanuense, Ceferino Reato, sobre el número de asesinatos ejecutados bajo su responsabilidad; la citación judicial de Carlos Blaquier, presidente de Ledesma, para indagar la responsabilidad que le cupo en los episodios del 22 al 27 de julio de 1976 en el ingenio de su propiedad; y la admisión por parte del Episcopado de la autenticidad del documento publicado por Horacio Verbitsky en Página/12, del 6 de mayo (SECRETO DE CONFESION).


Tres hechos, un resultado: la victoria del relato popular, el relato de los organismos de Derechos Humanos queda en pie, los otros se derrumbaron.


Videla “confiesa” a la jerarquía católica el “método” puesto en práctica (captura, tortura, asesinato y desaparición de los cuerpos de antagonistas políticos) en defensa del orden occidental y cristiano. Treinta y cuatro años más tarde no caben dudas documentales; Emilio Mignone ya había demostrado analíticamente en Iglesia y Dictadura, la complicidad estructural de la jerarquía católica. Ahora sabemos que además se dedicaron a falsificar la historia, para impedir que los responsables políticos, entre otros la propia Iglesia, respondan ante la ley.

Investigaciones específicas permitirán determinar el papel de los 250 capellanes militares en las mazmorras de la dictadura, así como el rol de ciertos empresarios y las Fuerzas Armadas.

Avancemos con calma. Reato, según La Nación, aclaró que las entrevistas con Videla no fueron grabadas, porque “está prohibido ingresar con grabadores” al penal. Pero explicó que “tomaba nota de cada respuesta y luego las pasaba en limpio” y que el ex jefe militar pudo revisar todas sus respuestas, como consta en originales que conserva. “Es una técnica que utilizo con todos mis entrevistados cuando no puedo grabar las entrevistas”, explicó el periodista, al insistir en que le interesaba brindar a los lectores “las respuestas que efectivamente Videla quería dar, evitando errores e imprecisiones”. El ex dictador fijó la cantidad de personas desaparecidas entre 7.000 y 8.000, en una entrevista realizada el 26 de octubre de 2011, lo que luego reiteró el 16 de noviembre siguiente.

Es útil entender el procedimiento. Videla cuenta, Reato transcribe y pasa en limpio; Videla lee el texto, corrige las “inexactitudes” de su puño y letra, y Reato publica la versión retocada por Videla. La buena fe de ambas partes está fuera de discusión. El periodista comparte la voluntad del responsable militar de la represión por dar a conocer “los hechos”, y se propone facilitarle los instrumentos profesionales para que “la verdad” llegue a los lectores.

Y sin embargo, tanta escrupulosidad naufraga. Videla señala que el dato publicado (número de víctimas asesinadas bajo su responsabilidad, 7.000 u 8.000) resulta “falaz” y arriesga una explicación que limita la responsabilidad del periodista. Reato replica casi con dureza: “Dada la voluntad de Videla de clarificarlas, haría muy bien a la verdad histórica que él intentara precisarlas con la información que debe tener y la que puede reunir en los contactos que todavía mantiene con sus subordinados de aquellos tiempos.”

El convenio de trabajo entre Videla y Reato súbitamente se ha modificado. ¿Qué pasó? La interna militar se puso en marcha. Los oficiales con causas pendientes se sintieron traicionados. Una cosa es “confesar” ante la cúpula católica –que se calló prolijamente la boca, y sólo contesta exhortos judiciales– y otra bien distinta reconocer que las cosas fueron como se sabe.

Ejemplo paradigmático: el cuerpo de Mario Roberto Santucho, responsable máximo del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Videla reconoció su ejecución, pero sostuvo que el destino final de Santucho era responsabilidad del jefe de cuerpo. Es decir, del entonces general Santiago Omar Riveros; el ex comandante de Institutos Militares, con arresto domiciliario por las condenas recibidas en virtud de los delitos cometidos en Campo de Mayo, según La Nación desplegó una “llamativa verborragia”. Riveros escuchó la lectura de los dichos de Videla y respondió: “Lo que (Videla) hizo fue un acto deleznable, vil y cobarde, me cabeceó el muerto, es una mendacidad absoluta y total, yo no podía dar ninguna orden al respecto.”

Ese es el punto. Sostiene Reato en La Nación:“(…) la forma de ocultar el cuerpo de cada una de esas personas quedaba a criterio del jefe de zona”. Recuerda la página 62 del libro, donde cita a Videla: “La responsabilidad de cada caso recayó en el comandante de la zona, que utilizó el método que creyó más apropiado.” Ahora se entiende, no importa que el discurso militar se caiga en pedazos, y requiera ser restaurado. Todo intento de aggiornarlo sirve para que las “responsabilidades penales” queden a la vista (“me cabeceó un muerto”) y Riveros no está dispuesto a hacerse cargo de nada. Eso fue lo que le prometieron: impunidad total, ningún oficial sería molestado nunca, más allá de lo que hubiera hecho.

EL AFFAIRE LEDESMA. En el bosque de los signos la marca Blaquier equivale a poder omnímodo. Las leyes no los obligan. Los pobladores que se enferman de dolencias respiratorias causadas por el bagazo (desecho de la caña de azúcar) nunca han podido obtener en el hospital local un diagnóstico que diga “bagazosis”. Esa enfermedad está proscripta, sin embargo Libertador-Ledesma sigue siendo la localidad de América con el promedio de vida más bajo: 43 años. Los Aredez fueron los primeros que resistieron a los Blaquier.

Luis Aredez
era “un mediquito zurdo” que tenía el “gesto demagógico” de recetar remedios caros para los obreros del ingenio, según lo definió el capataz Mario Paz en la película Sol de Noche, de Eduardo Aliverti. Por eso y por pretender que Ledesma pague impuestos desapareció sin más.

Nadie ignoraba nada, sólo que todos sabían: ¿el doctor Carlos Blaquier, preso? Imposible. Estamos hablando del presidente honorario de la Sociedad Científica Argentina, junto a Bernardo Alberto Houssay, Luis Federico Leloir y César Milstein, reconocido defensor de la política industrial del gobierno K, muy amigo del senador Gerardo Morales, en un reportaje “iconoclasta” Blaquier replica cínicamente a La Nación: “No tenemos que ejercer ninguna defensa porque nadie nos hizo un juicio. Hablan, pero si tuvieran pruebas nos habrían hecho un juicio.” Pues bien, la hora del juicio llegó y Blaquier corretea por Europa. No tiene edad ni hábito para la clandestinidad, de modo que más tarde o más temprano deberá “tocar el pianito”. Y cuando lo haga la igualdad ante la ley dejará de ser una interesante teoría jurídica para pasar a ser una valiosa práctica societaria.

Entre 1976 y 1983, rigió el estado de excepción en la sociedad argentina. La ley estaba en suspenso. El único derecho que se garantizaba era el de propiedad, y no en todos los casos por cierto. Por tanto, cuando un integrante de un grupo de tareas torturaba, violaba y asesinaba estaba sirviendo a la “patria”, mientras que, si un integrante de la Villa 31 sustraía un pasacasetes era sin más un peligrosísimo delincuente. Con el restablecimiento de los gobiernos parlamentarios la cosa no cambió demasiado. Y el juicio a las Juntas Militares, si bien puso en foco el problema, también sirvió para responsabilizar a los “militares” y desreponsabilizar a los civiles.

Sólo había víctimas y victimarios, los beneficiarios de la dictadura burguesa terrorista se volatilizaron. Esa siniestra fábula no hizo menos daño que la práctica terrorista. Educó a una sociedad en el sometimiento irrestricto al poder económico, a tal punto que lesionar cualquier “interés” comercial y la confiscación lisa y llana se volvieron sinónimos. Que un Blaquier deba responder en causa imprescriptible contiene implícito todo un curso de derecho civil, igual que la impunidad, pero de signo opuesto. Ya era tiempo.



7/3/12

EL RELATO



En las últimas semanas, distintos analistas de los medios y políticos de la oposición retomaron, con más fuerza, la teoría del “relato oficial”. Según esta premisa, el gobierno intenta construir una fábula que serviría, por un lado, para atraer a la opinión pública y, por el otro, para tapar los sucesos de la realidad. El concepto se extendió con singular rapidez e invade columnas, títulos y discursos: la nueva muletilla es "el relato".

En su columna en el diario Perfil del pasado domingo, el periodista Nelson Castro escribió, sobre el discurso de la Presidenta Cristina Kirchner ante la Asamblea Legislativa que es “un relato donde se mezclan datos verdaderos con otros que no los son" para "construir una visión del presente" y que sirve para que "las cosas buenas que hace el Gobierno tengan un aire épico”.

En el mismo sentido se expresó , también en Perfil, quien destacó una “evidente prevalencia de la retórica en detrimento de los hechos”, a la que calificó como una “ficción dicharachera”.

El diario La Nación puso particular énfasis en la palabra relato. Tanto así que tanto sus editoriales como muchos de sus columnistas, ya sean económicos, judiciales o políticos, centraron sus análisis en esa concepto. Joaquín Morales Solá, uno de los referentes del medio, definió al discurso presidencial como “una obra cumbre del relato”. En un mismo tono, se despachó Osvaldo Pepe, de Clarín y Eduardo Van der Kooy tituló su columna: “A pesar del relato, algo no anda bien”.

Esta misma matriz de pensamiento, se repite en algunos líderes de la oposición. La diputada de la Coalición Cívica y ex titular de ese partido, Elisa Carrió, sostuvo que “no hay gobierno; lo único que hay es un relato”. En la misma línea, el Jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, señaló: “Se creen su propio relato de ficción y se han alejado de la gente”. Por su parte, el titular de la UCR, dijo que la gestión de Cristina Kirchner “es igual que el modelo menemista, pero con un relato diferente”.

En la última edición de la revista Veintitrés, el filósofo Ricardo Forster, el periodista Alejandro Horowicz y el escritor y director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, opinaron sobre qué es el “relato” y cómo este concepto es utilizado por los grandes medios y la oposición.

«No hay proyecto de Nación sin un relato que le imprima a su itinerario un desde dónde y un hacia dónde. El problema no pasa por aceptar o no este mecanismo cuasi literario sino en creer que el relato todo lo puede ante una realidad que nada tiene que ver con lo que ese mismo relato señala como supuestamente verdadero. Es absurdo pretender sostener un modelo de país a través de una fábula, por más brillante que esta pueda ser, expuesta a los ojos de la opinión pública sin ningún correlato con la realidad y sin haber provocado cambios sustanciales en la sociedad», explica Forster.

«El relato puede darle espesura y sentido a una etapa histórica y habilitar los complejos y muchas veces enigmáticos mecanismos capaces de promover la empatía entre un proyecto político y amplios sectores populares pero lo que no puede hacer es inventar aquello que no existe ni darle entidad verídica a lo que sale del sombrero del mago».

Sobre los que usan esa categoría Forster opina que «creen, porque suelen vivir en el interior de una burbuja, que las mayorías populares son irreflexivas, ingenuas o simplemente masa amorfa de maniobras especulativas de saltimbanquis y aventureros de la política capaces de inventarles un relato que nada tiene que ver con sus vidas reales... Desprecio, altanería de clase y diversas formas de la injuria antipopular se cuelan por ese tipo de argumentación», dijo Forster.

Por su parte, Horowicz sostiene que «el relato forma parte de la lucha por la representación hegemónica que existe en todos los períodos históricos. Un debate no es otra cosa que un contrapunto de relatos».

En tanto, González realiza una explicación exhaustiva del término: «La expresión relato, como antes el concepto de discurso, o de texto, o de narración, proviene de la crítica literaria de los años ’60 y ’70. Son parte de lo que en los círculos académicos se conoció como “el giro lingüístico” de las ciencias humanas. Y en segundo término, del auge de las ciencias de comunicación, que a partir de los años ’80 señalaron a vastos públicos que los encuadres, montajes, tomas y ediciones crean un tipo especial de realidad, que no es la realidad especulativa, ni la realidad cotidiana, ni la realidad de la imaginación personal, sino otra realidad. Una realidad de orden tecnológico que sin embargo tiene una absoluta capacidad de reduplicación y diseminación, llamada “realidad mediática”, que por el efecto de malas teorizaciones y pobres usos políticos y periodísticos, terminó siendo llamada el ‘relato’».

«El kirchnerismo percibió la cuestión mediática con toda la fuerza que tenía en oportunidad del conflicto en torno a la resolución 125. La idea de ‘relato’ surgió en esos tiempos con el valor que hoy tiene y es difícil decir quién la lanzó primero al ruedo», afirma González.


«El nivel peyorativo en que está colocado ahora el debate argentino es asombroso. Es así que la palabra relato, usada por todos, y con la que no se puede acusar al gobierno que encubrió realidades o hizo pasar gato por liebre, pasó a ser sinónimo de engaño, mistificación o teatralidad en falsete. No hay perforaciones del relato porque en verdad esta palabra ya no tiene circulación ni sentido, triturada por las fábricas peyorativas de los laboratorios políticos argentinos».



FUENTE



17/9/11

El GOLPE del 16 de SEPTIEMBRE de 1955








Era un ejercicio de pedagogía gorila. ¿Su sentido? Brutal y simple: estamos dispuestos a todo; quien nos resista debe saber que no sólo tendrá que matarnos, sino que nuestro cadáver será el de la sociedad existente.

Es decir, defender el gobierno peronista suponía –desde esa lectura militarmente condicionada– saltar el cerco. El mensaje fue perfectamente asimilado. Nadie (en las filas del oficialismo, salvo quizás John William Cooke), se propuso ir tan lejos.

Cinco días antes del bombardeo, la oposición política había marchado unificada bajo las banderas vaticanas, movilización de Corpus Christi, dando así cobertura política al atentado. El bombardeo enfureció a los sectores populares (quienes identificaron sin vacilar al responsable político, la Iglesia Católica) y las consecuencias no se hicieron esperar, el 17 de junio una docena de iglesias y el edificio de la Curia Eclesiástica de la capital fueron incendiados. El pato de la boda fue la biblioteca: 80 mil volúmenes ardieron alegremente, mientras los manifestantes entonaban cantos furibundamente anticlericales.

En Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sabato pintará – años más tarde, con la paleta del espanto gorila– el nivel de violencia que ese conflicto contenía. La divisoria de aguas era tajante: de un lado el movimiento obrero, sin su jefatura burocrática; del otro, una fracción militar; en el medio, el grueso de las Fuerzas Armadas. Los demás escuchaban la radio y leían los diarios.

Todo el juego de la reacción pasó por ensanchar la fracción golpista y neutralizar a los oficiales legalistas e indecisos. Conviene no equivocarse, en términos militares el cuadro favorecía ampliamente al general Perón, eso sí, la conciliación no tenía cabida. Perón podía aislar a la Marina, contaba con el Ejército y la Aeronáutica, pero debía aplastar a los responsables del levantamiento. Sobre todo, cuando las víctimas civiles carecían de toda justificación militar. El bombardeo masivo se hizo minutos después de la captura y rendición del responsable de la intentona. Si el vicealmirante Toranzo Calderón hubiera sido fusilado, lo que no presentaba ninguna dificultad jurídica, la respuesta hubiera sido clara. Como tal cosa no sucedió, y el 15 de julio el presidente anunció que “la revolución había terminado”, los conspiradores entendieron: Perón no se proponía derrotarlos militarmente, sólo intentaba librar las diferencias –como siempre había hecho– en terreno parlamentario; en el preciso momento en que la oposición había cambiado de estrategia. ¿El motivo? No creía poder ganar las siguientes elecciones, más allá de cuál fuera el candidato del oficialismo. Mayoría y peronismo eran todavía una misma cuestión.

EL TIEMPO Y LA ESTRATEGIA. La conspiración militar en curso no estaba unificada. En los hechos no lo estaría jamás. Sin embargo, los conspiradores nuclearon 3.000 comandos civiles, y los defensores del gobierno no. Unos usaron el tiempo en armarse para combatir, mientras Perón intentaba aplacar los ánimos; como parte de esa política renunció a la presidencia de su propio partido. El asombro no fue pequeño. No se trató, como sostuvo Jorge Abelardo Ramos en Revolución y contrarrevolución en la Argentina, de una medida “antiburocrática, sino de un grave error de apreciación. La renuncia del General equivalía a desconocer que era el jefe de una fracción. En lugar de asumir el conflicto intentaba ubicarse por “encima” de las fuerzas en pugna, como presidente de todos los argentinos. El equilibrio que años anteriores le había permitido hacerlo estaba definitivamente roto. La Marina lo había roto, y no admitía vuelta atrás. Es cierto que los nuevos dirigentes partidarios eran mejores que los antiguos, que sólo actuaban nominalmente en un aparato puramente administrativo, pero se trataba de un fenómeno secundario. Aunque Cooke asumió la dirección del partido en la Capital, no podía llamar a la movilización general, porque si lo hacía enfrentaba abiertamente la conducción de Perón. Y el cambio de dirección partidaria sólo tendría el sentido que Ramos le atribuyó, si hubiera estado en condiciones de organizar la resistencia activa al golpe.

Para que una conducción alternativa fuera posible, la Confederación General del Trabajo debería haber estado en otras manos, y el partido peronista se habría tenido que parecer más al laborismo del ’46. Un partido basado en los sindicatos, con una conducción capaz de reproducir el 17 de octubre del 1945 podía defenderse; no era esa la situación.

Por eso, oscuramente, el desorden y la inorganicidad de la conspiración gorila de septiembre, nunca preocupó a los partidos del derrocamiento. Era un lujo que se podían costear, dado que Perón permitió a los opositores usar la radio y exponer sus puntos de vista. Arturo Frondizi replicó sin vacilar: la UCR rechaza la pacificación, salvo que el gobierno pasara a otras manos. La renuncia de Perón era entonces la propuesta implícita. Simple, alcanzar los objetivos del golpe sin darlo. Los trabajadores, en las fábricas, comenzaron a temer y callar. La patronal registraba, a diario, el cambio en las relaciones de fuerza. Entonces, Perón intenta su maniobra final: aterrorizar verbalmente a sus antagonistas.

El 31 de agosto ofrece su “retiro”. La CGT responde en el acto con una concentración, para que el General revea la medida. Dieciocho horas más tarde, Perón apareció en el histórico balcón de la Casa Rosada para rugir: “Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos”. La amenaza era terrible, pero no podía producir el efecto deseado: evitar la lucha, ya que los golpistas estaban dispuestos a la guerra civil, y el general no organizó ninguna respuesta armada.

En los tres meses que mediaron entre el atentado terrorista de la Marina y la insurrección militar de Córdoba, utilizó 75 días en retroceder, pacificación mediante; recién el 31 de agosto convocó al famoso “cinco por uno”, y después de haberlo lanzado no dio cauce organizativo a semejante violencia verbal. El presidente seguía confiando en el Ejército, y esa confianza prueba que su registro del cambio político resultaba inadecuado. Entonces, el general Eduardo Lonardi se insurreccionó en Córdoba, solo, el 16 de septiembre. La tesis política de Lonardi era sencilla: bastaba con abrir un foco de dos o tres días para que los leales defeccionaran. Perón sólo podía sobrevivir si el contraataque resultaba fulminante. En tal caso el golpe tendría un tercer capítulo, y aunque los golpistas fueran derrotados, el gobierno estaba muerto.

El primer peronismo había estallado.

Debemos admitir que ese correcto oficial católico, sin demasiadas luces, en esta oportunidad tuvo razón. Eso sí, su victoria no sería todavía la de la Libertadora. Sería preciso que el general Pedro Eugenio Aramburu lo derrocara, para que el nuevo curso resultara históricamente definitivo.

16/09/11


Nacimiento del segundo peronismo



La posibilidad de derrotar electoralmente al primer peronismo no formaba parte de las expectativas del arco opositor en 1955. Mayoría electoral y peronismo todavía eran una misma cosa. Las elecciones presidenciales de 1958 remitían a una sola pregunta: ¿quién sería el candidato del oficialismo? Ninguna de las respuestas posibles –un dirigente tradicional como el almirante Alberto Teisaire o un cuadro iconoclasta como John William Cooke– tranquilizaban al bloque de clases dominantes. De modo que el recambio electoral estaba cerrado.

Ese no era, por cierto, el único inconveniente. El debate de la cuestión petrolera mostró que no se trataba de un problema político sencillo. El gobierno había negociado un acuerdo con una de las siete hermanas, la Standard Oil de la familia Rockefeller, con un objetivo: evitar la importación de petróleo, y compensar así la merma de divisas duras aportadas por las exportaciones agrarias.

El Parlamento se dividió dejando en minoría al gobierno. La Unión Cívica Radical, capitaneada por Arturo Frondizi, acusó de entreguista al oficialismo. Y el propio Cooke, desde su semanario De Frente, impulsó una eficaz campaña contra el acuerdo. Conviene recordar que la reforma constitucional impedía la enajenación del subsuelo, por tanto, se requería de una ley del Congreso y no de un simple decreto presidencial para poner en marcha ese acuerdo. Los precios internacionales de los granos, por su parte, al finalizar la Guerra de Corea, volvieron a caer; y la necesidad de reequipamiento industrial se hacía sentir. Entonces, la inyección de dólares para sostener el programa de sustitución de importaciones requería –desde la perspectiva del gobierno y de la oposición– del decisivo aporte de la renta petrolera.

Ese no era, por cierto, el único debate. Una sociedad cuyos valores compartidos seguían siendo idénticos a los defendidos por la Iglesia católica de anteguerra debía ponerse a tono con su tiempo: el mundo exprimentaba una creciente laicización, y en medio de la revolución sexual y el rock and roll, los valores tradicionales enfrentaban una crisis inocultable. La misma Iglesia no había podido evitar el viraje hacia el liberalismo político, lo que no era poca novedad tras su alineación con las potencias del Eje y, por tanto, había lanzado su propio programa político de masas anticomunistas: la Democracia Cristiana.

A fines de 1954, el peronismo organizó la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). En Córdoba la juventud católica, particularmente pía (y decididamente gorila), se lanzó provocativamente a integrar jóvenes en abierto desafío al gobierno, tras prohibirles a los propios sumarse a la UES. No era una decisión menor del Arzobispado.

El general Perón respondió con una batalla en regla. Promovió una ley de divorcio, al tiempo que propuso separar la Iglesia del Estado, es decir, modificar el fondo y la forma de la Constitución, cosa que no hizo en 1949. La manutención del clero dejaba de ser una cuestión de Estado, al tiempo que separaba a los capellanes del cuadro de oficiales. Al tomar estas medidas casi en seco, sin un adecuado debate público previo, al enfrentar la movilización opositora mediante métodos burocráticos policiales, enajenó una fracción militar cooptada por el conservatismo religioso. Ese puente facilitó el paso de oficiales hacia la oposición política, y fue la jerarquía católica, a través de la línea de capellanes militares, el instrumento eficaz.

El 16 de junio de 1955, el vicealmirante Toranzo Calderón se insurreccionó sin obtener el respaldo de su fuerza. Sería teóricamente reprimido por nada menos que el contralmirante Isaac Rojas. Toranzo Calderón era el jefe adecuado para dirigir un atentado terrorista, pero no para encabezar la Marina. No se trataba de un marino típico, sino de un ex oficial del Ejército incorporado con la creación de la Infantería de Marina. En otras palabras: Rojas lo eligió para atentar contra la vida del presidente de la República (ese era el objetivo explícito del bombardeo), que era un oficial superior del Ejército. Cinco días antes, toda la oposición marchaba bajo las banderas vaticanas durante la conmemoración de Corpus Christi.

Repasemos los hechos. El 16 de junio a las 10:30 horas, Toranzo Calderón inicia el ataque. ¿Cómo entender un suceso tan cruel? ¿Podría leerse así: “Hemos elegido como enemigo al presidente para matarlo. Quien se ubique en el terreno del enemigo será tratado como si fuera Perón. Para vencernos será preciso matarnos, y quien nos mate no solo deja atrás nuestras chaquetillas ensangrentadas, sino los despojos de la sociedad burguesa. Hablamos en serio, por eso nuestra proclama no es un texto sino el bombardeo de la Plaza de Mayo”.

¿Como respondió el Poder Ejecutivo? La participación de la CGT en la defensa del gobierno no existió. Héctor Di Pietro, secretario general adjunto, puso todo su empeño en que así fuera. Sin embargo, la furia popular estableció la relación entre Plaza de Mayo y la Iglesia católica incendiando esa misma noche una docena de templos. Una multitud que todavía se siente victoriosa escucha al presidente. Perón dice en tan dramática oportunidad: “Nosotros no estamos predicando la lucha, ni la guerra; estamos predicando la paz. No queremos matar a nadie, no queremos perjudicar a nadie”.

El presidente intentó avanzar con su propuesta pacificadora renunciando a la presidencia del PJ. Asimismo, el gobierno autorizó al jefe de la UCR a pronunciarse por radio y televisión. Frondizi produjo una pieza que se puede sintetizar así: el radicalismo rechaza la pacificación. ¿El motivo? La pacificación no podía ser la defensa del gobierno legal, porque la UCR no era capaz de ganar las próximas elecciones. Entonces, si Perón no renunciaba, el golpe estaba expedito.

Antes el gobierno había lanzado el último intento serio de negociación con la Iglesia católica: prorrogar por 180 días la convocatoria de elecciones constituyentes. La jerarquía eclesiástica se ocupó de llevar a largas las tratativas secretas para facilitar el pase del cuadro de oficiales católicos al golpe.

Al presidente Perón no se le escapó el nuevo escenario político. Ni la Iglesia, ni el radicalismo habían aceptado la pacificación, de modo que sólo quedaba el enfrentamiento. El 31 de agosto envió una nota a la dirección del Partido Justicialista y a la CGT ofreciendo su “retiro”. La oposición se desconcertó: ¿Perón renunciaba? Desde el balcón, como en sus mejores días, el general rugió: “Y por cada uno de nosotros que caiga, caerán cinco de ellos”. La amenaza era terrible, pero al no articular ningún dispositivo para llevarla a cabo era sólo una fórmula vacía.

El 7 de septiembre todo quedó brutalmente claro. La CGT ofreció sus 6 millones de afiliados al general Franklin Lucero, quien se apresuró públicamente a rechazar la oferta. La víctima de la martingala no era el estado mayor del Ejército, sino los trabajadores de a pie. En verdad, la carta brava de Perón era simple, creía que sus camaradas lo iban a sostener, ya que el cuerpo de oficiales era mayoritariamente legalista. De modo que la hazaña del general Eduardo Lonardi resultó épica, o el desmoronamiento del gobierno fue casi independiente de las escaramuzas que victoriosamente libró el decidido oficial.

Comencemos la crónica esencial. Lonardi cruza el portón de la Escuela de Artillería cordobesa. El jefe de la guarnición no era un insurrecto, su segundo no militaba en las filas de los golpistas, aun así Lonardi lo capturó en la cama (el coronel Turconi dormía) y logró neutralizarlo. Ese es su primer triunfo: Turconi aceptó que un oficial sin tropas deviniera uno con tropas marginándose de la lucha. El coronel no fue rebelde, tampoco fue leal, bastó que facilitara la entrega de la guarnición. Un oficial decidido hubiera podido abortar el juego y los insurrectos hubieran alcanzado la primera plana de los diarios, pero la indecisión de Turconi no obedece tan sólo a características personales, es una indefinición sistémica.

Es posible sostener: Lonardi tuvo suerte, puesto que un coronel particularmente débil se enfrentó con un general particularmente fuerte; pero cuando se comprueba la repetición de la misma operación queda al desnudo la labilidad de esa línea explicativa.

El general Lonardi expresa la perspectiva del bloque de clases dominantes y tantea los caminos para adueñarse de un ejército que no controla desde los tiempos de Justo. Y el coronel Turconi, un burócrata armado que reconocía en la voz del general la legitimidad del amo, dudó… Bastaba.
Ese general tenía sobrados motivos para luchar y vencer; este coronel, muy pocos para arriesgar su vida y su lugar en la institución. No se trató, en consecuencia, de una suerte genérica, ni de problemas de personalidad, sino de la relación entre el cuadro de oficiales y el gobierno, entre los militares y el general Perón. Nadie está dispuesto a morir en defensa de la legalidad, si cree que la nación está por encima de la legalidad. Y esa era la perspectiva política del cuadro de oficiales y del propio Perón. Por eso venció Lonardi en el primer round.

El segundo se inició el 13 de noviembre, a menos de 60 días del levantamiento, cuando el general Pedro Eugenio Aramburu ocupó el lugar de Lonardi, y el jefe de la hazaña épica fue desplazado sin lucha por un militar mucho mas parecido al coronel Turconi que al general Lonardi. Aramburu fue incapaz de levantar con su presencia Curuzú Cuatiá; en última instancia no hizo falta. Dicho con rigor, todo el mecanismo mediante el cual Lonardi fue conquistando la mayoría militar no requirió de ninguna batalla decisiva, bastaron una serie de escaramuzas que permitieron que el pequeño núcleo inicial se expandiera como una mancha de aceite. En realidad, no estamos analizando una insurrección, sino un gigantesco ejercicio de propaganda armada. El objeto del ejercicio es simple: remplazar, evitar una batalla decisiva. Pero la victoria propagandística de Lonardi abonó la victoria política de Aramburu. Es decir, Lonardi vence al ejército rehecho por Perón desde 1946; Aramburu toma ese ejército vencido y transforma su derrota en programa político para una nueva fuerza armada.

Ese nuevo ejército muestra su orientación definitiva pocos meses más tarde, el 9 de junio de 1956, en los basurales de José León Suárez, primero, y fusilando al general Valle, que se entrega confiando en la palabra de sus camaradas, después. En Azul y Blanco, Marcelo Sánchez Sorondo supo señalar en ese acto un corte trágico en la historia nacional. El segundo peronismo, fundado en la derrota de 1955, acababa de nacer.

16/09/10



4/8/11

Disciplinar la Corte Suprema de Justicia






Una suerte de linchamiento mediático, contra Eugenio Raúl Zaffaroni, ha fracasado. El intento de provocar su renuncia, a caballo de una avalancha bostiferante de insinuaciones malévolas, no prosperó. Es un dato políticamente relevante; la eficacia de la prensa comercial amarilla, para esta clase de engendros, todavía puede medirse en el impacto del affaire Schoklender. Del comportamiento de Sergio Schoklender no vacilaron deducir el de Madres de Plaza de Mayo, y por carácter transitivo bastardear el capital moral de los organismos de Derechos Humanos.

Golpear a Zaffaroni, como parte del intento de mellar el prestigio del máximo tribunal de justicia, continúa la misma lógica disciplinante. Tiene que quedar claro: todos somos iguales, esto es, todos somos la misma porquería. Zaffaroni y Madres, la biblia y el calefón.

Si todo alcanza la misma coloratura, las diferencias carecen de sentido, sólo se trata de negocios en conflicto, y las estratagemas para realizarlos forman parte de los usos y costumbres del mundo amoral. Después de todo, el mismo Goldman and Sachs, que prestara dinerillos a Clarín, no vaciló en “dibujar” la situación financiera griega –que bordea el default– como parte de su estrategia de colocación de títulos en el euro mercado. Entonces, una mentirilla por acá, una estafa por allá, y todo sigue… igual que en el mundo globalizado.

Esta lectura facciosa intenta organizar un paradigma comunicacional inspirado en el reality show. En ese furioso intento de volver a separar las palabras de las cosas (que el fin de la impunidad comenzó a restablecer, gobierno K mediante), queda condensada la estrategia de la regresión política: volver al 2001.

Pero los reflejos políticos de parte de la dirigencia restablecieron el principio de realidad. De la oficialista y de la otra. “Nos costó mucho tener una Corte como esta”, sostuvo Ricardo Gil Lavedra, diputado de la UCR, abogado y funcionario judicial de relevancia, poniendo las cosas en su lugar. La legítima lucha que Gil Lavedra libra con el gobierno nacional no justifica cualquier cosa. Tampoco en la oposición todos son iguales. A juicio de Gil Lavedra, Eugenio Zaffaroni “es una persona con una larga trayectoria y es uno de los juristas más grandes de la Argentina”.
Es una verdad dicha con reticencia, pero las condiciones políticas la vuelven particularmente significativa. Hace falta tener cierto valor para desdecir a Elisa Carrió y Eduardo Duhalde, y al jefe de su propio partido. Y sobre todo, para concluir elípticamente que el ataque a Zaffaroni contiene un ataque a la Corte.

Un poco de historia. La prensa comercial nunca fue gran cosa. Basta recordar el tratamiento que la aparición de cualquier movimiento popular (radicalismo, peronismo, u otro) obtuviera en los medios gráficos, para constatarlo. Tanto Yrigoyen como Perón –en su primera campaña electoral– lograron un rechazo casi unánime.

Décadas de omnipotencia sin contrapeso alguno hicieron que el menor deseo del bloque de clases dominantes fuera una orden para el gobierno de turno y los medios. Entre 1975 y 2001, más allá de las formas, el interés del bloque de clases dominantes resultó el único interés legítimo.

El estallido de 2001 no cambió per se el modelo, mostró que el anterior no daba para más. Para sobrevivir, el nuevo gobierno restableció la relación entre los delitos y las penas, puso fin a la impunidad sistémica, permitió que la política no fuera tan sólo el menú de negocios imperante.

Esta elementalísima ecuación terminó siendo una revolución copernicana.

¿Dónde se mide la “revolución”? En la furia. La furia desatada al interior de los poderes constituidos –esos que Carrió denomina graciosamente contrapoderes– alcanzó, durante el enfrentamiento campero, el rango de lo inenarrable.

Ante la batalla electoral de octubre, con resultado cantado y posibilidad de una nueva profundización democrática, los poderes constituidos juegan su única carta: igualar para abajo.
Por eso, la figura de Zaffaroni recobra su tranquila relevancia, ya que nos ayuda a pensar las diferencias. Esto es, impedir que la política vuelva a ser una calesita de funcionarios intercambiables para ejecutar la misma política.



28/2/11

Democracia política y sindicatos





Que José Pedraza, secretario general de los ferroviarios, esté preso, y que Gerónimo Venegas, secretario general de los peones de campo, no lo esté, plantea una pregunta: ¿por que Pedraza sí, y Venegas no?

La primera respuesta puede ser simple: Venegas no sólo dirige el UATRE, además es el secretario general de las 62 Organizaciones, y Pedraza disfruta de las prebendas del desguace ferroviario, un negoción que no otorga singular poder político. Con un añadido, en las esposas puestas por orden judicial en las manos de Venegas, los demás dirigentes sindicales vieron las de cada uno; en las de Pedraza, un hecho de sangre –la muerte de un joven militante del Partido Obrero– construye la divisoria de aguas. Venegas les resulta discursivamente defendible, Pedraza ya no.

Pero un asunto más importante debiera quitarle el sueño a la dirección política del peronismo: ese orden sindical resulta compatible con este orden político. El tema remite a prejuicios históricos consolidados. Dos bloques, de distinto peso específico, quedan materializados. Para uno, los sindicalistas peronistas son la encarnación corrupta de una aspiración demagógica: vivir bien trabajando muy poco. Para el otro, la mera crítica a esa dirección supone un ataque al movimiento obrero organizado. ¿Los argumentos? Para el primer bloque, el peronismo supuso la ruptura de la disciplina laboral, la patronal perdió el control sobre el proceso productivo y se trataba de restablecerlo. Para el otro, las virtudes del sindicalismo quedan patentizadas por la naturaleza de sus enemigos.

Entre estas dos simplificaciones navega el movimiento real, que a lo largo de cuatro décadas cambió de opinión sobre el valor de los sindicatos. Antes de 1975, su prestigio era inequívoco. A comienzos de los ’70, el surgimiento de una nueva profesión, las modelos publicitarias, supuso la construcción de otro sindicato: la Asociación de Modelos Argentinas; y un cambio no pequeño: las docentes que habían rechazado su condición de trabajadoras aceptaron finalmente ingresar a la CGT. No era poco.

El derrumbe del prestigio de la militancia a manos de la dictadura burguesa terrorista, acompañado por el comportamiento cómplice de parte significativa de la dirigencia sindical, alimentó otro viraje. Al odio gorila tradicional, anterior al ’76, se sumó el rechazo contestatario.

El ’76 supuso una derrota histórica para los trabajadores; derrota que pagó con miles de militantes muertos y un giro copernicano: del plan económico de Pinedo, y sus variantes, al de José Alfredo Martínez de Hoz, y las suyas. Una sistemática regresión impulsada por el bloque de clases dominantes.

La democracia parlamentaria, con Raúl Alfonsín, impulsó los sueldos un 35%. A partir de 1984 comenzaron a reducirse inflacionariamente, y 13 paros generales no evitaron su derrumbe histórico. Del ’83 al ’89, la participación asalariada se mantuvo en el peor escenario posible: reducción del salario, acompañada de la caída de la productividad del trabajo. En 1989, el salario real representaba apenas el 62% del de 1970, o sea la mitad del cobrado en 1974.

Juan M. Graña y Damián Kennedy, investigadores del CONICET, sostienen que la “estabilización nominal lograda por la Convertibilidad produce una leve recuperación del poder adquisitivo del salario, revertida por el crecimiento de la desocupación, la precarización laboral y el estancamiento económico”.

El movimiento obrero organizado se fragmentó, incapaz de resistir la avalancha neoconservadora del menemismo que había apoyado a lo Pedraza y resistido a lo Moyano. Había lugar, en consecuencia, para recortar el poder adquisitivo, y con la explosión de la convertibilidad la devaluación devoró “las remuneraciones reales más de un 30%, entre 2001 y 2003, marcando un nuevo mínimo histórico”, sostienen Graña y Kennedy. Así, en 2003, el salario real superaba apenas la mitad del de 1970, y equivalía al 40% del de 1974. Todo el proceso de crecimiento actual –25%, como promedio estadístico, para esta investigación– apenas llegó en 2006 (último dato confiable para esa investigación) a retrotraer la caída de diciembre de 2001.

Mirando el proceso de punta a punta (1970 – 2006) surge que detrás del deterioro de la participación asalariada, se encuentra el esperable incremento de productividad no transferido a salario, pero también la reducción lisa y llana del costo laboral: la productividad creció 17%, el costo laboral cayó un 10%.

Este es el balance numérico que integra el pasivo sindical. En estas condiciones, los viejos sobrevivientes de las 62 Organizaciones –núcleo histórico del peronismo posterior al ’55– llegaron a un punto sin retorno. Cuando se produce el conflicto con la Mesa de Enlace –con motivo de las retenciones móviles impulsadas por la resolución 125– Venegas, secretario general del UATRE –gremio que nuclea a los trabajadores rurales– no sólo no se pronunció en defensa de los intereses de los trabajadores, sino que se plegó a las posturas de la Sociedad Rural. Con un añadido: Venegas es, además, secretario general de las 62 Organizaciones.

De modo que, ante el primer conflicto de envergadura entre el gobierno K y los dueños de la tierra, el referente político de los trabajadores peronistas saltó el cerco. Una mirada atenta a los nombres de los 30 dirigentes que integran la directiva de las 62 permite extraer 7 altamente significativos: Juan José Zanola (preso), Jorge Viviani, Luis Barrionuevo, Armando Cavalieri, Hugo Moyano, José Rodríguez y Amadeo Genta. A nadie se le escapa que en el único lugar donde estos dirigentes pueden estar juntos es donde no hay que decidir nada, o en un geriátrico, ya que se trata de hombres que técnicamente debieran estar jubilados y no encabezando sindicatos.

Eso no es todo. Barrionuevo milita con los enemigos del gobierno, Moyano es el principal respaldo sindical de Cristina Fernández. Algo queda claro: las 62 Organizaciones dejaron de ser un instrumento político, sin que otro lo haya remplazado. Los trabajadores no hacen política, sino como ciudadanos, en el cuarto oscuro. Y ese es el punto: la dirección sindical apalanca políticamente sus negocios particulares, y como los trabajadores no hacen política, sus “dirigentes” tienen absoluta libertad de maniobra. No son los empleados de Comercio los que deciden la alineación política de su sindicato, es Cavalieri según su leal saber y entender, esto es, sus propias conveniencias disfrazadas de política.

En esas condiciones, las luchas reivindicativas buscan y encuentran distintos cauces de expresión. Cauces que no necesariamente remiten a la “ideología” de sus dirigentes, sino a su aptitud para defender intereses circunscriptos. El peronismo perdió el monopolio del movimiento obrero, los trabajadores, cuando eligen dirigentes, esperan resultados, y si responsabilizan a los dirigentes por no obtenerlos, no tienen más remedio que volver a elegir.


Dicho al galope. Este orden sindical hace ruido en un orden político que exige conducciones crecientemente democráticas. Y en ese punto, conviene no equivocarse: los militantes de base del movimiento obrero, más allá de su adscripción ideológica personal, cuando enfrentan camarillas enquistadas de gerontes sindicales, son objetivamente aliados de la renovación política.