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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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25/5/20

BOUDOU: "CUANDO PASE EL TEMBLOR"





... La desgracia de un mundo donde el 1% de la población produce burbujas financieras porque ya no sabe en que gastar, mientras grandes mayorías no pueden resolver las cuestiones mínimas de subsistencia y las clases medias se ven sobre-endeudadas y restringidas es inaceptable...


10/2/14

INCENDIOS Y TIBURONES








La noticia excluyente de la semana fue, sin dudas, el horroroso incendio en Barracas, que podría pensarse que fue intencional. Porque no se explica cómo una empresa especializada en protección de documentos no pudo prever ni evitar un fuego gigantesco que produjo pérdidas totales. Además esa empresa, Iron Mountain, tiene antecedentes de otros grandes siniestros en sus depósitos de Ottawa, Londres y Nueva Jersey, y es por demás sugestivo que su presunto dueño sería el poderoso especulador estadounidense Paul Singer, titular del fondo buitre que detuvo casi tres meses a la Fragata Libertad en Ghana, que encabeza el rechazo a toda propuesta de resolución del canje de deuda, y que opera ante la Justicia y el Congreso de los Estados Unidos en contra de los intereses argentinos.

De ahí que, y quizá no casualmente, al día siguiente del incendio algunos senadores republicanos en el Congreso norteamericano fueron también flamígeros respecto de la Argentina, con motivo de la designación del nuevo embajador de la Casa Blanca en Buenos Aires.

Y tampoco dejó de llamar la atención el hecho de que el incendio del pasado miércoles se produjera horas después de que el Banco Central anunciara una investigación por fraude fiscal contra algunas grandes empresas por muchos millones de dólares.

Como sea, en medio del dolor por la tragedia que enlutó al país, fue patético ver al Gobierno de la Ciudad ocupadísimo en justificar las muchas horas que demoró en hacerse presente el jefe de Gobierno, Sr. Macri, quien parece tener el raro talento de estar siempre de vacaciones cuando ocurren las grandes tragedias.

Y enseguida y a la par –así son de veloces los acontecimientos en este país– buena parte de la ciudadanía empezó a organizarse para dar batalla por el control de precios, mientras un fiscal pedía que el vicepresidente Amado Boudou fuera citado a declarar ante el juez Ariel Lijo por la causa Ciccone.

Esto desató un vendaval periodístico y sobreactuados pedidos de renuncia por parte de desteñidos legisladores expertos en denuncias inútiles. Y aunque muchos consideran hoy que fue un error político la candidatura de Boudou en 2011, por ahora sólo está siendo sacudido por denuncias mediáticas no probadas y en tal sentido hay que ponderar su espontánea presentación del viernes ante el juez.

Otro tema menos resonante, pero de no menor importancia, fue la noticia de que bastante más al Sur, en Santo Domingo, pequeña localidad del centro sojero santafesino, se informó que las muertes por cáncer en su población aumentaron en los últimos veinte años el 300 por ciento. Como ya sucedió antes en San Jorge, Romang y otras localidades, ésa es otra forma de la tragedia argentina: el uso descontrolado de agroquímicos y los vuelos de fumigación rasante sobre ciudades y pueblos, práctica habitual ante el inexplicable silencio de todas las dirigencias políticas, oficialistas y opositoras.

Pero el tema central de los argentinos sigue siendo la devaluación, que no parece del todo detenida. En los tres últimos años, la relación peso-dólar pasó de 4 por 1 en enero de 2011 a 6,50 en enero de 2014, y ahora con el reciente salto a 8 por 1 la pregunta es cuánto tiempo quedará así. Enorme desafío para el Gobierno, sin duda, pero sobre todo preocupación cívica comprensible porque siempre, inexorablemente, la fijación de nuevos tipos de cambio modifica la distribución de la riqueza en perjuicio de las clases populares, que dependen del producto de su trabajo. La devaluación es siempre una degradación instantánea del salario, y así se comprobó en las últimas décadas con el empobrecimiento general de la población. Por eso, el Gobierno se preocupa por fortalecer el consumo y dispone medidas inclusivas, aunque más allá de su buena intención no hay garantías de que se logren los resultados deseados.

Para muchos es por eso preocupante cierto blando accionar del Gobierno frente a la guerra que le declaran a diario los grandes grupos económico–mediáticos y sus servidores políticos, sindicales y sociales. Por eso, ante el temor de que el gobierno nacional esté repitiendo un viejo error, en estos días se recordó y repitió mucho la célebre frase pronunciada en 1987 por Juan Carlos Pugliese, entonces ministro de Economía de Raúl Alfonsín: “Les hablé con el corazón y me contestaron con la billetera”.

Esto significa que los esfuerzos deberían ir más allá de las amenazas retóricas, si de lograr resultados se trata. Porque no se explica cómo van a sacar millones de toneladas de soja de los silos para exportación, sin aplicar a rajacincha la ley de abastecimiento, Nº 20.680. Y tampoco está claro cómo hará el Gobierno para ampliar su base de sustentación con quienes están decididamente enfrentados a los poderes monopólicos concentrados pero no son kirchneristas, aunque apoyan algunas de sus políticas. Ni cuándo se decidirán en la Casa Rosada a convocar a una mesa a los opositores para desbloquearlos, y así acordar posturas mínimas de consenso para enfrentar a los tiburones.

Porque está bien que todo el mundo sabe que a los tiburones no se los domestica. Pero no es con regaños cómo se los mantiene a raya.








26/1/14

LA PELEA X LA TORTA








Pocos meses atrás, el investigador de Flacso, Pablo Manzanelli, realizó un preciso análisis sobre parte de la política económica desarrollada por el Gobierno. Según señaló este especialista en estudios de posconvertibilidad, desde el año 2007 la progresividad en la distribución del ingreso comenzó a estancarse, con una participación de alrededor del 40% de la masa salarial en el producto bruto nacional.

“Ese parecería ser el límite distributivo que toleran los grandes grupos en la Argentina”, señaló, añadiendo que desde ese momento “las fracciones dominantes del capital plantearon una devaluación para reeditar el proceso de reducción de salario real de 2002, lo que entró en tensión con la política de ingresos del kirchnerismo”. De acuerdo a Manzanelli, “el Gobierno empezó a enfrentar a los sectores dominantes, y a plantear, en lugar de una devaluación, la reinversión de las utilidades para apuntalar la competitividad, el crecimiento y resolver los problemas de restricción externa”.

Así, es posible observar que durante los últimos años el Gobierno intentó delinear una política económica diferente a la que planteaban estos grupos concentrados –fundamentalmente ligados a la exportación–, y gran parte del arco político, económico y mediático opositor. Por eso, si bien se buscó evitar el dogma de la convertibilidad, las subas en el precio del dólar fueron mínimas, y crecieron siempre por debajo de los aumentos salariales, lo que permitió sostener, cuando no incrementar, el poder adquisitivo de la clase trabajadora.

No sólo los estudios de Manzanelli exhiben la decisión previa del Gobierno por evitar una fuerte devaluación. Cuando se intensificaron las presiones, las propias declaraciones del Gobierno reafirmaron este rumbo. El 6 de mayo del año pasado, la presidenta Cristina Kirchner señaló que “los que quieran ganar plata con la devaluación esperen a otro gobierno”. Poco tiempo después, el 11 de agosto, sostuvo que “tocar el tipo de cambio es devaluación, argentinos y argentinas, ¿y sabés dónde se te va tu salario cuando devalúan? Ya la vimos esta película”. Por último, el pasado 2 de diciembre, el ministro de Economía, Axel Kicillof, afirmó que el Gobierno no tenía en agenda “ni la caída de salarios ni devaluar tremendamente el peso”.

Si bien estas medidas permitieron sostener por varios años la cotización que el Gobierno buscaba para el dólar, por el otro no hicieron más que incrementar la presión por la moneda norteamericana.
Estas declaraciones sólo reafirmaban un rumbo tomado hacía tiempo, en el que debido a la fuerte presión por el dólar, paulatinamente se incrementó la intervención estatal para sostener las reservas y el valor de la moneda norteamericana, tanto por medio de la búsqueda de nuevas divisas como restringiendo también la salida de las mismas, acelerando paralelamente las minidevaluaciones del peso.

Si bien estas medidas permitieron sostener por varios años la cotización que el Gobierno buscaba para el dólar, por el otro no hicieron más que incrementar la presión por la moneda norteamericana, que en el último año tuvo su correlato en el fuerte aumento del dólar paralelo. La última de las medidas intervencionistas fue dispuesta el pasado martes, cuando la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) restringió la posibilidad de comprar en el exterior a través de internet y sin pagar impuestos a sólo dos transacciones anuales por operaciones de un total de 25 dólares.

Pero el miércoles, todo cambió. Por primera vez durante un día de fuerte presión, el Banco Central no intervino para frenar la cotización del dólar oficial. El resultado, un dólar que de 6,90 saltó a 7,15. El jueves, la autoridad monetaria pareció volver a actuar (o a no hacerlo) de la misma forma, aunque sobre el final de la jornada intervino y logró bajarlo de 8,40 a 8,01. No obstante, el saldo del día fue el de una devaluación aún más fuerte.

Por la mañana del pasado viernes, el Gobierno comunicó que se liberaría el dólar para atesoramiento, (más allá de que se supone que en condiciones reguladas, es decir, bajo justificación fiscal), y que disminuiría del 35 al 20% el anticipo del Impuesto a las Ganancias para la adquisición de divisas con fines turísticos o en compras en el exterior con tarjeta de crédito. La medida, junto a las tomadas en días anteriores, provocó incertidumbre en los especuladores, lo que implicó que el dólar paralelo bajara un peso (se comercializó a 12 pesos). Por su parte, el Banco Central volvió a intervenir, pero en esta ocasión para sostener el precio de la divisa norteamericana en 8,01.

Así, en los últimos tres días de la semana, se implementaron nuevas medidas de línea ortodoxa, es decir, de disminución de la intervención del Estado en la regulación, dejando que las fuerzas del mercado definan la cotización según la oferta y la demanda.
“No ha sido una devaluación inducida por el Estado. Para aquellos amantes del libre mercado, la oferta y demanda de divisas es la que se expresó ayer en el mercado de cambios”, reafirmó el jueves en rueda de prensa el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, dando por sentado también que el Gobierno dejó en libertad a este mercado. También Kicillof se pronunció el viernes al respecto, afirmando que “hay intereses muy fuertes atentando contra el proyecto económico. Ayer hubo un ataque especulativo contra el peso”.

Las acciones, y declaraciones, dejan en claro que el Gobierno tuvo siempre como estrategia de política económica evitar las fuertes devaluaciones, y su consecuente perjuicio sobre los ingresos de la clase trabajadora. Por eso, es altamente probable que las últimas medidas de gobierno hayan sido la reacción lógica y entendible ante un mercado que había logrado torcerle el brazo, antes que por una súbita nueva idea de país. Dirigir la economía de una nación, empero, no es sólo objetivos deseables, sino hechos. Y en los hechos, el Gobierno puede haber querido, pero no sabido, o podido, confrontar a los sectores concentrados para evitar la fuerte devaluación.









24/1/14

QUÉ PASA CON EL DÓLAR







Razones personales hacen que desde hace más de 3 años pueda participar de conversaciones con economistas que trabajan en el Estado Nacional, ninguno con responsabilidades relevantes, o mejor dicho, de los que toman decisiones. Que Argentina está en una situación de crisis en su mercado cambiario no es ninguna novedad. Los especialistas lo suelen llamar “stress cambiario”, pero nosotros que no somos tan finos le decimos corrida cambiaria, es decir, mayoritariamente los agentes del mercado quieren comprar dólares. Con la incertidumbre que tenemos todos los militantes que no tenemos una sólida formación en economía, considero que compartir algunas de las reflexiones que Los Economistas Amigos me dieron para pensar lo que está sucediendo en el país, puede servir para enriquecer los análisis que el presente requiere.

¿Qué está pasando con el dólar en Argentina?

Al preguntarles a los que entienden de economía sobre las corridas, que fue una de las principales causas de conflictos económicos que el gobierno señaló hace tiempo, me explicaron que los motivos de la corrida son discutidos, y por lo que vengo escuchando y leyendo, difícilmente alguien que ofrezca certezas sobre el asunto esté diciendo la verdad. Para explicarme algo de lo que está pasando, Los Economistas Amigos (LEA) me dicen que están quienes piensan que el tipo de cambio está “atrasado” y que cómo finalmente se va a tener que corregir apuestan al dólar; que hay otros que piensan que el problema es más estructural y que como el país se acerca a un período de escasez de dólares (por déficit energético, del que también hace muchos años que los escucho hablar, tanto antes de la nacionalización de YPF; por las  necesidades de la industrialización, por la deuda y las ganancias de las multinacionales) va a tener que devaluar irremediablemente y por lo tanto compran dólares. Otros sostienen que es un problema financiero vinculado a lo baja rentabilidad relativa del ahorro en pesos, y finalmente están también quienes piensan que es lisa y llanamente una forma de desestabilizar al gobierno.

Según dicen, los diagnósticos son muchos y variados. A cada diagnóstico le corresponde una respuesta de política diferente siempre y cuando lo que se busque es evitar una devaluación brusca que convalide la corrida y beneficia a los que compraron dólares.

Al preguntarles a los economistas amigos qué estamos haciendo desde el gobierno, la respuesta fue que el gobierno tomó actitudes diferentes a lo largo del ya extenso período que tiene el problema. En un principio, cuando comenzó la corrida en los meses previos a la elección de Cristina del 2011, el gobierno decidió responder mostrando su poder de fuego sobre el mercado y salió a vender reservas y mantener el tipo de cambio. Como la corrida no se frenó y se consumían demasiadas reservas, después de las elecciones se cambió de estrategia y se optó por los controles. El “cepo” como le llaman.

Los controles tienen ya un tiempo largo y la justificación fue,  efectivamente, la de evitar una gran devaluación que tuviera efectos negativos sobre la distribución del ingreso. Al pedirles que me expliquen los efectos de una devaluación, me respondieron los LEA que si el tipo de cambio se devalúa fuerte, los precios de los productos importados suben, los precios de los alimentos exportables suben, se encarece la canasta de consumo básica y por lo tanto se transfieren ingresos desde los trabajadores al capital. Además, se premia a todos los que apostaron a comprar dólares, que al final de cuentas van a tener muchos más pesos con los billetes verdes que fugaron. Eso era lo que se quería evitar.

La realidad demuestra que después de un tiempo de controles aparecieron algunos problemas adicionales. Por un lado las reservas siguieron cayendo por el pago de la deuda externa y porque se hacía difícil controlar efectivamente que no se fugaran dólares por algunas de las ventanillas todavía abiertas. Por otro lado, la dinámica del mercado paralelo y los negocios financieros vinculados al dólar se volvieron demasiado atractivos e incentivaron algunas conductas que tendieron a agravar la situación. Los exportadores que tienen productos cuyo valor está dolarizado retienen sus productos para venderlos cuando la devaluación sea un hecho (esto lo podemos ver al ir por la ruta 2 a la costa y ver los silo bolsa durmiendo sobre los campos). Los importadores inventan formas para simular que los productos que compran son más caros y conseguir que les vendan más dólares que los que realmente necesitan, y los turistas aprovechan sus salidas al exterior para hacerse con todos los dólares que puedan.

Después de las elecciones del año pasado y el cambio de gabinete, los amigos dicen que se modificó de nuevo la estrategia. La estrategia proponía un mix de instrumentos: un poco de controles, un poco de devaluación y un poco de apuesta a resolver los problemas de acceso al crédito externo y una intervención sobre el dólar paralelo a través de los mercados de deuda pública en dólares.

¿Por qué entonces se mantiene esa sensación de stress cambiario?

La nueva estrategia se topó con algunos problemas, me respondieron. Algunos más esperables que otros. Por un lado el verano y las vacaciones son un momento de fuerte demanda de dólares para turismo, lo cual impulsó la suba del dólar paralelo, por el otro en el plano internacional la mayoría de los países emergentes están sufriendo salida de capitales y devaluaciones por el cambio en la política monetaria de los EEUU, lo cual hace más grande la supuesta corrección cambiaria que hace falta. Por último, les parece que hubo una cierta apuesta a conseguir algo de reservas que no funcionó. Si el Banco Central pierde reservas mientras devalúa se genera la sensación de que es el mercado el que la está haciendo, si la devaluación ocurriera con reservas estables, el Estado es el que parece tener el control del mercado.

Como no me encuentro en el país, ayer les escribí a Los Economistas Amigos para preguntarles de qué se trató la devaluación de ayer, porque no pareció tan gradual como la que ellos venían diciendo que había que hacer. La respuesta consensuada fue que la devaluación de ayer es una novedad. Que hay que esperar para ver si efectivamente se decidió abandonar la devaluación gradual y cambiarla por una devaluación más fuerte que elimine las expectativas de devaluación. Según me dijeron, en los hechos, es convalidar la corrida. Pero hay que esperar un poco para confirmar que esto sea así. En ese caso el gobierno tendrá que buscar las formas de compensar los efectos regresivos de la devaluación.

No parece casualidad entonces que justo el día de la mayor devaluación de los últimos años, la Presidenta anunciara un ambicioso programa de inclusión social que, debemos reconocer, tiene el mismo objetivo que el existente Programa Jóvenes con Más y Mejor Trabajo, lo cual debe interrogarnos respecto a si el mismo no tuvo el alcance esperado por problemas de comunicación o porque los intendentes no lo implementaron como correspondía. Al devaluar la pelea fuerte deberá darse en este campo: muchos esfuerzos para controlar la inflación y sostener los acuerdos de precios y mucha política para tratar de compensar a los sectores que puedan verse más afectados.

En el correo que les envié después de esa respuesta, les pregunté si tenemos que pensar si la batalla contra la corrida la perdimos. La respuesta fue que tenemos que entender una cosa: el kirchnerismo tuvo durante mucho tiempo al tipo de cambio alto (es decir devaluado) como un pilar fundamental de su política. El problema es que siempre pensó que las devaluaciones debían ser compensadas, es decir que debían evitarse los efectos distributivos regresivos. Hasta 2008 esto se hacía a través de las retenciones a las exportaciones. Se devaluaba el tipo de cambio y para evitar que los productores de alimentos exigieran mayores precios en el mercado local por sus productos, se incrementaban los impuestos de exportación. Tras la crisis del campo, las retenciones dejaron de ser una opción de política y el gobierno perdió su instrumento para compensar las devaluaciones. Si efectivamente se decidió que la única forma de frenar la corrida cambiaria es una devaluación más fuerte, deberá hacerse un esfuerzo muy grande para compensar los efectos distributivos de la medida. El gobierno intentará lograr que los ingresos de los sectores populares crezcan más que los precios, en un contexto en el que se pretende que el dólar suba más que los dos anteriores. La responsabilidad se traslada a las áreas de gobierno que tienen que controlar precios y diseñar políticas sociales. Aunque todavía hay que esperar para confirmar lo de ayer.

Desde el 2010 que vengo escuchando a mis amigos economistas y, hasta el momento, nunca se equivocaron con los análisis que me dieron, es por eso que los comparto.


AGENCIA PACO URONDO





19/8/13

LOS SENTIMIENTOS DE LA SOCIEDAD








Dos lecturas en espejo dificultan la comprensión política. En la primera, una martingala matemática permite ocultar el resultado de las PASO. Funciona así: como el número de votos obtenidos por el oficialismo no resulta inferior a las elecciones del 2009, el gobierno obtuvo una suerte de victoria relativa. Los partidos de la oposición, desde esta curiosa aproximación, no mejoraron demasiado su postura, y como ese abanico sigue disperso, el cristinismo prosigue su marcha triunfal.

Desde el 2003 sólo se registran victorias y accidentes, y los accidentes abren el paso a futuras victorias. Obvian un pequeño detalle, la elección posterior a la batalla campera del 2008 no podía sino reflejar en las urnas una derrota política, de tal modo que toda comparación con esos guarismos –los peores de toda la década– no pueden sino arrojar una situación mejor. Mejor que cuando luchaban por seguir en Balcarce 50; pero si ese fuera el término "científico", si esa fuera la única comparación posible por tratarse de elecciones de medio tiempo, sería preciso explicar los motivos de semejante retroceso sin que mediara batalla decisiva. Dicho de otro modo, si los números de la comparación no fueran sensiblemente distintos, y no lo son, la comparación contiene el diagnóstico.

El gobierno ha perdido la hegemonía política.

Considerar como algún senador que esto casi no sucedió, y tratar a las PASO como si se tratara de una encuesta a escala uno a uno, impide entender qué pasó y sobre todo impide prepararse para lo que va a pasar en octubre. Nadie cree que los números finales sean demasiado distintos, y por tanto sostener contra viento y marea el sonsonete de la victoria, no puede sino producir un efecto desmoralizante en la militancia K. Entonces, o el oficialismo se hace cargo de la nueva situación, o el cachetazo de agosto se transformará en depresión de octubre.

Desde la otra vereda actúan con idéntica liviandad partisana. Comparan el resultado obtenido con los comicios presidenciales del 2011; por tanto el oficialismo, su caudal electoral, perdió más del 40% de su soporte social. Claro que esa enorme cantidad no sólo no fue a parar a fuerza alguna, sino que el candidato que obtuvo el segundo puesto en las presidenciales –Hermes Binner– apenas si redujo la distancia relativa con el gobierno. Dicho con sencillez, el desinfle del electorado K no supuso el engorde de ningún opositor previamente existente.

Aun así, con ramplona sencillez casi todos actúan como si lo único que faltara para el 2015 se resolviera con un simple armado de listas. Desde esa lógica de puntero repiten el "análisis" que Mariano Grondona hiciera para el 2011. Y conviene recordar que no funcionó, y por eso Cristina Fernández sigue sentada en la poltrona de Rivadavia. De modo que no se trata de organizar una comandita electoral, donde cada aportante reciba según su participación en las PASO, sino de entender que la política no desbordó las fronteras de la ancha calle del peronismo electoral.

Ambas visiones, a mi ver, son tributarias del inmediatismo, de un aplanamiento voluntario de los motivos de la ciudadanía. Y ambas dejan un asuntillo sin considerar: ¿Qué significan las PASO? ¿Cómo leerlas más sensatamente? Mi hipótesis de trabajo: estamos ante un mapa de los sentimientos profundos de la sociedad argentina. Antes que nada conviene entender que las PASO, al decidir solamente alineamientos internos, y en la mayoría de los casos ni siquiera eso, permiten una extraña pureza. Nadie está obligado a votar con eficacia, consideración que no escapa a casi nadie, por tanto desnudan una situación casi ideal: qué se siente en lo profundo, qué haría cada uno si el único motivo fuera el sentimiento.

Hilda Duhalde tiene notables virtudes pedagógicas. Al sostener que la presidenta gobierna con el lóbulo malo, verbalizó un sentimiento arcaico y tenaz: la brutal misoginia nacional. Si se leen con algún cuidado las encuestas electorales previas se detectan algunos datos relevantes. A saber, la valoración positiva del gobierno superaba en varios puntos la de Cristina Fernández, y ambas cifras eran muy superiores al número de votantes que finalmente obtuvo el Frente para la Victoria. Una aproximación elemental permite sostener entonces que si el gobierno hiciera exactamente lo mismo que viene haciendo, pero fuera encabezado por un varón, el resultado electoral sería bien distinto.

Basta observar las pantallas de los noticieros televisivos, de aire y cable, para constatar que el número de víctimas de femicidios crece. Y que la furia que "la yegua" produce es tan intensa, que los brutales decires de la mujer de Eduardo Duhalde sólo merecieron declamaciones tibias de tirios y troyanos. 

Una mujer que guste o disguste ha sido electa en dos oportunidades para el cargo de Presidenta, y cuyo nivel político está muy por encima de la media realmente existente, ha sido defendida fría y protocolarmente. Sin olvidar, que en muchos casos ni siquiera esa defensa se produjo. La ausencia de muchas dirigentes políticas opositoras, el silencio cómplice, no puede ni debe soslayarse. De modo que ese es el sentimiento más profundo del mapa: el odio a las mujeres; si su lugar en la sociedad mejora, el rango de furia incandescente crece al menos en idéntica proporción.

Sobre ese piso se instala un valor compartido de larga data. Ningún interés es superior al mío, entonces si tengo el dinero para comprar un bien y por alguna razón esta compra se dificulta, verbigracia el dólar, la responsabilidad es del gobierno de los ladrones. Es obvio que los políticos sólo responden a su propio interés, y es precisamente por eso que la política es una suerte de mal inevitable. Entonces, como la política no es más que la continuación de los negocios por otros medios, y mis negocios chocan con los de ellos, se trata de defenderlos y punto. Si algo quedó claro en las movilizaciones dinámicas sin dirección partidaria, en los cacerolazos, es que esa perspectiva hegemoniza su comportamiento. Con un dato adicional, ese punto de vista es muchísimo mas amplio, y recorre trasversalmente la política nacional. Desde el "deme dos" de la plata dulce durante la gestión de Martínez de Hoz, hasta vivir a 660 dólares de Miami que la Convertibilidad menemista naturalizó, ese punto de vista no ha cesado de crecer.

Poco importa que se explique la crisis internacional, y el modo en que actúa la aspiradora financiera de los bancos, si alguien dispone del dinero para adquirir dólares no acepta otra cosa que dólares; es decir, la capacidad colectiva para percibir lo que sucede tiene un elemento fuertemente alucinatorio, la verdad sólo importa si coincide con esa sensación, de lo contrario las más burdas tesis conspirativas ocupan su lugar.

La eficacia de semejante comportamiento depende de varios elementos. El primero y el más importante, la despolitización. Esto es, el razonamiento simplote de que los conflictos no son el resultado de intereses contrapuestos, sino de una maniobra de políticos que utilizan en su favor los "problemas de la gente". Desde esta lectura bastaría con "dialogar" para poner fin al diferendo, y si esto no sucede es porque no les conviene a los "políticos profesionales". Esta lectura ha sido fuertemente inducida desde los medios electrónicos, pero no sólo, y sobre todo por la forma que adopta la lucha política actual. Cuando la política no es otra cosa que un debate de intendentes, cuando la cuestión central pasa por satisfacer los pedidos del "vecino", cuando la estrategia se reduce a la gestión, la despolitización no puede no extenderse.


Entonces, si se miran las campañas de los partidos para las PASO, se comprende que matiz más, matiz menos, una sobresimplificación las recorre de punta a punta. Es que una política construida desde las encuestas está obligada a empobrecimiento perpetuo, a vaciamiento conceptual, a pragmatismo sin horizonte. En esas condiciones la retaguardia cacerolera se transforma en vanguardia mediática.









22/9/12

ODIO Y DÓLAR





La DEA los puso en la mira. Con el dólar se compran casas, con el dólar se ahorra, con el dólar se viaja. Sin el maldito dólar no se puede hacer nada. Y algunos sectores de las clases media y alta sufren de su abstinencia como un cocainómano en bajón. Algo de eso tuvo el cacerolazo. Síndrome de abstinencia. La desesperación del adicto que no puede consumir, el drogón al que le sacaron el caramelo y arremete contra las paredes, trata de asesinar al enfermero, odia a los médicos que lo atienden y a los padres que lo internaron.

Seguramente fue más complejo, seguramente intervinieron muchísimos factores, pero cuando el Gobierno cerró la canilla del dólar gatilló un mecanismo asesino en esos sectores. Cada una de las medidas, desde los trámites con la AFIP por computadora que después rechazan los bancos, hasta el 15 por ciento de aumento a la tarjeta alimentó al asesino serial, al monstruo solitario que anida en la zona oscura del cerebro de un ser humano argentino, dizque civilizado.

La clase media kirchnerista o que no es antikirchnerista pudo elaborar esa abstinencia, sublimarla con un razonamiento político que va más allá de la bronca inmediata, una mirada que le permite ver por encima de las fronteras una crisis mucho peor que la falta del dólar.

En cambio para la clase media antikirchnerista, que había quedado aturdida después de las elecciones, la sequía de dólares operó como catalizador del pataleo, sumó y potenció toda la bronca. Es un estado de ánimo que reclama por los dólares, contra “los planes descansar” (la Asignación Universal por Hijo), y contra el pago de impuestos. Pero no menciona estos puntos. Prefiere hablar de la “korrupción”, de la falta de libertad o “diktadura”, del rechazo a la reforma de la Constitución, a la re-reelección.

Los reclamos que mencionan son los que se pueden discutir, pero no son los que encienden la llama del odio. El polvorín está en los temas que no mencionan y, sobre todo, o por lo menos el más extendido, el maldito dólar. O se lo menciona detrás de eufemismos como la falta de libertades (para comprar dólares) y algunas otras que equiparan mágicamente a la Argentina con Cuba y Venezuela.

Nadie se hace cargo del embole que produce en general a los sectores medios esa adicción. Más de un kirchnerista se tragó una puteada cuando viajó al Uruguay y lo estafaron con el cambio. O cuando alguna de esas medidas lo sorprendió en medio de una transacción inmobiliaria que se frustró o se encareció.

Esa es una discusión: la forma de cortar una adicción surgida en años de devaluaciones y corralitos que había convertido a la Argentina en el país con más dólares per cápita después de Estados Unidos. Y, al mismo tiempo, hacer ese corte en el marco de una inflación importante.

El peligro de esa adicción en un país con inflación son las corridas cambiarias. Y el peligro es más grande aun cuando esas corridas muchas veces son provocadas por grandes empresas exportadoras para obligar a una devaluación drástica del peso. Y más peligroso aún es si esa corrida se produce en el contexto de una crisis mundial. Con ese marco, una devaluación forzada hubiera podido llegar a provocar una crisis peor que la híper de Alfonsín.

El contexto previo al cierre de la canilla era el de miles de millones de dólares girados al exterior o llevados al colchón. Un clima intoxicado con versiones de corralitos y devaluaciones que no ocurrieron. Los mismos empleados bancarios aconsejaban retirar los depósitos. Si esa corrida no paraba, la economía difícilmente sobreviviera. O sea: los sectores de clase media que están rabiosos porque tienen pesos pero no pueden comprar dólares, ahora no tendrían esos pesos para comprarlos. La canilla de los dólares se cerró para proteger a una economía que hizo prósperos a los mismos que reaccionan furiosamente contra esas medidas.

La furia fue llamativa. El odio dio vergüenza ajena. La bronca por el dólar estaba subyacente y con mucha fuerza, pero no alcanza para explicar todo. El odio forma parte innata, constituye la amalgama de una cultura donde la supuesta superioridad social, económica o cultural, otorga licencia para matar. Es algo que tiene raíces históricas en la Argentina donde la supuesta ilustración siempre apareció enfrentada al progresismo real de las masas. O por lo menos así fue presentado por historiadores que falsearon alineamientos o ignoraron a los intelectuales que no respetaron esa regla elitista.

En la búsqueda de posibles explicaciones a tanto odio apareció una frase de Arturo Jauretche navegando por las redes: “Conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor”. Jauretche fue un sociólogo autodidacta, probablemente uno de los que hicieron aportes más ricos sobre la idiosincrasia de los argentinos y constituye un ejemplo de los que han sido ninguneados por las academias.

Es difícil entender el odio y más difícil aún es entender su naturalización o su minimización por parte de columnistas e intelectuales de la oposición. Fueron pocos los que tuvieron el reflejo o la valentía de señalarlo. Algunos incluso llegaron a tratar de ocultarlo. El canal TN de Clarín fijó sus cámaras desde el principio hasta el final sobre la marcha de los caceroleros, pero le quitó el sonido y no hizo entrevistas a los manifestantes. Unos días después, en un programa de ese canal se presentó un panel con supuestos caceroleros espontáneos donde todo estaba guionado. Ninguno se superpuso, como si se hubieran distribuido previamente los temas. Los periodistas disfrazaron todavía más la mentira acusando de “oficialistas” a los demás canales que difundieron entrevistas de caceroleros histéricos. Si les da vergüenza ser partícipes y beneficiarios de ese odio, más les valdría reflexionar sobre esa cuestión, en vez de operar para ocultarlo.

En los últimos treinta años hubo manifestaciones opositoras contra todos los gobiernos. En el caso de Menem, marchaban familiares de víctimas de la dictadura cuyos asesinos habían sido indultados por su gobierno y decenas de miles de desocupados que habían perdido sus trabajos por sus políticas. Tenían muchos más motivos para el odio que estos caceroleros, pero nunca en esas manifestaciones se escucharon expresiones criminales como las que se manifestaron en el cacerolazo. Nunca se le deseó la muerte a Menem ni a su familia y lo mismo con De la Rúa. Fue repugnante escuchar esas consignas y fue repugnante ver cómo algunos periodistas que se jactan de civilizados se callaron y se hicieron cómplices de esos actos miserables de exaltación de la muerte. El mismo grupo social y la misma cultura que festejaba el cáncer de Evita sesenta años atrás. A la Presidenta no se le perdona un chiste mínimo, pero a ese grupo social le está permitido convertir en consigna política la muerte del otro.

Esa fue una expresión del odio. Porque otra de las explicaciones del odio es el tono de los grandes medios encrespados por la pérdida de privilegios que implica la Ley de Servicios Audiovisuales. Se puede hacer mucha teoría sobre el tema. Y a eso se dedica la periodista Mariana Moyano. La bajeza expresada en la forma revanchista con que informaron sobre un robo en su domicilio termina por confirmar, si alguien todavía tenía dudas, que la propiedad de los medios no puede estar concentrada ni monopolizada, que es necesario que haya diversidad y educación.

La mayoría de los grandes medios festejaron que le haya sucedido esa desgracia a una periodista que cuestionaba la manera en que los medios operaban sobre el tema de la inseguridad. Pero lo más rastrero fue que en varios de los noticieros se divulgaba la dirección de esa periodista, como si estuvieran convocando a que se repitieran los hechos. Igual de rastrero fue que inventaran que entre los pocos objetos robados hubiera dólares. Una “periodista K” con dólares constituye algo muy regocijante, aunque sea mentira.

La ruta del odio lleva a los enfrentamientos violentos. Es algo que ya se vivió y se sufrió. Es un camino más que peligroso. Si la oposición no critica estas expresiones –y las justifica como en otras épocas–, estará repitiendo los mismos errores del pasado.






4/6/12

DROGADÓLAR DEPENDIENTES







Las operaciones de compraventa de dólares en el mercado marginal son ilegales. Están alcanzadas por la ley penal tributaria, al suponer que ese movimiento de dinero proviene de fondos no declarados al fisco, y por la ley penal cambiaria, que sanciona esas transacciones. Estas condiciones del circuito irregular de divisas no es información confidencial. Pese a que se conocen esas características de una actividad penada por la ley, en estos días analistas y comunicadores sociales han reiterado en varias ocasiones que si alguien recibe la validación de la AFIP resulta conveniente la compra de dólares en el mercado oficial para luego venderlos en el paralelo. La impunidad, la casi nula condena social y la ausencia de una advertencia de compañeros de trabajo a esa convocatoria a la ilegalidad están naturalizadas por el objeto fetiche en cuestión: el dólar.

El Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) con el dólar provoca que desaparezcan represiones y se traspasen límites que se cuidan en otras actividades o negocios, al menos en la forma. Hasta el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, se interesa en que se conozca una insólita reunión que mantuvo con cambistas para “ordenar” la dinámica y la cotización en ese mercado. Es difícil encontrar opiniones aprobando el contrabando o justificando públicamente la evasión impositiva. En cambio, con el dólar todo es válido. Presentar amparos judiciales para comprar 10 dólares; viajar a Colonia para conseguir dólares en el casino, simulando jugar con fichas previamente obtenidas entregando pesos; y hasta hacer contrabando hormiga de divisas a través de Bolivia, Paraguay o Chile. Eso sí, todos los que de una u otra manera participan de esta anomalía luego levantan el dedo admonitorio por la falta de justicia, la corrupción y los niveles de pobreza.

El TOC con el dólar es un síntoma que se arrastra desde hace años, con manifestaciones de mayor o menor intensidad, pero ahora se ha descompensado a partir de la abrupta medida de la AFIP de impedir la compra de divisas sin importar el monto demandado ni la capacidad patrimonial del interesado. Es una decisión desproporcionada en función de que el régimen de control instaurado a principios de noviembre del año pasado ya había adquirido fluidez y aceptación, o resignación. Como en los tratamientos a los alcohólicos, la terapia de cura es gradual para evitar brotes de desesperación por un shock de abstinencia. Abordar al drogadólar dependiente con esa última estrategia, interrumpiendo casi todas las transacciones de compra de billetes verdes, ha generado un exagerado cuadro de incertidumbre económica. Esta situación se agudiza por la ausencia de una comunicación oficial contundente sobre el origen y el objetivo de la medida, como sí la hubo cuando el Estado recuperó el control de YPF con las exposiciones de Axel Kicillof. Ahora quien explica es Aníbal Fernández.

A diferencia de otros momentos históricos, en el actual existe más margen para recuperar plenamente la soberanía monetaria afectada gravemente por la convertibilidad, que aún hoy sigue irradiando sus efectos perversos sobre el funcionamiento de la economía. Existe un dato contundente, ocultado por el coro afinado de economistas del establishment que alienta la dolarización y una fuerte devaluación: el dólar ha ingresado en una etapa de declive a nivel internacional. Una referencia ineludible de ese ciclo es la nueva etapa que se abrió anteayer, cuando China y Japón, la segunda y tercera potencias económicas mundiales, comenzaron a intercambiar directamente sus divisas para operaciones comerciales sin emplear el dólar. El movimiento comercial entre ambos países asiáticos demanda un elevado monto de divisas, más de 350.000 millones de dólares al año, que ahora será canalizada con yenes y yuanes.

La inmensa tarea de ampliar la soberanía monetaria en un contexto internacional convulsionado requiere información precisa, tranquilizadora, regulaciones de compraventa de moneda extranjera que se respeten y explicaciones sobre la disponibilidad de divisas, compromisos de deuda y condiciones económicas locales e internacionales. Además de intervenir en una fuerte disputa política y económica en el terreno del dólar, el Gobierno debe ser consciente de que el TOC con el dólar es un extendido síntoma social más allá de qué sectores compran billetes verdes. Como apuntó el lector Aníbal Perpetua, desde Bahía Blanca, “Argentina es el único país del mundo donde el cemento se vende en pesos, los ladrillos se venden en pesos, la mano de obra se paga en pesos y los departamentos cotizan en dólares”.

Las manifestaciones de ese trastorno se presentan en forma tan aguda que el resultado de inversiones financieras de los últimos diez años, con el dólar siendo la peor alternativa, es negado. Los economistas Estanislao Malic y Andrés Asiain elaboraron el documento “El dólar, ¿la mejor opción para el ahorrista?” que compara el rendimiento acumulado que obtuvo un ahorrista que optó por invertir en la Bolsa local, accediendo a través de cualquier fondo común de inversión comercializado por bancos líderes –cuyo rendimiento se expresa en la evolución del índice de acciones líderes Merval–, otro que optó por un plazo fijo y un tercero que prefirió comprar dólares (midiendo su cotización al cambio oficial y al paralelo). Tomaron como base enero de 2003 definiendo que los tres invirtieron 10.000 pesos. El análisis de los rendimientos muestra que el ahorrista que compró acciones es el más favorecido debido a que sus ahorros en mayo de 2012 alcanzaron los 43.000 pesos. El que optó por un plazo fijo en pesos (lo menos riesgoso) pasó a tener 21.400 pesos. En cambio para quien eligió el dólar sus ahorros pasaron a representar 13.100 pesos, y si se arriesga a la ilegalidad y busca cambiarlos al valor del paralelo tendría 17.000 pesos. “Es decir, menos aún que quien optó por la tranquilidad de un plazo fijo”, afirman Malic y Asiain, para agregar que el objetivo de ese informe es “desnudar la falsedad de una de las principales fábulas financieras que circulan por la city local, ésta es, que el dólar es la mejor opción de ahorro”.

Ante la contundencia de este recorrido financiero, economistas de la city argumentan que la corrida hacia el dólar es una estrategia defensiva frente a la inflación. Sólo el TOC con el dólar de sus interlocutores les facilita la tarea a esos profesionales de pronósticos equivocados. Si el objetivo es mantener el poder adquisitivo del capital, además de las opciones financieras mencionadas, el camino es adquirir bienes muebles, inmuebles o cualquier otra mercadería, no la compra de dólares. En un reciente informe de la consultora Econométrica elaborado por Ramiro Castiñeira se afirma que “la inflación explica en buena medida por qué el sector privado prefiere ahorrar en activos externos y preferentemente sin intermediación de instituciones locales, ya sean públicas o privadas”. El aspecto notable de esta sentencia es que en ese mismo documento se destaca que “el sector privado duplicó su tenencia de activos externos de 50 a 100 mil millones de dólares entre 1991 y 2001”. Esos fueron años de la convertibilidad cuando el índice de precios estaba deprimido por el congelamiento cambiario y la apertura importadora indiscriminada.

En esos años de estabilidad de precios, la tenencia de activos externos del sector privado pasó de 25 a 35 por ciento del PBI, según Econométrica. Esto significa que sin inflación, en la convertibilidad se aceleró la fuga de capitales. “Esta proporción actualmente se mantiene. El sector privado hizo crecer su cartera de activos externos a igual ritmo que la economía”, afirma el informe. O sea, en estos años de inflación no aumentó la proporción de dólares en manos del sector privado en relación con la dimensión de la economía. En el trabajo se menciona que en 2010 los activos de residentes en el exterior sumaban 173 mil millones de dólares, equivalentes al 36 por ciento del PBI.

La adaptación de una definición del novelista vasco Pío Baroja sobre la existencia de distintas clases de españoles realizada a principios del siglo pasado colabora para acercarse al comportamiento de argentinos con el dólar. Esa conducta se manifiesta en siete situaciones

1. los que no saben;

2. los que no quieren saber;

3. los que odian saber;

4. los que sufren por no saber;

5. los que aparentan que saben;

6. los que triunfan sin saber, y

7. los que viven gracias a que los demás no saben.

Estos últimos se llaman a sí mismos “economistas profesionales”, conocidos por su debilidad por el establishment y por circular por los grandes medios con el objetivo de alimentar la ansiedad del drogadólar dependiente.







2/6/12

TOC VERDE







1
Entre el verde y el azul

En el contexto de crisis mundial en que estamos viviendo hoy nos encontramos por un lado, con EE.UU. tratando de reflotar la burbuja especulativa y por el otro lado con Europa haciendo sangrar siempre sus lujos con ajustes a la clase trabajadora, en pos de extender el mito de la Unión Europea; de más está decir que no se puede salir ileso frente a este panorama, aunque el crecimiento económico no se vio interrumpido, bajó unos números de aquellas famosas “tasas chinas”, pasando del 9% a rondar un 4%.

La historia nos tiene marcadas costumbres y dentro de ellas está la compra de dólares. Argentina está en el podio de los países (sacando a EE.UU.) que poseen más cantidad de dólares pér cápita y tiene una razón de ser: tenemos historia cercana de una hiperinflación, una década de convertibilidad ficticia y hoy por hoy, el peso no sirve como medio de ahorro frente a la inflación.

Sectores medios y altos son los abanderados de la divisa extranjera. En estos últimos días dejó de manifiesto, potenciado desde los medios, que la compra de dólares contiene un gran caudal de ciudadanía y se tomó como barómetro del grado de democracia.

Las restricciones puestas por la AFIP para controlar la fuga de divisas no es sorpresiva, sin embargo para algunos “defensores de la democracia”, esta medida roza la tiranía comunista. Desde el año pasado se está intentando contralar la fuga de dólares que se generan en el mercado argentino y parten sin decir “adiós”. El objetivo es claro y más que justificado: lo que se produce aquí debe tener su contraprestación correspondiente antes de escapar a territorios ajenos y poder ahorrar lo suficiente para afrontar la deuda con el Club de París o bien pedir préstamos nuevos.

Estos controles se suman a los realizados por la AFIP a grandes empresas como Bunge y la cooperación que se hará junto a Uruguay para evitar que ambos puertos fragüen evasores o mercadería no declarada. Ahora bien, controlar la venta a los simples mortales de la divisa no traería mayor inconveniente, sin embargo da una excusa perfecta para desgastar al kirchnerismo. Aproximadamente el 11% de los argentinos atesora en dólares y el 44% de la venta se hace por montos inferiores a los U$S 3 mil, no es un número chico pero el 56% restante maneja cifras mucho más grande y con fines poco claros. Mientras tanto los medios ayudan a crear la paranoia y foguean al “dólar blue” que tocó la semana pasada los $6 sin detenerse en aclarar que es una actividad completamente ilegal. Buscan generar una corrida bancaria.

Paradojas si las hay que la moneda que a nivel mundial nos desvela está sustentada sobre la nada misma, sólo por una continua financiación de deuda por préstamo, en un círculo que la Reserva Federal imprime billetes a su antojo y sin controles de los EE.UU. Podríamos intentar implementar un SUCRe como los países de ALBA para sus transacciones comerciales regionales y ahorrar los impuestos a las transacciones en dólar Nuestras reservas desde hace años vienen creciendo y sería productivo que se abra un debate constructivo sobre el peso argentino y la necesidad del dólar en la economía local, pesificar el mercado de los inmuebles y ver hasta qué punto la moneda nacional puede valerse por sí sola. Entendemos que esta medida con su costo correspondiente son el preludio de futuras decisiones trascendentales para la economía nacional. Mientras tanto nuestro campo guarda la producción en los silos esperando que el dólar se dispare para poder morder un poco más en la torta.

Alegre rebeldía
Boletín N°13



2
Ahorristas que eligen creer en rumores

Los depósitos en moneda extranjera del sector privado se redujeron en la semana del 21 al 24 de mayo inclusive en 406 millones de dólares, equivalente a una baja del 3,6 por ciento, informó ayer el Banco Central. Este resultado evidencia una aceleración en el ritmo de salida de depósitos en dólares, que se reanudó a partir del endurecimiento de los controles oficiales para la compra de divisas.

Desde la aplicación de ese sistema de validación de la AFIP, a fin de octubre último, el volumen de colocaciones en moneda extranjera a plazo se redujo 25,2 por ciento, que representa 3716 millones de dólares, al pasar de 14.746 millones a 11.030 millones.

El Gobierno implementó el 29 de octubre de 2011 un sistema de consulta para la compra de moneda extranjera, con el objetivo de neutralizar la corrida cambiaria que tenía lugar en ese momento a partir de especulaciones sobre una fuerte devaluación luego de las elecciones presidenciales. Cercado ese canal de elusión cambiaria y tributaria, se inició entonces un proceso de salida de depósitos en dólares del sistema bancario. En ese momento el stock de depósitos para este segmento promedió los 14.746 millones de dólares. En noviembre la salida fue de 2586 millones de dólares, concentrada en la segunda y tercera semana de ese mes, con pérdidas de mil millones cada una.

El impacto, más allá de lo que se registró en los balances de los bancos, fue una baja en las reservas del Central debido a la reducción de dólares de encajes sobre esos depósitos. Los bancos deben inmovilizar en una cuenta del Central el 20 por ciento de las colocaciones de sus clientes. El organismo monetario flexibilizó entonces ese esquema, permitiendo que los bancos conserven el resto de los fondos que no sean encajes ni se presten, con el objetivo de que tengan la liquidez en dólares necesaria para abastecer la demanda de los ahorristas. La preocupación manifestada por la titular del BC, Mercedes Marcó del Pont, a los banqueros pasaba porque no se cortasen las líneas de prefinanciación de exportaciones a escasas semanas del inicio de la cosecha gruesa de soja.

Las medidas aplicadas por el Central descomprimieron la salida de depósitos. En los meses subsiguientes esa fuga llegó incluso –por momentos– a revertirse. En diciembre crecieron en 20 millones de dólares y luego se registraron caídas marginales: enero (145 millones), febrero (69 millones), marzo (92 millones) y abril (sólo 3 millones). Durante mayo se verificó un elevado nivel de rechazo de operaciones de compra de divisas, como resultado de nuevos parámetros utilizados por la AFIP. Esto generó una aumento en el precio de las transacciones en el mercado informal y una nueva salida de depósitos en moneda extranjera del sistema bancario. En lo que va de mayo –con datos oficiales hasta el 24 de ese mes– se registró una salida de 846 millones de dólares, 7,4 por ciento, para finalizar en los 11.030 millones de dólares.

En ambas oportunidades la no renovación de los depósitos en dólares respondió a rumores sobre medidas tendientes a pesificar esas colocaciones, lo que fue desmentido categóricamente por el viceministro de Economía, Axel Kicillof (Lo que quedó tras el negocio que hizo Repsol).

En la plaza cambiaria la divisa estadounidense se mantuvo en 4,49 pesos, sin variaciones en la semana, mientras que el precio para el denominado “blu” (ilegal) finalizó en 5,92, tres centavos por encima de la víspera. El Central adquirió 80 millones de dólares y el stock de reservas se incrementó con ese monto a 47.104 millones. Es la primera vez en tres semanas que el stock de reservas acompaña el volumen de compras oficiales, ya que el pago de vencimientos de deuda pública y del organismo, sumado al impacto de la salida de los depósitos y la caída en la cotización de otros activos en cartera, llevaron a una caída de casi mil millones en las reservas durante mayo, mientras que la entidad acumuló compras por más del doble.

Cristian Carrillo



3
Tipo de cambio

El Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) con el dólar, síntoma que se ha agudizado en estas últimas semanas a partir de una terapia de shock de abstinencia inmoderada, gatilla el debate sobre el nivel del tipo de cambio. Desde vertientes de la ortodoxia se insiste con que la mayor demanda de divisas tiene su origen en el atraso cambiario provocado por el aumento de precios internos. Diagnóstico compartido por no pocos sectores de la heterodoxia e incluso por economistas cercanos al gobierno. Representantes de ambas corrientes sentencian que la paridad peso-dólar se fue retrasando en los últimos años, lo que ha provocado pérdida de competitividad en diferentes actividades productivas, en especial por el alza de los costos laborales medidos en dólares. En forma contundente concluyen que las mayores tensiones que se observan en el mercado cambiario son por la inflación y que un supuesto equilibrio se lograría con una devaluación. La ortodoxia plantea una fuerte, lo que implica elevados costos políticos para el gobierno y una importante transferencia de ingresos hacia el núcleo exportador, además de convulsiones sociales. En tanto, miembros de la heterodoxia proponen que los mini ajustes de la paridad tengan un ritmo más acelerado en el marco de la política de administración del tipo de cambio flotante.

Es un debate que está abierto y que la administración kirchnerista no rehúye, como puede suponerse. Lo que sucede es que no transita por ninguno de esos dos caminos sugeridos. La cuestión es encarar esa discusión con análisis rigurosos sobre competitividad más que la simple cuenta de relacionar el valor del dólar con la inflación...

Alfredo Zaiat