20/10/19

EL DISCURSO DE LA DERECHA





La ofensiva que lanzó el propio Mauricio Macri desde su estrado en el “debate” presidencial del domingo pasado no fue espontánea, ni menos aún vinculada a la disputa electoral coyuntural.

La partitura fue escrita hace rato, pero ha sido necesario remozarla debido al cambio dramático que introdujo Cristina Fernández cuando anunció el lanzamiento de la candidatura presidencial de Alberto Fernández.

La partitura sostiene que el kirchnerismo es autoritario, antirrepublicano, peligroso para la libertad y la propiedad y filo-chavista. Y chorro, para la gente menos ideologizada.

Poco de todo eso se ha verificado en la realidad, pero sabemos que la comprobación empírica no tiene importancia alguna en el discurso de la derecha.

El discurso les es útil como herramienta política en la lucha por el poder, y si sirve, sirve.

La caracterización del peligro kirchnerista fue trabajada durante más de una década por toda la cadena de medios de la derecha argentina y logró cierta implantación, en base a machaque incesante y sistemático y a la ostensible debilidad de los medios alternativos de difusión en el contexto de una falta de estrategia contrahegemónica.

Al desplazarse Cristina de una eventual candidatura presidencial, la gigantesca artillería montada durante infinitas horas televisivas y kilómetros interminables de notas, tapas y editoriales, además de febriles actividades literarias en ciertos juzgados, corrió repentinamente peligro de obsolescencia. El tipo de ataque estaba diseñado en función de la ex Presidente, cabeza clara de un espacio opositor nítido e irreductible.

La elección de Alberto Fernández tuvo una efectividad política extraordinaria, ya que permitió reunificar varios espacios peronistas alejados, establecer puentes con público independiente, acercar a sectores empresarios no tan ideologizados por el antikirchnerismo y rearmar una importante mayoría electoral a partir de ser capaces de canalizar el malestar poblacional, como se mostró en las PASO.

A pesar del vaciamiento que viene sufriendo la idea democrática en el mundo y en nuestro país, todavía las elecciones juegan un significativo papel en la designación de los representantes de las mayorías. (Aun cuando existen una cantidad de mecanismos previos de selección de partidos y candidatxs que tienden a reasegurar el orden dominante.)

Cristina, por la índole de sus convicciones y su dignidad personal, ha concitado un rechazo rayano con el paroxismo en las fracciones más extremistas de las clases dominantes locales y en los principales centros de poder occidentales, que prefieren políticos y Presidentes fiables, colonizados por la ideología de la globalización. Son esos sectores extremistas los que han acuñado la versión del kirchnerismo chavista, los que han alucinado milicias de La Cámpora, los que fabularon amenazas a la libertad de prensa y peligros inminentes de expropiaciones generalizadas. Mediante el aparato comunicacional que les pertenece, lograron implantar en sectores sociales subordinados el peregrino “recuerdo” de que se vivió con miedo en el período kirchnerista y que a ese “pasado negro” no se debe volver.

La irrupción de Alberto Fernández provocó desconcierto en ese decorado de ideas al gusto de la parte más retrógrada del poder local. Pero también generó en círculos empresariales dejados de lado por el macrismo expectativas de un mayor acceso a las futuras autoridades peronistas. En muchos anti-k, se multiplican las suspicacias en relación a la articulación política Alberto-Cristina.

El domingo del primer debate presidencial se develó cómo se reconfigura el discurso de la derecha local, no sólo para asustar independientes en el tiempo que resta hasta los comicios, sino para empezar a tratar con el enigma Alberto.

El índice del autoritarismo

Pongamos brevemente la campaña electoral en su contexto económico social. El cuadro es tan calamitoso que el registro de 5,9% de inflación mensual pasa casi desapercibido y una caída de la Bolsa del 5% en un día no sorprende a nadie.

No fue producto de una guerra ni de un cataclismo, sino de pésimas políticas aplicadas por la actual gestión. El país aparece fuertemente endeudado, con un Estado severamente comprometido en sus finanzas y sin ningún horizonte alentador. Es un país descerebrado, flotando en el mar embravecido de la globalización, con un gobierno que festeja este hecho y ofrece su territorio a los capitales del mundo que quieran depredarlo.

Si en esas condiciones objetivas cualquier candidato/a que se llame opositor no va a manifestar su malestar, su discrepancia, o el repudio que millones de argentinxs sienten por este cuadro de situación, debería retirarse de la política y dedicarse a otras actividades que no requieran capacidades mínimas para la confrontación.

¿Cómo no va a levantar la voz, enojarse, esgrimir argumentos y señalar responsabilidades un candidato opositor? La acusación de intolerancia, autoritarismo y otros epítetos por parte de Macri y el coro a su servicio, es sólo la bandera de largada de una campaña que se podría titular: “Alberto es tan confrontativo, peligroso y extremista como Cristina, hasta que no nos demuestre lo contrario”.

Hay que decir que todas las democracias occidentales en los últimos 40 años han hecho un culto de la moderación… de los izquierdistas. Una vez realizadas las reformas neoliberales en todos los escenarios políticos, se desató una campaña educativa para que todos los que formaron parte de cualquier sistema político partidario se comportaran “moderadamente”, respetando las reglas e instituciones destinadas a preservar el orden neoliberal.

El culto del político anodino, que no dice nada porque no se anima o porque ya no sabe qué podría decir, se transformó en una cultura política a reproducir e imitar, sinónimo de conducta cívica correcta.

Esta fue la tendencia global, que ahora se está destruyendo porque el líder de la principal potencia mundial la está demoliendo en base a tweets e improperios.

Pero en el caso argentino tenemos un matiz adicional: se pide respeto y moderación republicana frente a un modelo económico y social ruinoso para la mayoría de lxs argentinxs, pero además económicamente inviable. Según el enfoque que difunden los principales medios, no habría razón alguna para indignarse, ni por el tremendo fracaso económico, ni por el desastre social, por el pisoteo de la justicia y la existencia de presos políticos o por los mega-negociados gubernamentales.

Ni levantar la voz, ni levantar el dedo, que no es para tanto. Como diría el Querido Rey: “Tu te callas”.

Lo importante es la inhibición

El mensaje es: los únicos que tienen derecho a la indignación son quienes consideran que sus rentas, sus propiedades o sus dólares, así como las vías para poder extraerlos del país, están amenazados. Fuera de eso lo que corresponde es la moderación republicana.

Para nuestros políticos, especialmente para los que asumirán el 10 de diciembre, el mensaje es: habrá tolerancia cero a cualquier cosa que suene a discurso destemplado, a política pública “agresiva” o que desafine con la melodía conservadora dominante. Habrá que mantener y respetar los “logros” de la gestión macrista en cuanto a nuevas rentas generadas desde el Estado, a la nueva distribución del ingreso. A partir de eso, que los peronistas vean cómo se las arreglan para contener las expectativas sociales.

Se recicla el discurso de la furia anticristinista y se lo redirecciona como amenaza hacia Alberto. En principio, la meta del establishment sería alfonsinizarlo: un político con buenas intenciones y que comienza con mucha adhesión popular, al que se le aclara muy bien cuáles son los límites que debe respetar, y al que se va despojando sucesivamente de instrumentos de control económico, hasta que el desgaste político y la incitación mediática hagan lo suyo.

Cuando se le ocurra reducir alguna renta, eliminar algún privilegio, recortar algún abuso, regular algún mercado importante o volver algún precio a la racionalidad, se lo atacará como chavista y títere de la extremista de Cristina. En cambio se lo acompañaría si decidiera desprenderse de la Yegua y emprender el brillante y luminoso camino que ya está recorriendo Lenin Moreno en Ecuador, que ha logrado descender al 5% de adhesión pública pero recibe gran cariño de la elite ecuatoriana y sus medios de difusión.

Todos piden, nadie pone

Salvo una parte de los votantes de Cambiemos –un fenómeno sociológico aparte—, todos saben cómo terminan las elecciones del próximo domingo. Y de hecho se están realizando preparativos en ese sentido.

Desde el espacio del Frente de Todos se insiste con la necesidad de un pacto social, de un acuerdo real y sostenible con los principales actores económicos y gremiales para garantizar la viabilidad económica y política del gobierno de Alberto Fernández en el difícil tramo inicial.

El escenario es sumamente complejo. Un punto central a despejar es cómo se resolverá el manejo de los impagables compromisos externos que deja el macrismo.

Al mismo tiempo se requiere relanzar la producción y poner un énfasis mayor que en el gobierno de Cristina en las posibilidades exportadoras de todas las actividades locales.

La delicadísima situación presupuestaria obligará a un muy preciso manejo de recursos y gastos: no habrá margen fiscal para rescates masivos y menos a empresarios prebendarios.

Pero lo notable son las declaraciones que hacen quienes han sido los impulsores y sostenedores de la gestión macrista, los mismos que deberán ser los participantes necesarios del pacto social, que de ser exitoso debería desembocar en una nueva etapa de crecimiento sostenible de la economía nacional y de recomposición del golpeado tejido social.

Por ahora, los empresarios se aprestan a contribuir al próximo gobierno con nuevas demandas.

La Unión Industrial reclamó recientemente la reducción de una serie de impuestos que afectan a la actividad, en nombre de la competitividad externa. Parece llegada la hora de que el Estado Nacional abandone su rol de dador bobo y comience a exigir compromisos concretos y verificables, a cambio de concesiones a cualquier sector.

Claudio Cesario, de la Asociación de Bancos Argentinos (ABA), se mostró esperanzado que la renegociación de la deuda se haga respetando al máximo los compromisos fabricados por el macrismo: «No creo que sea necesario una reestructuración de la deuda externa agresiva en términos de quita de capital e intereses». Es notable lo distorsionado que está el debate público en Argentina. Todo actor de la escena nacional debería bregar, aunque sea formalmente, por el mayor alivio financiero posible para el Estado y nuestra población. Sin embargo, aquí se expresa públicamente la solidaridad con la sensible piel de los acreedores externos.

En tanto, ABA emitió un documento reclamando un “fuerte compromiso con el equilibrio fiscal” del próximo gobierno. No se está refiriendo a ser más eficiente en términos recaudatorios, sino en ser más estricto que el macrismo en recortar el gasto público… en un contexto de derrumbe económico. El resultado de la simpática recomendación de ABA sería sumir en la impotencia al próximo gobierno y llevarlo a defraudar las enormes expectativas existentes de alivio social.

A su vez, ABA, el Foro de Convergencia Empresaria, el Club Político Argentino y el Instituto para el Desarrollo Empresarial Argentino (IDEA) reclamaron garantizar la estabilidad de los funcionarios en 12 organismos públicos, entre ellos el Banco Central, la AFIP, el ANSES… Es decir, se reunieron varios de los más importantes apoyos empresariales y políticos de la actual gestión (calamitosa) a reclamar la continuidad de los funcionarios designados por… la gestión calamitosa. Entre los funcionarios de los cuales se solicita su permanencia aparece, increíblemente, la militante macrista Laura Alonso, especializada en no investigar la corrupción y perseguir al kirchnerismo.

Según Ámbito Financiero, esta iniciativa fue elaborada luego de las PASO debido a que “el temor y la casi certeza de que el Frente de Todos gane las elecciones por un amplio margen aceleró la preocupación empresarial por garantizar la profesionalidad de algunos organismos clave”.

Ahora llaman profesionalidad a la ocupación del Estado por los CEOs y sus empleados, con los resultados que están a la vista.

Prolegómenos

El comportamiento de los actores, sus declaraciones y exigencias —previsibles, por otra parte—, obligan a tener muy claras las prioridades y el árbol de decisiones en el próximo gobierno.

Ha fracasado un sector social, el más poderoso económicamente del país, que impulsó un programa económico que trajo estas consecuencias. Ahora pretende no sólo desconocer su paternidad sobre el macrismo, su grave responsabilidad social, sino ir asentando en principio una tutela sobre el gobierno entrante, para reducir al mínimo su capacidad de acción.

Es cierto que socialmente aún no se ha visualizado con claridad la estrecha relación entre el poder económico concentrado y el gobierno de Cambiemos, pero tampoco se debe actuar como si estuviera vigente la versión de la realidad acuñada en el punto cúlmine de la hegemonía macrista, incluidos sus anatemas, sus denuestos y sus grandes hits publicitarios.

La crisis es una ocasión para la disputa de conceptos y de sentidos políticos.

La agitación del fantasma del autoritarismo, valor que no le preocupa en absoluto al aparato comunicacional de la derecha, apunta a inhibir políticamente a la futura gestión peronista.

La confusión que se pretende instalar debe ser decididamente rechazada y refutada.

Autoritarios son los que pretenden, con o sin votos, imponer sus criterios a la sociedad.

El próximo gobierno popular no podrá cumplir sus objetivos si no despliega, desde el primer día, una lectura diferente del país y de sus prioridades, y si no demuestra que está dispuesto a ejercer, con toda convicción, la legítima autoridad política que le va a conferir la mayoría nacional.

ricardo aronskind




12/6/19

"SE ROBARON TODO" Y OTROS MITOS INVENTADOS



    “El gobierno de Macri convirtió el cinismo en una forma de gestión”.
    • La política comunicacional de Cambiemos, dice el sociólogo Saúl Feldman, capturó el sentido común para imponer un nuevo sistema de valores.
    “Hay que oponerle una emocionalidad distinta, anclada en lo colectivo.”

“¿Cómo puede ser que no pase nada, que esto no estalle? Esta ha sido la pregunta recurrente y perpleja que estos años, particularmente en 2016 y luego desde mediados del año pasado, se formularon ciertos sectores del progresismo, ante el descalabro de la economía y la mansedumbre de un importante sector de la población que parece anestesiado y que nos cuesta explicar. La historia argentina está plagada de actos de insurrección, más grandes o más pequeños, frente a situaciones críticas, pero eso no sucede hoy. ¿Por qué? Porque el macrismo, en tanto política comunicacional, ha actuado, de un modo muy planificado y yo diría eficaz, sobre el sentido común. Su campo de acción es el alma de la gente”, comienza el sociólogo Saúl Feldman, especialista en semiótica publicitaria, con vasta experiencia en investigación de mercado y autor del libro La conquista del sentido común. Cómo planificó el macrismo el “cambio cultural” (Ediciones Continente).

−¿Cómo es esto del alma como campo del marketing político?

−Lo dijo muy claramente Marcos Peña, el mes pasado, durante un reportaje en la cena del CIPPEC: la campaña electoral no será, dijo, una batalla por el bolsillo sino por "el alma de la Argentina". El sentido común, para definirlo rápidamente, tiene que ver con el campo de las creencias, que se expresan en ideas y opiniones que de algún modo coagulan en una comunidad y son aceptadas en general, y que están fuertemente enraizadas en las emociones, por fuera de las ideologías. El cambio, la necesidad de cambio, ha sido una de esas ideas rectoras, propias del clima de época. El marketing político de la derecha neoliberal trabaja, hoy, aquí y en todo el mundo, sobre el sentimiento, sobre los deseos y los miedos de las personas, instalando conversaciones sociales que fijan agenda alrededor de un puñado de ideas que se expresan en tanto sentido común: “haciendo lo que hay que hacer”, por ejemplo. O más concretamente, “se robaron todo”, asertos que se postulan como irrebatibles.

−¿Cómo se rebaten esas fórmulas de “sentido común”?

−No es sencillo. Es la materia sobre la que trabajó directamente el andamiaje publicitario del PRO, primero, y después de Cambiemos: no la ideología, ni siquiera las especificidades de un proyecto político, sino el sentido común. El macrismo activó estos mecanismos de reformulación y conquista del sentido común en una época y en un contexto cultural global de deterioro de los grandes liderazgos, que exige un simulacro de horizontalidad entre representantes y representados, una “simpleza” discursiva que los acerque, y en el que toda una fenomenología del individualismo tiñe las conductas, los consumos, las elecciones más íntimas de las personas. Claro, la conquista del sentido común abre muchas puertas, rendijas hacia el alma de la gente por las que se va colando un nuevo sistema de valores, una cosmovisión signada por los parámetros de la actual etapa del neoliberalismo global: emprendedorismo en lugar de trabajo genuino, meritocracia en lugar de igualdad de oportunidades, etcétera. Porque el macrismo publicitó el cambio no sólo como cambio de signo político, sino como cambio cultural, como implementación de un sistema de valores que se operacionaliza mediante toda una terminología estrictamente diseñada para inocularlos en el imaginario social.

−¿La “grieta” forma parte de esa terminología?

−Ha sido quizás el término más funcional a esa construcción, en términos de apelación a la emocionalidad que busca exacerbar, básicamente, el sentimiento de odio. Pero no es un descubrimiento del macrismo, sino un concepto básico utilizado por regímenes autoritarios, el nazismo sin ir más lejos: cuando presenta al pueblo alemán, pensado como una unidad, en crisis, dividido, postula que tiene que haber un responsable, que son los judíos, un elemento antinatural que debe ser eliminado para que esa estructura, el pueblo alemán, se reunifique. Los argentinos estamos desunidos, dice el macrismo. ¿Quiénes producen esa división? Los K. Entonces hay que suprimirlos. Esta tergiversación del odio, de su origen y sus efectos, está en el centro de lo que llamo discurso cinicrático.

−El cinismo parece ser uno de los ejes de la comunicación macrista.

−Yo diría que es más que eso: para este gobierno, el cinismo es una forma de gestión. En este libro busqué analizar la política comunicacional del macrismo en tres niveles: el análisis discursivo, el recorrido histórico de cómo se generaron todos estos mecanismos de marketing, y la ulterior aplicación de estas herramientas a la gestión de gobierno, lo que yo llamo cinicracia. La cinicracia funciona en la comunicación del macrismo con un lenguaje travestido, una perversión del sentido de las palabras, que publicita, por ejemplo, el vaciamiento previsional como “reparación histórica”. Hay un contrato de sinceridad en el discurso político que el macrismo quiebra sin despeinarse, como cuando Sturzenegger revela el instructivo de Durán Barba: si te preguntan por la inflación, no expliques nada, decí cualquier cosa, hablá de tus hijos. El cinismo macrista, a diferencia de la mentira, tiene que ver con un sistema de poder que se hace explícito ante el otro para someterlo, para imponerle su “verdad”. La mentira esconde la intencionalidad. Por el contrario, el cinismo busca exhibir la capacidad de disciplinar al otro. Para el macrismo, el disciplinamiento de la sociedad es un acto de comunicación.

−La política de seguridad del gobierno, la persecución judicial y mediática, son dispositivos de disciplinamiento. ¿En qué sentido lo ha sido también su política comunicacional?

−Cuando hablo del alma de la gente, que la estrategia de marketing de Cambiemos sale a capturar, me refiero a que el sistema de valores que instituye la comunicación macrista ha vampirizado a los argentinos, no sólo ha desorganizado sus vidas, también ha vampirizado la democracia, la república, la justicia, dejando a la vista sus formas externas, vacías de sentido, y a los ciudadanos en un novedoso estado de desasosiego e indefensión. Porque los interpela por fuera del colectivo social y de las políticas públicas, en su individualismo, en tanto responsables de su propio destino: si te va mal, es culpa tuya. El discurso social acerca de las tarifas actuó sobre ese núcleo emocional: ¡el gas te lo regalaban! Esa construcción de sentido común inhibe la capacidad de reflexionar sobre la transferencia de ingresos a las empresas que suponen los aumentos, desarma la resistencia con un argumento discursivo tan sencillo como este: “Lo que cuesta hay que pagarlo”. Por supuesto, toda esta operación de marketing no funciona sin la alianza con los medios concentrados, no sólo respecto de lo que llamamos blindaje mediático, sino, y sobre todo, en la instrumentación del sistema de valores, a través de artículos periodísticos que son más que fake news, yo los llamaría common sense news, que militan el ajuste e instalan el convencimiento de que hay nuevos modos, degradados pero de algún modo aceptables y hasta deseables, de vivir la vida, y que inducen a las personas a cooperar en sus propios destinos como víctimas.

−¿Hay anticuerpos contra este “trabajo del alma”?

−Lo esencial es generar un sistema de apelaciones muy amplio, una matriz de persuasión y de participación en la que entre la mayor parte de la población, que es la perjudicada por este sistema. Acaso sea lo que Cristina llama “pacto social”, que la sociedad vuelva a organizarse y recupere los valores colectivos frente a este desorden de la vida en que nos ha sumido el macrismo. ¿Puede Macri volver a ganar? Hay que decir que la realidad parece ponerle un límite a este mecanismo de captura del sentido común, pero es imprescindible oponerle otro lenguaje, anticuerpos al nivel de la conversación social, que acerquen las voluntades al ámbito de la reflexión, pero una reflexión anclada fuertemente en una emocionalidad distinta, que permita a las personas pensarse en otro contexto, no el que les plantea al macrismo, sino uno que integre los proyectos personales en lo colectivo. El movimiento de mujeres, la militancia juvenil, por ejemplo, son productores de un lenguaje que desnuda la falta de autenticidad de la comunicación hegemónica. La primera víctima de la cinicracia es la reflexión. Hay que revertir ese mecanismo de manipulación, y eso en términos de discurso político es una tarea harto compleja. «

Pablo Taranto




10/6/19

MACRI Y EL SUBSUELO






La realidad económica es más previsible que la política. Tal como se escribió no solamente en este espacio, la reconstrucción del mega endeudamiento en moneda extranjera llevó primero a una crisis externa y a la recaída en el FMI y luego, con el Fondo adentro, a la vuelta de tuerca sobre el programa ortodoxo que condujo a la economía al subsuelo dónde hoy se encuentra.

El subsuelo era un lugar absolutamente innecesario. Es un verdadero triunfo del control mediático de la subjetividad social que una parte de la población crea que el sufrimiento es un paso previo para el bienestar. Es una idea arraigada, pero es mentira. No es así como funciona la economía. No se necesita empeorar para estar mejor. La distribución del ingreso es un reparto, valga la redundancia, del ingreso, que no es la riqueza acumulada, sino el valor agregado en el momento de la producción. Si se aumenta la parte del ingreso que se llevan los trabajadores ello se destina a consumo y se pone en marcha la actividad. Si en cambio se aumenta la parte que se lleva el capital no hay ninguna garantía de que el excedente se vuelque a la inversión, conducta que es la promesa del discurso de la necesariedad del subsuelo.

Los actores económicos no son ni buenos ni malos, sólo tienen una lógica de comportamiento. Una de las lógicas del capital es valorizar el excedente. El excedente se valoriza reinvirtiéndose en la producción sólo en las economías que crecen, no en las que se contraen. El pasado abril, por ejemplo, la inversión medida por el ITE-FGA cayó el 20,2 por ciento interanual. El número es bastante lógico, la inversión muestra históricamente un comportamiento “procíclico”, es decir que sobrerreacciona a la dirección del ciclo económico. En una economía que tiene la mitad de sus máquinas apagadas (capacidad instalada ociosa) resulta claro que el problema no es de oferta, sino de demanda. Dicho de manera gráfica y con datos del presente, el problema de la economía no es que no existan la capacidad y los recursos para producir autos, sino que no hay quien compre los autos. No es la oferta la que crea su propia demanda, el cliché que enseña la economía vulgar, sino al revés. Nadie pone un kiosco por los bajos salarios y la confianza de los mercados y con ello crea compradores de caramelos, pone un kiosco porque evalúa que habrá compradores de golosinas.

El sufrimiento, entonces, sólo profundiza la contracción. Pero además, el subsuelo no es sólo la proliferación abrumadora de números negativos, es también un lugar de mucho dolor. Es el aumento de la pobreza y la indigencia, es el dato del hambre y de que uno de cada dos menores es pobre. Es una parte de la población comiendo de la basura, un verdadero retroceso civilizatorio en el autoproclamado “supermercado del mundo” que produce alimentos “para 400 millones de personas”. El ajuste no es solamente la reducción del números de investigadores del Conicet, sino la destrucción de las funciones del Estado, es la profundización del debilitamiento de la salud y la educación pública, lugares a los que las clases medias pauperizadas comenzaron “a caer”. El subsuelo es el fin del fútbol para todos, pero también que los estudiantes no tengan notebooks, que hayan desaparecido ayudas del plan Progresar y que el PAMI reduzca hasta la muerte la entrega de remedios a jubilados empobrecidos.

Este cuadro de destrucción es el que deberá revertir el próximo gobierno. Mauricio Macri afirmó sin pudor que si es reelecto hará más de lo mismo, pero más rápido. A diferencia de 2015 no podrá hablarse entonces de “estafa electoral”. Pero lo que se propone no sucederá ni siquiera si gana las elecciones. La democracia formal se encuentra severamente afectada por el poder de los monopolios mediáticos, la producción viral de noticias falsas, la guerra jurídica y el financiamiento corporativo de la política, pero la resistencia social no desaparecerá. No será fácil avanzar en la destrucción del sistema previsional, los derechos laborales y lo que queda del Estado.

Si en cambio las elecciones son ganadas por un gobierno nacional-popular las expectativas de mínima, como regresar rápidamente al nivel de bienestar de 2015, serán probablemente defraudadas, lo que minará la legitimidad del futuro gobierno y comenzará inmediatamente a ser utilizado por el adversario, ahora en la oposición, pero igual de poderoso. Como sucedió con el plan de José Alfredo Martínez de Hoz durante la última dictadura cívico militar, en estos pocos años el macrismo provocó profundas transformaciones de largo plazo. En particular, construyó condicionalidades poderosísimas con las que deberá convivir cualquier administración. La más notable es el endeudamiento y la relación obligada con el FMI, pero también pesará la destrucción del aparato productivo y la inflación persistente y desbocada, factores que en la práctica cotidiana alteraron las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo.

Lo dicho puede entenderse mejor si se explica en una secuencia. La buena teoría económica enseña que de una recesión se sale impulsando la demanda. Un nuevo gobierno podrá mejorar los salarios públicos y no ser neutral en las paritarias, pero el piso bajo de partida que quedará en el sector privado sólo podrá remontarse lentamente. Además, cuando los salarios crecen, crece también la demanda de dólares de la economía y si algo no tendrán los primeros años del próximo gobierno serán dólares. A comienzos de junio nadie sabe a ciencia cierta cuál será el panorama del próximo diciembre. Se prevé una potencial corrida y salida de capitales, pero el gobierno confía en que los dólares con los que cuenta gracias al pulmotor estadounidense vía FMI, esta vez bien usados, le alcanzarán para sostener la paridad y estabilizar la macroeconomía hasta el final de su mandato. Mantener la paridad significa también mantener a raya la inflación y la ratio deuda/PIB. Nótese que si el dólar se dispara también lo harán los precios internos. Pero si hay una corrida y el dólar se va a 60 o 70 ello significará que se disparará la relación deuda/PIB y la situación será de default abierto. Maravillas de endeudarse en divisas. Hoy no está claro si esto ocurrirá antes o después de diciembre. Pero el “Plan Bomba” del que hablaba en 2015 el periodista Marcelo Bonelli en referencia a la herencia del kirchnerismo hoy sí está perfectamente armado para la sucesión del macrismo.

Desde las filas económicas del “albertismo” lo saben, por eso aspiran a una concertación entre el capital y el trabajo para conseguir una recuperación lenta de los ingresos de los trabajadores que permita disminuir gradualmente la “nominalidad” de la economía, es decir que la inflación baje en una primera etapa del 50 al 20 por ciento anual. También confían en que ser los acreedores N°1 del FMI será una carta para la renegociación de los fuertes vencimientos de los primeros tres años. En el camino será tiempo de ver cómo conseguir más dólares genuinos. Aquí es donde entra la idea de ayudar al desarrollo por el lado de la oferta favoreciendo a sectores exportadores industriales seleccionados. Claro que todas estas ideas, por ahora parte de un gran borrador, dependerán de las condiciones iniciales del nuevo gobierno, todavía desconocidas

Claudio Scaletta




20/11/18

«Poor We Do Not Want»



En mis clases siempre intento dejar claro qué es una opinión y qué un hecho, como regla elemental, como un ejercicio intelectual muy simple que nos debemos en la era post Ilustración. Comencé a obsesionarme con estas obviedades cuando en el 2005 descubrí que algunos estudiantes argumentaban que algo “es verdad porque yo lo creo” y no lo decían en broma. Desde entonces, sospeché que este entrenamiento intelectual, esta confusión de la física con la metafísica (aclarada por Averroes hace ya casi mil años) que cada año se hacía más dominante (la fe como valor supremo, aun contradiciendo todas las evidencias) provenía de las majestuosas iglesias del sur de Estados Unidos.

Pero el pensamiento crítico es mucho más complejo que distinguir hechos de opiniones. Bastaría con intentar definir un hecho. La misma idea de objetividad, paradójicamente, procede de la visión desde un punto, desde un objetivo, y cualquiera sabe que con el objetivo de una cámara fotográfica o de una filmadora se obtiene sólo una parte de la realidad que, con mucha frecuencia, es subjetiva o se usa para distorsionar la realidad bajo la pretensión de objetividad.

Por alguna razón, los estudiantes suelen estar más interesados en las opiniones que en los hechos. Tal vez por la superstición de que una opinión informada es una síntesis de miles de hechos. Esta idea es muy peligrosa, pero no podemos escapar al compromiso de dar nuestra opinión cuando se requiere. Sólo podemos, y debemos, advertir que una opinión informada sigue siendo una opinión que debe ser probada o desafiada.


La semana pasada los estudiantes discutían sobre la caravana de centroamericanos que se dirige a la frontera de Estados Unidos. Como uno de ellos insistió en saber mi opinión, comencé por el lado más controvertido: este país, Estados Unidos, está fundado en el miedo de una invasión y sólo unos pocos han sabido siempre cómo explotar esa debilidad, con consecuencias trágicas. Tal vez esta paranoia surgió con la invasión inglesa en 1812, pero si algo nos dice la historia es que prácticamente nunca ha sufrido una invasión a su territorio (si excluimos el ataque del 2001, el de Pearl Harbor, una base militar en territorio extranjero y, antes, la breve incursión de un mexicano montado a caballo, llamado Pancho Villa) y sí se ha especializado en invadir decenas de otros países desde su fundación (territorios indios) en el nombre de la defensa y la seguridad. Siempre con consecuencias trágicas.

Por lo tanto, la idea de que unos pocos miles de pobres de a pie van a invadir el país más poderoso del mundo es simplemente una broma de mal gusto. Como de mal gusto es que algunos mexicanos del otro lado adopten este discurso xenófobo que ellos mismos sufren, consolidando la ley del gallinero.

En la conversación mencioné, al pasar, que aparte de la paranoia infundada había un componente racial en la discusión.

“You don’t need to be a racist to defend the borders”, dijo un estudiante.

Cierto, observé. Uno no necesita ser racista para defender las fronteras o las leyes. En una lectura inicial, la frase es irrefutable. Sin embargo, si tomamos en consideración la historia y un contexto presente más amplio, enseguida salta un patrón abiertamente racista.

El novelista francés Anatole France, a finales del siglo XIX, había escrito: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”. Uno no necesita ser clasista para apoyar una cultura clasista. Uno no necesita ser machista para reproducir el machismo más rampante. Con frecuencia, basta con reproducir, de forma acrítica, una cultura y defender alguna que otra ley.



Dibujé una figura geométrica en la pizarra y les pregunté qué veían allí. Todos dijeron un cubo, una caja. Las variaciones más creativas no salían de una idea tridimensional, cuando en realidad lo dibujado no era más que tres rombos formando un hexágono. Algunas tribus en Australia no ven 3D sino 2D en la misma imagen. Vemos lo que pensamos y a eso le llamamos objetividad.



Cuando Lincoln venció en la guerra civil, puso fin a una dictadura de cien años que hasta hoy todos llaman “democracia”. Por el siglo XVIII, los negros esclavos llegaban a ser más del cincuenta por ciento en estados como Carolina del Sur, pero no eran siquiera ciudadanos estadounidenses ni eran seres humanos con derechos mínimos. Desde mucho antes de Lincoln, racistas y anti racistas propusieron solucionar el “problema de los negros” enviándolos “de regreso” a Haití o a África, donde muchos de ellos terminaron fundando Liberia (la familia de Adja, una de mis estudiantes de este semestre, procede de ese país africano). Lo mismo hicieron los ingleses para limpiar de negros Inglaterra. Pero con Lincoln los negros se convirtieron en ciudadanos, y una forma de reducirlos a una minoría no fue solo poniéndoles trabas para votar (como el pago de una cuota) sino abriendo las fronteras a la inmigración.


La estatua de la Libertad, donada por los franceses, todavía reza: “dame los pobres del mundo, los desamparados…” Así, Estados Unidos recibió oleadas de inmigrantes pobres. Claro, pobres blancos en su abrumadora mayoría. Muchos resistieron a los italianos y a los irlandeses porque eran pelirrojos católicos. Pero, en cualquier caso, eran mejor que los negros. Los negros no podían inmigrar de África, no solo porque estaban mucho más lejos que los europeos sino porque eran mucho más pobres y casi no había rutas marítimas que los conectara con Nueva York. Los chinos tenían más posibilidades de alcanzar la costa oeste, y tal vez por eso mismo se aprobó una ley prohibiéndoles la entrada por el solo hecho de ser chinos.

Esta, entiendo, fue una forma muy sutil y poderosa de romper las proporciones demográficas, es decir, políticas, sociales y raciales de los Estados Unidos. El nerviosismo actual de un cambio de esas proporciones es sólo la continuación de la misma lógica. Si no, ¿qué podría tener de malo pertenecer a una minoría, de ser especial?

Claro, si uno es un hombre de bien y está a favor de hacer cumplir las leyes como corresponde, no por ello es racista. Uno no necesita ser racista cuando las leyes y la cultura ya lo son. En Estados Unidos nadie protesta por los inmigrantes canadienses o europeos. Lo mismo en Europa y hasta en el Cono Sur. Pero todos están preocupados por los negros y los mestizos híbridos del sur. Porque no son blancos, buenos, y porque son pobres, malos. Actualmente, casi medio millón de inmigrantes europeos viven ilegalmente en Estados Unidos. Nadie habla de ellos, como nadie habla de que en México vive un millón de estadounidenses, muchos de ellos de forma ilegal.

Terminada la excusa del comunismo (ninguno de esos crónicos Estados fallidos es comunista sino más capitalistas que Estados Unidos), volvemos a las excusas raciales y culturales del siglo anterior a la Guerra Fría. En cada trabajador de piel oscura se ve un criminal, no una oportunidad de desarrollo mutuo. Las mismas leyes de inmigración tienen pánico de los trabajadores pobres.

Es verdad, uno no necesita ser racista para apoyar las leyes y unas fronteras más seguras. Tampoco necesita ser racista para reproducir y consolidar un antiguo patrón racista y de clase, mientras nos llenamos la boca con eso de la compasión y la lucha por la libertad y la dignidad humana.


Escritor uruguayo-estadounidense
Profesor en la Jacksonville University




3/11/18

FMI, FAKENEWS y LAWFARE




“Ora, sou um ser humano, portanto, não sou perfeito” dijo Onyx Lorenzoni cuando todavía era diputado federal y admitió haber recibido una coima de cien mil reales. En el nuevo gobierno de Brasil, Lorenzoni será el ministro de la poderosa Casa Civil, según ya fue anunciado, aunque el derechista Jair Messias Bolsonaro se jactaba de que en su gobierno no habría corruptos. Junto con Lorenzoni, asumirá como Ministro de Justicia Sergio Moro, el juez de Curitiba que, de la mano del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, investigó a la empresa Odebrecht en el famoso Lava Jato que provocó el golpe legislativo contra Dilma Rousseff, a quien no le pudieron probar ningún delito. Tampoco le pudieron probar nada a Lula, a quien Moro condenó por “íntima convicción”. Habría que agregar ahora: “íntima convicción política”.

Es un mundo que se enciende en flamígera lucha contra la corrupción. Pero son llamas de artificio: en la cúspide de esa construcción, el Fondo Monetario Internacional, la gran autoridad financiera mundial aceptada por estos gobiernos, la que establece reglas de juego y el tono moral de las operaciones financieras globalizadas, tiene récord de directores acusados o condenados en causas de corrupción.

Desde la actual directora, Christine Lagarde, que fue condenada por el desvío ilegal de fondos en el escándalo de Crédit Lyonnaise, cuando era ministra de Economía del presidente Nicolás Sarkozy, hasta Jacques de Laroissiere, que dirigió el organismo financiero internacional entre 1978 y 1987, y que estuvo involucrado en calidad de cómplice también en la casi quiebra del Crédit Lyonnais.

Otro de sus directores durante los ‘90, el español Rodrigo Rato, fue condenado a cuatro años y medio de prisión por el escándalo de las llamadas “tarjetas black”, también referido al desvío de dinero a su favor o a favor de grandes empresas. Pero quizás el caso más estrepitoso fue el del economista francés Dominique Strauss-Kahn que fue director del FMI entre 2004 y 2008 y fue denunciado por agresión sexual y más tarde por proxeneta, al aparecer vinculado con una red de alta prostitución en Europa.

Onyx Lorenzoni aceptó que recibió coimas después de aparecer en las declaraciones de dos empresarios “arrepentidos”, pero no se le abrió causa. Onyx pertenece a la “bancada da bala” que representa en la Cámara de Diputados a los intereses de la industria armamentística brasileña. Taurus y CBC, dos de las empresas más importantes de ese rubro, financiaron la campaña de Lorenzoni. El favorito de Bolsonaro para presidir Diputados es Joao Campos, diputado federal por el estado de Goias, que pertenece también a la bancada da bala y además es pastor evangelista, o sea que suma a la “bancada da Biblia”. Estos grupos proponen derogar las leyes que limitan la posesión de armas de fuego.

Es un gobierno de derecha. Se puede estar de acuerdo o no, siempre que se respeten las reglas de juego democráticas. Pero el descarado nombramiento de Moro se convirtió en una burla a la democracia. Ni siquiera se preocuparon en ocultar que el juicio y la condena contra Lula se basaron en la parcialidad política del juez. Con Lula en libertad, Bolsonaro nunca hubiera ganado esas elecciones. La derecha llegó al poder en Brasil gracias a la actitud inmoral de Moro, patrocinado por el departamento de Justicia norteamericano. La justicia brasileña quedó expuesta abiertamente y sin disimulos en el barro de los golpistas.

Desde la Cumbre de Mar del Plata en 2005, cuando Néstor Kirchner, Lula y Hugo Chávez desbarataron la propuesta del ALCA y diseñaron organismos de integración regional que dejaban fuera a Washington, como la Unasur, la inteligencia norteamericana buscó deponer a los gobiernos populares de la región.

    Y la forma que encontró fue el lawfare sostenido por fakenews. Un dispositivo que se basa en los servicios de inteligencia que producen contenidos falsos, sobre el concepto de posverdad, que son difundidos por las grandes corporaciones de medios y por granjas de trolls en las redes que, a partir de la repetición y saturación de denuncias crean el clima que justifica el accionar arbitrario de una parte del Poder Judicial contra dirigentes de movimientos y gobiernos populares.

Es imposible deslindar la actitud de Moro de la obsesiva persecución judicial contra Cristina Kirchner en Argentina y contra Rafael Correa en Ecuador. El mecanismo diseñado para los nuevos golpes antidemocráticos en los países latinoamericanos se apoya en esas tres patas: servicios de inteligencia, medios y funcionarios judiciales. De los tres, la participación más grave es la de ese sector del Poder Judicial, porque se da por descontado que espías y corporaciones mediáticas siempre responden en última instancia a los intereses del poder económico concentrado.

La judicialización de la política no empezó ahora. Lo que es nuevo es la práctica de llevarla a un extremo que la convierte en herramienta de golpes antidemocráticos contra gobiernos y movimientos populares. Antes eran depuestos o perseguidos por elementos de las Fuerzas Armadas formadas en la Escuela de las Américas en la Doctrina de la Seguridad Nacional. Y ahora por estos funcionarios judiciales que aplican mecanismos diseñados por Estados Unidos para forzar al extremo y desnaturalizar instrumentos legales.

No se trata de ocultar o disimular hechos de corrupción. Por el contrario, cuando desaparecen los parámetros que permiten investigarlos y juzgarlos, todos o ninguno pueden ser corruptos. No alcanza con que “parezca” que todos son corruptos, porque eso es lo que crean las campañas mediáticas. Tiene que haber una institución imparcial que pueda investigar y decidir con pruebas concretas y no circunstanciales, dudosas o, por la más dudosa y cuestionable “convicción” personal del juez. Tiene que haber respeto a las garantías individuales y a la libertad. No se puede forzar instituciones como el sorteo del tribunal, la prisión preventiva o el secreto de sumario en beneficio del show mediático o para favorecer a determinada fuerza política. La desaparición de la Justicia como parámetro, punto de referencia ante la sociedad, termina por favorecer a la corrupción.

Al igual que en Argentina, tras la derrota electoral se hicieron muchas lecturas. La principal de ellas es que los gobiernos populares no pudieron dar respuesta a reclamos sobre seguridad y corrupción. Y que en los hechos, estos reclamos fueron más importantes que las mejoras logradas en vivienda, salud, educación, trabajo, alimentación, salario, jubilaciones y demás, que son factores que cada ciudadano percibe en forma personal. Esa jerarquización es todavía más compleja porque la corrupción, aún cuando existiera, no tiene impacto directo en el ciudadano. Y sobre inseguridad, que sí la tiene, no existe solución mediata o inmediata porque confluyen en esa problemática muchos factores.

Para realizar esa maniobra de jerarquización, la derecha tuvo que sacar de la abstracción la idea de corrupción y hacer creíbles soluciones mágicas sobre la inseguridad que ya han fracasado. La primacía de estos reclamos sobre los primeros no se produce de manera natural. Nadie sacrifica la posibilidad de una vivienda propia o de una jubilación digna en función de una promesa de solución mágica de la inseguridad o de una supuesta corrupción que no tiene incidencia en su cotidianeidad.

Un negro no tendría que votar a un racista o una mujer a un machista que la desprecia o un homosexual a un homofóbico. Una maestra que vio la mejora de su salario y las notebooks de sus alumnos no tendría que votar en contra de esa situación, lo mismo que el que se jubiló decorosamente con las moratorias o el que obtuvo la casa propia gracias a un programa estatal de viviendas. Esos cortocircuitos que contraponen a las personas con sus intereses objetivos tienen que producirse a partir de una intervención en la subjetividad, en la valoración de esas problemáticas.

Es reduccionista achacar estos fenómenos tan complejos a una sola causa. Pero en el trazo grueso se trata de identificar por lo menos al más nuevo y visible. La subjetividad es el terreno de los medios de comunicación y las redes sociales. Se ha dicho que esa lectura es una justificación de la derrota porque es incapaz de reconocer las propias limitaciones. Por el contrario, la primera limitación que se deduce a partir de esa lectura es la subestimación del adversario.

Diez días antes de la segunda vuelta, la campaña de Bolsonaro emitió por whatsapp millones de mensajes con denuncias falsas contra el PT. Grandes empresarios compraron paquetes de llamadas por robots o “bots” y el Tribunal Supremo Electoral analiza una denuncia contra Bolsonaro por esta financiación política encubierta. La denuncia fue publicada por la Folha de Sao Paulo, competidor de la Rede Globo.

Tras constatar esas denuncias, Laura Chinchilla, ex presidenta de Costa Rica y jefa de la misión electoral de la OEA en Brasil, dijo: “Nos preocupa el uso de la noticia falsa para movilizar las voluntades de las personas. El fenómeno que estamos viendo en Brasil no tiene precedentes en el mundo”, manifestó la veedora. En las últimas dos semanas de la campaña se estancó la tendencia de crecimiento del candidato del PT y pegó un salto la figura de Bolsonaro. La maniobra mediática se aplicó los diez días previos a la primera y la segunda vuelta. Resulta interesante que una de las primeras declaraciones de Bolsonaro como presidente electo fue: “La Folha tiene los días contados”.


Cristilula, Bolsomacri








28/8/18

LA SEGUNDA RESISTENCIA





Dado el incalculable daño causado a la República por este gobierno, la verdad es que la respuesta popular ha sido hasta ahora muy prudente. El desastre económico y social (hambre, desempleo, destrucción del sistema productivo y provisional, y de la educación, salud y ciencia) ha alcanzado niveles que jamás nadie imaginó. Pero el presente ominoso que vivimos -siendo doloroso y desalentador- no por eso ha vencido al pueblo argentino ni mucho menos.

Y tampoco lo doblega el circo periodístico, pletórico de fotocopias dudosas y sin pericias caligráficas, que ofrece arrepentimientos insinceros arrancados a fuerza de chantaje judicial. Con lo que las “confesiones” son truchas porque los dizque “arrepentidos” son corruptos perdonados a cambio de acusaciones verbales y sin pruebas, como si el deshonor se lavara con el agua bendita de Comodoro Pro. Y encima no deja de ser llamativo que en la lista de empresarios coimeros que se autoincriminan diariamente ante el sergiomoro argentino sigue sin ser citado el Sr. Franco Macri. Ausencia más que notoria, impresionante. A menos que sea el único hiperempresario que jamás ofreció ni cobró una coima.

Pero sí es verdad que la organización de la oposición se ha demorado, en parte por la velocidad, audacia y heterodoxia con que el oficialismo impone decisiones, a la vez que siembra cizaña y miente con descaro. No obstante lo cual, aunque llevó más tiempo del deseado, la organización popular empieza a ser visible.

Obviamente no es un proceso concluído y su evolución es lenta y probablemente será dolorosa, porque el más grave daño moral infligido a la república por este gobierno es el odio que instalaron, que es un odio de clases, un odio gorila que genera resentimiento en los subsuelos de la Patria y hoy opera con la misma ferocidad que en los bombardeos criminales de otros odiadores, los de junio de 1955, que de hecho son los mismos, reciclados, porque estos son hijos y nietos putativos de aquellos oligarcas, igualmente corruptos y violentos.

Por eso quizás sea pertinente hablar de una Segunda Resistencia. Que, como hace décadas, se está gestando y será una tromba, aunque quizás todavía no se vea clara porque aún es tiempo de apechugar y tomar impulso.

Quizás muchos jóvenes ignoren qué fue la Resistencia Peronista, nombre con el que la Historia Argentina recuerda el enfrentamiento a las dictaduras y gobiernos civiles instalados a partir del golpe de estado que el 16 de septiembre de 1955 derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. Hasta el 25 de mayo del 73, cuando una gran victoria electoral llevó a la presidencia a Héctor J. Cámpora, fueron 18 años de lucha contra todos los gobiernos instalados mediante golpes de estado y elecciones con el peronismo proscripto.

Si hace décadas aquella Resistencia -que fue sindical, estudiantil, juvenil, barrial y cultural e incluso religiosa- tenía por objetivo el regreso de Perón al país y la realización de elecciones libres y sin proscripciones, la de hoy puede y debe ser mejor. Porque ya no es sólo peronista, ni kirchnerista solamente, sino que ahora hermana a todo el pensamiento nacional y popular, incluyendo a los muchos radicales que no se doblaron, a los socialistas de buena memoria que honran a Alfredo Palacios, a las organizaciones de la izquierda nacional y a decenas de colectivos que se plantan día a día frente a la canalla neoliberal, reclamando de manera pacífica el fin de este oscuro período de latrocinio y odio.

Es un pueblo el que se está plantando frente a los nuevos dictadores de este tiempo miserable. Es tiempo de optimismo, entonces, si como pensamos la Segunda Resistencia ha comenzado. Fragmentada y pacífica, pero consistente, ya se la ve en las calles, los muros, las fábricas, las plazas, los puentes. En el repudio y la puteada cada vez más sonoros. En los maestros y ahora en los estudiantes, una vez más vanguardia de resistencia. El universo sindical que con excepciones tiene vocación retardataria, se sumará más temprano que tarde. Y todo en paz, esta vez sin más armas que las ideas y principios libertarios, la convicción democrática y el anhelo de justicia, soberanía, trabajo y dignidad. Y con el sentimiento patriótico renovado, para enfrentar al coloniaje.

Esta Segunda Resistencia convoca a militantes de todos los orígenes, hermanados en el repudio a la mafia ejecutivo-judicial y en la comprensión de que el centro y eje de la cuestión pasa por una nueva Constitución Nacional. Lo que es buenísimo, más allá de que algunos lo celebren como si descubrieran el dulce de leche. En esta columna lo afirmamos muchas veces: desde el mismísimo 27 de abril de 1956, cuando por un así llamado “bando revolucionario” los dictadores de entonces anularon la CN más democrática, social e igualitaria de nuestra historia (la de 1949), hubo memoria por lo menos en juristas como Jorge Cholvis y Eduardo Barcesat, y ahora también en un colectivo de ciudadanos notables, entre ellos Raúl Zaffaroni, Julio Maier, José Massoni y muchos más que trabajamos por una nueva Constitución.

Que es un camino largo pero inexorable, desde ya, porque replantea todo, como señala El Manifiesto Argentino desde 2002: que la salud, la educación y la previsión social son irrenunciables, indelegables e innegociables. Que las políticas sociales son derechos. Que los únicos monopolios deben ser para defender recursos naturales, servicios públicos sociales y desarrollo de áreas estratégicas. Que los recursos naturales en todo nuestro territorio, en superficie y en subsuelo, son también irrenunciables, indelegables e innegociables, y no serán jamás garantía de endeudamientos o negociaciones financieras, y se anulará toda extranjerización. Que la soberanía será de doble carácter Nacional y de Unidad Latinoamericana, y que desde esa concepción la Argentina promoverá la paz con paz y no se integrará a políticas guerreristas internacionales. Que los derechos históricos, geográficos y jurídicos sobre las Islas Malvinas son inclaudicables. Y entre muchas otras disposiciones, que la transparencia de todos los actos públicos y/o de gravitación social será Política de Estado -de una buena vez- y se caracterizará por el control, lucha y castigo de toda forma de corrupción, para lo cual es prioritario -ab initio e in totum- declarar en comisión a todo el Poder Judicial.

Como toda resistencia política, pacífica y patriótica, es difícil pero es posible.. Y sobre todo es urgente y necesaria.


Por Mempo Giardinelli






¿Cuál es el Plan, qué Programa levantaremos?

 

    La CONSTITUCIÓN del 49, que se irá perfeccionando con intervenciones de todo tipo, principalmente las del movimiento obrero, a través del tiempo.

Hoy, toda NUESTRA HISTORIA de PLANES, la CONSTITUCION y los PROGRAMAS PERONISTAS, se ACTUALIZAN en 27 PUNTOS del PROGRAMA DE LA CORRIENTE FEDERAL DE TRABAJADORES – CGT

Con el pueblo movilizado, para empezar la discusión sobre el plan, con el objetivo a llevar adelante para tener el país que queremos.

NECESITAMOS UN PROGRAMA PERONISTA


29/4/18

HORIZONTE NEOLIBERAL




Antonio Berni, Manifestación - año 1934


El 1º de Mayo es una fecha conmemorativa de la tragedia de los Mártires de Chicago, ocurrida en Estados Unidos en 1886, cuando dirigentes y activistas sindicales fueron sometidos a un proceso vergonzoso, plagado de irregularidades y que llevaron a condenas –en varios casos, a la horca- o al suicidio de los obreros víctimas de esa farsa montada por el Estado. Fue imprescindible la ayuda de fuerzas policiales infiltradas –y responsables de las bombas que explotaron- en una manifestación, la complicidad de la prensa hegemónica ligada a las patronales y un buen grado de xenofobia e indiferencia de las capas medias de la sociedad.

La lucha obrera tomada como excusa para la represión de las fuerzas de seguridad –que cobró la vida de muchos manifestantes- y la posterior “judialización”, sesgada y fraudulenta, tuvo consecuencias dramáticas como las antes aludidas u otras variadas expresiones persecutorias (expulsión de extranjeros, multas, encarcelamientos, tortura de detenidos). Además, tenía por objeto la reducción de la jornada de trabajo que, por ese entonces, superaba en promedio las 14 horas sin descanso semanal, alcanzar condiciones de labor algo más acordes con la dignidad humana y combatir el trato laboral recibido por mujeres y niños sujetos a una explotación extrema.

Con el tiempo, en virtud de las conquistas y progresos en materia de Derechos Sociales esa fecha, sin perder la connotación conmemorativa, fue constituyéndose a su vez en una celebración del trabajo y de los trabajadores. Sin embargo, con frecuencia ha dado el marco para el reclamo, la protesta o el rechazo de políticas de gobierno.

Experiencias históricas

La flexibilización laboral se enuncia como un proceso de necesario acomodamiento de las nuevas formas de producción, a la adaptación al desarrollo tecnológico, que no estarían debidamente consideradas en la legislación vigente, tildándosela de rígida o sobrecargada en materia de regulaciones de la relación entre empleador y empleado.

Paradójicamente, como quedó a la vista en la última década del siglo pasado, la desregulación normativa no fue tal. Por el contrario, fueron dictadas gran cantidad de normas –llegamos a tener más de 25 modalidades de contratación laboral flexibles-, convirtiendo al Derecho del Trabajo en un universo jurídico inmenso, de permanente cambio peyorativo e ininteligible en cuanto a su dimensión cierta no sólo para sus destinatarios naturales sino para los principales operadores del derecho (magistrados, funcionarios, abogados)

La aducida modernidad que imponía flexibilizar el desenvolvimiento del trabajo dependiente en beneficio de un falso interés general, tuvo por resultado la creciente precarización de las condiciones laborales, los abusos patronales consuetudinarios y el incremento indecente de la rentabilidad de las grandes empresas.

El horizonte laboral que nos proponen

El fallido intento inicial del Gobierno por consagrar una Reforma Laboral que barría con derechos conquistados e institucionalizados a lo largo de muchas décadas, tuvo una segunda etapa que consistió en inducir en la práctica empresaria –sostenida por el Estado- la flexibilización precarizante de hecho a la sombra del desempleo creciente, la represión brutal de los reclamos obreros y la pasividad –cuando no la connivencia- de ciertos sectores sindicales.

A la par, esa segunda fase comprendía una inusitada presión sobre los jueces del trabajo, la cooptación evidente de la Corte Suprema favorecida por su nueva integración y la pretensión de introducir por goteo la Reforma pretendida con variadas iniciativas legislativas propiciadas por el Poder Ejecutivo, a la espera de condiciones favorables para volver sobre el primer Proyecto de deconstrucción integral del Derecho del Trabajo.

En estos días nos volvió a “sorprender” el Máximo Tribunal nacional echando por tierra con una jurisprudencia que se creía consolidada en el año 2015, con sustento en Tratados y Convenios Internacionales sobre derechos humanos y sociales esenciales, reiteradamente invocados en sus fallos. El caso “Rica c/ Hospital Alemán” es la punta del iceberg en la búsqueda de deslaboralizar el trabajo dependiente, en línea con el afán empresario que representa el Gobierno nacional.

En esa línea se exhibe la bizarra creación de la categoría de los “trabajadores profesionales autónomos económicamente vinculados”, una absoluta ficción incorporada en aquel Proyecto de Reforma Laboral.

Categoría laboral que abarcaría a aquellas personas que presten servicios especializados, realizando una actividad a título oneroso, de manera habitual, personal y directa, para una persona física o jurídica y de los que resulten hasta el 80% de sus ingresos anuales y/o no superen las 22 horas semanales de dedicación.

Ostensible caracterización de una relación de empleo, pero que los dejaría fuera de la aplicación de la Ley de Contrato de Trabajo y con sujeción a parámetros de imposible contralor, convirtiéndose así en una legalización de un fraude impune.

El juego de las semejanzas

No se trata de hacer forzados paralelismos con los sucesos de 1886, ni con otros muchos similares que registra la Argentina del siglo XX, sino de un análisis elemental de lo que está ocurriendo en la actualidad.

La resignada aceptación de lo que nos muestran como el único camino, y destino inexorable, comunicadores rentados y funcionarios ocupados sólo de gerenciar intereses antinacionales y antipopulares, nos conduce aceleradamente al abismo que nos presentan como grieta.

Mirar al costado, hacerse el distraído, pensar que únicamente le ocurre a otros sin que nos genere sentimiento alguno de solidaridad, acelera el recorrido de un sendero que no se bifurca porque la meta es una sola.

Despertar cuanto antes del sueño amarillo prometido, que en realidad es una pesadilla atroz para la inmensa mayoría de la población, es la exigencia de la hora.

No vaya a ser que el aletargamiento, un negacionismo insostenible, nos conduzca irremediablemente a una tragedia nacional de incierto y cruento final.


1° de MAYO: Recuerdos del Futuro
Álvaro Ruiz





Los mártires de Chicago

El 1 de mayo empezaron una serie de protestas en Chicago (donde las condiciones de los trabajadores eran mucho peores que en otras ciudades del país) se habían producido en respaldo a los obreros en huelga, para reivindicar la jornada laboral de ocho horas. El 4 de mayo de 1886 se convirtió en el punto álgido de las protestas. Durante una manifestación pacífica una persona desconocida lanzó una bomba a la policía que intentaba disolver el acto de forma violenta.

El 5 de mayo en Milwaukee, la milicia del Estado respondió con una masacre sangrienta en un mitin de trabajadores; acribillaron a ocho trabajadores polacos y un alemán por violar la ley marcial. En Chicago, se llenaron las cárceles de miles de revolucionarios y huelguistas. Arrestaron a todo el equipo de imprenta del Arbeiter Zeitung y la policía detuvo a 8 anarquistas: George Engel, Samuel Fielden, Adolf Fischer, Louis Lingg, Michael Schwab, Albert Parsons, Oscar Neebe y August Spies. Todos eran miembros de la IWPA (Asociación Internacional del Pueblo Trabajador), asociación de corte -de lo que años después se denominaría como- anarcosindicalista.

Esto desembocó en un juicio, años después calificado de ilegítimo y deliberadamente malintencionado, hacia ocho trabajadores anarquistas y anarcocomunistas, donde cinco de ellos fueron condenados a muerte (uno de ellos se suicidó antes de ser ejecutado) y tres fueron recluidos. Fueron denominados Mártires de Chicago por el movimiento obrero



Las últimas palabras de los Mártires de Chicago

Michael Schwab: Hablaré poco, y seguramente no despegaría los labios si mi silencio no pudiera interpretarse como un cobarde asentimiento a la comedia que se acaba de desarrollar. Lo que aquí se ha procesado es la anarquía, y la anarquía es una doctrina hostil opuesta a la fuerza bruta, al sistema de producción criminal y a la distribución injusta de la riqueza. Ustedes y sólo ustedes son los agitadores y los conspiradores.

Adolf Fischer: Solamente tengo que protestar contra la pena de muerte que me imponen porque no he cometido crimen alguno… pero si he de ser ahorcado por profesar mis ideas anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo inconveniente. Lo digo bien alto: dispongan de mi vida.

Albert Parsons: El principio fundamental de la anarquía es la abolición del salario y la sustitución del actual sistema industrial y autoritario por un sistema de libre cooperación universal, el único que puede resolver el conflicto que se prepara. La sociedad actual sólo vive por medio de la represión, y nosotros hemos aconsejado una revolución social de los trabajadores contra este sistema de fuerza. Si voy a ser ahorcado por mis ideas anarquistas, está bien: mátenme.

Hessois Auguste Spies: Honorable juez, mi defensa es su propia acusación, mis pretendidos crímenes son su historia. […] Puede sentenciarme, pero al menos que se sepa que en el estado de Illinois ocho hombres fueron sentenciados por no perder la fe en el último triunfo de la libertad y la justicia.

Louis Lingg: No, no es por un crimen por lo que nos condenan a muerte, es por lo que aquí se ha dicho en todos los tonos: nos condenan a muerte por la anarquía, y puesto que se nos condena por nuestros principios, yo grito bien fuerte: ¡soy anarquista! Los desprecio, desprecio su orden, sus leyes, su fuerza, su autoridad. ¡Ahórquenme!





21/4/18

ABORTO y GUILLOTINA





El 8 de junio de 1943, un tribunal francés condenó a la pena capital a Marie-Louise Giraud, una lavandera de la ciudad de Cherburgo, por haber practicado una veintena de abortos. El 30 de julio fue ejecutada en la guillotina de la cárcel de La Petite Roquete (París). Giraud era lo que se conocía popularmente como faiseuse d’anges (creadora de ángeles), una abortista “profesional”. La dureza de la pena sorprendió a jueces y policías, ya que nadie recordaba que un castigo semejante hubiera sido aplicado por un acto ante el cual las autoridades habían mostrado cierta tolerancia. El Código Napoleónico había definido al aborto como un crimen pero en la legislación republicana posterior quedó tipificado como un delito. Las leyes de la década de 1920 exoneraban a la mujer que abortaba pero castigaban con penas de prisión y multas a los terceros involucrados-médicos y “creadoras de ángeles”. Pero en la década del 30, la obsesión con la caída de la natalidad y el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial volvieron a crear una atmósfera contraria a las prácticas reproductivas maltusianas. La criminalización del aborto fue su expresión más extrema.

En febrero de 1942, el gobierno reaccionario del mariscal Pétain promulgó la Ley 300, que volvía a definir al aborto como un crimen. La medida estaba dirigida contra “cualquier individuo sobre el cual exista la presunción precisa y consistente de que él o ella han realizado o intentado realizar, de forma reiterada y por razones económicas, un aborto, independientemente de que la mujer estuviese real o supuestamente embarazada, o que hayan facilitado los medios para llevar a cabo el aborto” (Art. 1).

No había necesidad de probar la existencia del crimen, su presunción era suficiente para condenar. La ley calificaba a los condenados como “autores, coautores o cómplices cuyas actividades amenazan al pueblo francés” (Art. 2).

Se proponían dos cursos de acción: la privación de la libertad (internamiento administrativo) o el procesamiento por el Tribunal de Estado. Este era una jurisdicción especial creada por el gobierno en 1941 –momento en que se producen las primeros actos contra la ocupación alemana– con el objetivo de imponer sanciones excepcionalmente duras por fuera de lo establecido en el Código Penal.

La decisión de procesar a Marie-Louise Giraud en una jurisdicción creada ad hoc para tratar cuestiones de enorme gravedad para la seguridad del Estado –como la resistencia armada– demuestra un grado de politización del cuerpo con pocos precedentes en la historia. Como puede leerse en los fundamentos de la sentencia del Tribunal de Estado de París –y también en algunas tesis de medicina de esa época– al criminalizar la interrupción voluntaria del embarazo, la Ley 300 transformó a los abortistas en “asesinos de la patria” y al aborto en un “crimen contra el embrión, la sociedad, el Estado y la raza”, todo ello en un contexto en el cual se glorificaba a la familia numerosa y la maternidad mientras se deportaba a judíos y revocaba la nacionalidad a extranjeros naturalizados.

El andamiaje represivo que condujo a la única ejecución por aborto de la que se tiene registro en la historia moderna no fue obra exclusiva de un régimen político empecinado en desandar el camino iniciado en 1789. Tenía sus orígenes en la campaña llevada a cabo por las organizaciones antimaltusianas en los últimos años de la Tercera República. La más importante fue la Alianza Nacional contra la Despoblación, creada en la década de 1890 y dirigida por Fernand Boverat. Este cruzado de la ideología natalista, admirado en Argentina por figuras de la talla de Gregorio Aráoz Alfaro y Alejandro Bunge, movió cielo y tierra para que el Estado francés reconociese la función patriótica de las familias numerosas a través de medidas similares a las adoptadas por las dictaduras nazi y fascista, desde las exenciones impositivas y la discriminación “positiva” en el empleo a la condena de las prácticas anticonceptivas.

La acción propagandística de la Alianza Nacional tuvo un rol fundamental en la construcción de un amplio consenso antimaltusiano. Sus ideólogos desplegaron una gran imaginación, y pocos escrúpulos para llevar el mensaje más allá del círculo de iniciados. No vacilaron en usar imágenes fuertes para convencer a la opinión de que el aborto era el peor de los crímenes. Un folleto titulado “La masacre de los inocentes”, que fue distribuido en reparticiones públicas, comparaba los distintos métodos para inducir un aborto con las torturas a las que eran sometidos los criminales en la antigüedad, como el aplastamiento, la asfixia, el empalamiento y la hoguera. El mismo documento describía al aborto como un “crimen” más vil que el asesinato de un anciano –a quien “se le roban los años menos felices de su existencia”– y un enfermo incurable –a quien “se le roban algunos años de sufrimiento”–, ya que “asesinar a un niño prenatal es robarle 60 años de vida”.

Tras décadas de ejercer presión sobre la clase política y saturar la opinión con una retórica catastrofista, en 1939 el gobierno republicano promulgó un Código de Familia que incorporaba varios de los reclamos del lobby natalista. Mientras se aprestaba para la guerra, el Estado francés se lanzó a la caza de “creadoras de ángeles” y médicos abortistas. Su víctima más notoria fue la militante feminista Madeleine Pelletier, primera mujer médica diplomada en psiquiatría, que fue arrestada y encerrada en un manicomio bajo la falsa acusación de haber realizado un aborto en una menor.


El caso Marie-Louise Giraud

Andrés H. Reggiani
Profesor investigador (Departamento de Estudios Históricos y Sociales Universidad Torcuato Di Tella)








29/3/18

EL "HOMBRE" ES UN ERROR DEL SISTEMA






La desaparición de personas, lejos de constituir un fenómeno excepcional de una etapa o de un determinado contexto sociopolítico e histórico, es la consecuencia extrema de una lógica inherente al desarrollo del capitalismo.

Sobran las pruebas históricas, también “desaparecidas” de las historias oficiales con las que se fundamentan las existencias de las organizaciones sociales y políticas denominadas “estados nacionales” y sobre cuyas bases ahora se erige la construcción de las organizaciones supranacionales y regionales como la Unión Europea, el Mercosur, el Nafta y demás decenas de Alianzas –fundamentalmente comerciales– que configuran hoy el mapa político del globo.

La comprensión de este concepto es necesaria para no tomar el caso de la desaparición de personas en el período de la última dictadura militar como un episodio “aislado” y un fenómeno estructurado por el estado “de excepción” que todo “asalto” del poder supone, en cualquiera de sus formas.

Los valores del capitalismo, aquellos que incluso se consagran en las constituciones de muchos estados nacionales que rigen la organización social y la denominada “libertad del individuo”, sobre todo las leyes consagradas a la propiedad privada y al libre comercio, son las máscaras de proa con las que, esencialmente, se protege la libertad para hacer negocios y acumular capital, lo cual incluye, implícitamente, que en las reglamentaciones prácticas de las leyes se considere la existencia misma del hombre como un error del sistema a eliminar.

No está escrito en ninguna parte, claro está, pero sí en el extremo lógico con el que se despliega esta contradicción se da la paradoja de que, si el hombre mismo se hace obstáculo para la prosecución del proceso de producción y acumulación de capital, es decir, la efectuación de la plusvalía, entonces esa es la libertad individual que puede no ser respetada. Es el verdadero estado de excepción que se contempla de fondo, sin que esto se encuentre más que en el espíritu de las leyes del capitalismo ultraliberal.

No podría dictarse ni consagrarse en ninguna constitución semejante legalidad. Pero es real: el hombre, efectivamente, es un error del sistema. 

 Y si el sistema se basa en la tendencia a la eficiencia, la productividad y competitividad en la carrera por la plusvalía, léase explotación del trabajo hecho por el hombre, entonces ese error tiende a ser inadmisible. De ahí que el desarrollo del sector de Recursos Humanos dentro de las corporaciones haya tenido tal impulso en los últimos 30 años. Pero, por más que se intenten todas las “afinaciones” posibles para lograr la adaptación obediente del ser humano, no hay caso. Lo que retorna una y otra vez, como falla del sistema, es lo que Freud detectó hace ya más de cien años en el síntoma. Retorna un cuerpo que nada tiene que ver con la operatividad del sistema, ni en cuanto al tiempo ni en cuanto al espacio en el que ese cuerpo “freudiano” habita. Retornan los vestigios del cuerpo del deseo, el amor y el goce, encadenados para situar en el inconsciente un “fuera de tiempo” y del espacio de la productividad. El síntoma, más o menos “estallado”, es la revelación de que hay algo incoercible que remite, una y otra vez, a tal falla del sistema, la “grieta por donde ese cuerpo desaparecido puede ser recuperado”.

Por lo tanto, Freud se instituye, con su método, como un recuperador de “cuerpos desaparecidos”, que se niegan a quedar enterrados para siempre en el silencio, asumidos definitivamente como “errores del sistema”.

Precisamente, el sistema pudo ir desarrollando formas más o menos sutiles de “desaparecer” los cuerpos. Por supuesto, no hablamos del cuerpo de la organicidad pura, que se explica por sistemas de órganos que se autocompensan, de cuyo funcionamiento correcto depende la prosecución de la “vida”. Freud descubrió –como lo “sabían” sus pacientes–, que en ese discurso no se hablaba de “vida”, de lo que resultaba, o no, ser “una vida”. Los pacientes, sobre todo las pacientes histéricas, daban cuenta de lo que para ellos “no era vida”.

La vida desaparecida

El psicoanálisis nace para, entre otras cosas, y sin proponérselo, dar cuenta de la extensión de lo desaparecido en el paisaje de la realidad capitalista, que, desde aquel tiempo hasta hoy, ha pasado a ser el paisaje global.

Los pacientes hablan de “lo desaparecido”, aun sin explicitarlo. Con mi colega y amigo Cristian Rodríguez, hemos escrito un libro (1) que sitúa el modo en que tanto Auschwitz como Hiroshima son los paradigmas del estado de excepción permanente en el que vive amenazada la existencia (no ya como abstracción, sino en cuanto a lo que se refiere a vestigio, a traza presente, en cada uno de los individuos contemporáneos: de humanidad) se manifiesta en estos fenómenos ubicados abiertamente en el extremo del desarrollo lógico e inercial del sistema que coloca a la existencia humana como falla, como error a eliminar. Auschwitz e Hiroshima fueron “correcciones” en masa. Un “refresh” del sistema.

Nadie que, en estado de gracia, enamorado, viviendo plenamente una vida que no está por completo ausente del deseo y del goce, puede pensar que se puede abocar al paradigma de la productividad medida en los términos de la guerra competitiva por el sinsentido de la acumulación, como se acumula basura. El “reciclado” es una de las caras actuales con las que recobra fuerza el valor de la productividad y la eficiencia, rostro más amable, de apariencia sensible incluso. Se recicla la basura, se protege la “naturaleza”, así como también se reciclan los cuerpos, y se reutilizan en una suerte de obsesión por evitar el paso de los años, por evitar, de forma alienada, quedar afuera del circuito de la utilidad.

Pacientes que “confiesan” que sienten que, para interactuar con otros, estando, como se ve dentro del paisaje urbano de todos los días, cada uno “en la suya” (con sus celulares, con sus “máquinas de enchufar”) tienen que “molestar”, cuando nadie quiere molestarse ni molestar a nadie, sobre todo porque nadie quiere ser molestado. Sin saberlo, el paciente nos brinda un rasgo del deseo, que “molesta”, incomoda, nos interfiere la inercia del movimiento rumbo a la asunción del “error”, rumbo al destino de desaparición. Son los pacientes quienes hablan de cómo se sienten “desaparecidos” para los otros.

El deseo, y el cuerpo deseante, está cada vez más borrado, aunque pudiera parecer exactamente lo contrario, en la profusión de las imágenes que supuestamente manifiestan la liberación de los deseos y el fin de las inhibiciones: eso pasa a ser casi una obligación, una nueva moral del deber “vivir la vida”. Como complemento reforzante, la maquinaria de publicidad y propaganda nos dice, a todos, qué significa y qué es “vivir la vida”. Son las formas sutiles del exterminio que mencionaba al principio, la realización de esa amenaza de fondo que constituye el estado de excepción permanente de la vida contemporánea.

¿Cómo explicarle a ese individuo, afectado de inconsciente, que de por sí, ese es el punto de partida, y no el final? ¿Cómo explicarle que, de entrada, se confronta a una libertad que, al fin y al cabo, jamás es la suya? ¿Qué sería en realidad, entonces, la construcción de una sociedad de individuos libres, realmente? Lacan se mofaba de esas declaraciones de Libertad que no contabilizan que la libertad, más que la de ser explotados, es la de asumirse como error del sistema, por lo tanto, la libertad de ser eliminado como tal.

Los pacientes hablan de su malestar, de lo exigidos que andan por la vida, como si en verdad no fuera o no la sintiesen “suya”. Esa alienación la viven como la exigencia de algo que, moralmente, los tortura –hablo en general, no en particular, una suerte de inferencia o de estado del sujeto contemporáneo, perteneciente a las clases medias, o medio altas urbanas– y que los lleva a pensar que, por esa tortura, se ganan el derecho a salvarse. ¿De qué? Pues precisamente, de desaparecer. ¡Al contrario! Por suerte existen los síntomas, y el psicoanálisis, como un dispositivo de recuperación de cuerpos, los cuerpos en los que se aloja y se vive “una vida”.

La tortura que mencionábamos, esa tortura moral que, a su vez, muchas veces estalla a nivel de esos órganos de la medicina más conservadora y tradicional, y se manifiesta como una especie de descompensación, o desregulación catastrófica inexplicable, son fenómenos OVNI (2).

¿No es acaso esta la prueba del estado de excepción, de ese punto sin ley en el que el sujeto se encuentra a merced de un goce mortífero para el que no le encuentra la vuelta civilizatoria? ¿No es allí donde reina el estado de excepción adónde van a parar los cuerpos desaparecidos, los detritos del sistema, que nada quieren saber del amor, del goce y del deseo, anudados en los cuerpos que detienen, enlentecen y hasta interrumpen la línea de montaje capitalista, sea cual fuere la forma que adopta en cada época, más moderna, menos moderna?

En el tema de la inseguridad que a muchos pacientes se les escucha decir, como “el karma de sus vidas”, se escucha el murmullo creciente y cada vez más claro, a medida de que progresa un análisis, que –lejos de tratarse de la autoestima o de la dificultad para saber “imponerse” y otras yerbas o modulaciones del decir “no”, tan de moda– donde se pone en claro que la inseguridad viene de esa pregunta del sujeto, de si el Otro, ese Otro que me devuelve el eco de mi propia voz muda, la voz muda de la pulsión de muerte, es finalmente humano. Eso es lo inquietante con lo que es difícil confrontar.




La extensión de lo desaparecido
José Luis Juresa: Psicoanalista. Miembro de EPC (Espacio psicoanalítico Contemporáneo).






1 “Auschwitz con Hiroshima: Sobre el resplandor en la línea de montaje”. José Luis Juresa-Cristian Rodríguez. Ed. Eduvim. 2017

2 “El OVNI psicoanalítico”. Texto inédito. José Luis Juresa-Cristian Rodríguez.




25/12/17

CAMBIAMOS FUTURO X PASADO






Parece haber pasado mucha agua debajo del puente, pero en realidad, no fue tanta. En julio de 2014 Daniel Scioli anunciaba públicamente, aún sin el pronunciamiento de Cristina Fernández de Kirchner, su intención de postularse para suceder a la, por aquel entonces, Presidenta de la Nación. En las filas del Frente para la Victoria se abría un debate interno sobre el futuro del proyecto populista sin Cristina. El lema de aquellos tiempos, que intentaba convencer a las y los que dudaban fue “el candidato es el proyecto”.

Frente a esa propuesta cuyo fundamento ético, económico y discursivo era un proyecto político se opuso otra, que lejos de confrontarla se propuso deslegitimarla y, estrictamente en función de los resultados de las elecciones, lo logró.

Contra un proyecto que se podría caracterizar principalmente por sus propósitos y, en parte por sus logros como popular, nacional, latinoamericanista, emancipador, tecnológico-científico, industrial y inclusivo se erigió un entramado discursivo que, carente de contenido (siempre en términos discursivos), proponía la necesidad de un “cambio”, ante la inminencia de una “crisis” no sólo económica sino esencialmente de valores resumidos en la necesidad de “defender la república” y “combatir la corrupción”.

Ya lo escribía el padre del neoliberalismo norteamericano Milton Friedman, en 1962, cuando en plena hegemonía de los Estados de Bienestar, afirmaba que “sólo una crisis –real o percibida– da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”.

Frases como “vamos camino a ser Venezuela” o “queremos vivir en un país normal” inundaron los medios de comunicación tradicionales, las redes y el “sentido común” con la misma intensidad, y en el 2015, gran parte de las y los argentinos percibieron una crisis inventada e hicieron que lo políticamente imposible (el ajuste y la pérdida de derechos) sea, “pesada herencia” mediante, políticamente inevitable.

El discurso neoliberal se presentó en sus orígenes y lo repite en esta reedición vernácula como neutral, técnico, científico, ahistórico y eficientista. Por más que parezca una contradicción, dicho discurso técnico fue y es un proyecto político. Uno de los principales modos, aunque no el único, en que, medidas antipopulares como la suba de tarifas y precios, la devaluación, los despidos o la flexibilización laboral puedan ser aceptadas y, en algunos sectores hasta apoyadas, es pensarlas desde una racionalidad técnica.

El tipo de cambio estaba “atrasado” debíamos llevarlo a su precio de “mercado”, subsidiar las tarifas y controlar el precio de las naftas nos iba a “dejar sin petróleo”, las rigideces del mercado laboral (en realidad, derechos laborales) son las responsables de la existencia del trabajo no registrado y del creciente desempleo, porque desincentiva la inversión.

Estas ideas no son nuevas ni originales. En 1944 Friedrich von Hayek, padre del neoliberalismo europeo, escribía en su célebre Camino de servidumbre que “Jamás una clase fue explotada de forma tan cruel como lo son las capas más débiles de la clase obrera por sus hermanos privilegiados, explotación que es posible debido a la reglamentación de la competencia. Pocos eslóganes han hecho tanto mal como el de la estabilización de los precios y de los salarios: asegurando los ingresos de unos, se hace cada vez más precaria la situación de los otros.” Es decir, son los convenios colectivos de trabajo, la representación sindical y los derechos laborales los responsables de la precarización laboral y el desempleo que sufren miles de argentinos y argentinas. La solución cae por su propio peso y parece ser que gran parte de nuestros representantes lo ha entendido bien.

El neoliberalismo como el populismo es un proyecto político. Detrás de una máscara seudocientífica y una racionalidad técnica se esconde un proyecto político de raíz meritocrática en el que la creciente desigualdad económica es estrictamente el reflejo de los esfuerzos, las iniciativas y la inventiva individual a la que cualquier mortal puede acceder si lo desea, por lo tanto, la pobreza y la desocupación, serán el resultado, siempre individual, de la falta de deseo y esfuerzo. La alquimia funciona: las víctimas devienen en victimarios de sí mismos.

En este marco, toda regulación estatal (con excepción de las que protegen la propiedad privada y la libertad de empresa) y las políticas públicas de redistribución del ingreso y la riqueza, lejos de ser reconocimiento y restitución de derechos, implican un castigo a la iniciativa personal y una restricción a las libertadas individuales, al mismo tiempo, que premian y fomentan actitudes humanas contrarias la llamada “cultura del trabajo”.

El programa político neoliberal implica, como nos recuerda Bordieu, un sistemático ataque de los colectivos que alientan solidaridades. A la Nación, desfinanciándola; a los grupos de trabajo individualizando salarios y carreras; a los sindicatos y gremios demonizando a sus representantes y a la familia individualizando consumos. Resulta imprescindible resistir el avance de la utopía neoliberal a través de otras tantas utopías y políticas que se basen en criterios éticos, necesariamente no neutrales, y comprometidos con la construcción de una sociedad más justa, igualitaria y democrática


docente UNLZ-FCS. CEMU.
fliaandujar@gmail.com