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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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22/8/17

¿Qué es la subjetivación neoliberal?






Una vez más, en su último libro La pesadilla que no acaba nunca, Christian Laval y Pierre Dardot profundizan su analítica del neoliberalismo en su nueva extensión planetaria. Siguiendo una tradición foucaultiana, estos autores no ven al neoliberalismo como exclusivamente un “mal” de los mercados financieros que tendrían como cometido destruir el espacio público. Más bien, el neoliberalismo es un nuevo orden racional que va borrando tendencialmente la diferencia público-privado y que dispone de la potencia de apropiarse de los distintos órdenes de la vida hasta llegar a configurar el modo más íntimo de la vida del sujeto. Para estos autores, funciona una suerte de promesa neoliberal que en su ejercicio cautivante constituye a los sujetos en su propio modo de ser.

En el capítulo denominado “la ilimitación de la subjetividad”, reconociendo la clara inspiración en la tesis de Lacan indagan el modo en que la condición primordial “ilimitada” del neoliberalismo se introduce en la vida de los seres hablantes. Por condición ilimitada, estos autores, al igual que Lacan, admiten que el nuevo capitalismo no puede ser intervenido ni regulado por ningún exterior. Su potencia conectora, abarcadora e interventora en la propia conformación de los lazos sociales es imposible de limitar. ¿En qué afecta esto a los sujetos?, ¿cómo interviene esta potencia ilimitada en la propia constitución de los sujetos?

En primer lugar, los autores insisten que el neoliberalismo ha sabido construir un “imaginario” al que no se le ha podido contraponer un mundo alternativo por parte de la izquierda. Lo que le otorga al neoliberalismo su carácter de promesa y seducción es que a través de distintos dispositivos acompañados por “coachs” de distinto tipo y managers del alma de diferentes cuños y estilos han introducido una lógica de rendimiento y de “autovaloración de sí” donde el sujeto solo es una voluntad de acumulación del propio valor. Aunque los autores no citen a Heidegger, esta cuestión evoca claramente su lectura de la Técnica en conjunción con la Voluntad de Poder, esa voluntad que sólo anhela aumentarse a sí misma indefinidamente.

En el neoliberalismo los sujetos no sólo venden su fuerza de trabajo bajo la forma Mercancía, también existe algo que compromete al propio ser con un “capital humano” y un “espíritu empresarial” que lleva a la existencia misma a comportarse como una empresa. No se trata de tener una empresa ni de trabajar en ella, sino de existir bajo el mandato de convertirse a sí mismo y a la propia relación con uno mismo en capital financiero. Laval y Dardot enmarcan esta operación en la fórmula (S-S’) donde el sujeto se engendra a sí mismo ilimitadamente en capital financiero y el capital financiero en sujeto. En efecto, se trata de un movimiento circular tal como Lacan describe el funcionamiento del Discurso Capitalista. En este aspecto, señalemos que en este discurso ilimitado se van borrando progresivamente los legados simbólicos, la alteridad y la imposibilidad que la determina, hasta volverse la vida expresión de un presente absoluto. Sin duda se trata, y los autores lo señalan, de un proceso permanente de “automaximización”. O como lo dicen los propios autores: “el sujeto autoaumentado es el que goza del valor que es él mismo”. O, en otros términos, el sujeto goza de la producción que aumenta su valor.

En este punto es necesario aclarar e insistir en que “goce” en Lacan es diferente de placer, el que siempre es regulado y limitado. El goce es un “mas allá del Principio del Placer” que se ajusta adecuadamente al dispositivo del rendimiento empresarial vinculado a su carácter compulsivo, adictivo y finalmente su reverso depresivo. Y por supuesto, dado el carácter existencial de estos dispositivos, los mismos afectan a los sectores incluso más desposeídos.

No obstante, a pesar del excelente y completo análisis que Laval y Dardot ofrecen sobre la razón neoliberal no logran explicar por qué esta promesa de volver a la propia vida una empresa interminable de maximización del propio valor resulta tan irresistible y atractiva para los sujetos que se entregan incondicionalmente a la misma, incluso contra sus propios intereses. Tal vez esta cuestión no es despejada con la argumentación suficiente porque los autores incurren en este caso en un error clásico: están atravesados por una noción ambivalente de la categoría del sujeto. Al pensar al sujeto constituido por el Poder, el sometimiento, la sujeción al mismo, se lo presenta como un hecho primario y constitutivo de la existencia humana. Pero el suelo nativo del sujeto, el lugar desde donde adviene a su propia existencia no es el Poder, sino la estructura del lenguaje que lo precede y lo espera antes de su propio nacimiento. El sujeto es un accidente fallido y contingente que emerge en el lenguaje atravesado por la incompletud y la inconsistencia. Radicalmente dividido, agujereado y que necesita siempre de distintos recursos “fantasmáticos “ para soportar su falla constitutiva. Esta es la verdadera razón por la cual la promesa neoliberal puede encontrar su anclaje en el sujeto, e incluso ser deseada. Por ello, es fundamental distinguir metodológicamente al sujeto causado como un efecto contingente por el lenguaje de la “subjetividad” producida por los dispositivos de poder. Si esta distinción no se efectúa el círculo es imposible de cortar. Si la subjetividad esta producida por el poder, ¿por qué razón encontrará en ella misma recursos para sustraerse de aquello que la ha constituido? Como se puede apreciar este es un problema político de primer orden si se desea pensar en experiencias contrahegemónicas con respecto al neoliberalismo.

Nuestra experiencia de lo Común es la copertenencia al surgimiento en la lengua , siempre fallido, en falta y tentado por las diversas promesas imaginarias de “autovalorizarnos” de tal modo que la verdad de nuestra fragilidad constitutiva se esconda para nosotros mismos. He aquí, a nuestro juicio, uno de los secretos que brindan su fuerza a la promesa del imaginario neoliberal.









27/6/14

GLOBALIZACIÓN: GOLPE DE ESTADO FINANCIERO







La globalización ha sido el argumento histórico que ha encubierto la verdadera situación del capitalismo financiero: el estado de excepción sin el clásico golpe de Estado. La teoría que intentaba mostrar a la globalización como una red que se expandía sin límite y sin centro fue tan sólo un recurso ideológico para obturar el siempre difícil pensamiento emancipatorio. Para dificultar una vez más la inteligibilidad de su lógica.

La deuda es el instrumento político de este terrorismo de Estado de nuevo cuño. En otros términos, el golpe financiero en el siglo XXI es un golpe que se ha realizado con la complicidad de los Estados dominantes y sus aparatos jurídicos, todos ellos pertenecientes a lo que llamamos la “racionalidad” neoliberal. El “estar endeudado” es el dispositivo con el que se extorsiona a la población para hacerla renunciar a su responsabilidad política. Una población excluida de la responsabilidad política es una población reducida a los protocolos de evaluación y contabilidad, instrumentos que reducen al sujeto a su pura vida desnuda.

En la Argentina, el Megacanje, el Blindaje y ahora el fallo del tribunal americano a favor de los fondos buitre son un clarísimo ejemplo de este mecanismo que obliga a las generaciones a la exclusión generalizada. Sin embargo, esa exclusión, paradójicamente, continúa siendo productora de plusvalía, incluso en el desempleo y en la desocupación permanente, en la medida en que el consumo de publicidad es incesante. Es la nueva realidad del individuo de masa que, aun estando desposeído, sigue siendo un potencial consumidor de todos los artefactos técnicos que promueven las estructuras mediáticas.

Los esfuerzos del gobierno kirchnerista en su intento por mantener la soberanía quedarán para la historia como un testimonio singular del esfuerzo de un gobierno democrático por no perder el rumbo de su legado histórico de emancipación frente a los dispositivos de endeudamiento neoliberal. Algún día, la historia y sus sujetos hablarán de los intelectuales en los medios hegemónicos, advirtiendo siempre sobre el “espectro” populista mientras preparaban el camino de los centuriones y los lobos. A pesar del escepticismo que este panorama infunde, todavía se puede pensar que el presente es injusto, pero la historia es el lugar donde la verdad retorna. Por ello, aquellos sermoneadores de la ética en medios hegemónicos salpicados de sangre, aquellos expertos en economía cómplices de lo peor, que recuerdan siempre las “reformas estructurales inevitables”, aquellos custodios de la “racionalidad” que advierten día tras día sobre el demonio populista, aquellas izquierdas pseudo republicanas, pseudo socialistas de las “bellas almas” reunidas que gustan denunciar el carácter prosaico del mundo, que no piensen que la cosa va a ser tan fácil para ellos, porque son muchos los que han tejido una memoria común, que los recordarán en su traición.



Psicoanalista y escritor
Consejero cultural en la Embajada de Argentina en España














22/3/14

LA CONSTRUCCIÓN DEL MAL ARGENTINO








En la prensa internacional se impone una nueva construcción discursiva sobre la realidad argentina: consiste en tratarla antropológica, psicológica y filosóficamente como si estuviera afectada de un mal radical. Ese mal consistiría en una repetición maldita, un “eterno retorno de lo mismo”, una compulsión irrefrenable en los argentinos, que siempre los llevará, aun cuando las “apariencias” se empeñen en mostrar lo contrario, al mismo sitio de siempre, incluso obteniendo en cada repetición un resultado siempre más terrible.

Se trata de una fórmula que se extiende por todos los medios de manera insistente, donde se presenta un intento de diagnóstico sobre el destino fatal de Argentina. Suele comenzar con la célebre expresión de Ortega: “argentinos a las cosas”, sabia invocación que indudablemente los argentinos no supieron corresponder y culmina a veces con algún escritor argentino, reconocido por dichos medios, que legitima y autoriza el diagnóstico fatal: País tiovivo, dice el argentino a modo de ilustración, o sea país carrusel, país calesita, en el cual no somos otra cosa que “muñequitos repintados”, que damos vueltas y vueltas mientras nos engañamos con el “relato” de unas transformaciones nunca logradas.

Obviamente el nombre de este mal que aqueja a la nación y del cual los argentinos son responsables porque disfrutan insanamente con ello tiene un nombre: peronismo. Según estos medios, y sus escritores dilectos, hay una suerte de colapso en las conciencias de los militantes, de los movimientos sociales, de las agrupaciones de derechos humanos y de los intelectuales que, o bien por intereses personales o por confusión mental o por las dos cosas a la vez, no despiertan de la ensoñación que sin embargo toda la prensa internacional y local esclarece. Por supuesto que en esta estrategia retórica no se habla de otros países que también, por oscuras razones, insisten en perseverar en su ser. Más bien es como si en las otras naciones hubiera, de un día a otro, metamorfosis espectaculares, que en su constante cambio vuelven a sus ficciones políticas un lugar de permanentes modificaciones, fuera de toda repetición o inercia histórica. Es Argentina la diagnosticada, y es ella la que debe dar cuenta de su malsano afán por el eterno retorno, siendo cierto que son muchos los argentinos que se “satisfacen” con esta versión de sí mismos. Tal vez encontrando en ello una versión singular de sí mismos. Pero lo importante a destacar, en esta política mediática que nos asigna al modo de una esencia inmutable un destino de repetición y sufrimiento voluntario, es lo que encubre en su enunciación:

1) Este diagnóstico, una vez más, encubre la historia política y social de los antagonismos que atravesaron a la Argentina en relación con el país que se desea construir. Si, como los medios enuncian, se trata de un ser capturado en una calesita siniestra, ¿por qué existieron el ‘55, la resistencia, los ‘70 y los distintos enfrentamientos que el kirchnerismo generó en su puja por una versión distinta del país? Si se tratara, como los distintos medios insisten, de una fatalidad antropológica o social-psicológica, ¿por qué no funciona de un modo automático como ocurre con toda repetición verdadera? ¿Por qué han sido siempre necesarias la represión, el golpe, las acciones destituyentes, las desestabilizaciones incesantes? Estas preguntas obvias deshacen de inmediato la idea de un lugar homogéneo abocado compulsivamente a la repetición.

2) La teoría de un país fascinado por su propia repetición conjugada en distintos estilos según los medios internacionales (y también, insistamos, locales) incluye de un modo implícito un llamado a un amo que por fin cure a la Argentina del circuito enfermo. ¿Cómo imaginan los prestigiosos intelectuales de los diarios neoliberales que tiene que ser este nuevo amo que curará a la Argentina de lo que comenzó con Perón, Evita y continúa en el kirchnerismo? ¿Con qué métodos y procedimientos llevará a cabo este exorcismo benéfico?

3) Por último, esta construcción ideológica mediática apunta a una cuestión crucial: si en Argentina nunca pasa nada distinto y sólo es un vano espejismo lo conseguido en estos últimos diez años, entonces ya no vale la pena intentar nada ni insistir en radicalizar las transformaciones logradas. Lo que estos diagnósticos sobre nuestra supuesta esencia repetitiva intentan es el desarme crítico de los proyectos transformadores es un llamado a la dimisión formulada en estos términos: no intentes nada, no luches por nada, no insistas ni vuelvas sobre tus legados históricos; cualquier cosa que te parezca nueva o distinta, tarde o temprano, se revelará como un ensueño que no impedirá el mal argentino de la eterna reiteración.

Ahora que después de diez años surgen límites, impases, rectificaciones de un proyecto, que no inventó los antagonismos, pero que los intentó asumir y esclarecer, es crucial atender a esta nueva construcción mediática de la realidad argentina que promueve ceder ante nuestros mejores deseos.



Psicoanalista y escritor. 
Consejero cultural de la embajada argentina en España.







25/3/13

NEOLIBERALISMO Y SUBJETIVIDAD




































I

El neoliberalismo no es sólo una ideología que defienda la retirada del Estado, su desmantelamiento a favor del mercado, o un dejar hacer a la “mano invisible” del capitalismo financiero. Tal como ya lo ha demostrado Michel Foucault, en “ el nacimiento de la biopolítica”, y actualmente Christian Laval y Pierre Dardot, el neoliberalismo, a diferencia del liberalismo clásico o el neoconservadurismo, es una construcción positiva, que se apropia no sólo del orden del Estado, sino que es un permanente productor de reglas institucionales, jurídicas y normativas, que dan forma a un nuevo tipo de “racionalidad” dominante. Esta racionalidad actualmente se ha adueñado de todo el tejido institucional de la llamada Unión Europea, en la consumación final de su estrategia de dominación. El neoliberalismo no es sólo una máquina destructora de reglas, si bien socava los lazos sociales, a su vez su racionalidad se propone organizar una nueva relación entre los gobernantes y los gobernados, una “gubernamentabilidad” según el principio universal de la competencia y la maximización del rendimiento extendida a todas la esferas públicas, reordenándolas y atravesándolas con nuevos dispositivos de control y evaluación: como insistió Foucault, explicando la génesis del neoliberalismo, es la propia población la que pasa a ser objeto del saber y el poder.


II

Remarcando entonces el carácter “constructivo” del neoliberalismo y no sólo su faz destructiva, o insistiendo en el orden que se pretende hacer surgir a partir de sus destrucciones, se puede mostrar que las técnicas de gobernación propias del neoliberalismo tienen como propósito, en consonancia con la racionalidad que lo configura, producir, fabricar, un nuevo tipo de subjetividad. A diferencia del sujeto moderno, diferenciado en sus fronteras jurídicas, religiosas, institucionales, etc., el sujeto neoliberal se homogeneiza, se unifica como sujeto “emprendedor”, entregado al máximo rendimiento y competencia, como un empresario de sí mismo. Un empresario de sí mismo que, a diferencia de los “cuidados de sí” clásicos o modernos que apuntaban, en el caso clásico, a protegerse de los excesos, en el caso moderno, a buscar la mejor adaptación o alienación soportable, el empresario de sí, el sujeto neoliberal, vive permanentemente en relación con lo que lo excede, el rendimiento y la competencia ilimitada.


III

Las técnicas de gestión, los dispositivos de evaluación, los coach, los entrenadores personales, los consejeros y estrategas de vida son el suplemento social del sujeto neoliberal producido por los dispositivos de la racionalidad neoliberal. El sujeto neoliberal, viviendo fuera de su límite, en el goce de la rentabilidad y la competencia y estableciendo consigo mismo la lógica del emprendedor está a punto de fracasar a cada paso. El stress, el ataque de pánico, la depresión, “la corrosión del carácter”, lo precario, lo líquido y fluido, etc., constituyen el medio en que el sujeto neoliberal ejerce su propio desconocimiento de sí, con respecto a los dispositivos que lo gobiernan. Esos dispositivos que le reclaman que sea “el actor de su propia vida”, el que racionaliza su deseo en la competencia y en la técnica de conducirse a sí mismo y a los demás Este es ahora el verdadero “management del alma” del que habló Lacan en los ’50 y ahora se consuma.


IV

El neoliberalismo se propone como la racionalidad actual del capitalismo. Podemos afirmar que su racionalidad cumple con lo analizado por Heidegger con respecto a las “estructuras de emplazamiento” del ser propias de la técnica, que provocan en el ser humano una presentación de su existencia en forma de cálculo de sí, o con lo planteado por Lacan en el Discurso Capitalista, donde el sujeto ya sólo está condicionado por la “plusvalía” de goce. El fin último del neoliberalismo es la producción de un sujeto nuevo, un sujeto íntegramente homogeneizado a una lógica empresarial, competitiva, comunicacional, excedida todo el tiempo por su performance. Sin la distancia simbólica que permita la elaboración política de su lugar en los dispositivos que amaestran su cuerpo y su subjetividad.


V

¿Pero se puede producir enteramente al sujeto? ¿Tienen los dispositivos el poder y la fuerza material para secuestrar al sujeto y volverlo un “neosujeto” emprendedor de sí? He aquí uno de los grandes debates contemporáneos: ¿el sujeto es meramente una producción histórica efectuada por los dispositivos del poder y el saber, como piensan los foucaultianos? O, como han pensado Freud, Heidegger y Lacan, hay ciertos elementos en la propia constitución estructural del sujeto, que ningún orden político-histórico puede integrar al menos en forma total y definitiva. La posible lucha contra el neoliberalismo depende de esta cuestión: ¿qué hay en el advenimiento del sujeto en su condición mortal, sexuada y mortal que no pueda ser atrapado por los dispositivos de producción de subjetividades específico del neoliberalismo?


VI

Latinoamérica es actualmente, en alguno de sus países, la primera contraexperiencia política con respecto al orden racional dominante en el siglo XXI. El neoliberalismo se extiende no sólo por los gobiernos, circula mundialmente a través de los dispositivos productores de subjetividad. Por ello a Latinoamérica le corresponde la responsabilidad universal de ser el lugar donde se pueda indagar todo aquello que en los seres hablantes mujeres y hombres no está dispuesto para alimentar la extensión ilimitada del sujeto neoliberal.



Psicoanalista y escritor
Consejero cultural de la embajada argentina en España




1/8/11

KIRCHNERISMO, UNA ESPECIE DE REVOLUCIÓN CULTURAL






Jorge Alemán es psicoanalista, profesor honorario de la UBA y consejero cultural de la Embajada Argentina en España.

Desde ese cruce del discurso intelectual y la práctica política, analiza –en una charla con el dibujante y humorista gráfico Miguel Rep– el momento español y el europeo, el fenómeno de los indignados y el cruce de esas realidades con el actual proceso político argentino: el kirchnerismo, el papel de los intelectuales, la “nueva derecha”, Macri y las elecciones porteñas.










–Hace unos días estuve por la Puerta del Sol, en Madrid, y si bien ese día no estaban los indignados a pleno, vi un cambio de paisaje frente al mismísimo otrora intocable ayuntamiento: cuatro o cinco desharrapadas carpas de aguante, como si el tercer mundo se hubiera colado por fin en el centro de la potencia hispanoparlante. Como observador sutil de 35 años de España, ¿qué otros elementos observa de esta nueva realidad?

–Sin duda, el 15 M puede tener un efecto de déjà vu para los argentinos: la crítica a la representación de los partidos, el rechazo a sus fórmulas tradicionales, las prácticas asamblearias, los intentos de autoorganización a través de las redes, la presencia en la calle como elemento determinante de la práctica política, la coexistencia de demandas heterogéneas imposibles de unificar y la objeción a los mercados, al FMI y a la banca en especial. Pero hay una cuestión importante que no se puede obviar. Sucede en Europa, continente atravesado por un interrogante crucial, a saber: ¿Europa es susceptible de una invención política o es solo un patrimonio cultural cuyo archivo ya está clausurado a toda experiencia política nueva? Esta pregunta se vuelve más compleja si se acepta que vivimos en una época en donde, a priori, no es posible establecer un sujeto histórico que pueda protagonizar un proyecto emancipatorio. También se añade a esto que la UE como construcción política se ha revelado de una fragilidad extrema, muy distante de las representaciones que Europa tenía de sí misma. Ahora bien, o el 15 M es un mero acontecimiento disruptivo, una protesta de indignados que en su reiteración puede terminar solo en un puro valor testimonial, confinando peligrosamente como un parque temático donde los indignados se exhiben, o bien logra establecer una cadena de equivalencias entre las distintas demandas sociales, para luego incidir en la realidad política de los partidos de la izquierda y en el Estado mismo. Todo depende de que finalmente se atraviese el límite del paradigma consensualista que rige la vida europea y que los antagonismos puedan tener el lugar que les corresponde, como la materia prima privilegiada de la construcción política. El problema es que el mero rechazo de la política siempre tiene un deslizamiento reaccionario, está por verse cuál es la construcción política –y no me refiero a la forma partido– que el 15 M puede hacer emerger. En el caso argentino, como es sabido, después del 2001 emergió la experiencia kirchnerista, que, si bien tiene antecedentes históricos en el movimiento nacional y popular, a su vez introduce una x: los derechos humanos, los movimientos sociales y las nuevas prácticas políticas que la constituyen en una experiencia inédita en la Argentina.

–Esta última afirmación ya nos pone de entrada conflictiva para un intelectual: adherir a la vertiente del oficialismo.

–Evidentemente. He descubierto en estos últimos años que para los intelectuales es muy difícil ser oficialista. A veces, pienso que las dos figuras más apreciadas por el intelectual son aquellas que Hegel nombró el “alma bella” y “la ley del corazón”. El “alma bella” se satisface denunciando el orden del mundo sin reconocer de qué forma está implicado en él. En la “ley del corazón”, el intelectual rebelde ve al mundo prosaico, mal hecho, y solo lo reconoce en su verdad singular sin mediaciones, verdad que desearía imponer al resto del mundo para corregirlo. A su vez, siempre supe que el intelectual, por su propia constitución como tal, debe mantener una cláusula de reserva hacia lo oficial. Gracias a eso, como se suele decir desde siempre, mantiene despierto el espíritu de la crítica. Pero hay ocasiones en la historia absolutamente singulares y contingentes, donde la verdadera fuerza de la crítica solo se da apoyando lo que se considera justo, aunque esto no posea el encanto del marco reflexivo que da la teoría. Cuando uno considera que el oficialismo es justo, cuando éste está fuera de todo oportunismo o saldo cínico, es un ejercicio crítico con uno mismo de gran calado. Todo el tiempo se toman decisiones y se asumen responsabilidades que exceden el marco de la reflexión y que, sin embargo, mantienen su condición de apuesta, porque se trata de un oficialismo que se constituyó a través de un legado de luchas y de militancia. Ese legado es el que sirve de brújula cuando se atraviesan las “zonas oscuras” y turbulentas que todo ejercicio de gobierno siempre conlleva.

–¿A qué se refiere con que el kirchnerismo introduce una x en el movimiento nacional y popular?

–A que todo proceso de transformación debe introducir un elemento suplementario, una x a descifrar. Cuando el peronismo intenta ser idéntico a sí mismo, sólido y homogéneo con su identidad, y se presenta como una esencia inmutable que ningún epocal altera, para mí ya no se trata de peronismo. Considero al peronismo, en su fase transformadora, como anti-esencialista, como capaz de hacer la doble operación que constituye a una experiencia política en su dignidad; por un lado, interpretar un legado histórico y, a la vez, ser capaz de introducir lo nuevo. El kirchnerismo no sería verdaderamente peronista si no desplegase un suplemento que lo excede y que desborda los límites del peronismo histórico. A saber: la participación de los organismos de los derechos humanos en la construcción nacional de la política, la resignificación de la experiencia política de los ‘70, la construcción de un tejido intelectual que, como Carta Abierta, reúne ensayistas de distintas sensibilidades en un propósito incondicional de sostener el proyecto, la irrupción de movimientos juveniles como La Cámpora, el Movimiento Evita o la Juventud Sindical, la gestación en el campo audiovisual de distintas herramientas políticas donde 6, 7, 8 puede valer como paradigma, la vocación de la Secretaría de Cultura por insertarse en los debates contemporáneos, la Biblioteca Nacional como un ágora pública en la ciudad expuesta a un nuevo régimen de circulación de la palabra, etc. Todos estos elementos apuntan a la constitución de una nueva causa de la experiencia política que, si bien no responde a la lógica de un fundamento inmutable, un deber ser consistente y fundado, sin embargo, le otorga a la experiencia kirchnerista un enclave ético, un punto de anclaje histórico que lo mantiene en relación con una deuda simbólica con nuestra propia historia que está siempre por saldar. No es, como en otros tiempos, una causa estable, fija, atada definitivamente a unos principios, pero así y todo funciona como una brújula ética que se diferencia de las estrategias de la oposición. La oposición no tiene causa, se maneja en la más estricta razón utilitaria, como si solo bastara acceder al gobierno como un fin en sí mismo, sin hacerse cargo de ninguno de los desgarramientos cruciales de este país. Se mueve en el terreno de la ausencia radical de herencias y legados históricos.

–Nombró a Carta Abierta y presentó una objeción radical a la oposición, dos cuestiones que fueron muy discutidas en los últimos tiempos. ¿Cuál es su posición al respecto?

–Carta Abierta es un conjunto abierto, imposible de homogeneizar, donde comparecen ensayistas, escritores y artistas de distintas tradiciones intelectuales, críticas, y que, sin embargo, han logrado constituir un estilo de trabajo y un tejido intelectual inédito en el campo de las experiencias populares. Carta Abierta ha acompañado a la experiencia política del kirchnerismo en sus momentos más decisivos. Al funcionar con la metodología estricta de una asamblea abierta, donde se toma la palabra espontáneamente, a veces la oportunidad política no siempre la acompaña en el sentido más favorable. No obstante, se ha constituido incondicionalmente como un conjunto de intelectuales que ha aceptado como una auténtica interpelación la experiencia que vive nuestro país desde el gobierno de Néstor Kirchner. Esa interpelación recíproca ha cambiado incluso el modo de ser de distintas prácticas intelectuales y ha convertido a las escrituras emergentes de una biblioteca en una letra viva y polémica. Se podrán ahora señalar algunos desaciertos relativos a la campaña, pero la historia continuará y allí ya están para siempre las distintas cartas escritas, en cada una de las coyunturas, en un estilo irreductible al ámbito tradicional de las declaraciones políticas. Añadiría además que el kirchnerismo implica una suerte de revolución cultural en nuestro país, cuya organización política aún está en transcurso, se mantiene en su devenir. No se trata ni de la forma clásica del partido político ni tampoco se puede hablar de aquel famoso tercer movimiento histórico, porque en esa fórmula aún subsiste un sentido histórico donde siempre se pretende saber a priori hacia dónde se va, y es bastante fácil reconocer que actualmente los procesos históricos se han contaminado de una contingencia radical. Por ello, urge más que nunca saber elaborar respuestas improvisadas que, sin embargo, mantengan una relación tensa con la causa de la que antes hablábamos. ¿Cómo anudar, sin que esto se disperse o sea devorado por el goce de las internas, partidos políticos, movimientos sociales, redes sociales, agrupaciones juveniles, Estado y nuevas prácticas militantes a partir de una conducción política? De entrada, sería una ingenuidad mayor esperar que esto funcione como un todo homogéneo y coherente. En este aspecto, habrá que admitir que durante todo el tiempo existirán tensiones dominantes y conflictividades internas que, sin embargo, no deben obturar –y esto es lo importante a considerar– los verdaderos objetivos comunes y el enorme poder del adversario. Un adversario que, más allá de estar representado por tal o cual político, representa a estructuras dominantes consolidadas históricamente, que se caracterizan por su gran capacidad de mímesis y recomposición. Todo esto es lo que está en juego en octubre. Para nosotros siempre se trata de algo más que ganar unas elecciones, se trata de mantener la memoria de una causa siempre pendiente en el tiempo del nihilismo acontecido del capitalismo.

–En este sentido, ¿qué le parece lo escrito por Fito Páez en Página/12 y la polémica suscitada?

–En relación con la carta de Páez, aunque hayan sido desafortunadas, puedo entender hasta cierto punto el uso de algunas expresiones excesivas. Hay que reconocer que es raro que un artista famoso como Fito Páez no haya contemplado las leyes del mercado, al proferir su polémica expresión. Es cierto que, como ya se ha indicado, la palabra asco es un rechazo radical al Otro, incompatible con la vida democrática. Especialmente si se atiende al argumento de que hay un mandato que rige para todos y que es el principio democrático. Pero también es verdad que la democracia ha sido muchas veces secuestrada por la lógica de las corporaciones que muchos de los políticos de la oposición aún representan. Aunque la palabra está mal empleada, puedo entender el efecto “Casa tomada” (Julio Cortázar) que el mismo Fito pudo captar en el clima político de la ciudad cuando la misma está asediada por un cinismo apolítico que se disfraza en una perfomance televisiva y que es bastante dudoso con respecto a sus prácticas democráticas. En mi opinión, no se trataba de asco por las personas, sino de repugnancia por los procedimientos empleados por el PRO. En cambio, cuando la Presidenta, en el acto de presentación de ese gran retrato de Eva, invitó a la unidad, esa unidad está concebida desde una interpretación histórica que se hace cargo de un legado ético insoslayable: ser fiel, en la medida de las posibilidades históricas, al saber en reserva que aún late en las luchas populares de nuestra historia.

–Ya que nombra al PRO, ¿qué le parece el surgimiento de esta “nueva derecha”? ¿Es realmente nueva?

–Occidente, ahora más que nunca, se atiborra de actores, ídolos mediáticos, supuestos gestores que constituyen las nuevas máscaras de la derecha que ahora ya se desliza definitivamente en el horizonte nihilista del mercado. Por ejemplo, Macri, Berlusconi, Midachi, Tea Party, etc. Entiendo que esto suscite más allá de cualquier contrato electoral una suerte de rechazo ético. Pues se trata de una política entendida de un modo tal que insulta a la experiencia que cada sujeto debe hacer de su propia historia. Es la derecha de siempre incorporando las nuevas técnicas del mercado a sus procedimientos electorales.

–Dos últimas cosas: ¿cómo influye en estas apreciaciones su experiencia como consejero cultural de la Embajada Argentina? Y, para salir del déjà vu ombliguista de las comparaciones Europa-Argentina, un dato en el que estamos muy ajenos es la ultraderecha: ¿es un fantasma que recorre ese continente?

–Sin duda, de una manera decisiva, porque pude captar en toda su realidad que una embajada es finalmente un instrumento político. En este sentido, el embajador argentino en España, Carlos Bettini, ha sabido poner en juego como nadie esta dimensión. Al margen de mi responsabilidad puntual, llevo 35 años viviendo en España y nunca había podido apreciar a un embajador interpretando y resolviendo las distintas problemáticas de la relación bilateral. Para mí, que vivía en España en relación con el mundo de la teoría y la cultura, constituye un aprendizaje de primer orden esta experiencia, me permitió leer de otra manera distintas realidades en su complejidad más singular. Por otro lado, en relación con el fantasma de la ultraderecha, siempre me impresionó la premonición de Jacques Lacan en 1964, cuando aseguró que el porvenir del Mercado Común Europeo (y esto no lo preveía nadie en esa época, si se quiere, optimista) nos iba a dar a conocer cotas desconocidas en cuanto al ascenso del racismo. Se trata de su célebre tesis sobre “el odio al goce del Otro”, actualmente ya muy reconocida y muy comentada y que básicamente intenta dar cuenta del odio racial, no solo como odio por la diferencia, tal como se suele mencionar habitualmente, sino como un desconocimiento radical en el sujeto sobre sí mismo, sobre sus goces más secretos. que lo lleva a traducir el goce del otro, su modo singular de satisfacción, como un goce subdesarrollado. Se trata de un racismo cuasi invisible, que no necesita ser proclamado, que siempre aprecia en el otro un exceso, una intrusión, un robo del propio goce; los extranjeros con sus fiestas, con su relación con el trabajo, con el dinero o con lo que sea, invaden lo más íntimo del sujeto racista, un sujeto que la mayoría de las veces desconoce los resortes últimos de su rechazo. De allí la actual metamorfosis política de Europa, siempre tan preocupada por lo que puede llegar de modo inesperado a perturbar su identidad, siempre tan asediada por el espectro amenazante de un goce supuestamente no domesticado. Por ello, actualmente se verifica cómo la derecha, no solo la ultraderecha, juega electoralmente con el “problema” de los “ilegales”, incluso logrando que muchos barrios que tradicionalmente por ser de trabajadores votaban a la izquierda, ahora se sumen a la escalada racista. Los guiños xenófobos que los políticos deslizan en su enunciación dan testimonio de este vergonzoso asunto, unos apelando a la crisis, otros a la seguridad, otros a la racionalidad de la gestión y todos encubriendo que esos extranjeros han sido llamados para trabajos donde se los expolia impunemente. El gran desafío político del siglo XXI es inventar un “ser con los otros”, una nueva idea de lo común, distinta de los procesos actuales de homogeneización que conllevan necesariamente a que los vínculos sociales estén absolutamente impregnados de lógicas segregativas.