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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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26/7/20

HÉCTOR GERMÁN OESTERHELD, EL ETERNAUTA



Un coleccionista de sonidos de Mar del Plata, compra unas cintas y las escucha para encontrar tesoros, perlitas, notas o reportajes de personalidades de distintas épocas.

Es su hobby.

De pronto descubre un reportaje que le hacen a Héctor Germán Oesterheld, y lo selecciona y aparta.

Busca el teléfono de sus nietos Martín Miguel Mórtola y Fernando Araldi y los llama dándoles la nueva.

¡Apareció un reportaje a su abuelo! (se entusiasmó)

¡Es que hay muy pocos registros de la voz de Héctor!

28/8/18

LA SEGUNDA RESISTENCIA




→
Dado el incalculable daño causado a la República por este gobierno, la verdad es que la respuesta popular ha sido hasta ahora muy prudente. El desastre económico y social (hambre, desempleo, destrucción del sistema productivo y provisional, y de la educación, salud y ciencia) ha alcanzado niveles que jamás nadie imaginó. Pero el presente ominoso que vivimos -siendo doloroso y desalentador- no por eso ha vencido al pueblo argentino ni mucho menos.

Y tampoco lo doblega el circo periodístico, pletórico de fotocopias dudosas y sin pericias caligráficas, que ofrece arrepentimientos insinceros arrancados a fuerza de chantaje judicial. Con lo que las “confesiones” son truchas porque los dizque “arrepentidos” son corruptos perdonados a cambio de acusaciones verbales y sin pruebas, como si el deshonor se lavara con el agua bendita de Comodoro Pro. Y encima no deja de ser llamativo que en la lista de empresarios coimeros que se autoincriminan diariamente ante el sergiomoro argentino sigue sin ser citado el Sr. Franco Macri. Ausencia más que notoria, impresionante. A menos que sea el único hiperempresario que jamás ofreció ni cobró una coima.

Pero sí es verdad que la organización de la oposición se ha demorado, en parte por la velocidad, audacia y heterodoxia con que el oficialismo impone decisiones, a la vez que siembra cizaña y miente con descaro. No obstante lo cual, aunque llevó más tiempo del deseado, la organización popular empieza a ser visible.

Obviamente no es un proceso concluído y su evolución es lenta y probablemente será dolorosa, porque el más grave daño moral infligido a la república por este gobierno es el odio que instalaron, que es un odio de clases, un odio gorila que genera resentimiento en los subsuelos de la Patria y hoy opera con la misma ferocidad que en los bombardeos criminales de otros odiadores, los de junio de 1955, que de hecho son los mismos, reciclados, porque estos son hijos y nietos putativos de aquellos oligarcas, igualmente corruptos y violentos.

Por eso quizás sea pertinente hablar de una Segunda Resistencia. Que, como hace décadas, se está gestando y será una tromba, aunque quizás todavía no se vea clara porque aún es tiempo de apechugar y tomar impulso.

Quizás muchos jóvenes ignoren qué fue la Resistencia Peronista, nombre con el que la Historia Argentina recuerda el enfrentamiento a las dictaduras y gobiernos civiles instalados a partir del golpe de estado que el 16 de septiembre de 1955 derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. Hasta el 25 de mayo del 73, cuando una gran victoria electoral llevó a la presidencia a Héctor J. Cámpora, fueron 18 años de lucha contra todos los gobiernos instalados mediante golpes de estado y elecciones con el peronismo proscripto.

Si hace décadas aquella Resistencia -que fue sindical, estudiantil, juvenil, barrial y cultural e incluso religiosa- tenía por objetivo el regreso de Perón al país y la realización de elecciones libres y sin proscripciones, la de hoy puede y debe ser mejor. Porque ya no es sólo peronista, ni kirchnerista solamente, sino que ahora hermana a todo el pensamiento nacional y popular, incluyendo a los muchos radicales que no se doblaron, a los socialistas de buena memoria que honran a Alfredo Palacios, a las organizaciones de la izquierda nacional y a decenas de colectivos que se plantan día a día frente a la canalla neoliberal, reclamando de manera pacífica el fin de este oscuro período de latrocinio y odio.

Es un pueblo el que se está plantando frente a los nuevos dictadores de este tiempo miserable. Es tiempo de optimismo, entonces, si como pensamos la Segunda Resistencia ha comenzado. Fragmentada y pacífica, pero consistente, ya se la ve en las calles, los muros, las fábricas, las plazas, los puentes. En el repudio y la puteada cada vez más sonoros. En los maestros y ahora en los estudiantes, una vez más vanguardia de resistencia. El universo sindical que con excepciones tiene vocación retardataria, se sumará más temprano que tarde. Y todo en paz, esta vez sin más armas que las ideas y principios libertarios, la convicción democrática y el anhelo de justicia, soberanía, trabajo y dignidad. Y con el sentimiento patriótico renovado, para enfrentar al coloniaje.

Esta Segunda Resistencia convoca a militantes de todos los orígenes, hermanados en el repudio a la mafia ejecutivo-judicial y en la comprensión de que el centro y eje de la cuestión pasa por una nueva Constitución Nacional. Lo que es buenísimo, más allá de que algunos lo celebren como si descubrieran el dulce de leche. En esta columna lo afirmamos muchas veces: desde el mismísimo 27 de abril de 1956, cuando por un así llamado “bando revolucionario” los dictadores de entonces anularon la CN más democrática, social e igualitaria de nuestra historia (la de 1949), hubo memoria por lo menos en juristas como Jorge Cholvis y Eduardo Barcesat, y ahora también en un colectivo de ciudadanos notables, entre ellos Raúl Zaffaroni, Julio Maier, José Massoni y muchos más que trabajamos por una nueva Constitución.

Que es un camino largo pero inexorable, desde ya, porque replantea todo, como señala El Manifiesto Argentino desde 2002: que la salud, la educación y la previsión social son irrenunciables, indelegables e innegociables. Que las políticas sociales son derechos. Que los únicos monopolios deben ser para defender recursos naturales, servicios públicos sociales y desarrollo de áreas estratégicas. Que los recursos naturales en todo nuestro territorio, en superficie y en subsuelo, son también irrenunciables, indelegables e innegociables, y no serán jamás garantía de endeudamientos o negociaciones financieras, y se anulará toda extranjerización. Que la soberanía será de doble carácter Nacional y de Unidad Latinoamericana, y que desde esa concepción la Argentina promoverá la paz con paz y no se integrará a políticas guerreristas internacionales. Que los derechos históricos, geográficos y jurídicos sobre las Islas Malvinas son inclaudicables. Y entre muchas otras disposiciones, que la transparencia de todos los actos públicos y/o de gravitación social será Política de Estado -de una buena vez- y se caracterizará por el control, lucha y castigo de toda forma de corrupción, para lo cual es prioritario -ab initio e in totum- declarar en comisión a todo el Poder Judicial.

Como toda resistencia política, pacífica y patriótica, es difícil pero es posible.. Y sobre todo es urgente y necesaria.


Por Mempo Giardinelli






→ ¿Cuál es el Plan, qué Programa levantaremos?

 

    ☼ La CONSTITUCIÓN del 49, que se irá perfeccionando con intervenciones de todo tipo, principalmente las del movimiento obrero, a través del tiempo.

Hoy, toda NUESTRA HISTORIA de PLANES, la CONSTITUCION y los PROGRAMAS PERONISTAS, se ACTUALIZAN en 27 PUNTOS del PROGRAMA DE LA CORRIENTE FEDERAL DE TRABAJADORES – CGT

Con el pueblo movilizado, para empezar la discusión sobre el plan, con el objetivo a llevar adelante para tener el país que queremos.

NECESITAMOS UN PROGRAMA PERONISTA


22/7/15

PUEBLOS ORIGINARIOS Y DEMOCRACIA





22 de julio 2015


5 meses de acampe de Pueblos Originarios en Av. 9 de Julio

Los derechos humanos continúan siendo violados por gobiernos con democracias formales y están sufriendo una crisis conceptual. Frente a las protestas sociales de pobladores e indígenas, los gobiernos, a veces nacional a veces provinciales, responden con represión, persecución y/o intimidación, judicializando las protestas por oponerse a la minería a cielo abierto y a los daños ambientales y la destrucción productiva regional. Políticas que provocan el éxodo de pobladores de sus territorios y el aumento de zonas marginales periféricas en las grandes ciudades, generando mayor pobreza y marginalidad.

El gobierno quiere la continuidad de su política de “proyecto nacional y popular” contradictoria, que entrega los bienes y recursos del pueblo a las empresas trasnacionales, como el petróleo, el gas, los minerales, y amplía las fronteras sojeras, los agro-tóxicos, las semillas robadas, la destrucción de la biodiversidad por empresas como Monsanto y la Alumbrera, la Barrick-Gold y Chevron entre otras, contaminan el ambiente generando enfermedades cancerígenas en los pueblos fumigados y pretenden implementar la minería por fracking en territorios ancestrales. Todos elementos que influyen sobre la situación de los pueblos originarios, ya que está en juego el territorio. Territorio de negocios para algunos, pero la Madre Tierra para los pueblos originarios.

Merced a todo esto los pueblos originarios están desde hace más de cinco meses en el acampe en Av. de Mayo y la 9 de Julio, reclamando ser recibidos por el gobierno nacional frente a las continuas violaciones de sus derechos por los gobiernos provinciales y la judicialización de las protestas sociales, siendo víctimas de la violencia social y estructural. El gobierno busca invisibilizar a los pueblos originarios con la complicidad de organizaciones nacionales y provinciales como el poder judicial de Formosa, el INAI- Instituto Nacional de Asuntos Indígenas y el gobierno de Formosa. Pareciera que enviar, como hace dos semanas, carros de asalto, la guardia de infantería, tanquetas y camiones hidrantes, para desalojarlos del lugar sin escucharlos y sin resolver sus problemas es parte del llamado “proyecto nacional y popular K”. Varios organismos de DDHH y organizaciones solidarias acompañamos a los indígenas en el acampe y logramos detener el desalojo por la policía.

El Cardenal Poli me llamó muy preocupado y, por pedido de la Iglesia, la Presidenta dio orden que los indígenas fueran recibidos por el Secretario de DDHH de la Nación, Martín Fresneda para tratar los reclamos planteados por las comunidades. En la reunión no se hicieron presentes el representante del INAI, y de la gobernación de Formosa.

Durante la reunión se trataron problemas medulares del conflicto como:

1.- Realizar nuevamente el relevamiento de los territorios indígenas, que se hicieron sin la presencia de las Comunidades y sus representantes, quitándoles territorios.

2.- Terminar con la judicialización de las protestas sociales de los pueblos originarios y la represión de que son objeto en Formosa como en otras provincias.

3.-Enviar un camión del Ministerio del Interior para que puedan sacar el DNI, ya que muchos integrantes de las comunidades no tienen documentos. Que la emisión sea gratuita y directa entre Nación y los indígenas, lo que facilitaría, una vez logrado el DNI, el reconocimiento de las comunidades y gestionar la Personería Jurídica.

La Secretaría de DDHH quedó en gestionar los pedidos y lograr la presencia de los responsables del gobierno de Formosa y del INAI en una próxima reunión, que esperamos a la brevedad, ya que en otras reuniones anteriores en el Ministerio del Interior no se logró avanzar en la solución de los conflictos existentes.

En el acampe hay muchas mujeres y niños, algunos de ellos con problemas de salud, necesitan apoyo y solidaridad del pueblo y que las autoridades atiendan sus demandas.

Sólo la decisión política puede resolver estas demandas, no la intimidación.

El Papa Francisco fue muy claro, pidió perdón por los daños y violencia contra los pueblos originarios en América cometidos por la Iglesia. Esperamos que la Presidenta y funcionarios del gobierno Nacional y de la Provincia de Formosa sigan su ejemplo con hechos concretos y las comunidades una vez resuelto los conflictos puedan regresar a sus provincias.


Adolfo Pérez Esquivel
Premio Nobel de la Paz




En 1980, Adolfo Pérez Esquivel recibió el Premio Nobel de la Paz por su compromiso con la defensa de la Democracia y los Derechos Humanos por medios no-violentos frente a las dictaduras militares en América Latina. En su discurso de aceptación, le afirmó al mundo que no lo asumía a título personal sino "en nombre de los pueblos de América Latina, y de manera muy particular de mis hermanos los más pobres y pequeños, porque son ellos los más amados por Dios; en nombre de ellos, mis hermanos indígenas, los campesinos, los obreros, los jóvenes, los miles de religiosos y hombres de buena voluntad que renunciando a sus privilegios comparten la vida y camino de los pobres y luchan por construir una nueva sociedad".








11/12/13

30 AÑOS







30 años de libertad

Tres décadas son apenas un suspiro en la historia de una sociedad. Sin embargo, se trata de un período inédito de vigencia ininterrumpida de la democracia en la Argentina.


Tal ha sido la dificultad para construir ciudadanía que enfrentamos los argentinos en estos 200 años de vida institucional.

Nos trajo hasta aquí un recorrido sinuoso, plagado de tropiezos. Con avances extraordinarios como el juicio a las Juntas y retrocesos penosos como las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, en esa lucha desigual que enfrentó al primer presidente del regreso de la democracia, Raúl Alfonsín, con el poder militar y el poder económico.

Pasamos por la década neoliberal, marcada por la pérdida de derechos y la destrucción del aparato productivo nacional, las privatizaciones y el oprobio de las relaciones carnales.

Y fuimos testigos de la peor crisis social de la historia moderna que se cocinó al fuego lento del achicamiento del Estado. Familias partidas –otra vez– ahora por la distancia. Jóvenes sin futuro que buscaban su destino en otro lado. La mitad de los argentinos pobres y un tercio sin empleo. Y el hastío a cualquier cosa que tuviera que ver con la política. Después llegó la recuperación económica y la política de Memoria, Verdad y Justicia con los juicios a los genocidas que les dieron sentido a las rondas de las Madres y la búsqueda incansable de las Abuelas.

También llegó la ampliación de derechos sociales, con la jubilación para todos, la Asignación Universal por Hijo, el plan Conectar Igualdad y el matrimonio igualitario, sólo por mencionar algunos. Treinta años después de la recuperación de la democracia, la Argentina sigue siendo un país desigual. Pero es, sin lugar a dudas, un país mejor.

Por primera vez en casi medio siglo, los hijos tienen expectativas de tener una vida mejor que la que tuvieron sus padres. Es difícil entonces no hacer un paralelismo entre la densidad de la democracia y la calidad de vida de los sectores populares. Está en nuestras manos, profundizar ese camino. Cerrar sin hesitar el paso a cualquier intento de condicionar a la democracia. Con participación popular y ejercicio democrático. Respetando las diferencias y trabajando sobre las coincidencias.

Por esta libertad que hoy tenemos, por los que vienen detrás, por los que ya no están y por lo que falta, que todavía es mucho.














17/10/12

EL SUBSUELO DE LA PATRIA SUBLEVADO













Con esta frase del título, directa y contundente, Raúl Scalabrini Ortiz definía admirablemente la conclusión de un proceso que habría de marcar un punto de inflexión en la historia argentina y de toda América latina. Punto de condensación de un proceso de cambios y profundas transformaciones de nuestra sociedad, a partir del 17 de octubre de 1945 la Argentina ya no sería la misma. La auténtica democracia había reclamado su protagonismo en el escenario político de la Nación, y por más que en el futuro su horizonte se presentaría oscuro y sangriento, acechado por las minorías de la propiedad y el privilegio, su semilla sobrevivió a los vendavales para madurar con paso decidido en los inicios del siglo XXI.  

Los antecedentes. La crisis del ’29 creó las condiciones apropiadas para el colapso de la primera experiencia de la democracia política en nuestro país. En la década de 1930, el drástico descenso del comercio internacional provocó el abandono de buena parte de las explotaciones agrícolas, forzando un proceso de migraciones internas hacia los suburbios de las ciudades más ricas del Litoral. Los recién llegados, procedentes del interior profundo de la patria, fueron catalogados como “cabecitas negras” o “aluvión zoológico”, según la definición del diputado de la UCR Ernesto Sanmartino.

El derrocamiento del presidente Castillo por parte de la logia militar GOU (¿Grupo de Organización Unificado?), el 4 de junio de 1943, como medida preventiva para evitar el acercamiento a los EE.UU. que prometía su inminente sucesor, Robustiano Patrón Costas, inició un trienio inestable en la política argentina, consecuencia de los conflictos internos dentro de una gestión sin liderazgo definido y con profundas contradicciones ideológicas, que sólo consiguió sostenerse merced al aporte popular que le garantizó su secretario de Trabajo, el coronel Juan Domingo Perón. Conquistando el respaldo masivo de los trabajadores y de una vieja guardia sindical de origen socialista y sindicalista que lo reconoció como promotor de la democracia social en nuestro país, Perón impulsó diversas normas que garantizaron la dignidad y una drástica mejora en la calidad de vida de las grandes mayorías postergadas.

Sin embargo, el irrefrenable protagonismo político de Perón –quien para 1945 sumaba los cargos de vicepresidente, ministro de Trabajo y ministro de Guerra– resultó indigerible para sus competidores dentro del Ejército. Sus iniciativas (estatuto del peón, vacaciones pagas, leyes de maternidad y de accidentes de trabajo, mayores ingresos y estabilidad laboral) le sumaron el repudio de las clases medias y altas y de la aristocrática Marina. Esas resistencias se unificaban en el repudio compartido por los opositores sobre la informal relación afectiva que Perón había establecido con la actriz Eva Duarte, objeción que combinaba una pacata moralina con altas dosis de odio social.

La conspiración. La rendición de Alemania operó mágico efecto sobre las clases medias y altas porteñas. Llamativamente, las mismas fuerzas partidarias y corporativas que habían apelado al fraude y la violencia como sistema durante la década de 1930 –radicales antipersonalistas, conservadores, socialistas intransigentes y Sociedad Rural–, otros que la habían tolerado –radicales personalistas, demócrata-progresistas y socialistas–, y, finalmente, los comunistas que la habían sufrido en carne propia, se lanzaron en inédita manifestación en el mes de septiembre de 1945 para exigir el fin de la “dictadura fascista”, el apresamiento de Perón y la inmediata entrega del poder a la Corte Suprema.
La nutrida asistencia, compuesta por lo más selecto de la sociedad porteña, provocó inmediato impacto dentro de la Armada y de algunos jefes militares, encabezados por el general Ávalos, quienes trasladaron esos reclamos al presidente Farrell. Si bien coincidían en la exigencia de apresamiento de Perón, no conseguían elaborar una salida política consensuada. La entrega del poder a una Corte Suprema compuesta por conspicuos miembros del conservadurismo argentino implicaba el retorno a la situación de 1943 y era rechazada por varios miembros del GOU. Otros preferían el desplazamiento de Farrell y el establecimiento de un gobierno de transición, compuesto por una fórmula mixta cívico-militar.

Por entonces, Perón había sido trasladado a la isla Martín García, y no faltaban las voces que exigían su asesinato. Farrell, muy debilitado, soportaba la intromisión de Ávalos y del almirante Vernengo, quienes forzaron cambios en su gabinete, incluyendo a tradicionales figuras del conservadurismo. Simultáneamente, las conquistas obreras comenzaban a revertirse: el 12 de octubre fue declarado jornada no laborable sin remuneración.

El 17 de octubre, los trabajadores y Perón. Con el paso de los días se evidenciaba la imposibilidad de alcanzar un consenso entre la atomizada dirigencia cívico-militar. Las clases medias y altas redoblaban sus exigencias, al tiempo que el Partido Comunista ofrecía al general Ávalos –quien había trocado, en su consideración, de fascista autoritario a paladín democrático– la creación de milicias armadas con el fin de reprimir las demandas de restauración de su líder formuladas por el “malón peronista”.

La pérdida del rumbo político de los conspiradores avaló los crecientes rumores de un inminente retorno de Perón a Buenos Aires, por “razones de salud”, que se concretó el 17 de octubre por la mañana. Su llegada motivó el paulatino avance de compactas columnas obreras procedentes del conurbano, pese a que la CGT había dispuesto un paro general para la jornada siguiente.

Hacia la media tarde, la presencia masiva de más de 500 mil manifestantes en Plaza de Mayo forzó al presidente a buscar un entendimiento con Perón, descartando la represión a mansalva propuesta por la Armada. Perón formuló entonces una serie de exigencias sobre recambios del personal político, las FF.AA. y la jefatura policial, para finalmente trasladarse a la Casa Rosada. Desde sus balcones proclamó a esa “masa sudorosa y trabajadora” como portadora de la verdadera civilidad del pueblo argentino y reivindicó la jornada como una “verdadera fiesta de la democracia”, equiparable al 25 de Mayo de 1810. Por último, y ante la algarabía general, el líder se definió como el “vínculo de unión” que haría “indestructible la hermandad entre el pueblo, el ejército y la política”.






Sobre esa alianza, Perón concretaba la fundación mítica de una nueva Argentina. Si bien las interpretaciones de los contemporáneos son divergentes, todos coinciden en destacar el carácter fundacional del 17 de octubre. Mientras La Época destacaba que los “diarios encendidos a manera de antorchas resplandecen sobre la negrura nocturna celebrando la victoria popular”; el conservador Emilio Hardoy afirmaba, a su pesar: “¡Nueve días que cierran una época e inauguran otra!”. Y en tanto Jorge A. Ramos celebraba que “los obreros no eran ya esos gremialistas juiciosos a quienes Juan B. Justo había adoctrinado sobre las ventajas de comprar porotos baratos en las cooperativas”, Scalabrini Ortiz “presentía” que la historia estaba pasando junto a nosotros: “Lo que yo había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente”. La hora de la democracia real había sonado por fin en la Argentina. Consolidarla definitivamente era entonces, y sigue siendo hoy en día, la tarea excluyente de nuestra agenda.




historiador

17/7/12

VÍNCULOS: SINDICALISMO Y GOBIERNO






Desde sus inicios, el sindicalismo argentino estuvo marcado por las tensiones entre dirigencias burocratizadas y bases que nunca perdieron del todo su capacidad de desbordarlas. La persistencia de la burocracia habla de las limitaciones del movimiento obrero pero también de la utilidad que representa para el Estado y las patronales.




unque la orientación revolucionaria inicial del movimiento obrero argentino se fue debilitando a lo largo del siglo XX, no se trató de un proceso irreversible: en diversos momentos de la historia los trabajadores animaron luchas de gran radicalidad que consiguieron complicar la continuidad de la acumulación de capital. Para mantenerlas bajo control, desde muy temprano los diferentes grupos gobernantes buscaron una alianza con algún sector de la dirigencia sindical. Así, las características que el sindicalismo argentino tiene en la actualidad son el resultado de una historia forjada no sólo por los obreros, sino también por el Estado y las clases dominantes.

El comienzo

A inicios del siglo XX resultó evidente que la represión no era suficiente para contener la protesta. Por eso, el Estado fue desarrollando instituciones y técnicas propias para evitar que las disputas laborales se radicalizaran. Fueran de la corriente que fuesen, los activistas de base de entonces buscaban aunar en un mismo movimiento las demandas de todos los sectores y vincularlas con un proyecto de cambio radical. El Estado comenzó a responder a este desafío del modo inverso, reconociendo como legítimos algunos de los reclamos, atendiendo los de cada sector por separado y haciendo concesiones que demostraran que podían obtenerse mejoras sin necesidad de una revolución. Allí donde los más radicalizados buscaban construir un movimiento político de alcance general, el Estado debía responder transformando los reclamos en meras demandas sectoriales o corporativas, separadas unas de otras y sin relación con un objetivo político más amplio.

Pero para que esta estrategia funcionara, el Estado tenía que encontrar interlocutores entre los obreros, dirigentes que estuvieran más dispuestos a escuchar propuestas que a llamar a la revolución social. Así, Hipólito Yrigoyen acostumbró entablar diálogos directos con los sectores menos radicalizados y en ocasiones terció a su favor. Durante la década de 1930 se reforzó la función mediadora del Estado, mientras que su acción represiva se volvió más selectiva. Las corrientes anarquistas y comunistas pronto se vieron desplazadas por el crecimiento del sector apolítico o “sindicalista”, que fue habituándose a negociar con el Estado.

Los tiempos de Perón

La alianza con Perón permitió un explosivo crecimiento del movimiento obrero luego de 1945. La tasa de afiliación a los sindicatos aumentó de manera notoria y los mecanismos de negociación con el Estado se institucionalizaron. Pero el crecimiento tuvo también sus costos. Los sindicatos se transformaron en grandes y complejas estructuras que se distanciaron cada vez más de la realidad de los trabajadores comunes. En los inicios del movimiento, a comienzos del siglo XX, las entidades gremiales agrupaban un pequeño número de afiliados; tenían pocos cargos oficiales, que siempre eran ocupados por obreros militantes. Ninguno cobraba por ello un sueldo y habitualmente continuaban con su empleo como modo de ganarse el pan. Órganos pequeños y de alcance local, los sindicatos de entonces permitían que los afiliados pudieran tener una participación directa en las decisiones.

Todo esto cambió en los años cuarenta. Además de sus funciones tradicionales, los sindicatos pasaron a ocuparse de gran variedad de cuestiones relativas al bienestar obrero, como la provisión de alimentos baratos, servicios turísticos y de sanidad, etc. Además, las complejas negociaciones colectivas requirieron un cuerpo de asesores legales y técnicos. El tamaño que adquirieron muchos sindicatos, junto con la creciente complejidad de sus tareas, hizo indispensable la multiplicación de los cargos rentados, muchos no electivos. Los dirigentes –ahora una clase profesional que cumplía funciones de tiempo completo– se distanciaron cada vez más de la vida cotidiana de los trabajadores comunes. La democracia de base se volvió más bien la excepción, y los síntomas del malestar de las bases por esta “burocracia sindical” no tardaron en hacerse presentes.

De la resistencia al regreso de Perón

Tras el derrocamiento de Perón, el movimiento obrero iniciaría un camino de creciente radicalización. En ese contexto, tanto las dictaduras como los débiles gobiernos civiles de ese período necesitaban mantenerse en buenos términos con la burocracia sindical, la única que parecía capaz de aplacar la furia obrera. Arturo Frondizi, por ejemplo, buscó ganarse su apoyo promulgando una Ley de Asociaciones Profesionales, que volvía a poner en pie el modelo de sindicalismo que la Revolución Libertadora había tratado de desmantelar: la normativa reestableció el sindicato único por rama y abolió la representación de las minorías en los cargos sindicales, contribuyendo de ese modo a hacerles la vida más difícil a las listas opositoras que pretendieran disputar la conducción. Pero, más importante aun, estableció que los aportes de los trabajadores para sostener los sindicatos y las obras sociales serían compulsivos y automáticos: los empleadores tendrían la obligación de transferirlos a las entidades gremiales, que de ese modo se aseguraban el manejo de una enorme masa de dinero. La nueva ley aseguraba así a la burocracia sindical una estabilidad y un poder incluso mayor que el que había tenido en tiempos de Perón. Naturalmente, eso reforzó su vocación de mantener buenas relaciones con el gobierno, que por la misma norma se había reservado la atribución de retirar la personería a las entidades que se pasaran de la raya.

La burocracia sindical, sin embargo, no funcionó como un funcionariado al servicio del gobierno de turno. Por el contrario, siempre entendió que sus privilegios se mantendrían en tanto y en cuanto su papel de gerenciadora del conflicto obrero fuera valorado. Era fundamental conservar viva la “amenaza obrera”, pero en un nivel que pudieran mantener bajo control. Se trataba, entonces, de sostener un delicado equilibrio entre la presión y el compromiso, entre el dar rienda suelta a la lucha y volver a ponerla en caja. Y eso requería tanto tener bien aceitados los canales de diálogo con los funcionarios estatales, como impedir que desde las bases surgieran desafíos a la autoridad de los sindicalistas.

Así y todo, ni el talento negociador de la burocracia ni las ventajas que le ofrecía el Estado eran siempre efectivos para mantener a las bases bajo control. La presión desde abajo en estos años produjo la aparición de un sindicalismo más cercano a las demandas populares y más democrático. Hacia fines de los años sesenta, la burocracia debió enfrentar desafíos crecientes, que se producían tanto dentro de cada fábrica con la elección de comisiones internas y cuerpos de delegados más radicalizados, como en el más alto nivel de representación: por ejemplo, con la creación de la “CGT de los Argentinos” en 1968. A esto habría que agregar la aparición de algunos nuevos sindicatos “clasistas” y de dinámica asamblearia, como los célebres SITRAM y SITRAC.

El fin de la proscripción del peronismo en 1973 produjo una avalancha de luchas que con frecuencia desbordaban a las dirigencias. Perón, que comprendía desde mucho antes que el poder que ganaban las bases obreras minaba el suyo propio (incluso si los obreros se declaraban peronistas leales), reaccionó ampliando las facultades de la burocracia y ayudándola de varias maneras a retener el control. Promovió así una reforma al Código Penal para incluir como nuevos delitos la ocupación de fábricas o la “incitación a la violencia”. A fines de 1973 también hizo aprobar una modificación de la Ley de Asociaciones Profesionales que, entre otras cosas, extendía los mandatos de los sindicalistas de dos a cuatro años y les otorgaba poderes ilimitados para anular cualquier medida tomada por las comisiones internas, cuerpos de delegados o regionales. Si lo deseaban podían incluso expulsar a un delegado por “inconducta gremial”. Estas atribuciones fueron utilizadas dura y frecuentemente. Además, durante 1974 las conducciones sindicales fueron acentuando sus prácticas gangsteriles, empleando matones para amedrentar o violentar a trabajadores “díscolos” (incluso en colaboración con los grupos parapoliciales). Así la burocracia, que ya venía desempeñando el papel de contención de la lucha obrera, asumió por momentos un rol directamente represivo.

La era neoliberal

El pacto de convivencia que selló parte de la dirigencia sindical con el Proceso, precisamente en el momento en el que éste ponía en marcha reformas económicas que debilitarían notoriamente al movimiento obrero, era un anuncio de los tiempos venideros. El inicio de las privatizaciones de Carlos Menem estuvo marcado por una intensa resistencia gremial. Pero desde 1991 el gobierno puso en marcha una hábil negociación con la burocracia sindical para desactivarla. La conducción de la CGT y de los principales gremios recibió importantes prebendas y jugosos beneficios personales. Algunos gremialistas se acercaron tanto al mundo de los negocios que se habló de un nuevo “sindicalismo empresarial”.

La resistencia al neoliberalismo debió buscar otros carriles organizativos, generando interesantes realineamientos. Un ala disidente, liderada por Hugo Moyano, creó el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA), que enfrentó al gobierno pero sin salirse de los marcos de la CGT. Pero la novedad más importante fue la creación en 1992 de una nueva entidad con ambición de agrupar al movimiento trabajador a nivel nacional, por fuera de la CGT y en oposición al Partido Justicialista: la Central de los Trabajadores Argentinos (CTA). Se trataba de una organización bastante diferente a la CGT. Para empezar, las autoridades eran elegidas por voto directo de todos los afiliados. Además, se propuso incorporar no sólo a trabajadores, sino también a organizaciones de inquilinos, pequeños propietarios rurales y desempleados. La CTA fue la principal impulsora de varias huelgas generales y otras medidas de importancia de la resistencia al neoliberalismo. En 1994 surgió también la Corriente Clasista y Combativa (CCC), otra nueva entidad que pronto adquiriría gran relevancia en el mismo sentido.

2001 y después

El movimiento obrero tuvo un protagonismo relativamente menor en las luchas que precedieron y sucedieron a la rebelión de 2001. Paralizado por el azote del desempleo, fue eclipsado por la visibilidad que ganaron los piqueteros, las asambleas y la gente autoorganizada en las calles. Las luchas obreras de ese momento fueron defensivas y focalizadas, y con frecuencia se realizaron por fuera de los sindicatos. Las primeras fábricas recuperadas, por caso, surgieron sin ningún apoyo de sus entidades gremiales (como en el caso IMPA) o directamente enfrentándolas (como en Zanón).

Más tarde, con la recuperación económica, reaparecieron las luchas obreras de estilo más tradicional. Pero en ellas se hizo evidente cierto distanciamiento entre las bases y sus cúpulas. Un relevamiento reciente muestra que, desde 2007, alrededor de un 13% de los conflictos que suceden en el sector privado no están enmarcados en ningún sindicato. Por otra parte, entre los que sí lo están, se verifica una tendencia a que sean cada vez más los sindicatos de base y las seccionales (antes que las federaciones o las centrales) los que los motorizan.

En 2007 el 51% de los conflictos en el sector privado fueron promovidos por estas instancias, mientras que el año pasado el porcentaje ascendió a más del 78%. Una cantidad minoritaria pero significativa de todas estas huelgas y reclamos realizados por fuera de las estructuras sindicales o en sus niveles de base fue conducida por agrupaciones antiburocráticas, algunas de ellas de orientación izquierdista (aunque no necesariamente ligadas a partidos) (1).

Este tipo de expresiones es una prueba de la persistencia de uno de los rasgos característicos de la tradición gremial argentina: las tensiones entre dirigencias sindicales burocratizadas y bases obreras que nunca pierden del todo su capacidad de desbordarlas. Tal persistencia no debe causar sorpresa: de todas las elites dirigentes de Argentina, tanto estatales como corporativas, probablemente sea la sindical la que consiguió atravesar las turbulencias de 2001 con menor necesidad de recambio.

El gobierno kirchnerista, que ha dado muestras de vocación renovadora en otros ámbitos, prefirió hasta ahora más bien apoyarse en las viejas estructuras gremiales, antes que en los grupos que intentan renovarlas o en los movimientos sociales. Y nada indica que esta disposición vaya a cambiar en estos días.

Los sindicalistas siguen estando entre los sectores más desprestigiados del país. Algunas de las peores expresiones del “sindicalismo empresarial” de los años 90 siguen a la vista de todos.

Muchos dirigentes prestan sus servicios desmovilizadores cada vez que resulta conveniente, fijando “techos” a las demandas salariales o llamando al orden a sus bases. E incluso las prácticas gangsteriles y represivas siguen siendo moneda corriente, como pudo verse en los tiroteos recientes entre facciones de la UOCRA y en el asesinato de Mariano Ferreyra a manos de un grupo al servicio de la Unión Ferroviaria. Seguramente la persistencia de una burocracia sindical de estas características habla de las limitaciones del propio movimiento obrero. Pero también de la utilidad que encuentran en ella tanto el Estado como las patronales. Por más que cada tanto haya voces mediáticas, empresariales o políticas que cuestionen a los dirigentes vitalicios de tal o cual gremio, hasta ahora no hubo ninguna iniciativa seria para poner coto a las prácticas antidemocráticas por las que se mantienen en el poder.



1. “Conflictividad laboral: informe anual 2011”, Observatorio del Derecho Social (CTA), disponible en:

www.obderechosocial.org.ar/docs/anual_conflictos_2011.pdf




Ezequiel Adamovsky
Historiador.

Su último libro es
Historia de las clases populares en Argentina, desde 1880 hasta 2003,
Buenos Aires, Sudamericana, 2012.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur




11/7/12

POLÉMICAS SOBRE LA INDEPENDENCIA








Pocos meses antes de la crisis de 2001, más precisamente el 18 de julio, participé en una polémica sobre el Día de la Independencia que me gustaría rememorar, mencionando sólo las ideas expresadas en ella sin nombrar a sus interlocutores, porque las creo en plena vigencia y lo que vale es la discusión y no quién las dijo. En primer lugar, los participantes buscaban comparar el 25 de mayo con el 9 de julio y algunos afirmaban que el primero había sido un fenómeno revolucionario y el segundo un hecho más conservador. Lo que se discutía era que el 25 de mayo no significaba sólo la caída del rey de España sino también cubrir un vacío político poniendo en vigencia la soberanía popular como base de poder, mientras que el 9 de julio constituía un intento de control frente a la existencia de varias fuerzas provinciales centrípetas que planteaban sus propios proyectos, en especial Artigas en la Banda Oriental. Pero este tipo de análisis disminuye el valor de la guerra de la independencia, así como también el hecho de que la exigencia de declarar la desvinculación total de España vino del propio San Martín. De modo de sustentar que el país proclamara finalmente su autonomía política no tenía que ver con la sangre que entonces se estaba derramando para lograrla sino de un cálculo político interno.

Por otra parte, se afirmaba que San Martín no tenía un pensamiento progresista y por eso defendía como forma de gobierno la monarquía, cuando lo progresista en él era la idea misma de la independencia, que no estaba resuelta todavía en los campos de batalla y era boicoteada por muchos en Buenos Aires que le negaban su ayuda. Del mismo modo, cuando se comparaban los propósitos de San Martín con los de Alvear, bien llamado “carrerista de la revolución”, se señaló que la opción de aquellos que en aquel momento planteaban como fundamental no tanto la independencia sino la alianza con Inglaterra –algo que Belgrano llamaba “cambiar amo viejo por amo nuevo”– era progresista. Recordé entonces que el empréstito Baring, de 1824, con los ingleses, constituyó el comienzo de una relación subordinada que nació muy temprano en Argentina y llegó para quedarse. Y hubo quien me respondió (hoy parecería una afirmación sorprendente) que era un desarrollo progresista vincularse con el mercado financiero internacional. En el caso de aquel empréstito, y de la mayoría de los que vinieron después, eso no resultó cierto sino que significó, como lo reconoce la casi totalidad de los historiadores argentinos y extranjeros, una verdadera estafa para el país, porque no dejó beneficio alguno y dio comienzo a un largo proceso de endeudamiento externo.

Keynes, que del imperio al que pertenecía conocía mucho, señaló en un brillante artículo que la fortuna de Inglaterra se había basado en un fabuloso botín que Sir Francis Drake le robó a España apoderándose de una flota de la corona rival que transportaba oro y metales preciosos de América al Viejo Mundo: habría sido ese hecho el que permitió salvar al reino de Isabel I, entonces en bancarrota. Calculando el monto resultante, invertido a una tasa de interés compuesta razonable desde aquella época hasta comienzos del siglo XX, pudo ser también el inicio de la transformación de su país en un imperio económico y colonial (Ensayos de Persuasión). Creo que Keynes simplificaba con cierta ironía una realidad que se produjo y por una multiplicidad de medios, no sólo el saqueo de una flota, y entre esos medios estaba el empréstito Baring.

En la polémica se sostuvo también una idea peregrina: que la Argentina se enriqueció a pesar del endeudamiento y las relaciones desiguales. Y yo señalaba, por el contrario, cuánto más habríamos progresado si se adoptaban, al igual que otros países de desarrollo similar (Canadá, Australia), caminos distintos, como el de la industrialización y el de un mejor reparto de las tierras (incluyendo a numerosos inmigrantes), que no se hizo, quedando éstas en manos de una pequeña elite que se apropió del poder político y sostuvo por mucho tiempo un modelo exclusivamente agroexportador.

La polémica terminaba con la misma crisis que ya acechaba al país y allí planteamos una crítica al proceso de privatizaciones, sobre todo de Aerolíneas Argentinas, ya en bancarrota, y de YPF, que representaba un recurso estratégico fundamental, como lo notamos hoy. Pero aquellas ideas en torno de la independencia del país que se discutieron entonces, premonitorias de la crisis que unos meses después vivimos, formaban parte de una cultura histórica donde lo que prevaleció fue la subestimación de todo interés nacional o, más directamente, la cultura de vivir dependiendo de otros o sometiéndose a factores o condiciones externas.

Un documento secreto del Foreign Office de los años cuarenta decía sin tapujos que “las clases dirigentes argentinas se creían una parte integral de la economía europea” (F.O. 6-2-1942). Hecho que se reflejaba en aquella época en la famosa frase del vicepresidente Julio A. Roca (h), quien llegó a sostener durante la firma del Pacto Roca-Runciman que “la Argentina desde un punto de vista económico debía considerarse parte del imperio británico”. Pero fue en la década del ’90 que los planteos de subordinación monetaria alcanzaron su máxima expresión con la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y, más tarde, durante la crisis de 2001 con las propuestas de dolarización de la economía y de su manejo por parte de expertos “externos”.

En el 2002, un historiador argentino desarrolló, en un congreso internacional de historia económica que se hizo en el país, una idea pergeñada por dos economistas del MIT, institución académica estadounidense: para salir de la crisis, la Argentina debía abandonar su soberanía financiera y económica por unos años. Aquellos economistas afirmaban “que no se renunciaba a la identidad y el orgullo nacional al aceptar que unos cuantos extranjeros” conduzcan la política económica. Para tal fin inventaron la variante de la “credibilidad importada”. Si Argentina quería tener acceso al crédito internacional y a una política monetaria sólida –decían– hay que traer un banquero central internacional reconocido para que conduzca la economía con un juego de normas estrictas. No es extraño que con esa larga historia que padecimos, y de la que ahora procuramos recobrarnos, exista todavía la cultura de una moneda extranjera que por supuesto no emitimos y constituye un elemento de presunto ahorro o fuga de capitales que deteriora nuestra economía externa.

Debemos recordar, finalmente, que los que impusieron por primera vez el control de cambios en la Argentina, que duró más de diez años, fueron los gobiernos conservadores de los años ’30 para hacer frente a la crisis mundial de entonces, aunque con una salvedad. Como decía en mayo de 1939, en una carta al editor del Times de Londres, J. A. Dodero, presidente de la Cámara de Comercio Argentino en Gran Bretaña, “en una época en que se reducen drásticamente los permisos de cambio para importaciones provenientes de muchos países, las mercaderías inglesas entran con un tipo preferencial de cambio”. Lo que estaba justificado –a su juicio– para que las firmas británicas pudieran aprovechar en su totalidad las oportunidades excepcionales que por razones tanto “sentimentales como económicas, los esperan en el mercado sudamericano más importante para Gran Bretaña, la Argentina”. Y Dodero finalizaba afirmando: “Las palabras made in England... son algo que todos los argentinos aprecian en su verdadero valor”.

Creo que ahora entendemos mejor las resistencias que tuvieron en su época, donde estas concepciones ya existían, San Martín y otros próceres para lograr el 9 de julio de 1816 la proclamación de la independencia del país.




19/6/12

ARTIGAS 248







José Gervasio Artigas nació el 19 de junio de 1764 en la ciudad de Montevideo.

Pertenecía a una familia cuyo origen se vinculaba a los primeros fundadores de dicha ciudad. De joven estuvo abocado a las labores del campo, circunstancia que le dio un conocimiento pleno de la realidad socio-cultural de la campaña. Luego, ingresó al regimiento de Blandengues de la Frontera donde se convirtió en oficial.

Cuando acontecieron las invasiones inglesas (1806 y 1807) Artigas participó en la Reconquista de Buenos Aires. En 1811, desertó del bando español cuando el nuevo virrey del Río de la Plata Francisco Javier de Elío desconoció a la Junta revolucionaria porteña creada en mayo de 1810. El gobierno revolucionario de Buenos Aires lo designó Teniente Coronel y su misión era provocar levantamientos en la Banda Oriental contra los realistas. Para este objetivo contó con una fuerza militar obtenida gracias a su influencia en la campaña oriental. El 28 de febrero de 1811, se inicia la revolución en la Banda Oriental: el episodio se conoce como “El grito de Asencio”. Poco después, el 18 de mayo obtiene una resonante victoria en “Las Piedras”, lo cual permite a Rondeau establecer el sitio sobre Montevideo. Pero, en julio de ese año, penetran tropas portuguesas en la Banda Oriental.

En Buenos Aires, la contrarrevolución se expresa en el primer Triunvirato, el cual pacta un armisticio, en octubre, con el virrey Elío, abandonando a Artigas a su suerte.

Ya convertido en Jefe de los Orientales, Artigas decide cruzar el Uruguay y asentarse en el Ayuí. Alrededor de 5000 hombres lo siguen en ese “éxodo oriental” o caravana “de la redota”.
A fines de año, Artigas y su gente vuelven a la lucha, ahora colaborando con Sarratea, nombrado Jefe del Ejército en la Banda Oriental. Pero éste soborna a algunos jefes, por lo cual Artigas decide desobedecerlo. Ante esta actitud del caudillo oriental, Sarratea lo declara “traidor a la patria”.

La instalación del segundo Triunvirato en Buenos Aires (1812) posibilitó la apertura de la Asamblea del año XIII el 31 de enero de 1813. Artigas decide reconocerla y envía diputados, en representación de los pueblos orientales, munidos de una serie de instrucciones originadas en el Congreso de Tres Cruces (5 de abril de 1813) que expresaban el pensamiento emancipador del caudillo oriental. En ellas, Artigas proponía la independencia absoluta de España, un sistema de confederación con las provincias, un gobierno central, republicano y federal, libertades en lo civil y religioso y que la capital de las Provincias Unidas debía establecerse fuera de Buenos Aires. Sin embargo, los diputados orientales fueron rechazados por la Asamblea argumentando el incumplimiento de formalidades. La verdadera razón del rechazo radicaba en que las instrucciones de Artigas contrariaban los planes del grupo liderado por el General Alvear que dominaba la Asamblea y podían aliarse al grupo que respondía a San Martín. El rechazo de los diputados orientales derivó en una nueva ruptura de Artigas con Buenos Aires. La respuesta del Directorio porteño fue declararlo traidor (ahora, por segunda vez) y fijar 6.000 pesos por su cabeza.

La personalidad de Artigas crece por entonces y obtiene el apoyo no sólo de la Banda Oriental sino también de Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba, constituyendo la Liga de los Pueblos Libres (1815). De esa liga Artigas fue su Protector y quien enarboló la lucha contra el centralismo de Buenos Aires cuyo puerto y comercio libre perjudicaban al resto de las provincias.
En esa época, Artigas alcanza su mayor poder como Protector de los Pueblos Libres, con sede en Purificación. Desarrolla, entonces, su programa revolucionario: entrega de tierras a los más desamparados (huérfanos, viudas, libertos, etc.) delimitando las extensiones para evitar la formación de latifundios, defensa de las producciones locales aplicando tarifas aduaneras a la importación de mercaderías extranjeras, liberación de los indios “pues deben acabarse los privilegios que nacen de la cuna”, apoyándolos para que elijan sus autoridades y se organicen democráticamente, libre navegación de los ríos para que se beneficien todas las provincias del litoral e instalación de diversos puertos, sistema republicano y federal. Asimismo, en carta a Bolívar, manifiesta su criterio de unificación de las patrias chicas.

Esta experiencia notablemente progresista se ve perturbada en 1815 por el ingreso de tropas portuguesas en el norte de la Banda oriental, dirigidas por el General Lecor. Esta invasión ha sido promovida por Manuel J. García, representante argentino en Río de Janeiro, en complicidad con el director supremo Pueyrredón, a quien Artigas protesta con vehemencia.

Hostigado por Buenos Aires y atacado por los portugueses, el caudillo oriental comprende la necesidad de transformar su guerra defensiva en guerra ofensiva. Así, el 1º de febrero de 1820 dos hombres de Artigas, los caudillos Estanislao López de Santa Fe y Francisco Ramírez de Entre Ríos, triunfan en la Batalla de Cepeda frente a las fuerzas directoriales porteñas, pero días más tarde Artigas, Jefe Supremo de los Pueblos Libres del Litoral, cae derrotado en Tacuarembó, el 29 de enero de 1820 ante los portugueses. A la derrota sigue una decepción: López y Ramírez sin consultar con Artigas firman con Buenos Aires el Tratado de Pilar (23 de febrero de 1820). De esta manera la guerra de liberación oriental quedaba trunca.

El disgusto de Artigas lo decidió a enfrentar a Ramírez quien además tenía un compromiso secreto por el cual su ejército se reforzaría con armamentos y dinero de Buenos Aires. Artigas, en su enfrentamiento con Ramírez, sufrió una sucesión de fracasos hasta que finalmente es derrotado en Rincón de Ábalos el 24 de julio de 1820. Paraguay dio al héroe oriental un exilio de treinta años.

Fallece el 23 de setiembre de 1850. Cinco años después sus restos fueron repatriados.
La Historia Oficial, en la Argentina, juzgó siempre a Artigas un caudillo bárbaro, atrasado, despótico, descalificándolo con los epítetos más negativos. Esto no se produjo casualmente, por supuesto, sino que respondió a la necesidad de descalificar al hombre que propiciaba una política peligrosa para los sectores dominantes, en tanto reforma agraria, elevación del indio, proteccionismo industrial, democracia y unión latinoamericana. La saña contra Artigas, que se advierte tanto en la historia de Mitre como en la de Vicente Fidel López expresa una política y el propio Mitre lo reconoce cuando, en carta privada a Vicente F. López, le expresa: “Ambos hemos tenido las mismas repulsiones contra los bárbaros desorganizadores como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente”.

Con el paso del tiempo –y ante la reivindicación del caudillo por parte de historiadores orientales- aquel viejo odio fue reemplazado con la deformación histórica: de caudillo bárbaro, Artigas pasó a ser “el fundador de la nacionalidad uruguaya”, en abierta contradicción con lo que Artigas sostuvo siempre: que la Banda Oriental integraba las Provincias Unidas siendo precisamente, la provincia oriental de las mismas, las cuales, además eran parte de la Patria Grande Hispanoamericana.


JUAN CARLOS NAVARRO
«LOS MALDITOS»
VOLUMEN II – PAGINA 69
Ediciones Madres de Plaza de Mayo



publicado por Pensamiento Discepoleano La Matanza


5/6/12

“FELIPE VARELA” y las POLÉMICAS






1
Declaración de Principios
Enero 2012


Convencidos de que estamos viviendo momentos de profunda transformación en nuestra Patria, así como en la mayor parte de nuestra América Latina y el Caribe, coincidimos en la necesidad de agruparnos en un Centro de investigación histórico-social capaz de profundizar la investigación y reinterpretar nuestro pasado, como requisito

indispensable para colaborar en la marcha hacia un futuro de justicia e igualdad para todos. No será tarea menor el estudio y señalamiento de procedimientos y mecanismos inherentes a la cultura de la dominación cuya finalidad reside en la colonización intelectual de quienes se supone deben sujetarse a los dictados de aquella.

Durante mucho tiempo ha prevalecido tanto aquí como en otras regiones de la Patria Grande, una interpretación del pasado elaborada desde la perspectiva de las clases dominantes ligadas a los intereses imperialistas. Así se nos construyeron héroes falsos con personajes que fueron represores del pueblo y entregadores de nuestros recursos y nuestra soberanía quienes, en defensa de sus privilegios, trabajaron en contra de nuestro progreso, y la justicia social. Esas minorías oligárquicas monopolizaron la información, controlaron las academias, colocaron sus apellidos en las calles y las plazas, impusieron sus falsedades en los colegios, en fin, crearon mentalidades coloniales para reasegurar nuestra condición semicolonial respecto a los imperios de turno.

Hubo sí, resistencia nacional, pero ocurrió que cuando los movimientos nacionales llegaron al poder, la revisión de la ideología colonialista no pudo lograrse en profundidad. A veces, se produjo una revisión con fuerte desviacionismo clerical que criticaba el presente pero idealizando el pasado. Ese nacionalismo de derecha fue denunciado por FORJA porque no era el canto de los padres frente a la cuna del hijo mirando al futuro, sino el rezo del hijo frente a la tumba del padre añorando el ayer. Otras veces, se nos trampeó planteando la discusión acerca de un solo personaje histórico, ya fuese para exaltarlo o para denigrarlo, en la vieja interpretación de Carlyle de que la Historia la hacen los grandes hombres y no los vastos y heterogéneos grupos humanos que componen las denigradas masas populares. O se redujeron los cambios a rectificar dos o tres sucesos importantes aislados, en el camino de la historia fragmentada que enseña minuciosamente los caracteres del árbol a condición de hurtarnos la visión general del boque. Así, discutimos últimamente acerca de una estatua en base a uno o dos sucesos, sin analizar profundamente las condiciones socio-políticos que condujeron a esos hechos, ni tampoco los ocurridos posteriormente que permitirían echar una luz más clara y correcta sobre el suceso analizado.

Nosotros creemos que ya es hora de afirmar contundentemente que nuestra historia tiene un protagonista fundamental que está constituido por nuestras masas populares, cuya lucha contra las minorías esclavizadoras, represoras y entreguistas vinculadas a poderes extranacionales, son las que han permitido el progreso histórico de nuestros países. Y que esa lucha debe ser vista en su continuidad, entendiendo como las masas populares, a través de distintos movimientos y hombres que han sabido representarlas, son las que han dado los mejores días a nuestras patrias chicas y a nuestra Patria Grande.

Ese protagonismo popular vive desde los pueblos originarios contra los conquistadores, desde los “chisperos” de la plaza de Mayo en 1810 contra la burocracia virreinal, desde las comunidades del Alto Perú contra la opresión y después, en las republiquetas contra el absolutismo, en la misma línea de los gauchos del noroeste y del artiguismo en la Banda Oriental. También en la lucha de indios, negros y mestizos que integraron el ejército libertador latinoamericano que llegó hasta el Perú tras el objetivo de la Patria Grande libre y unida. Igualmente, en la lucha de las montoneras, especialmente las del interior - desocupados en armas a causa de la libre importación de las mercaderías inglesas impulsada por la burguesía comercial porteña- y que exigían asimismo su participación en las rentas aduaneras del puerto de Buenos Aires, como también de aquellos hombres del autonomismo nacional del interior que pelearon en el 1880 para evitar el secesionismo bonaerense que pretendía constituirse en otro país con su puerto y su aduana desprendiéndose de lo que llamaban despectivamente “los catorce ranchos”.

Fueron después las denigradas chusmas yrigoyenistas que se levantaron una y otra vez para conquistar el sufragio libre y cercenar los privilegios del régimen “falaz y descreído” de la oligarquía conservadora y lo fueron también los calificados como “cabecitas negras” que se adueñaron de la Plaza histórica el 17 de octubre de 1945, para rescatar a quien había defendido sus derechos desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, para dar paso a una experiencia nacional de nacionalizaciones, planificación y deuda externa cero.

Lo fueron también en la resistencia y los estallidos sociales desde el Cordobazo en adelante y a través de la juventud, en su mayor parte, de la clase media, que sostuvo, más allá de lo discutible de sus tácticas, la propuesta de “la liberación nacional en el camino del socialismo nacional” contra la dictadura entregada a los yanquis, como también lo expresaron las heroicas Madres de Plaza de Mayo erguidas con coraje frente a la dictadura genocida.

Al mismo tiempo, obreros, campesinos, pueblos originarios y sacerdotes populares, así como también soldados nacionales y pequeña burguesías revolucionarias le daban a América Latina y al Caribe el rostro moreno y la bandera de la liberación en alto, destruyendo el ALCA y construyendo el UNASUR que está en nuestras raíces históricas más profundas.

Convencidos de ese protagonismo popular, comprometidos con el mayor rigor científico en la investigación –que no es sólo estadística, curva y cálculo matemático sino también tradición oral y emoción popular– y entendiendo que debemos recurrir a una figura popular e indiscutiblemente latinoamericana para designar a nuestro Centro hemos optado por quien levantó la bandera de la Unión Americana y se irguió heroicamente contra el mitrismo oligárquico: Felipe Varela.

Por estas razones nace así, hoy, el Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales Felipe Varela. A todos aquellos interesados en una revisión profunda, científica, que rechace todo oportunismo, toda ambigüedad, toda concesión a los grandes poderes mediáticos y a las academias, los convocamos a colaborar con nosotros, abriendo espacios para el intercambio con investigadores del interior (carácter federal) y con otros centros de estudios latinoamericanos, así como también realizar cursos, mesas redondas, ciclos de capacitación y difundir publicaciones.

Para quienes estén interesados les comunicamos que hemos formado una Junta Provisoria que se indica al final de esta declaración, que estamos abocados a la reglamentación interna y a la obtención de personería jurídica y que provisoriamente funcionamos en el local de la Corriente Enrique Santos Discépolo, Pasaje Rivarola 154, de esta capital, correo electrónico: estudioshistoricos.felipevarela@gmail.com



2
La necesidad de revisar la historia


La creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego” continúa promoviendo polémicas que provocan gran confusión, no sólo en el lector común sino incluso en la militancia del campo popular. Justamente en estos momentos de profundos cambios, cuando necesitamos mayor claridad y transparencia, nos encontramos con declaraciones contradictorias, posiciones vagas, calificativos insólitos, etcétera. Y esto debe aclararse porque, en el fondo, no estamos discutiendo cuestiones historiográficas sino políticas ya que, como sabemos, “la historia es la política pasada y la política es la historia presente”.

Tanto personalmente como al mismo tiempo en mi carácter de integrante de la Corriente Política Enrique Santos Discépolo, considero que la “Historia Social” no impugna a la vieja Historia Oficial –cuyos “héroes” predominan aún en los institutos de enseñanza, las estatuas, los nombres de las plazas, etc.– sino, como reconoce Halperin Donghi, “trata de ilustrar y enriquecer, pero no poner en crisis, con sus aportes, a la línea tradicional”, pues “el país debe enriquecer, pero también reivindicar la tradición política-ideológica legada por el siglo XIX”, es decir, el liberalismo conservador sustentado por el mitrismo. Asimismo, después de largos años de rendir culto al supuesto “rigor científico”, el mismo profesor ha confesado últimamente que no hay historia neutra al referirse a su obra: “Lo que no hice, y eso evidentemente, es muy objetable, pero es inevitable, es justificar la selección. Mi selección está hecha con mi criterio, es decir, lo que me parece importante. Ahora tengo una especie de adversario, el historiador nacionalista Norberto Galasso, que explica que para hacer historia hay una etapa en que se junta todo y otra en la que, desde una perspectiva militante, se explica la versión que a uno le gusta. Es una manera un poco tosca de decir lo que todos hacemos”. Y agrega: “Cuando hago una reconstrucción histórica de alguna manera, lo que es un poco desleal, es que eso lo tengo adentro, pero no lo muestro” (La Nación, 13/9/2008). Después de explicarle que no soy nacionalista sino que adhiero a la Izquierda Nacional, le contesté que celebraba su confesión porque, hasta ahora, “ellos, los historiadores profesionales”, eran “científicos” y nosotros, “curanderos”, y de allí en adelante resulta que inevitablemente todos somos “curanderos”, es decir tendenciosos (también le agregué que su referencia a mi estilo “tosco” se entiende porque en la militancia sólo se puede ser “tosco”, y si Agustín, mejor). Pero La Nación, rindiendo culto a “su” libertad de prensa, no publicó mi respuesta.

Dejo, pues, en claro que apoyamos la preocupación del gobierno por recuperar la conciencia nacional, por superar la interpretación liberal–conservadora de la Historia Oficial y la saludamos como una nueva expresión de la política que se viene realizando en distintos ámbitos, como el científico tecnológico, la unión latinoamericana, etcétera.

Esta aclaración resulta necesaria pues amigos y compañeros me han preguntado últimamente cuál es la razón por la cual no nos incorporamos al Instituto de Revisionismo Histórico “Manuel Dorrego”, atacado por los llamados “historiadores profesionales”, académicos y grandes grupos mediáticos. La causa reside en que desde el Centro Cultural Discépolo venimos trabajando desde hace muchos años en defensa de “La Otra Historia” (sobre la cual publicamos 30 cuadernillos allá por 1997 y 10 DVDs, últimamente, en coproducción con el Incaa) y hemos venido sosteniendo charlas-debate, polémicas y ciclos (como en el ND Ateneo, con 600 concurrentes) y que últimamente ha llevado a nuestro grupo a hacer capacitación en la Cancillería por invitación de ese excelente historiador que es Carlos Piñeiro Iñíguez, en agrupaciones militantes del campo nacional, en organizaciones sindicales, congresos docentes, etcétera. Asimismo hemos publicado cuatro tomos titulados Los Malditos, a partir de 2005, gracias al apoyo de Hebe Bonafini, en su editorial de Madres de Plaza de Mayo (y probablemente pronto lancemos un quinto tomo), donde recuperamos aproximadamente 500 argentinos silenciados por la clase dominante. El mismo grupo lleva ya tres años dando seminarios de Historia Argentina en el ámbito universitario y ha publicado, por encargo del director de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, profesor Mario Oporto, El Cronista del Bicentenario, que va por el número 6, destinado a las escuelas bonaerenses. De toda esta labor surgió, desde hace ya mucho tiempo, el proyecto de constituirnos en Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela”, en una línea de interpretación histórica que calificamos de federal-provinciana, latinoamericana o socialista nacional. Este Centro de Estudios se fue demorando, pero últimamente avanzamos en su concreción y se lanzará el próximo viernes 16 de diciembre (2011), en Rivarola 154, a las 19.30.

Resulta obvio que después de trabajar en equipo durante más de una década, carecía de sentido disolvernos para incorporarnos al nuevo Instituto, en el cual se advierte un espectro de posiciones muy amplio. Con él no tenemos problemas en trabajar conjuntamente, aun cuando algunos de sus miembros colaboren en La Nación y Clarín, lo cual no resulta de nuestro agrado, pero en la tolerancia propia de la vida democrática no impediría acciones en común, siempre y cuando quede en claro que el propósito no es conciliar con la historia mitrista, ni con la Historia Social, sino polemizar profundamente, con las ventanas abiertas para que ingresen los vientos populares, pues tanto la historia como la política no sólo se hacen con documentos y declaraciones sino con la vida misma a través de la militancia (nosotros salimos tres o cuatro veces por semana a dar charlas en el conurbano, donde estimamos hay más receptividad para nuestras ideas que, sin ánimo de molestar a nadie, en una universidad privada de ciencias o en las academias. Sólo de ese modo, llegando al pueblo, la historia cumple la función, como la poesía, de “ser un arma cargada de futuro”).

Por esta razón preferimos continuar trabajando con el mismo criterio con que lo venimos haciendo desde el “Felipe Varela”, que funcionará como una colateral de la Corriente Política Enrique Discépolo, cuyo apoyo al gobierno nacional –desde una perspectiva independiente– es público a través de nuestro mensuario Señales Populares.

De modo tal, resumiendo, que los campos están claramente delimitados. El mitrismo y sus descendientes, la Historia Social, los autodenominados “historiadores profesionales”, entre los cuales hay algunos valiosos, pero que en general no se caracterizan por importantes investigaciones, están en la vereda de enfrente a la nuestra. El nuevo Instituto Dorrego, en la medida en que integra la Secretaría de Cultura de un gobierno nacional y popular como el que preside Cristina Fernández de Kirchner, se colocará, a través de sus publicaciones y actos, en la misma vereda nuestra, aunque en muchas cuestiones tendremos interpretaciones no coincidentes (por ejemplo: Moreno-Saavedra; Rosas-el Chacho y Felipe Varela, etcétera).

Si no fuera porque algunos son temerosos todavía de recurrir a ciertas figuras peligrosas diríamos que lo deseable y esperable es que ambos institutos “golpeemos juntos, pero marchando separados” para poner fin a las fábulas que todavía hoy confunden a los estudiantes, ya sea las provenientes del nacionalismo clerical, del pretendido neutralismo científico o de la “izquierda abstracta”. Ello ayudaría seguramente a la profundización del modelo en los próximos años.


Norberto Galasso
10/12/2011




3
Acerca del homenaje a Felipe Varela


El Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela” celebra el reciente homenaje al caudillo latinoamericano Felipe Varela, así como la oficialización de su ascenso a general y felicita a la Presidenta de la Nación Dra. Cristina Fernández de Kirchner por tal acto justiciero, precisamente en momentos en que la Patria Grande redobla esfuerzos para su reunificación. Avanzamos así en el proyecto de San Martín y Bolívar y en esa lucha que, según ella misma ha expuesto en su discurso, Varela, como ahora nosotros, nos oponemos “al centralismo porteño”, bregamos por “la unidad latinoamericana” y nos definimos contra “el mitrismo por la guerra genocida de la Triple Alianza que masacró al pueblo paraguayo”.

Sin embargo, como esta reivindicación ha sido acompañada, en el diario Página/12, del 5 de junio de 2012, por un artículo del presidente del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico “Manuel Dorrego” (ver General Felipe Varela, jefe popular y americanista, por Pacho O’Donnell) en el cual queda tergiversada la lucha del ahora General Varela, creemos necesario señalar ese error pues no se puede combatir las falsedades de la Historia Oficial mitrista y de la Historia Social ‘halperindonguista’ incurriendo en omisiones que restan valor y seriedad a la mencionada reivindicación.

En dicho artículo se afirma que el 10 de diciembre de 1866 –pequeño error: fue el día 6- Varela lanzó una proclama a toda la república: “¡Argentinos! El pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho y que en la desgraciada jornada de Pavón, cayó fatalmente en las manos ineptas y febrinas de Mitre, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaytí (...). Nuestro programa es la práctica de la Constitución, la paz y la amistad con el Paraguay y la unión con las demás repúblicas americanas”.

En esta trascripción se omite –al igual que lo hizo el Dr. José María Rosa en La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas- la primera parte de la proclama en la cual se define claramente el antirrosismo de Felipe Varela, quien al igual que el “El Chacho” Peñaloza –que se insurreccionó tres veces contra Rosas- consideraba que Rosas era también expresión del centralismo porteño.

Con el propósito de que las viejas “confusiones” no se reemplacen con “nuevas confusiones”, transcribimos la parte inicial de la proclama, omitida según señalamos: “¡Argentinos! El hermoso y brillante pabellón que San Martín, Alvear y Urquiza llevaron altivamente en cien combates, haciendo tremolar con toda gloria en las tres más grandes epopeyas que nuestra patria atravesó incólume, ha sido vilmente enlodado por el general Mitre, gobernador de Buenos Aires. La más bella y perfecta Carta Constitucional democrática, republicana, federal, que los valientes entrerrianos dieron a costa de su sangre preciosa, venciendo en Caseros al centralismo odioso de los espurios hijos de la culta Buenos Aires, ha sido violada y mutilada desde el año sesenta y uno y hasta hoy, por Mitre y su círculo de esbirros”.

Luego continúa, el texto original (sin repetir la palabra Argentinos): “El pabellón de mayo que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las ineptas y febrinas manos del caudillo Mitre -orgullosa autonomía política del partido rebelde- ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí. Cuiruzú y Curupayti”. (Esta última parte es la que transcribe en dicho artículo, pero se omite la primera donde queda claro el antirrosismo de Varela.

Dado que después del llamamiento a ¡Argentinos!, no se han puesto puntos suspensivos, el lector queda sin informarse de estas líneas de definición federal-provinciana o federal-latinoamericana.

Puede ser un olvido -aunque “olvidarse también es tener memoria” como decía José Hernández- pero es preciso aclararlo porque esta Argentina de hoy, de cabeza enorme –el litoral, con el puerto como centro- y cuerpo raquítico -todo el interior-, sólo se entiende por el triunfo del centralismo porteño –Rivadavia, Rosas, Mitre- sobre los caudillos federales del interior. Y esto es historia pero también es política, como ocurre siempre.

Por esta razón, juzgamos necesario, ya que se reivindica a Varela, hacerlo tal cual era, heredero de Facundo, del “Chacho” y abanderado de la Unión Americana contrario a la política de las burguesías de los puertos que, en connubio con las fuerzas imperialistas, despedazaron a esa Patria Grande de la Unión Americana que hoy se encuentra en franco camino de recuperar su libertad y su unidad.


Norberto Galasso
Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela”










29/5/12

La Victoria del Relato Popular





Tres hechos modifican los relatos posibles sobre la política de la dictadura burguesa terrorista en materia de la desaparición de personas: la discusión entre Jorge Rafael Videla y su amanuense, Ceferino Reato, sobre el número de asesinatos ejecutados bajo su responsabilidad; la citación judicial de Carlos Blaquier, presidente de Ledesma, para indagar la responsabilidad que le cupo en los episodios del 22 al 27 de julio de 1976 en el ingenio de su propiedad; y la admisión por parte del Episcopado de la autenticidad del documento publicado por Horacio Verbitsky en Página/12, del 6 de mayo (SECRETO DE CONFESION).


Tres hechos, un resultado: la victoria del relato popular, el relato de los organismos de Derechos Humanos queda en pie, los otros se derrumbaron.


Videla “confiesa” a la jerarquía católica el “método” puesto en práctica (captura, tortura, asesinato y desaparición de los cuerpos de antagonistas políticos) en defensa del orden occidental y cristiano. Treinta y cuatro años más tarde no caben dudas documentales; Emilio Mignone ya había demostrado analíticamente en Iglesia y Dictadura, la complicidad estructural de la jerarquía católica. Ahora sabemos que además se dedicaron a falsificar la historia, para impedir que los responsables políticos, entre otros la propia Iglesia, respondan ante la ley.

Investigaciones específicas permitirán determinar el papel de los 250 capellanes militares en las mazmorras de la dictadura, así como el rol de ciertos empresarios y las Fuerzas Armadas.

Avancemos con calma. Reato, según La Nación, aclaró que las entrevistas con Videla no fueron grabadas, porque “está prohibido ingresar con grabadores” al penal. Pero explicó que “tomaba nota de cada respuesta y luego las pasaba en limpio” y que el ex jefe militar pudo revisar todas sus respuestas, como consta en originales que conserva. “Es una técnica que utilizo con todos mis entrevistados cuando no puedo grabar las entrevistas”, explicó el periodista, al insistir en que le interesaba brindar a los lectores “las respuestas que efectivamente Videla quería dar, evitando errores e imprecisiones”. El ex dictador fijó la cantidad de personas desaparecidas entre 7.000 y 8.000, en una entrevista realizada el 26 de octubre de 2011, lo que luego reiteró el 16 de noviembre siguiente.

Es útil entender el procedimiento. Videla cuenta, Reato transcribe y pasa en limpio; Videla lee el texto, corrige las “inexactitudes” de su puño y letra, y Reato publica la versión retocada por Videla. La buena fe de ambas partes está fuera de discusión. El periodista comparte la voluntad del responsable militar de la represión por dar a conocer “los hechos”, y se propone facilitarle los instrumentos profesionales para que “la verdad” llegue a los lectores.

Y sin embargo, tanta escrupulosidad naufraga. Videla señala que el dato publicado (número de víctimas asesinadas bajo su responsabilidad, 7.000 u 8.000) resulta “falaz” y arriesga una explicación que limita la responsabilidad del periodista. Reato replica casi con dureza: “Dada la voluntad de Videla de clarificarlas, haría muy bien a la verdad histórica que él intentara precisarlas con la información que debe tener y la que puede reunir en los contactos que todavía mantiene con sus subordinados de aquellos tiempos.”

El convenio de trabajo entre Videla y Reato súbitamente se ha modificado. ¿Qué pasó? La interna militar se puso en marcha. Los oficiales con causas pendientes se sintieron traicionados. Una cosa es “confesar” ante la cúpula católica –que se calló prolijamente la boca, y sólo contesta exhortos judiciales– y otra bien distinta reconocer que las cosas fueron como se sabe.

Ejemplo paradigmático: el cuerpo de Mario Roberto Santucho, responsable máximo del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Videla reconoció su ejecución, pero sostuvo que el destino final de Santucho era responsabilidad del jefe de cuerpo. Es decir, del entonces general Santiago Omar Riveros; el ex comandante de Institutos Militares, con arresto domiciliario por las condenas recibidas en virtud de los delitos cometidos en Campo de Mayo, según La Nación desplegó una “llamativa verborragia”. Riveros escuchó la lectura de los dichos de Videla y respondió: “Lo que (Videla) hizo fue un acto deleznable, vil y cobarde, me cabeceó el muerto, es una mendacidad absoluta y total, yo no podía dar ninguna orden al respecto.”

Ese es el punto. Sostiene Reato en La Nación:“(…) la forma de ocultar el cuerpo de cada una de esas personas quedaba a criterio del jefe de zona”. Recuerda la página 62 del libro, donde cita a Videla: “La responsabilidad de cada caso recayó en el comandante de la zona, que utilizó el método que creyó más apropiado.” Ahora se entiende, no importa que el discurso militar se caiga en pedazos, y requiera ser restaurado. Todo intento de aggiornarlo sirve para que las “responsabilidades penales” queden a la vista (“me cabeceó un muerto”) y Riveros no está dispuesto a hacerse cargo de nada. Eso fue lo que le prometieron: impunidad total, ningún oficial sería molestado nunca, más allá de lo que hubiera hecho.

EL AFFAIRE LEDESMA. En el bosque de los signos la marca Blaquier equivale a poder omnímodo. Las leyes no los obligan. Los pobladores que se enferman de dolencias respiratorias causadas por el bagazo (desecho de la caña de azúcar) nunca han podido obtener en el hospital local un diagnóstico que diga “bagazosis”. Esa enfermedad está proscripta, sin embargo Libertador-Ledesma sigue siendo la localidad de América con el promedio de vida más bajo: 43 años. Los Aredez fueron los primeros que resistieron a los Blaquier.

Luis Aredez
era “un mediquito zurdo” que tenía el “gesto demagógico” de recetar remedios caros para los obreros del ingenio, según lo definió el capataz Mario Paz en la película Sol de Noche, de Eduardo Aliverti. Por eso y por pretender que Ledesma pague impuestos desapareció sin más.

Nadie ignoraba nada, sólo que todos sabían: ¿el doctor Carlos Blaquier, preso? Imposible. Estamos hablando del presidente honorario de la Sociedad Científica Argentina, junto a Bernardo Alberto Houssay, Luis Federico Leloir y César Milstein, reconocido defensor de la política industrial del gobierno K, muy amigo del senador Gerardo Morales, en un reportaje “iconoclasta” Blaquier replica cínicamente a La Nación: “No tenemos que ejercer ninguna defensa porque nadie nos hizo un juicio. Hablan, pero si tuvieran pruebas nos habrían hecho un juicio.” Pues bien, la hora del juicio llegó y Blaquier corretea por Europa. No tiene edad ni hábito para la clandestinidad, de modo que más tarde o más temprano deberá “tocar el pianito”. Y cuando lo haga la igualdad ante la ley dejará de ser una interesante teoría jurídica para pasar a ser una valiosa práctica societaria.

Entre 1976 y 1983, rigió el estado de excepción en la sociedad argentina. La ley estaba en suspenso. El único derecho que se garantizaba era el de propiedad, y no en todos los casos por cierto. Por tanto, cuando un integrante de un grupo de tareas torturaba, violaba y asesinaba estaba sirviendo a la “patria”, mientras que, si un integrante de la Villa 31 sustraía un pasacasetes era sin más un peligrosísimo delincuente. Con el restablecimiento de los gobiernos parlamentarios la cosa no cambió demasiado. Y el juicio a las Juntas Militares, si bien puso en foco el problema, también sirvió para responsabilizar a los “militares” y desreponsabilizar a los civiles.

Sólo había víctimas y victimarios, los beneficiarios de la dictadura burguesa terrorista se volatilizaron. Esa siniestra fábula no hizo menos daño que la práctica terrorista. Educó a una sociedad en el sometimiento irrestricto al poder económico, a tal punto que lesionar cualquier “interés” comercial y la confiscación lisa y llana se volvieron sinónimos. Que un Blaquier deba responder en causa imprescriptible contiene implícito todo un curso de derecho civil, igual que la impunidad, pero de signo opuesto. Ya era tiempo.