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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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27/8/11

CACHO NOVOA





Durante el otoño de 1989 ingresé en la sección Policiales del diario Nuevo Sur, cuyo editor era un tal Juan Carlos Novoa, al que todos llamaban Cacho. Nuestro primer encuentro fue ríspido. Es que ese día, en una crónica sobre un homicidio, estampé la siguiente imagen: “El asesino vació los inquilinos de su cargador.” Novoa, tras leerla, me llamó aparte y la corrigió, no sin permitirse un chascarrillo al respecto. A raíz de ello tuvimos una discusión; esa discusión derivó en un desafío: “Te espero en la esquina.” Cacho aceptó. Bajamos juntos por el ascensor, sin decir palabra alguna; después, al pasar por la puerta de un bar, su voz rompió el silencio: “Antes de la esquina, pibe, ¿no te tomarías una copita?”.

En resumidas cuentas, de ese bar pasamos a otro, antes de concluir la velada en El Globo, frente un exquisito puchero de gallina regado con tinto. A los postres, Cacho sacó del bolsillo una fotocopia de mi nota, y la acribilló con una ráfaga de observaciones y sugerencias. “Mirá –dijo, de pronto–, lo que te estoy tratando de inculcar ni siquiera me pertenece.” Entonces, pronunció dos apellidos: Capote y Walsh. Finalmente, escribió sobre la hoja: “Esto es lo que quiere el viejo boludo.” Le pregunté quién es el viejo boludo. “Yo”, fue su respuesta. En aquel momento intuí que era el comienzo de una inquebrantable amistad. Pero no imaginé que ese hombre canoso, de rasgos afilados y mirada triste se convertiría en mi maestro, el único que tuve en esta profesión.

Nacido a comienzos de 1938 en la República de Mataderos, Novoa adquirió allí tres estigmas que arrastraría a lo largo de su existencia: el fútbol, Perón y el tango. En cuanto a lo primero, fue un hábil mediocampista en las inferiores de Nueva Chicago, aunque era hincha de Vélez. Lo segundo, a pesar de que le vino de familia, se potenció durante el gobierno de Arturo Frondizi a raíz de un hecho –para él– barrial: la toma del Frigorífico Lisandro De la Torre. Y lo tercero, ya se sabe, también flotaba en aquellas calles. Al respecto, Novoa no disimulaba su predilección por las orquestas de los años cuarenta, las de Juan D’ Arienzo, Carlos Di Sarli, Osvaldo Pugliese y Miguel Caló. Cacho mismo parecía anclado en aquella época; había que ver su estampa de milonguero mientras recitaba a Cadícamo en alguna sobremesa. Ahora pienso que, más allá de Walsh y Capote, su modo de escribir tenía que ver con Cadícamo. Tal vez dicha influencia –junto con su destreza futbolera– hizo que Joan Manuel Serrat se deslumbrara con él. Ellos se habían conocido en un picado entre un equipo de periodistas locales y los músicos del catalán. A partir de entonces se hicieron inseparables. Tanto es así que Serrat se lo llevaría como asistente a Barcelona durante los años de plomo. Antes de eso, se probó como periodista en la revista TV Guía, para luego pasar a la editorial Abril; luego integraría la mítica redacción del diario Noticias.

Al regreso del exilio, trabajó en La Voz y en Tiempo Argentino. Allí, junto al inolvidable Miguel Briante, compartió días y copas con alguien que lo marcaría para siempre: Osvaldo Ardizzone. De él, por cierto, asimiló un secreto profesional que, después, en Sur, no demoró en transmitir: “Los diarios se hacen en los bares”. Dicho sea de paso, ello fue llevado con creces a la práctica.
La primera cobertura importante que hicimos en ese diario fue el juicio en Mar del Plata a Carlos Monzón por el asesinato de Alicia Muñiz. Sobre aquel asunto corrían ríos de tinta, puesto que la celebridad de sus protagonistas los convertía en símbolos sociales. De modo que el espíritu público se dividía entre quienes se mostraban indulgentes con el victimario y los partidarios de aplicarle todo el peso de la ley. De hecho, era la primera vez que un femicidio trepaba a las primeras planas de la actualidad, poniendo en relieve la violencia de género, entre otras cuestiones no exploradas hasta entonces en los medios. Pero la hipótesis de Novoa fue: “A Monzón, la rubia se le rompió.”

Ello –sin atenuar el carácter de género del crimen en cuestión, y menos aún su gravedad– lanzaba el caso hacia una lectura que incluía una constelación de factores por demás complejos: el submundo de un deporte que suele devorar a sus hacedores, la parábola de quienes fueron educados para torear el hambre a puñetazo limpio y la dialéctica de la fama, entre otras disfunciones colectivas.

Es que –para Novoa– nada era lo que parecía.

Aprendí de él que detrás de la fría prosa de un expediente siempre subyace la respiración de un crimen. Y que por sobre su esclarecimiento anidan otros enigmas que merecen ser contados: pequeños disparadores, algunos diálogos, escenas imperceptibles, y la tenue estructura de chiste que revolotea sobre las tragedias humanas. “El dolor y la ternura”, solía repetir entre dientes, con una dicción despaciosa.

Tras el cierre de Sur, Novoa supo escribir en varios medios; entre ellos las revistas Pronto, Veintitrés, en su primera época, y Brando. También trabajó con Raúl Zaffaroni en el Inadi.

Hace ya unos años, en una sobremesa que se prolongó hasta la madrugada, Cacho empinó un sorbo de JB, y soltó:

–¿Sabés? Eso de “los inquilinos del cargador” no sonaba tan mal.

En sus ojos brillaba una especie de sonrisa.

A fines de 2009, lo entrevisté para Parapolicial Negro, un documental sobre la Triple A, realizado por Javier Diment.

Esa, en realidad, fue nuestra despedida.

Juan Carlos Novoa falleció durante el alba del 14 de agosto.

Fue un inmenso honor haber sido su amigo.




19/7/11

GLOBOS Y RAZONES DEL TRIUNFO VECINAL



¿Qué sucedió en las cabezas porteñas para que ganara la ineficiencia macrista en políticas públicas? ¿Por qué el macrismo sacó más votos que los esperados y sorprendió a propios y extraños?

Seguimos analizando los resultados luego de las elecciones del domingo 10 de julio, en la CABA, donde se impuso la fórmula PRO con Mauricio Macri y María Eugenia Vidal, con el 47 % de los votos de quienes se arrimaron a las urnas...



LA DICTADURA DE LOS VECINOS


En la medianoche del domingo había llegado a Costa Salguero con el siguiente mensaje: “Es hora de dejar de pelear con los fantasmas del pasado y mirar el futuro”. ¿Se refería acaso a los juicios por delitos de lesa humanidad? Imposible saberlo. Porque, de inmediato –y con Miguel del Sel como partenaire– se entregó a su danza. A unos metros, la vice electa, María Eugenia Vidal, ensayaba unos tímidos pasitos. Y la concurrencia aullaba de alegría, entre miles de globos multicolores. Poco después, Fito Páez arrojó su granada discursiva, bajo la cual correrían ríos de tinta. El relato de lo sucedido en las urnas giró entonces hacia un debate sobre la dialéctica del asco. Pero bajo los escombros de una cifra –el 47 por ciento de votos macristas– persistiría un interrogante: ¿cuáles son las pulsiones de un electorado que –en apariencia– vota a quien no lo representa ni protege? En otras palabras: ¿cómo interpretar la conciencia política de una ciudad?

Entra en el orden de las cosas que el PRO obtenga buena acogida en barrios como Recoleta y Belgrano, aunque es sorprendente que también arrase en Lugano y el Bajo Flores. En resumidas cuentas, ¿qué punto de identificación puede tener esa pequeña masa de pequeños propietarios, trabajadores de escasos recursos e, incluso, desocupados, con un tipo como Macri? Días antes de los comicios, un vecino de Balvanera explicó por Radio Continental que no lo votaría a Filmus porque éste “quiere sacar las bicisendas”. Ya se sabe que otros vecinos se inclinan por el PRO debido a que su líder “hizo una buena gestión en Boca”. Y, desde luego, también están los vecinos que confían en la honradez de Macri “porque, como es rico, no tiene necesidad de robar”.

Es que Macri es el impulsor de lo que se podría llamar la “dictadura de los vecinos”. Lo cierto es que él inyectó semejante ilusión de grandeza en el espíritu público, dando forma a una categoría social hasta entonces imprecisa, formada por kiosqueros, amas de casa y taxistas. Una categoría social plagada de miedos y atavismos. Que la inseguridad. Que los cartoneros. Que los piqueteros. De manera increíble, ese muchacho millonario, afortunado y frívolo llegó para velar por ellos. Porque él, pese a su dicción incierta, es nada menos que la voz de los sin voz. La voz de los que creen que “los derechos humanos son sólo para los delincuentes”. La voz que llegó para poner orden a las cosas. La voz que llegó para hacerles frente a todas las amenazas sin rostro que acechan en las calles.Y, además, sabe interpretar todos los sinsabores de la vida urbana.

Ya no importa que en el campo de la gestión haya perdido o deformado todas sus batallas. Tampoco importa su desinterés por los planes sociales. Ni el colapso de los hospitales. Y menos que las escuelas se vengan abajo.

¿En qué barrio, en qué esquina se discute sobre la “subejecución presupuestaria?”. ¿En qué se ve afectada la señora de Barrio Norte con que Macri haya pinchado el teléfono del cuñado manosanta? En nada. Porque Macri trabaja. Pavimenta calles. Arregla pasos a nivel. Inaugura playas secas para los pibes que no pueden viajar a la costa. Mauricio no hace política. Trabaja. Es el dirigente que transformó la ilusión de la antipolítica en un arma cargada de futuro. En ello consiste su liderazgo. Un liderazgo cifrado en la simpleza o –como escribió Horacio González– en el “extremismo de la simpleza”. Al fin y al cabo, la “nueva política” es precisamente eso.

Hace no mucho, los partidos políticos tenían por nombre un adjetivo que enunciaba su ideología. Ahora, ningún partido se llama “conservador” o “liberal”. En estos tiempos, los siglas ofician como nombres de pila. Nombres sin significado. Pero con marca. Una marca detrás de la cual subyace una compleja ingeniería de publicidad y mercadotecnia; una fábrica de contenidos llena de gerentes y administradores diestros en el difícil arte de teñir las raíces de su ideología.

Así, con tales recursos, Macri pudo dar su mensaje y lograr la aceptación de un vasto sector social, que se expresó a través del voto. Por eso los globos de cumpleaños. Por eso la palabra “bienvenidos”.





MACRISMO SIN MACRI


Suele suceder que una comunidad se sorprenda ella misma de lo que, sin proponérselo, acaba realizando. Mauricio Macri y Daniel Filmus encarnan los dos modelos de ciudad que conviven en esta monstruosa megalópolis, que recuerda y olvida según su bipolar estado de ánimo porque en ella conviven famosos y olvidados, torturadores y víctimas, laburantes, vividores y ñoquis perpetuos, el rock, el tango y la cumbia villera. Frivola, narcisista y rica como pocas, esta ciudad construye los pisos más suntuosos y las villas miseria más pobladas y eternas de la Argentina. Es la ciudad donde no se pudo hacer Tecnópolis pero que se paraliza fascinada ante la largada del rally París-Dakar.

Este gran manicomio urbano tiene más psicólogos y mas psicoanalizados por metro cuadrado que cualquier otra capital en el mundo, pero eso no previene los masivos ataques de locura de sus habitantes ante los cortes de calles o las interrupciones en los trenes y los subtes. Es la ciudad en donde las preocupaciones sociales y éticas conviven con la amnesia más impúdica. El único lugar en el mundo donde iracundos ahorristas perdonaron a los bancos, pero jamás perdonarán a los piqueteros. También es la ciudad de millones de seres que una vez quisieron cambiar el mundo y ahora se conforman con cambiar a la Federal por la Metropolitana.

¿Por qué Buenos Aires es tan esquizofrénica? Una razón es que la riqueza que se produce en las pampas y en los suburbios industriales se realiza y se gasta en Buenos Aires, donde el Producto Interno Bruto es de nivel europeo. Pero, también, es la ciudad donde un sector cada vez más numeroso de la clase media urbana asume como propios los valores y los modelos de los ricos. Es preciso decirlo: hay vastos sectores populares que dejaron de pensar en un avance social colectivo y se refugiaron en la pobre esperanza del ascenso social individual. En ese sentido, Mauricio Macri no sólo encarna la pasión por el dinero y el éxito, sino que también expresa el desprecio de lo político: a un 30 por ciento de sus votantes no les interesa la política. Para ellos, la palabra “libertad” es sinónimo de libertad de circulación y de bicisendas. Macri personifica como pocos a todos aquellos que detestan a los sindicalistas y que quisieran exterminar a los piqueteros, los cartoneros y –en primer lugar– a los trapitos. Muchos de esos votantes son hijos y nietos de inmigrantes que ahora profesan una xenofobia sigilosa, un racismo pigmentario, que sólo Macri se atreve a verbalizar con el argumento de “reglamentar la inmigración descontrolada”. En ese sentido, a una amplia franja de votantes tampoco les crea problemas de conciencia que Macri patee a los sin techo o que pretenda reducir a las villas a una suerte de Disneylandia de la cumbia villera. Todo lo contrario: lo aprueban.

Con la inapreciable colaboración de los medios hegemónicos, Macri exhalta los valores de las soluciones individuales. El sur de la ciudad, donde las fábricas desaparecieron junto con los obreros y la solidaridad, y donde se amontonan los trabajadores mal pagados y precarizados, votó casi igual que los barrios ricos porque Macri cabalgó un racismo inmundo. O sea, los pobres del sur votaron por Macri para sentirse superiores a la gente que convive con ellos.
En la vereda de enfrente, la campaña de Daniel Filmus no convenció diciendo que Macri era estúpido, que decía tonterías, que era un vago, que no hablaba ni debatía para no decir pavadas. Tampoco funcionó como argumento que dejaba que las escuelas públicas y los hospitales se derrumbasen. Entre muchos pobres en ascenso, aún perviven las ideas privatistas y antiestatistas. Ellos adhieren a las ideas de la oligarquía sobre el carácter parasitario del Estado, como se demostró durante el conflicto del campo.

El empecinamiento en criticar a Macri contribuyó a victimizarlo en una primera instancia y –más tarde– a inmunizarlo. En el imaginario colectivo, ese hostigamiento y aislamiento al jefe de Gobierno se terminó percibiendo como un castigo dirigido contra todos los porteños que reivindican el individualismo y suscriben la teoría del miedo y la inseguridad. Pero, Macri no ganó sólo por eso. El macrismo se explica sin Macri. El macrismo “popular” es la expresión del atraso, la xenofobia, la incultura y la despolitización. Hay que disputar la influencia sobre los sectores medios y destruir los mitos con los que quieren dominarlos.




2/11/09

Cómo Macri y Palacios forjaron el sueño de una Side neoliberal




















No sin un toque de ironía, el ministro Guillermo Montenegro resumió su estado de ánimo con las siguientes palabras:

–Hasta acá llegó mi amor.

–No digas eso, Guillermo. Hacelo por mí –fue la respuesta de la ex vicejefa del gobierno porteño, Gabriela Michetti–.

El diálogo tuvo lugar el miércoles pasado, después de que Mauricio Macri anunciara el nombramiento de Eugenio Burzaco como jefe de la aún latente Policía Metropolitana. Ello no habría causado el beneplácito del ex juez federal, quien insistió:

–No aguanto más...

La diputada electa sólo atinó a forzar una sonrisa comprensiva, a la vez que palmeaba con suavidad la mejilla de su interlocutor. Y él prometió reconsiderar el asunto.

De hecho, Montenegro ya había redactado su renuncia. Y ello, en sí mismo, constituye una curiosidad. Porque no había tenido una reacción así ante los repudios que generó la presencia del comisario Jorge Palacios en su área de influencia. Ni por las graves irregularidades constatadas en las contrataciones y compras de equipos. Ni por el affaire del espionaje que llevó tras las rejas al hoy afamado Ciro Gerardo James. Por el contrario, frente al estallido de cada uno de estos episodios, él supo aferrarse a su cargo con un fervor casi irracional. Claro que también lo tuvieron sin cuidado otros tragos amargos de última data. Como la suspensión de custodias en dependencias porteñas por una deuda morosa de 36 millones de pesos que su gestión mantiene con la Policía Federal. Y la filtración periodística de datos sobre unos 20 agentes de inteligencia que, como James, cumplen tareas inciertas en el Ministerio de Seguridad. Sin embargo, en medio de semejante debacle, sería la designación de Eugenio Burzaco lo que terminó por sacudir su entereza emocional. No es un secreto, claro, que entre ellos anida un añejo rencor.

Cuestión de peso. En la campaña electoral de 2007, Macri enarboló el tema de la seguridad como su bandera más preciada. Ello fue determinante en su llegada a la jefatura de la Ciudad. Su principal asesor al respecto fue precisamente Burzaco, un robusto muchacho de 38 años que soñaba con ser ministro de seguridad, tal como el líder del PRO se lo había prometido. Pero grande fue su sorpresa al enterarse por los diarios que Macri terminó eligiendo a Montenegro para ese cargo.

Apalabrado en septiembre de ese año por Michetti –con la que había entablado un lazo de amistad a través de quien fuera su esposo, el ex periodista Eduardo Cura–, Montenegro no vacilaría en renunciar al Juzgado Federal Nº 7 para estrenar el traje de ministro, no sin antes tener una gentileza con su futuro patrón: archivar una causa que investigaba a Ángelo Calcaterra –el primo de Macri– por notorios sobreprecios en obras públicas.

Lo cierto es que la figura del Gordo –como todos le dicen a Montenegro– entusiasmó a Macri. En realidad, éste pretendía designar en Seguridad a un especialista en la materia que, además, tuviera una excelente llegada al universo policial. Pero ante la inexistencia de un candidato con tales características, terminó por orientar su búsqueda hacia alguien que sólo cumpliera con el segundo requisito. Montenegro tenía justo ese perfil. Y, por cierto, su llegada a la función pública contó con la expresa aprobación de Palacios, quien –desde la sombra– ya entonces asesoraba al futuro jefe de gobierno en el diseño de una fuerza policial cuyo eje estuviera depositado en el espionaje. Montenegro también tenía justo ese perfil.

Es que aquel hombre de 45 años, padre de tres hijos, amante del rugby y con una inquebrantable fe católica, jamás ocultó su fascinación por el universo de los agentes secretos. Incluso, entre sus conocidos y colegas del fuero federal, era célebre por jactarse de espiar teléfonos ajenos. “Ojo, yo sé todo”, supo ser su latiguillo en tales ocasiones. Y ello tenía su asidero de razón: durante sus días de fiscal, en su despacho estaba instalado uno de los equipos permanentes de la Side para efectuar filmaciones clandestinas, tal como está probado en la causa que lleva el juez Ariel Lijo por las irregularidades cometidas en la instrucción judicial por el atentado a la Amia. Ya entonces, Montenegro y el Fino mantenían una relación cordial. Y este último no dudó que el Gordo sería funcional, o al menos, manejable, en el proyecto macrista de crear una Side paralela.

Ahora –según fuentes confiables– se sabe que ese plan fue dispuesto desde el principio por el propio Macri. Y Palacios fue su brazo ejecutor. En aquel contexto, éste le incrustó a Montenegro la forzada presencia de Pascual Miguel Mazzeo, un ex oficial de la temible Superintendencia de Seguridad Federal que durante la dictadura –bajo el alias de Macciopinto– fue infiltrado en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Y en los albores de la gestión del PRO en la Ciudad, siempre bajo las órdenes del Fino, su misión sería la de ser ladero del ministro, con el propósito de que éste sea debidamente controlado.

Ahora también se sabe que Mazzeo –en su calidad de vaso comunicante entre Macri y Palacios con Montenegro– jugó un rol clave en la selección del personal de la Metropolitana. Ya entonces fue reclutado Ciro James, cuyo destino intermedio sería el Ministerio de Educación, puesto que la fuerza policial porteña transitaba aún por su prehistoria. Para ello se recurrió al gerente de Boca Juniors, Andrés Ibarra –y por consiguiente, empleador de James en ese Club– quien acababa de convertirse en subsecretario de esa cartera. Allí, el espía –bajo la cobertura de ser asesor del área legal– monitoreaba a docentes y estudiantes en sus respectivos conflictos con el gobierno de la Ciudad.

Junto con James, el dúo Fino-Macri también orquestó la incorporación de una verdadera legión de plumas –como se les dice a los agentes de inteligencia de la Federal– y un volumen no menor de ex agentes de la Side. De los primeros, trascendió un listado con la identidad y el rango de unos 20. Entre ellos resaltan, por caso, María Graciela y Soledad Ontivero, hijas de Adalberto Ontivero, secretario del comisario Osvaldo Chamorro. Nadie sabe a ciencia cierta las tareas que cumplen estos efectivos. Al respecto, un vocero del Ministerio evacuó dicho enigma con las siguientes palabras: “Antes eran topos que se infiltraban; acá se van a cortar el pelo y salir a la calle”.

A su vez, Miradas al Sur tuvo acceso a una listado de ex agentes de la Side que ahora, por cuenta de la Metropolitana, también “se van a cortar el pelo y salir a la calle”. Entre ellos están Mario Viña, Rodrigo Bononi, Luis Starzza, Lucio Starzza, Federico Tornazo y Félix Isla Rodríguez (jefe de seguridad del Teatro Colón). También hay dos agentes vinculados a Miguel Ángel Toma –Raúl Rosa y Alejandro Colombo–, un ex agente cesanteado por inventar pagos a confidentes imaginarios –Víctor Ruiz–, dos agentes que participaron con Galeano y Palacios en el encubrimiento del caso Amia –Jorge Matute y Vito Occhionero– y un traficante de datos de dudosa veracidad para fines periodísticos: Walter Bucceta.

Ésa es parte de la Policía Metropolitana que, a partir de diciembre, encabezará su recién designado jefe civil, Eugenio Burzaco.

La segunda oportunidad. Hijo del Raúl Burzaco –ex vocero de Carlos Menem y director del diario Tiempo Argentino–, el joven Eugenio jamás fue informado por Macri sobre la decisión de reemplazar su entronización como ministro por la de Montenegro. Sin embargo, en los corrillos del PRO circuló con insistencia la versión de que ello había obedecido a la mácula sanguinolenta que perdura en su currículum por haber asesorado a la policía neuquina de Jorge Sobisch, en tiempos del asesinato del maestro Carlos Fuentealba.

Aún así, en enero de 2008, el ex juez le ofreció hacerse cargo de la subsecretaría del Ministerio. Pero Burzaco –seguramente por un despecho escalafonario– ni le contestó. A partir de entonces –dicen–, Montenegro empezaría a profesarle una indisimulada animosidad. Ya se sabe sobre el golpe que para él significó la imposición del otro por parte de Macri en la Metropolitana. En consecuencia, Burzaco se convertirá en el tercer jefe de una fuerza policial que aún no ha visto la luz. Y Chamorro –quien se reúne diariamente con el Fino en las oficinas compartidas de la calle Maipú– pasaría nuevamente al segundo peldaño de dicha milicia, pero recién en diciembre, cuando Burzaco culmine su mandato como diputado. En tanto, un coro de repudios ya comienza a opacar su futuro.

Con la esperanza de que su condición de jefe policial civil impresionara de modo positivo a la opinión pública, el nombramiento de Burzaco exhumó del olvido el sabor picante de su trayectoria. Considerado como una suerte de intelectual del ala más conservadora de la nueva derecha argentina, este licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad del Salvador haría su primer trabajo de campo como agente de la Side, durante la época de Fernando De Santibáñez. Luego asesoraría –además de Sobisch– al no ingeniero Juan Carlos Blumberg, a la comisión directiva de River Plate y hasta a un senador estadounidense del Partido Republicano. También es autor de dos libros: Rehenes de la violencia y Mano justa. En lo político, tras abandonar la Side durante la caída del gobierno de la Alianza, se fascinó con la profundidad del pensamiento macrista. Y se unió a las filas del PRO, siendo elegido diputado en 2007. Tras el desaire de su fallido nombramiento, se mudó hacia las huestes de Francisco De Narváez, quien en las últimas elecciones sólo le concedió una candidatura de consejal. Ello determinó su alejamiento de la política. Pero la sorpresiva convocatoria de Macri para encabezar la fuerza policial más desafortunada del país, lo situó por vez primera en el centro de la escena.

Enemistado con Montenegro, al frente de una cúpula controlada por el Fino y resistido por la oposición y las organizaciones sociales, su futuro es más que incierto.


Ricardo Ragendorfer y Walter Goobar