que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

2/6/09

A falta de votos, hablemos de trampas


En pocos días la campaña de Francisco de Narváez viró de un optimismo lleno de sus sonrisas, más las de Mauricio y Gabriela, a un escenario tenebroso en las calles del conurbano bonaerense en el que vecinos asustadizos, tirando a cobardes, se resisten a resistir el peligro de un fraude seguro. Semejante cambio de tono parece obedecer al amesetamiento en la intención de voto en favor del dueño del canal América, corroborado en distintas encuestas. Lo cierto es que la apuesta al miedo tantas veces achacada al kirchnerismo, incluyendo el crescendo en la instalación del fantasma del fraude, tiene antecedentes en la última campaña electoral ecuatoriana, en afirmaciones de buena parte de la oposición y en una frase aún más reiterada por Elisa Carrió aunque jamás probada: “Nos robaron la provincia”.

Hay también un dato nuevo: el salto cualitativo en la estrategia de la comunicación hegemónica a escala latinoamericana, una suerte de Plan Cóndor electrónico. Cada vez más se trabaja en sistema para construir la idea, sobre datos fragmentarios o falseados, de un eje del mal Chávez-Kirchner, ya sea que se hable de Techint o de la demora sufrida por el escritor Mario Vargas Llosa en un aeropuerto venezolano. Pueden pasar meses sin que los noticieros argentinos dediquen un solo minuto a temas del subcontinente, pero el miércoles pasado sufrieron un ataque bolivariano: la noticia de lo sucedido al autor de La ciudad y los perros compitió cabeza a cabeza y en todos los canales de televisión con el gol de Messi en la final de la Champions League.

A los problemas de campaña y convivencia en Unión PRO se sumó un episodio insólito cuando Felipe Solá, seis años gobernador de la provincia, se cruzó con quien debería ser apenas un asesor prominente, Jaime Durán Barba, consultor electoral todo terreno. El ecuatoriano, ya sea que es respaldado por el dinero que cobra o por el poder que le derivan, hasta se atrevió a acusar a Solá de contribuir con un aporte “muy modesto respecto de De Narváez y Macri”, apenas “sus contactos con el peronismo”.

Se sabe que Solá hasta hoy fue deliberadamente marginado de la campaña. No se trata sólo de disidencias entre los disidentes, sino del razonamiento de Durán Barba: todo lo que politice, pero peor aún lo que peronice, resta votos. Sincerando y ventilando esa rara interna en el diario La Nación, Solá respondió diciendo que la estrategia de De Narváez-Macri implica “desconocer la identidad peronista de millones de bonaerenses” y “restar votos, además de debilitar el control del escrutinio”.

El duhaldismo apoya este razonamiento, acaso teniendo en cuenta un antecedente hoy olvidado: años atrás, en otro proceso electoral que terminó perdiendo, quien fue asesor de Bill Clinton, James Carville, le recomendó a Eduardo Duhalde evitar las feas liturgias peronistas, construir una imagen de sensatez y seriedad, huir como de la peste de figurones piantavotos. Cuando Duhalde concluyó que esa estrategia no le daba resultado, comenzó a hablar de la deuda externa, se mostró junto al impresentable Alberto Pierri y José Manuel de la Sota, borró de la agenda a Carville.

Pobre víctima inocente. Aunque las modernidades presuntas de los spots elaborados según los preceptos de los Durán Barba, James Carville o Duda Mendonça son esencialmente ardides repetidos y conservadores, a falta de mejores luces los candidatos compran.

La estrategia de la victimización es otra receta remanida. La empleó Duhalde en las elecciones de 1999, dos días después de la masacre de Ramallo, cuando un spot lo mostró paseando triste, solitario y final con el fondo de una voz en off que preguntaba: “¿Usted cree que es justo lo que le están haciendo a este hombre?”. Poco antes su slogan vendedor de fortaleza era “La fuerza que hace falta/ La fuerza de los hechos”. Siendo que slogans y asesores son perfectamente intercambiables, no puede sorprender que por esos mismos días la campaña de Fernando De la Rúa haya estado a un tris de usar la consigna “La fuerza necesaria”, ni que años antes el radicalismo apelara a “Mejor Jesús, con la fuerza de la democracia”.

Si en las lógicas de la despolitización la intercambiabilidad es la norma, tampoco sorprende que Unión PRO cuente en sus filas con el publicista Ramiro Agulla, quien colaboró con la campaña de Carlos Menem en el 2003 –De Narváez puso un millón de dólares que Agulla cobró por una semana de campaña– y la de Fernando de la Rua en 1999.

Hay antecedentes simpáticos en estas vueltas de la vida: Carlos Grosso y Juan Manuel Casella acudieron en su momento al mismo odontólogo estadounidense a la hora de dar mejor sonrisa. Y también François Mitterand debió limarse la dentadura para resplandecer en TV. La democracia electrónica tiene su socorrido momento fundacional en aquellas gotas de sudor que perlaban la frente de Richard Nixon, y lo afeaban, en el debate con J.F. Kennedy. Lo llamativo es que desde el marketinerismo se considera aquel episodio histórico como fuente de toda razón y justicia.

No le alcanzó en el ’99 a Duhalde con victimizarse mediante las astucias menores del brasileño Duda Mendonça y no le está alcanzando a Unión PRO ni al Acuerdo Cívico y Social con hacer lo mismo apelando a la amenaza de las “cosas raras” que puedan suceder en el escrutinio, la “persecución” de sus candidatos (días enteros de una instalación mediática que ocultó que cuatro candidatos de la lista del Frente para la Victoria también fueron impugnados) o los “agravios” que tanto sufren Macri y Michetti, un poco con el gesto del gordito con plata que, ofendidísimo, se lleva la pelota y se va con la mamá. Si es por el lado de la sensibilidad del candidato, se dice que a la hora de vender sufrimiento de niño rico lo que hizo De Narváez fue seguir los consejos de Agulla, quien en su momento le sugirió a Menem hablar de la pérdida de su hijo, con fondo de arbolitos.

El problema de la instalación de fantasma virtuales como el del fraude es que termina constituyendo materialidades culturales que trascienden un episodio electoral para socavar lo que todos dicen defender: la fortaleza institucional. A fuerza de construcciones políticas y mediáticas. A fuerza de repetir hasta el último minuto de la campaña “vamos a la segunda vuelta” (las encuestas le daban un 16% de los votos), el candidato ecuatoriano Álvaro Noboa, magnate bananero, “el hombre más rico del país”, terminó verosimilizando para algunos que Rafael Correa ganó con fraude las elecciones de abril pasado. Como De Narváez, Noboa heredó la fortuna de su padre. Como De Narváez, peleó con sus hermanos por ese dinero. Como De Narváez, denunció ser perseguido. Como De Narváez: dinero, comunicación y fantasmas.

Los K, clientes difíciles. En alguna edición anterior de este diario, a propósito de las carencias de la comunicación kirchnerista, se sostuvo la idea de que no hay mejor comunicación política que la buena política y aún más el buen gobierno… que necesita de buena comunicación política. Pese a sus falencias, la comunicación oficial apeló de tanto en tanto a un imaginario muy distinto al de los Durán Barba globales, anclado en cierta idea de lo popular, de lo social, de la cultura del trabajo, el desarrollo industrial, el barrio, el imaginario peronista/keynesiano. Desde hace unas semanas los Kirchner modificaron sus modos de comunicación aunque siguen pisando los medios como quien prueba con el dedo gordo las aguas de un lago de origen glaciario.

Lo que se conoce de Néstor y Cristina Kirchner a la hora de trazar estrategias es que son constructores de su propia comunicación, y no compradores de lo que se les venda. Se trata de viejos militantes refractarios al mero marketing político. Las diferencias de estrategia respecto de Macri-De Narváez se ven claramente en las últimas piezas de campaña. A tal punto no hay personalización ni “psicoanálisis de peluquería” en el primer spot kirchnerista que no aparecen ni el ex presidente ni Daniel Scioli. Lo que se pretende transmitir son políticas de gobierno concretas, debatiendo implícitamente con las lógicas mediáticas despolitizadoras y haciendo un llamado a la movilización social. En sentido contrario, el último spot de De Narváez (ver nota en esta página) plantea literalmente “andá a fiscalizar. Es un garrón, pero sólo un rato en tu vida”.

Como sucede típicamente en quienes necesitan defender su gestión (incluido el “Menem lo hizo”), la estrategia del oficialismo va a los bifes: “Nosotros hacemos”. E inmediatamente los números: cuatro millones de puestos de trabajo, 1,8 millones de nuevos jubilados, 13 aumentos consecutivos de las jubilaciones, etc. Y aunque el oficialismo dice no haber elegido un adversario con el que confrontar, parece claro que ese adversario es De Narváez, ya que se disputa buena parte de un mismo electorado urbano. ¿Cómo se ganan esos votos, con spots que luzcan modernos o con buena política? No debe existir contradicción entre ambos términos. La respuesta es fácil pero de muy ardua implementación: equilibrio entre la política en serio y un ojo atento que sepa leer las sensibilidades e imaginarios fragmentados y recelosos de los tiempos de la hipermediatización.


Informe: Demián Verduga

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