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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. Agítense, porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. Organícense, porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.

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8/6/20

EL DESASTRE PERFECTO según NAOMI KLEIN



La periodista Naomi Klein, autora de libros como «No Logo» y «La doctrina del shock», analiza en esta entrevista con Vice las especulaciones en torno a la pandemia, el rol de Estados Unidos y cómo salir de la emergencia diaria para pensar más acá de la vida: 

«Lo que un momento de crisis como este revela es la interrelación entre nosotros. En lugar de acaparar y pensar en cómo puedes cuidarte a ti mismo y a tu familia, puedes hacer un cambio y pensar en cómo compartir con tus vecinos y ayudar a las personas que son más vulnerables».

11/3/20

BIFO: "LA ERA DEL SUFRIMIENTO"




Franco Bifo Berardi combina la docencia como profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán) con la agitación cultural: creó el fanzine A/Traverso, Radio Alice —la primera emisora pirata de Italia— y la TV Orfeu, cuna de la televisión comunitaria en Italia.

En sus libros indaga cómo las tecnologías digitales están generando una mutación del ser humano y aceleran de forma tan vertiginosa el tiempo que no deja tiempo para la pausa, la escucha o la capacidad crítica ponderada. Cartografía un tejido social en el que, como en las shitstorm [una tormenta de mierda] de las redes sociales, los individuos se mueven por los estímulos de todo tipo que reciben sin tiempo para reflexionar, y donde reina el resentimiento identitario, la desertificación del pensamiento complejo y el autismo coral...

20/10/19

EL DISCURSO DE LA DERECHA





La ofensiva que lanzó el propio Mauricio Macri desde su estrado en el “debate” presidencial del domingo pasado no fue espontánea, ni menos aún vinculada a la disputa electoral coyuntural.

La partitura fue escrita hace rato, pero ha sido necesario remozarla debido al cambio dramático que introdujo Cristina Fernández cuando anunció el lanzamiento de la candidatura presidencial de Alberto Fernández.

La partitura sostiene que el kirchnerismo es autoritario, antirrepublicano, peligroso para la libertad y la propiedad y filo-chavista. Y chorro, para la gente menos ideologizada...

12/6/19

"SE ROBARON TODO" Y OTROS MITOS INVENTADOS



    “El gobierno de Macri convirtió el cinismo en una forma de gestión”.
    • La política comunicacional de Cambiemos, dice el sociólogo Saúl Feldman, capturó el sentido común para imponer un nuevo sistema de valores.
    “Hay que oponerle una emocionalidad distinta, anclada en lo colectivo.”

29/3/18

EL "HOMBRE" ES UN ERROR DEL SISTEMA






La desaparición de personas, lejos de constituir un fenómeno excepcional de una etapa o de un determinado contexto sociopolítico e histórico, es la consecuencia extrema de una lógica inherente al desarrollo del capitalismo.

Sobran las pruebas históricas, también “desaparecidas” de las historias oficiales con las que se fundamentan las existencias de las organizaciones sociales y políticas denominadas “estados nacionales” y sobre cuyas bases ahora se erige la construcción de las organizaciones supranacionales y regionales como la Unión Europea, el Mercosur, el Nafta y demás decenas de Alianzas –fundamentalmente comerciales– que configuran hoy el mapa político del globo.

La comprensión de este concepto es necesaria para no tomar el caso de la desaparición de personas en el período de la última dictadura militar como un episodio “aislado” y un fenómeno estructurado por el estado “de excepción” que todo “asalto” del poder supone, en cualquiera de sus formas.

Los valores del capitalismo, aquellos que incluso se consagran en las constituciones de muchos estados nacionales que rigen la organización social y la denominada “libertad del individuo”, sobre todo las leyes consagradas a la propiedad privada y al libre comercio, son las máscaras de proa con las que, esencialmente, se protege la libertad para hacer negocios y acumular capital, lo cual incluye, implícitamente, que en las reglamentaciones prácticas de las leyes se considere la existencia misma del hombre como un error del sistema a eliminar.

No está escrito en ninguna parte, claro está, pero sí en el extremo lógico con el que se despliega esta contradicción se da la paradoja de que, si el hombre mismo se hace obstáculo para la prosecución del proceso de producción y acumulación de capital, es decir, la efectuación de la plusvalía, entonces esa es la libertad individual que puede no ser respetada. Es el verdadero estado de excepción que se contempla de fondo, sin que esto se encuentre más que en el espíritu de las leyes del capitalismo ultraliberal.

No podría dictarse ni consagrarse en ninguna constitución semejante legalidad. Pero es real: el hombre, efectivamente, es un error del sistema. 

 Y si el sistema se basa en la tendencia a la eficiencia, la productividad y competitividad en la carrera por la plusvalía, léase explotación del trabajo hecho por el hombre, entonces ese error tiende a ser inadmisible. De ahí que el desarrollo del sector de Recursos Humanos dentro de las corporaciones haya tenido tal impulso en los últimos 30 años. Pero, por más que se intenten todas las “afinaciones” posibles para lograr la adaptación obediente del ser humano, no hay caso. Lo que retorna una y otra vez, como falla del sistema, es lo que Freud detectó hace ya más de cien años en el síntoma. Retorna un cuerpo que nada tiene que ver con la operatividad del sistema, ni en cuanto al tiempo ni en cuanto al espacio en el que ese cuerpo “freudiano” habita. Retornan los vestigios del cuerpo del deseo, el amor y el goce, encadenados para situar en el inconsciente un “fuera de tiempo” y del espacio de la productividad. El síntoma, más o menos “estallado”, es la revelación de que hay algo incoercible que remite, una y otra vez, a tal falla del sistema, la “grieta por donde ese cuerpo desaparecido puede ser recuperado”.

Por lo tanto, Freud se instituye, con su método, como un recuperador de “cuerpos desaparecidos”, que se niegan a quedar enterrados para siempre en el silencio, asumidos definitivamente como “errores del sistema”.

Precisamente, el sistema pudo ir desarrollando formas más o menos sutiles de “desaparecer” los cuerpos. Por supuesto, no hablamos del cuerpo de la organicidad pura, que se explica por sistemas de órganos que se autocompensan, de cuyo funcionamiento correcto depende la prosecución de la “vida”. Freud descubrió –como lo “sabían” sus pacientes–, que en ese discurso no se hablaba de “vida”, de lo que resultaba, o no, ser “una vida”. Los pacientes, sobre todo las pacientes histéricas, daban cuenta de lo que para ellos “no era vida”.

La vida desaparecida

El psicoanálisis nace para, entre otras cosas, y sin proponérselo, dar cuenta de la extensión de lo desaparecido en el paisaje de la realidad capitalista, que, desde aquel tiempo hasta hoy, ha pasado a ser el paisaje global.

Los pacientes hablan de “lo desaparecido”, aun sin explicitarlo. Con mi colega y amigo Cristian Rodríguez, hemos escrito un libro (1) que sitúa el modo en que tanto Auschwitz como Hiroshima son los paradigmas del estado de excepción permanente en el que vive amenazada la existencia (no ya como abstracción, sino en cuanto a lo que se refiere a vestigio, a traza presente, en cada uno de los individuos contemporáneos: de humanidad) se manifiesta en estos fenómenos ubicados abiertamente en el extremo del desarrollo lógico e inercial del sistema que coloca a la existencia humana como falla, como error a eliminar. Auschwitz e Hiroshima fueron “correcciones” en masa. Un “refresh” del sistema.

Nadie que, en estado de gracia, enamorado, viviendo plenamente una vida que no está por completo ausente del deseo y del goce, puede pensar que se puede abocar al paradigma de la productividad medida en los términos de la guerra competitiva por el sinsentido de la acumulación, como se acumula basura. El “reciclado” es una de las caras actuales con las que recobra fuerza el valor de la productividad y la eficiencia, rostro más amable, de apariencia sensible incluso. Se recicla la basura, se protege la “naturaleza”, así como también se reciclan los cuerpos, y se reutilizan en una suerte de obsesión por evitar el paso de los años, por evitar, de forma alienada, quedar afuera del circuito de la utilidad.

Pacientes que “confiesan” que sienten que, para interactuar con otros, estando, como se ve dentro del paisaje urbano de todos los días, cada uno “en la suya” (con sus celulares, con sus “máquinas de enchufar”) tienen que “molestar”, cuando nadie quiere molestarse ni molestar a nadie, sobre todo porque nadie quiere ser molestado. Sin saberlo, el paciente nos brinda un rasgo del deseo, que “molesta”, incomoda, nos interfiere la inercia del movimiento rumbo a la asunción del “error”, rumbo al destino de desaparición. Son los pacientes quienes hablan de cómo se sienten “desaparecidos” para los otros.

El deseo, y el cuerpo deseante, está cada vez más borrado, aunque pudiera parecer exactamente lo contrario, en la profusión de las imágenes que supuestamente manifiestan la liberación de los deseos y el fin de las inhibiciones: eso pasa a ser casi una obligación, una nueva moral del deber “vivir la vida”. Como complemento reforzante, la maquinaria de publicidad y propaganda nos dice, a todos, qué significa y qué es “vivir la vida”. Son las formas sutiles del exterminio que mencionaba al principio, la realización de esa amenaza de fondo que constituye el estado de excepción permanente de la vida contemporánea.

¿Cómo explicarle a ese individuo, afectado de inconsciente, que de por sí, ese es el punto de partida, y no el final? ¿Cómo explicarle que, de entrada, se confronta a una libertad que, al fin y al cabo, jamás es la suya? ¿Qué sería en realidad, entonces, la construcción de una sociedad de individuos libres, realmente? Lacan se mofaba de esas declaraciones de Libertad que no contabilizan que la libertad, más que la de ser explotados, es la de asumirse como error del sistema, por lo tanto, la libertad de ser eliminado como tal.

Los pacientes hablan de su malestar, de lo exigidos que andan por la vida, como si en verdad no fuera o no la sintiesen “suya”. Esa alienación la viven como la exigencia de algo que, moralmente, los tortura –hablo en general, no en particular, una suerte de inferencia o de estado del sujeto contemporáneo, perteneciente a las clases medias, o medio altas urbanas– y que los lleva a pensar que, por esa tortura, se ganan el derecho a salvarse. ¿De qué? Pues precisamente, de desaparecer. ¡Al contrario! Por suerte existen los síntomas, y el psicoanálisis, como un dispositivo de recuperación de cuerpos, los cuerpos en los que se aloja y se vive “una vida”.

La tortura que mencionábamos, esa tortura moral que, a su vez, muchas veces estalla a nivel de esos órganos de la medicina más conservadora y tradicional, y se manifiesta como una especie de descompensación, o desregulación catastrófica inexplicable, son fenómenos OVNI (2).

¿No es acaso esta la prueba del estado de excepción, de ese punto sin ley en el que el sujeto se encuentra a merced de un goce mortífero para el que no le encuentra la vuelta civilizatoria? ¿No es allí donde reina el estado de excepción adónde van a parar los cuerpos desaparecidos, los detritos del sistema, que nada quieren saber del amor, del goce y del deseo, anudados en los cuerpos que detienen, enlentecen y hasta interrumpen la línea de montaje capitalista, sea cual fuere la forma que adopta en cada época, más moderna, menos moderna?

En el tema de la inseguridad que a muchos pacientes se les escucha decir, como “el karma de sus vidas”, se escucha el murmullo creciente y cada vez más claro, a medida de que progresa un análisis, que –lejos de tratarse de la autoestima o de la dificultad para saber “imponerse” y otras yerbas o modulaciones del decir “no”, tan de moda– donde se pone en claro que la inseguridad viene de esa pregunta del sujeto, de si el Otro, ese Otro que me devuelve el eco de mi propia voz muda, la voz muda de la pulsión de muerte, es finalmente humano. Eso es lo inquietante con lo que es difícil confrontar.




La extensión de lo desaparecido
José Luis Juresa: Psicoanalista. Miembro de EPC (Espacio psicoanalítico Contemporáneo).






1 “Auschwitz con Hiroshima: Sobre el resplandor en la línea de montaje”. José Luis Juresa-Cristian Rodríguez. Ed. Eduvim. 2017

2 “El OVNI psicoanalítico”. Texto inédito. José Luis Juresa-Cristian Rodríguez.




20/11/17

Capitalismo, Extractivismo y Esclavitud en el XXI





La era del “capitalismo irónico”

    “Vamos a tener que movilizarnos porque este sistema se está pudriendo”. Saskia Sassen, quien habla, es la reconocida pensadora holandesa que viene denunciando desde hace décadas la brutalidad de este “capitalismo irónico”. “Las ciudades expanden más y más el espacio de elite y las historias que se dan en los vecindarios pobres se vuelven invisibles. Antes era más mezclado todo, entonces se podía ver. Es realmente un momento difícil y problemático, no es la primera vez en la historia”, denunció, de paso por Buenos Aires, donde participó de las XII Jornadas de Sociología “Recorridos de una (in)disciplina. La Sociología a sesenta años de la fundación de la Carrera”, realizadas del en la Facultad de Sociales de la Universidad de Buenos Aires.



–¿Vivió muchos años en Argentina?

–Mi primer año de primaria lo hice en Córdoba. Luego fui a Buenos Aires. Fui a una escuelita de campo, me encanta esa imagen, en un barrio chiquito, Pilar de Córdoba. Nosotros vivíamos en un lugar sin construcciones. Mis padres vieron una construcción de un arquitecto de un modernismo extremo, todo blanco en un campo enorme, vacío. Se enamoraron de eso. Era una fantasía holandesa que nos le duró más de 4 años.

–¿Qué hicieron ahí?

–Ese mismo arquitecto construyó una fábrica para hacer papel, celulosa. Ellos la compraron, mi padre y un buen amigo que también venía de Holanda. No sabían cómo manejar la fábrica, trataron de vender papel, eran los dos escritores, fue un desastre, quedaron arruinados. Entonces fueron a Buenos Aires y mi papá hizo mucho teatro. Fue una aventura. Cuando fuimos a Buenos Aires fue otra modalidad. Hizo mucho periodismo.

–¿Y su mamá?

–Mi mamá quiso dejar a mi padre creo que dos años después de lo de Córdoba. Y la ley no permitía que la mujer dejara, que la madre se llevara a sus dos hijas. Si no, se hubiera ido.

–¿Cuánto estuvieron acá?

–Catorce años. Llegué a los dos y me fui a los dieciséis. Y yo no dije mi primera palabra hasta que tenía dos años… después no dejé de hablar (risas). Vinimos en un barco. Entonces mi primera palabra fue luna, porque veíamos estas lunas increíbles en el océano.

–Y cuando vuelve a la Argentina ¿qué siente, cómo la ve?

–La primera vez que volví me causó impresión porque estaba el régimen militar. Me acuerdo caminando en el centro, ver que estaban con sus armas. Pero la primera vez que me invitaron, no sabían que yo había vivido acá. Entonces, me empezaron a hablar en inglés y yo les contesté en este castellano con acento argentino y se quedaron: “¡habla argentino!”

–Ahora vino por los 60 años de la carrera de Sociología de la UBA. ¿Cómo ve la Sociología hoy y hacia donde debería ir?

–En realidad, cuando empecé a ir a la universidad desarrollé mi propio proyecto. Creí que quería hacer sociología y después de un año me dije tengo que mezclar esto con economía. Entonces yo hice mi propia trayectoria y mi primer libro, que era mi disertación doctoral, fue rechazado por doce publicadores. Era como una mezcla de sociología, economía, historia. Entonces eso me fue indicando que no soy una típica socióloga pero hay un cierto tipo de sociología que encuentro muy importante. El desarrollo de nuevas categorías de análisis, la noción de “descubrir”, en vez de simplemente “replicar”. Yo siempre estoy en el descubrir y para eso hay que poner un pie fuera del paradigma y ahí empiezan los problemas porque el paradigma no lo acepta. Entonces mi lugar es fuzzy edge, borde borroso, no está claro. Ahora siempre digo, yo puedo hacer lo que hago, porque existe un paradigma. Entonces yo estoy muy agradecida a todos los científicos sociales que siguen agregando estudios, todas las replicaciones. Ahora estoy escribiendo un pequeño libro que llamo Antes del método. Yo digo que mi espacio como intelectual y científica social es antes de entrar dentro de la cuestión metodología que disciplina, que corta la cabeza si no lo hacés así o así. Yo no hablo ningún idioma perfectamente. El único que hablo mejor es el argentino, pero incluso ahí me faltan palabras. Yo crecí en seis idiomas y no hablo ninguno perfecto, pero los capto.

–Esa era otra de mis preguntas, ¿cómo influyó en su enfoque el hecho de haber vivido en muchos países?

–Veo cosas que caen “entre”, entonces, eso me ha dado mucha energía. Tengo 70 años.

–Usted cuestiona las palabras, las categorías…

–Desestabilizar significados. Cuando un significado se vuelve estable, es momento de hacer una indagación. Yo digo hoy “la economía”, “las clases medias” son significados muy cambiados de lo que fueron después de la Segunda Guerra Mundial hasta los 80. ¿Qué significa hoy hablar del Estado? Esa es un poco la modalidad.

–A pesar de los avances tecnológicos, ¿podemos decir que hoy la vida es más cruel para las personas?

–Para la mayoría de personas. El número de personas que trabajan en modalidades contemporáneas de esclavitud ha crecido enormemente y hay falta de vergüenza. Hay empleadores que no lo ven como un problema en ciertos países en Asia, Indonesia, Tailandia, Filipinas, lugares muy duros. Hay una especie de brutalización. Estamos en una época que llamo capitalismo irónico. Porque lo que dominaba desde principios de 1900 era el consumo de masas. Pero llega a su momento más expandido después de la Segunda Guerra Mundial en muchos países (Rusia y China son otra cosa). Cuando dominaban los gobiernos y las corporaciones les interesaba gastar el dinero en las clases medias y las trabajadoras. Los sindicatos lograban mejores condiciones para los trabajadores, a los hijos de la clase media les iba mejor generación tras generación. Eso es lo que se quiebra cuando empieza esta fase en particular de la globalización, que está basada en la desregulación de la economía, la privatización y la financialización. Todo eso operando en un espacio global que se va construyendo con grandes ventajas para las grandes empresas. En Argentina antes teníamos producción de autos, de heladeras. Eso se va reemplazando con importaciones de los americanos, de los japoneses, de los alemanes. Entonces algo muy básico cambió. El orden visual no cambia tanto pero las lógicas económicas sí. Lo que vemos emerger es una especie de capitalismo que extrae. Pensemos en Google. Una vez que tuvo la plataforma, admirable, ¿pero cómo hicieron su primer billón? Tomando datos sobre todos nosotros a cero costo y vendiéndolo a alto costo a empresas. Facebook publica cosas que no son verdaderas y no pasa nada. Pensemos en algo mal hecho por una empresa de autos, de muebles… entonces hay una especie de falta de control.

–Con internet se potenció…

–Absolutamente. Para mí un ejemplo muy importante es que vamos de la banca tradicional, que vende dinero a un precio, a algo que son las altas finanzas, que financializan todo. Pueden extraer valor mismo de una condición negativa. Por ejemplo, la deuda de los estudiantes de universidades en Estados Unidos es más de un trillón de dólares. El sistema financiero logró pasar una ley que hace que sea una deuda que nunca se va a cancelar. Ahora el sistema financiero, con un trillón, en una cierta temporalidad, imaginemos todo lo que puede lograr. La banca tradicional no sabe qué hacer con eso, la banca tradicional vende dinero; la financiera es capaz de financiar a su ventaja y la desventaja de los estudiantes. Mientras tanto, el sistema financiero puede usar ese trillón. Cuando la banca tradicional dice tenemos 20 millones, los tienen; las finanzas no. Entonces es algo extractivo. Las ganancias que ha generado Facebook, con muy pocas responsabilidades, y muchas facilidades… son sectores extractivos.

–¿Cómo impactan en esta lógica los atentados?

–Hace como 15 años que vengo trabajando en esto. Una de las nociones es que esta es una guerra asimétrica. No hay dos grandes potencias que se encuentran, eso tiene muchas implicaciones. Una que he trabajado bastante pero no se habla de eso, para nada. Cuando tenemos dos grandes potencias que van a la guerra, pueden decidir, en algún momento decir “basta, se acabó la guerra”. Las dos grandes guerras mundiales duraron cinco años cada cual. Hoy esa opción no existe, porque son otras modalidades. Y en ese punto el espacio urbano se vuelve estratégico.

–¿Lo lee también como respuesta a esta lógica de extracción?

–No sé. Lo que yo creo es que esto ha estado bajo construcción como una opción por varias décadas. Cuando cambian nuestras economías, para mí los años 80 son muy importantes en ese sentido. En Occidente, ampliamente entendido, incluye países de Asia, Africa, Latinoamérica, Europa… algo se quiebra. Hago este análisis en el libro Expulsiones (Brutalidad y complejidad en la economía global). No es simplemente una cuestión de una creciente desigualdad, es cierto que estas desigualdades cruzan una especie de borde invisible, sistémico, y una vez que se está del otro lado: número uno, se vuelven invisibles; número dos, lo saben, no cuentan. De ahí surgen algunos elementos. Pero hay otras condiciones que también están en juego, una vuelta a cuestiones religiosas, que también pertenece a esta modalidad que estamos viviendo porque antes había más secularismo. No quiero mezclar esta cuestión de la religión con ser violento, pero creo que quizás el ejemplo más simple es (Donald) Trump. Trump no cae del cielo, es resultado de 20 años de una degradación del sistema político. Indiferencia a las políticas… (Bill) Clinton fue un desastre para la clase media negra, trabajadores modestos de clase media y de trabajo manual… no le importó. Demasiada indiferencia hacia toda una serie de grupos…

–¿Y como ve Latinoamérica, que en los últimos años hay una vuelta a un neoliberalismo parecido al de los 90 después de gobiernos que iban en otro sentido?

–Lo que no se ha hablado es del 30 o 40 por ciento que se ha enriquecido. El 1 por ciento más rico siempre existió, pero es distinto ahora cuando el 30 o 40 que son tan ricos que se compran tres casas, las destruyen y se generan una mansión. Eso deja una marca en el espacio urbano y va expulsando a clases trabajadoras y clases medias modestas. Si solamente hay un 1 por ciento (de ricos), es una cuestión que una ciudad puede manejar. Pero el 30 o 40 por ciento es otra cosa. Número uno, recordemos que todas nuestras ciudades eran pobres en la década del 80. Nueva York, Londres, Tokio estaban en bancarrota, París estaba destruida financieramente. Porque el sistema económico estaba en construir suburbios, en construir infraestructuras nacionales; era manufactura, grandes centros comerciales, era “hecho en América”, “hecho en Alemania”… Lo que empieza a cambiar es una especie de espacio operacional que se instala en estas ciudades, y empuja fuera a más gente. Es un espacio con mucha riqueza. Eso realmente es mucho más que el 1 por ciento. Porque eso remarca la vida de tanta gente y ahí empieza también la resistencia de los fanáticos contra la inmigración, fuera con los ricos, fuera con las corporaciones, la extrema derecha. Trump sale de eso. Él mismo ahora está ahí, tiene un gabinete lleno de millonarios.

–¿Cuál es la salida a todo esto?

–Cuando Clinton cambia la ley que había existido durante tanto tiempo, que separaba la banca tradicional de estas nuevas maneras de las finanzas, eso también pasa en Inglaterra, en Paris… ese desregular de una regulación que había sido muy marcada contribuyó enormemente a esta nueva modalidad extractiva. Están las altas finanzas que han ganado ahora incluso más dinero con Trump. Ahora han pasado leyes que permiten a nuestros ahorros trabajarlos finacieramente, siguen sacando, siguen sacando. Todas las pensiones de trabajadores, por ejemplo, están en bancarrota, no existe el dinero. Es una violación de leyes básicas. Y hablando de Estados Unidos hay una serie de presidentes, (Barack) Obama, Clinton fue un desastre, lanzó la cosa, en la época de Clinton los poderes avanzan más y más y él facilita todo.

–¿Y cómo salimos?

–Número uno, un elemento importante es reconocer que nos han robado. Sí, trabajador de mina, te han robado tu jubilación, te hacen pagar más y más para todo, te han robado tu vivienda modesta. Pero todo vestido con una elegancia, una complejidad, algoritmos. ¿Cómo logramos reterritorializar un poco nuestras necesidades? ¿Cómo activamos? Tenemos que saber quién existe en nuestra comunidad. Hay gente que tal vez pueden ser inmigrantes ilegales pero hay un doctor, uno que sabe de ingeniería, no es simplemente el trabajo que tienen ahora. Entonces la pregunta retórica que me hago es ¿necesitamos realmente una multinacional para tener una taza de café? En Italia, Starbucks está eliminando las casas de café de familias. Está todo en mano de corporaciones. Vender flores, que solía ser un espacio donde había conocimiento, en general era de familias…, ahora son todas franquicias. Las franquicias significan que no solo están sacando parte de la capacidad de consumo de un vecindario, sino que también están vaciando el nivel de conocimiento. Entonces qué podemos relocalizar. Segunda cosa, tenemos que empezar a trabajar muy seriamente en nuestro sistema político. Tenemos que tener un cierto nivel de expertise entre nuestros legisladores. Tenemos una gran mayoría de legisladores que son de una ignorancia… Lo que ellos dicen es “son demasiado complicadas las finanzas, los sistema de seguros, eso se lo dejamos a los expertos”. Y los expertos son los que manejan esos sectores. Eso hay que cambiarlo. Si uno es elegido pero no tiene ese conocimiento entonces encuentra a uno que le tiene confianza, que viene de afuera del sector, que lo puede ayudar. Pero creo que los ciudadanos tenemos que empezar a pensar de esa manera. Y ahí los facebooks y los google nos pueden ayudar, de esa manera. Vamos a tener que movilizarnos porque este sistema se está pudriendo. Las ciudades expanden más y más el espacio de elite y las historias que se dan en los vecindarios pobres se vuelven invisibles. Antes era más mezclado todo, entonces se podía ver. Entonces, yo creo que es realmente un momento difícil y problemático, no es la primera vez en la historia. Por eso digo empezar por un esfuerzo de relocalizar. Eso no te resuelve el problema básico pero es un primer paso. En mi libro Territorio, autoridad y derechos lo que yo me pregunto es ¿cómo cambian los sistemas complejos? Y no cambian cambiando todo, cambian a menudo llevándose capacidades de cierta formación, a otro lugar. Entonces cuando digo relocalizar, no digo que no tomemos más café porque está en las manos de Starbucks, no, pero lo hacemos nosotros (al café). Empezar a pensar qué pequeños inicios pueden movilizar gente, movilizar capacidades, llegar a descubrimientos. Ahora eso no resuelve el problema central que es un abuso extraordinario de la ley, del poder. Si tienen poder, abusan del poder, abusan de la ley.

–¿Cómo se expresa la crueldad? ¿La sufren más las mujeres, ciertos colectivos?

–La crueldad ha sido parte de todos los ciclos históricos. Pero aquí parte del shock es que había una esperanza de que los sistemas avanzan, conocemos más y más, que vamos a poder remediar algunas situaciones, y al contrario, estamos cayendo en negativo. Por eso esta cuestión de la ética en la ciudad. Se tiene que poder negociar. El punto para mí es en qué punto ese negativo, esa desigualdad, se vuelve profundamente injusta y no necesaria. Ahora en este momento se ven retornos de modalidades terribles. Lo que está pasando en India, una chica de cinco años la violaron varios hombres, o esa mujer que la violaron en grupo en un autobús y la mataron al final. Eso va más allá de esas personas. Si hay algo nuevo es que la injusticia ha ido aumentando. La indiferencia de los ricos, que ni siquiera tienen vergüenza, la superexplotación de los trabajadores, el crecimiento del hambre, el hecho que los agricultores han sido echados de su tierra. Estamos en un exceso de una indiferencia total a todo, al medioambiente, a las mujeres, a los niños… y una falta de vergüenza total. Siempre hubo gente muy rica pero solían ser un poco modestos.

Algo cambió. La crueldad, la desigualdad, han ido aumentando tanto, han tocado tantas comunidades. Hay toda una serie de víctimas. Es como un veneno, no solo en el agua, en el aire y en la tierra…






Saskia Sassen




12/1/14

MORIR EN LA MOTO




Cada día, 7 motociclistas mueren en la Argentina por siniestros viales –según las últimas cifras disponibles, las del año pasado–, hasta totalizar 2.555 muertes.





En los últimos seis años, la proporción de motociclistas lesionados en calles y rutas subió desde el 26 hasta el 36 por ciento, por sobre los automovilistas, ciclistas y peatones. Este vertiginoso aumento coincide con el incremento en la cantidad de motos, al ritmo de un 22 por ciento cada año. La Asociación de Neurocirugía manifestó su alarma y advirtió sobre las “severas secuelas” que dejan estas tragedias en los que logran sobrevivir. La mayoría de los afectados son jóvenes de 19 a 26 años. Un factor principalísimo es la falta de uso de casco, que multiplica por ocho el riesgo de lesión y muerte: su utilización no se cumple plenamente en ninguna jurisdicción del país, y desciende por debajo del 30 por ciento en el centro y norte, donde está más extendido el uso de motocicletas y donde mayor es la proporción de siniestros. Otro factor importante es la sobrecarga o exceso de tripulantes en la motocicleta: más de uno, reduce la maniobrabilidad; más de dos, no debería haber nunca. Una entidad dedicada a la seguridad vial también pide “estudiar el aumento de la edad mínima para conducir motocicletas”, que actualmente es de 17 años.

“Los accidentes relacionados con motos son en este momento el problema más grave de la seguridad vial en la Argentina –afirmó Alberto Silveira, titular de la entidad Luchemos por la Vida–. Cada vez crece más la cantidad de muertos en motos: hoy llegan al 34 por ciento del total de víctimas fatales en siniestros viales, que fue de 7.485 personas el año pasado: esto hace unos 2.555 muertos en tragedias con motos: fundamentalmente son jóvenes menores de 25 años, varones, que no usaban casco.”

Silveira subrayó que “el golpe en la cabeza es la causa más común de muerte en estos accidentes, y usando casco el riesgo es 7 veces menor”. La investigación “Uso del casco en la ciudad de Buenos Aires y alrededores”, que Luchemos por la Vida efectuó el año pasado sobre un total de 713 motocicletas y ciclomotores, arrojó, “en los alrededores de la ciudad de Buenos Aires, una utilización de sólo el 38 por ciento”. En la ciudad de Buenos Aires, en cambio, el casco se utilizó en el 82 por ciento de los casos observados, aunque en el seis por ciento se registró “casco inadecuado” (por ejemplo, de albañil) o “mal uso del casco”, por ejemplo, llevarlo desabrochado.

“Lo que hace la diferencia es que se apliquen o no sanciones –advirtió Silveira–. Aun en los países más avanzados en materia de conciencia vial, se estableció que el 65 por ciento de la población sólo modifica conductas de riesgo cuando existe perspectiva cierta de sanción. Si uno habla con los motociclistas, la gran mayoría acuerda en que el casco otorga una protección importante pero, cuando uno les pregunta por qué no lo usan, escucha las respuestas más frívolas, como ‘me gusta sentir el aire en la cara’ o ‘me despeina’ o ‘hace mucho que ando en moto y nunca me pasó nada’. Es lo mismo que pasa con el cinturón de seguridad o el consumo de alcohol.”

El control del uso del casco es responsabilidad de cada municipio, y hay diferencias notables entre las distintas regiones del país. El trabajo “Variaciones espaciales en el patentamiento y la mortalidad de usuarios de motocicletas por lesiones de tránsito en Argentina”, de Carlos Marcelo Leveau –becario de investigación en el Instituto Nacional de Epidemiología Juan H. Jara–, fue publicado en diciembre pasado en la revista Salud Colectiva, editado por la Universidad de Lanús. La investigación registró “dos conglomerados de alto riesgo de mortalidad en usuarios de motocicletas”. El primero de ellos se localiza “en el centro-norte del país”, desde Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y Mendoza hacia el Norte. El segundo, “en gran parte de La Pampa, sudoeste de Buenos Aires, mitad Este de Río Negro y el departamento de Confluencia, Neuquén”. En ambos conglomerados se dio “el mayor aumento en las ventas de motos”; sin embargo, donde “la mortalidad de usuarios de motocicletas mostró un aumento significativo” fue en especial “en el centro-norte”; y el trabajo anota que “las provincias de Chaco, Entre Ríos, Jujuy, La Pampa, Salta y Santiago del Estero, pertenecientes a esta región, tienen la mayor proporción de usuarios que manifestaron nunca haber usado casco”.

Leveau hace también otra observación: “Los usuarios de motocicletas que se incorporaron en los últimos años pertenecen en muchos casos a grupos sociales y a barrios más vulnerables por su nivel socioeconómico. Recientemente, en epidemiología, se empezó a tomar muy en cuenta las características del contexto: dónde sucede el siniestro, en qué barrio vive el accidentado o a qué grupo social pertenece: una persona muere por circunstancias individuales, pero también por las condiciones del área en la que vive”. El artículo de Leveau concluye en “la necesidad de formular políticas de prevención diferenciales para las zonas más afectadas” y pone sobre el tapete otra posible medida de prevención: “La venta obligatoria de motocicletas junto con el casco, como se implementó recientemente en Colombia”.

Ciertamente, el incremento de siniestros con motos corresponde al ascenso en las ventas de estos vehículos. Según datos de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, dependiente del Ministerio del Interior y Transporte, “el parque de motos creció 126,68 por ciento entre 2008 y 2013”, período en el cual “la participación de motos en siniestros viales aumentó el 110 por ciento”.

El estudio “Las dos caras de un boom”, realizado por Hernán de Jorge y publicado en la revista Crash Test, del Cesvi (Centro de Educación y Seguridad Vial), tomó “una muestra de 1.500 motocicletas en 5 lugares diferentes: ciudad de Buenos Aires, Pilar, Luján, Open Door y Campana”; en promedio, de los conductores, “el 56 por ciento no usaba casco”. Y “sobre los acompañantes, el dato es aún más desalentador: el 84 por ciento no utilizaba casco”.

La presencia indebida de acompañantes es otro factor de riesgo: “La ley de tránsito nacional establece que los ciclomotores sólo pueden transportar un acompañante o carga de hasta 40 kilogramos”, y las motocicletas “un acompañante o carga de hasta 100 kilos”, ya que “los frenos se ven afectados al exceder la capacidad de carga” y “se compromete la dinámica al doblar o maniobrar”. Sin embargo, por ejemplo, “en Luján, más del 3 por ciento de las motos desplazaban 3 personas y vimos tres motos con 4 personas a bordo: una locura”, advierte el trabajo en Crash Test. Además, en el conjunto de los municipios relevados por el Cesvi, “el 33 por ciento de las motocicletas no llevaban la chapa patente”, lo cual “hace imposible identificarlas cuando realizan una infracción”.

El Cesvi requiere también que “los conductores de ciclomotores tengan carnet de conducir habilitante”. Leonardo Di Pierro, subgerente de seguridad vial del Cesvi, explicó que “actualmente cualquier mayor de 16 años puede conducir ciclomotores pero la velocidad que alcanzan, de hasta 50 kilómetros por hora, es elevada para un vehículo con ruedas tan finitas”. El Cesvi también pide “estudiar el aumento de la edad mínima para conducir motocicletas, que actualmente es de 17 años con autorización de los padres”; “mejorar la visibilidad del vehículo y sus ocupantes mediante bandas y chalecos reflectivos”; y “capacitar a los conductores de autos y colectivos, no sólo por si en algún momento conducen motocicletas, sino para que conozcan la vulnerabilidad de las motocicletas y de sus ocupantes”. El representante del Cesvi señaló que “los conductores de autos deberían estar atentos a que la motocicleta es un actor más del tránsito, que hay que respetar. Y, por su parte, muchos motociclistas hacen maniobras riesgosas como circular en zigzag entre los vehículos”.

Di Pierro comentó también que “en las motos más baratas, las que más se venden, de 150 centímetros cúbicos de cilindrada, los frenos suelen no ser de la mejor calidad y la distancia de frenado es mayor que la ofrecida por los frenos de los autos. Además, suele suceder que el usuario le dé a su moto un mantenimiento menos frecuente que el del auto”.

Una investigación del Cesvi estableció que la participación de lesionados en moto, sobre el total de accidentados en siniestros de tránsito, pasó del 26 por ciento en 2006 al 36,2 en 2012; para los acompañantes de moto, subió del 5,6 en 2006 al 9,1 por ciento en 2012. Si se considera sólo a los jóvenes de 17 a 25 años, entre 2006 y 2012 la proporción de heridos en moto, sobre el total de lesionados en siniestros viales, subió del 42,2 por ciento al 52,5 para los conductores, y del 9,7 por ciento al 14,5 para los acompañantes.
Elija a su intendente

“Este año, Florencio Randazzo, ministro del Interior y Transporte, lanzará un plan nacional de seguridad vial para motociclistas, que incluirá mayores requisitos para obtener la licencia de conducir –anunció Felipe Rodríguez Laguens, titular de la Agencia Nacional de Seguridad Vial–: hay que erradicar el mito de que, por saber andar en bicicleta, uno puede conducir una moto. Se estimulará a los municipios, que otorgan las licencias de conducir, para que utilicen pistas especiales de evaluación, como la que hay por ejemplo en San Juan. Hay que tomar en cuenta que, en los últimos años, la cantidad de motocicletas creció a una tasa de entre el 20 y el 22 por ciento anual, contra un 4,8 por ciento al año para los demás vehículos. Hay patentadas ya 5.500.000 motos en todo el país, especialmente en las provincias de clima cálido; en Santiago del Estero, hay ya más motos que automotores.

En este marco, “los datos de 2013, todavía provisorios, asignan a los eventos con motos el 32 por ciento de las víctimas fatales en siniestros viales; en 2009, no superaban el 18,5 por ciento”, precisó Rodríguez Laguens.

El funcionario también señaló que “en rutas y autopistas, donde existe control y los conductores lo perciben, el uso de casco llega al 80 por ciento; en cambio, en muchas zonas urbanas, donde no se percibe control, el uso de la protección llega a caer por debajo del 30 por ciento. Este control depende de los municipios. Uno de nuestros recursos es suministrar a las municipalidades cascos, de modo que, cuando detecten a un motociclista que no lo usa, no sólo le labren la infracción, sino que le entreguen uno para que lo use desde ya”.

“Pero –continuó Rodríguez Laguens– muchos intendentes suponen erróneamente que ser estrictos en el control puede llevarlos a perder votos. Estos sucede especialmente en localidades pequeñas, con excepciones destacables como Laprida, en la provincia de Buenos Aires, donde el uso de casco llega al 90 por ciento. Procuramos trabajar estas cuestiones con los intendentes. En realidad, a la hora de votar, los ciudadanos podrían evaluar la gestión de su intendente con una sencilla herramienta: contar cuántos motociclistas usan casco: si son menos de ocho de cada diez, debieran votar a otro, porque ése no se preocupa suficientemente por prevenir víctimas fatales entre su población.










26/4/13

CÁRCELES LLENAS DE POBRES







El Gobierno Nacional envió 6 proyectos al Congreso Nacional que pretenden avanzar sobre la necesaria democratización del Poder Judicial, sin dudas, el más conservador de todos los estamentos del Estado. No se analizarán acá cada iniciativa, en Agencia Paco Urondo hay material de sobra al respecto. Sí nos parece más oportuno volver sobre una situación que ocurre hoy y seguirá ocurriendo mañana, después de enterarnos que la República no concluyó ni mucho menos.

Sin muchas vueltas: reflexionar sobre la lógica represiva que caracteriza el accionar de la Justicia en Argentina (y en tantas otras partes del mundo) y que implica el encarcelamiento en condiciones humillantes de miles de pobres. En los penales del país hay 60 mil detenidos. Están hacinados, comen y visten mal, sufren todo tipo de atropellos por parte de un sistema penitenciario sin control civil. La Justicia rara vez hace lugar a los infinitos amparos que procuran alertar sobre este diagnóstico.

De esos 60 mil detenidos, se estima que el 60% no tiene condena. Ese número fue mayor pero se redujo a partir de una reforma procesal que introdujo la figura del “juicio abreviado”. Según Horacio Verbitsky, “no mejora la situación real, pero la ´maquilla´. Es decir, en vez de tantos detenidos sin condena, hay condenados sin juicio”. ¿Qué ocurre en realidad? Muchos presos aceptan la culpabilidad (aunque no fueran responsables del delito) en una negociación perversa con el sistema. En vez de estar cuatro o cinco años detenidos sin condena, asumen “su responsabilidad” y son condenados a… tres años.

Las estadísticas dejan entrever una realidad aún peor: de ese 60% de detenidos sin condena, los informes dan cuenta de un 30% de personas que finalmente serán absueltas. Así las cosas, hoy en el país hay alrededor de 10 mil presos que son inocentes. “Diez mil personas privadas de su libertad por un delito que no han cometido es un factor profundamente disruptivo de la sociedad, del tejido social”, describió Verbitsky en la entrevista antes citada.

Se arriba a estos números espantosos porque el Poder Judicial implementa la prisión preventiva como lógica de disciplinamiento social de los sectores vulnerados. Los pobres tienen que demostrar que no son culpables, y deben hacerlo en prisión. No es casual que está lógica emerja después del desmantelamiento del Estado de Bienestar. El sociólogo francés Loïc Wacquant observó que cuando desaparece el "Estado Providencia" es reemplazado por el "Estado Penitencia".

Desde el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) advierten que “el ordenamiento jurídico argentino no autoriza, sin debido proceso y condena judicial, a privar a nadie de su libertad por su peligrosidad”. Poco se escucha decir sobre ésto a los notables defensores de la Constitución.

Las frías estadísticas esconden historias de carne y hueso. Por ejemplo, los jóvenes Luz Gómez y Diego Romero que hace más de un año están presos por un delito que no cometieron. Son dos víctimas de una maquinaria judicial profundamente autoritaria y clasista. Fueron encarcelados inmediatamente sin que existiera ningún riesgo contra la investigación. El juez y el fiscal prácticamente no escucharon a los jóvenes (los vieron una sola vez), que también señalan la desidia del abogado propuesto por el propio Estado. Por su parte, sus familiares debieron marchar al Tribunal para que se aceptara la realización de una prueba clave, que finalmente se hizo y favoreció a la pareja. Sin embargo, Luz y Diego siguen con prisión domiciliaria, sin poder trabajar y viviendo gracias a la ayuda de los seres más cercanos. Estas historias deberán ser parte de un próximo debate sobre qué implica, profundamente, democratizar el poder judicial








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22/9/12

ODIO Y DÓLAR





La DEA los puso en la mira. Con el dólar se compran casas, con el dólar se ahorra, con el dólar se viaja. Sin el maldito dólar no se puede hacer nada. Y algunos sectores de las clases media y alta sufren de su abstinencia como un cocainómano en bajón. Algo de eso tuvo el cacerolazo. Síndrome de abstinencia. La desesperación del adicto que no puede consumir, el drogón al que le sacaron el caramelo y arremete contra las paredes, trata de asesinar al enfermero, odia a los médicos que lo atienden y a los padres que lo internaron.

Seguramente fue más complejo, seguramente intervinieron muchísimos factores, pero cuando el Gobierno cerró la canilla del dólar gatilló un mecanismo asesino en esos sectores. Cada una de las medidas, desde los trámites con la AFIP por computadora que después rechazan los bancos, hasta el 15 por ciento de aumento a la tarjeta alimentó al asesino serial, al monstruo solitario que anida en la zona oscura del cerebro de un ser humano argentino, dizque civilizado.

La clase media kirchnerista o que no es antikirchnerista pudo elaborar esa abstinencia, sublimarla con un razonamiento político que va más allá de la bronca inmediata, una mirada que le permite ver por encima de las fronteras una crisis mucho peor que la falta del dólar.

En cambio para la clase media antikirchnerista, que había quedado aturdida después de las elecciones, la sequía de dólares operó como catalizador del pataleo, sumó y potenció toda la bronca. Es un estado de ánimo que reclama por los dólares, contra “los planes descansar” (la Asignación Universal por Hijo), y contra el pago de impuestos. Pero no menciona estos puntos. Prefiere hablar de la “korrupción”, de la falta de libertad o “diktadura”, del rechazo a la reforma de la Constitución, a la re-reelección.

Los reclamos que mencionan son los que se pueden discutir, pero no son los que encienden la llama del odio. El polvorín está en los temas que no mencionan y, sobre todo, o por lo menos el más extendido, el maldito dólar. O se lo menciona detrás de eufemismos como la falta de libertades (para comprar dólares) y algunas otras que equiparan mágicamente a la Argentina con Cuba y Venezuela.

Nadie se hace cargo del embole que produce en general a los sectores medios esa adicción. Más de un kirchnerista se tragó una puteada cuando viajó al Uruguay y lo estafaron con el cambio. O cuando alguna de esas medidas lo sorprendió en medio de una transacción inmobiliaria que se frustró o se encareció.

Esa es una discusión: la forma de cortar una adicción surgida en años de devaluaciones y corralitos que había convertido a la Argentina en el país con más dólares per cápita después de Estados Unidos. Y, al mismo tiempo, hacer ese corte en el marco de una inflación importante.

El peligro de esa adicción en un país con inflación son las corridas cambiarias. Y el peligro es más grande aun cuando esas corridas muchas veces son provocadas por grandes empresas exportadoras para obligar a una devaluación drástica del peso. Y más peligroso aún es si esa corrida se produce en el contexto de una crisis mundial. Con ese marco, una devaluación forzada hubiera podido llegar a provocar una crisis peor que la híper de Alfonsín.

El contexto previo al cierre de la canilla era el de miles de millones de dólares girados al exterior o llevados al colchón. Un clima intoxicado con versiones de corralitos y devaluaciones que no ocurrieron. Los mismos empleados bancarios aconsejaban retirar los depósitos. Si esa corrida no paraba, la economía difícilmente sobreviviera. O sea: los sectores de clase media que están rabiosos porque tienen pesos pero no pueden comprar dólares, ahora no tendrían esos pesos para comprarlos. La canilla de los dólares se cerró para proteger a una economía que hizo prósperos a los mismos que reaccionan furiosamente contra esas medidas.

La furia fue llamativa. El odio dio vergüenza ajena. La bronca por el dólar estaba subyacente y con mucha fuerza, pero no alcanza para explicar todo. El odio forma parte innata, constituye la amalgama de una cultura donde la supuesta superioridad social, económica o cultural, otorga licencia para matar. Es algo que tiene raíces históricas en la Argentina donde la supuesta ilustración siempre apareció enfrentada al progresismo real de las masas. O por lo menos así fue presentado por historiadores que falsearon alineamientos o ignoraron a los intelectuales que no respetaron esa regla elitista.

En la búsqueda de posibles explicaciones a tanto odio apareció una frase de Arturo Jauretche navegando por las redes: “Conquistar derechos provoca alegría, mientras perder privilegios provoca rencor”. Jauretche fue un sociólogo autodidacta, probablemente uno de los que hicieron aportes más ricos sobre la idiosincrasia de los argentinos y constituye un ejemplo de los que han sido ninguneados por las academias.

Es difícil entender el odio y más difícil aún es entender su naturalización o su minimización por parte de columnistas e intelectuales de la oposición. Fueron pocos los que tuvieron el reflejo o la valentía de señalarlo. Algunos incluso llegaron a tratar de ocultarlo. El canal TN de Clarín fijó sus cámaras desde el principio hasta el final sobre la marcha de los caceroleros, pero le quitó el sonido y no hizo entrevistas a los manifestantes. Unos días después, en un programa de ese canal se presentó un panel con supuestos caceroleros espontáneos donde todo estaba guionado. Ninguno se superpuso, como si se hubieran distribuido previamente los temas. Los periodistas disfrazaron todavía más la mentira acusando de “oficialistas” a los demás canales que difundieron entrevistas de caceroleros histéricos. Si les da vergüenza ser partícipes y beneficiarios de ese odio, más les valdría reflexionar sobre esa cuestión, en vez de operar para ocultarlo.

En los últimos treinta años hubo manifestaciones opositoras contra todos los gobiernos. En el caso de Menem, marchaban familiares de víctimas de la dictadura cuyos asesinos habían sido indultados por su gobierno y decenas de miles de desocupados que habían perdido sus trabajos por sus políticas. Tenían muchos más motivos para el odio que estos caceroleros, pero nunca en esas manifestaciones se escucharon expresiones criminales como las que se manifestaron en el cacerolazo. Nunca se le deseó la muerte a Menem ni a su familia y lo mismo con De la Rúa. Fue repugnante escuchar esas consignas y fue repugnante ver cómo algunos periodistas que se jactan de civilizados se callaron y se hicieron cómplices de esos actos miserables de exaltación de la muerte. El mismo grupo social y la misma cultura que festejaba el cáncer de Evita sesenta años atrás. A la Presidenta no se le perdona un chiste mínimo, pero a ese grupo social le está permitido convertir en consigna política la muerte del otro.

Esa fue una expresión del odio. Porque otra de las explicaciones del odio es el tono de los grandes medios encrespados por la pérdida de privilegios que implica la Ley de Servicios Audiovisuales. Se puede hacer mucha teoría sobre el tema. Y a eso se dedica la periodista Mariana Moyano. La bajeza expresada en la forma revanchista con que informaron sobre un robo en su domicilio termina por confirmar, si alguien todavía tenía dudas, que la propiedad de los medios no puede estar concentrada ni monopolizada, que es necesario que haya diversidad y educación.

La mayoría de los grandes medios festejaron que le haya sucedido esa desgracia a una periodista que cuestionaba la manera en que los medios operaban sobre el tema de la inseguridad. Pero lo más rastrero fue que en varios de los noticieros se divulgaba la dirección de esa periodista, como si estuvieran convocando a que se repitieran los hechos. Igual de rastrero fue que inventaran que entre los pocos objetos robados hubiera dólares. Una “periodista K” con dólares constituye algo muy regocijante, aunque sea mentira.

La ruta del odio lleva a los enfrentamientos violentos. Es algo que ya se vivió y se sufrió. Es un camino más que peligroso. Si la oposición no critica estas expresiones –y las justifica como en otras épocas–, estará repitiendo los mismos errores del pasado.






17/6/12

LOS IMPUESTOS






En los últimos días hemos visto la reacción de los propietarios rurales de la provincia de Buenos Aires, frente al tímido intento de adecentar en alguna medida la suma ridículamente baja que actualmente pagan sus tierras como impuesto Inmobiliario.

En ese clamor no están solos. Hace tiempo que los ricos, en muchas partes del mundo, han logrado crear una cultura antiimpuestos muy extendida, que se tradujo en una notable rebaja para los sectores más acomodados desde los tiempos de Reagan y Thatcher, paralela a una extraordinaria concentración de la riqueza. El discurso que se emite sin descanso es simple pero eficaz: los impuestos sólo sirven para enriquecer a los políticos o, en versión local, “hacer caja”. Así, sin reparar en la contradicción, se pide más justicia, más salud, más educación, más seguridad, más obra pública y ¡menos impuestos!

Los economistas reconocen dos tipos de impuestos: los indirectos, como el IVA que se aplica a todas las operaciones de compraventa sin tener en cuenta a las personas que las realizan, y los impuestos directos, como el impuesto a las Ganancias, que recaen en forma directa sobre cada contribuyente, de modo que permiten considerar su capacidad económica y hacer que cuanto más alto sea el ingreso, mayor sea la proporción de ese ingreso que se deba entregar como impuesto al Estado para que éste pueda cumplir sus fines. A esto se llama progresividad en la imposición, y es una herramienta fundamental para lograr una sociedad más equitativa e integrada. Razonablemente, los ricos se oponen a los impuestos directos, que los afectan especialmente. Y también se oponen a los impuestos en general, porque prefieren un Estado mínimo, dedicado exclusivamente a brindar el ambiente necesario para los negocios. Prefieren que cada uno se las arregle como pueda, pagando en el mercado para obtener educación, salud, seguridad social y tantas otras cosas que esperamos del Estado.

Anteriormente el impuesto a las Ganancias se llamaba a los réditos y durante el gobierno de Perón, en 1952, fue presentado así:

  • “El nuevo régimen impositivo, basado en el principio de la desgravación de las pequeñas rentas y el aumento de los gravámenes a las clases más pudientes, cumple una alta función social, cual es la de contribuir a una más equitativa distribución de la riqueza”.

En estos momentos, algunos líderes sindicales consideran injusto aplicar este impuesto a los “trabajadores”, por alto que sea su salario, y han tomado como bandera de lucha gremial y política el reclamar su eliminación. En ese reclamo están acompañados por varios intelectuales y dirigentes políticos, en una actitud muy nociva, por lo que se intentará hacer algunas aclaraciones.

Un argumento falso –pero muy efectivo– es forzar el significado de las palabras y sostener que “el salario no es ganancia”. El término “ganancia” puede parecer poco apropiado, aunque todo el mundo, para conocer el sueldo de un compañero, le pregunta “¿cuánto ganás?”. El diccionario de la Real Academia Española informa:

–ganancia: 1. f. Acción y efecto de ganar.

–ganar: 2. tr. Obtener un jornal o sueldo en un empleo o trabajo.

En otros países, como en México, el mismo impuesto se denomina “sobre la renta” y en España “IRPF-Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas”. ¿Queda mejor referirse al salario como “renta” en lugar de “ganancia”? También se lo suele designar “impuesto a los ingresos”, pero aquí traería confusión con el denominado “ingresos brutos”. Como vemos, no es fácil encontrar un nombre más adecuado. Pero lo que importa no es el nombre sino el concepto, estamos discutiendo sobre política y economía, no sobre filología. De paso, conviene aclarar que este tipo de impuesto se aplica a los asalariados en casi todos los países.

Sostener que el impuesto no debe ser pagado por los trabajadores parece a primera vista muy simpático y hasta razonable. Pero en cuanto uno comienza a profundizar, el tema se complica. Está claro que un camionero que gana 10.000 pesos mensuales es un trabajador. Pero un pintor, un plomero o un electricista que trabaja por su cuenta y paga impuestos, ¿no es un “trabajador”? Y el gerente de una gran empresa con sueldo de 50.000 mensuales ¿es un “trabajador” y, por lo tanto, debe ser eximido del impuesto?

Actualmente, un asalariado con cónyuge y dos hijos comienza a pagar ganancias si cobra más de 8.000 pesos mensuales. Es obvio que no se trata de una persona rica, sin embargo sólo el 10 por ciento de los individuos alcanza o supera ese nivel de ingresos. O sea que por cada trabajador en esa condición hay nueve que ganan menos o mucho menos que él.

¿No es justo que una pequeña proporción del salario que supera ese monto contribuya a sostener el Estado, Estado sin el cual es imposible construir la Patria que a tantos les gusta exaltar en los discursos? Parece entonces que lo sensato no es pedir la eliminación del impuesto, sino adecuar la escala, para que quien gana 8.000 pesos pague una proporción mucho menor que quien gana 80.000.

El de los impuestos es un gigantesco equívoco que va a costar mucho trabajo desmontar. La prensa de derecha se indigna porque “el Estado les mete la mano en el bolsillo a los ciudadanos” y llama “impuestazo” a la modesta corrección que se realizó al impuesto Inmobiliario Rural en la provincia de Buenos Aires, obscenamente bajo.

En ese sentido, el discurso de los ricos ha tenido un éxito enorme: ha conseguido que evadir los impuestos no tenga sanción social, no se considere un delito que perjudica a los honestos y a los más débiles, sino una simpática picardía. Cuando alguien reclama la factura en la caja de un comercio, el que pasa vergüenza ante el resto de la fila es el reclamante y no el evasor.

Por otra parte, se trata de un problema difícil de entender por el ciudadano común, de modo que la reacción más natural es oponerse. Así, Moyano y otros dirigentes sindicales prefieren defender el interés más inmediato de sus agremiados mejor pagados, en lugar de comprometerlos también en la brega por una sociedad más equitativa. Peor aún es la actitud de algunos intelectuales supuestamente progresistas, que irreflexiva e irresponsablemente adhieren a esta posición retrógrada.

Es imprescindible una reforma tributaria que contemple también lo atinente a la minería, las ganancias por acciones o colocaciones financieras, las herencias, los patrimonios y otros problemas que hoy se soslayan. Pero aunque entre los especialistas hay amplio consenso sobre su necesidad, hacerlo no va a ser fácil. Tampoco lo es en el mundo desarrollado, como vemos actualmente en los Estados Unidos. Entre nosotros hay que imponerse a los poderes fácticos, a la gran prensa, a una deformación cultural muy difundida y acendrada, y finalmente al intríngulis de la Coparticipación Federal. Por eso los partidos políticos son renuentes a tratar la cuestión abiertamente: corren el riesgo de hacerse de enemigos poderosos y de perder una parte de sus seguidores.

No será posible la reforma sin una fuerte demanda social que la impulse. Para lograrla, primero es necesario dar vuelta el sentido común establecido. Por eso es tan importante la participación de los llamados intelectuales, uno de cuyos roles en política es tratar de comprender los asuntos complejos y luego hacer partícipe de esa comprensión a la mayor cantidad de gente posible. Se trata de abrir brechas, cuestionar el discurso prevaleciente denunciando sus inconsistencias, y atraer a los sectores progresistas de los sindicatos y la sociedad civil.





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4/6/12

DROGADÓLAR DEPENDIENTES







Las operaciones de compraventa de dólares en el mercado marginal son ilegales. Están alcanzadas por la ley penal tributaria, al suponer que ese movimiento de dinero proviene de fondos no declarados al fisco, y por la ley penal cambiaria, que sanciona esas transacciones. Estas condiciones del circuito irregular de divisas no es información confidencial. Pese a que se conocen esas características de una actividad penada por la ley, en estos días analistas y comunicadores sociales han reiterado en varias ocasiones que si alguien recibe la validación de la AFIP resulta conveniente la compra de dólares en el mercado oficial para luego venderlos en el paralelo. La impunidad, la casi nula condena social y la ausencia de una advertencia de compañeros de trabajo a esa convocatoria a la ilegalidad están naturalizadas por el objeto fetiche en cuestión: el dólar.

El Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) con el dólar provoca que desaparezcan represiones y se traspasen límites que se cuidan en otras actividades o negocios, al menos en la forma. Hasta el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, se interesa en que se conozca una insólita reunión que mantuvo con cambistas para “ordenar” la dinámica y la cotización en ese mercado. Es difícil encontrar opiniones aprobando el contrabando o justificando públicamente la evasión impositiva. En cambio, con el dólar todo es válido. Presentar amparos judiciales para comprar 10 dólares; viajar a Colonia para conseguir dólares en el casino, simulando jugar con fichas previamente obtenidas entregando pesos; y hasta hacer contrabando hormiga de divisas a través de Bolivia, Paraguay o Chile. Eso sí, todos los que de una u otra manera participan de esta anomalía luego levantan el dedo admonitorio por la falta de justicia, la corrupción y los niveles de pobreza.

El TOC con el dólar es un síntoma que se arrastra desde hace años, con manifestaciones de mayor o menor intensidad, pero ahora se ha descompensado a partir de la abrupta medida de la AFIP de impedir la compra de divisas sin importar el monto demandado ni la capacidad patrimonial del interesado. Es una decisión desproporcionada en función de que el régimen de control instaurado a principios de noviembre del año pasado ya había adquirido fluidez y aceptación, o resignación. Como en los tratamientos a los alcohólicos, la terapia de cura es gradual para evitar brotes de desesperación por un shock de abstinencia. Abordar al drogadólar dependiente con esa última estrategia, interrumpiendo casi todas las transacciones de compra de billetes verdes, ha generado un exagerado cuadro de incertidumbre económica. Esta situación se agudiza por la ausencia de una comunicación oficial contundente sobre el origen y el objetivo de la medida, como sí la hubo cuando el Estado recuperó el control de YPF con las exposiciones de Axel Kicillof. Ahora quien explica es Aníbal Fernández.

A diferencia de otros momentos históricos, en el actual existe más margen para recuperar plenamente la soberanía monetaria afectada gravemente por la convertibilidad, que aún hoy sigue irradiando sus efectos perversos sobre el funcionamiento de la economía. Existe un dato contundente, ocultado por el coro afinado de economistas del establishment que alienta la dolarización y una fuerte devaluación: el dólar ha ingresado en una etapa de declive a nivel internacional. Una referencia ineludible de ese ciclo es la nueva etapa que se abrió anteayer, cuando China y Japón, la segunda y tercera potencias económicas mundiales, comenzaron a intercambiar directamente sus divisas para operaciones comerciales sin emplear el dólar. El movimiento comercial entre ambos países asiáticos demanda un elevado monto de divisas, más de 350.000 millones de dólares al año, que ahora será canalizada con yenes y yuanes.

La inmensa tarea de ampliar la soberanía monetaria en un contexto internacional convulsionado requiere información precisa, tranquilizadora, regulaciones de compraventa de moneda extranjera que se respeten y explicaciones sobre la disponibilidad de divisas, compromisos de deuda y condiciones económicas locales e internacionales. Además de intervenir en una fuerte disputa política y económica en el terreno del dólar, el Gobierno debe ser consciente de que el TOC con el dólar es un extendido síntoma social más allá de qué sectores compran billetes verdes. Como apuntó el lector Aníbal Perpetua, desde Bahía Blanca, “Argentina es el único país del mundo donde el cemento se vende en pesos, los ladrillos se venden en pesos, la mano de obra se paga en pesos y los departamentos cotizan en dólares”.

Las manifestaciones de ese trastorno se presentan en forma tan aguda que el resultado de inversiones financieras de los últimos diez años, con el dólar siendo la peor alternativa, es negado. Los economistas Estanislao Malic y Andrés Asiain elaboraron el documento El dólar, ¿la mejor opción para el ahorrista? que compara el rendimiento acumulado que obtuvo un ahorrista que optó por invertir en la Bolsa local, accediendo a través de cualquier fondo común de inversión comercializado por bancos líderes –cuyo rendimiento se expresa en la evolución del índice de acciones líderes Merval–, otro que optó por un plazo fijo y un tercero que prefirió comprar dólares (midiendo su cotización al cambio oficial y al paralelo). Tomaron como base enero de 2003 definiendo que los tres invirtieron 10.000 pesos. El análisis de los rendimientos muestra que el ahorrista que compró acciones es el más favorecido debido a que sus ahorros en mayo de 2012 alcanzaron los 43.000 pesos. El que optó por un plazo fijo en pesos (lo menos riesgoso) pasó a tener 21.400 pesos. En cambio para quien eligió el dólar sus ahorros pasaron a representar 13.100 pesos, y si se arriesga a la ilegalidad y busca cambiarlos al valor del paralelo tendría 17.000 pesos. “Es decir, menos aún que quien optó por la tranquilidad de un plazo fijo”, afirman Malic y Asiain, para agregar que el objetivo de ese informe es “desnudar la falsedad de una de las principales fábulas financieras que circulan por la city local, ésta es, que el dólar es la mejor opción de ahorro”.

Ante la contundencia de este recorrido financiero, economistas de la city argumentan que la corrida hacia el dólar es una estrategia defensiva frente a la inflación. Sólo el TOC con el dólar de sus interlocutores les facilita la tarea a esos profesionales de pronósticos equivocados. Si el objetivo es mantener el poder adquisitivo del capital, además de las opciones financieras mencionadas, el camino es adquirir bienes muebles, inmuebles o cualquier otra mercadería, no la compra de dólares. En un reciente informe de la consultora Econométrica elaborado por Ramiro Castiñeira se afirma que “la inflación explica en buena medida por qué el sector privado prefiere ahorrar en activos externos y preferentemente sin intermediación de instituciones locales, ya sean públicas o privadas”. El aspecto notable de esta sentencia es que en ese mismo documento se destaca que “el sector privado duplicó su tenencia de activos externos de 50 a 100 mil millones de dólares entre 1991 y 2001”. Esos fueron años de la convertibilidad cuando el índice de precios estaba deprimido por el congelamiento cambiario y la apertura importadora indiscriminada.

En esos años de estabilidad de precios, la tenencia de activos externos del sector privado pasó de 25 a 35 por ciento del PBI, según Econométrica. Esto significa que sin inflación, en la convertibilidad se aceleró la fuga de capitales. “Esta proporción actualmente se mantiene. El sector privado hizo crecer su cartera de activos externos a igual ritmo que la economía”, afirma el informe. O sea, en estos años de inflación no aumentó la proporción de dólares en manos del sector privado en relación con la dimensión de la economía. En el trabajo se menciona que en 2010 los activos de residentes en el exterior sumaban 173 mil millones de dólares, equivalentes al 36 por ciento del PBI.

La adaptación de una definición del novelista vasco Pío Baroja sobre la existencia de distintas clases de españoles realizada a principios del siglo pasado colabora para acercarse al comportamiento de argentinos con el dólar. Esa conducta se manifiesta en siete situaciones

1. los que no saben;

2. los que no quieren saber;

3. los que odian saber;

4. los que sufren por no saber;

5. los que aparentan que saben;

6. los que triunfan sin saber, y

7. los que viven gracias a que los demás no saben.

Estos últimos se llaman a sí mismos “economistas profesionales”, conocidos por su debilidad por el establishment y por circular por los grandes medios con el objetivo de alimentar la ansiedad del drogadólar dependiente.







12/12/11

NO QUIEREN ESCUCHAR







Tras la asunción del sábado, tras los actos y los discursos y sus repercusiones, queda claro una vez más que –parafraseando a Wilde y a Twain– asistimos a una auténtica decadencia en el arte de escuchar. Cualquiera oye pero parece que muchos no escuchan. Y si escuchan, no parecen entender. En la Argentina hay peores sordos que los que no quieren oír: son los que escuchan pero que pareciera que no. Los que no se hacen los sordos sino los boludos. Y tienen sus razones.

Nos puede agradar o no el estilo oratorio de la Presidente –yo, como tantos, tengo serias reservas sobre el uso de ciertos énfasis, referencias y recursos retóricos: cuestión de gustos–, pero no cabe ninguna duda de que es, lejos, muy lejos, la mejor. Quiero decir: en términos de aptitud política, acopio de saberes y descripción de medios y objetivos, Cristina –cuando habla, cuando explica y describe– maneja conceptos y formula definiciones, establece correlaciones y clarifica cuestiones con la solidez de una estadista. Ocupa ese lugar con una soltura e idoneidad que acá nadie antes y en mucho tiempo. Sólo la ceguera y el prejuicio pueden echarle alguna sombra en ese aspecto. Es un cuadro político excepcional. Un fierro. Y además –creemos muchos– no sólo tiene razón en lo que dice sino que lo que dice se parece mucho, todo lo que puede, a lo que hace, a lo que quiere e intenta hacer. La solidez y la sensación de convicción provienen de esa coherencia, supongo.

Por eso es por lo menos curioso que todos hayan oído lo que dijo pero muchos no hayan querido escuchar de qué se trata.

Pocas veces se ha bajado línea tan clara y programática en términos de Política económica, así, con mayúscula (y lo dice este gil, que sabe poco –como la mayoría– de datos y nomenclatura técnica, pero que no come vidrio), ya que de eso habló Cristina, no de otra cosa: lo demás son detalles, temas derivados. En ese sentido, su defensa de la economía real –la basada en la producción, la inversión y el trabajo– en oposición a la economía especulativa –la que saca sus números y cuentas de resultados de los balances de los bancos y de las pizarras de los ladrones– es ejemplar. Y su énfasis en poner el ojo y la atención en el comercio interior y exterior, con lo que significa de saludable contralor a la circulación de las divisas y el equilibrio de la balanza de pagos, ni hablar. Vamos por ahí, como toda nación soberana (que alguna vez lo fuimos).

Fue conmovedor –romper el chanchito familiar, leer el papelito con los números de entradas y salidas– verla hacer la ominosa cuenta del costo en millones de verdes que suma el desembolso por pago de perversa deuda externa en retirada, y el goteo diario o casi por auxilios del Central para neutralizar las provocadas y frustradas corridas cambiarias de la puta Patria Financiera. Pese a eso, revisando el chanchito, ahí están –aunque podrían ser el doble– los cuarenta y pico mil millones de reservas, bancándosela. En fin... Grande, Presidente.

Ahora, a mí me va a gustar ver, en este país de buena gente, cómo los buenos representantes del pueblo y las provincias avanzan, desde el Congreso, con las leyes que regulen las condiciones de propiedad y explotación de la tierra y el funcionamiento de las entidades financieras, entre otros instrumentos legales que devuelvan soberanía en zonas hasta ahora liberadas para los ladrones. Me gustaría –nos gustaría– coherentemente, verlo. A Cristina también, claro. Habló de eso, lo recordó sin ira. Sería una manera de empezar a reparar el daño que este mismo Congreso soberano –formado por nuestra buena gente– causó por acción y omisión –no lo olvidemos– en tiempos no muy lejanos de culposo espejismo neoliberal.

La distorsión que produce el no querer escuchar lo que dijo Cristina en el pintoresco y sombrío, distendido y tenso discurso de la asunción, el sábado, puede ser fatal para comentaristas sesgados en general y analistas políticos de mala o cortada leche en particular. Se van a enterar por otros medios y en otras palabras que no son las suyas, que viven en un país saludablemente distinto del suyo: ése que no quieren ni oír soñar.









10/11/11

CODICIA Y BURRADA





La codicia es el apetito excesivo de riquezas. La burrada no hace falta explicarla. Mientras los peritos trabajan para saber qué pasó en Bartolomé Mitre al 1200, tal vez sea útil explorar una hipótesis: desastres así responden a la maldita combinación de burrada y codicia.

Cromañón es un antecedente porteño de burrada más codicia. El 30 de diciembre de 2004 el boliche estaba lleno por demás, con negreo de entradas. Buena vibra, explican algunos músicos de rock. Y más dinero, hay que agregar. Que la ganancia era un objetivo mayor que la vibra queda probado porque, al menos que se sepa, la banda no pensaba donar la ganancia extra para programas dedicados a recuperar chicos del paco. Y Omar Chabán tampoco. Después estaban, claro, la burrada de las bengalas y el veneno de la media sombra. Pero sobre todo las puertas. Las puertas que abrían para adentro y apilaron cadáveres de adolescentes que iban muriendo al no poder salir. Y las puertas cerradas. ¿Recuerdan la pericia de Bomberos? La publicó Página/12. Con todas las puertas abiertas y las hojas girando hacia afuera, Cromañón hubiera quedado desagotado en dos minutos y medio. Ningún muerto. Quizá ningún intoxicado irrecuperable. Con las puertas habilitadas ese día y no tapiadas, desalojo en poco más de cuatro minutos. Quizás algunos intoxicados. No 194 muertos.

La discusión sobre el boliche de Once se hizo tonta muy rápido. Abstracta, más que tonta. El debate sobre la calidad y orientación de las puertas fue tan corto y pobre que hasta hoy los edificios son cárceles de las que no se puede salir sin llave. Y las puertas abren hacia adentro. Casi en soledad Alberto Ferrari Etcheberry, un experto en comercio de granos y relaciones con Brasil siempre generoso con la sensibilidad por la cosa pública y el apego a las soluciones concretas, desparramaba ya entonces, después de caminar por la zona de Cromañón y ver todo con sus propios ojos, su desesperación por lo que le parecía el problema más obvio de todos. Y la salida más concreta.

Cromañón tiene otro elemento que hoy vale recordar. Pocos días antes de la tragedia, Callejeros había celebrado un concierto en el estadio de Excursionistas. El entonces jefe de Gobierno explicó que ese día sí había habido inspectores porque la legislación lo obligaba, cosa que no ocurría en el caso de boliches de la escala de Cromañón.

El fetichismo por las leyes y los reglamentos y la indignación fácil (caras de una misma moneda) sirven para escaparse de la realidad.

¿Cuántos recitales como el de Cromañón había en Buenos Aires el 30 de diciembre de 2004? ¿Tres? ¿Cinco? ¿Diez? Si la legislación no obligaba a inspeccionar, ¿acaso la sensatez lo prohibía? ¿No había diez inspectores disponibles? A veces las cosas se pueden hacer con voluntad política y vocación por trabajar sobre la realidad. No hubo. Y todo sigue igual al ver las puertas públicas y privadas que continúan siendo un peligro de asfixia.

Sucede lo mismo hoy con las grandes construcciones de Buenos Aires. Ya es grave que Mauricio Macri no haya reglamentado una ley de inspecciones escalonadas votada en la Legislatura con el aporte de miembros de su mismo partido. Pero también es grave la falta de espíritu práctico que reveló la grieta de Bartolomé Mitre al 1200 y demuestra la discusión de estos días, tan pobre como la de Cromañón y por eso tan riesgosa para el futuro.

¿Cuántas excavaciones de pozo había el viernes 4 de noviembre en la ciudad de Buenos Aires? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Cincuenta? Si está claro que tocar los cimientos del edificio lindero es un problema crónico, ¿no hay cincuenta inspectores capaces de concentrarse en las construcciones donde se juegan más vidas? ¿O puede ser igual de importante verificar los estudios de suelo y la praxis o mala praxis de las excavadoras que controlar el cambio de azulejos de un baño?

No alcanza con las leyes. No basta con cumplirlas. No son suficientes las reglamentaciones. No se arregla todo con eliminar la corrupción. Si el Estado porteño no sabe qué es lo decisivo y la sociedad no distingue qué controlar en serio y cuándo, la codicia producirá desastres. Si Macri tiene alguna duda puede llamar a marxistas como Barack Obama y Angela Merkel. Le contarán qué pasó por la codicia de los bancos, la burrada de gerentes privados y el aporte de los funcionarios públicos al mundo donde se entremezclan la codicia y la burrada.




7/11/11

Sobre los MALENTENDIDOS de la POLÍTICA 2.0





A casi dos años de haber ingresado en la segunda década del siglo XXI, podemos decir que brecha digital no es igual a brecha económica. Sostener la homologación de estos dos elementos de análisis es desconocer que la brecha digital es cada vez menos económica que mental. De allí que el manejo de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) que en Argentina está entre los más altos de Iberoamérica no guarde una relación directa con la cantidad de hogares que tienen computadora e internet, sino con el nivel de acceso y manejo de cierto capital cultural. Es decir, si bien la conectividad puede servir para expresar cierto standard de vida, no es una variable de hierro para establecer niveles de inclusión. Lo mismo ocurre con la PC. Hoy, pensar el acceso a la PC como una variable de inclusión, es como haber supuesto en el boom de la industria liviana que la radio o la televisión iban a definir pertenencias de clase. La accesibilidad tiende a resolverse fácticamente, con celulares y netbooks cada vez más económicos. Mucho más cuando las políticas de Estado (nacionales, provinciales, incluso municipales) marchan hacia una inclusión digital que, lejos de estancarse, iguala las oportunidades de los diferentes sectores sociales.

Tomemos el ejemplo del celular. El celular, que era un artículo de lujo en los '90, ha dejado de ser excluyente para la inmensa mayoría; hoy sólo el 10 por ciento de la población mundial no usa celular. Pero hay un dato aún más significativo: los últimos 20 años conformaron un proceso de alfabetización digital que le permitió a un número todavía creciente de personas interactuar y producir contenidos. Pensémoslo en perspectiva: si hoy somos 2 mil millones de personas [inter]conectadas en el mundo, en menos de cinco años ese número lejos de estancarse habrá aumentado exponencialmente, incluyendo la producción y la interacción de gente que no provendrá precisamente de Europa, América del Norte o Japón, sino de China, India y Sudamérica. Podríamos decir entonces que mientras en "la lógica del capitalismo" las telefónicas y las fábricas de celulares aumentan su poderío económico, en la lógica social aumenta la capacidad de interacción e intervención de muchos con muchos, y por lo tanto una cierta autonomía como un renovado poder contracultural. Hace ya bastante tiempo, por ejemplo, que diferentes comunidades de pescadores del mundo han incorporado el SMS para consensuar cotizaciones que cuando atracan en los puertos les permiten negociaciones más ventajosas. Algo parecido ocurre con sectores populares de Perú que mediante SMS acceden a información fiable y necesaria para decidir sus compras frente a la rapacidad corporativa de los supermercados. ¿No son estos ejemplos la demostración de una fortaleza colectiva que se apoya en las TIC? ¿La incorporación de ese instrumental no tiene una dimensión política? ¿Eso que con descrédito suelen llamar Política 2.0 no abrió acaso el camino de la crítica global que hoy llevan adelante los "indignados" en el mundo entero? Si alguna conclusión podemos sacar es que las TIC, antes que un fenómeno tecnológico, demostraron ser plataformas de socialización y de construcción cooperativa de conocimiento. ¿Es disparatado pensar que esa cultura colaborativa pueda generar su propio dispositivo de poder como en su momento lo hizo el modelo ilustrado? Aunque intrépida, no es una pregunta inoportuna en el contexto de una crisis del capitalismo --y de los sistemas políticos-- como la que atravesamos. Los medios de producción que en el capitalismo industrial se sostenían en el paradigma energético, en la actualidad han ingresado en una fase crítica bajo el paradigma del conocimiento. Esto, que algunos teóricos llaman "capitalismo cognitivo" está modificando las relaciones de fuerza de los actores que intervienen en el proceso de producción y está produciendo mutaciones históricas. Los trabajadores son cada vez menos piezas reemplazables de una cadena de producción, como lo fueron durante el taylorismo y el fordismo; lo cual ha puesto en marcha un proceso de reapropiación de los medios de producción y una revaloración de lo que Eduardo Rojas llama el "saber obrero". No es lo mismo el tipo de oposición (física) que se le presentaba al capitalismo industrial, que el tipo de oposición (intelectual) que se le presenta al capitalismo actual. Antes los obreros se resistían a la explotación, ahora --sobre todo los jóvenes-- se preservan de la alienación. Lo mismo ocurre en el campo de la política, con jóvenes que interpelan viejas prácticas y recusan las alternativas de "participación" que les ofrecen los partidos. Occupy Wall Street, el 15-M de España y la Primavera Arabe, rechazando toda filiación, jerarquía o liderazgo, forman parte de esta movida. Y aunque aún no logren componer una alternativa, porque en la actualidad tienen más poder desestabilizador que instituyente, manifiestan un descontento estructural que más temprano que tarde habrá de (re)presentar una alternativa efectiva.

Por todo esto, aun cuando la matriz moderna nos condicione la percepción, asistimos a la evidente irrupción de una nueva esfera pública y a un nuevo concepto de lo político. Medir esta mutación, como se suele hacer, por la efectividad revolucionaria de Facebook o por los seguidores de Obama en Twitter, es una simplificación, cuando no una descalificación, más cerca del prejuicio y el desconocimiento que de un censo de lo real, en el sentido que Hannah Arendt concebía a lo real, como la aparición y el registro del otro.


Fernando Peirone
Director académico de Lectura Mundi
(Unsam)


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El autor debate con el artículo "Los malentendidos de la Política 2.0", de Gerardo Adrogué, publicado el pasado 27 de septiembre...




Los malentendidos de la política 2.0

Las novedades llaman la atención. En algunas ocasiones sacuden la realidad y en otras la redefinen. Pero a veces también encandilan, generando malentendidos. La irrupción de las nuevas tecnologías de la información basadas en Internet y en la telefonía celular en el mundo de la comunicación política es un buen ejemplo al respecto.

Es cierto que un creciente número de políticos, especialmente en tiempos de campaña electoral, sucumben ante la fascinación que provocan las páginas web, los blogs, Facebook, Twitter o Flickr. Con inusitada convicción sostienen que una campaña sin estrategia 2.0 es una campaña anticuada y destinada al fracaso, que las nuevas tecnologías de la información han enterrado la forma en la que se hizo política durante el siglo XX. Sin embargo, para juzgar y valorar la política 2.0 en su justa medida es preciso aclarar antes un par de malentendidos o equivocaciones.

El primero de ellos es sobre su alcance. Cifras como la cantidad de usuarios de Facebook en el mundo o de seguidores de Obama en Twitter hechizan e invitan a pensar en una nueva esfera pública más inclusiva, donde finalmente hay lugar para todos. Pero el mito se desvanece cuando se descubre la vieja lógica del capitalismo en la construcción del nuevo mundo digital. En efecto, en la Argentina, como en otras latitudes, la incorporación de las nuevas tecnologías experimentó un crecimiento exponencial en sus comienzos, seguido de otro moderado, para culminar en una suerte de estancamiento. En 1997, apenas el uno por ciento de los hogares argentinos tenía computadora y acceso a Internet, cifra que creció al 10 por ciento en 2001 y al 35 en 2010. Hoy en día este crecimiento prácticamente se detuvo y la mitad de los hogares en el país aún no tiene computadora ni acceso a Internet. ¿Quiénes quedan afuera? La gran mayoría de los pobres, de las personas con menos educación formal, de los adultos mayores y, en nuestro país, de quienes viven alejados de los grandes centros urbanos. Lo cierto es que el mercado construyó la “nueva” esfera pública a su imagen y semejanza. Y la inclusión no es su rasgo dominante.

Hoy nos enfrentamos a un nuevo tipo de desigualdad social conocida como la brecha digital, concepto que alude a las desigualdades de acceso, de uso y de calidad de uso de las nuevas tecnologías de la información. Para reducir la primera de estas desigualdades, el gobierno nacional puso en marcha el programa Conectar Igualdad, por el cual se distribuyen computadoras gratis a alumnos y docentes de las escuelas secundarias. Iniciativas similares fueron implementadas, entre otros, por los gobiernos de la ciudad de Buenos Aires y de la provincia de San Luis. Pero superar la brecha digital promete ser una tarea tan deseable y formidable como reducir la pobreza o distribuir el poder. Así las cosas, no habría que dejarse engañar por la cantidad de amigos o de hashtags. Internet y sus aplicaciones siguen siendo una cosa de pocos, o al menos de los mismos de siempre.

El segundo malentendido sostiene que la política 2.0 ha reinventado la participación política. Ahora sería más libre, horizontal y democrática. Es innegable que las nuevas tecnologías ampliaron y diversificaron los canales y las formas en que se genera, circula y consume la información política. También que abrieron nuevas vías de expresión y que lograron oxigenar, aunque con éxito esquivo, formas tradicionales de organización política (un ejemplo fueron los “eventos” que se organizaron desde my.barackobama.com durante la última campaña presidencial en Estados Unidos). Pero es un grave error analítico sostener que este conjunto de novedades dio vida a un nuevo y mejor tipo de participación política.

Llegar a esta conclusión requiere en primer lugar mutilar el concepto de participación política. Reducirlo a manifestaciones aisladas de la conducta, como donar dinero a una campaña (los famosos 500 millones de dólares de Obama), la ocasional participación en una cadena de e-mails, escribir o leer experiencias personales en un blog, subir videos caseros a YouTube, o mirarlos, seguir por Twitter al candidato de turno, o chequear en Facebook las novedades de una campaña electoral. Prácticas que, además, tienen un alcance modesto en nuestro país. Apenas el 10 por ciento de la población en condiciones de votar ha realizado al menos una de ellas en el último año. Estos ejemplos desnudan el común denominador de la participación política en el mundo digital: lo individual, inconexo y caótico que, al mismo tiempo, es efímero y autorreferencial. Lo cierto es que la participación que alienta el mundo digital parece alejarse del ideal democrático de la acción colectiva, aquella que transforma la realidad en un sentido previsto gracias al diálogo, la argumentación y el convencimiento del otro.

Esta equivocación supone también el fin de la mediación política. Las nuevas modalidades de comunicación bidireccional y multidireccional ofrecerían el soporte para que los ciudadanos, además de recibir información, se comuniquen “directamente y sin filtros” con el líder, el candidato o el jefe de campaña y perciban que sus opiniones importan y modifican el curso de acción. La prueba del fin del modelo tradicional de la comunicación política sería el surgimiento de este nuevo vínculo íntimo, no mediado, entre los votantes y el candidato. Pero lo cierto es que hasta el día de hoy, estas experiencias no pasan de ser situaciones donde el individuo-internauta vive la ilusión de la creación de sentido (generación de contenidos para ser más exactos) y, en consecuencia, experimenta de manera efímera y quimérica relaciones de poder pretendidamente más horizontales o democráticas. Nada cambia, lo que no se desvanece en el ciberespacio es pronto reencauzado. Quién mejor que Joe Rospars, jefe de Nuevos Medios de la Campaña de Barack Obama, para aleccionarnos al respecto: “No se engañen. Una de las lecciones clave que descubrimos en la organización de Obama ’08 fue que cualquier esfuerzo grassroots, es decir de abajo hacia arriba, tiene que ser dirigido de arriba hacia abajo”. En consecuencia, sabiendo que es imposible recrear en sociedades tan complejas como las que nos toca vivir una participación política sin intermediación alguna, que diluya las relaciones de poder como si todos estuviésemos en el ágora (ahora digital) con las mismas condiciones de ser vistos y escuchados, deberíamos preguntarnos mejor quién se beneficia con el malentendido de su existencia y con la consecuente deslegitimación de las instituciones que deberían canalizar y mediar la participación política de los ciudadanos, esto es los partidos políticos.

En definitiva, aunque no reinventó nada, la política 2.0 trajo unas cuantas novedades y algunas podrían ser buenas, además de inevitables. Pero para ello es preciso superar la brecha digital y aclarar algunos malentendidos que, de persistir, sólo perjudicarán (en vez de mejorar) la calidad de la política y de la participación en el siglo XXI.


Gerardo Adrogué
Sociólogo
especialista en Análisis de Opinión Pública
director de Knack Argentina