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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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15/7/12

SCIOLI, LA SÍNTESIS







Según la clásica definición de Norberto Bobbio, la diferencia esencial entre derecha e izquierda radica en su posición frente a la desigualdad: mientras la izquierda la concibe como el resultado de una construcción social (y, por lo tanto, como algo susceptible de ser modificado, por ejemplo, mediante la acción correctiva del Estado), la derecha cree que es un estado natural: no sólo acepta la desigualdad sino que incluso la valora, en particular si es consecuencia del esfuerzo individual de acuerdo con el clásico patrón ético del protestantismo, comprobable en muchos sitios pero en ninguno como en Estados Unidos, que ha hecho del sueño americano el centro simbólico de un orden que es tanto económico como político y moral. Para la derecha, entonces, el éxito individual, más que la solidaridad, constituye el eje del progreso social.

Como otros líderes surgidos del mundo de los negocios (Mauricio Macri y Francisco de Narváez pero también el chileno Sebastián Piñera, el mexicano Vicente Fox o el ecuatoriano Alvaro Noboa) y de las disciplinas deportivas individuales (Carlos Reutemann), Daniel Scioli es la encarnación misma del éxito. En su caso, reforzada por la notable recuperación tras el accidente que le costó su brazo derecho, recuperación que subraya esta línea de superación en base al esfuerzo y que, llevada de un modo discreto y enérgico, opera como el trauma fundante de su carrera política.

Recordemos una escena. El 10 de junio del 2003, poco después de asumir el gobierno, Kirchner partió a Brasil y dejó a Scioli a cargo de la presidencia: el flamante vice, que evidentemente no conocía a su compañero de fórmula, se instaló en el despacho presidencial y asumió un alto protagonismo, que llegó a su punto máximo cuando dijo que había “cierto temor de seguidismo con Lula”, juzgó “poco serio” que el Congreso derogara las leyes de obediencia debida y punto final y hasta reclamó un aumento de tarifas. Ante el riesgo de que Scioli gestara una coalición neomenemista en su patio trasero, Kirchner lo fulminó a su modo: desplazó a los funcionarios cercanos al vice y se negó a recibirlo.

–Lo hicieron pomada –le dijo a Scioli un periodista de Clarín mientras éste esperaba en vano que lo recibiera Kirchner.

–Peor estaba cuando buscaba el brazo en el río –fue su respuesta.

Por su origen, sintomático del ménage à trois menemista entre política, espectáculo y deporte, Scioli es, como Macri, un típico producto de los ’90, aunque su gran ascenso, como el de Macri, se haya producido durante el kirchnerismo. Pero la política es así, una década se sobreimprime sobre la otra y los ’90 están tan presentes –incluso en el heterogéneo universo oficialista– como los ’70 y los ’80. Lo notable es que Scioli no reniega de su pasado ni ha abandonado sus marcas de época, que lleva sin sobreactuarlas pero con serena seguridad, y que se hacen visibles, por ejemplo, en los modos que elige para su exposición pública, como el festejo de su 55º cumpleaños con un megarrecital en Mar del Plata junto a los Pimpinela, Cacho Castaña y ¡Palito Ortega! (toda una declaración de principios, no sólo artísticos). Quizás en este tipo de decisiones haya que buscar el fondo de la autenticidad sciolista, subestimada por el progresismo ilustrado pero muy valorada por el electorado bonaerense.

Pero si el origen de Scioli lo ubica indefectiblemente en el menemismo, su estilo político lo acerca más a su segundo padrino, Eduardo Duhalde, de quien fue secretario de Turismo y Deporte. Scioli es duhaldista pero no en el sentido del duhaldismo como una corriente interna del PJ sino más bien del duhaldismo entendido como una cultura política que mezcla en diferentes proporciones, según el momento y la conveniencia, conservadurismo con sensibilidad social, ciertas aperturas al progresismo (mencionemos por ejemplo que León Arslanian fue ministro de Seguridad de Duhalde) con el reaccionarismo más recalcitrante, todo ello sostenido por una imbricada red de acuerdos internos y externos, sobre todo con el radicalismo bonaerense, y en un conocimiento cabal y muy cotidiano del territorio. La componenda es la clave de este estilo conciliador, clientelar y acomodaticio: en este sentido, lo que en el kirchnerismo es crítica frontal, identificación explícita del adversario y choque directo, en Scioli es adaptación, ajuste, sentido de la oportunidad. Pero no debilidad: hay en él una voluntad de supervivencia por mimetización que a esta altura sería absurdo negar.

Y, por último, el costado kirchnerista de Scioli, que también lo tiene: al fin y al cabo, ya lleva más años como kirchnerista que como menemista, dato que merece tenerse en cuenta. Además de su compañero de fórmula en el 2003, Scioli fue la carta ganadora que jugó Kirchner en la provincia de Buenos Aires en el 2007, cuando armó toda su estrategia política en función de la elección de Cristina, y un aliado invaluable en los meses más difíciles del período más difícil de todo el ciclo K, el del conflicto del campo, durante el cual Scioli acompañó sin fisuras, para asombro de muchos, al gobierno nacional (junto al otro aliado clave de aquel momento, Hugo Moyano). E incluso después, tras la derrota en la disputa por la 125, Scioli aceptó sumarse a las candidaturas testimoniales con una presencia que fue crucial para garantizar la inclusión de los intendentes en el fallido experimento. En aquel momento, y como forma de poner en palabras una sociedad que en muchos aspectos sonaba impronunciable, la dupla Kirchner-Scioli encontró como punto de convergencia justamente el mismo eje que el gobierno nacional hoy pone en cuestión: el valor de los resultados, es decir los efectos concretos y palpables de las respectivas gestiones, reflejados en tantas escuelas construidas, tantos kilos de cocaína decomisados, tantos puntos de desempleo reducidos, y sintetizados en un slogan electoral cuidadosamente elegido: “Nosotros –decían los spots– hacemos”.

Mi tesis es la siguiente: Scioli funciona como una síntesis de los tres liderazgos más importantes del peronismo pos-cafierista (Menem, Duhalde, Kirchner), cada uno de los cuales parió no sólo una corriente interna hegemónica sino también una forma de entender el peronismo y, en el extremo, una cultura política. Y sin embargo, no se trata de una síntesis tensa: a Scioli, da toda la impresión, no le pesa su menemismo ni su duhaldismo, como sí parecen pesarles a otros integrantes del elenco oficial que también deambularon por allí. Quizás esto explique parte del éxito de Scioli: su capacidad para acumular generaciones y dar forma a una genealogía política tan personal como liviana, sin más traumas ni arrepentimientos que los derivados de la vida privada (el brazo, la hija extramatrimonial, el amor con Karina).

Aliviado de la exigencia de construir una macroteoría explicativa que articule sus diferentes políticas en un todo digerible, Scioli ha convocado, en sus dos gestiones bonaerenses, a un elenco heterogéneo que, como el de todo líder, funciona como una teatralización de sus ambiciones y sus límites: duhaldistas como Eduardo Camaño, duhaldistas-kirchneristas como José Pampuro, barones del conurbano estilo Cacho Alvarez, mediáticos como Claudio Zin, académicos progresistas como Daniel Arroyo; todos ellos forman o formaron parte del gabinete sciolista, en una mezcla que no excluyó alianzas con los movimientos sociales (en particular con el Evita) y los organismos de derechos humanos (Guido Carlotto es el secretario de Derechos Humanos bonaerense).

Navegando en este mar de felices contradicciones, la vistosa gestión de Scioli surfeó la ola de los últimos 9 años sin demasiadas dificultades: atento siempre a no perturbar a los poderes fácticos (de la Iglesia a los medios, de los sindicatos a los movimientos sociales), Scioli no emprendió grandes reformas ni encaró transformaciones profundas: en este sentido, y contra lo que afirma hoy el kirchnerismo sunnita, a Scioli cabe criticarlo más por lo que no hizo que por lo que hizo.

Salvo en una tema: la inseguridad. Con la designación al frente del ministerio de dos integrantes del complejo judicial-policial, Carlos Stornelli y Raúl Casal, Scioli llevó adelante, con un ímpetu ausente en otras áreas, un giro en la saludable política llevada adelante por Carlos Arslanián, que había incluido purgas masivas, la renovación total de la cúpula policial, un proceso de municipalización, la fusión de los escalafones, el ingreso de civiles en altos puestos, la modificación de los planes de estudio y hasta la creación de una segunda policía que con el tiempo debía absorber a la vieja.

La contrarreforma recentralizadora de Scioli, orientada a la idea de devolverle poder a la policía, revirtió casi todas estas decisiones e implicó un nuevo giro en la política de seguridad bonaerense, una de las más erráticas y peligrosas de todas las emprendidas desde la recuperación de la democracia.

Pero las cosas cambiaron. El impacto de la crisis financiera internacional, la desaceleración de la economía local y la disputa por la sucesión alteraron la tranquilidad de un Scioli acostumbrado a gestionar en un contexto no sólo de expansión económica y pax peronista sino también de creciente protección social, porque no es lo mismo gobernar el Conurbano con Asignación Universal que sin ella. El déficit fiscal de la provincia de Buenos Aires, corazón del conflicto político actual, es estructural y de larga data, y ha sido la pesadilla también de Duhalde, Ruckauf y Solá.


Por supuesto que Scioli no ha hecho demasiado por solucionarlo, pero reclamarle ahora una reforma tributaria progresiva es tan improbable como pedírsela a De la Sota o Urtubey. El psicoanálisis, ese hobby de clases medias, enseña que en momentos de dificultad, angustia o crisis, el hombre suele replegarse a la protección de lo conocido, al calor de lo familiar, a la tibieza de la infancia como patria infalible, y que es ahí cuando asoma su verdadera naturaleza: ¿a dónde reenvía políticamente esa combinación de VIP de New York City con segundo cordón del Conurbano? Lo iremos descubriendo en estos días.


José Natanson
Director de Le Monde Diplomatique,
Edición Cono Sur www.eldiplo.org



10/11/11

CODICIA Y BURRADA





La codicia es el apetito excesivo de riquezas. La burrada no hace falta explicarla. Mientras los peritos trabajan para saber qué pasó en Bartolomé Mitre al 1200, tal vez sea útil explorar una hipótesis: desastres así responden a la maldita combinación de burrada y codicia.

Cromañón es un antecedente porteño de burrada más codicia. El 30 de diciembre de 2004 el boliche estaba lleno por demás, con negreo de entradas. Buena vibra, explican algunos músicos de rock. Y más dinero, hay que agregar. Que la ganancia era un objetivo mayor que la vibra queda probado porque, al menos que se sepa, la banda no pensaba donar la ganancia extra para programas dedicados a recuperar chicos del paco. Y Omar Chabán tampoco. Después estaban, claro, la burrada de las bengalas y el veneno de la media sombra. Pero sobre todo las puertas. Las puertas que abrían para adentro y apilaron cadáveres de adolescentes que iban muriendo al no poder salir. Y las puertas cerradas. ¿Recuerdan la pericia de Bomberos? La publicó Página/12. Con todas las puertas abiertas y las hojas girando hacia afuera, Cromañón hubiera quedado desagotado en dos minutos y medio. Ningún muerto. Quizá ningún intoxicado irrecuperable. Con las puertas habilitadas ese día y no tapiadas, desalojo en poco más de cuatro minutos. Quizás algunos intoxicados. No 194 muertos.

La discusión sobre el boliche de Once se hizo tonta muy rápido. Abstracta, más que tonta. El debate sobre la calidad y orientación de las puertas fue tan corto y pobre que hasta hoy los edificios son cárceles de las que no se puede salir sin llave. Y las puertas abren hacia adentro. Casi en soledad Alberto Ferrari Etcheberry, un experto en comercio de granos y relaciones con Brasil siempre generoso con la sensibilidad por la cosa pública y el apego a las soluciones concretas, desparramaba ya entonces, después de caminar por la zona de Cromañón y ver todo con sus propios ojos, su desesperación por lo que le parecía el problema más obvio de todos. Y la salida más concreta.

Cromañón tiene otro elemento que hoy vale recordar. Pocos días antes de la tragedia, Callejeros había celebrado un concierto en el estadio de Excursionistas. El entonces jefe de Gobierno explicó que ese día sí había habido inspectores porque la legislación lo obligaba, cosa que no ocurría en el caso de boliches de la escala de Cromañón.

El fetichismo por las leyes y los reglamentos y la indignación fácil (caras de una misma moneda) sirven para escaparse de la realidad.

¿Cuántos recitales como el de Cromañón había en Buenos Aires el 30 de diciembre de 2004? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Diez? Si la legislación no obligaba a inspeccionar, ¿acaso la sensatez lo prohibía? ¿No había diez inspectores disponibles? A veces las cosas se pueden hacer con voluntad política y vocación por trabajar sobre la realidad. No hubo. Y todo sigue igual al ver las puertas públicas y privadas que continúan siendo un peligro de asfixia.

Sucede lo mismo hoy con las grandes construcciones de Buenos Aires. Ya es grave que Mauricio Macri no haya reglamentado una ley de inspecciones escalonadas votada en la Legislatura con el aporte de miembros de su mismo partido. Pero también es grave la falta de espíritu práctico que reveló la grieta de Bartolomé Mitre al 1200 y demuestra la discusión de estos días, tan pobre como la de Cromañón y por eso tan riesgosa para el futuro.

¿Cuántas excavaciones de pozo había el viernes 4 de noviembre en la ciudad de Buenos Aires? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Cincuenta? Si está claro que tocar los cimientos del edificio lindero es un problema crónico, ¿no hay cincuenta inspectores capaces de concentrarse en las construcciones donde se juegan más vidas? ¿O puede ser igual de importante verificar los estudios de suelo y la praxis o mala praxis de las excavadoras que controlar el cambio de azulejos de un baño?

No alcanza con las leyes. No basta con cumplirlas. No son suficientes las reglamentaciones. No se arregla todo con eliminar la corrupción. Si el Estado porteño no sabe qué es lo decisivo y la sociedad no distingue qué controlar en serio y cuándo, la codicia producirá desastres. Si Macri tiene alguna duda puede llamar a marxistas como Barack Obama y Angela Merkel. Le contarán qué pasó por la codicia de los bancos, la burrada de gerentes privados y el aporte de los funcionarios públicos al mundo donde se entremezclan la codicia y la burrada.




16/7/11

MACRIóPOLIS



Todo lo que diga a partir de este momento será usado en su contra. Tiene derecho a permanecer callado. Apenas terminó la primera vuelta, otra vez primerearon los asesores macristas. Cuando todavía había más puteadas que otra cosa entre oficialistas, progresistas, izquierdistas y librepensadores por el amplísimo triunfo de Macri, el macrismo se tiró de cabeza a la campaña y ya las estaba publicando para demostrar la supuesta y desagradable crispación de los filmusistas. Y otra vez saca ventaja. Lo de Fito Páez fue amplificado hasta la exageración. Había un filósofo que es funcionario del macrismo –prácticamente el único intelectual que escribe a favor de Macri– que publicó un artículo donde, haciéndose la mansa oveja, decía que no lo entendía a Fito. El mismo filósofo había publicado otra nota en La Nación en que decía que había sido “un triunfo de la gente normal”. Los que votaron a Filmus son todos anormales según su criterio. El hombre piensa así, Fito es un anormal difícil de entender.

Resulta sorprendente que el mismo Mauricio Macri que prefería pelearse todo el tiempo con el gobierno nacional, incluso a costa de la gestión, aquel que se pasó cuatro años acusando a Cristina Kirchner de obstruir sus planes para justificar su propia ineficiencia, sea el mismo que ahora quiere aparecer como un monumento a la tolerancia. El mismo que por plantearse esa estrategia pensando en su posible candidatura presidencial sacrificó su propia gestión se ha convertido en una persona de lo más amistosa con la Presidenta. Macri ha dicho cosas horribles de Cristina y de Néstor Kirchner y ahora aparece como el gran pacificador. Y los periodistas que militan en la oposición lo aceptan, no les produce ni sorpresa ni comentarios, porque ellos también han hecho campaña por Macri. Eso sí, les parece horrible que Cristina haya criticado a Mauricio al inaugurar Tecnópolis porque el jefe de Gobierno impidió que la impresionante muestra de ciencia y tecnología argentina se presentara en la Capital Federal.

La campaña en los grandes medios es cada vez más opositora hasta la saturación como en las mejores épocas de la 125: Tecnópolis casi no existió, Schoklender y la estafa contra las Madres machacan en las primeras planas y finalmente la guerra contra Fito Páez. Eso son los grandes medios en campaña y los periodistas que militan en la oposición.

De todos modos resulta difícil concluir que la mitad de los porteños son fachos, porque lo real es que son muy pocos los que votan por definiciones tan ideológicas o partidistas.

Una porción importante del atractivo electoral que supo generar el macrismo fue la falsa imagen de que por lo menos una parte de la prosperidad económica generada por las políticas nacionales era atribuible a su gestión en la Ciudad. Hubo otros elementos, pero es probable que ése haya sido el principal.

Por supuesto que no se explica todo su caudal de votos sólo con ese argumento porque también tuvo un voto más ideológico que no es el mayoritario. Del ciento por ciento de personas en condiciones de votar en la Ciudad, hubo un 25 por ciento que no votó. Podría decirse que en el 75 por ciento restante, el 20 por ciento sería el voto histórico de centroderecha en la Capital Federal (si se toma solamente a los que votaron, ese número es mayor). La mayoría de las veces esa franja de votantes tuvo referentes del radicalismo, pero también del peronismo o de otras fuerzas de centro y centroderecha.

Hay otro 20 por ciento que ha optado, con bastante permanencia en los últimos 20 años, por algunas de las diferentes variantes del progresismo. Y después hay otro 35 por ciento o más al que no le interesa demasiado la política (es probable que la superación del error de una estipulación tan bartolera tienda más bien a aumentar esta última cifra y disminuir las dos anteriores). Este sector oscila según la oferta de los candidatos en cada elección y es el que termina por definirla.

Parte del esfuerzo de las campañas es retener, frente a otras propuestas parecidas, a esa porción que ideológicamente es de signo similar al del candidato. Otra parte del esfuerzo es seducir a esa masa más expectante que, en definitiva, es la que volcará el fiel de la balanza.

Se trata de un cálculo a ojímetro y teniendo en cuenta la experiencia de los últimos 20 años de elecciones en la Capital. Los números se pueden correr para uno u otro lado, pero en general podría decirse que la tendencia ha sido cada vez más hacia el crecimiento del grupo de votantes menos politizados.

En este caso, la campaña del centroderecha fue más eficaz para seducir a esa masa decisiva de votantes. La gestión y las declaraciones de Macri durante su gobierno fueron muy ubicadas en el centroderecha. Pero durante la campaña ese aspecto fue muy suavizado. En el caso de Macri, su campaña personal fue absolutamente vaciada de contenido. Hasta dejó de lado la confrontación permanente con el Gobierno para inventarse un lugar de convivencia pacífica que no ocupó nunca durante la gestión.

Podría haberse alejado de esa manera de su base electoral más militante, que odia al gobierno nacional, pero no la perdió en la medida en que estaba compitiendo con la expresión política de ese gobierno en la ciudad de Buenos Aires. Para retener a ese sector le bastó con sus antecedentes y con ubicarse como el principal competidor del candidato más afín al gobierno nacional.

Es cierto que cuando la situación económica es buena, los resultados tienden a favorecer a los oficialismos, si no se producen grandes cataclismos o hay mucho desgaste. En ese sentido, Mauricio Macri corría con alguna ventaja. Pese a que su gestión ha sido deslucida, la prosperidad general hizo que la ineficiencia no se pusiera tan en evidencia. Macri no salió a criticar ni al gobierno nacional ni a su competidor en la elección y se limitó a destacar generalidades de su gestión y con eso le bastó para retener sus votos y ganar en forma contundente a la gran mayoría de aquellos votantes que no tienen una definición previa.

Paradójicamente, la buena situación económica generada por la situación internacional y por las políticas nacionales puso en un lugar incómodo a Filmus, como si la campaña de Macri hubiera tenido más habilidad para expresar aunque fuera una parte de esa prosperidad, y Filmus expresara algún tipo de oposición a ella. Es paradójico porque es al revés. Las políticas del macrismo en el plano nacional serían similares a las del menemismo que fundieron al país y a las capas medias, y echaron a la calle a millones de trabajadores.

Desde ese punto de vista, la campaña del Frente para la Victoria no pudo convencer a ese amplio espectro del electorado de que la Ciudad podría haber estado mejor con sus propuestas y por lo tanto podrían haber estado mejor sus habitantes también. Fue menos eficaz que su oponente para relacionar su propuesta con la prosperidad concreta del elector. Esa relación existe, podría decirse que es hasta obvia, sin embargo es difícil introducirla en una elección que es distrital y no nacional.

Durante todo su gobierno, Macri dejó de lado la gestión para priorizar su enfrentamiento con la Presidenta. Cuando fue obligado a bajarse a la puja distrital, tuvo la inteligencia de desnacionalizar su discurso. Era obvio para sus asesores que si el peso de las políticas oficiales a nivel nacional era tan fuerte como para obligarlo a bajarse, entonces esas políticas debían desaparecer del debate en el distrito. Esa fue otra dificultad para Filmus porque los temas de una elección distrital son en su mayoría de tipo local.

Ese electorado que no está comprometido con una afinidad política o ideológica percibe su prosperidad en el lugar donde está, que es la ciudad, y además es la ciudad que está gobernada por Macri, se la asigna a Macri y a Cristina al mismo tiempo. Esa sincronía apareció a los ojos del votante como una suerte de complemento y contrapeso y no como confrontación y parálisis, que fue adonde llevó Macri a su gestión, y la campaña del Frente para la Victoria no pudo demostrar esa diferencia.