12/6/19

"SE ROBARON TODO" Y OTROS MITOS INVENTADOS



    “El gobierno de Macri convirtió el cinismo en una forma de gestión”.
    • La política comunicacional de Cambiemos, dice el sociólogo Saúl Feldman, capturó el sentido común para imponer un nuevo sistema de valores.
    “Hay que oponerle una emocionalidad distinta, anclada en lo colectivo.”

“¿Cómo puede ser que no pase nada, que esto no estalle? Esta ha sido la pregunta recurrente y perpleja que estos años, particularmente en 2016 y luego desde mediados del año pasado, se formularon ciertos sectores del progresismo, ante el descalabro de la economía y la mansedumbre de un importante sector de la población que parece anestesiado y que nos cuesta explicar. La historia argentina está plagada de actos de insurrección, más grandes o más pequeños, frente a situaciones críticas, pero eso no sucede hoy. ¿Por qué? Porque el macrismo, en tanto política comunicacional, ha actuado, de un modo muy planificado y yo diría eficaz, sobre el sentido común. Su campo de acción es el alma de la gente”, comienza el sociólogo Saúl Feldman, especialista en semiótica publicitaria, con vasta experiencia en investigación de mercado y autor del libro La conquista del sentido común. Cómo planificó el macrismo el “cambio cultural” (Ediciones Continente).

−¿Cómo es esto del alma como campo del marketing político?

−Lo dijo muy claramente Marcos Peña, el mes pasado, durante un reportaje en la cena del CIPPEC: la campaña electoral no será, dijo, una batalla por el bolsillo sino por "el alma de la Argentina". El sentido común, para definirlo rápidamente, tiene que ver con el campo de las creencias, que se expresan en ideas y opiniones que de algún modo coagulan en una comunidad y son aceptadas en general, y que están fuertemente enraizadas en las emociones, por fuera de las ideologías. El cambio, la necesidad de cambio, ha sido una de esas ideas rectoras, propias del clima de época. El marketing político de la derecha neoliberal trabaja, hoy, aquí y en todo el mundo, sobre el sentimiento, sobre los deseos y los miedos de las personas, instalando conversaciones sociales que fijan agenda alrededor de un puñado de ideas que se expresan en tanto sentido común: “haciendo lo que hay que hacer”, por ejemplo. O más concretamente, “se robaron todo”, asertos que se postulan como irrebatibles.

−¿Cómo se rebaten esas fórmulas de “sentido común”?

−No es sencillo. Es la materia sobre la que trabajó directamente el andamiaje publicitario del PRO, primero, y después de Cambiemos: no la ideología, ni siquiera las especificidades de un proyecto político, sino el sentido común. El macrismo activó estos mecanismos de reformulación y conquista del sentido común en una época y en un contexto cultural global de deterioro de los grandes liderazgos, que exige un simulacro de horizontalidad entre representantes y representados, una “simpleza” discursiva que los acerque, y en el que toda una fenomenología del individualismo tiñe las conductas, los consumos, las elecciones más íntimas de las personas. Claro, la conquista del sentido común abre muchas puertas, rendijas hacia el alma de la gente por las que se va colando un nuevo sistema de valores, una cosmovisión signada por los parámetros de la actual etapa del neoliberalismo global: emprendedorismo en lugar de trabajo genuino, meritocracia en lugar de igualdad de oportunidades, etcétera. Porque el macrismo publicitó el cambio no sólo como cambio de signo político, sino como cambio cultural, como implementación de un sistema de valores que se operacionaliza mediante toda una terminología estrictamente diseñada para inocularlos en el imaginario social.

−¿La “grieta” forma parte de esa terminología?

−Ha sido quizás el término más funcional a esa construcción, en términos de apelación a la emocionalidad que busca exacerbar, básicamente, el sentimiento de odio. Pero no es un descubrimiento del macrismo, sino un concepto básico utilizado por regímenes autoritarios, el nazismo sin ir más lejos: cuando presenta al pueblo alemán, pensado como una unidad, en crisis, dividido, postula que tiene que haber un responsable, que son los judíos, un elemento antinatural que debe ser eliminado para que esa estructura, el pueblo alemán, se reunifique. Los argentinos estamos desunidos, dice el macrismo. ¿Quiénes producen esa división? Los K. Entonces hay que suprimirlos. Esta tergiversación del odio, de su origen y sus efectos, está en el centro de lo que llamo discurso cinicrático.

−El cinismo parece ser uno de los ejes de la comunicación macrista.

−Yo diría que es más que eso: para este gobierno, el cinismo es una forma de gestión. En este libro busqué analizar la política comunicacional del macrismo en tres niveles: el análisis discursivo, el recorrido histórico de cómo se generaron todos estos mecanismos de marketing, y la ulterior aplicación de estas herramientas a la gestión de gobierno, lo que yo llamo cinicracia. La cinicracia funciona en la comunicación del macrismo con un lenguaje travestido, una perversión del sentido de las palabras, que publicita, por ejemplo, el vaciamiento previsional como “reparación histórica”. Hay un contrato de sinceridad en el discurso político que el macrismo quiebra sin despeinarse, como cuando Sturzenegger revela el instructivo de Durán Barba: si te preguntan por la inflación, no expliques nada, decí cualquier cosa, hablá de tus hijos. El cinismo macrista, a diferencia de la mentira, tiene que ver con un sistema de poder que se hace explícito ante el otro para someterlo, para imponerle su “verdad”. La mentira esconde la intencionalidad. Por el contrario, el cinismo busca exhibir la capacidad de disciplinar al otro. Para el macrismo, el disciplinamiento de la sociedad es un acto de comunicación.

−La política de seguridad del gobierno, la persecución judicial y mediática, son dispositivos de disciplinamiento. ¿En qué sentido lo ha sido también su política comunicacional?

−Cuando hablo del alma de la gente, que la estrategia de marketing de Cambiemos sale a capturar, me refiero a que el sistema de valores que instituye la comunicación macrista ha vampirizado a los argentinos, no sólo ha desorganizado sus vidas, también ha vampirizado la democracia, la república, la justicia, dejando a la vista sus formas externas, vacías de sentido, y a los ciudadanos en un novedoso estado de desasosiego e indefensión. Porque los interpela por fuera del colectivo social y de las políticas públicas, en su individualismo, en tanto responsables de su propio destino: si te va mal, es culpa tuya. El discurso social acerca de las tarifas actuó sobre ese núcleo emocional: ¡el gas te lo regalaban! Esa construcción de sentido común inhibe la capacidad de reflexionar sobre la transferencia de ingresos a las empresas que suponen los aumentos, desarma la resistencia con un argumento discursivo tan sencillo como este: “Lo que cuesta hay que pagarlo”. Por supuesto, toda esta operación de marketing no funciona sin la alianza con los medios concentrados, no sólo respecto de lo que llamamos blindaje mediático, sino, y sobre todo, en la instrumentación del sistema de valores, a través de artículos periodísticos que son más que fake news, yo los llamaría common sense news, que militan el ajuste e instalan el convencimiento de que hay nuevos modos, degradados pero de algún modo aceptables y hasta deseables, de vivir la vida, y que inducen a las personas a cooperar en sus propios destinos como víctimas.

−¿Hay anticuerpos contra este “trabajo del alma”?

−Lo esencial es generar un sistema de apelaciones muy amplio, una matriz de persuasión y de participación en la que entre la mayor parte de la población, que es la perjudicada por este sistema. Acaso sea lo que Cristina llama “pacto social”, que la sociedad vuelva a organizarse y recupere los valores colectivos frente a este desorden de la vida en que nos ha sumido el macrismo. ¿Puede Macri volver a ganar? Hay que decir que la realidad parece ponerle un límite a este mecanismo de captura del sentido común, pero es imprescindible oponerle otro lenguaje, anticuerpos al nivel de la conversación social, que acerquen las voluntades al ámbito de la reflexión, pero una reflexión anclada fuertemente en una emocionalidad distinta, que permita a las personas pensarse en otro contexto, no el que les plantea al macrismo, sino uno que integre los proyectos personales en lo colectivo. El movimiento de mujeres, la militancia juvenil, por ejemplo, son productores de un lenguaje que desnuda la falta de autenticidad de la comunicación hegemónica. La primera víctima de la cinicracia es la reflexión. Hay que revertir ese mecanismo de manipulación, y eso en términos de discurso político es una tarea harto compleja. «

Pablo Taranto




10/6/19

MACRI Y EL SUBSUELO






La realidad económica es más previsible que la política. Tal como se escribió no solamente en este espacio, la reconstrucción del mega endeudamiento en moneda extranjera llevó primero a una crisis externa y a la recaída en el FMI y luego, con el Fondo adentro, a la vuelta de tuerca sobre el programa ortodoxo que condujo a la economía al subsuelo dónde hoy se encuentra.

El subsuelo era un lugar absolutamente innecesario. Es un verdadero triunfo del control mediático de la subjetividad social que una parte de la población crea que el sufrimiento es un paso previo para el bienestar. Es una idea arraigada, pero es mentira. No es así como funciona la economía. No se necesita empeorar para estar mejor. La distribución del ingreso es un reparto, valga la redundancia, del ingreso, que no es la riqueza acumulada, sino el valor agregado en el momento de la producción. Si se aumenta la parte del ingreso que se llevan los trabajadores ello se destina a consumo y se pone en marcha la actividad. Si en cambio se aumenta la parte que se lleva el capital no hay ninguna garantía de que el excedente se vuelque a la inversión, conducta que es la promesa del discurso de la necesariedad del subsuelo.

Los actores económicos no son ni buenos ni malos, sólo tienen una lógica de comportamiento. Una de las lógicas del capital es valorizar el excedente. El excedente se valoriza reinvirtiéndose en la producción sólo en las economías que crecen, no en las que se contraen. El pasado abril, por ejemplo, la inversión medida por el ITE-FGA cayó el 20,2 por ciento interanual. El número es bastante lógico, la inversión muestra históricamente un comportamiento “procíclico”, es decir que sobrerreacciona a la dirección del ciclo económico. En una economía que tiene la mitad de sus máquinas apagadas (capacidad instalada ociosa) resulta claro que el problema no es de oferta, sino de demanda. Dicho de manera gráfica y con datos del presente, el problema de la economía no es que no existan la capacidad y los recursos para producir autos, sino que no hay quien compre los autos. No es la oferta la que crea su propia demanda, el cliché que enseña la economía vulgar, sino al revés. Nadie pone un kiosco por los bajos salarios y la confianza de los mercados y con ello crea compradores de caramelos, pone un kiosco porque evalúa que habrá compradores de golosinas.

El sufrimiento, entonces, sólo profundiza la contracción. Pero además, el subsuelo no es sólo la proliferación abrumadora de números negativos, es también un lugar de mucho dolor. Es el aumento de la pobreza y la indigencia, es el dato del hambre y de que uno de cada dos menores es pobre. Es una parte de la población comiendo de la basura, un verdadero retroceso civilizatorio en el autoproclamado “supermercado del mundo” que produce alimentos “para 400 millones de personas”. El ajuste no es solamente la reducción del números de investigadores del Conicet, sino la destrucción de las funciones del Estado, es la profundización del debilitamiento de la salud y la educación pública, lugares a los que las clases medias pauperizadas comenzaron “a caer”. El subsuelo es el fin del fútbol para todos, pero también que los estudiantes no tengan notebooks, que hayan desaparecido ayudas del plan Progresar y que el PAMI reduzca hasta la muerte la entrega de remedios a jubilados empobrecidos.

Este cuadro de destrucción es el que deberá revertir el próximo gobierno. Mauricio Macri afirmó sin pudor que si es reelecto hará más de lo mismo, pero más rápido. A diferencia de 2015 no podrá hablarse entonces de “estafa electoral”. Pero lo que se propone no sucederá ni siquiera si gana las elecciones. La democracia formal se encuentra severamente afectada por el poder de los monopolios mediáticos, la producción viral de noticias falsas, la guerra jurídica y el financiamiento corporativo de la política, pero la resistencia social no desaparecerá. No será fácil avanzar en la destrucción del sistema previsional, los derechos laborales y lo que queda del Estado.

Si en cambio las elecciones son ganadas por un gobierno nacional-popular las expectativas de mínima, como regresar rápidamente al nivel de bienestar de 2015, serán probablemente defraudadas, lo que minará la legitimidad del futuro gobierno y comenzará inmediatamente a ser utilizado por el adversario, ahora en la oposición, pero igual de poderoso. Como sucedió con el plan de José Alfredo Martínez de Hoz durante la última dictadura cívico militar, en estos pocos años el macrismo provocó profundas transformaciones de largo plazo. En particular, construyó condicionalidades poderosísimas con las que deberá convivir cualquier administración. La más notable es el endeudamiento y la relación obligada con el FMI, pero también pesará la destrucción del aparato productivo y la inflación persistente y desbocada, factores que en la práctica cotidiana alteraron las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo.

Lo dicho puede entenderse mejor si se explica en una secuencia. La buena teoría económica enseña que de una recesión se sale impulsando la demanda. Un nuevo gobierno podrá mejorar los salarios públicos y no ser neutral en las paritarias, pero el piso bajo de partida que quedará en el sector privado sólo podrá remontarse lentamente. Además, cuando los salarios crecen, crece también la demanda de dólares de la economía y si algo no tendrán los primeros años del próximo gobierno serán dólares. A comienzos de junio nadie sabe a ciencia cierta cuál será el panorama del próximo diciembre. Se prevé una potencial corrida y salida de capitales, pero el gobierno confía en que los dólares con los que cuenta gracias al pulmotor estadounidense vía FMI, esta vez bien usados, le alcanzarán para sostener la paridad y estabilizar la macroeconomía hasta el final de su mandato. Mantener la paridad significa también mantener a raya la inflación y la ratio deuda/PIB. Nótese que si el dólar se dispara también lo harán los precios internos. Pero si hay una corrida y el dólar se va a 60 o 70 ello significará que se disparará la relación deuda/PIB y la situación será de default abierto. Maravillas de endeudarse en divisas. Hoy no está claro si esto ocurrirá antes o después de diciembre. Pero el “Plan Bomba” del que hablaba en 2015 el periodista Marcelo Bonelli en referencia a la herencia del kirchnerismo hoy sí está perfectamente armado para la sucesión del macrismo.

Desde las filas económicas del “albertismo” lo saben, por eso aspiran a una concertación entre el capital y el trabajo para conseguir una recuperación lenta de los ingresos de los trabajadores que permita disminuir gradualmente la “nominalidad” de la economía, es decir que la inflación baje en una primera etapa del 50 al 20 por ciento anual. También confían en que ser los acreedores N°1 del FMI será una carta para la renegociación de los fuertes vencimientos de los primeros tres años. En el camino será tiempo de ver cómo conseguir más dólares genuinos. Aquí es donde entra la idea de ayudar al desarrollo por el lado de la oferta favoreciendo a sectores exportadores industriales seleccionados. Claro que todas estas ideas, por ahora parte de un gran borrador, dependerán de las condiciones iniciales del nuevo gobierno, todavía desconocidas

Claudio Scaletta




20/11/18

«Poor We Do Not Want»



En mis clases siempre intento dejar claro qué es una opinión y qué un hecho, como regla elemental, como un ejercicio intelectual muy simple que nos debemos en la era post Ilustración. Comencé a obsesionarme con estas obviedades cuando en el 2005 descubrí que algunos estudiantes argumentaban que algo “es verdad porque yo lo creo” y no lo decían en broma. Desde entonces, sospeché que este entrenamiento intelectual, esta confusión de la física con la metafísica (aclarada por Averroes hace ya casi mil años) que cada año se hacía más dominante (la fe como valor supremo, aun contradiciendo todas las evidencias) provenía de las majestuosas iglesias del sur de Estados Unidos.

Pero el pensamiento crítico es mucho más complejo que distinguir hechos de opiniones. Bastaría con intentar definir un hecho. La misma idea de objetividad, paradójicamente, procede de la visión desde un punto, desde un objetivo, y cualquiera sabe que con el objetivo de una cámara fotográfica o de una filmadora se obtiene sólo una parte de la realidad que, con mucha frecuencia, es subjetiva o se usa para distorsionar la realidad bajo la pretensión de objetividad.

Por alguna razón, los estudiantes suelen estar más interesados en las opiniones que en los hechos. Tal vez por la superstición de que una opinión informada es una síntesis de miles de hechos. Esta idea es muy peligrosa, pero no podemos escapar al compromiso de dar nuestra opinión cuando se requiere. Sólo podemos, y debemos, advertir que una opinión informada sigue siendo una opinión que debe ser probada o desafiada.


La semana pasada los estudiantes discutían sobre la caravana de centroamericanos que se dirige a la frontera de Estados Unidos. Como uno de ellos insistió en saber mi opinión, comencé por el lado más controvertido: este país, Estados Unidos, está fundado en el miedo de una invasión y sólo unos pocos han sabido siempre cómo explotar esa debilidad, con consecuencias trágicas. Tal vez esta paranoia surgió con la invasión inglesa en 1812, pero si algo nos dice la historia es que prácticamente nunca ha sufrido una invasión a su territorio (si excluimos el ataque del 2001, el de Pearl Harbor, una base militar en territorio extranjero y, antes, la breve incursión de un mexicano montado a caballo, llamado Pancho Villa) y sí se ha especializado en invadir decenas de otros países desde su fundación (territorios indios) en el nombre de la defensa y la seguridad. Siempre con consecuencias trágicas.

Por lo tanto, la idea de que unos pocos miles de pobres de a pie van a invadir el país más poderoso del mundo es simplemente una broma de mal gusto. Como de mal gusto es que algunos mexicanos del otro lado adopten este discurso xenófobo que ellos mismos sufren, consolidando la ley del gallinero.

En la conversación mencioné, al pasar, que aparte de la paranoia infundada había un componente racial en la discusión.

“You don’t need to be a racist to defend the borders”, dijo un estudiante.

Cierto, observé. Uno no necesita ser racista para defender las fronteras o las leyes. En una lectura inicial, la frase es irrefutable. Sin embargo, si tomamos en consideración la historia y un contexto presente más amplio, enseguida salta un patrón abiertamente racista.

El novelista francés Anatole France, a finales del siglo XIX, había escrito: “La Ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”. Uno no necesita ser clasista para apoyar una cultura clasista. Uno no necesita ser machista para reproducir el machismo más rampante. Con frecuencia, basta con reproducir, de forma acrítica, una cultura y defender alguna que otra ley.



Dibujé una figura geométrica en la pizarra y les pregunté qué veían allí. Todos dijeron un cubo, una caja. Las variaciones más creativas no salían de una idea tridimensional, cuando en realidad lo dibujado no era más que tres rombos formando un hexágono. Algunas tribus en Australia no ven 3D sino 2D en la misma imagen. Vemos lo que pensamos y a eso le llamamos objetividad.



Cuando Lincoln venció en la guerra civil, puso fin a una dictadura de cien años que hasta hoy todos llaman “democracia”. Por el siglo XVIII, los negros esclavos llegaban a ser más del cincuenta por ciento en estados como Carolina del Sur, pero no eran siquiera ciudadanos estadounidenses ni eran seres humanos con derechos mínimos. Desde mucho antes de Lincoln, racistas y anti racistas propusieron solucionar el “problema de los negros” enviándolos “de regreso” a Haití o a África, donde muchos de ellos terminaron fundando Liberia (la familia de Adja, una de mis estudiantes de este semestre, procede de ese país africano). Lo mismo hicieron los ingleses para limpiar de negros Inglaterra. Pero con Lincoln los negros se convirtieron en ciudadanos, y una forma de reducirlos a una minoría no fue solo poniéndoles trabas para votar (como el pago de una cuota) sino abriendo las fronteras a la inmigración.


La estatua de la Libertad, donada por los franceses, todavía reza: “dame los pobres del mundo, los desamparados…” Así, Estados Unidos recibió oleadas de inmigrantes pobres. Claro, pobres blancos en su abrumadora mayoría. Muchos resistieron a los italianos y a los irlandeses porque eran pelirrojos católicos. Pero, en cualquier caso, eran mejor que los negros. Los negros no podían inmigrar de África, no solo porque estaban mucho más lejos que los europeos sino porque eran mucho más pobres y casi no había rutas marítimas que los conectara con Nueva York. Los chinos tenían más posibilidades de alcanzar la costa oeste, y tal vez por eso mismo se aprobó una ley prohibiéndoles la entrada por el solo hecho de ser chinos.

Esta, entiendo, fue una forma muy sutil y poderosa de romper las proporciones demográficas, es decir, políticas, sociales y raciales de los Estados Unidos. El nerviosismo actual de un cambio de esas proporciones es sólo la continuación de la misma lógica. Si no, ¿qué podría tener de malo pertenecer a una minoría, de ser especial?

Claro, si uno es un hombre de bien y está a favor de hacer cumplir las leyes como corresponde, no por ello es racista. Uno no necesita ser racista cuando las leyes y la cultura ya lo son. En Estados Unidos nadie protesta por los inmigrantes canadienses o europeos. Lo mismo en Europa y hasta en el Cono Sur. Pero todos están preocupados por los negros y los mestizos híbridos del sur. Porque no son blancos, buenos, y porque son pobres, malos. Actualmente, casi medio millón de inmigrantes europeos viven ilegalmente en Estados Unidos. Nadie habla de ellos, como nadie habla de que en México vive un millón de estadounidenses, muchos de ellos de forma ilegal.

Terminada la excusa del comunismo (ninguno de esos crónicos Estados fallidos es comunista sino más capitalistas que Estados Unidos), volvemos a las excusas raciales y culturales del siglo anterior a la Guerra Fría. En cada trabajador de piel oscura se ve un criminal, no una oportunidad de desarrollo mutuo. Las mismas leyes de inmigración tienen pánico de los trabajadores pobres.

Es verdad, uno no necesita ser racista para apoyar las leyes y unas fronteras más seguras. Tampoco necesita ser racista para reproducir y consolidar un antiguo patrón racista y de clase, mientras nos llenamos la boca con eso de la compasión y la lucha por la libertad y la dignidad humana.


Escritor uruguayo-estadounidense
Profesor en la Jacksonville University




3/11/18

FMI, FAKENEWS y LAWFARE




“Ora, sou um ser humano, portanto, não sou perfeito” dijo Onyx Lorenzoni cuando todavía era diputado federal y admitió haber recibido una coima de cien mil reales. En el nuevo gobierno de Brasil, Lorenzoni será el ministro de la poderosa Casa Civil, según ya fue anunciado, aunque el derechista Jair Messias Bolsonaro se jactaba de que en su gobierno no habría corruptos. Junto con Lorenzoni, asumirá como Ministro de Justicia Sergio Moro, el juez de Curitiba que, de la mano del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, investigó a la empresa Odebrecht en el famoso Lava Jato que provocó el golpe legislativo contra Dilma Rousseff, a quien no le pudieron probar ningún delito. Tampoco le pudieron probar nada a Lula, a quien Moro condenó por “íntima convicción”. Habría que agregar ahora: “íntima convicción política”.

Es un mundo que se enciende en flamígera lucha contra la corrupción. Pero son llamas de artificio: en la cúspide de esa construcción, el Fondo Monetario Internacional, la gran autoridad financiera mundial aceptada por estos gobiernos, la que establece reglas de juego y el tono moral de las operaciones financieras globalizadas, tiene récord de directores acusados o condenados en causas de corrupción.

Desde la actual directora, Christine Lagarde, que fue condenada por el desvío ilegal de fondos en el escándalo de Crédit Lyonnaise, cuando era ministra de Economía del presidente Nicolás Sarkozy, hasta Jacques de Laroissiere, que dirigió el organismo financiero internacional entre 1978 y 1987, y que estuvo involucrado en calidad de cómplice también en la casi quiebra del Crédit Lyonnais.

Otro de sus directores durante los ‘90, el español Rodrigo Rato, fue condenado a cuatro años y medio de prisión por el escándalo de las llamadas “tarjetas black”, también referido al desvío de dinero a su favor o a favor de grandes empresas. Pero quizás el caso más estrepitoso fue el del economista francés Dominique Strauss-Kahn que fue director del FMI entre 2004 y 2008 y fue denunciado por agresión sexual y más tarde por proxeneta, al aparecer vinculado con una red de alta prostitución en Europa.

Onyx Lorenzoni aceptó que recibió coimas después de aparecer en las declaraciones de dos empresarios “arrepentidos”, pero no se le abrió causa. Onyx pertenece a la “bancada da bala” que representa en la Cámara de Diputados a los intereses de la industria armamentística brasileña. Taurus y CBC, dos de las empresas más importantes de ese rubro, financiaron la campaña de Lorenzoni. El favorito de Bolsonaro para presidir Diputados es Joao Campos, diputado federal por el estado de Goias, que pertenece también a la bancada da bala y además es pastor evangelista, o sea que suma a la “bancada da Biblia”. Estos grupos proponen derogar las leyes que limitan la posesión de armas de fuego.

Es un gobierno de derecha. Se puede estar de acuerdo o no, siempre que se respeten las reglas de juego democráticas. Pero el descarado nombramiento de Moro se convirtió en una burla a la democracia. Ni siquiera se preocuparon en ocultar que el juicio y la condena contra Lula se basaron en la parcialidad política del juez. Con Lula en libertad, Bolsonaro nunca hubiera ganado esas elecciones. La derecha llegó al poder en Brasil gracias a la actitud inmoral de Moro, patrocinado por el departamento de Justicia norteamericano. La justicia brasileña quedó expuesta abiertamente y sin disimulos en el barro de los golpistas.

Desde la Cumbre de Mar del Plata en 2005, cuando Néstor Kirchner, Lula y Hugo Chávez desbarataron la propuesta del ALCA y diseñaron organismos de integración regional que dejaban fuera a Washington, como la Unasur, la inteligencia norteamericana buscó deponer a los gobiernos populares de la región.

    Y la forma que encontró fue el lawfare sostenido por fakenews. Un dispositivo que se basa en los servicios de inteligencia que producen contenidos falsos, sobre el concepto de posverdad, que son difundidos por las grandes corporaciones de medios y por granjas de trolls en las redes que, a partir de la repetición y saturación de denuncias crean el clima que justifica el accionar arbitrario de una parte del Poder Judicial contra dirigentes de movimientos y gobiernos populares.

Es imposible deslindar la actitud de Moro de la obsesiva persecución judicial contra Cristina Kirchner en Argentina y contra Rafael Correa en Ecuador. El mecanismo diseñado para los nuevos golpes antidemocráticos en los países latinoamericanos se apoya en esas tres patas: servicios de inteligencia, medios y funcionarios judiciales. De los tres, la participación más grave es la de ese sector del Poder Judicial, porque se da por descontado que espías y corporaciones mediáticas siempre responden en última instancia a los intereses del poder económico concentrado.

La judicialización de la política no empezó ahora. Lo que es nuevo es la práctica de llevarla a un extremo que la convierte en herramienta de golpes antidemocráticos contra gobiernos y movimientos populares. Antes eran depuestos o perseguidos por elementos de las Fuerzas Armadas formadas en la Escuela de las Américas en la Doctrina de la Seguridad Nacional. Y ahora por estos funcionarios judiciales que aplican mecanismos diseñados por Estados Unidos para forzar al extremo y desnaturalizar instrumentos legales.

No se trata de ocultar o disimular hechos de corrupción. Por el contrario, cuando desaparecen los parámetros que permiten investigarlos y juzgarlos, todos o ninguno pueden ser corruptos. No alcanza con que “parezca” que todos son corruptos, porque eso es lo que crean las campañas mediáticas. Tiene que haber una institución imparcial que pueda investigar y decidir con pruebas concretas y no circunstanciales, dudosas o, por la más dudosa y cuestionable “convicción” personal del juez. Tiene que haber respeto a las garantías individuales y a la libertad. No se puede forzar instituciones como el sorteo del tribunal, la prisión preventiva o el secreto de sumario en beneficio del show mediático o para favorecer a determinada fuerza política. La desaparición de la Justicia como parámetro, punto de referencia ante la sociedad, termina por favorecer a la corrupción.

Al igual que en Argentina, tras la derrota electoral se hicieron muchas lecturas. La principal de ellas es que los gobiernos populares no pudieron dar respuesta a reclamos sobre seguridad y corrupción. Y que en los hechos, estos reclamos fueron más importantes que las mejoras logradas en vivienda, salud, educación, trabajo, alimentación, salario, jubilaciones y demás, que son factores que cada ciudadano percibe en forma personal. Esa jerarquización es todavía más compleja porque la corrupción, aún cuando existiera, no tiene impacto directo en el ciudadano. Y sobre inseguridad, que sí la tiene, no existe solución mediata o inmediata porque confluyen en esa problemática muchos factores.

Para realizar esa maniobra de jerarquización, la derecha tuvo que sacar de la abstracción la idea de corrupción y hacer creíbles soluciones mágicas sobre la inseguridad que ya han fracasado. La primacía de estos reclamos sobre los primeros no se produce de manera natural. Nadie sacrifica la posibilidad de una vivienda propia o de una jubilación digna en función de una promesa de solución mágica de la inseguridad o de una supuesta corrupción que no tiene incidencia en su cotidianeidad.

Un negro no tendría que votar a un racista o una mujer a un machista que la desprecia o un homosexual a un homofóbico. Una maestra que vio la mejora de su salario y las notebooks de sus alumnos no tendría que votar en contra de esa situación, lo mismo que el que se jubiló decorosamente con las moratorias o el que obtuvo la casa propia gracias a un programa estatal de viviendas. Esos cortocircuitos que contraponen a las personas con sus intereses objetivos tienen que producirse a partir de una intervención en la subjetividad, en la valoración de esas problemáticas.

Es reduccionista achacar estos fenómenos tan complejos a una sola causa. Pero en el trazo grueso se trata de identificar por lo menos al más nuevo y visible. La subjetividad es el terreno de los medios de comunicación y las redes sociales. Se ha dicho que esa lectura es una justificación de la derrota porque es incapaz de reconocer las propias limitaciones. Por el contrario, la primera limitación que se deduce a partir de esa lectura es la subestimación del adversario.

Diez días antes de la segunda vuelta, la campaña de Bolsonaro emitió por whatsapp millones de mensajes con denuncias falsas contra el PT. Grandes empresarios compraron paquetes de llamadas por robots o “bots” y el Tribunal Supremo Electoral analiza una denuncia contra Bolsonaro por esta financiación política encubierta. La denuncia fue publicada por la Folha de Sao Paulo, competidor de la Rede Globo.

Tras constatar esas denuncias, Laura Chinchilla, ex presidenta de Costa Rica y jefa de la misión electoral de la OEA en Brasil, dijo: “Nos preocupa el uso de la noticia falsa para movilizar las voluntades de las personas. El fenómeno que estamos viendo en Brasil no tiene precedentes en el mundo”, manifestó la veedora. En las últimas dos semanas de la campaña se estancó la tendencia de crecimiento del candidato del PT y pegó un salto la figura de Bolsonaro. La maniobra mediática se aplicó los diez días previos a la primera y la segunda vuelta. Resulta interesante que una de las primeras declaraciones de Bolsonaro como presidente electo fue: “La Folha tiene los días contados”.


Cristilula, Bolsomacri








28/8/18

LA SEGUNDA RESISTENCIA





Dado el incalculable daño causado a la República por este gobierno, la verdad es que la respuesta popular ha sido hasta ahora muy prudente. El desastre económico y social (hambre, desempleo, destrucción del sistema productivo y provisional, y de la educación, salud y ciencia) ha alcanzado niveles que jamás nadie imaginó. Pero el presente ominoso que vivimos -siendo doloroso y desalentador- no por eso ha vencido al pueblo argentino ni mucho menos.

Y tampoco lo doblega el circo periodístico, pletórico de fotocopias dudosas y sin pericias caligráficas, que ofrece arrepentimientos insinceros arrancados a fuerza de chantaje judicial. Con lo que las “confesiones” son truchas porque los dizque “arrepentidos” son corruptos perdonados a cambio de acusaciones verbales y sin pruebas, como si el deshonor se lavara con el agua bendita de Comodoro Pro. Y encima no deja de ser llamativo que en la lista de empresarios coimeros que se autoincriminan diariamente ante el sergiomoro argentino sigue sin ser citado el Sr. Franco Macri. Ausencia más que notoria, impresionante. A menos que sea el único hiperempresario que jamás ofreció ni cobró una coima.

Pero sí es verdad que la organización de la oposición se ha demorado, en parte por la velocidad, audacia y heterodoxia con que el oficialismo impone decisiones, a la vez que siembra cizaña y miente con descaro. No obstante lo cual, aunque llevó más tiempo del deseado, la organización popular empieza a ser visible.

Obviamente no es un proceso concluído y su evolución es lenta y probablemente será dolorosa, porque el más grave daño moral infligido a la república por este gobierno es el odio que instalaron, que es un odio de clases, un odio gorila que genera resentimiento en los subsuelos de la Patria y hoy opera con la misma ferocidad que en los bombardeos criminales de otros odiadores, los de junio de 1955, que de hecho son los mismos, reciclados, porque estos son hijos y nietos putativos de aquellos oligarcas, igualmente corruptos y violentos.

Por eso quizás sea pertinente hablar de una Segunda Resistencia. Que, como hace décadas, se está gestando y será una tromba, aunque quizás todavía no se vea clara porque aún es tiempo de apechugar y tomar impulso.

Quizás muchos jóvenes ignoren qué fue la Resistencia Peronista, nombre con el que la Historia Argentina recuerda el enfrentamiento a las dictaduras y gobiernos civiles instalados a partir del golpe de estado que el 16 de septiembre de 1955 derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. Hasta el 25 de mayo del 73, cuando una gran victoria electoral llevó a la presidencia a Héctor J. Cámpora, fueron 18 años de lucha contra todos los gobiernos instalados mediante golpes de estado y elecciones con el peronismo proscripto.

Si hace décadas aquella Resistencia -que fue sindical, estudiantil, juvenil, barrial y cultural e incluso religiosa- tenía por objetivo el regreso de Perón al país y la realización de elecciones libres y sin proscripciones, la de hoy puede y debe ser mejor. Porque ya no es sólo peronista, ni kirchnerista solamente, sino que ahora hermana a todo el pensamiento nacional y popular, incluyendo a los muchos radicales que no se doblaron, a los socialistas de buena memoria que honran a Alfredo Palacios, a las organizaciones de la izquierda nacional y a decenas de colectivos que se plantan día a día frente a la canalla neoliberal, reclamando de manera pacífica el fin de este oscuro período de latrocinio y odio.

Es un pueblo el que se está plantando frente a los nuevos dictadores de este tiempo miserable. Es tiempo de optimismo, entonces, si como pensamos la Segunda Resistencia ha comenzado. Fragmentada y pacífica, pero consistente, ya se la ve en las calles, los muros, las fábricas, las plazas, los puentes. En el repudio y la puteada cada vez más sonoros. En los maestros y ahora en los estudiantes, una vez más vanguardia de resistencia. El universo sindical que con excepciones tiene vocación retardataria, se sumará más temprano que tarde. Y todo en paz, esta vez sin más armas que las ideas y principios libertarios, la convicción democrática y el anhelo de justicia, soberanía, trabajo y dignidad. Y con el sentimiento patriótico renovado, para enfrentar al coloniaje.

Esta Segunda Resistencia convoca a militantes de todos los orígenes, hermanados en el repudio a la mafia ejecutivo-judicial y en la comprensión de que el centro y eje de la cuestión pasa por una nueva Constitución Nacional. Lo que es buenísimo, más allá de que algunos lo celebren como si descubrieran el dulce de leche. En esta columna lo afirmamos muchas veces: desde el mismísimo 27 de abril de 1956, cuando por un así llamado “bando revolucionario” los dictadores de entonces anularon la CN más democrática, social e igualitaria de nuestra historia (la de 1949), hubo memoria por lo menos en juristas como Jorge Cholvis y Eduardo Barcesat, y ahora también en un colectivo de ciudadanos notables, entre ellos Raúl Zaffaroni, Julio Maier, José Massoni y muchos más que trabajamos por una nueva Constitución.

Que es un camino largo pero inexorable, desde ya, porque replantea todo, como señala El Manifiesto Argentino desde 2002: que la salud, la educación y la previsión social son irrenunciables, indelegables e innegociables. Que las políticas sociales son derechos. Que los únicos monopolios deben ser para defender recursos naturales, servicios públicos sociales y desarrollo de áreas estratégicas. Que los recursos naturales en todo nuestro territorio, en superficie y en subsuelo, son también irrenunciables, indelegables e innegociables, y no serán jamás garantía de endeudamientos o negociaciones financieras, y se anulará toda extranjerización. Que la soberanía será de doble carácter Nacional y de Unidad Latinoamericana, y que desde esa concepción la Argentina promoverá la paz con paz y no se integrará a políticas guerreristas internacionales. Que los derechos históricos, geográficos y jurídicos sobre las Islas Malvinas son inclaudicables. Y entre muchas otras disposiciones, que la transparencia de todos los actos públicos y/o de gravitación social será Política de Estado -de una buena vez- y se caracterizará por el control, lucha y castigo de toda forma de corrupción, para lo cual es prioritario -ab initio e in totum- declarar en comisión a todo el Poder Judicial.

Como toda resistencia política, pacífica y patriótica, es difícil pero es posible.. Y sobre todo es urgente y necesaria.


Por Mempo Giardinelli






¿Cuál es el Plan, qué Programa levantaremos?

 

    La CONSTITUCIÓN del 49, que se irá perfeccionando con intervenciones de todo tipo, principalmente las del movimiento obrero, a través del tiempo.

Hoy, toda NUESTRA HISTORIA de PLANES, la CONSTITUCION y los PROGRAMAS PERONISTAS, se ACTUALIZAN en 27 PUNTOS del PROGRAMA DE LA CORRIENTE FEDERAL DE TRABAJADORES – CGT

Con el pueblo movilizado, para empezar la discusión sobre el plan, con el objetivo a llevar adelante para tener el país que queremos.

NECESITAMOS UN PROGRAMA PERONISTA


29/4/18

HORIZONTE NEOLIBERAL




Antonio Berni, Manifestación - año 1934


El 1º de Mayo es una fecha conmemorativa de la tragedia de los Mártires de Chicago, ocurrida en Estados Unidos en 1886, cuando dirigentes y activistas sindicales fueron sometidos a un proceso vergonzoso, plagado de irregularidades y que llevaron a condenas –en varios casos, a la horca- o al suicidio de los obreros víctimas de esa farsa montada por el Estado. Fue imprescindible la ayuda de fuerzas policiales infiltradas –y responsables de las bombas que explotaron- en una manifestación, la complicidad de la prensa hegemónica ligada a las patronales y un buen grado de xenofobia e indiferencia de las capas medias de la sociedad.

La lucha obrera tomada como excusa para la represión de las fuerzas de seguridad –que cobró la vida de muchos manifestantes- y la posterior “judialización”, sesgada y fraudulenta, tuvo consecuencias dramáticas como las antes aludidas u otras variadas expresiones persecutorias (expulsión de extranjeros, multas, encarcelamientos, tortura de detenidos). Además, tenía por objeto la reducción de la jornada de trabajo que, por ese entonces, superaba en promedio las 14 horas sin descanso semanal, alcanzar condiciones de labor algo más acordes con la dignidad humana y combatir el trato laboral recibido por mujeres y niños sujetos a una explotación extrema.

Con el tiempo, en virtud de las conquistas y progresos en materia de Derechos Sociales esa fecha, sin perder la connotación conmemorativa, fue constituyéndose a su vez en una celebración del trabajo y de los trabajadores. Sin embargo, con frecuencia ha dado el marco para el reclamo, la protesta o el rechazo de políticas de gobierno.

Experiencias históricas

La flexibilización laboral se enuncia como un proceso de necesario acomodamiento de las nuevas formas de producción, a la adaptación al desarrollo tecnológico, que no estarían debidamente consideradas en la legislación vigente, tildándosela de rígida o sobrecargada en materia de regulaciones de la relación entre empleador y empleado.

Paradójicamente, como quedó a la vista en la última década del siglo pasado, la desregulación normativa no fue tal. Por el contrario, fueron dictadas gran cantidad de normas –llegamos a tener más de 25 modalidades de contratación laboral flexibles-, convirtiendo al Derecho del Trabajo en un universo jurídico inmenso, de permanente cambio peyorativo e ininteligible en cuanto a su dimensión cierta no sólo para sus destinatarios naturales sino para los principales operadores del derecho (magistrados, funcionarios, abogados)

La aducida modernidad que imponía flexibilizar el desenvolvimiento del trabajo dependiente en beneficio de un falso interés general, tuvo por resultado la creciente precarización de las condiciones laborales, los abusos patronales consuetudinarios y el incremento indecente de la rentabilidad de las grandes empresas.

El horizonte laboral que nos proponen

El fallido intento inicial del Gobierno por consagrar una Reforma Laboral que barría con derechos conquistados e institucionalizados a lo largo de muchas décadas, tuvo una segunda etapa que consistió en inducir en la práctica empresaria –sostenida por el Estado- la flexibilización precarizante de hecho a la sombra del desempleo creciente, la represión brutal de los reclamos obreros y la pasividad –cuando no la connivencia- de ciertos sectores sindicales.

A la par, esa segunda fase comprendía una inusitada presión sobre los jueces del trabajo, la cooptación evidente de la Corte Suprema favorecida por su nueva integración y la pretensión de introducir por goteo la Reforma pretendida con variadas iniciativas legislativas propiciadas por el Poder Ejecutivo, a la espera de condiciones favorables para volver sobre el primer Proyecto de deconstrucción integral del Derecho del Trabajo.

En estos días nos volvió a “sorprender” el Máximo Tribunal nacional echando por tierra con una jurisprudencia que se creía consolidada en el año 2015, con sustento en Tratados y Convenios Internacionales sobre derechos humanos y sociales esenciales, reiteradamente invocados en sus fallos. El caso “Rica c/ Hospital Alemán” es la punta del iceberg en la búsqueda de deslaboralizar el trabajo dependiente, en línea con el afán empresario que representa el Gobierno nacional.

En esa línea se exhibe la bizarra creación de la categoría de los “trabajadores profesionales autónomos económicamente vinculados”, una absoluta ficción incorporada en aquel Proyecto de Reforma Laboral.

Categoría laboral que abarcaría a aquellas personas que presten servicios especializados, realizando una actividad a título oneroso, de manera habitual, personal y directa, para una persona física o jurídica y de los que resulten hasta el 80% de sus ingresos anuales y/o no superen las 22 horas semanales de dedicación.

Ostensible caracterización de una relación de empleo, pero que los dejaría fuera de la aplicación de la Ley de Contrato de Trabajo y con sujeción a parámetros de imposible contralor, convirtiéndose así en una legalización de un fraude impune.

El juego de las semejanzas

No se trata de hacer forzados paralelismos con los sucesos de 1886, ni con otros muchos similares que registra la Argentina del siglo XX, sino de un análisis elemental de lo que está ocurriendo en la actualidad.

La resignada aceptación de lo que nos muestran como el único camino, y destino inexorable, comunicadores rentados y funcionarios ocupados sólo de gerenciar intereses antinacionales y antipopulares, nos conduce aceleradamente al abismo que nos presentan como grieta.

Mirar al costado, hacerse el distraído, pensar que únicamente le ocurre a otros sin que nos genere sentimiento alguno de solidaridad, acelera el recorrido de un sendero que no se bifurca porque la meta es una sola.

Despertar cuanto antes del sueño amarillo prometido, que en realidad es una pesadilla atroz para la inmensa mayoría de la población, es la exigencia de la hora.

No vaya a ser que el aletargamiento, un negacionismo insostenible, nos conduzca irremediablemente a una tragedia nacional de incierto y cruento final.


1° de MAYO: Recuerdos del Futuro
Álvaro Ruiz





Los mártires de Chicago

El 1 de mayo empezaron una serie de protestas en Chicago (donde las condiciones de los trabajadores eran mucho peores que en otras ciudades del país) se habían producido en respaldo a los obreros en huelga, para reivindicar la jornada laboral de ocho horas. El 4 de mayo de 1886 se convirtió en el punto álgido de las protestas. Durante una manifestación pacífica una persona desconocida lanzó una bomba a la policía que intentaba disolver el acto de forma violenta.

El 5 de mayo en Milwaukee, la milicia del Estado respondió con una masacre sangrienta en un mitin de trabajadores; acribillaron a ocho trabajadores polacos y un alemán por violar la ley marcial. En Chicago, se llenaron las cárceles de miles de revolucionarios y huelguistas. Arrestaron a todo el equipo de imprenta del Arbeiter Zeitung y la policía detuvo a 8 anarquistas: George Engel, Samuel Fielden, Adolf Fischer, Louis Lingg, Michael Schwab, Albert Parsons, Oscar Neebe y August Spies. Todos eran miembros de la IWPA (Asociación Internacional del Pueblo Trabajador), asociación de corte -de lo que años después se denominaría como- anarcosindicalista.

Esto desembocó en un juicio, años después calificado de ilegítimo y deliberadamente malintencionado, hacia ocho trabajadores anarquistas y anarcocomunistas, donde cinco de ellos fueron condenados a muerte (uno de ellos se suicidó antes de ser ejecutado) y tres fueron recluidos. Fueron denominados Mártires de Chicago por el movimiento obrero



Las últimas palabras de los Mártires de Chicago

Michael Schwab: Hablaré poco, y seguramente no despegaría los labios si mi silencio no pudiera interpretarse como un cobarde asentimiento a la comedia que se acaba de desarrollar. Lo que aquí se ha procesado es la anarquía, y la anarquía es una doctrina hostil opuesta a la fuerza bruta, al sistema de producción criminal y a la distribución injusta de la riqueza. Ustedes y sólo ustedes son los agitadores y los conspiradores.

Adolf Fischer: Solamente tengo que protestar contra la pena de muerte que me imponen porque no he cometido crimen alguno… pero si he de ser ahorcado por profesar mis ideas anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo inconveniente. Lo digo bien alto: dispongan de mi vida.

Albert Parsons: El principio fundamental de la anarquía es la abolición del salario y la sustitución del actual sistema industrial y autoritario por un sistema de libre cooperación universal, el único que puede resolver el conflicto que se prepara. La sociedad actual sólo vive por medio de la represión, y nosotros hemos aconsejado una revolución social de los trabajadores contra este sistema de fuerza. Si voy a ser ahorcado por mis ideas anarquistas, está bien: mátenme.

Hessois Auguste Spies: Honorable juez, mi defensa es su propia acusación, mis pretendidos crímenes son su historia. […] Puede sentenciarme, pero al menos que se sepa que en el estado de Illinois ocho hombres fueron sentenciados por no perder la fe en el último triunfo de la libertad y la justicia.

Louis Lingg: No, no es por un crimen por lo que nos condenan a muerte, es por lo que aquí se ha dicho en todos los tonos: nos condenan a muerte por la anarquía, y puesto que se nos condena por nuestros principios, yo grito bien fuerte: ¡soy anarquista! Los desprecio, desprecio su orden, sus leyes, su fuerza, su autoridad. ¡Ahórquenme!





21/4/18

ABORTO y GUILLOTINA





El 8 de junio de 1943, un tribunal francés condenó a la pena capital a Marie-Louise Giraud, una lavandera de la ciudad de Cherburgo, por haber practicado una veintena de abortos. El 30 de julio fue ejecutada en la guillotina de la cárcel de La Petite Roquete (París). Giraud era lo que se conocía popularmente como faiseuse d’anges (creadora de ángeles), una abortista “profesional”. La dureza de la pena sorprendió a jueces y policías, ya que nadie recordaba que un castigo semejante hubiera sido aplicado por un acto ante el cual las autoridades habían mostrado cierta tolerancia. El Código Napoleónico había definido al aborto como un crimen pero en la legislación republicana posterior quedó tipificado como un delito. Las leyes de la década de 1920 exoneraban a la mujer que abortaba pero castigaban con penas de prisión y multas a los terceros involucrados-médicos y “creadoras de ángeles”. Pero en la década del 30, la obsesión con la caída de la natalidad y el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial volvieron a crear una atmósfera contraria a las prácticas reproductivas maltusianas. La criminalización del aborto fue su expresión más extrema.

En febrero de 1942, el gobierno reaccionario del mariscal Pétain promulgó la Ley 300, que volvía a definir al aborto como un crimen. La medida estaba dirigida contra “cualquier individuo sobre el cual exista la presunción precisa y consistente de que él o ella han realizado o intentado realizar, de forma reiterada y por razones económicas, un aborto, independientemente de que la mujer estuviese real o supuestamente embarazada, o que hayan facilitado los medios para llevar a cabo el aborto” (Art. 1).

No había necesidad de probar la existencia del crimen, su presunción era suficiente para condenar. La ley calificaba a los condenados como “autores, coautores o cómplices cuyas actividades amenazan al pueblo francés” (Art. 2).

Se proponían dos cursos de acción: la privación de la libertad (internamiento administrativo) o el procesamiento por el Tribunal de Estado. Este era una jurisdicción especial creada por el gobierno en 1941 –momento en que se producen las primeros actos contra la ocupación alemana– con el objetivo de imponer sanciones excepcionalmente duras por fuera de lo establecido en el Código Penal.

La decisión de procesar a Marie-Louise Giraud en una jurisdicción creada ad hoc para tratar cuestiones de enorme gravedad para la seguridad del Estado –como la resistencia armada– demuestra un grado de politización del cuerpo con pocos precedentes en la historia. Como puede leerse en los fundamentos de la sentencia del Tribunal de Estado de París –y también en algunas tesis de medicina de esa época– al criminalizar la interrupción voluntaria del embarazo, la Ley 300 transformó a los abortistas en “asesinos de la patria” y al aborto en un “crimen contra el embrión, la sociedad, el Estado y la raza”, todo ello en un contexto en el cual se glorificaba a la familia numerosa y la maternidad mientras se deportaba a judíos y revocaba la nacionalidad a extranjeros naturalizados.

El andamiaje represivo que condujo a la única ejecución por aborto de la que se tiene registro en la historia moderna no fue obra exclusiva de un régimen político empecinado en desandar el camino iniciado en 1789. Tenía sus orígenes en la campaña llevada a cabo por las organizaciones antimaltusianas en los últimos años de la Tercera República. La más importante fue la Alianza Nacional contra la Despoblación, creada en la década de 1890 y dirigida por Fernand Boverat. Este cruzado de la ideología natalista, admirado en Argentina por figuras de la talla de Gregorio Aráoz Alfaro y Alejandro Bunge, movió cielo y tierra para que el Estado francés reconociese la función patriótica de las familias numerosas a través de medidas similares a las adoptadas por las dictaduras nazi y fascista, desde las exenciones impositivas y la discriminación “positiva” en el empleo a la condena de las prácticas anticonceptivas.

La acción propagandística de la Alianza Nacional tuvo un rol fundamental en la construcción de un amplio consenso antimaltusiano. Sus ideólogos desplegaron una gran imaginación, y pocos escrúpulos para llevar el mensaje más allá del círculo de iniciados. No vacilaron en usar imágenes fuertes para convencer a la opinión de que el aborto era el peor de los crímenes. Un folleto titulado “La masacre de los inocentes”, que fue distribuido en reparticiones públicas, comparaba los distintos métodos para inducir un aborto con las torturas a las que eran sometidos los criminales en la antigüedad, como el aplastamiento, la asfixia, el empalamiento y la hoguera. El mismo documento describía al aborto como un “crimen” más vil que el asesinato de un anciano –a quien “se le roban los años menos felices de su existencia”– y un enfermo incurable –a quien “se le roban algunos años de sufrimiento”–, ya que “asesinar a un niño prenatal es robarle 60 años de vida”.

Tras décadas de ejercer presión sobre la clase política y saturar la opinión con una retórica catastrofista, en 1939 el gobierno republicano promulgó un Código de Familia que incorporaba varios de los reclamos del lobby natalista. Mientras se aprestaba para la guerra, el Estado francés se lanzó a la caza de “creadoras de ángeles” y médicos abortistas. Su víctima más notoria fue la militante feminista Madeleine Pelletier, primera mujer médica diplomada en psiquiatría, que fue arrestada y encerrada en un manicomio bajo la falsa acusación de haber realizado un aborto en una menor.


El caso Marie-Louise Giraud

Andrés H. Reggiani
Profesor investigador (Departamento de Estudios Históricos y Sociales Universidad Torcuato Di Tella)








29/3/18

EL "HOMBRE" ES UN ERROR DEL SISTEMA






La desaparición de personas, lejos de constituir un fenómeno excepcional de una etapa o de un determinado contexto sociopolítico e histórico, es la consecuencia extrema de una lógica inherente al desarrollo del capitalismo.

Sobran las pruebas históricas, también “desaparecidas” de las historias oficiales con las que se fundamentan las existencias de las organizaciones sociales y políticas denominadas “estados nacionales” y sobre cuyas bases ahora se erige la construcción de las organizaciones supranacionales y regionales como la Unión Europea, el Mercosur, el Nafta y demás decenas de Alianzas –fundamentalmente comerciales– que configuran hoy el mapa político del globo.

La comprensión de este concepto es necesaria para no tomar el caso de la desaparición de personas en el período de la última dictadura militar como un episodio “aislado” y un fenómeno estructurado por el estado “de excepción” que todo “asalto” del poder supone, en cualquiera de sus formas.

Los valores del capitalismo, aquellos que incluso se consagran en las constituciones de muchos estados nacionales que rigen la organización social y la denominada “libertad del individuo”, sobre todo las leyes consagradas a la propiedad privada y al libre comercio, son las máscaras de proa con las que, esencialmente, se protege la libertad para hacer negocios y acumular capital, lo cual incluye, implícitamente, que en las reglamentaciones prácticas de las leyes se considere la existencia misma del hombre como un error del sistema a eliminar.

No está escrito en ninguna parte, claro está, pero sí en el extremo lógico con el que se despliega esta contradicción se da la paradoja de que, si el hombre mismo se hace obstáculo para la prosecución del proceso de producción y acumulación de capital, es decir, la efectuación de la plusvalía, entonces esa es la libertad individual que puede no ser respetada. Es el verdadero estado de excepción que se contempla de fondo, sin que esto se encuentre más que en el espíritu de las leyes del capitalismo ultraliberal.

No podría dictarse ni consagrarse en ninguna constitución semejante legalidad. Pero es real: el hombre, efectivamente, es un error del sistema. 

 Y si el sistema se basa en la tendencia a la eficiencia, la productividad y competitividad en la carrera por la plusvalía, léase explotación del trabajo hecho por el hombre, entonces ese error tiende a ser inadmisible. De ahí que el desarrollo del sector de Recursos Humanos dentro de las corporaciones haya tenido tal impulso en los últimos 30 años. Pero, por más que se intenten todas las “afinaciones” posibles para lograr la adaptación obediente del ser humano, no hay caso. Lo que retorna una y otra vez, como falla del sistema, es lo que Freud detectó hace ya más de cien años en el síntoma. Retorna un cuerpo que nada tiene que ver con la operatividad del sistema, ni en cuanto al tiempo ni en cuanto al espacio en el que ese cuerpo “freudiano” habita. Retornan los vestigios del cuerpo del deseo, el amor y el goce, encadenados para situar en el inconsciente un “fuera de tiempo” y del espacio de la productividad. El síntoma, más o menos “estallado”, es la revelación de que hay algo incoercible que remite, una y otra vez, a tal falla del sistema, la “grieta por donde ese cuerpo desaparecido puede ser recuperado”.

Por lo tanto, Freud se instituye, con su método, como un recuperador de “cuerpos desaparecidos”, que se niegan a quedar enterrados para siempre en el silencio, asumidos definitivamente como “errores del sistema”.

Precisamente, el sistema pudo ir desarrollando formas más o menos sutiles de “desaparecer” los cuerpos. Por supuesto, no hablamos del cuerpo de la organicidad pura, que se explica por sistemas de órganos que se autocompensan, de cuyo funcionamiento correcto depende la prosecución de la “vida”. Freud descubrió –como lo “sabían” sus pacientes–, que en ese discurso no se hablaba de “vida”, de lo que resultaba, o no, ser “una vida”. Los pacientes, sobre todo las pacientes histéricas, daban cuenta de lo que para ellos “no era vida”.

La vida desaparecida

El psicoanálisis nace para, entre otras cosas, y sin proponérselo, dar cuenta de la extensión de lo desaparecido en el paisaje de la realidad capitalista, que, desde aquel tiempo hasta hoy, ha pasado a ser el paisaje global.

Los pacientes hablan de “lo desaparecido”, aun sin explicitarlo. Con mi colega y amigo Cristian Rodríguez, hemos escrito un libro (1) que sitúa el modo en que tanto Auschwitz como Hiroshima son los paradigmas del estado de excepción permanente en el que vive amenazada la existencia (no ya como abstracción, sino en cuanto a lo que se refiere a vestigio, a traza presente, en cada uno de los individuos contemporáneos: de humanidad) se manifiesta en estos fenómenos ubicados abiertamente en el extremo del desarrollo lógico e inercial del sistema que coloca a la existencia humana como falla, como error a eliminar. Auschwitz e Hiroshima fueron “correcciones” en masa. Un “refresh” del sistema.

Nadie que, en estado de gracia, enamorado, viviendo plenamente una vida que no está por completo ausente del deseo y del goce, puede pensar que se puede abocar al paradigma de la productividad medida en los términos de la guerra competitiva por el sinsentido de la acumulación, como se acumula basura. El “reciclado” es una de las caras actuales con las que recobra fuerza el valor de la productividad y la eficiencia, rostro más amable, de apariencia sensible incluso. Se recicla la basura, se protege la “naturaleza”, así como también se reciclan los cuerpos, y se reutilizan en una suerte de obsesión por evitar el paso de los años, por evitar, de forma alienada, quedar afuera del circuito de la utilidad.

Pacientes que “confiesan” que sienten que, para interactuar con otros, estando, como se ve dentro del paisaje urbano de todos los días, cada uno “en la suya” (con sus celulares, con sus “máquinas de enchufar”) tienen que “molestar”, cuando nadie quiere molestarse ni molestar a nadie, sobre todo porque nadie quiere ser molestado. Sin saberlo, el paciente nos brinda un rasgo del deseo, que “molesta”, incomoda, nos interfiere la inercia del movimiento rumbo a la asunción del “error”, rumbo al destino de desaparición. Son los pacientes quienes hablan de cómo se sienten “desaparecidos” para los otros.

El deseo, y el cuerpo deseante, está cada vez más borrado, aunque pudiera parecer exactamente lo contrario, en la profusión de las imágenes que supuestamente manifiestan la liberación de los deseos y el fin de las inhibiciones: eso pasa a ser casi una obligación, una nueva moral del deber “vivir la vida”. Como complemento reforzante, la maquinaria de publicidad y propaganda nos dice, a todos, qué significa y qué es “vivir la vida”. Son las formas sutiles del exterminio que mencionaba al principio, la realización de esa amenaza de fondo que constituye el estado de excepción permanente de la vida contemporánea.

¿Cómo explicarle a ese individuo, afectado de inconsciente, que de por sí, ese es el punto de partida, y no el final? ¿Cómo explicarle que, de entrada, se confronta a una libertad que, al fin y al cabo, jamás es la suya? ¿Qué sería en realidad, entonces, la construcción de una sociedad de individuos libres, realmente? Lacan se mofaba de esas declaraciones de Libertad que no contabilizan que la libertad, más que la de ser explotados, es la de asumirse como error del sistema, por lo tanto, la libertad de ser eliminado como tal.

Los pacientes hablan de su malestar, de lo exigidos que andan por la vida, como si en verdad no fuera o no la sintiesen “suya”. Esa alienación la viven como la exigencia de algo que, moralmente, los tortura –hablo en general, no en particular, una suerte de inferencia o de estado del sujeto contemporáneo, perteneciente a las clases medias, o medio altas urbanas– y que los lleva a pensar que, por esa tortura, se ganan el derecho a salvarse. ¿De qué? Pues precisamente, de desaparecer. ¡Al contrario! Por suerte existen los síntomas, y el psicoanálisis, como un dispositivo de recuperación de cuerpos, los cuerpos en los que se aloja y se vive “una vida”.

La tortura que mencionábamos, esa tortura moral que, a su vez, muchas veces estalla a nivel de esos órganos de la medicina más conservadora y tradicional, y se manifiesta como una especie de descompensación, o desregulación catastrófica inexplicable, son fenómenos OVNI (2).

¿No es acaso esta la prueba del estado de excepción, de ese punto sin ley en el que el sujeto se encuentra a merced de un goce mortífero para el que no le encuentra la vuelta civilizatoria? ¿No es allí donde reina el estado de excepción adónde van a parar los cuerpos desaparecidos, los detritos del sistema, que nada quieren saber del amor, del goce y del deseo, anudados en los cuerpos que detienen, enlentecen y hasta interrumpen la línea de montaje capitalista, sea cual fuere la forma que adopta en cada época, más moderna, menos moderna?

En el tema de la inseguridad que a muchos pacientes se les escucha decir, como “el karma de sus vidas”, se escucha el murmullo creciente y cada vez más claro, a medida de que progresa un análisis, que –lejos de tratarse de la autoestima o de la dificultad para saber “imponerse” y otras yerbas o modulaciones del decir “no”, tan de moda– donde se pone en claro que la inseguridad viene de esa pregunta del sujeto, de si el Otro, ese Otro que me devuelve el eco de mi propia voz muda, la voz muda de la pulsión de muerte, es finalmente humano. Eso es lo inquietante con lo que es difícil confrontar.




La extensión de lo desaparecido
José Luis Juresa: Psicoanalista. Miembro de EPC (Espacio psicoanalítico Contemporáneo).






1 “Auschwitz con Hiroshima: Sobre el resplandor en la línea de montaje”. José Luis Juresa-Cristian Rodríguez. Ed. Eduvim. 2017

2 “El OVNI psicoanalítico”. Texto inédito. José Luis Juresa-Cristian Rodríguez.




25/12/17

CAMBIAMOS FUTURO X PASADO






Parece haber pasado mucha agua debajo del puente, pero en realidad, no fue tanta. En julio de 2014 Daniel Scioli anunciaba públicamente, aún sin el pronunciamiento de Cristina Fernández de Kirchner, su intención de postularse para suceder a la, por aquel entonces, Presidenta de la Nación. En las filas del Frente para la Victoria se abría un debate interno sobre el futuro del proyecto populista sin Cristina. El lema de aquellos tiempos, que intentaba convencer a las y los que dudaban fue “el candidato es el proyecto”.

Frente a esa propuesta cuyo fundamento ético, económico y discursivo era un proyecto político se opuso otra, que lejos de confrontarla se propuso deslegitimarla y, estrictamente en función de los resultados de las elecciones, lo logró.

Contra un proyecto que se podría caracterizar principalmente por sus propósitos y, en parte por sus logros como popular, nacional, latinoamericanista, emancipador, tecnológico-científico, industrial y inclusivo se erigió un entramado discursivo que, carente de contenido (siempre en términos discursivos), proponía la necesidad de un “cambio”, ante la inminencia de una “crisis” no sólo económica sino esencialmente de valores resumidos en la necesidad de “defender la república” y “combatir la corrupción”.

Ya lo escribía el padre del neoliberalismo norteamericano Milton Friedman, en 1962, cuando en plena hegemonía de los Estados de Bienestar, afirmaba que “sólo una crisis –real o percibida– da lugar a un cambio verdadero. Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que ésa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable”.

Frases como “vamos camino a ser Venezuela” o “queremos vivir en un país normal” inundaron los medios de comunicación tradicionales, las redes y el “sentido común” con la misma intensidad, y en el 2015, gran parte de las y los argentinos percibieron una crisis inventada e hicieron que lo políticamente imposible (el ajuste y la pérdida de derechos) sea, “pesada herencia” mediante, políticamente inevitable.

El discurso neoliberal se presentó en sus orígenes y lo repite en esta reedición vernácula como neutral, técnico, científico, ahistórico y eficientista. Por más que parezca una contradicción, dicho discurso técnico fue y es un proyecto político. Uno de los principales modos, aunque no el único, en que, medidas antipopulares como la suba de tarifas y precios, la devaluación, los despidos o la flexibilización laboral puedan ser aceptadas y, en algunos sectores hasta apoyadas, es pensarlas desde una racionalidad técnica.

El tipo de cambio estaba “atrasado” debíamos llevarlo a su precio de “mercado”, subsidiar las tarifas y controlar el precio de las naftas nos iba a “dejar sin petróleo”, las rigideces del mercado laboral (en realidad, derechos laborales) son las responsables de la existencia del trabajo no registrado y del creciente desempleo, porque desincentiva la inversión.

Estas ideas no son nuevas ni originales. En 1944 Friedrich von Hayek, padre del neoliberalismo europeo, escribía en su célebre Camino de servidumbre que “Jamás una clase fue explotada de forma tan cruel como lo son las capas más débiles de la clase obrera por sus hermanos privilegiados, explotación que es posible debido a la reglamentación de la competencia. Pocos eslóganes han hecho tanto mal como el de la estabilización de los precios y de los salarios: asegurando los ingresos de unos, se hace cada vez más precaria la situación de los otros.” Es decir, son los convenios colectivos de trabajo, la representación sindical y los derechos laborales los responsables de la precarización laboral y el desempleo que sufren miles de argentinos y argentinas. La solución cae por su propio peso y parece ser que gran parte de nuestros representantes lo ha entendido bien.

El neoliberalismo como el populismo es un proyecto político. Detrás de una máscara seudocientífica y una racionalidad técnica se esconde un proyecto político de raíz meritocrática en el que la creciente desigualdad económica es estrictamente el reflejo de los esfuerzos, las iniciativas y la inventiva individual a la que cualquier mortal puede acceder si lo desea, por lo tanto, la pobreza y la desocupación, serán el resultado, siempre individual, de la falta de deseo y esfuerzo. La alquimia funciona: las víctimas devienen en victimarios de sí mismos.

En este marco, toda regulación estatal (con excepción de las que protegen la propiedad privada y la libertad de empresa) y las políticas públicas de redistribución del ingreso y la riqueza, lejos de ser reconocimiento y restitución de derechos, implican un castigo a la iniciativa personal y una restricción a las libertadas individuales, al mismo tiempo, que premian y fomentan actitudes humanas contrarias la llamada “cultura del trabajo”.

El programa político neoliberal implica, como nos recuerda Bordieu, un sistemático ataque de los colectivos que alientan solidaridades. A la Nación, desfinanciándola; a los grupos de trabajo individualizando salarios y carreras; a los sindicatos y gremios demonizando a sus representantes y a la familia individualizando consumos. Resulta imprescindible resistir el avance de la utopía neoliberal a través de otras tantas utopías y políticas que se basen en criterios éticos, necesariamente no neutrales, y comprometidos con la construcción de una sociedad más justa, igualitaria y democrática


docente UNLZ-FCS. CEMU.
fliaandujar@gmail.com









20/11/17

Capitalismo, Extractivismo y Esclavitud en el XXI





La era del “capitalismo irónico”

    “Vamos a tener que movilizarnos porque este sistema se está pudriendo”. Saskia Sassen, quien habla, es la reconocida pensadora holandesa que viene denunciando desde hace décadas la brutalidad de este “capitalismo irónico”. “Las ciudades expanden más y más el espacio de elite y las historias que se dan en los vecindarios pobres se vuelven invisibles. Antes era más mezclado todo, entonces se podía ver. Es realmente un momento difícil y problemático, no es la primera vez en la historia”, denunció, de paso por Buenos Aires, donde participó de las XII Jornadas de Sociología “Recorridos de una (in)disciplina. La Sociología a sesenta años de la fundación de la Carrera”, realizadas del en la Facultad de Sociales de la Universidad de Buenos Aires.



–¿Vivió muchos años en Argentina?

–Mi primer año de primaria lo hice en Córdoba. Luego fui a Buenos Aires. Fui a una escuelita de campo, me encanta esa imagen, en un barrio chiquito, Pilar de Córdoba. Nosotros vivíamos en un lugar sin construcciones. Mis padres vieron una construcción de un arquitecto de un modernismo extremo, todo blanco en un campo enorme, vacío. Se enamoraron de eso. Era una fantasía holandesa que nos le duró más de 4 años.

–¿Qué hicieron ahí?

–Ese mismo arquitecto construyó una fábrica para hacer papel, celulosa. Ellos la compraron, mi padre y un buen amigo que también venía de Holanda. No sabían cómo manejar la fábrica, trataron de vender papel, eran los dos escritores, fue un desastre, quedaron arruinados. Entonces fueron a Buenos Aires y mi papá hizo mucho teatro. Fue una aventura. Cuando fuimos a Buenos Aires fue otra modalidad. Hizo mucho periodismo.

–¿Y su mamá?

–Mi mamá quiso dejar a mi padre creo que dos años después de lo de Córdoba. Y la ley no permitía que la mujer dejara, que la madre se llevara a sus dos hijas. Si no, se hubiera ido.

–¿Cuánto estuvieron acá?

–Catorce años. Llegué a los dos y me fui a los dieciséis. Y yo no dije mi primera palabra hasta que tenía dos años… después no dejé de hablar (risas). Vinimos en un barco. Entonces mi primera palabra fue luna, porque veíamos estas lunas increíbles en el océano.

–Y cuando vuelve a la Argentina ¿qué siente, cómo la ve?

–La primera vez que volví me causó impresión porque estaba el régimen militar. Me acuerdo caminando en el centro, ver que estaban con sus armas. Pero la primera vez que me invitaron, no sabían que yo había vivido acá. Entonces, me empezaron a hablar en inglés y yo les contesté en este castellano con acento argentino y se quedaron: “¡habla argentino!”

–Ahora vino por los 60 años de la carrera de Sociología de la UBA. ¿Cómo ve la Sociología hoy y hacia donde debería ir?

–En realidad, cuando empecé a ir a la universidad desarrollé mi propio proyecto. Creí que quería hacer sociología y después de un año me dije tengo que mezclar esto con economía. Entonces yo hice mi propia trayectoria y mi primer libro, que era mi disertación doctoral, fue rechazado por doce publicadores. Era como una mezcla de sociología, economía, historia. Entonces eso me fue indicando que no soy una típica socióloga pero hay un cierto tipo de sociología que encuentro muy importante. El desarrollo de nuevas categorías de análisis, la noción de “descubrir”, en vez de simplemente “replicar”. Yo siempre estoy en el descubrir y para eso hay que poner un pie fuera del paradigma y ahí empiezan los problemas porque el paradigma no lo acepta. Entonces mi lugar es fuzzy edge, borde borroso, no está claro. Ahora siempre digo, yo puedo hacer lo que hago, porque existe un paradigma. Entonces yo estoy muy agradecida a todos los científicos sociales que siguen agregando estudios, todas las replicaciones. Ahora estoy escribiendo un pequeño libro que llamo Antes del método. Yo digo que mi espacio como intelectual y científica social es antes de entrar dentro de la cuestión metodología que disciplina, que corta la cabeza si no lo hacés así o así. Yo no hablo ningún idioma perfectamente. El único que hablo mejor es el argentino, pero incluso ahí me faltan palabras. Yo crecí en seis idiomas y no hablo ninguno perfecto, pero los capto.

–Esa era otra de mis preguntas, ¿cómo influyó en su enfoque el hecho de haber vivido en muchos países?

–Veo cosas que caen “entre”, entonces, eso me ha dado mucha energía. Tengo 70 años.

–Usted cuestiona las palabras, las categorías…

–Desestabilizar significados. Cuando un significado se vuelve estable, es momento de hacer una indagación. Yo digo hoy “la economía”, “las clases medias” son significados muy cambiados de lo que fueron después de la Segunda Guerra Mundial hasta los 80. ¿Qué significa hoy hablar del Estado? Esa es un poco la modalidad.

–A pesar de los avances tecnológicos, ¿podemos decir que hoy la vida es más cruel para las personas?

–Para la mayoría de personas. El número de personas que trabajan en modalidades contemporáneas de esclavitud ha crecido enormemente y hay falta de vergüenza. Hay empleadores que no lo ven como un problema en ciertos países en Asia, Indonesia, Tailandia, Filipinas, lugares muy duros. Hay una especie de brutalización. Estamos en una época que llamo capitalismo irónico. Porque lo que dominaba desde principios de 1900 era el consumo de masas. Pero llega a su momento más expandido después de la Segunda Guerra Mundial en muchos países (Rusia y China son otra cosa). Cuando dominaban los gobiernos y las corporaciones les interesaba gastar el dinero en las clases medias y las trabajadoras. Los sindicatos lograban mejores condiciones para los trabajadores, a los hijos de la clase media les iba mejor generación tras generación. Eso es lo que se quiebra cuando empieza esta fase en particular de la globalización, que está basada en la desregulación de la economía, la privatización y la financialización. Todo eso operando en un espacio global que se va construyendo con grandes ventajas para las grandes empresas. En Argentina antes teníamos producción de autos, de heladeras. Eso se va reemplazando con importaciones de los americanos, de los japoneses, de los alemanes. Entonces algo muy básico cambió. El orden visual no cambia tanto pero las lógicas económicas sí. Lo que vemos emerger es una especie de capitalismo que extrae. Pensemos en Google. Una vez que tuvo la plataforma, admirable, ¿pero cómo hicieron su primer billón? Tomando datos sobre todos nosotros a cero costo y vendiéndolo a alto costo a empresas. Facebook publica cosas que no son verdaderas y no pasa nada. Pensemos en algo mal hecho por una empresa de autos, de muebles… entonces hay una especie de falta de control.

–Con internet se potenció…

–Absolutamente. Para mí un ejemplo muy importante es que vamos de la banca tradicional, que vende dinero a un precio, a algo que son las altas finanzas, que financializan todo. Pueden extraer valor mismo de una condición negativa. Por ejemplo, la deuda de los estudiantes de universidades en Estados Unidos es más de un trillón de dólares. El sistema financiero logró pasar una ley que hace que sea una deuda que nunca se va a cancelar. Ahora el sistema financiero, con un trillón, en una cierta temporalidad, imaginemos todo lo que puede lograr. La banca tradicional no sabe qué hacer con eso, la banca tradicional vende dinero; la financiera es capaz de financiar a su ventaja y la desventaja de los estudiantes. Mientras tanto, el sistema financiero puede usar ese trillón. Cuando la banca tradicional dice tenemos 20 millones, los tienen; las finanzas no. Entonces es algo extractivo. Las ganancias que ha generado Facebook, con muy pocas responsabilidades, y muchas facilidades… son sectores extractivos.

–¿Cómo impactan en esta lógica los atentados?

–Hace como 15 años que vengo trabajando en esto. Una de las nociones es que esta es una guerra asimétrica. No hay dos grandes potencias que se encuentran, eso tiene muchas implicaciones. Una que he trabajado bastante pero no se habla de eso, para nada. Cuando tenemos dos grandes potencias que van a la guerra, pueden decidir, en algún momento decir “basta, se acabó la guerra”. Las dos grandes guerras mundiales duraron cinco años cada cual. Hoy esa opción no existe, porque son otras modalidades. Y en ese punto el espacio urbano se vuelve estratégico.

–¿Lo lee también como respuesta a esta lógica de extracción?

–No sé. Lo que yo creo es que esto ha estado bajo construcción como una opción por varias décadas. Cuando cambian nuestras economías, para mí los años 80 son muy importantes en ese sentido. En Occidente, ampliamente entendido, incluye países de Asia, Africa, Latinoamérica, Europa… algo se quiebra. Hago este análisis en el libro Expulsiones (Brutalidad y complejidad en la economía global). No es simplemente una cuestión de una creciente desigualdad, es cierto que estas desigualdades cruzan una especie de borde invisible, sistémico, y una vez que se está del otro lado: número uno, se vuelven invisibles; número dos, lo saben, no cuentan. De ahí surgen algunos elementos. Pero hay otras condiciones que también están en juego, una vuelta a cuestiones religiosas, que también pertenece a esta modalidad que estamos viviendo porque antes había más secularismo. No quiero mezclar esta cuestión de la religión con ser violento, pero creo que quizás el ejemplo más simple es (Donald) Trump. Trump no cae del cielo, es resultado de 20 años de una degradación del sistema político. Indiferencia a las políticas… (Bill) Clinton fue un desastre para la clase media negra, trabajadores modestos de clase media y de trabajo manual… no le importó. Demasiada indiferencia hacia toda una serie de grupos…

–¿Y como ve Latinoamérica, que en los últimos años hay una vuelta a un neoliberalismo parecido al de los 90 después de gobiernos que iban en otro sentido?

–Lo que no se ha hablado es del 30 o 40 por ciento que se ha enriquecido. El 1 por ciento más rico siempre existió, pero es distinto ahora cuando el 30 o 40 que son tan ricos que se compran tres casas, las destruyen y se generan una mansión. Eso deja una marca en el espacio urbano y va expulsando a clases trabajadoras y clases medias modestas. Si solamente hay un 1 por ciento (de ricos), es una cuestión que una ciudad puede manejar. Pero el 30 o 40 por ciento es otra cosa. Número uno, recordemos que todas nuestras ciudades eran pobres en la década del 80. Nueva York, Londres, Tokio estaban en bancarrota, París estaba destruida financieramente. Porque el sistema económico estaba en construir suburbios, en construir infraestructuras nacionales; era manufactura, grandes centros comerciales, era “hecho en América”, “hecho en Alemania”… Lo que empieza a cambiar es una especie de espacio operacional que se instala en estas ciudades, y empuja fuera a más gente. Es un espacio con mucha riqueza. Eso realmente es mucho más que el 1 por ciento. Porque eso remarca la vida de tanta gente y ahí empieza también la resistencia de los fanáticos contra la inmigración, fuera con los ricos, fuera con las corporaciones, la extrema derecha. Trump sale de eso. Él mismo ahora está ahí, tiene un gabinete lleno de millonarios.

–¿Cuál es la salida a todo esto?

–Cuando Clinton cambia la ley que había existido durante tanto tiempo, que separaba la banca tradicional de estas nuevas maneras de las finanzas, eso también pasa en Inglaterra, en Paris… ese desregular de una regulación que había sido muy marcada contribuyó enormemente a esta nueva modalidad extractiva. Están las altas finanzas que han ganado ahora incluso más dinero con Trump. Ahora han pasado leyes que permiten a nuestros ahorros trabajarlos finacieramente, siguen sacando, siguen sacando. Todas las pensiones de trabajadores, por ejemplo, están en bancarrota, no existe el dinero. Es una violación de leyes básicas. Y hablando de Estados Unidos hay una serie de presidentes, (Barack) Obama, Clinton fue un desastre, lanzó la cosa, en la época de Clinton los poderes avanzan más y más y él facilita todo.

–¿Y cómo salimos?

–Número uno, un elemento importante es reconocer que nos han robado. Sí, trabajador de mina, te han robado tu jubilación, te hacen pagar más y más para todo, te han robado tu vivienda modesta. Pero todo vestido con una elegancia, una complejidad, algoritmos. ¿Cómo logramos reterritorializar un poco nuestras necesidades? ¿Cómo activamos? Tenemos que saber quién existe en nuestra comunidad. Hay gente que tal vez pueden ser inmigrantes ilegales pero hay un doctor, uno que sabe de ingeniería, no es simplemente el trabajo que tienen ahora. Entonces la pregunta retórica que me hago es ¿necesitamos realmente una multinacional para tener una taza de café? En Italia, Starbucks está eliminando las casas de café de familias. Está todo en mano de corporaciones. Vender flores, que solía ser un espacio donde había conocimiento, en general era de familias…, ahora son todas franquicias. Las franquicias significan que no solo están sacando parte de la capacidad de consumo de un vecindario, sino que también están vaciando el nivel de conocimiento. Entonces qué podemos relocalizar. Segunda cosa, tenemos que empezar a trabajar muy seriamente en nuestro sistema político. Tenemos que tener un cierto nivel de expertise entre nuestros legisladores. Tenemos una gran mayoría de legisladores que son de una ignorancia… Lo que ellos dicen es “son demasiado complicadas las finanzas, los sistema de seguros, eso se lo dejamos a los expertos”. Y los expertos son los que manejan esos sectores. Eso hay que cambiarlo. Si uno es elegido pero no tiene ese conocimiento entonces encuentra a uno que le tiene confianza, que viene de afuera del sector, que lo puede ayudar. Pero creo que los ciudadanos tenemos que empezar a pensar de esa manera. Y ahí los facebooks y los google nos pueden ayudar, de esa manera. Vamos a tener que movilizarnos porque este sistema se está pudriendo. Las ciudades expanden más y más el espacio de elite y las historias que se dan en los vecindarios pobres se vuelven invisibles. Antes era más mezclado todo, entonces se podía ver. Entonces, yo creo que es realmente un momento difícil y problemático, no es la primera vez en la historia. Por eso digo empezar por un esfuerzo de relocalizar. Eso no te resuelve el problema básico pero es un primer paso. En mi libro Territorio, autoridad y derechos lo que yo me pregunto es ¿cómo cambian los sistemas complejos? Y no cambian cambiando todo, cambian a menudo llevándose capacidades de cierta formación, a otro lugar. Entonces cuando digo relocalizar, no digo que no tomemos más café porque está en las manos de Starbucks, no, pero lo hacemos nosotros (al café). Empezar a pensar qué pequeños inicios pueden movilizar gente, movilizar capacidades, llegar a descubrimientos. Ahora eso no resuelve el problema central que es un abuso extraordinario de la ley, del poder. Si tienen poder, abusan del poder, abusan de la ley.

–¿Cómo se expresa la crueldad? ¿La sufren más las mujeres, ciertos colectivos?

–La crueldad ha sido parte de todos los ciclos históricos. Pero aquí parte del shock es que había una esperanza de que los sistemas avanzan, conocemos más y más, que vamos a poder remediar algunas situaciones, y al contrario, estamos cayendo en negativo. Por eso esta cuestión de la ética en la ciudad. Se tiene que poder negociar. El punto para mí es en qué punto ese negativo, esa desigualdad, se vuelve profundamente injusta y no necesaria. Ahora en este momento se ven retornos de modalidades terribles. Lo que está pasando en India, una chica de cinco años la violaron varios hombres, o esa mujer que la violaron en grupo en un autobús y la mataron al final. Eso va más allá de esas personas. Si hay algo nuevo es que la injusticia ha ido aumentando. La indiferencia de los ricos, que ni siquiera tienen vergüenza, la superexplotación de los trabajadores, el crecimiento del hambre, el hecho que los agricultores han sido echados de su tierra. Estamos en un exceso de una indiferencia total a todo, al medioambiente, a las mujeres, a los niños… y una falta de vergüenza total. Siempre hubo gente muy rica pero solían ser un poco modestos.

Algo cambió. La crueldad, la desigualdad, han ido aumentando tanto, han tocado tantas comunidades. Hay toda una serie de víctimas. Es como un veneno, no solo en el agua, en el aire y en la tierra…






Saskia Sassen