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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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1/1/12

BUENOS VECINOS





El reclamo argentino de que el Reino Unido se siente a negociar la soberanía sobre Malvinas entraña un riesgo: que la política exterior argentina se torne rígida, monotemática y militarista.

Pero eso no está ocurriendo por dos motivos. Uno, que el gobierno argentino está esquivando un tono malvinero elemental que disfrutaría Leopoldo Fortunato Galtieri. Otro, que Sudamérica vive un momento único en el que la diplomacia regional se entrelaza con la política interna de cada país.

El Consejo de Estados de América latina y el Caribe (Celac) y la Unasur hicieron suyo el reclamo argentino de negociar la soberanía sobre las islas. Durante la última reunión del Mercosur en Montevideo la Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil decidieron no aceptar que recale en sus puertos ningún barco con una bandera que diga Falklands.

Ese pronunciamiento hubiera sido imposible sin el giro que el presidente uruguayo José “Pepe” Mujica les dio a las relaciones con la Argentina al reemplazar, el 1º de marzo de 2010, al socialista Tabaré Vázquez. Los dos pertenecen, naturalmente, al Frente Amplio, pero al parecer interpretan de manera diferente tanto la historia como el futuro uruguayo.

Además del Frente, en Uruguay hay dos partidos que hasta la asunción de Tabaré como presidente, el 1º de marzo de 2005, hegemonizaron la política durante 187 años, el Colorado y el Blanco. El Colorado está de capa caída. El Blanco, incluso a pesar de la derrota, conserva impulso político.

Un grupo de dirigentes blancos acaba de publicar una “Carta Abierta sobre la Cuestión de las Islas Malvinas y la admisión en puertos uruguayos de buques con su bandera”. En apoyo de la decisión de Mujica, dice textualmente uno de los párrafos principales: “La medida procede plenamente y se justifica en dos órdenes de razones: a) principios de política exterior nacional, que imponen la solidaridad con Argentina en su reclamo de soberanía sobre las islas australes, en consonancia con numerosos pronunciamientos, de los que el país ha participado; b) obligación de respetar el marco jurídico internacional, en cuanto a que son los Estados, bajo su responsabilidad y no los territorios no autónomos los que pueden otorgar banderas a las embarcaciones. De otro modo, se estaría abriendo un cheque en blanco a operaciones de dudosa legalidad”.

El texto está firmado, entre otros, por Beatriz Argimón, Daniel Berger, Sergio Botana (intendente de Cerro Largo), Juan Pedro Cestau, Eber Da Rosa, Ernesto Dhel, Pablo Díaz, Carlos Enciso (intendente de Florida), Juan Raúl Ferreira, Sigfrido Frigerio, Gustavo Gaye, Alem García Sos, Ricardo Gorosito, Gastón Goyret, Fernando González Guyer, Darío Hernández Carro, Luis Alberto Herrera, Pablo Iturralde Viñas, Martín Laventure, Alvaro Lorenzo, Enrique Martínez Larrechea, Daniel Olascoaga, Daniel Peña, Federico Ricagni, Jorge Saravia, Marcelo Saravia, Mercedes Rosende, Luis Vignolo, Alberto Volonté Berro, Jorge Zeballos y Walter Zimmer (intendente de Colonia).

Volonté fue embajador en la Argentina. Juan Raúl Ferreira es el hijo del legendario caudillo blanco Wilson Ferreira Aldunate, “El Güilson” (1919-1988), opositor a la dictadura uruguaya surgida en 1973, sobreviviente de la Triple A y la Operación Cóndor en Buenos Aires y protagonista, en 1984, con apoyo del gobierno argentino de Raúl Alfonsín, de un épico regreso a Montevideo en el viejo Vapor de la Carrera. Sería apresado en Uruguay como una forma de evitar su candidatura.

La “Carta Abierta” tiene un acápite de Ferreira Aldunate: “No hay modo de ser patriota de patria chica, sin ser, por eso mismo y simultáneamente, patriota de la gran patria común latinoamericana”.

El documento de los dirigentes blancos argumenta que “el puerto de Montevideo, pese al apoyo uruguayo a la reivindicación de soberanía argentina, estuvo y está abierto a navíos civiles de cualquier nacionalidad, y también del Reino Unido, no así a sus navíos de guerra en tránsito a las Islas, ni a buques que enarbolen un pabellón irregular”.

El texto refuta a quienes opinan que con las restricciones se violaría la libertad de navegación, “que se intentaría complacer al gobierno argentino sin reciprocidad de su parte, a la vez que se atentaría contra intereses económicos nacionales”.

Opina que el primer argumento es inexacto. “La libertad de navegación no padece ningún tipo de limitación ni la afecta la decisión gubernamental.”

En cuanto a la relación con la Argentina, sostiene que “el segundo argumento, no parece corresponderse con un contexto de bienvenido restablecimiento de las buenas relaciones de vecindad en el Plata, como el actual, relaciones de vecindad que constituyen históricamente un interés nacional prioritario y constante, no sólo en términos de soberanía nacional y de política exterior independiente, sino también, sin duda, de legítimos intereses económicos y comerciales de la República”. Y agrega: “Cualquier planteamiento que debamos realizar a la República Argentina cuenta con los canales necesarios para ello. Pero los aspectos bilaterales constituyen otro capítulo y no es ni intelectual ni políticamente válido confundirlos en este caso. Parece además sorprendente que para algunos actores políticos resulte un atentado a la soberanía la eventual receptividad a los planteos de un vecino, como Argentina (respecto de las Malvinas), pero no sería atentado a la soberanía ceder ante las pretensiones administrativas de los colonos respecto de los pesqueros”.

En cuanto al supuesto perjuicio económico para Uruguay, que consistiría en el lucro cesante de los operadores portuarios, “cabe señalar que no todos los pesqueros del Atlántico Sur navegan bajo el irregular pabellón de conveniencia otorgado por los colonos. Es seguro que éste sea un porcentaje muy menor del total y que el lucro cesante sea en consecuencia, de existir, marginal. Por otra parte, la reciente declaración del Mercosur en la Cumbre de Montevideo, asegura que todos los países de la región actuarán según este mismo criterio”.

Añade el documento: “Pero lo cierto es que el argumento, más que económico, posee implicaciones de naturaleza política e implica cohonestar el expediente de la administración colonial dependiente del Reino Unido, que extiende permisos de uso de una bandera de conveniencia, que no se corresponde a ningún Estado soberano –ni siquiera autónomo o estatal–, desde que las Islas integran el listado de territorios no autónomos de las Naciones Unidas. Se trata pues de una medida adoptada en el marco del diferendo con Argentina. Dichas embarcaciones podrían navegar bajo cualquier otro pabellón, accediendo así a los puertos nacionales”.

Para reforzar la argumentación, el documento de los dirigentes blancos recuerda que “las Islas Malvinas constituyen parte integral e indivisible del territorio argentino. Fueron ocupadas en 1833 por Gran Bretaña, que ejerce desde entonces una posesión de facto. Dicha ocupación fue siempre contestada y ningún derecho puede derivarse de la mera prórroga material de esa acción ilegítima, así como de supuestos actos de imperio dictados por los ocupantes”.

También rescata la resolución 2065 de las Naciones Unidas, dictada el 16 de diciembre de 1965, que “invitó a los gobiernos de la Argentina y el Reino Unido a proseguir sin demora las negociaciones, lo que ha sido objeto de incumplimiento contumaz por parte de la potencia ocupante”.

En uno de sus párrafos más contundentes afirma: “El puerto de Montevideo no puede ser un garito colonialista, expresó una vez Wilson Ferreira Aldunate, honrado por la Universidad Nacional de Lanús con el premio Malvinas Argentinas. Y Alberto Methol Ferré alertaba sobre el que se nos convierta en un Hong Kong rioplatense, plaza fuerte de custodia y emplazamiento neocolonial. Por no mencionar a Artigas, en su apelación constante a los Americanos del Sur y al mismo fundador del Partido Nacional Manuel Oribe, víctima de bloqueos de potencias extranjeras por su defensa de la soberanía americana. Estas y otras voces relevantes de nuestra historia en diversos partidos políticos y corrientes históricas e intelectuales nos llaman hoy la atención sobre los riesgos y distorsiones propios de una lectura parroquial y aldeana de la realidad internacional”.

Los dirigentes blancos llaman a que sea “objeto de concertación” lo que definen como “política platense”.

Mujica no lo diría de otra manera. Con orígenes en las raíces blancas del interior uruguayo, el cofundador del movimiento tupamaro y ex dirigente de los cañeros de Bella Unión como Raúl Sendic, el líder tupamaro histórico, el actual presidente suele hacer suya la visión de la historia que critica las fricciones del siglo XIX entre Montevideo y Buenos Aires.

Más allá de la historiografía, la novedad principal es que Mujica eligió mantener una relación privilegiada con la Argentina como condición nacional uruguaya. En 2010 no sólo levantó la bolilla negra que impedía la designación de Néstor Kirchner como secretario ejecutivo de la Unasur, bolilla negra esgrimida por Tabaré, sino que junto con el canciller Luis Almagro tuvo la paciencia de esperar que la Argentina resolviera por sí misma el conflicto generado con Uruguay por la desproporción de un pequeño grupo de habitantes de Gualeguaychú. Del lado argentino, Cristina Fernández de Kirchner, el entonces jefe de Gabinete Aníbal Fernández y el canciller Héctor Timerman dieron por cerrado el conflicto político de los puentes y entendieron que el litigio no podía hipotecar las relaciones con Uruguay.

Un buen ejemplo de política platense.





10/11/11

CODICIA Y BURRADA





La codicia es el apetito excesivo de riquezas. La burrada no hace falta explicarla. Mientras los peritos trabajan para saber qué pasó en Bartolomé Mitre al 1200, tal vez sea útil explorar una hipótesis: desastres así responden a la maldita combinación de burrada y codicia.

Cromañón es un antecedente porteño de burrada más codicia. El 30 de diciembre de 2004 el boliche estaba lleno por demás, con negreo de entradas. Buena vibra, explican algunos músicos de rock. Y más dinero, hay que agregar. Que la ganancia era un objetivo mayor que la vibra queda probado porque, al menos que se sepa, la banda no pensaba donar la ganancia extra para programas dedicados a recuperar chicos del paco. Y Omar Chabán tampoco. Después estaban, claro, la burrada de las bengalas y el veneno de la media sombra. Pero sobre todo las puertas. Las puertas que abrían para adentro y apilaron cadáveres de adolescentes que iban muriendo al no poder salir. Y las puertas cerradas. ¿Recuerdan la pericia de Bomberos? La publicó Página/12. Con todas las puertas abiertas y las hojas girando hacia afuera, Cromañón hubiera quedado desagotado en dos minutos y medio. Ningún muerto. Quizá ningún intoxicado irrecuperable. Con las puertas habilitadas ese día y no tapiadas, desalojo en poco más de cuatro minutos. Quizás algunos intoxicados. No 194 muertos.

La discusión sobre el boliche de Once se hizo tonta muy rápido. Abstracta, más que tonta. El debate sobre la calidad y orientación de las puertas fue tan corto y pobre que hasta hoy los edificios son cárceles de las que no se puede salir sin llave. Y las puertas abren hacia adentro. Casi en soledad Alberto Ferrari Etcheberry, un experto en comercio de granos y relaciones con Brasil siempre generoso con la sensibilidad por la cosa pública y el apego a las soluciones concretas, desparramaba ya entonces, después de caminar por la zona de Cromañón y ver todo con sus propios ojos, su desesperación por lo que le parecía el problema más obvio de todos. Y la salida más concreta.

Cromañón tiene otro elemento que hoy vale recordar. Pocos días antes de la tragedia, Callejeros había celebrado un concierto en el estadio de Excursionistas. El entonces jefe de Gobierno explicó que ese día sí había habido inspectores porque la legislación lo obligaba, cosa que no ocurría en el caso de boliches de la escala de Cromañón.

El fetichismo por las leyes y los reglamentos y la indignación fácil (caras de una misma moneda) sirven para escaparse de la realidad.

¿Cuántos recitales como el de Cromañón había en Buenos Aires el 30 de diciembre de 2004? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Diez? Si la legislación no obligaba a inspeccionar, ¿acaso la sensatez lo prohibía? ¿No había diez inspectores disponibles? A veces las cosas se pueden hacer con voluntad política y vocación por trabajar sobre la realidad. No hubo. Y todo sigue igual al ver las puertas públicas y privadas que continúan siendo un peligro de asfixia.

Sucede lo mismo hoy con las grandes construcciones de Buenos Aires. Ya es grave que Mauricio Macri no haya reglamentado una ley de inspecciones escalonadas votada en la Legislatura con el aporte de miembros de su mismo partido. Pero también es grave la falta de espíritu práctico que reveló la grieta de Bartolomé Mitre al 1200 y demuestra la discusión de estos días, tan pobre como la de Cromañón y por eso tan riesgosa para el futuro.

¿Cuántas excavaciones de pozo había el viernes 4 de noviembre en la ciudad de Buenos Aires? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Cincuenta? Si está claro que tocar los cimientos del edificio lindero es un problema crónico, ¿no hay cincuenta inspectores capaces de concentrarse en las construcciones donde se juegan más vidas? ¿O puede ser igual de importante verificar los estudios de suelo y la praxis o mala praxis de las excavadoras que controlar el cambio de azulejos de un baño?

No alcanza con las leyes. No basta con cumplirlas. No son suficientes las reglamentaciones. No se arregla todo con eliminar la corrupción. Si el Estado porteño no sabe qué es lo decisivo y la sociedad no distingue qué controlar en serio y cuándo, la codicia producirá desastres. Si Macri tiene alguna duda puede llamar a marxistas como Barack Obama y Angela Merkel. Le contarán qué pasó por la codicia de los bancos, la burrada de gerentes privados y el aporte de los funcionarios públicos al mundo donde se entremezclan la codicia y la burrada.




25/10/11

Elogio de la Contradicción










La interpretación simplota dice: “Ahora vienen los chisporroteos”. Otra, que piensa la historia como un momento invariable, remite a 1975 y dice: “Cuando el peronismo crece y la oposición disminuye, el peronismo traslada sus conflictos internos al Estado y el Estado estalla”. Una más: “Ahora sí que se van a matar”. Y una más todavía: “Es una bolsa de gatos”.

Las cuatro lecturas surgen de la amplia diferencia entre Cristina Fernández de Kirchner y Hermes Binner en las elecciones del domingo. Del 53,96 contra el 16,87, según los datos de anoche.

Pero no tienen en cuenta elementos que servirían para un análisis más sutil.

Por ejemplo, que Cristina encabeza una coalición política y social heterogénea. Su jefatura es fuerte y nítida, pero la condición de esa fortaleza es, a la vez, la flexibilidad para contener a la mayor cantidad posible de fuerzas sin cambiar el proyecto de justicia, desarrollo y sintonía con Sudamérica.

Además, es obvio que una coalición que supere el 50 por ciento de los votos es por definición heterogénea. Las sectas no alcanzan jamás esas cifras.

Cristina viene hablando de la combinación de dos elementos. Por un lado, la inteligencia. Por otro, la necesidad de que la nueva militancia se organice “en frentes sociales y estudiantiles”.

¿Se puede interpretar la inteligencia como lo contrario del sectarismo y el fanatismo tonto? Es posible. ¿La organización es una forma de movimiento perpetuo, usando la definición de democracia preferida por Luiz Inácio Lula da Silva? También es posible.

Si esto es cierto, cosa que se pondrá a prueba después del 10 de diciembre, el escenario previsible combinará momentos y espacios de concordia y contradicción, incluso en el seno mismo de la coalición de gobierno y su apoyo social y político.

El consultor Enrique Zuleta Puceiro sostiene estos días que la característica de las últimas elecciones es que no se producen al borde de un abismo. No se realizaron a la salida de la dictadura, como las de 1983, ni de una hiperinflación, como las de 1989. Tampoco tras una crisis social y política como las de abril de 2003, un año y cinco meses después del cataclismo del 2001.

O sea que las contradicciones podrán dirimirse a la vez en medio de la paz y del conflicto, dentro y fuera de la coalición de gobierno.

Para las distintas ramas del oficialismo, empezando por la propia Cristina, se trata de una ocasión única. Si del otro lado no está el precipicio hay más espacio para el debate, para la reflexión y para un juego que, sin ser suicida, se arriesgue en nuevos temas.

Un debate pendiente es el de la minería. Más allá de lo que opinan las ONG del ramo, ¿cuánto se puede explorar sin dañar de modo irreversible el medio ambiente? ¿Cuánto se puede explotar sin contaminar las fuentes de agua? Y si las dos condiciones anteriores fueran resueltas con mayor selectividad en las áreas permitidas, prohibiciones incluidas, ¿cuánto de la renta minera debe quedarse el Estado como sucede con las retenciones?

Sucede lo mismo en la cadena de comercialización de granos. Hace tres años, Mario Llambías, secretario general de Confederaciones Rurales Argentinas y uno de los cuatro dirigentes de la Mesa de Enlace, era uno de los personajes más populares de la Argentina. El domingo salió último como candidato a diputado nacional por la Coalición Cívica en la provincia de Buenos Aires. Obtuvo 2,56 por ciento, más abajo del 3,57 del Frente de Izquierda y muy lejos, por cierto, del 56,97 por ciento de Julián Domínguez, primer candidato por el Frente para la Victoria. Conviene recordar que Domínguez es ministro de Agricultura de este gobierno. Es decir que en granos, como en minería, no debería producirse ningún cataclismo político si el Gobierno revisase las ganancias extraordinarias de las grandes exportadoras como Cargill, Aceitera General Deheza y Dreyfuss. El Estado obtendría una renta mayor y los productores se verían menos perjudicados que hoy. Ganancia a dos puntas con pérdida, claro, de los poderosos intereses de menos de diez empresas. Como símbolo, el oficialismo podría sacar del invernadero la comisión bicameral investigadora de la maniobra por la cual las exportadoras se quedaron con un mínimo de 1.700 millones de dólares en 2008.

La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la ley de matrimonio igualitario, por tomar dos, tienen base sólida dentro de áreas complejas del poder porque surgieron de la exposición previa de las contradicciones y la construcción a partir de ellas.

Un lema de la política dice que lo que salió bien no debe cambiarse. Si ese método fue exitoso, no hay por qué negarse a replicarlo para otros temas.


12/3/11

LA NUEVA UNASUR





Por consenso, el bloque sudamericano resolvió designar en el puesto que dejó vacante la muerte de Kirchner una Secretaría General alterna. Primero María Emma Mejía (Colombia) y luego Alí Rodríguez (Venezuela).

El delegado de la Presidencia argentina, Rafael Follonier, lo resumió con una frase: “Néstor Kirchner estaría contento”. Fue su comentario tras la decisión de los Estados de Unasur sobre la Secretaría General. La ejercerán, un año cada uno, Colombia y Venezuela.

Los gobiernos acordaron por consenso que ahora asumirá la ex canciller colombiana María Emma Mejía, propuesta por el presidente Juan Manuel Santos, y en 2012 el ministro venezolano Alí Rodríguez, sugerido por Hugo Chávez.

El arreglo fue realizado en Quito en coincidencia con la firma del tratado constitutivo, que oficializa la personería jurídica internacional de Unasur.

El bloque representa a 317 millones de personas y está integrado por Surinam (hoy en la presidencia), la Argentina, Uruguay, Bolivia, Chile, Brasil, Perú, Colombia, Venezuela, Paraguay, Ecuador y Guyana
.

“Hace pocos meses Venezuela y Colombia estaban enfrentados”, dijo Follonier. “Y ahora no sólo tienen buenas relaciones sino que hasta compartirán la Secretaría General de Unasur por turnos”, explicó.

A cargo de la Unidad Presidenta de la Casa Rosada, Follonier tiene rango de secretario de Estado. En 2009 y 2010, fue uno de los negociadores argentinos para que Kirchner llegara a ocupar la Secretaría General de Unasur. Luego trabajó como uno de los colaboradores de Kirchner en el organismo. En agosto del año pasado Follonier y el actual secretario de Medios, Juan Manuel Abal Medina, integraron el equipo que acompañó a Kirchner en la mediación para que Venezuela y Colombia reanudaran el vínculo diplomático que habían roto en julio.

La normalización de relaciones se produjo el 10 de agosto, tres días después de la asunción de la Presidencia de Santos. Tanto la canciller de Santos, María Angela Holguín, como el canciller de Chávez, Nicolás Maduro, participaron de aquellas complejas negociaciones. Ayer, los dos comentaron el episodio en Quito y recordaron la participación activa de Kirchner en la solución.

La mediación fue también un resultado de la sintonía fina entre el gobierno de Cristina Fernández y el de Lula, así como la Secretaría General consecutiva de Colombia y Venezuela es un producto de la sintonía entre Cristina y Dilma Rousseff, jefas de los Estados más grandes del bloque.

Mejía y Rodríguez son del norte de la región, igual que Surinam. Compensarán ahora ese sesgo designando un gabinete asesor que incluirá funcionarios de Sudamérica. Follonier podría integrarlo, dijo un miembro de la comitiva argentina que formaron también el vicecanciller Alberto D’Alotto y el subsecretario de América latina, Diego Tettamanti.

  • María Emma Mejía tiene 57 años, graduada en Comunicación Social, con experiencia en la BBC y actual conductora del programa de tevé Entérate con María Emma. Mejía no pertenece al Partido Conservador de Santos sino al centroizquierdista Polo Democrático Alternativo, donde llegó después de abandonar el Partido Liberal de los presidentes César Gaviria y Ernesto Samper. Fue canciller de Samper entre 1996 y 1998.

  • Alí Rodríguez, de 73 años, es actualmente ministro de Energía Eléctrica de Venezuela y uno de los principales cuadros políticos del gobierno de Chávez desde su primera victoria electoral en 1998. Fue ministro de Economía y Finanzas, de Energía y Minas, canciller, embajador en Cuba y secretario general de la OPEP, la Organización de Países Exportadores de Petróleo.

“La designación de Mejía y de Rodríguez para alternarse en la Secretaría General de Unasur demuestra que Kirchner no sólo era imaginativo”, dijo Follonier.

“También tenía razón cuando se comprometió de lleno en la normalización de los dos países con la idea de que, en Sudamérica, pueden convivir Estados con orientaciones políticas diferentes.”



La vuelta a la normalidad se firmó en Santa Marta, la ciudad del Caribe venezolano donde murió Simón Bolívar, reivindicado como Libertador por Venezuela y Colombia. Desde ese momento, Chávez y Santos intercambiaron embajadores y firmaron 15 acuerdos más. Pero el punto que terminó con las fricciones fue la construcción de confianza mutua basada en dos objetivos paralelos que un gobierno le creyó al otro. Por un lado, Colombia se comprometería más con el resto de Sudamérica y no sólo con Washington. Por otro, Venezuela dejaría de ser sospechada por su presunta connivencia con los guerrilleros de las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia.