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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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21/4/18

ABORTO y GUILLOTINA





El 8 de junio de 1943, un tribunal francés condenó a la pena capital a Marie-Louise Giraud, una lavandera de la ciudad de Cherburgo, por haber practicado una veintena de abortos. El 30 de julio fue ejecutada en la guillotina de la cárcel de La Petite Roquete (París). Giraud era lo que se conocía popularmente como faiseuse d’anges (creadora de ángeles), una abortista “profesional”. La dureza de la pena sorprendió a jueces y policías, ya que nadie recordaba que un castigo semejante hubiera sido aplicado por un acto ante el cual las autoridades habían mostrado cierta tolerancia. El Código Napoleónico había definido al aborto como un crimen pero en la legislación republicana posterior quedó tipificado como un delito. Las leyes de la década de 1920 exoneraban a la mujer que abortaba pero castigaban con penas de prisión y multas a los terceros involucrados-médicos y “creadoras de ángeles”. Pero en la década del 30, la obsesión con la caída de la natalidad y el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial volvieron a crear una atmósfera contraria a las prácticas reproductivas maltusianas. La criminalización del aborto fue su expresión más extrema.

En febrero de 1942, el gobierno reaccionario del mariscal Pétain promulgó la Ley 300, que volvía a definir al aborto como un crimen. La medida estaba dirigida contra “cualquier individuo sobre el cual exista la presunción precisa y consistente de que él o ella han realizado o intentado realizar, de forma reiterada y por razones económicas, un aborto, independientemente de que la mujer estuviese real o supuestamente embarazada, o que hayan facilitado los medios para llevar a cabo el aborto” (Art. 1).

No había necesidad de probar la existencia del crimen, su presunción era suficiente para condenar. La ley calificaba a los condenados como “autores, coautores o cómplices cuyas actividades amenazan al pueblo francés” (Art. 2).

Se proponían dos cursos de acción: la privación de la libertad (internamiento administrativo) o el procesamiento por el Tribunal de Estado. Este era una jurisdicción especial creada por el gobierno en 1941 –momento en que se producen las primeros actos contra la ocupación alemana– con el objetivo de imponer sanciones excepcionalmente duras por fuera de lo establecido en el Código Penal.

La decisión de procesar a Marie-Louise Giraud en una jurisdicción creada ad hoc para tratar cuestiones de enorme gravedad para la seguridad del Estado –como la resistencia armada– demuestra un grado de politización del cuerpo con pocos precedentes en la historia. Como puede leerse en los fundamentos de la sentencia del Tribunal de Estado de París –y también en algunas tesis de medicina de esa época– al criminalizar la interrupción voluntaria del embarazo, la Ley 300 transformó a los abortistas en “asesinos de la patria” y al aborto en un “crimen contra el embrión, la sociedad, el Estado y la raza”, todo ello en un contexto en el cual se glorificaba a la familia numerosa y la maternidad mientras se deportaba a judíos y revocaba la nacionalidad a extranjeros naturalizados.

El andamiaje represivo que condujo a la única ejecución por aborto de la que se tiene registro en la historia moderna no fue obra exclusiva de un régimen político empecinado en desandar el camino iniciado en 1789. Tenía sus orígenes en la campaña llevada a cabo por las organizaciones antimaltusianas en los últimos años de la Tercera República. La más importante fue la Alianza Nacional contra la Despoblación, creada en la década de 1890 y dirigida por Fernand Boverat. Este cruzado de la ideología natalista, admirado en Argentina por figuras de la talla de Gregorio Aráoz Alfaro y Alejandro Bunge, movió cielo y tierra para que el Estado francés reconociese la función patriótica de las familias numerosas a través de medidas similares a las adoptadas por las dictaduras nazi y fascista, desde las exenciones impositivas y la discriminación “positiva” en el empleo a la condena de las prácticas anticonceptivas.

La acción propagandística de la Alianza Nacional tuvo un rol fundamental en la construcción de un amplio consenso antimaltusiano. Sus ideólogos desplegaron una gran imaginación, y pocos escrúpulos para llevar el mensaje más allá del círculo de iniciados. No vacilaron en usar imágenes fuertes para convencer a la opinión de que el aborto era el peor de los crímenes. Un folleto titulado “La masacre de los inocentes”, que fue distribuido en reparticiones públicas, comparaba los distintos métodos para inducir un aborto con las torturas a las que eran sometidos los criminales en la antigüedad, como el aplastamiento, la asfixia, el empalamiento y la hoguera. El mismo documento describía al aborto como un “crimen” más vil que el asesinato de un anciano –a quien “se le roban los años menos felices de su existencia”– y un enfermo incurable –a quien “se le roban algunos años de sufrimiento”–, ya que “asesinar a un niño prenatal es robarle 60 años de vida”.

Tras décadas de ejercer presión sobre la clase política y saturar la opinión con una retórica catastrofista, en 1939 el gobierno republicano promulgó un Código de Familia que incorporaba varios de los reclamos del lobby natalista. Mientras se aprestaba para la guerra, el Estado francés se lanzó a la caza de “creadoras de ángeles” y médicos abortistas. Su víctima más notoria fue la militante feminista Madeleine Pelletier, primera mujer médica diplomada en psiquiatría, que fue arrestada y encerrada en un manicomio bajo la falsa acusación de haber realizado un aborto en una menor.


El caso Marie-Louise Giraud

Andrés H. Reggiani
Profesor investigador (Departamento de Estudios Históricos y Sociales Universidad Torcuato Di Tella)








3/1/11

UCA, AUSTRAL Y OPUS DEI






La Iglesia Católica formó un ejército de especialistas en bioética que se desempeñan en hospitales públicos, con la intención de influir a través de los comités de bioética en las decisiones que tienen que ver con la regulación en torno al inicio, la reproducción y el fin de la vida y los límites de la ciencia.

Particularmente les interesa obstruir el acceso a los abortos no punibles, entre otras prácticas legales sobre salud sexual y reproductiva, con el argumento de que es la Iglesia Católica y no el Estado la que debe establecer las normas de lo posible en lo concerniente a la vida de los individuos.

Enfermeras formadas en cursos de la pontificia Universidad Católica Argentina (UCA) y de la Universidad Austral, ligada al Opus Dei, son las que alertan cuando una mujer solicita la interrupción voluntaria del embarazo amparada en los permisos vigentes. La tropa se completa con médicas y médicos, otros profesionales de la salud y también abogados, que son quienes concurren a los debates parlamentarios sobre las reglamentaciones para los abortos no punibles, y litigan en tribunales federales y locales contra el Programa Nacional de Salud Sexual y Reproductiva, y en la judicialización de los casos de aborto no punible.

Es significativo que los planes de estudio con los que se forman, en algunos casos, están avalados por el Estado, a través de su aprobación por la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (Coneau).

El tema está siendo investigado desde el CEIL-Piette-Conicet, que encabeza Fortunato Mallimaci, ex decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y presidente de la Asociación de Cientistas Sociales de la Religión del Mercosur.

Para contrarrestar la influencia de los especialistas en bioética que defienden los preceptos morales que imparte el Vaticano y pretenden imponerlos a toda la población, desde la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, el médico experto Juan Carlos Tealdi, director del Comité de Bioética del Hospital de Clínicas, está trabajando en la conformación de una red de especialistas con perspectiva de derechos humanos, que ya cuenta con 76 miembros que se desempeñan en hospitales públicos de distintas partes del país. Han elaborado un consenso con varios puntos a defender, entre ellos, el acceso al aborto no punible.


La estrategia

“La alta formación es la estrategia que les permite ganar concursos y ocupar lugares de decisión en el ámbito de la salud pública”, explicó un investigador del Conicet que les está siguiendo los pasos a los bioeticistas católicos desde hace un par de años, pero prefiere mantener el anonimato para evitar que le pongan obstáculos a su estudio, una tesis doctoral, dado que suele participar de las clases, jornadas y seminarios en los que se recibe capacitación. Este diario accedió a algunos de los avances preliminares de su investigación.

“Desde la academia confesional, docentes universitarios, investigadores e intelectuales, forman profesionales de la salud abogados e ‘interesados en la bioética’ para dotarlos de herramientas teóricas y conceptuales que les permitan tomar decisiones en su práctica profesional. Uno de los principales intereses es que estos ‘interesados en la bioética’ integren comités hospitalarios en el sistema de salud pública”, explicó el investigador.

La formación implica no solamente maestrías y especializaciones de posgrado sino también cursos cortos donde se analizan casos de aborto, eutanasia, trasplante de órganos y también reproducción asistida, detalla uno de los papers.

Una de las estrategias que utilizan para frenar los abortos no punibles es la demora: postergan las decisiones con la idea de que el embarazo avance y sea cada vez más complicada su interrupción. También tratan de influir sobre la mujer o los familiares que la acompañen, sobre todo en el caso de menores de edad, transmitiéndole la falsa idea de que un aborto puede poner en riesgo su vida, cuando –se sabe– es una intervención más segura, incluso que un parto, si se realiza en condiciones adecuadas.

La UCA y la Austral son dos de los sitios encargados de la capacitación y formación de los agentes católicos especializados en bioética. Los docentes que se consideran “maestros” formando “discípulos” –describe la investigación– son generalmente filósofos y médicos que han realizado posgrados y especializaciones en bioética en universidades de Europa y Estados Unidos.

“Actualmente, las primeras cohortes de egresados de posgrados en las universidades confesionales locales ya están comenzando a dictar sus propios cursos”, indicó el investigador. Se caracterizan, agregó, por hablar “desde la ciencia”, aunque los mueve una misión celestial. “Ellos están convencidos de que así van a ir al cielo, creen que están haciendo un bien a la Humanidad”, contó. Incluso recordó que en una jornada de la UCA se llegó a analizar el caso de una mujer que tenía un embarazo de un feto con una malformación genética por la cual moriría al nacer. Y al feto, que tenía alrededor de cuatro meses de gestación, y un kilogramo de peso, lo llamaban “paciente”.

Los cursos incluyen una alta formación en filosofía y teorías genéticas, y hasta historia del feminismo y teoría de género. En algunas jornadas, incluso, hablan sobre Simone de Beauvoir. En general están en contra de las prácticas de salud reproductiva que implican utilizar métodos anticonceptivos que no son avalados por el Vaticano, como el DIU, y las píldoras que tienen levonorgestrel –porque sostienen que impide la anidación, aunque no hay estudios científicos reconocidos internacionalmente que sostengan esa creencia–, entre ellas, la anticoncepción hormonal de emergencia. También rechazan el aborto no punible, a pesar de que es legal en el país desde 1921, de acuerdo con las excepciones previstas en el Código Penal, que a la luz de las interpretaciones de altos tribunales del país contemplan cuando el embarazo pone en riesgo la vida o la salud de la mujer y si la gestación fue producto de una violación, sea o no la mujer discapacitada mental.

De acuerdo con la investigación que se lleva adelante desde el CEIL–Piette, varios de los bioeticistas formados con la línea de pensamiento del Vaticano, especialmente aquellos que responden al Opus Dei, son jefes de servicios de Ginecología y Obstetricia o de Cuidados Paliativos.

Hay una clara división de género, las mujeres “trabajan territorialmente”, son enfermeras y médicas que identifican rápidamente los casos frente a los cuales influir. Los abogados en general son varones y son quienes litigan contra la venta de anticonceptivos o en casos de aborto no punible, o concurren a los debates parlamentarios. Por ejemplo, a lo largo de 2008 y 2009 tuvieron presencia en los debates y audiencias públicas sobre la reglamentación del aborto no punible en la Legislatura porteña.


Distintas voces de agentes católicos especializados en bioética expresaron su rechazo al proyecto, promovido por distintos bloques de la oposición, que finalmente no se llegó a aprobar este año, a pesar de que lleva ya tres años de discusión. El macrismo siempre apeló a diversas estrategias para freezarlo.