que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

30/5/11

PEDAGOGIA DE LA CONDUCCION





En los livings, las cocinas, los jardines de las casas que rodean la quinta de Olivos los vecinos saben de ese sonido de motor y aspas de helicóptero. Más directamente lo escuchan sobre sus cabezas, hasta que la máquina se posa o despega entre los árboles, quienes trotan perimetralmente la quinta, sea para la mejora de sus calidades cardiovasculares o el desgrase. Suelen escuchar al helicóptero presidencial pasadas las ocho de la mañana y, de regreso, más allá de las diez de la noche. Un modo de hablar no sólo del trabajo y los horarios de la mandataria Cristina, sino del trajinar general de la mayoría de los altos funcionarios y políticos. Son trabajos de 24 horas al día. Néstor despertaba a los muchachos a las seis de la mañana. Se dice que Cristina es más piadosa: a lo sumo puede hacerlo a la una de la madrugada.

Hay que tener consistencia en el carácter para bancarse esos llamados, esos ritmos. Algunos madrugan bonito cuando la Presidenta no comienza su jornada de trabajo en la Rosada. A menudo, según venga la cosa, construye agenda y políticas desde Olivos, siempre desde temprano. Se ha publicado que si antes la gimnasia o la cinta de caminar. En estas páginas importa más que esos datos más o menos privados el modo en que Cristina gobierna la cosa pública.

Si es en la Rosada donde comienza la mañana pública, entonces la Presidenta suele llegar poco antes de las nueve. Hace tiempo que el helicóptero no se posa en la terraza alguna vez frágil de la Casa de Gobierno. El aparato la deja en el helipuerto que está a doscientos metros, acompañada de sus secretarios y/o secretarias de su absoluta confianza, a veces con Oscar Parrilli. Dos coches la esperan, uno para la custodia. En la explanada también la aguardan para escoltarla los granaderos: es más un rito obligado de ceremonial que un asunto de seguridad.

Desde las ventanas de su largo despacho Cristina ya no ve lo que célebremente veía Néstor en sus primeros días de gobierno: el paisaje de la hecatombe social. Antes de sentarse en el sillón que nunca fue de Rivadavia –como aclaró al inaugurar el museo del Bicentenario–, Cristina pasa por una primera antesala donde suele estar su edecán y por una segunda, la privada de sus asistentes. Para un lado, los despachos comunican con las oficinas de Parrilli. Desde el suyo, donde están su escritorio y una gran mesa de reuniones, otra puerta interna da a la Jefatura de Gabinete. Ha publicado Clarín que presuntamente se tapió esa puerta como efecto de un disgusto con Aníbal Fernández. Difícil que eso pudiera suceder, no sólo porque no hubo tal trifulca, sino porque la Casa Rosada es patrimonio histórico, no se toca ni se rompe ni se modifica sin que se cometa pecado, y menos siendo que allí habita una Presidenta a la que le gustan las cuestiones arquitecturales y las culturales también.

Existe otro ámbito físico aledaño a su despacho en el que Cristina despliega parte de su actividad: la típica sala repleta de pantallas de televisión. Puede que sea para seguir a todas las cadenas noticiosas; sirve también para discutir piezas comunicacionales del Gobierno. Al respecto, una definición de quienes conocen ese palo: “Cristina está arriba del proceso comunicacional”.

Algo más que estilos. Si Raúl Alfonsín apelaba en sus intervenciones públicas al imaginario de sus idearios, Cristina hace algo similar aludiendo a los conceptos de “proyecto” y de “modelo”. Con un plus que la diferencia de los presidentes que la precedieron desde 1983. Es que ella inauguró, como líder política que “está arriba del proceso comunicacional”, una nueva pedagogía social. En esa pedagogía la referencia al proyecto/modelo se nutre de modo permanente con el repaso obsesivo –como continuando con mayor sofisticación aquel “moneda a moneda” del que hablaba Néstor Kirchner– sobre los contenidos concretos de las políticas, el significado estratégico de cada obra que se comienza o inaugura, más toda esa información dura que suele tirar de memoria (en los últimos tiempos, a veces pregunta amistosamente a sus funcionarios si lo dijo bien, si tal número es el correcto, es como si expusiera públicamente el trabajo de la maquinaria gubernamental).

Lo que nadie sabe bien es de dónde demonios saca el tiempo para involucrarse en tantos temas, para leer, discutir, estudiar documentos de trabajo o proyectos de ley. Un ejemplo sobre la ley de medios, aportado por Néstor Busso, de la Coalición por una Radiodifusión Democrática: “En abril del 2008, la Presidenta nos convoca a una reunión en la que por primera vez la Coalición entregó formalmente los 21 puntos. A mí me tocó presentarlos con la presencia de ochenta, cien compañeros representantes de las distintas organizaciones. Y la Presidenta, en respuesta a eso, hace un discurso donde demuestra que ya conoce el tema. Es decir, no era la primera vez que escuchaba de esto, lo tenía trabajado, estudiado”.

Sí se sabe sobre su nivel de exigencia –alto, duro– y el modo en que le llegan los materiales de trabajo. Volviendo a las geografías de la Rosada: de un lado, Parrilli, como ejecutor y coordinador antes que como conceptualizador. Del otro, Aníbal Fernández, siguiendo un poco de todo. Y si se trata de la legalidad de los actos, Carlos Zanini, convertido también, sobre todo tras el fallecimiento de Néstor Kirchner, en constructor de políticas y de armados.

No hay en esto grandes discrepancias entre lo que describen los medios llamados hegemónicos y los otros: la mesa chica pasa por Zanini, Parrilli, más Juan Manuel Abal Medina, más Amado Boudou, más alguna intervención de Diego Bossio si se trata de asuntos financieros. Y ya que se mentó a Boudou, desmintiendo esta vez a los hegemónicos, todos coinciden en que la Presidenta no trabaja con escafandra. Puede que sea más cercana su actual relación personal con Boudou que con Filmus. Pero cuando tuvo que decidirse por el segundo para el puesto de candidato a Jefe de Gobierno fue porque escuchó, porque atendió a las capacidades del trío de postulantes, porque supo leer la variedad de los trabajos de opinión pública.

Eso dice precisamente uno de los consultores cercanos al Gobierno: “Tiene convicciones y las defiende, pero también escucha. Cristina quiere ganar la Ciudad y con su decisión desmintió lo que circulaba en ambientes kirchneristas que decían que eso no le interesaba”. A la vez, las convicciones de Cristina, según dice la misma fuente, se trasladan a sus modos de resolver. “Hace meses planteo una guía electoral provincia por provincia. En algunos casos se le aconsejó no viajar a ciertos distritos por la duda en el triunfo, como fue el caso Chubut. Pero ella tomó la decisión de ir a todas. Tiene mucha fe en sí misma y en que está pasando un momento político espléndido.

Alguien que tiene que ver con las asesorías políticas y comunicacionales cuenta una anécdota de tiempos más espinosos, cuando los números de las encuestas no le sonreían ni a Cristina ni al ex presidente. Hubo una cierta discusión sobre qué convenía decir dadas las encuestas y Cristina usó una frase tipo Néstor: “La verdad siempre triunfa”. Para los comunicadores, la verdad no era oportuna en ese momento. Hoy, a la distancia, ese asesor recuerda con dudas su realismo de entonces. Es que la verdad triunfó.

Tras la muerte de Kirchner, más de un ministro contó en distintos actos hasta qué punto la voluntad o la audacia del ex presidente los sorprendía y los arrastraba. El ministro de Trabajo, Carlos Tomada, ha dicho lo mismo sobre Cristina. Como aquella vez que fue convocado de urgencia a la Rosada en lo peor del estallido financiero global. Tomada iba torturándose dentro del coche oficial, preguntándose qué adaptaciones poco gratas a la crisis se vendrían. Pero Cristina lo esperaba para salir de contra, mediante políticas activas. “Para mañana andá preparándome un plan que sostenga el trabajo. Que no se pierda un solo empleo.”


Eso, en la Rosada. Pero hay quien la recuerda sin maquillaje en los jardines de Olivos cuando vivía el ex presidente. “Vení Néstor que llegaron los muchachos”. Y allá estaba Néstor conduciendo a tres perros, como si éstos, con sus patas embarradas, incluyendo a Katalina con ká, se vieran como parte del proyecto nacional.


2 comentarios:

  1. De dónde salio esta Mina?????
    mmmmm de la decada del 50 es una chica sesentosa.!!!!!!!

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