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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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30/7/10

Qué son las RETENCIONES?



El debate reiniciado en torno de las retenciones aconseja reflexionar sobre un tema en que subsiste mucha confusión. En mi intervención en las comisiones de Agricultura y Hacienda de la Cámara de Diputados de la Nación, durante el tratamiento de la Resolución 125, destaqué que el debate se limita a la distribución del ingreso cuando, en realidad, lo que está en juego es la estructura productiva y el desarrollo económico.

Es muy difícil llegar a un acuerdo mientras el problema se siga discutiendo en términos de distribución del ingreso. Porque si el objetivo de las retenciones es aumentar la recaudación, el ruralismo puede razonablemente preguntar por qué gravar sólo al campo y, en todo caso, por qué no por otros medios, por ejemplo el impuesto a las ganancias o a la tierra libre de mejoras. Lo mismo sucede si las retenciones se conciben para desacoplar los precios internos de los alimentos de los internacionales, porque el mismo objetivo podría alcanzarse con subsidios. En resumen, las retenciones para tales fines pueden ser suplantadas por otros instrumentos.

Para el único fin para el cual las retenciones son insustituibles es para establecer tipos de cambio diferenciales, que es lo que realmente importa para la competitividad de toda la producción interna sujeta a la competencia internacional, en toda la amplitud del territorio nacional y sus regiones. ¿Por qué es preciso, simultáneamente, tener mucho campo, mucha industria y mucho desarrollo regional? ¿Por qué es necesaria la rentabilidad de toda la producción sujeta a la competencia internacional? Por la sencilla razón de que toda la cadena agroindustrial genera 1/3 del empleo y, por lo tanto, es inviable una economía, próspera de pleno empleo, limitada a ser el “granero del mundo”.

Por el hecho, también, de que la ciencia y la tecnología son el motor del desarrollo de las sociedades modernas y, para ponerlo en marcha, es indispensable una estructura productiva diversificada y compleja que incluya, desde la producción primaria con alto valor agregado, hasta las manufacturas que son portadoras de los conocimientos de frontera.

Precios relativos. El tema de las retenciones surge del hecho de que los precios de los productos agropecuarios respecto de las manufacturas industriales son distintos de los precios relativos de los mismos bienes en el mercado mundial. No se trata de un problema exclusivamente argentino. En Europa, por ejemplo, sucede a la inversa que en nuestro país: las manufacturas industriales son relativamente más baratas que los productos agropecuarios.

En consecuencia, en la Unión Europea se subsidia la producción agropecuaria, lo cual insume la mayor parte de los recursos comunitarios. Si no lo hiciera, desaparecería la actividad rural bajo el impacto de las importaciones, situación inadmisible por razones, entre otras, de seguridad alimentaria y equilibrio social. En resumen, todos los países utilizan un arsenal de instrumentos (aranceles, subsidios, tipos de cambio diferenciales, etcétera) para “administrar” el impacto de los precios internacionales sobre las realidades internas, con vistas a defender los intereses “nacionales”.

La causa de la diferencia entre los precios relativos internos e internacionales radica en razones propias de cada realidad nacional. Entre ellas, los recursos naturales, nivel tecnológico, productividad y organización de los mercados. En la Argentina inciden, entre otros factores, la excepcional dotación de los recursos naturales y los factores que históricamente condicionaron el desarrollo del agro y de la industria.

En nuestro país, las llamadas “retenciones” son el principal instrumento para resolver el hecho de que, por ejemplo, la producción de soja es internacionalmente competitiva con un tipo de cambio, digamos, de 2 pesos por dólar y la de maquinaria agrícola, de 4. Los tipos de cambio “diferenciales” reflejan las condiciones de rentabilidad de la producción primaria y las manufacturas industriales. La brecha, es decir, las retenciones, no es estrictamente un impuesto sobre la producción primaria, sino un instrumento de la política económica. Genera un ingreso fiscal cuya aplicación debe resolverse en el presupuesto nacional, conforme al trámite constitucional de su aprobación y puesta en práctica.

El mejor de los instrumentos posibles. ¿Cuáles serían las consecuencias de unificar el tipo de cambio para eliminar las retenciones? En nuestro ejemplo, si el tipo de cambio fuera el mismo, 2 o 4 por dólar, tanto para la soja como la maquinaria agrícola, en el primer caso (2 por dólar), desaparecerían la producción de la segunda y gran parte de la industria manufacturera, sustituida por importaciones. Las consecuencias serían un desempleo masivo, aumento de importaciones, déficit en el comercio internacional, aumento inicial de la deuda externa y, finalmente, el colapso del sistema. En el segundo caso (4 por dólar), se produciría una extraordinaria transferencia de ingresos a la producción primaria, el aumento de los precios internos y el desborde inflacionario.

En principio, en este segundo caso podría elegirse un camino alternativo, es decir, absorber vía impuestos las ganancias excedentes de la producción primaria y, con estos recursos, compensar a la industria manufacturera y subsidiar el consumo de alimentos. En la práctica, esta variante es inadministrable. En la actualidad, las retenciones son, en consecuencia, la forma más práctica de resolver el problema de la asimetría de los precios relativos internos y externos.

En palabras de Marcelo Diamand, dada nuestra “estructura productiva desequilibrada”, es inviable la unificación del tipo de cambio para toda la producción sujeta a la competencia internacional. El pleno desarrollo del país irá eliminando los actuales desequilibrios y transformando la formación de los precios relativos, lo cual permitiría unificar el tipo de cambio, eliminar las retenciones y emplear otros instrumentos para “administrar” las señales que transmite el mercado internacional.

La cuestión nacional. Si se genera el convencimiento compartido sobre la estructura productiva necesaria y posible, se abandona la discusión de las retenciones como un problema reducido a la distribución del ingreso. Se plantean entonces dos cuestiones centrales. Por una parte, el tipo de cambio que maximice la competitividad de toda la producción nacional sujeta a la competencia internacional. Es decir, el tipo de cambio de equilibrio desarrollista. Por la otra, el nivel de las retenciones compatibles con la rentabilidad de la producción primaria e industrial, tomando en cuenta los cambios permanentes en las condiciones determinantes de costos y otras variables relevantes. Las retenciones deben ser “flexibles” y tomar nota de tales cambios.

Al mismo tiempo, deben aplicarse de la manera más sencilla posible. Por ejemplo, la comprensible demanda del ruralismo integrado por pequeños y medianos productores, de recibir un trato preferente, es probablemente difícil de cumplir con retenciones distintas conforme el tamaño de las explotaciones o la distancia a los puertos y centros de consumo. Otros medios pueden seer utilizados con más eficacia para los mismos fines.

La puja por la distribución de la riqueza y el ingreso es inherente a toda economía de mercado, pluralista y democrática. El planteo de los tipos de cambio diferenciales y las retenciones en términos de estructura productiva no elimina la puja distributiva del ingreso entre sectores (campo-industria) y actores sociales (capital-trabajo). Pero permite encuadrarla en el marco del desarrollo nacional. Vale decir, el pleno despliegue del potencial, la gobernabilidad, la libertad de maniobra en un mundo inestable, la inclusión social, factores todos que, en definitiva, son esenciales para la prosperidad del campo, de la industria, de las regiones, del capital y el trabajo.

En resumen, para resolver la puja distributiva de manera consistente con el desarrollo y la estabilidad, es preciso abordarla desde la perspectiva del interés nacional. Para contribuir a tal fin es indispensable aclarar, de una vez por todas, qué son y para qué sirven las retenciones.



5/3/09

Aldo Ferrer explica la crisis





El economista y ex Ministro fue entrevistado por Enrique Vazquez y Alfredo Zaiat (programa “Es hora”, lunes a viernes de 7.00 a 9.00, por AM 870 - Radio Nacional), con motivo de la economía mundial y los problemas financieros.





27/2/09

“No hay que volver a las políticas del fracaso”




(02/10/08)
Aldo Ferrer

El autor de "Vivir con lo nuestro" analiza las consecuencias del crack en Wall Street. Resalta los logros de la gestión kirchnerista pero reclama mayor coherencia entre acción y discurso. Y alerta: “Espero que el pago a los holdouts no derive en un retroceso en el modelo.”

Aldo Ferrer se pasó la vida pregonando una idea que lo convirtió en best seller: “Vivir con lo nuestro”. Considerado por sus pares como uno de los economistas argentinos de mayor prestigio, Ferrer –que fue ministro de economía, director en la banca oficial y asesor de varios gobiernos– está sorprendido por la vigencia de aquel trabajo. “Hace 25 años que me preguntan sobre ese libro, sobre su título, y la verdad es que sólo en la Argentina podría haberse publicado un trabajo así –reflexiona–. En cualquier otro país desarrollado del mundo, me hubiesen echado a patadas de las editoriales. Los editores me hubiesen dicho: Pero esto es obvio, claro que hay que vivir con lo nuestro, ¿Si no de qué vamos a vivir?”.

Ferrer sabe, sin embargo, que su título-consejo no es una obviedad para un país que en los últimos 50 años se mostró más proclive a importar dogmas foráneos que a asentar modelos autóctonos. “Es esa vieja idea de que los de afuera nos van a salvar, ya sea con inversiones, consensos o consejos”, resume Ferrer, y da pelea. Incansable. A los 80, el economista cuyas ideas inspiraron el modelo económico de la era K está convencido de que la pelea recién empieza.

En los ‘90, como creador del Grupo Fénix, le dio batalla a la ola neoliberal que arrasó a la Argentina y la llevó a la agonía. Ahora observa cómo ese “enemigo” besa la lona en el corazón mismo de su matriz, Wall Street. Pero eso no lo tranquiliza: “Esta es una crisis de la economía del dinero, pero la economía real sigue con los problemas de siempre. Hay que estar atentos, porque todavía hay quienes insisten en que la Argentina debe integrarse a ese mundo que se está desmoronando”, advierte en esta entrevista, como lo viene haciendo desde las páginas del Buenos Aires Económico, donde ejerce como Director Editorial.

–¿Cómo afectará esta crisis a la Argentina?

–La crisis del 2001/2002 marca un punto de inflexión en la historia económica argentina porque en ese momento se desplomó toda la estrategia neoliberal fundada en el financiamiento externo, la inversión extranjera, la apertura indiscriminada a las finanzas internacionales, la privatización de los principales activos del país, públicos y privados, y extranjerización. Esa estrategia provocó el derrumbe de la economía, un desorden espectacular. El cambio de circunstancia, que en sí mismo fue provocado por el default, implicó una caída de importaciones que permitió acumular fuertes reservas, la pesificación del sistema monetario, la recuperación de la autoridad monetaria, el ajuste cambiario que reestableció la competitividad de la producción argentina, y un aumento del nivel de actividad a tal punto de que hoy el Producto Bruto Interno en la Argentina es sesenta por ciento más alto de lo que fue en el 2002, y la tasa de inversión, la relación entre la inversión y el producto interno, pasó del once o doce por ciento al veinticuatro por ciento en la actualidad. Todo esto se hizo con ahorro argentino, demostrando que la Argentina tiene realmente un potencial considerable. El hecho de que el país haya salido de esta crisis con recursos propios, controlando su endeudamiento, sin apelar al crédito internacional, le ha permitido enfrentar esta turbulencia internacional con relativa comodidad, porque la verdad es que todos los problemas que hemos tenido en los últimos meses no son consecuencia de los acontecimientos internacionales, sino más bien de los problemas internos, el tema del campo, el tema del Indec, el tema de la inflación, la supuesta crisis energética que nunca se verificó. Son todos problemas internos.

Frente al mundo, la Argentina demostró que, parada en sus propios recursos, está capacitada para pagar la deuda pendiente con ahorro nacional. Las evidencias son que frente a los compromisos de deuda del año que viene y del 2010, a menos que se produzca la alteración de la política en sentido negativo, el país tiene los recursos para hacerse cargo. No hace falta tocar el modelo.

–¿Cómo sería esa “alteración de la política en sentido negativo”?

–Aún existen problemas fundamentales como el desempleo, la fractura en el mercado de trabajo, la desigualdad social, la pobreza, que sigue siendo un dato grave de la realidad argentina y que debe enfrentarse. Todos estos problemas son anteriores a esta crisis, y son consecuencia de las pasadas políticas de subordinación a los mercados internacionales, al mundo del dinero y de las finanzas internacionales.

Cuando el país se alineó con los países más exitosos como los de Asia, que crecen sobre la base de su ahorro interno, cuando se alineó con esas estrategias realistas de vivir con lo nuestro, el resultado fue realmente notable. Entonces respecto del futuro, yo diría que en la medida en que el país consolide estos ejes de política económica que fueron tan exitosos, lo que cabe esperar es que la economía conserve un impulso de crecimiento. Pero ahora se abre una serie de interrogantes al futuro, el riesgo, por ejemplo, de que con la apertura de esta operación con los “holdouts” se reinstale el debate económico sobre el financiamiento externo como una condición necesaria para mantener la solvencia del país y para financiar el desarrollo. Eso sería un gran error, porque sería ocuparse de lo marginal y desatender lo fundamental, que es generar los instrumentos adecuados para canalizar el importante ahorro argentino a los fines del desarrollo. Espero que el pago a los “holdouts” no sea un retroceso del modelo.

–¿O sea que, en este contexto, evalúa como riesgoso el pago a los holdouts?

–Corremos el riesgo de volver a poner en el centro del escenario lo que tiene que ser complementario y accesorio, que es el financiamiento externo, y no ocuparnos de lo fundamental, insisto, que es movilizar el ahorro nacional. Por el otro lado, si este proceso se da en un sendero de apreciación del tipo de cambio, con una inflación que no fue frenada por la apreciación del tipo de cambio, que fue considerable en los últimos dos años, se van a ir achicando los espacios de rentabilidad y necesariamente se van a ir planteando a mediano plazo otra vez desequilibrios en los pagos internacionales, incluso una desaceleración de la tasa de crecimiento y de la tasa de inversión, que en definitiva van a reducir la capacidad contributiva de la población e ir generando algunos problemas en el financiamiento público. Así que yo diría que hasta ahora hemos sido muy exitosos. Hay que tratar de consolidar las políticas que hicieron eso posible y estar muy atentos. No hay que volver a las políticas que nos llevaron al fracaso.

–¿Observa una intención de hacer esa rectificación en el modelo, es decir, de privilegiar el regreso al mercado internacional de capitales?

–Mire, tengo la impresión de que la Argentina, por razones de la debilidad de lo que yo llamo la densidad nacional, ha cultivado en un sector de la opinión la idea de que el país no tiene recursos, que es un país de bajo potencial, que solo puede crecer sobre la base del financiamiento externo y la apertura incondicional a los mercados internacionales y a la subordinación de los criterios que son los mismos que han llevado a la crisis mundial ahora. Hay una cierta visión que se arrastra a lo largo del tiempo con esta idea de la impotencia Argentina, que además es instrumentada por intereses ligados a un modelo dependiente de inserción internacional. Y cuesta mucho, le ha costado mucho a la Argentina, construir modelos alternativos. Lo ha hecho en algunos momentos y lo ha hecho claramente después del 2002 cuando el país se dedicó a poner la casa en orden, a recomponer la gobernabilidad de la economía sobre la base del superávit en el presupuesto y en el balance de pagos, fortalecer las reservas del Banco Central y aumentar la inversión interna. Y esto provocó un resultado espectacular. Entonces, estas viejas imágenes del pasado, sumado a una serie de tensiones que se arman en el escenario político por razones tal vez propias de la inmadurez de nuestro sistema –el conflicto del campo, el tema del Indec–, se inserta toda esta idea que prevaleció en los últimos tiempos de que la Argentina iba a tener dificultades para cumplir con sus compromisos externos, lo cual es una falsedad absoluta, porque todos los números indican que el país tiene recursos para cumplir con los vencimientos del 2009 y 2010. Por lo tanto no hay ninguna perspectiva de default, a menos que nos volvamos todos locos y hagamos disparates.

–El Gobierno, sin embargo, dio señales claras de que tiene intenciones de retornar a los mercados internacionales…

–Eso es lo que tenemos que ver. En Nueva York, la Presidenta ponderó los logros de este modelo de crecimiento, la defensa de la industria, el trabajo argentino… Ese fue el mensaje, aunque hay que poner las acciones concretas a la altura del mensaje. Espero que priven las ideas sensatas fundadas en la experiencia y, repito, no poner el carro delante del caballo suponiendo que otra vez el financiamiento depende del crédito externo, de la inversión extranjera, ignorando que la fuente fundamental de la acumulación, aquí y en todos los países que crecen, es siempre el ahorro interno. Por eso digo: los 90 nos llevaron al fracaso. Tenemos que abrirnos al mundo, integrarnos al mundo, pero en el comando de nuestro propio destino, y eso significa, en primer lugar, vivir con lo nuestro.

–¿Por qué nos cuesta establecer un modelo de desarrollo?

–Insistimos en ir al fracaso frente al éxito. Es decir, en muchas oportunidades nosotros tuvimos la posibilidad de desplegar un desarrollo de todo el campo, de toda la industria, de todas las regiones y fracasamos por razones políticas, por divisiones en la sociedad argentina, por haber tomado malas decisiones.

–Nos creamos nuestros propios ciclos.

–Exacto, y creo que por eso es tan importante debatir estos temas con profundidad. La presidenta anunció que esta operación de los holdouts tiene que ser tratada por el Congreso. Es la ocasión para generar un gran debate político. Yo he propuesto la necesidad impostergable de crear un consejo económico social con la participación de los sectores de la producción, del trabajo y de la inteligencia argentina, por ejemplo, las universidades, para elevar el nivel del debate y de la participación. Propuse también crear un consejo de asesores económicos de la presidencia, como hay en Estados Unidos, que es un organismo de alto nivel que enriquece la calidad del debate.

–¿Qué respuesta tuvo?

–No lo sé. Lo escribí, lo publiqué, no he escuchado ninguna reacción, pero creo que son temas que están pendientes. La presidenta dijo en su discurso inaugural que era necesario mejorar la calidad institucional de la república, y esto es claramente cierto.

–A propósito de su propuesta, hace un tiempo se lo mencionó como posible integrante de un consejo de notables que le devolviera credibilidad al Indec…

–Yo no sé de dónde salió eso, pero nadie me llamó. Ahora, mire como son las cosas: esto del Indec se parece un poco al tema este de los “holdouts”, en el sentido de que corremos el riesgo de discutir lo accesorio y no lo principal. En el Indec ya hemos pagado ese riesgo al discutir la medición de los precios en vez de discutir el aumento de los precios. Es como si discutiéramos el termómetro en vez de discutir la fiebre. Lo que ha pasado, entonces, es que se ha creado un imaginario de incredulidad cuyo único antídoto es devolverle al instituto toda la autonomía necesaria para que sea absolutamente incuestionable. Hay buena gente en el Indec, buena gente fuera del Indec, en las universidades, se puede elegir los mejores técnicos por concurso, darle toda la autonomía necesaria, y entonces que nadie cuestione la objetividad de los índices.

–¿Qué se requiere para fundar un modelo a mediano y largo plazo?

–Liderazgos nacionales, estabilidad institucional y pensamiento crítico constituyen lo que yo llamo la densidad nacional de un país. Cuanto más fuerte es la densidad nacional más exitoso es el desarrollo y la calidad de las políticas. En esos terrenos hemos tenido y seguimos teniendo debilidades muy serias. Fracturas fuertes en la cohesión social, liderazgos que acumulan poder, muchos de ellos, como comisionistas de intereses transnacionales, inestabilidad institucional y predominio del pensamiento alienado que viene de los centros de poder mundial, como fue en su tiempo el libre cambio y como fue en la actualidad el consenso de Washington. El éxito de estos últimos años ocurrió porque de alguna manera se fortaleció la densidad nacional. Pero resulta que ahora corremos el riesgo de volver a debilitar esa densidad nacional con la fantasía de que hay que retornar a los mercados y que de esa manera va a haber recursos para la inversión, lo cual es incompatible con la evidencia histórica.

–¿La crisis de Wall Street implica una crisis del capitalismo?

–Esto es una crisis del mundo del dinero, no de la producción, de la inversión y del trabajo. Ese es el mundo real, y ahí sigue habiendo grandes desigualdades. Esta crisis del mundo del dinero va a quedar encapsulada esencialmente en la esfera del dinero y creo que antes de fin de año es probable que se le haya puesto un piso. Y vamos a estar subsistiendo con los otros problemas del mundo real que estaban planteados desde antes. Ese es el mundo al cual deberemos integrarnos como ejemplo y, a la vez, como proyecto de país.


La Globalización, la crisis financiera y América Latina





Por Aldo Ferrer

(Publicado en Comercio Exterior, Vol. 49, Núm. 6, junio de 1999, México, BANCOMEXT, pp. 527-536.)



La crisis financiera internacional vuelve a poner de manifiesto la vulnerabilidad de América Latina frente a los acontecimientos internacionales. Aún no se han recuperado los niveles de vida anteriores a la década perdida de los años ochenta cuando otra crisis financiera desencadena una onda recesiva que agravará la pobreza, la inseguridad y la exclusión que caracterizan a la realidad latinoamericana.

Los vínculos con el entorno externo han gravitado siempre en el desarrollo de América Latina. La formación de capital, el cambio técnico, la asignación de recursos, el empleo, la distribución del ingreso y los equilibrios macroeconómicos están, en efecto, fuertemente influidos por las relaciones con el sistema internacional. La globalización plantea interrogantes fundamentales de cuya resolución dependen el desarrollo y la integración latinoamericanas. En otros términos, la respuesta al dilema del desarrollo el mundo interrelacionado constituye el primer desafío que debe resolver la política económica de nuestros países.

Las buenas respuestas a la globalización permiten que las relaciones externas impulsen el desarrollo sostenible y fortalezcan la capacidad de decidir el propio destino. Las malas respuestas producen situaciones opuestas: fracturan la realidad interna, sancionan el atraso y la subordinación a decisiones ajenas. Los resultados de las buenas y las malas respuestas son mensurables: se reflejan en el crecimiento, el bienestar y los equilibrios macroeconómicos.

En América Latina, en el largo plazo, han predominado las malas sobre las buenas respuestas a la globalización. De allí la persistencia de los problemas del subdesarrollo y de los gravísimos problemas sociales prevalecientes. Ahora, una crisis financiera vuelve, en escala ampliada, a confrontar a América Latina con sus dilemas históricos.

El análisis de estas cuestiones requiere distinguir entre los hechos reales de la globalización y ciertas ficciones difundidas acerca de la misma. La crisis financiera actual agrava los problemas y plantea a nuestros países la alternativa de subordinarse pasivamente a acontecimientos fuera de su control o recuperar la gobernabilidad de sus economías para impulsar el desarrollo sostenible y elevar el bienestar. Las buenas respuestas a la globalización no son fáciles pero son posibles. La integración de América Latina fortalece nuestra capacidad de responder mejor a los desafíos del orden global y afianzar la capacidad de decidir el propio destino.

La exploración de estas cuestiones es el objeto de las reflexiones siguientes.

Globalización: real y virtual

Desde el fin de la segunda guerra mundial, los avances científico-tecnológicos han profundizado y transformado los vínculos entre los países. La globalización no es un hecho nuevo pero adquiere ahora dimensiones distintas y más complejas que en el pasado. El crecimiento del comercio mundial se concentra actualmente en los bienes de mayor valor agregado y contenido tecnológico. Segmentos importantes de la producción mundial se realizan dentro de las matrices de las corporaciones transnacionales y sus filiales en el resto del mundo. El comercio y las inversiones privadas directas han adquirido un mayor peso en la actividad económica de los países.

Esta globalización real refleja los cambios en la tecnología, la acumulación de capital y la aptitud de las economías nacionales para generar ventajas competitivas. La globalización real es un proceso de largo plazo que se aceleró a partir de la difusión de la revolución industrial en el siglo XIX y adquirió nuevo impulso en la segunda mitad del XX.

La globalización virtual se refiere a la transacción de valores y al procesamiento y circulación de datos e imágenes. Abarca los extraordinarios avances y baja de costos en la transmisión de imágenes e información y en la esfera financiera. Detengámonos brevemente en esta última. Las posibilidades de generar ganancias arbitrando diferencias entre tasas de interés, tipos de cambio variaciones de precios en los mercados inmobiliarios y bursátiles, atraen la mayor parte de las aplicaciones financieras. La especulación es un escenario para ganar (y perder) dinero, a menudo mucho más importante que el de la inversión y la aplicación de tecnología para la producción de bienes y servicios. A diferencia de la globalización en la esfera real, la globalización financiera, tal cual se conoce ahora, es un fenómeno esencialmente contemporáneo.

En el pasado, las finanzas internacionales promovieron y acompañaron, no sin sobresaltos pasajeros y algunos extraordinarios episodios especulativos, el crecimiento de la economía mundial. En la actualidad, la globalización financiera se ha convertido en un fenómeno en gran medida autónomo y de una dimensión y escala desconocidos en el pasado. El crecimiento de la actividad financiera internacional es espectacular y mucho mayor que el de la economía real. Basta recordar algunos indicadores representativos.

El acervo de préstamos internacionales netos de los bancos de los países desarrollados ascendía, a fines de 1997, a 5.3 billones de dólares; 9% de las colocaciones correspondía a los países en desarrollo y 1 % a las economías en transición de Europa Oriental y las repúblicas de la otrora Unión Soviética. El crecimiento de este segmento del mercado financiero es mucho más rápido que el de la economía real. A principios de la década de los sesenta, los préstamos bancarios internacionales netos representaban 6.2% de las inversiones de capital fijo en el mundo. En la actualidad la relación supera 130 por ciento.

A su vez, los inversionistas institucionales, es decir, los fondos de pensión y las compañías de seguros y de inversión (fondos mutualistas y de cobertura), en diciembre del año pasado tenían activos totales por 21 billones de dólares, de los cuales casi 50% correspondía a entidades estadounidenses. En promedio, las colocaciones de los inversionistas institucionales en la periferia representan alrededor de 10% del total de sus activos, es decir, una proporción comparable a la de los préstamos internacionales de los bancos.

El mercado de derivados también ha crecido rápidamente. Desde principios de esta década hasta la actualidad sus operaciones aumentaron cuatro veces. El acervo de operaciones con derivados en diciembre último ascendía a 40 billones de dólares, equivalentes a 1 .5 veces el producto total de la economía mundial.

Dada la magnitud de las operaciones financieras internacionales se comprende que los mercados de divisas hayan alcanzado proporciones extraordinarias Las transacciones diarias, de las cuales más de 60% corresponde a los operadores del Reino Unido y de Estados Unidos. alcanzan 1 .6 billones, monto superior al PIE anual de toda América Latina. De las operaciones en los mercados cambiarios del mundo. 95 % corresponde a movimientos financieros y sólo 5% a cancelación de transacciones reales de comercio de bienes y servicios e inversiones privadas directas.

En diciembre de 1997 las reservas de todos los bancos centrales del mundo ascendían a 1.6 billones, la misma magnitud que las operaciones de los mercados cambiarios en un solo día. Como sostiene el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) :”las corrientes de capitales son ahora tan grandes que las reservas públicas no pueden cerrarlas brechas abiertas por una repentina fuga de fondos".

En un escenario global. en el cual los movimientos de capitales se realizan con total libertad, las autoridades monetarias son prácticamente impotentes para controlar los ataques especulativos y reducir la volatilidad de los mercados. El problema no es inherente a la naturaleza de los mercados. Es el resultado de la decisión política de los países centrales de desregular la actividad financiera.

Los mercados periféricos son particularmente sensibles a los cambios del mercado monetario de Estados Unidos y las otras economías principales. Las variaciones en la oferta y demanda de dinero y en las tasas de interés en los centros se reflejan. ampliadas, en los movimientos de fondos hacia la periferia. Cuando hay un exceso de oferta y baja la tasa de interés en aquellos, los operadores buscan mejorar su rentabilidad colocando fondos en plazas cuyos rendimientos son superiores, aunque también sus riesgos. La ausencia de criterios rigurosos de evaluación de riesgo induce a aumentar de manera imprudente las colocaciones en países que soportan burbujas especulativas y el deterioro de sus pagos internacionales, como sucedió en varios países de Asia hasta el estallido de la crisis actual.

En sentido contrario, el cambio de expectativas o de la situación monetaria en los centros puede desencadenar una salida masiva de fondos. La reacción de los mercados financieros globales contagia a los residentes y suele provocar, simultáneamente con el retiro del crédito externo, la fuga de capitales nacionales. En tales circunstancias, se desencadena una crisis de grandes proporciones en los países deudores.

Para los centros, sus colocaciones en la periferia representan alrededor de 10% de sus operaciones financieras internacionales totales. Para la periferia, en cambio, esos recursos son parte principal de sus disponibilidades. Se calcula, por ejemplo, que el retiro de 1% de las aplicaciones de los inversionistas institucionales representa 1 % de la capitalización de los mercados de valores de los países centrales. En cambio, en Asia representaría 26% y en América Latina, 66 por ciento.

La periferia es así mucho más vulnerable a la volatilidad de los mercados financieros globales. Además, registra costos más altos que en los tomadores de recursos en los países desarrollados. La sobretasa (spread) pagada por los deudores privados y públicos de la periferia suele oscilar entre 1 y 8 por ciento. La sobretasa es una prima de riesgo. Sin embargo, cuando el riesgo se convierte en siniestro por la insolvencia de los deudores, se suele financiar operaciones de rescate con dineros públicos de los centros, pero, en definitiva, soportadas por los países deudores. Esto plantea un riesgo moral que constituye una violación de las reglas del juego de una economía de mercado.

Alcances de la globalización: selectiva en lo real, total en lo financiero.

La Globalización dista de ser total en la producción y el comercio mundiales. Los países desarrollados protegen sus mercados en productos que consideran vulnerables, como los agrícolas, los textiles y el acero. Existen, al mismo tiempo, severas restricciones a las migraciones internacionales de personas. La globalización es, por lo tanto, selectiva y abarca las esferas en que predominan los intereses de los países más avanzados.

La globalización está enmarcada por un sistema de reglas establecido por los centros de poder mundial. Las normas de carácter multilateral son preferibles a las que surgen del trato bilateral entre los países. De todos modos, los acuerdos en materia de comercio, propiedad intelectual y régimen de inversiones privadas directas, administrados por la Organización Mundial de Comercio (OMC), privilegian los intereses de los países centrales.

La globalización de la producción y el comercio es parcial y selectiva. En la esfera financiera, en cambio, es prácticamente total. Existe, en efecto, un mercado financiero de escala planetaria en donde el dinero circula libremente y sin restricciones. La desregulación de los movimientos de capitales y la insistencia del Fondo Monetario Internacional (FMI) para que los países de la periferia abran sus plazas, reflejan los intereses de los operadores financieros de las economías desarrolladas y sus redes en el resto del mundo.

Globalización y política

En resumen, la globalización es en parte un proceso político dentro de la esfera de decisión de los estados nacionales más poderosos y de las organizaciones económicas y financieras multilaterales (OMc, FMI y Banco Mundial), en cuyo seno el Grupo de los Siete (G7) tiene una influencia decisiva.

En las finanzas, la dimensión política de la globalización es relativamente más importante que en las esferas reales de la economía mundial. El peso político de los intereses financieros se explica por su magnitud y, también, por la ampliación del número de personas, particularmente en Estados Unidos, que canalizan sus ahorros en mercados en buena medida especulativos. En 1997, las inversiones de los bogares estadounidenses en acciones representaban casi una vez y media su ingreso disponible.

La globalización resulta, pues, de la coexistencia de factores económicos y de marcos regulatorios que reflejan el sistema de poder prevaleciente en las relaciones internacionales.

Al mismo tiempo, se carece de acciones solidarias multilaterales para resolver problemas muy graves del orden global, como el subdesarrollo y la miseria prevalecientes en gran parte de la humanidad, el aumento de la brecha entre ricos y pobres (en los últimos 30 años la diferencia de ingresos entre el 20% más rico y el 20% más pobre de la población mundial aumentó de 30 a 60 veces),5 el tráfico de drogas y armamento, los conflictos políticos, étnicos y religiosos, las migraciones desde los países pobres y la protección del ambiente. Semejantes cuestiones no tienen respuesta por el libre juego de los mercados si no existe, al mismo tiempo, una cooperación efectiva de la comunidad internacional.

Hechos y ficciones de la globalización

La globalización real y, sobre todo, la virtual, han contribuido a difundir una visión fundamentalista del fenómeno. Es decir, la imagen de un mundo sin fronteras, gobernado por fuerzas fuera del control de los estados y de los actores sociales. Nunca antes en la historia habían tenido lugar procesos de carácter planetario de tal intensidad y amplitud como los actuales. Las principales transacciones reales y financieras en el mundo tendrían hoy lugar en el espacio planetario (la llamada aldea global). En ella, el poder de decisión radicaría en los operadores financieros y las grandes corporaciones transnacionales. De este modo, los ámbitos nacionales estarían disueltos en el orden global y los estados carecerían de capacidad de decisión significativa sobre la asignación de recursos y la estrategia de desarrollo de sus respectivos países.

La visión fundamentalista propone que actualmente hay una sola política económica posible: satisfacer las expectativas de quienes toman las decisiones en el escenario global. Cualquier intento de seguir estrategias distintas concluiría en el desorden y la marginación de la economía mundial.

Si se respetan las libres fuerzas del mercado la visión fundamentalista promete que el crecimiento de la economía mundial será más rápido y estable y que los frutos del desarrollo se distribuirán entre todos los habitantes del planeta. Los supuestos de tal visión son ficciones y sus promesas están muy alejadas de la situación observable en los hechos.

La globalización es un fenómeno cuyos orígenes se remontan a la época en que el descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo y la llegada de los portugueses a Oriente por vía marítima conformaron, por primera vez en la historia, un sistema global de alcance planetario.7 Desde entonces hasta ahora sucedieron acontecimientos extraordinarios que influyeron decisivamente en el desarrollo de los países y en la formación de las relaciones internacionales. Por ejemplo, la producción de azúcar destinada al mercado europeo provocó la transferencia de millones de esclavos africanos al norte de Brasil y a las islas del mar Caribe. Los descendientes de aquellos esclavos conforman la etnia y la cultura afroamericanas, observable actualmente en buena parte del Nuevo Mundo. Asimismo, en vísperas de la primera guerra mundial, las inversiones privadas directas y el comercio tenían escalas relativas comparables a las actuales. A su vez, las migraciones de personas eran entonces relativamente mayores que ahora y los regímenes de admisión de inmigrantes más liberales que en la actualidad. Éstos y otros acontecimientos de tiempos pasados tuvieron consecuencias globales tanto o más importantes que el desarrollo actual del comercio y las finanzas internacionales.

En la realidad, la globalización coexiste con espacios nacionales en los cuales se realiza la mayor parte de las transacciones económicas y se genera el proceso de desarrollo. En promedio, más de 80% del consumo y la inversión se abastece con la producción interna de los países. Es decir, que menos de 20% de la producción mundial de bienes y servicios traspone las fronteras nacionales. A su vez, las filiales de las corporaciones transnacionales financian menos de 10% de la acumulación mundial de capital en fábricas, recursos naturales, infraestructura, agro, vivienda y los servicios. En otros términos, más de 90% de la acumulación de capital en el mundo se financia con el ahorro interno de los países. En su inmensa mayoría, los gigantescos recursos financieros que circulan en la economía mundial no tienen una relación directa con la producción, el empleo y el comercio.

Por otra parte, el desarrollo es, como siempre lo fue, un proceso de transformación de cada espacio nacional, modernización del Estado, promoción de la iniciativa individual, estabilidad de las reglas del juego y del marco institucional, aumento del ahorro y la inversión, fomento de la competitividad, educación, ampliación de las bases científicas y tecnológicas. Nada de esto puede copiarse de manuales adquiridos en Washington, Londres o Franfort.

El desarrollo es siempre un proceso gestado desde adentro de la realidad de cada país y resulta de su capacidad de insertarse en el escenario mundial, consolidando la capacidad de decidir el propio rumbo en un mundo global. La incapacidad histórica de América Latina de responder con eficacia a los desafíos y oportunidades que plantea el orden global es un factor explicativo de la persistencia del subdesarrollo y la dependencia de nuestros países.8 La actual crisis financiera vuelve a replantear el antiguo dilema.

Lejos de verificarse la visión fundamentalista acerca de la disolución del papel del Estado y de las políticas nacionales en el orden global, sucede, exactamente, lo opuesto. Nunca sido más importantes que en la actualidad las especificidades nacionales y la calidad de las respuestas de cada país a los desafíos y las oportunidades de la globalización. La experiencias histórica y la contemporánea son concluyentes : sólo tienen éxito los países capaces de emprender una concepción propia y endógena del desarrollo y, sobre estas bases, integrarse al sistema mundial.

Las promesas de la visión fundamentalista no se verifican en la realidad. Desde principios de la década de los setenta, cuando se generalizaron las políticas neoliberales fundadas en la visión fundamentalista, el crecimiento de la producción mundial se redujo prácticamente a la mitad: de 5% entre 1945 y 1970 a 25% anual de 1970 a la actualidad. Es particularmente notable que el vertiginoso crecimiento de la actividad financiera se acompañe de un descenso de la proporción de los recursos destinados a las inversiones de activo fijo. En los países desarrollados, que representan alrededor de dos tercios de la acumulación de capital en el mundo, entre aquellos períodos, la tasa de inversión declinó entre 2 y 3 puntos porcentuales. En los países en desarrollo se mantuvo alta debido principalmente al elevado ahorro en China, Corea, Taiwan y otros países asiáticos de rápido desarrollo.

Por último, la volatilidad de los mercados se ha acrecentado desde el abandono de las reglas de Bretton Woods, la flotación de las principales monedas, la liberalización de los movimientos de capitales y el aumento de la liquidez internacional. La crisis financieras se suceden periódicamente y en la actualidad se registra la más severa del último medio siglo. Este problema trasciende, por cierto, las fronteras de América Latina.

La hegemonía de la dimensión financiera influye en el comportamiento de los consumidores y empresas e impregna la conducción de la política económica, incluso en los países centrales. Las alzas o las bajas de la cotizaciones provocan efectos virtuales de riqueza que no tienen relación con los cambios reales en el ingreso disponible de las familias pero que influyen en sus gastos. Al mismo tiempo, la expectativa de los mercados limita el rango de libertad para el manejo de instrumentos principales, como el tipo de cambio y la tasa de interés. Entre los objetivos del crecimiento, el empleo y la estabilidad de los precios, los operadores financieros privilegian este último. Se registra, de este modo, la situación paradójica de que el crecimiento de la economía y de la ocupación se considere como una mala noticia porque podría generar inflación. Los países bajo sospecha son posibles blancos de ataques especulativos.

En el universo virtual de expectativas, euforias y pánicos, que caracterizan el orden financiero global, decisiones como las de la Reserva Federal de Estados Unidos sobre la tasa de interés provocan reacciones desproporcionadas de los mercados. El empleo, el bienestar, la producción y el comercio están sujetos así a la volatilidad de los mercados. Sometidos, como sostiene Krugman, a los intereses financieros antes que a las normas de la buena teoría económica.

Las consecuencias de estos hechos son cada vez más estrepitosas. Observadores influyentes destacan los costos sociales y económicos de las estrategias ortodoxas de ajuste destinadas a recuperar la confianza de los mercados y sus negativas repercusiones en el orden político.

La experiencia revela que cuando las reglas financieras generan tensiones sociales y políticas insoportables, se las cambia. Así sucedió en la crisis de los años 30, cuando el patrón oro se desplomó por efecto de la recesión y el desempleo. Esto, probablemente, vuelva a suceder. Pero si así fuera, el eventual cambio de las reglas del juego dependerá, en primer lugar, de la decisión políticas y los intereses de los principales países desarrollados.