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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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21/11/11

Los patos y la escopeta






Hay mucha duda, pero el tema es sobre qué.

¿Se duda de que la tarjeta del SUBE sea una buena credencial para la detección de quién merece estar subsidiado? ¿O se duda de si el Gobierno no habrá pegado un volantazo a derecha? ¿Se duda de cómo harán la declaración jurada para encontrar a los que deben seguir cobrando el subsidio? ¿O se duda de si los K no estarán pegándole un sacudón al bolsillo multitudinario? ¿Se duda de qué deben hacer los inquilinos? ¿O se duda de si estos recortes, bajo pantalla de afectar a los que más tienen, no van a caer sobre los que tienen menos? ¿Se duda de qué pasa si uno renuncia al subsidio del servicio público y después resulta que vuelve a necesitarlo? ¿O se duda de si el oficialismo no estará retrancando hacia correcciones impopulares? ¿Se duda de qué ocurrirá con los que no respondan el formulario adjunto a la factura del gas, la luz, el agua? ¿O se duda de que avanzar sobre Puerto Madero y Barrio Parque no es más que una movida para la gilada? En esas preguntas elementales se dirime para dónde vamos, y la respuesta –porque es una sola respuesta– sólo la tiene el Gobierno.

Hasta ahora, cada vez que se pronosticó una fuga a derecha hubo equivocación.

El kirchnerismo, ya se sabe que en los marcos del sistema (nunca prometió poner todo patas para arriba, para algún desorientado que jamás falta), siempre sorprendió. La máxima expresión de esa tendencia transgresora fue a la salida de la derrota contra los campestres y sus socios mediáticos literales, que terminaron traste al norte. Hoy vuelve a manifestarse un interrogante: para dónde disparará la necesidad de prevenir las cuentas fiscales contra amenazas externas e insuficiencias propias. Hacia dónde se modificará que, recuperada la economía aunque en estadio de purgatorio, las clases medias no tengan nada que aportar.

Asistimos y, quizás sobre todo, asistiremos a una enésima imagen de los patos que le tiran a la escopeta. La derecha corriendo al Gobierno por izquierda. Un cinismo pavoroso y dividido en dos planos que son complementarios. La chicana de que se viene el ajuste, aun cuando se advierta su centralidad en los sectores de mayores ingresos. Y el estímulo a que el oficialismo siga así, recortándoles beneficios a los pudientes. Este segundo aspecto tiene la subsecuencia de que, apenas se note que los recortes alcanzan también a la clase media, pilotearán –ya lo hacen– un clima de “al fin y al cabo, no son ni todo lo populares ni todo lo nacionales que dicen ser”. Falta que digan que el verdadero progresismo son ellos, la derecha. Venderán que estamos frente a la misma mierda de los ajustes exigidos otrora por el Fondo Monetario, pero con distinto olor. Expuesto de esta forma, puede parecer una batalla exclusiva por la construcción de sentido simbólico. No es así. La comunicación es un efecto de la realidad política, no su causa. Del mismo modo en que la oposición incurrió en papelonescos spots de campaña no porque careciera de creativos (que también), sino por su impotencia propositiva, el Gobierno ganará o perderá lo que se viene según sea su auténtica y demostrada vocación de continuar reparando a las mayorías populares.

Lo que hacen los bolsones de la derecha, desde las horas inmediatas al 54 por ciento, es probar lo que llaman la “gobernabilidad” cristinista. Primero le tiraron con el dólar, subidos al espanto que fue la (no) táctica comunicacional del Gobierno. Pero, de nuevo: si se equipara a pequeños ahorristas en dólares con grandes fugadores de capitales, como si fueran igual cosa el colchón o las cajas de seguridad que bancos o paraísos fiscales del exterior, no hay mago que pueda comunicar bien nada de nada. Parece que, finalmente, el oficialismo les ganó la pulseada asegurando que hay todos los dólares que se quieran, y apretando donde y como se debe. La cotización del dólar, esa indesmentible pasión cultural clasemediera, no sólo se contuvo. Bajó. Los dos bajaron. El que llaman “legal” y el que la tilinguería bastarda de la City, con sus operadores cambiarios y periodísticos, denominan “blue”. La muchachada mediática, sus analistas aterradores, la patria sojera, pintan haber rendido esa ofensiva. Y en gran medida es así porque, tanto como el Gobierno no es un dechado de virtudes comunicacionales, esa gente se ceba e incurre en vicios peores. El periódico Perfil, que junto con variados productos de esa editorial viene a ser la hermanita muy menor de los mastines mediáticos muy mayores, se pegó un viaje de aquellos y habló en portada de un “plan pesificador”, capaz de causar la refutación de los liberales más recalcitrantes. Agotada esa operación, en principio, ahora arrancan con que los subsidios son un ajuste tradicional.

El Gobierno, en lo macro, corrigió errores y dio alguna idea de comunicación coordinada a través de la aparición conjunta de Boudou y De Vido. Son tipos convincentes, la mochila les juega más a favor que en contra por sus efectividades de gestión y, aunque así no fuera, enfrente hay un vacío magnífico que los Redrados no pueden ni podrán llenar con apariciones bizarras en programejos de cable, ni con recuadros fotografiados en publicaciones a las que nadie sustantivo presta atención, ni con una fortaleza política de la que están faltos por completo, ni por vía de las hazañas sexuales que cuenta Luciana Salazar.

Sin embargo, y otra vez, tampoco se trata de que ese lucro cesante de los adversarios allane el camino. O de que al oficialismo le alcanza cubrirse con mejor comunicación y punto. Dólar y subsidios, por caso, son coyunturas de las que se puede salir airoso en tanto eso: coyuntura. En lo estratégico, demostrar que se quiere profundizar “el modelo” pasa por otro lado o, si se quiere, por una parte mucho más grande. Sistema impositivo, nueva ley de entidades financieras, ampliar el concepto de asignación universal, desconcentrar y desextranjerizar la economía, sumar actores productivos locales. El tipo de cambio y la inflación son factores cuyo carácter de controlable o alarmante depende, en proporción decisiva, del grado de confianza que el Gobierno logre asentar respecto de su rumbo general.

Se cuenta para todo eso con un aval popular reciente y enorme. Y se le suma una potencia de movilización nada desdeñable, con preponderancia juvenil. Como si fuera poco, los vientos de afuera son demostrativos de que el país, y su región, vienen zafando gracias a intentos y concreciones anclados, por fin, en una mira que desde la periferia le enseña al centro. Estamos por acá con unas democracias que en varios aspectos se les han plantado a las corporaciones financieras, y con unos presidentes que se asemejan más a la gente común que a los sabios conocidos. Por allá están exactamente al revés. Sus sociedades van a las urnas, pero el destino irremediable de lo que votan es quedar atrapados en las resoluciones tomadas en Bruselas por un puñado de garcas. Hay aquí una oportunidad perfectible pero inmejorable, si se la observa desde condiciones objetivas que muestran a una derecha desvencijada, sin partido militar ni líderes siquiera incipientes; con patrullas mediáticas inmensas y todavía gravitantes, pero seriamente deterioradas. La trampa de esta ganga es no encontrar el punto intermedio entre que todo está bien, cuidándose de cuestionar hasta lo obvio porque sería hacerle el juego a la derecha, y que todo son remiendos capitalistas que sirven para un carajo.


Lo incierto es si el Gobierno será eficaz en la ejecución de las medidas administrativas que, jura, no afectarán a los desposeídos ni –gravemente– a la clase media. Lo seguro es que, mientras se equivoque pero quede claro que el camino sigue siendo integrador de las mayorías, no habrá operaciones de prensa ni sectoriales que puedan derrumbarlo. El 23 de octubre ya lo demostró.



8/11/10

LA DECISIÓN





En cierto aspecto, la semana después ha sido aun más significativa que la de la muerte.

Impacto, emoción, sorpresa e incertidumbre fueron los cuatro términos que dominaron la escena hasta que el duelo concluyó formalmente. Los dos primeros se definen por sí solos. El tercero remitió a la multitud congregada; en particular, a su impresionante componente juvenil e inorgánico. Y el cuarto consistía en algunas pocas, concretas y categóricas preguntas que, aunque íntimamente puedan haberse formulado ya al poco rato de conocida la noticia, fueron expuestas recién con el correr de los días (excepto por algunos salvajes, que se permitieron obviar el dolor y arreciaron con formulaciones intimidantes).

¿Cuáles serían, puestas en acción política, las consecuencias del impacto emocional en la Presidenta? ¿Qué pasaría hacia la interna del peronismo y de la oposición? ¿Qué, sobre todo, ante la ausencia de Kirchner al comando de su hiperquinético sinfín de relaciones y decisiones cotidianas? ¿Y qué con la actitud de alguna gente del palo propio, de imagen viscosa e inmersa en movidas o gestos sospechosos de querer abrirse o molestar?

Sería irresponsable, por supuesto, pretender respondida esta serie de interrogantes –a los que se suman los del asombro por la multitud autoconvocada– cuando el muerto permanece fresco. Sin embargo, y para pesar de la derecha que festejó o abrigó expectativas inequívocamente favorables en su primera impresión inconfesada, la semana después arroja signos que son los que esa derecha no quería encontrar. ¿O sí?

Según todas las fuentes obrantes y confiables, Cristina dijo “dos días de duelo y el lunes a trabajar”. En traducción libre: el lunes ya van a ver. Y fue así. Salió en cadena nacional siendo que una probable mayoría esperaba pausa de “recato”; no actuó un falso vivo; arrancó diciendo que eran las 17.40, para dejar clarita su decisión de no mentir(se) ni siquiera en la hora exacta que en que diría lo que dijo. En un discurso en el que le bastaron cinco minutos totales para transmitir un corazón tan partido como arremetedor, avisó que lejos de ser su momento más difícil era, apenas sencillamente, el más doloroso. En traducción obvia: estoy hecha mierda, pero no me impide gobernar. Y eligió el cierre, además de detenerse en el agradecimiento especial a los jóvenes, para anunciar que gobernaría más que nunca, y hacia igual itinerario, en homenaje a su marido. Esta cronología de su primera aparición verbalizada no es una adhesión ideológica. La incluye, pero antes que eso es una constatación objetiva de que marcó la cancha a cuatro días de que su compañero de toda la vida se muriera de golpe y a su lado. Tan objetivo como que al día siguiente estaba en Córdoba, bajando línea con la integración de autopartes argentinas en el nuevo modelo de Renault. Y como que horas más tarde hacía lo mismo en el análisis de los 600 mil millones de dólares que los yanquis derramaron sobre el universo económico dominante, munidos de su maquinita de emitir billetes y sin que nadie les pregunte por su déficit fiscal. Si querían saber sobre el estado depresivo de la Presidenta, ahí la tuvieron. Actuada, sincera, mentirosa, natural, como cada quien quiera. Pero lo objetivo es eso: Presidenta al mando.

Más luego, Scioli señala que estará donde la jefa de Estado lo necesite. Moyano aclara que la conductora del “Movimiento” es nada más que ella. Cobos quiere que se lo trague la tierra. En ese engendro que se denomina “peronismo federal”, sin dirección ni teléfono, aparece la fisura de un Solá –para empezar– capaz de decir que si hay tanto pueblo en la calle, llorando al muerto, por algo debe ser. Carrió prefirió seguir con su dieta, aunque parece que el Apocalipsis ya pasó porque ahora adujo que hay un buen futuro para el país. Stolbizer volcó en reemplazo de Carrió, convocando a un gobierno de “concertación nacional” (???). Duhalde confesó estar más fuerte que nunca, pero nadie le cree, empezando por él mismo. Reutemann, bien que con él nunca termina de saberse, anotició que se abre definitivamente de la precandidatura presidencial que nunca existió, salvo en la cabeza de un establishment que solamente confiaba en él o en Scioli. Y el hijo de Alfonsín, que en líneas generales mantuvo el posicionamiento más noble de todo ese mamarracho, por homenaje al apellido y porque juega a la izquierda del traidor que vicepreside no se sabe qué, quedó en situación de no se sabe qué tampoco.

Para peor, visto desde el adefesio contrera; o para mejor, contemplado desde cálculos electoralistas, la perspectiva económica mundial entrega signos optimistas hacia estos lares: dólares circulantes a rabiar, baja de las tasas de interés, subida de los precios de las materias primas agropecuarias, en Brasil ganaron Lula/Dilma y los chinos no paran de demandar lo que se produce en estas pampas. Enfrente de eso, solamente queda la inflación real y en específico lo que aumenta la carne. Nada más. Pero ninguno de los confrontantes garantiza que la inflación auténtica no sería la que es si gobernaran ellos, y menos que menos ofrecerían opción a la necesidad de recomponer stock de vacas parturientas. Por último, afrontan lo que reconoció el mismísimo Jaime Durán Barba, jefe marquetinero de un Mauricio Macri que después de ver lo que pasó se habrá dado cuenta de que nunca tendrá calor popular: una viuda reciente con la personalidad de Cristina, mujer atractiva, con la oratoria que tiene, con ese retrato de sola contra todos, es imbatible en las urnas. Lo dijo el publicista de Macri.

Hasta acá, las buenas noticias. Porque lo son o porque uno las interpreta como tales. Sea como fuere, esto que se llama “kirchnerismo”, a falta de mejor definición rápida que reemplace a “las necesidades e intereses populares van para ahí”, también tiene sus problemas. Bueno sería que no los tuviera, porque en ese caso significaría que se acabó la historia, local, pero por izquierda. Y la Historia no se acaba nunca. Siempre está en movimiento por mucho que no se lo perciba, como ocurrió en los ‘90 de la rata. El mejor significante de eso, pero hay que ver si significado, son los pibes. Esos pibes que demostraron volver a creer en algo colectivo. Esos pibes entusiasmados con la política son la noticia más fascinante de la Argentina de los últimos tiempos. Pero a no hacerse los tontos, nosotros, los grandulones, deduciendo que ahora les toca a ellos. Nos sigue tocando a nosotros conducir la energía de los pibes.

No hay partido militar para cubrirle el flanco a la derecha, porque en el pestañeo histórico que va de Alfonsín a Kirchner la derecha se quedó desarmada. Los pibes no están en peligro, y las condiciones objetivas son mejores que en los ’70 para seguir cambiando las cosas. Pero hay el desafío de que no se decepcionen, ahora que volvieron a creer después de tanto adulto vencido.

Y la par, en lo macro, es eso que señaló el escritor Vicente Battista en su perfecta contratapa de Página/12, el jueves pasado, al citar a Scalabrini Ortiz en 1943: “No debemos olvidar en ninguna circunstancia –cualesquiera sean las diferencias de apreciación– que las opciones que nos ofrece la vida política argentina son limitadas. No se trata de optar entre (el general) Perón y el Arcángel San Gabriel. Se trata de optar entre (...) Perón y Federico Pinedo”. Casi 70 años después, es lo mismo. O se está con esto, se llame como se llame, o se está con Macri, Cobos, Duhalde & Cía.

Elijan.