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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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19/9/10

A 55 AÑOS DEL 55



El peronismo había remodelado las instituciones y las funciones del Estado, desplazando a los círculos de la oligarquía y legitimando nuevos protagonistas de la escena política: los trabajadores, los sindicatos, las mujeres. Se habían nacionalizado los resortes de la economía, las finanzas y el comercio exterior, para llevar adelante la industrialización. Crecía la población urbana y se fabricaban automóviles, maquinarias y aviones. El pleno empleo y la redistribución de ingresos, el sistema jubilatorio universal, los servicios gratuitos de salud y educación, los créditos para vivienda, entre otras conquistas, acortaban la distancia entre ricos y pobres y ensanchaban las oportunidades de ascenso social.

Perón había enunciado los propósitos de una revolución nacional, pacífica, equidistante de los extremos del capitalismo y del comunismo, basada en la participación de las mayorías. Planteaba la “tercera posición” frente al duelo de las grandes potencias y anudaba la integración con los países sudamericanos.

Según algunos críticos era una farsa, un remedo del fascismo, mera demagogia. Para la visión maximalista, los cambios eran insuficientes: los planes de colonización permitían adquirir la tierra a los agricultores, pero no se expropiaban compulsivamente los latifundios; se promovía la industria liviana sin haber creado antes la industria pesada; el oro de las reservas se dilapidaba en obras sociales improductivas, y los ferrocarriles, por ejemplo, se habían pagado muy caros.

Para otros, sin embargo, aquello era demasiado. A los terratenientes les indignaba el recorte de sus rentas y el congelamiento de los contratos de arriendo, el Estatuto del peón y la ingerencia de los sindicatos agrarios. Muchos industriales, que no dejaban de aprovechar los créditos de fomento, se alarmaban por las pretensiones de sus obreros. Los comerciantes multiplicaban sus ventas pero odiaban las regulaciones de precios. Al nuevo imperio norteamericano emergente de la posguerra le resultaban intolerables los gestos de independencia, el mal ejemplo argentino, que uno de sus ideólogos caracterizó como “fascismo de izquierda”.

Los políticos de la contra denostaban sobre todo los aspectos superestructurales del régimen, sus propensiones hegemónicas y autoritarias. Sin duda hubo abusos del poder burocrático, lo cual en parte respondía a la gravitación de ciertos cuadros dirigentes formados en la disciplina militar, como el mismo Perón. Pero también es cierto que una oposición irreductible no vaciló en recurrir a provocaciones, atentados e intentos de golpes de Estado que dieron pie a las medidas de coacción oficial.

El derrumbe. El conflicto con la Iglesia creó el clima propicio para soliviantar a las clases medias. La fundación del Partido Demócrata Cristiano fue el detonante de la ruptura. Pese a las importantes concesiones que había obtenido en el terreno de la cultura y la educación, la jerarquía eclesiástica conservadora nunca congenió con Perón ni con Evita. El gobierno suspendió la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y avanzó con una serie de reformas laicistas, la ley de divorcio, la equiparación de los hijos extramatrimoniales y otras iniciativas plausibles, que llegaban tarde y de manera inoportuna, causando incluso no pocas deserciones entre los peronistas.

Entonces se tornó evidente la incapacidad de los burócratas y la carencia de un partido orgánico que respaldara al gobierno nacional. Perón puso a uno de sus mejores hombres, John William Cooke, para encarar la reorganización partidaria en la Capital Federal, pero ésta también era una apuesta tardía cuando el esquema del poder peronista empezaba a desmoronarse.
Las manifestaciones católicas se convirtieron en mítines opositores, grupos de choque quemaron las iglesias del centro porteño, el gobierno deportó a un par de monseñores y el Vaticano dictó una excomunión genérica para los responsables de la ofensa. Sectores antiperonistas de la Marina, con algunos políticos y cuadros de la Aeronáutica, decidieron actuar.

El 16 de junio de 1955, la tentativa de matar a Perón, mediante el bombardeo aéreo a la Casa Rosada, degeneró en una masacre contra la multitud de obreros que acudían a la Plaza de Mayo, en la cual cayeron ametrallados muchos circunstantes ajenos a los hechos. Era una operación terrorista que, si fracasó en su objetivo central, demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar los grupos opositores.

Perón comenzó a dar pasos en falso. Dio por concluida la etapa revolucionaria del justicialismo, llamó a una conciliación a los partidos adversarios y les ofreció manifestarse por la red oficial de radiodifusión. Arturo Frondizi aprovechó para impugnar una proyectada concesión petrolera a la compañía norteamericana California.

Alfredo Palacios, en un discurso que no se emitió por radio pero se publicó en la prensa, pedía al presidente que renunciara, tal como se lo había pedido en 1930 a Yrigoyen. Después Perón ofreció retirarse, suscitando el 31 de agosto un paro gremial y una gran manifestación que le ratificaba la adhesión de las bases. En ese último acto de masas cometió el error de amenazar en vano a los golpistas (el “cinco por uno”), insinuando represalias que nunca había tomado antes y que tampoco iba a llevar a la práctica.

El 16 de septiembre estalló en Córdoba la sublevación del general Eduardo Lonardi. Aunque tuvo escaso eco en otras guarniciones del Ejército, contaba con el alzamiento de Puerto Belgrano y la flota al mando del contraalmirante Isaac Rojas. Los marinos volaron los depósitos de YPF en Mar del Plata y apuntaron contra la valiosa refinería del puerto de La Plata. Numerosas fuerzas leales cercaban a los rebeldes, pero Perón desistió de atacarlos o de acudir a la movilización popular para evitar los costos de una guerra y entregó su renuncia a una junta de generales.

La “revolución libertadora”. Dos meses duró la presidencia de facto del tibio nacionalista Lonardi, sustituido por un general más “liberal”, Pedro Aramburu. El vicepresidente Rojas, como para compensar su anterior obsecuencia peronista, expresaba el más acérrimo gorilismo. Los “libertadores“ se abocaron a su tarea, con la extraña complicidad de políticos de derecha y de izquierda. Para extirpar el culto al “tirano prófugo” prohibieron su nombre, sus emblemas, hasta sus iniciales, cualquier alusión a la simbología del régimen depuesto. Anularon la Constitución justicialista, intervinieron los sindicatos, proscribieron al partido, depuraron las filas del Ejército y, a fin de completarla con un escarmiento ejemplar, dejaron avanzar la conspiración del general Juan José Valle y fusilaron en junio de 1956 a los militares y civiles alzados.

También comenzaron a liberalizar la economía, a desmontar los instrumentos del Estado regulador y a transferir ingresos al sector agroexportador. Se iniciaba así una época de inestabilidad y degradación del país y de su sistema político, en la que se iban a alternar las dictaduras de facto con gobiernos condicionados por los planteos del generalato. El partido militar sustituía a la insegura partidocracia como vicario de los poderes económicos y como instrumento de la estrategia norteamericana en la guerra fría, uno de cuyos cerebros definió al peronismo como “una forma atípica de comunismo”.

La expulsión de Perón y el furioso empeño en destruir su obra no hicieron más que agigantar su figura: caso sin precedentes de un exiliado que siguió convocando cada vez más seguidores. Todo ello generó la marea incontenible de la resistencia popular y juvenil, a la cual se respondió con mayor represión, generando la espiral de violencia que desembocaría fatalmente en el terrorismo de Estado.

Pasado y presente. El presente se modela en las experiencias del pasado. Los pueblos evolucionan asimilando las lecciones de su memoria colectiva. A 55 años del ’55, en contraste con la vitalidad de las supervivencias del peronismo, hay un estruendoso silencio en torno de la fecha del 16 de septiembre, que ya casi nadie reivindica. Es la justicia de la posteridad, la conciencia de las calamidades a que condujo el ciclo de los golpes militares.

Más de medio siglo después, podemos ver también que los antagonismos de aquellos días no se han disuelto. El dilema entre el país agrario y el proyecto industrial no se ha zanjado. Sigue latente la contradicción entre las presiones del imperio del norte y los caminos de la solidaridad sudamericana. Las tendencias partidarias se polarizan y se crispan en torno de la puja distributiva. No es fácil remontar décadas de retroceso y de profundización de las desigualdades.

El mundo global y los actores sociales han variado, el peronismo tampoco es lo que era, pero la lucha prosigue. La diferencia, nada despreciable, es que la maduración de las condiciones históricas nos ofrece hoy la posibilidad de dirimirla por las vías de la confrontación democrática.







16/4/10

¿Qué significa ser de centroizquierda?



El empleo de categorías liberales para calificar a personajes y partidos políticos, deformación que, en general, acepta la mayoría de la dirigencia, es parte de la discusión ideológica que debemos darnos. Así, se habla en la Argentina de “centroderecha” y “centroizquierda”. Últimamente, un político mediático señalaba que “el centroderecha tiene problemas porque se halla dividido: allí están el PRO, la Coalición Cívica, el Radicalismo, el PJ disidente, el peronismo federal, el PJ, partidos provinciales, el Frente para la Victoria, los radicales K”, más un sector del Partido Socialista y diversas fuerzas prokirchneristas entre las cuales, supongo, incluye a los movimientos sociales, a la CGT y sectores de la CTA prokirchneristas, mientras él se asume como “la centroizquierda” que sería, parece, el SI, el grupo de Martín Sabbatella, Diálogo por Buenos Aires, Proyecto Sur, Libres del Sur y otro sector de la CTA y del Partido Socialista.

Utilizando las categorías del liberalismo conservador oligárquico no habría entonces “movimiento nacional”, ni fuerzas “nacionales y populares”, ni “nacionalismo revolucionario”, ni posición “nacional-democrática”, ni Izquierda Nacional.

De este modo resulta que no existe en la Argentina una cuestión nacional y así retrocedemos a la alienación de las viejas izquierdas -Partido Socialista, Partido Comunista y el trotskismo autodenominado “clasista”- convertidas en alas izquierdas del régimen (1945, 1955, Mesa de Enlace Agropecuaria).

Ocurre, sin embargo, que la cuestión nacional recorre toda nuestra historia. Desde 1816, año en que nos declaramos independientes como “Provincias Unidas en Sudamérica”, nuestro país se dividió en dos sectores claramente identificables: por un lado, el bando colonial, que quería hacer Europa en América (libreimportación, endeudamiento externo, política antilatinoamericana, cultura europeizada) y que tuvo a Bernardino Rivadavia y Bartolomé Mitre por principales exponentes, y por otro, las fuerzas populares cuyo proyecto era crecer hacia adentro, mantener la soberanía e integrar la nación latinoamericana (José de San Martín, Manuel Dorrego, los caudillos federales, parcialmente Juan Manuel de Rosas -en la Vuelta de Obligado-, Ángel Vicente “El Chacho” Peñaloza y Felipe Varela). La cuestión nacional deslindaba las aguas, como las deslindó en el siglo XX entre el yrigoyenismo y “el contubernio regiminoso”, y luego el peronismo respecto de la Unión Democrática.

Esa cuestión nacional tenía -y tiene- un doble carácter: la defensa de la soberanía, que implica independencia económica y la consiguiente justicia social, y además, la comprensión de que la verdadera nación despedazada y a reconstruir es América Latina, segunda razón fundamental para ser antiimperialista frente al imperialismo -inglés o yanqui- cuya política balcanizadora significa “dividir para reinar” creando países dependientes, monoproductores, que mirasen hacia los océanos y no hacia adentro, “los veinte hermanos que vivían de espaldas”, como los calificó Methol Ferré o “la veintena de sardinas víctimas de la ferocidad del tiburón”, según el guatemalteco Juan José Arévalo.

Hoy está en el tapete de la historia latinoamericana, con mayor vigor que nunca, esa cuestión nacional en sus dos aspectos: autonomía frente a los imperios, unificación en la Patria Grande. Lo señalan tanto Hugo Chávez como Evo Morales, Rafael Correa, Fidel y Raúl Castro, Daniel Ortega, Ignacio Lula da Silva, Fernando Lugo, José “Pepe” Mujica y los que van a sumarse. Lo señala nuestro Gobierno cuando liquida las cuentas con el Fondo Monetario Internacional para que sus funcionarios no controlen oficinas en el Ministerio de Economía como en otros tiempos, ni nos impongan planes económicos, ni nos “monitoreen”, como ellos amablemente denominan a sus consejos mortíferos. Y lo expresa asimismo el UNASUR, como también el Banco del Sur más allá de las dificultades en su consolidación (no podía ser de otra manera porque el enemigo está al acecho en la IV Flota y desde sus bases en varios países).

Por esto creemos que una forma sin equívocos residiría en llamar a las cosas por su nombre: si hay algún sector, dirigente o partido que se considera “nacionalista revolucionario”, o “nacional y popular”, o de “izquierda nacional”, que rechace abiertamente la categoría de centroizquierda y que ponga las cartas sobre la mesa: el Consenso de Washington y los traidores nativos han destruido el Estado, nos han endeudado, nos han sumergido en la pobreza y la indigencia, han extranjerizado el aparato productivo a punto tal que entre las 500 empresas más vendedoras el 73 % son extranjeras, han oligopolizado los mercados y avanzado en el terreno financiero, al tiempo que han intentado vaciarnos culturalmente de nuestro pasado, nuestra historia. Además, nos han robado las palabras para que todo se confunda y en esa maniobra se complican quienes aceptan discutir en base a las categorías del enemigo.

Es necesario decir -y decirlo en alta voz- que en la América Latina despedazada y dependiente se asiste hoy, en la mayor parte de sus países, a un proceso de liberación y unificación, y que por ese camino hay que andar, aunque la correlación de fuerzas obligue en cada país, a darle a ese proceso un ritmo distinto, según las posibilidades del campo popular. Porque hay un campo popular y un campo antipopular (en este caso la palabra campo cumple dos funciones, como es obvio). Porque hay fuertes intereses contrapuestos y hay proyectos antagónicos y hay enemigos, como los hubo siempre, por eso nuestra historia está escrita con sangre.

Aquí están los pueblos buscando trabajosamente su camino. Y allá están los amigos del imperio, es decir de Monsanto, de la banca JP Morgan, del gran capital financiero aliados a las oligarquías vernáculas y a los grandes poderes mediáticos coloniales.

Es preciso definir intereses, clases sociales, proyectos contrapuestos y no es posible sustentar una posición de inmaculada prescindencia en esa lucha.

Por eso las palabras deben ser claras y contundentes. Porque de otro modo, uno se pregunta: si unos son centro izquierda y otros son centro derecha, ¿eso significa que sustantivamente son centro y adjetivamente son izquierda o derecha? Ello explicaría que se junten todos contra la propuesta nacional y popular del actual gobierno que resulta apoyada por los movimientos sociales y lo mejor de los gremios. ¿Ello explica que el 3 de diciembre se hayan abrazado dirigentes de “centroizquierda” con dirigentes gorilas de la Coalición Cívica para dar nacimiento al “Grupo A”, o que supuestos revolucionarios hayan favorecido el triunfo del “centroderecha” en la discusión de la resolución 125?

Llegado este punto, nos preguntamos, entonces, con grave preocupación, si no se trata solamente del uso de categorías sino de la vieja entente entre derechas e izquierdas que derrumbó a Hipólito Yrigoyen en el ’30 y a Juan Domingo Perón en el ’55.

Otra fábula que viene también desde la derecha: la política es una cuestión de gestión. Es decir, la política no dirimiría intereses contrapuestos en la sociedad sino que sólo administra, gestiona.

Sobre esta cuestión podríamos decir mucho, pero Mauricio Macri ya lo ha dicho todo. “Está bueno Buenos Aires” gestionado por un empresario, decían en la campaña, pero el proyecto verdadero ha quedado al desnudo: para ellos, está bueno con el Jorge “Fino” Palacios, con Abel Posse, con Ciro James, con los grupos de choque expulsando a los pobres de las villas y las calles, o la gran revolución macrista: la enseñanza del inglés en los colegios primarios a chicos que todavía no saben castellano… ¡Qué mejor lección de política para quienes cometieron el error de votarlo!

Claro que así se aprende sufriendo demasiado, cuando se habrían evitado tantos dolores si los periodistas en serio y los políticos en serio, hubieran forzado la definición de los proyectos ocultos, polemizando sobre las grandes cuestiones y no sobre un bache más o menos. Y para eso hay que obligarlos a definirse claramente sobre el pasado y el presente, que es definirse sobre el futuro.

Hoy, las medidas adoptadas por el Gobierno de Cristina Fernández -inclusive los intentos frustrados como el de la 125- señalan un camino de vocación nacional y popular -especialmente en los últimos meses- que deslinda claramente las aguas respecto de una oposición virulenta que intenta la desestabilización para volver al pasado, apelando a políticos que son la reencarnación de Fernando De la Rúa y de Carlos Saúl Menem. Éste se ha convertido en la gran estrella del Senado y los legisladores de la oposición lo invitan contentos, con las banderas gastadas de la defensa de las instituciones, y la moralina chiquita que denuncia una coima al precio de ocultar el robo grande de la entrega del país (la Banelco del 2000 es el mejor ejemplo).

En este terreno nos paramos y lo hacemos con las palabras que corresponden: liberación nacional, unión latinoamericana, antiimperialismo, socialismo del siglo XXI.


Norberto Galasso
(Revista Zoom - 15/4/2010)

7/7/09

¿Qué clase(s) de elecciones tuvimos el 28-J?



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Ya está. El proceso iniciado en marzo de 2008 tuvo una segunda culminación “institucional” el domingo 28 de junio. La primera fue la derrota de la 125, de la que esta elección es hija. Como nos atrevimos a decirlo en aquel momento, no se confrontaron realmente dos “modelos”, sino dos estilos de gestión (uno más reaccionario que el otro, sin duda) de lo mismo.

He aquí los efectos de esa ausencia de auténticas alternativas. Un año y medio de tironeos y negociaciones crispadas entre los distintos bloques que conforman el poder político-económico en la Argentina de hoy se resolvió electoralmente en el nítido predominio –si no la completa hegemonía– del bloque más concentrado agro-industrial-financiero-mediático, y en detrimento del bloque denominado “neodesarrollista” más débil, más vinculado con el Estado.

El gran “business” triunfó sobre el comparativamente más pequeño. Como no podía ser de otra manera en el contexto de la crisis capitalista “periférica”, y sin cambios de fondo. Imaginar que el bloque más débil podía imponerse “por arriba”, ilusionándose con un gran “revival” de la sustitución de importaciones y las “burguesías nacionales”, o algo por el estilo, con sólo algunos “retoques” en la política económica y social, era francamente utópico. En tiempos de crisis, las medidas cortas tienen patas ídem, y los entusiasmos “superestructurales” se disuelven rápido.

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Así, antes del 28-J la suerte estaba echada. Unos puntos más o menos en los resultados de la provincia de Buenos Aires no habrían alterado radicalmente la lógica del proceso, salvo quizás en términos “simbólicos” (que por supuesto no son despreciables, pero tampoco flotan en un cielo puro, exento de la contaminación por las “bases materiales”). Si Kirchner hubiera obtenido los famosos 3 o 4 puntos que esperaba sobre De Narváez, aun así habría que explicar el arrollador avance de esa llamada “nueva derecha”, que hubiera tenido que esperar hasta el 2011 para mostrar todo su potencial. Como están las cosas, se ha quemado una etapa, por así decir.

Como le gustaba repetir a Hegel, la Razón histórica tiene sus (a veces crueles) astucias. Abominamos de la idea de que “cuanto peor mejor”; pero cuando lo malo ocurre, más valdría extraer alguna enseñanza de ello. Algo muy ambiguo (veremos cuán “malo”) ha sucedido, también en cuanto a la trama social subterránea que este último año y medio fue tejiendo. Como no estamos en Honduras, no hizo falta por ahora, para resolver la “interna” de los bloques dominantes, un golpe palaciego-”constitucional”. El bloque más concentrado se impuso mediante elecciones “burguesas”, claro, pero limpias e inobjetables (las planificadas paranoias de campaña agitando fantasmas de fraude fueron fantochadas de cuarta), aunque totalmente vaciadas de relevancia política, o siquiera discursiva, ninguna; si durante un tiempo, en estos últimos años, pareció que retornaba la política “en serio”, esta campaña mostró distinto parecer. Lo cual es, de paso, otro indicador de que no se confrontaban dos “modelos”: cuando de verdad hay eso, se nota en las campañas, en la calle.

Pero, volvamos a la “trama social”. Los resultados distritales de la elección muestran lo que algunos han llamado la “derechización” de una parte importante de la sociedad, incluyendo capas de la clase trabajadora y sectores populares. En principio, es así. Hoy, ahora, no es de buen tono, mucho menos simpático, decir esto. Lo “políticamente correcto” sería: bueno, finalmente no fue para tanto, es un tropezón que desalienta pero no liquida las esperanzas, están Pino y Sabbatella, el macrismo en Capital ganó pero retrocediendo, etcétera. Pero “el análisis concreto de la situación concreta” no se hace para consuelo de los perdedores, sino para intentar, muy modestamente, entender lo que pasa, y orientar la propia política. Ni el dinero de De Narváez, ni las payasadas de Tinelli, ni la “traición” de unos cuantos intendentes (que aportaron lo suyo, claro) alcanzan para explicar lo que muy bien podría ser el principio del fin de un ciclo. No es cosa de culpabilizar en abstracto a la sociedad –entre los que podían razonablemente “entrar”, no había tantas opciones, y la izquierda siguió sin encontrarle la vuelta–, pero tampoco de desresponsabilizarla alegremente: ¿o las “masas”, cuando hacen lo que nos gusta, es por “conciencia”, pero si no, es porque el poder las llevó de las narices?

Aclaremos: “derechización”, no porque no hayan votado al bloque K (que ciertamente no representaba a la “izquierda”) sino porque sí votaron a De Narváez. Desde ya, no es una cuestión “ontológica”: la “derechización” puede ser pasajera (como también puede serlo la “izquierdización” que algunos ven en Capital, por ejemplo). Pero por ahora es así, y hay que pensar por qué.

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La trama social, que se mostró es muy compleja. El bloque triunfante, en marzo del año pasado, tuvo su “diciembre 2001” de derecha, “baño de masas” incluido. Frente a la crisis de las representaciones políticas clásicas, aprendieron a ganar la calle. El bloque K, en el 2003, había sabido salir del “que se vayan todos” popular cabalgando sobre la comparativamente espectacular recuperación económica, y crear expectativas de cambios de fondo, aun sin patear el tablero.

Pudo, digamos, hacer cierto “bonapartismo populista” –aunque sin el líder y sin las masas de 1945–. Otra cosa es gobernar con crisis. Con menos para repartir (aunque convengamos en que tampoco en la bonanza se repartió tanto) había que, justamente, alterar toda la lógica del “reparto” y darse una auténtica base de masas para defender la nueva lógica. La nueva lógica no apareció, el reparto en serio no apareció, por lo tanto tampoco las masas. Lógico: si no habían sido convocadas para apoyar lo que apareciera como apoyable, ¿por qué esperarlas en el anónimo y serializado cuarto oscuro? La decisión por el PJ (y “el Néstor” no tenía opción, con su política) terminó de clarificar el panorama: aquel “bonapartismo”, abortado el simbolismo de la pésimamente tramitada 125, estaba definitivamente corrido a la derecha. El bloque K había alcanzado un techo en sus pretensiones “reformistas”. Ese techo estaba de antes –los techos no se fabrican de la noche a la mañana–-, pero en el momento de mayor tensión algunos pensamos (quizás equivocadamente: en todo caso, reivindicamos nuestro derecho a apostar) que, aun manteniendo una completa distancia crítica del bloque K, valía la pena oponerse a lo que se llamó “lo peor”, para ensanchar un poco el espacio en disputa, o los márgenes de maniobra, en rumbo a otra política. No fue así: al contrario, esos márgenes se angostaron.

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Algunas medidas que vinieron después todavía podían ser defendibles en sí mismas, una por una. El problema es, precisamente, el “una por una”. No había, ni podía haber en los límites del tironeo por el único “modelo”, una orientación que dibujara la hipótesis de una transformación integral.

Cuando, durante esta campaña, se dijo que había que señalar “lo que falta”, pero defendiendo “lo que se hizo”, uno podría preguntar: “lo que falta” y “lo que se hizo”... ¿para qué? ¿Para llegar a cuál objetivo? Esto no estuvo nunca realmente en cuestión: no había dos modelos. En esas condiciones, ante la no-alternativa, no es de extrañarse que “lo que falta” siempre se vea más: si no hay un rumbo claramente distinto al del otro bloque, lo que falta es necesariamente demasiado.

Ante el descontento por lo que falta, y en un contexto de crisis generador de nuevas incertidumbres, y sin que se quiera ni se pueda tener una voluntad transformadora a fondo, y sin que se pueda concebir otra cosa que la “re–pejotización” de la política, ante todo eso, gana la derecha disfrazada de “lo nuevo”: es casi una ley de hierro.

La “indiferencia” (también manifiesta en el alto índice de abstención) y la consiguiente despolitización, abona que un candidato efedrino-clownesco pueda estar al mismo tiempo a favor de privatizar todo y de estatizar todo. Son sólo modos de decir, sin materia que les dé sustancia. Cuando lo que se discute son “estilos” de gestión, no hay nada que discutir. Y entonces no se discute, ni siquiera con uno mismo: con el “voto castigo” se beneficia, ahora sí, al que salga más en TV.

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¿Y Pino, y Sabbatella? Está bien, sería necio negar que puedan percibirse como una “bocanada de aire fresco” en medio de la pesadez climática. Pero sería igualmente necio no ver que también ellos recogieron un descontento por “lo que falta” que no en todos los casos y de antemano puede ser definido inequívocamente como una alternativa al “modelo”.

Solanas no podía haber alcanzado semejantes números sin recibir una buena cuota del “centro” y hasta del “centroderecha” vergonzante al que no le daba el cuero para votar a Prat Gay o la Michetti. Que eso decante en un auténtico movimiento emancipador no depende sólo de la buena voluntad de los dirigentes, sino del grado de participación y repolitización que todos, cada uno en su rol, podamos insuflarle a la sociedad.

Si De Narváez recibió votos populares y Solanas de la Recoleta (los ponemos simplemente como ejemplos extremos), eso quiere decir que todos los espacios políticos tienen el problema adentro. Si en los próximos dos años ambos son consecuentes con lo que postulan, ambos perderán una buena parte de sus votos, que no necesariamente irán al otro. O sea: “Es la lucha de clases, estúpido”. Que frecuentemente es muy confusa y contradictoria. Sobre todo cuando, a esta altura, son muy pocos los sectores que saben realmente qué están defendiendo.

Hoy por hoy, pues, la mesa está servidísima para un 2011 decididamente de derecha (es ella la que siempre gana en el desconcierto: otra ley de hierro), aun si se preserva la sacrosanta “gobernabilidad” (lo cual está por verse: otra vez, la “novedad continental” inaugurada hace unos días por Honduras debería importarnos, y mucho).

En la foto de hoy, los mejor colocados para el 2011 son todos de derecha. Pero también esa cuestión está abierta: justamente, son demasiados, y aunque representen más o menos los mismos intereses, en la liza política la interna puede ser sangrienta.

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Finalmente, por supuesto que seguirá teniendo un papel fundamental lo que dio en llamarse la “batalla cultural”. El bloque triunfante la supo dar muy bien. La virulencia de sus ataques al bloque K fue una sobreactuación desmesurada para lo que éste representaba. No fue un error, sino un acierto: consiguió implantar artificialmente –con la complicidad involuntaria del Gobierno, hay que decirlo– la idea de que estas elecciones dividían al país en un antes y un después, y así obligó a muchos a alinearse, casi sin matices, en uno de los dos “campos”.

Ahora, esa batalla deberá también modificar su lógica, aclarar las posiciones, debatir proyectos que realmente apunten a una transformación. No se trata de un combate sólo “cultural” en sentido estricto (es decir, estrecho). La especificidad de eso debe desde ya ser preservada, pero habrá que encontrar la manera de articularlo con los sectores, clases y prácticas sociales cuya repolitización participativa de conjunto (porque no es que no haya habido experiencias de ella en los últimos años) es la única salida del callejón.

Y deberá hacerse por fuera de todos los bloques hoy dominantes, para que el descontento no vuelva a beneficiar a lo peor. La “cultura”, en estas circunstancias, es toda ella política. La situación es difícil, laberíntica, pero hay que afrontarla en todos los terrenos, no solamente el discursivo. Como alguna vez dijo un filósofo argentino: “Cuando la sociedad no sabe qué hacer, la filosofía no sabe qué pensar”.

Sociólogo, ensayista,
profesor de Teoría política y social (UBA)



17/6/09

Plan de sustitución de importaciones



El objetivo es equilibrar la balanza comercial industrial deficitaria, al tiempo de controlar el giro de divisas. De esa forma, además, se busca incentivar la producción local de bienes que se importan. Los casos de calzado, juguetes y electrodomésticos.


“El grita y ella negocia, pero el resultado es el mismo.” Así definieron a Pagina 12 fuentes oficiales la manera en que el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, y la ministra de Producción, Débora Giorgi, encaran a los empresarios para lograr una estrategia que evite una profundización del déficit comercial del sector industrial. Como una manera de mostrar unidad y acallar los rumores de enfrentamiento entre ambos funcionarios, Producción difundió ayer un comunicado en el que se convoca a sectores para trabajar en proyectos de exportación, junto con la Secretaría de Comercio. Hubo ya reuniones con Calzado, Juguetes y Electrodomésticos. La intención es equilibrar de manera consensuada con el sector privados las exportaciones y las importaciones sectoriales. El Gobierno ofrecerá créditos blandos para que las firmas puedan financiar su nueva matriz exportadora y el tiempo hasta que cobren sus ventas al exterior.

“Trabajamos en políticas activas con el objetivo de promover la sustitución de importaciones para profundizar el proceso de re-industrialización del país, así como también en busca de las exportaciones que nos permitan un equilibrio de la balanza comercial” industrial, señala el texto que difundió el Ministerio de Producción. Giorgi intentó de ese modo dar cuenta de que la “idea de Moreno” es una estrategia “compartida”. En los últimos días el secretario de Comercio se entrevistó con algunos importadores clave para disminuir el giro de dólares comerciales. El pedido concreto de Moreno fue que por cada dólar que importaran debían justificar igual monto en ventas al exterior.

Las primeras restricciones, no obstante, nacieron en Producción. Durante los últimos meses de 2008, esa cartera amplió la lista de productos denominados sensibles, a los que se les aplicaron licencias no automáticas. Incluyeron artículos textiles, calzado y electrodomésticos. Sin embargo, las principales cámaras importadoras denunciaron que las “trabas burocráticas” se habían incrementado: las licencias automáticas pasaron de dos a diez días y las no automáticas de un mes hasta seis. El retraso en los permisos fue denunciado por el presidente del Centro de Despachantes de Aduana, Rubén Pérez. Las entidades elevaron sus reclamos a la Secretaría de Industria, que conduce Fernando Fraguío, un funcionario que quedó relegado luego de que se opusiera a elevar las barreras proteccionistas.

Para evitar los retrasos en los permisos de importación los empresarios se comprometieron ante el secretario de Comercio a limitar sus compras al exterior. Pero Moreno les comunicó que sólo autorizará el ingreso de embarques a quienes exporten otros bienes por un monto idéntico. La manera de fijar restricciones generó malestar en el Ministerio de Producción. “Lo que no se comparte es la forma. El grita y ella usa un tono más delicado para decir lo mismo”, afirmó una alta fuente del Palacio de Hacienda. En el entorno de Giorgi reconocen que la estrategia que intenta imponer Moreno “es compartida”, aunque insisten en que no puede ser una obligación. “Será hasta lo que se pueda hacer”, afirmaron a este diario.

Para mostrar un trabajo en común, la Subsecretaría de Política y Gestión Comercial, a cargo de Eduardo Bianchi, junto a Comercio Interior, anunciaron que convocarán a nuevos sectores industriales para que “presenten proyectos de exportación y así lograr un balance equilibrado de divisas”. El comunicado recuerda que hace dos semanas la Secretaría de Industria recibió a industriales del calzado, luego Comercio se reunió con las cámaras de Juguetes y de Electrodomésticos. Las fuentes reconocen que para destrabar las importaciones “bastará con que se presente un plan”. “Es una tarea conjunta que llevamos adelante con Moreno para lograr una mayor integración nacional y sustitución de importaciones”, dijo Bianchi. En el caso de empresas que no cuenten con un producto exportable, se permitirá que integren consorcios con otras para vender otro producto.


12/5/09

Plebiscito y proceso golpista



Hace unos días, el conocido amante de los golpes Mariano Grondona y el patrón sojero Hugo Biolcati se divertían en la televisión jugando a las adivinanzas sobre el momento en que se produciría el golpe destituyente. El candidato propuesto, que por otra parte ya tiene el gabinete en la sombra, es Julio Cobos. La manera sobradora en la que se expresaron ambos protagonistas es una clara manifestación de la seguridad con la que camina el movimiento golpista (o “destituyente” para no herir oídos delicados).

Desde que las patronales del agro se largaron a hacer el agresivo y violento lockout del año pasado, estuvo claro para quien quiso verlo que lo que se pretendía como máxima era la destitución del Gobierno y, como mínima, su debilitamiento. Por ello a Eduardo Buzzi no le importó que el rechazo de la 125 dañase logros para los medianos productores, pues lo que se pretendía era derrotar al Gobierno, debilitarlo para terminar con un Estado que pretende “entrometerse” en los negocios sojeros. Aunque a mentes puristas les incomode, de lo que se trató (y de lo que se sigue tratando ahora, y el próximo plebiscito es parte de ello) es de la lucha entre dos proyectos de país enfrentados.

No me gusta hablar de modelos, porque éstos hacen alusión a algo puro, cosa que no se da en ninguno de los dos proyectos. Si bien es cierto que el proyecto expresado por el gobierno de Cristina Fernández presenta contradicciones que lo oscurecen, poseemos algunas claves infalibles para saber si efectivamente se trata de un proyecto nacional y, en consecuencia, con beneficios para el pueblo. Se trata de ver cómo lo tratan Clarín y La Nación, sus voceros más connotados, Mariano Grondona y Joaquín Morales Solá, y los canales de televisión en manos en los grandes monopolios.

Pocas veces se han visto en nuestra historia reciente tanto odio, tanta saña, tanta mentira, como la que diariamente nos muestran los grandes medios de comunicación. Da la impresión de que nos encontramos bajo la más feroz dictadura, con el peligro diario de ser asaltados, con la prensa amordazada, aislados del mundo. Una negra dictadura a la que sólo le falta Auschwitz, como dijera la pitonisa chaqueña. A partir del feroz lockout con que las corporaciones agrarias castigaron a la sociedad toda, salió a relucir el accionar de una derecha reaccionaria que supo conquistar un espacio social en proporciones que nunca antes había logrado. Su avance es el dato más peligroso que presenta la actual coyuntura. En un momento en que finalmente en América latina se está respirando un aire de autonomía y de solidaridad en proyectos independentistas y liberadores, esta derecha presenta el peligro mayor.

Néstor Kirchner llega a la presidencia por la ventana, sin base social. Con una inteligente lectura de lo que había sucedido en la pueblada del 19-20 diciembre de 2001, rápidamente toma diversas medidas direccionadas a responder a demandas urgentes que habían sido expresadas en dicha pueblada. Es necesario confesar que nadie o muy pocos, si había alguno, sospechaba el giro que su gobierno habría de tomar rápidamente. Recuperación del Estado, saneamiento de la Corte Suprema y del Ejército, derogación de las leyes de impunidad, fortalecimiento de los organismos de derechos humanos, una serie de reestatizaciones como AYSA, Correo Argentino, Aerolíneas Argentinas, fin del negocio de las jubilaciones privadas, creación del Museo de la Memoria y del Archivo Nacional de la Memoria en lo que fuera la ESMA, fortalecimiento de la integración latinoamericana, muerte del ALCA, creación de Unasur y del Banco del Sur, por citar algunas de las acciones del Gobierno que hace que se pueda hablar de un gobierno nacional con medidas en beneficio del pueblo.

Para ser efectivamente “popular” se necesita algo más, participación popular, la que es imposible sin la creación de un movimiento popular. Este movimiento existe “en-sí” o en potencia, en la medida en que se encuentra fraccionado, sin posibilidades de constituirse en el actor fundamental de la política del Estado. La política de transversalidad intentada por el Gobierno tuvo magros resultados, en gran parte por no ser una iniciativa que creciera de abajo hacia arriba. Desde los ’60 y ’70 la deficiencia fundamental para una política nacional y popular ha sido la falta de ese movimiento que supo expresarse en momentos críticos como 2001, pero que no pudo cuajar en una organización o estructura en la que se respetasen las divergencias para ser realmente el factor fundamental de poder. En el proyecto del Gobierno hay una profunda contradicción entre la política del Estado que, pese a fallas graves, se orienta hacia la recuperación del Estado con orientación popular en lo interno y latinoamericana en lo externo, y el instrumento político formado por el PJ y sus alianzas. De no resolverse esa contradicción de forma superadora, que sólo puede efectivizarse con la creación del movimiento popular, se resolverá con un retroceso inevitable. Creación del movimiento popular, creación de poder popular, de abajo hacia arriba, es una tarea imprescindible si se pretende que el proyecto nacional sea verdaderamente popular y tenga posibilidades ciertas de producir las profundas transformaciones que requiere el país.

Mientras, ¿qué pasa con las próximas elecciones? ¿El movimiento popular debe desentenderse? Para una respuesta, menester es tener en cuenta que las elecciones legislativas a mitad de un período presidencial siempre fueron plebiscitarias, es decir, siempre sirvieron para aprobar o desaprobar la política del Ejecutivo. Cuando se produce una fuerte desaprobación, esto es, una derrota del Ejecutivo, éste ya está muerto aunque todavía pueda durar un tiempo. Así les pasó a Alfonsín y a De la Rúa, quien pretendió desentenderse del problema alegando que él no era candidato.

Un triunfo de esta derecha agresiva que ante nada se detiene significará la marcha hacia la destitución soñada y predicada por Grondona, el inicio del retroceso hacia el neoliberalismo y todas sus nefastas recetas, la vuelta del FMI, de las relaciones carnales con el imperio. Los diversos movimientos populares encontrarán los mayores obstáculos para su crecimiento. Uno de los aspectos más negativos que se producirían con el avance de la derecha sería el dar la espalda a la construcción de la Patria Grande Latinoamericana. La Argentina podría tener el triste y nefasto papel de ser tal vez el mayor obstáculo para esta construcción.

Profesor consulto
de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).





7/4/09

Dos modelos en disputa


Ante la nueva ofensiva de las entidades patronales del campo surgen algunas preguntas interesantes. En primer lugar, ¿el nuevo lockout patronal se debió a la desaparición de la rentabilidad debido a la caída de los precios internacionales de los productos agrarios como consecuencia de la crisis mundial? La respuesta es no.

Es cierto que se produjo una caída en el precio de los productos primarios, fundamentalmente de la soja. Sin embargo, los precios internacionales siguen siendo en términos históricos elevados. El precio internacional de los bienes agropecuarios se encontraba sumamente elevado por dos causas centrales. Por un lado, el aumento de la demanda como resultado del crecimiento de Asia, fundamentalmente de China y de India.

Por otro lado, debido a causas especulativas. Pero con la crisis económica desatada en Estados Unidos y que pone en duda la misma globalización financiera desapareció esta última causa que generó el aumento internacional del precio de los productos agropecuarios. Pero todavía perdura la otra causa debido a que el crecimiento de China y la India todavía no se detuvo y esto implica que la demanda de bienes agrarios a nivel mundial siga siendo sumamente alta. Si bien los precios de la soja, maíz y trigo se redujeron, todavía siguen siendo elevados en comparación a otros períodos históricos, y principalmente en comparación a la década del 90. Por lo tanto, la rentabilidad del “campo” sigue siendo alta.

Surge entonces la segunda pregunta: ¿por qué las entidades agrarias retoman la ofensiva contra el Gobierno? La respuesta es que van por el modelo económico. El conflicto agrario denota la disputa de dos modelos económicos que en algunos aspectos son contradictorios.

Ahora, la tercera pregunta: ¿cuáles son esos dos modelo en disputa?

Para explicarlos es necesarios introducir un concepto central en este debate: el saldo exportable. Esto es, de la producción interna el monto destinado a las exportaciones. Ese saldo depende del nivel de producción y del consumo interno. Ahora bien, en el corto plazo el aumento del saldo exportable depende casi con exclusividad del consumo interno. En otras palabras, cuanto mayor es el consumo interno menor es el saldo exportable, y viceversa.

¿Qué le conviene a las entidades agrarias? Que el saldo exportable sea lo más grande posible, así de esta manera poder exportar la mayor cantidad de bienes y obtener la mayor rentabilidad posible. De esta forma, para las entidades agrarias el consumo interno se transforma en un problema. Por tales causas, históricamente los terratenientes en la Argentina se opusieron a todo intento de industrialización de la economía. Esto se debe a que la industria genera puestos de trabajo, los puestos de trabajo generan que la gente tenga dinero y esto produce que el consumo interno aumente y al incrementarse el consumo interno se reduce el saldo exportable.

¿Qué significa ese proceso? Que todo intento de industrialización es contraproducente para los dueños y productores del campo al atentar contra su renta extraordinaria al tener que destinar una producción creciente al mercado interno. Por lo tanto, para las entidades agrarias el desempleo, la pobreza, la indigencia y la concentración del ingreso son funcionales a sus propios intereses debido a que restringen el consumo popular y esto aumenta el saldo exportable e incrementa de esta forma su rentabilidad.

Otra pregunta: ¿qué modelo económico prefieren entonces las entidades agrarias? La historia argentina es demostrativa de los intereses de los terratenientes. El modelo agroexportador que se desarrolló entre 1880-1930 se estructuró alrededor de las exportaciones de productos primarios a los países del centro y la importación de productos industriales. Durante ese modelo los dueños de las tierras se oponían a la industrialización de la economía. Hoy las entidades agrarias añoran ese modelo. ¿Cuál sería el país ideal para los dueños de la tierra? Simple: un país sin industria, que genera desempleo y pobreza, lo cual implicaría un incremento abrupto del saldo exportable al reducirse el consumo de los sectores populares.

Por lo tanto, en la actualidad los dos modelos económicos en disputa son:

1. Las entidades agrarias que proponen, implícita o explícitamente, el retorno del modelo agroexportador. Es decir, estructurar la economía como exportadora de productos primarios, lo cual implica la inserción periférica en el comercio internacional y el liberalismo económico como filosofía para restringir la intervención estatal.

2. Del otro lado se plantea la necesidad de profundizar el proceso de industrialización a partir de una fuerte intervención del Estado y una integración latinoamericana como vehículo del desarrollo industrial.

Ese proceso debe cumplir una doble función. En primer lugar, reducir el desequilibrio externo con los países centrales. En segundo lugar, el desarrollo del sector manufacturero permite reducir los desequilibrios internos al posibilitar mejorar la distribución del ingreso al disminuir la desocupación y con esto la pobreza y la indigencia. Este objetivo se debe lograr básicamente a través de dos fenómenos: una fuerte intervención estatal y la integración regional.

Para la industrialización de la Argentina es fundamental la intervención del Estado en la economía. El libre juego del mercado condujo a la economía hacia el modelo agroexportador que se tradujo en un desequilibrio internacional al alejarnos del nivel de desarrollo de los países centrales y a un desequilibrio interno al consolidarse una economía fuertemente heterogénea. Por lo tanto, para poder generar una transformación estructural de las economía nacional a partir del proceso de industrialización es fundamental la intervención del Estado.

En este sentido, el Estado debe realizar un conjunto de medidas para direccionar el proceso de industrialización, es decir, promover al desarrollo manufacturero a través de un programa planificado. De esta forma, las principales funciones del Estado deben ser la de acelerar la acumulación del capital intensificando la sustitución de importaciones a través de diferentes medidas como el proteccionismo; construir la infraestructura necesaria para el proceso de industrialización; orientar los recursos financieros hacia la inversión productiva; estimular la inversión privada y promover el desarrollo tecnológico.

De la correlación de fuerzas depende la imposición de alguno de los dos modelos. Y de la imposición de algunos de los dos modelos depende el futuro del país.


Juan Santiago Fraschina
Economista
del Grupo de Estudio de Economía Nacional y Popular
(GEENaP).