que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

18/3/09

El plan del Gobierno y los detractores



Para elaborar y aplicar el proyecto de inclusión social fue necesario clarificar los ejes fundamentales del modelo económico para el país.

En un análisis usual, un plan es un conjunto coherente de medidas de gobierno adoptadas de acuerdo con el programa político validado en las urnas. Marca las orientaciones fundamentales de corto, mediano y largo plazo, así como las medidas clave de política económica. A nivel estratégico sirve para definir y aplicar un proyecto nacional; a nivel táctico infunde racionalidad a la acción en base a los datos de la realidad.

Cuando se habla de un plan, se puede hablar de varias cosas: es bueno distinguir entre las diferentes definiciones de un plan, para no caer en confusiones o errores, más o menos voluntarios.

Así, existe la tradición asentada del plan característico de las economías centralizadas –como lo fue en su momento la Unión Soviética– en la cual el plan es la programación razonada de las necesidades y el análisis de la acumulación, producción y distribución de los recursos necesarios para satisfacer esa demanda. Bien diferente es el esquema capitalista, en el cual la oferta y la demanda juegan dentro de esquemas de poder definidos. Nadie puede creer, a esta altura de los conocimientos y de los acontecimientos, que oferta y demanda jueguen sin trabas en el marco de un mercado que produce equilibrios perfectos; así es que encontramos, dentro del sistema capitalista, variaciones siempre distintas según los lugares y las épocas de diferentes dosis de Estado y de mercado.

Señalemos, sin embargo, que es en el seno del capitalismo donde la planificación ha conocido importantes desarrollos, como lo muestran las áreas de prospectiva de las empresas más grandes. Es una gran paradoja, por cierto, observar cómo en nuestro país la idea de planificación nacional era criticada, para favorecer a grandes empresas con fuertes áreas de planificación. Tanto y tan bien, que el último estadio del capitalismo financiero, del cual presenciamos la caída en estos meses, pensó que hasta podía introducir al mercado sin más como elemento fundamental de cualquier previsión, como fueron los mercados a futuro.

Así, cuando la oposición clama por un plan, como en la última sesión del Senado, debemos enfocar esta cuestión en el contexto de la recuperación económica, el desarrollo desde la crisis y los posicionamientos políticos de cada cual.

Ejes del sistema. Para elaborar y aplicar el plan para el desarrollo e inclusión social vigente, se establecieron con claridad cuáles son los ejes del sistema económico deseado, dentro de la coherencia con los compromisos asumidos ante la sociedad y cuyo sustento está en la construcción de poder político basado en las elecciones.

Cuatro ejes fundamentales del plan de gobierno son: la unidad nacional, el crecimiento económico con una vigorosa reindustrialización; la inclusión social (con base en el empleo) y una importante mejora en la distribución del ingreso.

Pero no se trata de una superposición de objetivos independientes, sino de la manifestación en distintos ámbitos de la misma estrategia. Son políticas complementarias y convergentes.

Carecemos, es cierto, de ejercicios basados en economía ficción, con ecuaciones que cierren y gráficos que adornen, aceptados y aprobados por esa internacional neoliberal (que hoy se cae a pedazos). A nivel local, sólo reflejan un modelo de apropiación del poder vía el endeudamiento sin límites. “El que hace de Angel suele terminar en bestia”, decía Blas Pascal. Esos planes sólo tienen el único inconveniente que sólo existen en las conceptualizaciones del establishment, y jamás se cumplen (entre otras razones, porque carecen de legitimidad popular).

Crecimiento. Los resultados en la economía real entre 2002 y 2008 hablan del plan del gobierno nacional: el producto creció entre el 8 y el 9 % anual, la tasa de inversión subió del 11 al 24 %, el tipo de cambio se transformó en competitivo, existen amplios superávits fiscal y externo (conseguido no con los siempre recomendados ajustes, sino sobre la base de la expansión y el crecimiento), hay una fuerte reindustrialización, la desocupación cayó del 22 al 7,8 %, el porcentaje del ingreso de los asalariados se elevó del 34 al 43 % del ingreso total, nos emancipamos del Fondo Monetario Internacional.

Estos resultados no son el fruto de la casualidad. Para obtenerlos los grandes lineamientos de una planificación indicativa señalan los objetivos a cumplir: desarrollar la actividad económica, sostener el empleo, adecuar el tipo de cambio a nuestras necesidades, conservar la solvencia del Estado, satisfacer el mercado interno y aumentar el comercio exterior, continuar las políticas educativa y de salud, asegurar la reindustrialización. A nivel táctico se elaboraron los proyectos en el Gobierno y en los ministerios, se sancionaron leyes, se trabajó a nivel de Nación, Provincias y Municipios; se buscó la articulación entre Estado y mercado en la producción de riqueza.

Mientras se ejecuta el plan, es necesario determinar hasta dónde se quiere y se puede llegar. Un plan realista –y por lo tanto viable– lleva al máximo las prioridades del país, dadas las ventajas y restricciones existentes. El realismo es lo que nos diferencia de la oposición, que suele argumentar sobre ideales inexistentes o inalcanzables, pero que sirven para tirar bajo el manto de piadoso olvido las épocas en que los planes los traía el Fondo Monetario Internacional ¿Era una época feliz?

Realismo político. Así, la ejecución del plan debe ajustarse a la realidad política, económica, social e internacional que se vive. Hay que trabajar sobre las relaciones de fuerza realmente existentes dentro de la sociedad. No para conformarse, sino que es preciso re-conocerlas para transformarlas. Es una estrategia económica realista, que debe estar tan alejada de la quimera como del conformismo.

Con una estrategia económica realista, puede avanzarse mucho más en la jerarquización del sistema productivo y en el logro de una mayor justicia social. Por eso continuaremos el Plan iniciado en 2003, que se inspira en el desarrollo con inclusión social y que se plasma en la legislación que se dicta y aplica, y que se manifiesta en los resultados obtenidos.

Así, los argumentos esgrimidos acercas de la inexistencia de un plan caen por sí solos. En realidad, algunos dicen que no hay plan, porque lo que prepara y ejecuta el gobierno nacional no es lo que desean. En los hechos, es que existe un plan, pero tal vez no les guste. Basta con presentar otros valores, otras ideas y otros proyectos a la sociedad, para esperar que las elecciones definan el avance del modelo productivo con justicia social o la vuelta atrás a antiguas recetas, que generan viejos vicios, y que demostraron ser funcionales para empequeñecer a la Argentina y empobrecer a su pueblo. Pero eso no sucederá.

Eric Calcagno
Senador de la Nación (FpV)



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