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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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25/5/20

BOUDOU: "CUANDO PASE EL TEMBLOR"





... La desgracia de un mundo donde el 1% de la población produce burbujas financieras porque ya no sabe en que gastar, mientras grandes mayorías no pueden resolver las cuestiones mínimas de subsistencia y las clases medias se ven sobre-endeudadas y restringidas es inaceptable...


28/10/17

ZAFFARONI: "Democracia o Dictadura"





En torno al debate sobre el Estado de Derecho
Buenos Aires, 5 de octubre de 2017

Bajo el signo del poder de policía


Nuestra idea de “dictadura” suele evocar la última y, para los más memoriosos, la de 1955 o incluso la de 1930, sin contar con otros periodos más discutibles. Preocupa que con ese concepto difuso a veces se hable hoy de una “dictadura”, porque confunde la naturaleza del actual momento político y equivoca la crítica.

Decididamente, no vivimos bajo una dictadura, porque ese modelo está pasado de moda: corresponde a una etapa anterior del colonialismo, que si bien continúa con su estrategia de profundizar nuestra condición periférica, lo hace ahora con tácticas diferentes a las dictatoriales.

Después de la implosión del totalitarismo del llamado “socialismo real”, el capitalismo hizo un giro hacia el totalitarismo que acabó con su variable keynesiana, instalando en el poder a los tecnócratas que manejan corporaciones transnacionales en detrimento de la política, que lo va perdiendo en beneficio de estos chiefs executive officers, que son la nueva oligarquía planetaria, que ya concentra en el 1% de la humanidad el equivalente a lo que recibe el 57% más pobre de ella.

    “… no vivimos bajo una dictadura, porque ese modelo está pasado de moda: corresponde a una etapa anterior del colonialismo, que si bien continúa con su estrategia de profundizar nuestra condición periférica, lo hace ahora con tácticas diferentes a las dictatoriales.”

Esto no es el producto de la concentración de capital que vaticinaba la Suprema Corte norteamericana a fines del siglo XIX, imaginando que un día los monopolios debían “derramar” alguna riqueza para crear mercado de consumo, o el que preveía Lenin con un final completamente diferente. Las cosas no fueron por ninguno de esos caminos, porque hace cien años no se podía calcular que un día irrumpirían masas de dinero de propietarios ignotos, manejadas por tecnócratas, que buscasen sólo concentrar más dinero en el menor tiempo a costa de cometer “macrodelitos”, cuyo crecimiento superase con creces al de la producción y que ese afán plutocrático ni siquiera se detuviese ante el deterioro acelerado de las condiciones de vida humana en el planeta.

Para colmo, el dinero que se concentra no existe, ni siquiera en los billetes verdes en que todos confiamos, porque aunque parezca mentira sólo una mínima parte de todos los billetes que se contabilizan y circulan por computadora existe en la realidad. ¿Cómo es esto posible? Muy sencillo: el dinero que depositamos en los bancos se presta y vuelve a los bancos que lo vuelven a prestar y, al final, los billetes que quedan en el banco son apenas una séptima parte de los que entregamos al depositar, de modo que si todos retirásemos nuestros depósitos, los bancos no podrían devolverlos, quebrarían porque no los tienen.

El llamado “neoliberalismo” (con perdón de los viejos liberales, que con todos sus defectos nunca pensaron semejantes incoherencias) defiende la “libertad” de esas ficciones que son las corporaciones, pero no de los seres humanos de carne y hueso y, además la teoriza, adueñado de las universidades, del Premio Nobel de Economía y de los monopolios de medios.

Este poder totalitario avanza por el mundo a propulsión delitos de dimensiones astronómicas: estafas, coacciones, administraciones fraudulentas, cohechos, trabajo esclavo a distancia, y un enorme aparato de encubrimiento por receptación, que es el servicio de reciclaje de dinero del hemisferio norte, que legaliza el producto de toda la criminalidad organizada y de la evasión fiscal de todo el mundo.

El totalitarismo corporativo lucha contra la política debilitando su instrumento, o sea, el Estado. En los países sede de las corporaciones sus líderes políticos son agentes de las corporaciones, al menos desde la traición mundial a la política protagonizada por Reagan y Tatcher. Nuestra región no escapa a la regla: debilitan nuestros Estados.

¿Cómo lo hacen? Mediante el cohecho activo, es decir, ofreciendo y pagando “coimas” que les permiten tomar como rehenes a los politicastros que les son funcionales; debilitando la autonomía de los poderes judiciales con jueces “propios”; corrompiendo a las policías mediante la prohibición de tóxicos; neutralizando la defensa nacional al involucrar a las fuerzas armadas en funciones policiales; mostrando a la política como sucia, corrupta y perversa; creando políticos que no se presentan como políticos (imitación de Trump); estigmatizando al sindicalismo; fabricando enemigos, como los Mapuche y los adolescentes de barrios precarios; metiéndose en los servicios de informaciones autonomizados; difamando a cualquier disidente y a los defensores de Derechos Humanos y del medio ambiente; haciendo callar toda voz diferente; y cuando todo eso no alcanza, acudiendo a la violencia institucional, y podríamos seguir varias páginas más detalladas.

Por supuesto que la columna vertebral o instrumento central indispensable a esta faena destructora son los monopolios de medios de comunicación, que también son corporaciones y que crean una realidad virtual que hoy se llama “posverdad”, pero que no es nada nuevo ni muy diferente a Göbbels ni a la fábula de los “Protocolos de los sabios de Sión”, salvo en que hoy está más desarrollada la tecnología del “marketing”.

    “El totalitarismo corporativo lucha contra la política debilitando el Estado mediante el instrumento central indispensable a esta faena destructora que son los monopolios de medios de comunicación ..."

Este poder totalitario colonialista y delincuencial no instala una “dictadura”, sino que deteriora y degrada al Estado de Derecho (que somete a todos por igual a la ley), que nunca en el mundo real llega a ser como su modelo ideal. El Estado de Derecho es una cápsula que contiene a su contrario, que es el Estado de policía (que somete a todos a la voluntad arbitraria de los que mandan), que tampoco nunca es como su modelo ideal.

Los Estados reales oscilan entre los dos modelos ideales en una continua tensión de pulsiones entre la cápsula que trata de contener las del Estado de policía, y éste que trata de perforarla y hacerla estallar. Lo que vivimos es producto de las perforaciones que logra el Estado de policía en la cápsula del Estado de Derecho, es decir, el debilitamiento programado de este último.

Estamos viviendo en un Estado de Derecho deteriorado, degradado, debilitado, con deterioro de la política y de las instituciones democráticas, con pérdida de seguridad jurídica, carente de una justicia imparcial, con un Ejecutivo unipersonal que manipula al Legislativo y al Judicial, con un monopolio mediático que crea realidad a gusto, es decir, un Estado que pierde soberanía y con ella independencia, como lo quiere esta etapa del colonialismo, inherente a la condición periférica del totalitarismo corporativo.

No es una “dictadura”, sino una crisis del Estado de Derecho, su debilitamiento conforme al actual momento regional de etapa avanzada del colonialismo impuesta por el totalitarismo corporativo que pulsiona avanzando por el mundo.

    “No vivimos una “dictadura”, sino una crisis del Estado de Derecho, su debilitamiento conforme al actual momento regional de etapa avanzada del colonialismo impuesta por el totalitarismo corporativo que pulsiona avanzando por el mundo.”

Pero no hay poder macizo, sin contradicciones, orificios de fuga ni fisuras; si alguna vez lo hubiese habido ni el lector leería esto ni yo podría escribirlo.

Sabemos que este sistema no se sostiene (“Laudato si”). La humanidad no se suicidará, la historia está en nuestras manos y la lucha por el derecho continúa y continuará, pero no contra una dictadura, sino contra las pulsiones de un totalitarismo corporativo y plutocrático que degrada al Estado de Derecho, debilitándolo para someternos más y mejor.



E. Raúl Zaffaroni
Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires






26/10/17

UNA POLÍTICA SIN AFUERA







El macrismo crea realidad. En su aparente torpeza, en su aparente estupidez, crea realidad. No refleja lo que es, no oculta lo que es. Crea, inventa, produce. No en paralelo a otra cosa. Crea un sistema hecho con palabras, con significantes vacíos, con deslizamientos, con gestos específicos.

Acusarlos de mentirosos es inútil, no sirve. Como en The Truman show, rebotamos contra la nube. Porque crear realidad no es mentir, es más grande, es otra cosa. Es una puesta en escena sin afuera. Una política sin afuera. Preguntamos: ¿pero cómo, no ven la realidad? La pregunta es inútil: no hay afuera. Crean realidad: crean cuerpos para esa realidad, crean situaciones, crean un discurso con pocas palabras.

¿Cuántas palabras tiene el vocabulario Macri? ¿O el vocabulario Bulrich, ella o él, es lo mismo? ¿Cuántas? No importa. Crean un lenguaje con poco: felicidad, cambio, no volvamos para atrás, sí se puede, vivir mejor, todos los argentinos, equipo, en todo estás vos, vecino, juntos, nosotros. ¿Engañan? No, inventan un lenguaje atractivo. Un vocabulario tela de araña, atrapante, anhelado. Un conjunto acotado de conceptos que se definen entre sí: Felicidad es el cambio; no volvamos para atrás es lo que el vecino quiere; el vecino es todos los argentinos que quieren la felicidad; el equipo es todos juntos, se puede, vecino y vecino, los argentinos, la felicidad. Nosotros, cambiemos, se puede. El vocabulario es circular y tautológico. Y muy eficaz.

Crear realidad es crear una red de conceptos que forman un sistema, y ese sistema es la construcción de una verdad sin afuera (a esto llaman posverdad). Una pura tautología, un espejo, una tela de arañas de la que no es posible salir. Si no entrás, te quedás pataleando en la puerta y rebotando contra la nube.

Por eso, para muchos de nosotros, la sensación de la época es la impotencia. La impotencia es más grande que la bronca y más grande que la tristeza. Cualquier expresión del afuera, cualquier discrepancia política es un absurdo, molesta, está fuera de lugar. Es puro exceso. Ante este conjunto de conceptos creados por el macrismo, hablar, decir, opinar, enfrentar, es un exceso que atenta contra un “nosotros” permanente.

Contra el pensamiento crítico, los talleres de entusiasmo de Alejandro R. El macrismo es un diluyente para cualquier argumento y la impotencia se hace visible en nosotros.

Nuevamente: ¿Cuántos conceptos tiene la realidad Cambiemos? Evidentemente muchos más de lo que vemos y todos los que vemos: Macri tomando mate o abrazando a un pobre o tocando el timbre en Berazategui es un concepto, es una creación de realidad Cambiemos. Los besos al aire de Vidal son un concepto, también son realidad Cambiemos. “Nosotros”, “en todo estás vos” son una puesta en escena, no una forma de inclusión.

La cara de María Eugenia Vidal también es un concepto: su gesto es muy eficaz para la incorporación de jóvenes a este sistema cerrado de una realidad propia. Toda ella es el vecino, toda ella es el sí se puede, toda ella es el “en cada rincón estoy con vos”. Es una reificación del concepto, una puesta en acto. En ella, en las señas de su cara, en su tono de voz, los conceptos se hacen visibles. Vidal, en esta realidad Cambiemos, es pura ganancia.

Una política sin afuera requiere de un sistema de captura almibarado. Vidal es sedosa, envolvente, casi etérea. Ideal para la captura. Convierte el afuera en una situación sensible: Lucha contra el narcotráfico está incorporado, no como problema, sino como una puesta en escena: lo que más se ve del tema no es la droga sino el “sacrificio” de tener su hogar en una base militar.

Vidal es la Mujer Pro, la Mujer candidata. No necesita casi de nada. Su apariencia piadosa y su derrame Pan Triste, son más eficaces que todo Duran Barba. No le teme ni a Macri ni a Carrió.

Vidal y Carrió se repelen porque son lo mismo: las dos son bastardas en un mundo de aristócratas. Ninguna de ellas es de clase; ninguna creció con todo resuelto. Las dos son religiosas. Carrió con cuerpo de cura obeso e impunidad de fanático; Vidal como una beata devocional. (Las dos son mujeres religiosas; también Michetti, aunque desplazada por el pecado de gula 2015 “CABA es sólo mía”).

En esta lógica, ¿dónde situar a Milagro Sala, a Santiago Maldonado, las tropelías en el poder judicial, el fraude electoral? La respuesta del macrismo es la de remitir a significantes vacíos: está en manos de la justicia es el utilizado para Milagro, por ejemplo. Los significantes vacíos son parte del sistema de realidad Pro.

El pobre, el jubilado, los que duermen en la calle, los desocupados no son significantes vacíos. Pobreza cero, reparación histórica, emprendedores son conceptos de la matrix Pro que no fueron suficientes para convencer. Parece no alcanzar. ¿Nos mintieron? No. ¿Qué hicieron? Crearon más realidad: vamos juntos hacia adelante, nuestro compromiso es que vos llegues, juntos venimos bien, “yo quiero darte todo lo que falte”, dice una de las canciones Cambiemos. O sea, no hay que profundizar ni discutir las causas. Lo que hay es futuro: lo que vemos como mentira o engaño es una promesa a futuro.

El concepto “futuro” es un andamio fundamental en la construcción actual de Cambiemos: “sabemos que hay muchos que no ven todavía la mejora en la economía”; “van a llegar las inversiones”; “cómo no sentir esperanza”; “en equipo lo estamos haciendo posible”. La máquina conceptual del macrismo tiene en el futuro el soporte para mantener una política sin afuera. Mientras tanto, la puesta en escena funciona y el grado de eficacia es enorme.

Pero, la promesa de lo que ha de venir tiene fecha de vencimiento. A diferencia del pasado, que no vence, el futuro en la economía y en la política sí tiene fecha de vencimiento.

Entonces lo real, lo que sucede, el afuera arrollador se impone por encima de cualquier realidad creada y sin ninguna mediación.












18/10/17

Cambiemos, una manera de ser





No se parecen a nada de lo que conoció la política argentina. Hacen de la eficiencia un culto y de la falta de pensamiento crítico una herramienta. Desde allí construyen conceptos que no son ideas sino aplicaciones. Es lo que fue y lo que se viene.

Son otra cosa. No son la rancia aristocracia del siglo XIX; no son las fieras fascistas del treinta. Se parecen a los de la Revolución Libertadora (los antiperonistas se parecen, cualquiera sea la filiación política o ideológica). Pero estos de ahora son definitivamente otra cosa. Varias, no una, pero lo que más son es efectivos (por eso mismo son patoteros).

En la política son de genealogía reciente, de fines de los años setenta y comienzos de los ochenta: finanzas y era digital. O sea, máquinas de producción y resultado. Ni Roca, ni Agustín P. Justo, ni Frondizi. Ni Onganía, ni De la Sota, ni Cobos. Eso es carne vieja. Los de ahora son buitres de carroña actual. No son de derecha: no es ese el rango que los mide. Son otra cosa; neo-empresarios, de bicicleta, aire libre y viernes casual. No tienen país de origen, no les importa la Argentina. Pueden vivir aquí o en cualquier lado.

No son conservadores ni ilustrados. Son gentes a pura eficiencia y con muchos recursos técnicos. No tienen cultura, apenas aquella necesaria para el desplazamiento. En general son iletrados, de bostezo fácil frente a un libro.


Tienen preocupación por las formas, porque es parte del mismo asunto. Formas superficiales, de packaging de felicidad y armonía, de cartel en el subte que dice: “Si alguien se siente mal, ayudémoslo”. Lo obvio se convierte en slogan. Este marketing de vida sana y comprensión es la exudación de la economía política que sostienen.




Son corporaciones que negocian. Ni fábricas fordistas ni empresa familiar. Estas corporaciones no tienen dueño, los excede. Son más grandes las acciones que la voluntad individual de un dueño. Por eso no importa si es Mauricio Macri o quién sea. Macri es un muy buen exponente, sí, pero el asunto es más amplio, de inscripción internacional, de lazos más complicados, de intereses cruzados.

Tienen entrenamiento en el exterior, todos bajo el ala de las finanzas; son eficaces, muy eficaces para lo que quieren. Insisto: no son la derecha ni son conservadores. Son neo. Pura demolición a fuerza de anticipación financiera.

Neo; no es ambición sino procedimiento: es la forma de operación sobre los otros. La eficacia no admite caras, ni parentescos, ni pertenencia grupal. Cuando hablan de equipo es porque los vínculos responden a esquemas funcionales. Son cuerpos de abrazo rígido, de compromiso con la tarea y nada de comunión. Es un equipo gélido. Por eso se abrazan como repeliéndose.

La forma de operar sobre los otros es bajo una apariencia (amenaza) de modernización permanente. El Ministerio de modernización es la institucionalización del dominio financiero por encima de cualquier otra razón.

No son humanistas, no dudan. Retroceden, a veces, pero no dudan. Saben a dónde van y no necesitan que haya alguna mediación. No tienen un proyecto de país. No les importa. Son lo más agudo del capitalismo, su bisturí más impiadoso.

No es un nombre. Son otra cosa: una raza política nueva que casi no conocemos.

La administración del gobierno actual tiene una forma específica de ejercer poder: es la política vaciada como aplicación (app). No hay votantes, hay usuarios. Eso ofrecieron en las elecciones: aplicaciones para usuarios. Es decir, herramientas de uso y habilitación personal: ser felices, estar todos juntos, la alegría es poder colaborar, en todo estás vos, mirar al futuro. La aplicación más elocuente: cambiemos. Ante cualquiera de estas aplicaciones, la fuerza argumental en contra es vista como violencia. Y en el colmo de la aplicación, como soberbia.

La política como aplicación es el desplazamiento del elector al usuario móvil. La eficacia y la extensión de los íconos salen de las pantallas y se instalan y actualizan en la vida cotidiana.

Google play: 700 mil aplicaciones bajadas. Android: más de un millón. Apple, millón y medio aprobadas desde 2008. 35.000 millones de descargas. La extensión no reconoce clase social ni lugar de origen. 35.000 millones (sólo de Apple) es signo de una práctica orgánica, de un tipo de necesidad vital. 35.000 millones: no elegimos, estamos adentro.

Sergio Massa como opositor peronista es una aplicación del gobierno actual. En otras funciones, lo mismo Hugo Moyano y también lo fue el Momo Venegas. Los intendentes radicales, volver al mundo, el fin del cepo, ñoqui, contramilitancia, todas son aplicaciones conminadas al uso y la propagación. Y efectivas para administrar usuarios. El yaguareté de los billetes es la aplicación “basta de historia política”. Multitasking Pro.

Narcotráfico: la reiteración del tema, la insistencia y difusión permanente, es la composición de una nueva aplicación. Es necesario instalar el ícono en cada pantalla: Narcotráfico. No vemos claramente qué es; es suficiente el ícono. Eugenio Zaffaroni da un reportaje. Argumenta: “Al narcotráfico no le importa la Argentina porque queda lejos de Estados Unidos, lejos del lugar del consumo. El narcotráfico no es un problema aquí”. La aplicación se distribuye igual. A la aplicación no le importa Zaffaroni, no hay lugar para los argumentos de Zaffaroni.




La aplicación es eficiencia sin ética ni compromiso. Por eso puede ser una y lo contrario. Carlos Melconián: “Vamos a devaluar”; Macri, un día después: “No devaluamos”. La aplicación se actualiza. Todo es posible.

Cedamos siempre el asiento. Dejemos bajar antes de subir. Tiremos la basura en los cestos: aplicaciones para la vida Pro. La más clara, la que indica el gesto de un solapado disciplinamiento social: Esperemos siempre detrás de la línea amarilla.

No todo es aplicación. El poder judicial, el poder mediático y las fuerzas de seguridad no son aplicaciones, son la garantía de funcionamiento de las aplicaciones. ¿Para qué? Para la marcha precisa de la economía financiera y del vaciado político.

La aplicación que ya no sirve, se borra o se elimina (Ernesto Sanz y buena parte del radicalismo).

El ícono Pro, con su tecla de avance, no es un partido sino una aplicación con voluntad de vaciado político. El gobierno Pro no fue votado, fue descargado por un 51 por ciento de usuarios. Esa es su conquista inesperada. Y, a la vez, toda su fragilidad.

El macrismo crea realidad. En su aparente torpeza, en su aparente estupidez, crea realidad. No refleja lo que es, no oculta lo que es. Crea, inventa, produce. No en paralelo a otra cosa. Crea un sistema hecho con palabras, con significantes vacíos, con deslizamientos, con gestos específicos.

Acusarlos de mentirosos es inútil, no sirve. Como en The Truman show, rebotamos contra la nube. Porque crear realidad no es mentir, es más grande, es otra cosa. Es una puesta en escena sin afuera. Una política sin afuera. Preguntamos: ¿pero cómo, no ven la realidad? La pregunta es inútil: no hay afuera. Crean realidad: crean cuerpos para esa realidad, crean situaciones, crean un discurso con pocas palabras.

¿Cuántas palabras tiene el vocabulario Macri? ¿O el vocabulario Bulrich, ella o él, es lo mismo? ¿Cuántas? No importa. Crean un lenguaje con poco: felicidad, cambio, no volvamos para atrás, sí se puede, vivir mejor, todos los argentinos, equipo, en todo estás vos, vecino, juntos, nosotros. ¿Engañan? No, inventan un lenguaje atractivo. Un vocabulario tela de araña, atrapante, anhelado. Un conjunto acotado de conceptos que se definen entre sí: Felicidad es el cambio; no volvamos para atrás es lo que el vecino quiere; el vecino es todos los argentinos que quieren la felicidad; el equipo es todos juntos, se puede, vecino y vecino, los argentinos, la felicidad. Nosotros, cambiemos, se puede. El vocabulario es circular y tautológico. Y muy eficaz.

Crear realidad es crear una red de conceptos que forman un sistema, y ese sistema es la construcción de una verdad sin afuera (a esto llaman posverdad). Una pura tautología, un espejo, una tela de arañas de la que no es posible salir. Si no entrás, te quedás pataleando en la puerta y rebotando contra la nube.

Por eso, para muchos de nosotros, la sensación de la época es la impotencia. La impotencia es más grande que la bronca y más grande que la tristeza. Cualquier expresión del afuera, cualquier discrepancia política es un absurdo, molesta, está fuera de lugar. Es puro exceso. Ante este conjunto de conceptos creados por el macrismo, hablar, decir, opinar, enfrentar, es un exceso que atenta contra un “nosotros” permanente.

Contra el pensamiento crítico, los talleres de entusiasmo de Alejandro R. El macrismo es un diluyente para cualquier argumento y la impotencia se hace visible en nosotros.

Nuevamente: ¿Cuántos conceptos tiene la realidad Cambiemos? Evidentemente muchos más de lo que vemos y todos los que vemos: Macri tomando mate o abrazando a un pobre o tocando el timbre en Berazategui es un concepto, es una creación de realidad Cambiemos. Los besos al aire de Vidal son un concepto, también son realidad Cambiemos. “Nosotros”, “en todo estás vos” son una puesta en escena, no una forma de inclusión.

La cara de María Eugenia Vidal también es un concepto: su gesto es muy eficaz para la incorporación de jóvenes a este sistema cerrado de una realidad propia. Toda ella es el vecino, toda ella es el sí se puede, toda ella es el “en cada rincón estoy con vos”. Es una reificación del concepto, una puesta en acto. En ella, en las señas de su cara, en su tono de voz, los conceptos se hacen visibles. Vidal, en esta realidad Cambiemos, es pura ganancia.




Una política sin afuera requiere de un sistema de captura almibarado. Vidal es sedosa, envolvente, casi etérea. Ideal para la captura. Convierte el afuera en una situación sensible: Lucha contra el narcotráfico está incorporado, no como problema, sino como una puesta en escena: lo que más se ve del tema no es la droga sino el “sacrificio” de tener su hogar en una base militar.

Vidal es la Mujer Pro, la Mujer candidata. No necesita casi de nada. Su apariencia piadosa y su derrame Pan Triste, son más eficaces que todo Durán Barba. No le teme ni a Macri ni a Carrió.

Vidal y Carrió se repelen porque son lo mismo: las dos son bastardas en un mundo de aristócratas. Ninguna de ellas es de clase; ninguna creció con todo resuelto. Las dos son religiosas. Carrió con cuerpo de cura obeso e impunidad de fanático; Vidal como una beata devocional. (Las dos son mujeres religiosas; también Michetti, aunque desplazada por el pecado de gula 2015 “CABA es sólo mía”).

En esta lógica, ¿dónde situar a Milagro Sala, a Santiago Maldonado, las tropelías en el poder judicial, el fraude electoral? La respuesta del macrismo es la de remitir a significantes vacíos: está en manos de la justicia es el utilizado para Milagro, por ejemplo. Los significantes vacíos son parte del sistema de realidad Pro.

El pobre, el jubilado, los que duermen en la calle, los desocupados no son significantes vacíos. Pobreza cero, reparación histórica, emprendedores son conceptos de la matrix Pro que no fueron suficientes para convencer. Parece no alcanzar. ¿Nos mintieron? No. ¿Qué hicieron? Crearon más realidad: vamos juntos hacia adelante, nuestro compromiso es que vos llegues, juntos venimos bien, “yo quiero darte todo lo que falte”, dice una de las canciones Cambiemos. O sea, no hay que profundizar ni discutir las causas. Lo que hay es futuro: lo que vemos como mentira o engaño es una promesa a futuro.

El concepto “futuro” es un andamio fundamental en la construcción actual de Cambiemos: “sabemos que hay muchos que no ven todavía la mejora en la economía”; “van a llegar las inversiones”; “cómo no sentir esperanza”; “en equipo lo estamos haciendo posible”. La máquina conceptual del macrismo tiene en el futuro el soporte para mantener una política sin afuera. Mientras tanto, la puesta en escena funciona y el grado de eficacia es enorme.

Pero, la promesa de lo que ha de venir tiene fecha de vencimiento. A diferencia del pasado, que no vence, el futuro en la economía y en la política sí tiene fecha de vencimiento.

Entonces lo real, lo que sucede, el afuera arrollador se impone por encima de cualquier realidad creada y sin ninguna mediación.










24/7/14

QUIEREN LA EXTINCIÓN DE LOS PALESTINOS







STELLA CALLONI:
“Esto es una masacre, quieren la extinción del pueblo palestino”






Stella Calloni, Periodista y Analista internacional, fue entrevistada en La Señal. En diálogo con Gabriel Fernández, Stella se refirió a la situación actual en Medio Oriente y la avanzada bélica de Israel sobre Palestina. Además habló acerca del avión malayo derribado en Ucrania.

“Esto es una guerra eterna, pero lo que hay que precisar es que la desinformación es el arma más poderosa que nos está invadiendo, para que nosotros como pueblo no podamos entender el verdadero alcance de esta situación. Este ataque no empezó porque los palestinos atacaron a Israel, este ataque comenzó por un atentado, por un secuestro y la muerte de tres jóvenes en una zona totalmente vigilada por Israel. En ese momento inmediatamente fue acusada Hamas y los palestinos sin ninguna prueba” destacó Calloni.

Y agregó: “Este suceso surge luego de una discusión en el congreso Israelí, sobre algunas leyes, donde un dirigente dijo que no le ataran las manos y donde se planteaban que harian ante los posibles ataques a jóvenes del país. Luego llamativamente ocurre lo de los tres jóvenes asesinados”.

Sobre la dimensión del bombardeo de Israel sobre Gaza Calloni enfatizó: “Estamos viendo el ataque de una potencia nuclear, a un pequeño reducto de 342 kilómetros cuadrados y donde viven 1 millón 500 mil personas sin agua y donde se corta la electricidad periódicamente, que es al decir de Noam Chomsky una “cárcel a cielo abierto”. Esto de que hay dos partes en este conflicto es una farsa, los palestinos no tienen con que defenderse, han destruido el 60 por ciento de las casas en Franja de Gaza. Como pueden justificar el bombardeo desde el mar a hospitales y chicos jugando en la costa, están llegando a los hospitales niños quemados con fósforo blanco”.

“Hace rato se está planteando la necesidad de exterminar este pueblo, le han enseñado al pueblo israelí que a los niños en palestina los forman para matarlos a ellos. En Irak por ejemplo este grupo armado “Levante” como denuncio Snowden son grupos armados por los servicios de inteligencia, el MOSAD Israelí, como lo fue Hamas en su momento”, afirmó Stella Calloni.

Por otro lado, con respecto al avión derribado en Ucrania, Stella subrayó que detrás de este atentado de “falsa bandera” existía la intención de derribar el avión del presidente Ruso, Vladimir Putin. “El presiente de EEUU, Obama, pide al congreso norteamericano una investigación sobre el tema e inmediatamente en los medios salen a acusar de que los que derribaron el avión son misiles prorusos” afirmó.

MHC/GF/RG










7/6/14

NACIONALISMO PUBLICITARIO






Es frecuente que los mundiales de fútbol generen un gran movimiento en el universo de la comunicación, por el hecho sencillo de que grandes porciones de receptores de los medios gráficos, radiales y televisivos están abocadas al acontecimiento. Esto determina una alteración profunda de las prioridades informativas, un cambio en las agendas causado por estos certámenes, incluso en sus etapas previas. El fenómeno ya fue visitado, en ocasiones innumerables, por expertos en comunicación, sociólogos y politólogos, con las ópticas más diversas.

Algunos posicionamientos se mantienen sin embargo en el tiempo. Uno de los más repetidos es el que empieza y termina en la denuncia del aprovechamiento político de cada mundial por parte de los gobiernos, en especial el del país sede, aunque no exclusivamente. Experiencias nefastas, como el Mundial de 1978 en la Argentina asolada por la dictadura cívico-militar, alimentan conclusiones rápidas y el trazado fácil de paralelismos a menudo carentes de rigor. En este punto, lo más común es que todo gesto o acción de identificación y simpatía de un gobierno con la selección nacional de fútbol sea señalado mecánicamente como acto “populista” y de usufructo ilegítimo del deporte para “fines políticos”, puestos de manera invariable bajo las peores sospechas. Esto es frecuente por parte de quienes quieren para sí y sus intereses sectoriales el espacio que la política llegue a ocupar.

Está visto y verificado que muchísimos deportes, y en primer lugar el fútbol profesional, fueron convertidos en una industria, privatizada en gran cantidad de países y para los mundiales, con la constitución de un verdadero cartel global, dotado de fuerza económica capaz de operar por encima de cualquier frontera y de pisar las soberanías nacionales. Bien lo sabe el gobierno brasileño: sólo para dar un ejemplo, se vio forzado a hacer enmendar una ley local y permitir con ello la venta de cerveza en inmediaciones de los estadios en que se jugarán los partidos, bajo la amenaza de perder la sede, con las consecuencias políticas desastrosas que para cualquier gestión puede tener un hecho de esas características. El cartel coaccionó, en este caso, en defensa de la multinacional Budweisser.

Lo que los mundiales agregan en el campo de la comunicación es un repentino resurgimiento de sentimientos y valores que son exaltados y explotados, más que por actores políticos locales, por esos mismos poderes empresariales internacionales, ajenos por completo a cualquier noción de pertenencia a lo nacional. En la Argentina, las multinacionales de las telecomunicaciones, expertas en expoliar a sus clientes y estafarlos mediante un sinfín de estrategias frente a las cuales los Estados suelen ser por demás ineficientes, se calzaron la celeste y blanco y nos están dando lecciones de patriotismo.

Uno de los casos más alevosos es el mensaje que en estos días nos está diciendo que a los argentinos “juntos no nos para nadie”, que nos respetamos y cuidamos y mancomunamos por la Selección de Fútbol y que, en esto, nos volvemos “mejores”. Esta reivindicación de una supuesta argentinidad, estructurada en un crescendo patético de entonaciones nacionalistas, viene de la mano de una de las empresas que se sirve de la debilidad de las soberanías para quedarse con servicios esenciales y llevarse ganancias: Claro, perteneciente a América Móvil, que igual que Telmex es propiedad del Grupo Carso, cuyo accionista principal es el multimillonario mexicano Carlos Slim.

La multinacional de origen estadounidense Procter & Gamble, presente en 160 países, invita también a involucrarse en sentimientos nacionalistas apelando a la conductora Susana Giménez, que se calza para la ocasión la casaca a barras celestes y blancas por más que su patria de preferencia, como se sabe, es la ciudad de Miami. P&G es, desde 2007, propietaria de Gillette, explotadora tradicional de la argentinidad futbolística.

Si la pasión con un equipo deportivo como expresión de nacionalismo es un asunto por demás complejo y discutible, pocas dudas dejan las apelaciones patrióticas hechas por multinacionales, cuya razón de ser consiste en expoliar a los países en los que operan.





Escritor y periodista
presidente de Comunicadores de la Argentina













19/2/13

DEMOCRACIA O CORPORACIÓN SINDICAL







El Sindicato de Camioneros, que conduce Hugo Moyano, aplica el bloqueo sobre una treintena de supermercados mayoristas de una empresa, en un avance de la protesta para reclamar por el reencuadramiento de trabajadores vinculados a la función logística y distribución, que hoy son afiliados al gremio de Empleados de Comercio. El conflicto planteado por la dirección de Camioneros abarca también un enfrentamiento al Ministerio de Trabajo por defender las normas vigentes. Este conflicto, como otros, es una condensación al que confluyen diversas causas coyunturales y estructurales, que se articulan en este acontecimiento. La historia del sindicalismo contemporáneo es la historia del peronismo: se cruza con el momento fundacional, su apogeo, sus gestas, sus traiciones, sus luchas. El empoderamiento sindical significó uno de los hechos malditos del país dominado por la burguesía , pero también la integración a ese mismo país burgués.

Es imposible pensar en el poder de Moyano hoy, sin recurrir a la historia, una historia que no tiene inocentes. Una historia dura, en la que se forjaron los días que transitamos, una historia pletórica de facticidad, que el peronismo transita como pez en el agua, y también de retórica, muchas veces ingenua respecto de la realpolitik. Los cánones ideológicos se doblegan ante la seducción rentística del poder que el régimen ha puesto a disposición de la dirigencia de los trabajadores.

La coexistencia del sindicalismo en un movimiento nacional siempre está en equilibrio inestable, por la tensión que provoca la prevalencia de uno de los sectores sobre el conjunto. Este conflicto supone la ampliación de cobertura del gremio de Camioneros para incrementar su plantilla y acumular poder de presión. No se trata de ser igual, o solidario, se trata de ser superior: la cultura capitalista ha calado hondo.

Ya no hay proletariado como unidad; se fomenta desde adentro incrementar la brecha social intraclase. La creciente interrelación privada con el sistema de obras sociales es un dato no menor en el cambio de la mentalidad del sindicalismo. Es innegable la participación sindical en la recuperación democrática, como es innegable la complicidad de algunos dirigentes –como otros civiles– con las dictaduras. El Programa de Huerta Grande, CGT de los Argentinos, Combativos y A.T. Vandor respondían a la misma matriz. Este último fue la máxima expresión del dominio sindical contra la política. Moyano tiene sus parecidos.

Hoy, consolidada la democracia, se asiste a la conformación corporativa de la sociedad poliárquica que abarca a los medios, las grandes empresas capitalistas; y los grandes sindicatos. La política profesional ante tanta presión debe luchar para no ser arrastrado por lo sectorial. El uso de una práctica como el bloqueo remarca el carácter extorsivo de la misma, violentando las reglas de la democracia y afectando a terceros que no tienen nada que ver. Esto no se hace para la emancipación de la clase trabajadora, se hace con un objetivo menor: la privatización de los trabajadores.








27/12/09

PAROLE PAROLE PAROLE



3 notas que analizan el uso de las palabras en el aire, a veces irrespirable, de la sociedad argentina.

3 análisis profundos: iImperdibles, necesarios, dolorosos pero esperanzadores también.

Si entendemos qué está pasando podremos resolver los problemas, los ruidos y los síntomas de la enfermedad tilinga.

Y seguir adelante, difícil pero no imposible...



3ra (27/12/09)
¿Qué clase(s) de lucha es la lucha de palabras?

El pasado 21 de diciembre, Donatella Castellani publica en este mismo medio una estupenda columna en la cual manifiesta su desacuerdo con otra que yo mismo había publicado el 14 de diciembre anterior, y en la cual cree percibir que yo subestimo “el hecho de que hace un tiempo, subrepticiamente, en el aire público están apareciendo zonas casi irrespirables, malolientes, contaminadas con palabras que uno creía (esperaba) enterradas para siempre”.

Debo decir, para aclarar mi posición desde el principio, que Donatella tiene toda la razón. No digo que la tenga, necesariamente, en leer que yo “subestimo” todo esto que ella señala. Le podría objetar que en verdad la intención del artículo era mostrar, precisamente, que el señor Posse no tiene ninguna importancia en sí mismo (de hecho, hago el esfuerzo de no nombrarlo nunca, para “despersonalizar” la cuestión), sino en todo caso como síntoma de otra cosa, que Donatella analiza con pertinencia. Pero, en verdad –ya sea que yo me haya equivocado o que ella me haya malinterpretado– la “defensa” de mi artículo no tiene ninguna importancia. Lo que importa es discutir la cuestión.

Donatella detecta correctamente que estamos contaminados por una enfermedad –aunque ella no la llama así– del lenguaje (no sólo) argentino. Esa enfermedad, por supuesto, puede a su vez ser también un síntoma de cosas más graves que las expresiones coloquiales, incluso las de Susana Giménez. Pero insistiré con el término “enfermedad”, básicamente por dos razones:

  • primero, porque tiene un alto nivel de especificidad y autonomía, que no permite reducirlo a los conceptos, ideas, deformaciones ideológicas o lo que fuere, que esas palabras se limitarían a “comunicar”: el lenguaje nunca se limita a la “comunicación”, sino que produce pensamiento, y a veces –dadas determinadas condiciones– también acción; tiene, en efecto, una potencia “perlocutiva” o “performativa”, como lo sabían muy bien los antiguos retóricos de la Magna Grecia, y hoy los publicitarios o acuñadores de consignas políticas (y desde luego, en un sentido completamente distinto, los psicoanalistas).

  • Y segundo, el lenguaje –como aprendimos, entre otros, en Bakhtin– no es una mera excrecencia “superestructural” de las bases materiales o las relaciones de producción (como pretendía ramplonamente el gran “lingüista” compatriota de Bakhtin, Josef Stalin) sino que el lenguaje es un escenario privilegiado de los conflictos sociales y culturales, de las hegemonías ideológicas y las resistencias a ellas, y en el límite de la mismísima lucha de clases.
La heteroglosia, como denominaba el mismo Bakhtin a la polifonía conflictiva de múltiples y frecuentemente contrapuestos “acentos sociales” que atraviesan a cualquier sociedad aunque sus miembros compartan la misma lengua (ni hablemos ya en sociedades plurilingüísticas como tantas de las que existen en nuestro propio continente), esa “heteroglosia”, decíamos, es algo que el poder necesita imperiosamente reprimir desde su hegemonía cultural, para “comunicar” la (falsa) impresión de una unidad lingüística que sería expresión a su vez de una totalidad social, política y cultural sin quiebres internos (el famoso ser nacional, digamos).

Ya la Revolución Francesa logró hacer esto en la modernidad: el solo hecho de que se dé por naturalizada la denominación de “francesa” para una revolución en la que la mayoría de aquellos que la hicieron en las calles no hablaban francés (sino vasco, gascón, bretón, languedoc, langue d’oeil, etcétera) es una palmaria demostración.

Y bien: ésta es, hoy, nuestra (gravísima) enfermedad lingüística. Quiero decir: la “industria cultural” en general, y los grandes media en particular, pero también una “sedimentación” de odios de clase larvados, al acecho de la mejor oportunidad para olvidar la maldita “corrección política” junto con la idiomática –oportunidad restablecida desde marzo de 2008, para ponerle una fecha emblemática–, han conseguido enfermarnos a todos con la creencia de que las palabras no tienen más importancia que la de proyectiles lanzados contra el enemigo, disimulando el hecho de que es al interior de esas mismas palabras, en sus diferenciales acentuaciones sociales, que se juega la línea divisoria amigo/enemigo.

Las palabras son, así, como pares de medias que uno se saca o se pone según haga frío o calor: meros instrumentos que se usan según la ocasión. Pero cualquier instrumento, desde el más tosco martillo, no digamos ya las palabras de una lengua, es ante todo una relación social: es algo que hace ekklesia, como llamaban los griegos al ágora de discusión pública; es un re-ligare (de donde proviene la palabra “religión”), es una producción de lazos sociales que conforman una “comunidad”.

No en vano Heidegger calificaba al lenguaje como la casa del Hombre: sin él no somos mejores que un animal a la intemperie, dispuesto a lo que sea para alimentarse. Pero no: el lenguaje, a los argentinos, se nos ha transformado en basura que apartamos con el pie o que recogemos si nos presta alguna utilidad efímera. La cosa no parecería ser grave cuando se limita a que los adolescentes supriman las vocales en sus mensajitos de texto (entre paréntesis: otro gran semiólogo ruso, Yuri Lotman, bautizó como Sistemas de Modelización Secundaria, SMS, a esos “códigos de códigos” meta-lingüísticos, como el arte: pero SMS es una abreviatura que no podremos usar nunca más en la universidad, porque los alumnos creerán que estamos hablando de sus celulares), o cuando usan expresiones como “Dale, bolú, que está bueno” (aunque cierto espíritu “conservacionista” –que no es lo mismo que conservador– podría regañarlos por arruinar la gramática de la exquisita lengua de Cervantes, y de paso recordarles que “está bueno”, como sustituto condensado de las correctas “está bien” y “es bueno”, hace desaparecer una diferencia específica de la lengua castellana –la distinción entre ser y estar, que no existe en otras lenguas occidentales– y además, casualmente, aplicada a Buenos Aires es una consigna macrista: “por algo será”).

La cosa se pone más seria cuando, por ejemplo, se naturaliza la palabra “yegua” para hablar no sólo de una mujer que “está buena”, sino de la presidenta de la Nación, y no justamente para elogiar su atractivo femenino. Y no me refiero a la utilización de la palabra por parte de desaforados fascistas que intervienen frecuencias de radio helicopterales, sino por compuestas señoras de clase media que bajan en ascensor del consultorio dermatológico (alguien muy cercano a mí fue testigo presencial de esta “acentuación social”), y que utilizan el epíteto con perfecta naturalidad y desapasionadamente, como si fuera el nombre propio de la aludida.

Y no importa, si cabe aclararlo, la posición política que se tenga respecto del actual gobierno nacional: lo que importa es la serie semántica en la que esa metáfora zoológica entra. Piénsese: los nazis llamaban ratas a los judíos, los turcos gusanos a los armenios, los hutus cucarachas a los tutsies, los militares argentinos gérmenes o virus a los “subversivos”. Todos bichos repugnantes y transmisores de enfermedades, cuya eliminación en masa nadie medianamente sensato objetaría.

El lenguaje es “performativo”: empieza por autorizar simbólicamente la liquidación física del Otro. Frente a eso, sin duda, palabras como yegua, o del otro lado, gorila, o monos (como se les dice a veces a los negros) e incluso, desde mucho más atrás, mulato (proveniente de ese mulo que es una mezcla “artificial” de caballo con burra, o algo así) tienen alguna mayor dignidad zoológica que la de aquellos insectos y roedores (y acabo de recordar que bolita, como se les dice a los bolivianos, es también un bicho, mientras que paragua es una herramienta para taparse de la lluvia). Pero lo que me interesa aquí es que –con la salvedad del mítico Mister Ed– los animales no hablan: lo que esos epítetos buscan es des-humanizar al que se ha seleccionado como oponente retirándoles la capacidad de lenguaje, y por lo tanto imposibilitar toda producción de un lazo social, de ekklesia o re-ligare con ellos, aunque fuera bajo la forma del conflicto de “acentos”. No es para rasgarse las vestiduras y poner los ojos en blanco de santa indignación: en política esto se hace desde siempre, y quizá sea inevitable. Y la “corrección lingüística” puede a la larga resultar tan estúpida y opresiva como la corrección política. Y además, no es lo mismo usar las palabras en una rueda de café o una reunión de amigotes (o siquiera en el ascensor del dermatólogo, con lo cual uno podría atribuirle al hablante una cuestión de piel) que en los medios o en el discurso público, donde por definición se espera producir con ellas un efecto de masas. Pero entonces es conveniente que sepamos lo que hacemos.

La enfermedad del lenguaje argentino de hoy consiste en ese no saber. O, mejor –peor, en verdad–: ese no querer saber. Porque, caramba, no hace falta ser Jakobson o Benveniste: lo que estamos diciendo (o lo que decía Donatella en la nota de marras) es del más craso sentido común. Sólo que el sentido común (o el “acento”) dominante es el de que las palabras se pueden usar desentendiéndose de sus efectos (¿alguien se acuerda de cuando nuestros padres increpaban con un “¡señor, mida sus palabras!”?: hubo una época en que se sabía que esa falta de medida podía implicar un pasaje al acto). Eso, y no simplemente no entender la lengua del otro, es la auténtica barbarie.

Tal vez para muchos/as pedir “mano dura”, gritar “negros de mierda” o exhortar a “matarlos a todos” sean puras figuras retóricas. Pero nunca falta –y estamos viviendo tiempos en que empiezan a abundar– quien se las tome (iba a decir “en serio”, como si las metáforas no fueran cosa seria) literalmente: son, ellos sí, los que han perdido toda capacidad de simbolización, o nunca la tuvieron.

Es, entonces, una batalla que hay que dar. Se puede (y en mi modesta opinión, se debe) ser crítico del Gobierno. Pero los distintos grupos de intelectuales –es decir, de aquellos que trabajan con las palabras–, sean “progres”, de “centroizquierda”, “nacional-populares” o decididamente de izquierda, que puedan tener las posiciones más encontradas respecto del Gobierno (apoyo sin crítica, apoyo crítico, crítica sin apoyo), deberían al menos encontrar un denominador común en la defensa de una lengua política emancipada de la basura vomitiva que cae cotidianamente de nuestras “cajas bobas” y compañías varias.

Como alguien (yo mismo, bah) escribió en el último número de la revista Confines, en lo único en lo que no podemos errar –puesto que es un “piso” mínimo al que no podríamos renunciar sin hundirnos en la abyección– es en la más firme confrontación de la catarata de mierda clasista, racista y “pequebú” palurda, alimentada con saña por momentos psicótica desde unas alcantarillas mediáticas que corren el riesgo de hacer caer la otrora digna profesión de un José Martí –que escribía en un gran diario “nacional”– al más bajo sótano de su atribulada historia.




2da (21/12/09)
Y finalmente Susana Giménez tenía razón

Lamento no estar de acuerdo con el brillante artículo de Eduardo Grünner (publicado en Página/12 el 14 de diciembre). Me parece que él subestima el hecho de que hace un tiempo, subrepticiamente, en el aire público están apareciendo zonas casi irrespirables, malolientes, contaminadas con palabras que uno creía (esperaba) enterradas para siempre.

La lucha de estos 26 años de democracia fue la de recuperar no sólo las instituciones, sino también un espacio discursivo que durante largos años había estado invadido por fuerzas de ocupación simbólica que lo habían alambrado rigurosamente, implantando definiciones regimentadas e inapelables que pretendían decretar cómo era la realidad que definían. Así se nos dijo cómo era el “ser nacional”, obviamente “occidental y cristiano”, cuáles eran las “ideologías foráneas”, en qué consistían la “paz y el orden”, qué “flagelos” se “infiltraban” –como un virus filtrable– en la sociedad, a quiénes había que llamar “delincuentes subversivos” y sólo se dejaba sin definir el “algo” que seguramente éstos habrían hecho, para poder hacer entrar allí desde el reclamo por el boleto escolar hasta el accionar de monjitas de buena voluntad que tenían de la “moral cristiana” una visión bastante más ceñida al Evangelio que los militares. Y creíamos que, cuando se había develado más allá de toda duda la realidad trágica y casi indescriptible que había corrido por debajo de esas palabras, había quedado claro también que ellas estaban vacías de toda referencia concreta, que sólo tenían un cínico carácter de máscaras, de camuflaje, y es más, de poderosos artefactos bélicos presentados como estampitas de la Virgen de Luján.

Por eso creíamos estar ya inmunes contra discursos engañosos. Que más allá de cualquier diferencia política, la inmensa mayoría de los argentinos nos habíamos puesto de acuerdo en repudiar para siempre lo ocurrido en un pasado nefasto y no querer por nada del mundo volver a oír palabras que nos recomendaran algo ni remotamente parecido. Que habíamos aprendido que pasar por encima de los derechos y garantías básicas consagrados en la Constitución para todos los habitantes era un viaje de ida. Y que siempre, inevitablemente, eran muchos más los que tenían que lamentarlo que los que se beneficiaban. Nos hacíamos la ilusión de que los vivas a Videla y compañía eran ya sólo una trasnochada muestra de neandertalismo de una reblandecida Elena Cruz o de una desaforada Cecilia Pando.

¿Por qué ahora empezamos a darnos cuenta de que aparecen manifestaciones que se nos hacen siniestramente familiares? Hay que pensar que las construcciones de sentido no se forman en la sociedad de un minuto para otro. Son sedimentaciones de discursos largamente repetidos, de metáforas peligrosas, de asociaciones de conceptos en principio diferentes pero que, de tanto presentarlos juntos, terminan formando parte de un solo significado indivisible. En lingüística los llamamos sintagmas consolidados, como “café con leche” o “cabellos de ángel”.

Y en los últimos tiempos se empezaron a asociar discursivamente los conflictos y problemas del presente con imágenes y palabras propias del pasado. Primero hubo una apropiación de los símbolos patrios y religiosos por parte de los “argentinísimos” dueños de la tierra: el himno, la bandera, la escarapela y la Virgen eran ahora propiedad de la patria agropecuaria como antes lo habían sido de la patria militar.

Mientras, las señoras caceroleras gritaban contra Cuba y Venezuela, los Montoneros, las Madres de Plaza de Mayo y bramaban en los blogs diciendo temer que el Gobierno les expropiara sus tierras para dárselas al Estado. Luego Hugo Biolcati, en charla con el doctor Mariano Grondona, dos personas de pro, meditaban televisivamente si no sería buena idea que este Gobierno durara menos de lo que marca su período constitucional. Y, ya este año, en la inauguración de la Rural el mismo Biolcati afirmó que el gobierno nacional viene efectuando “ataques inusitados a las raíces, el corazón del ser nacional”. ¿Otra vez el “ser nacional”? ¿Por qué será que viene a la memoria la definición de Videla “subversión no es ni más ni menos que eso: subversión de los valores esenciales del ser nacional”?

Y a los pocos días, Mario Llambías proclamaba el mayor de sus respetos por Martínez de Hoz, ilustre prosapia de esclavistas, exterminadores de indios, fundadores de la Liga Patriótica exterminadora de obreros y finalmente ministros de dictaduras exterminadoras de gente y de la economía nacional. Simultáneamente, el propio ilustre descendiente José Alfredo declaraba que Videla “no es un asesino” y que no hay que creer en la propaganda. Ahora Biolcati dice que hay que “descabezar” una provincia de su gobernador elegido en las urnas. Es decir que se empieza a reflotar un discurso que plantea opciones del tipo “ser nacional” o “Cuba”, “Videla” o el “Che Guevara”, “gobierno subversivo” o “Martínez de Hoz”, “expropiaciones” o “libre mercado”.

Por su parte, Elisa Carrió también dice cosas gordas: compara a Néstor Kirchner con Hitler y afirma que éste NO es un gobierno democrático. Después manda cartas a las embajadas denunciando que el Gobierno provoca una “inusitada escalada de violencia” y, entre apocalipsis y apocalipsis, anuncia una “emboscada” preparada por Néstor Kirchner a quien llama “gobernante de facto”. Aquí lo “foráneo” peligroso ya no tiene origen marxista –claro, Lilita se denomina centroizquierda–, sino nacionalsocialista. También afirma que en la calle la gente dice de los K “los quiero matar”, “a ver si los derrumban”. Y el efecto es el mismo: no estamos en democracia, hay violencia, armas, emboscadas ¿la situación se parece al ’75?

Más recientemente, reverdece con toda la furia el tema de la “inseguridad”. Y no me interesa aquí volver a señalar que cada crimen repetido mil veces en todas las pantallas parece como veinte crímenes distintos ni discutir estadísticas ni comparaciones con otros países. Lo que quiero mostrar es que aquí también el discurso se vuelve cada vez más peligroso y retroverso.

Empieza con el miedo generalizado por el martilleo mediático. “Nos van matar a todos”, dice Mirtha. Pero rápidamente el discurso se desliza a temas más escabrosos como el de pedir que nosotros matemos a todos, cuestionar los “derechos humanos” para los delincuentes, la vergüenza que los policías “buenos” vayan a la cárcel por algo “a lo que llaman apremios ilegales” (vulgo: torturas).

Lo grave es que se empieza a poner bajo sospecha la defensa de los derechos humanos y el respeto por las garantías constitucionales como conducta ética que debería estar por encima de opiniones y discusiones políticas. De allí a justificar sus violaciones pasadas y sus posibles violaciones futuras hay un paso. Carrió, en una parodia macabra de la maternidad social que plantean las Madres para todos los desaparecidos, dice que los hijos de la señora de Noble son “nuestros hijos”, defendiéndolos del “atropello” de averiguar si hubo un delito de apropiación de niños.

Además, en los discursos contaminantes de los medios los delincuentes se mezclan con los piqueteros, con los reclamos sociales de todo tipo, con todo lo que crea “inseguridad”, ‘‘caos” y “violencia”. Y es en este contexto en el que pueden abrirse las tranqueras de Jurassic Park y saltar afuera un Abel Posse. Y yo creo que aunque no sólo el ataque al rock, sino sus “virus ideológicos”, “visión trotskoleninista”, “persistencia gramsciana”, “revolución socialguevarista” (¡y el menos fantasioso Videla que se conformaba con hablar de “ideologías extrañas”!), y defensa de lo que hicieron los militares hace cuatro décadas sobrepasen el “piso mínimo del cual la buena sociedad, como tal, no se va a bajar, por más mano dura que reclame”, no debemos subestimar la fuerza perlocucionaria (la de provocar consecuencias en el mundo) del núcleo de su discurso.

Supuestamente él habla de criminalidad, pero en realidad habla del enemigo interno que hay que combatir: como dijo brillantemente Sandra Russo, él traza un puente entre la “inseguridad” y la Doctrina de la Seguridad Nacional. Y sin usar eufemismos, habla de “armas” y de “acción inmediata”, de “batalla central”. Acusa a “los K” de prohijar “el vandalismo piquetero, el desborde lumpen, la indisciplina juvenil”. Igual que para Carrió, los K, entre otros delitos, “demolieron el básico esquema constitucional”. Nada muy distinto de otros discursos que circulan por los medios.

Posse le dice a Tenembaum que todo el mundo piensa como él. Bueno, todo el mundo no. Parece que Tenembaum no, y yo tampoco. Pero ¿podemos subestimar los efectos del permanente goteo de estos discursos que horadan la cabeza? ¿Hasta dónde van a llevar la histeria colectiva? Y ojo, que ya no se trata sólo de defender este particular gobierno democrático. Se trata de si queremos o no vivir en democracia. Sepamos que ya no hace falta sacar los tanques a la calle para no hacerlo. Ni sentar a tres uniformados en la Casa Rosada. Miremos a Honduras, ¡por favor! Basta con el apoyo de los medios. Basta con un guiño del Congreso. Basta con una destitución o forzar una renuncia. Basta con un estado de sitio. Con ordenar a todas las fuerzas meter bala. Primero con los delincuentes, después con los piqueteros, después con los que protestan ... y no hace falta estar citando a Brecht.

Cuidado, porque finalmente Susana Giménez tenía razón: los dinosaurios están vivos y en condiciones de procrear.

Donatella Castellani
Investigadora en Ciencias Sociales



1ra (14/12/09)
Verba non res

A los jóvenes, es sabido, los estupidizan el rock, los aritos y los preservativos (aunque cuando uno era joven, llevar este último adminículo en el bolsillo era un signo, más bien, de “viveza”, de estar “siempre listo” para una eventualidad). No, digamos, Tinelli. Esta sutil hipótesis sociológica nada dice, sin embargo, sobre qué estupidiza a los adultos. O a los ancianos que ya llegan muy alelados a provecta edad, aunque se hayan pasado la vida escuchando a Mozart y no a Mick Jagger. Y es lógico que de eso no se diga nada: hay que hacerle creer al que escucha que la decrepitud es señal de tener una posición ¡firrr-me! frente al mundo. Y de que –viniendo los consejos de un respetable intelectual de la nación que de pronto adquirió cartera– sus discursos tienen alguna posibilidad de ser, como se dice, pasados al acto. Pero esa pretensión es insultar la inteligencia hasta de los votantes que, indirectamente, le entregaron la cartera.

Quiero decir: son palabras que no tienen la más mínima posibilidad de eficacia, más allá de la de ser citadas por algún acusado de genocidio –con la cual, como es obvio, el efecto es boomerang–. Como diría algún lingüista, el performativo –ese enunciado que por su propia enunciación es un acto con consecuencias materiales en la realidad– requiere de una serie de condiciones institucionales y sociales para poder afectar algo.

Pero no hay tal cosa. Desde ya: éste es un país que conserva nichos ecológicos trogloditas, como cualquiera. Y ésta es una ciudad llena de reaccionarios, como todas. Y tenemos una clase media con una historia complicada, etcétera. Pero hoy –en el futuro nunca se sabe, pero el hombre habla hoy– hay un umbral que ya se cruzó, un piso mínimo del cual la buena sociedad, como tal, no se va a bajar, por más mano dura que reclame para los delincuentes juveniles. Para los descastados y lúmpenes, entendámonos. Pero ¿para los rockeros con arito que van a las buenas escuelas porteñas, públicas o privadas? Hay que estar muy despistado para creer que incluso las mamás de algún colegio inglés de Barrio Norte van a tolerar el arrasamiento del inveterado sarmientismo de la middle-class metropolitana. No, con la educación de los pibes no se juega, che. Y entonces ¿el pobre tipo qué va a hacer? Supongamos –podría suceder– que en reacción a sus palabras las maestras declaran una huelga. ¿Va a mandar reprimir violentamente –como tendría que hacerlo, si es consecuente con su performance verbal– a las proverbiales segundas madres?

Puede ser, el primer día. Y hasta el segundo. El tercero se tiene que ir, en helicóptero, en bicicleta –por las nuevas bicisendas que hizo su jefe–, o en cuatro patas para pasar lo más inadvertido posible. ¿Entonces por qué no ahorramos tiempo, Mauri? Pero, uno sabe por qué: porque, mientras tanto, hay que darles aire a los grandes media para ver si con toda la manija que le están dando al asunto logran que alguien se crea que la cosa va en serio. Que la “corrección política” (auténtica o cínica, lo mismo da) de la porteñidad –esa corrección política que es la razón por la cual votaron en pro de un jefe que llamaba a la concordia– va a ser despachada rápidamente para que con las palabras se puedan hacer cosas.

O sea: la inflación de sandeces huecas de un plumífero es un tiro por elevación que pretende fungir de amenaza de que algún día lo que se dice se haga. En todo caso habrá que ocuparse de esas operaciones, pero no de las palabras mismas. Y, seguramente, habrá que ocuparse de ver qué está pasando con la educación en la bendita CABA.

Finalmente, como decía Freud, educar es una tarea imposible, igual que gobernar: entre otras cosas, porque son tareas que tienen que suponer sujetos libres y autónomos en una sociedad que no lo es; entonces ¿por qué no nos ocupamos de eso? Y dicho sea de paso: tampoco habría que considerar apocalíptico que un escribiente inverosímil esté al frente de esa magna cartera, o suponer que el próximo 24 de marzo no se va a poder decirles a los educandos lo que corresponda. Eso sería menospreciar el hecho de que es en el duro trabajo cotidiano en la jungla de pizarra donde se juega lo que importa verdaderamente, y no en los micrófonos de una ceremonia de asunción que prontamente puede ser de deposición.

Y ahí, donde importa, los pibes, en general, están en buenas manos. Y, bueno, ya que tanto hemos hablado de palabras (huequísimas), nos permitiremos terminar con una erudita disquisición filológica. Cualquiera que –como el que esto escribe– sea un fanático de los westerns clásicos de Hollywood, sabe cuál es la palabra con que se designa a esas patrullas improvisadas de ciudadanos ávidos de sangre que el sheriff recluta para salir a linchar al malviviente: esa palabra, en inglés, es posse. Pero el plumífero de marras no da la estatura del más bien lacónico John Wayne. Y no se ve (por ahora, todo es por ahora) que haya muchos energúmenos dispuestos a montar.


Eduardo Grüner
Sociólogo, profesor de Teoría política y de Sociología del arte (UBA).