que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

15/11/09

El Prestigioso y Honrado Morales Solá































Señor Director:

He leído con suma atención la respuesta de Joaquín Morales Solá a mi nota-carta que Veintitrés publicó el jueves 26 de diciembre (2002), en la cual refiero, entre otros hechos, la conferencia de prensa que en marzo de 1976 organizó el general genocida Antonio Domingo Bussi, en San Miguel de Tucumán, y a la que, más allá de Morales Solá, asistieron los periodistas Marcos Taire, Renée Salas y Leo Gleizer. Bussi, en esa oportunidad, entregó a Morales Solá un pergamino en el que agradecía "su colaboración en la lucha contra la subversión".

La respuesta de Morales Solá, por su vaguedad, mueve al asombro. Cita el periodista de La Nación el mail que, efectivamente, me envió el 20 de diciembre, un mensaje escueto donde, entre otras cosas, dice: "Lo que no puedo aceptar es el dato deliberadamente falso. Cuando se publicó tu libro sobre Bussi, te llamé no para hablar de pecados de juventud, sino para desmentir categóricamente que yo haya estado en un asado con Bussi en Tucumán. Te dije más aún: en 1976 yo estaba en Buenos Aires y no en Tucumán. Y nunca hablé con Bussi, bajo ninguna circunstancia, cuando estaba en Tucumán. Te pedí que hicieras esa aclaración en la segunda edición, no que sacaras el párrafo. Me extraña que tu memoria sea tan sesgada para el recuerdo de los hechos".

Sesgada, frágil y antojadiza parece la memoria de Morales Solá.

Primero, en su llamado telefónico, repito, habló de "pecados de juventud" y me pidió que, en caso de una reedición, suprimiera de mi libro el párrafo en que narro el encuentro con Bussi; recuerdo, incluso, haber comentado el episodio a los directores de Editorial Sudamericana.

Segundo, el pasado jueves 2 de enero, durante un almuerzo con otros periodistas, Marcos Taire volvió a ratificar la presencia de Morales Solá en dicha conferencia de prensa.

Tercero, el propio Morales Solá, en una nota publicada en el diario El País, de Madrid, el 24 de marzo de 2001, escribió: "En la triste y absorta madrugada del 24 de marzo de 1976 me tocó cubrir como periodista el ungimiento del prepotente general Antonio Domingo Bussi como gobernador de Tucumán ...". Presumo que si cubrió "el ungimiento" de Bussi no tuvo más remedio que verlo, compartir con él un espacio físico en común, y muy probablemente, pues para eso lo habían enviado, formularle alguna pregunta.

No conozco casos de periodistas que realicen coberturas desde una azotea, o metidos en una escafandra. Por lo demás, en tanto el infortunado Morales Solá cubría la asunción de Bussi, decenas de periodistas que habían comprendido que resultaba imposible ejercer su oficio bajo un régimen que tenía como principio amordazar la libertad, eran perseguidos, secuestrados, torturados, asesinados. No recuerdo ningún artículo de Morales Solá denunciando tamaña barbarie.

En su carta a Veintitrés, dice Morales Solá: "La carta que se publicó en su revista circuló previamente por Internet y la distribuyeron quienes están interesados en destruir la honra y el prestigio de los periodistas que ejercemos la profesión con claros principios éticos. Lamento que López Echagüe se haya prestado, voluntaria o involuntariamente, a esa maniobra".

Un párrafo, en fin, que exhala estrambótica paranoia. En principio, no se trata de una carta, sino de un artículo que tardíamente publicó el semanario Brecha, de Montevideo. Luego, ¿a qué maniobra se refiere Morales Solá?

¿No cabe en su cráneo la posibilidad de que alguien, ajeno por completo a intereses políticos o económicos, desprovisto del sostén que siempre otorga la pertenencia a un medio de comunicación, redacte un artículo teniendo por todo apoyo sus ideas, informaciones y convicciones?

¿Cada una de las palabras que formula una persona responde, invariablemente, a una campaña, a una maniobra? Apostaba un poco más a su capacidad de discernimiento. La existencia de una maniobra o campaña presupone la existencia de alguien que la dirija, que la haya elucubrado. A mí no me dirige nadie; cada uno de los libros y artículos que he escrito a lo largo de mi vida responde a una serie de convicciones, ideales y principios humanos y éticos que nunca jamás hice a un lado, conducta, en suma, que me ha llevado a perder el empleo en más de una oportunidad.

Conducta, digamos, que a Morales Solá, habituado a trabajar alegremente ora bajo una dictadura, ora en un sistema democrático, debe de resultarle extravagante. Tuve la buena fortuna de comenzar a dar mis primeros pasos en el periodismo de la mano de Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista que respeto y admiro. Solía decirme él: "Lo que escribo es lo que soy, y si no soy fiel a mí mismo no puedo ser fiel a quienes me lean". Mis lectores, pues, saben muy bien quién soy.

Hagamos a un lado, por un momento, el término prestigio, pues en este país, sabemos, el prestigio de buena parte de los periodistas prestigiosos se ha construido a partir no ya del talento y del compromiso con la verdad, sino merced al sutil encadenamiento de influencias, provechosos silencios y, a menudo, relaciones inconfesables. No se puede ser periodista ocho, diez horas al día, y, luego, contertulio del poder.

¿De qué periodismo independiente puede hablar Morales Solá, hombre que, en los inicios de los ochenta, solía tener como informante a Guillermo Cherasny, entonces oficial de Inteligencia de la Marina?

Si acaso no lo recuerda, sus encuentros en el Florida Garden, Paraguay y Florida, eran habituales. ¿Con qué autoridad puede hablar sobre ética periodística un hombre que ofició de escriba de los militares genocidas en los diarios La Gaceta y Clarín, periódicos que, cabe recordar, recibieron de brazos abiertos a Bussi, Videla, Agosti, Massera y sus feroces grupos de tareas?

Si ejercer el oficio de columnista político durante la dictadura, sometiéndose sin rodeo alguno a censuras, engañando, ocultando información, ya comporta una conducta digna de reproche, más llamativo resulta que el crecimiento de Morales Solá como periodista hubiera ocurrido, precisamente, al amparo de los dictadores.

En fin, el melancólico propósito de Morales Solá de presentarse hoy como paradigma del periodismo independiente y albacea de los principios éticos, suena a insulto, a burda ocurrencia. Equivale, por ejemplo, a considerar a Carlos Menem como el hacedor de un país digno, justo y soberano.

La cuestión, estimado Morales Solá, es muy sencilla. El que quiere honra, ha escrito Federico García Lorca, que se porte bien. Y el ocultamiento de la verdad, la sumisión a los dictados de militares genocidas y las amables tertulias con políticos corruptos, en particular cuando de periodismo y periodistas estamos hablando, no son, creo, los caminos más adecuados para alcanzar la honradez.

El prestigio, hoy, es más fácil ganarlo. Basta hacer a un lado la independencia periodística y convertirse en fiel empleado de un medio de comunicación afecto al vaivén, al romance con el poder de turno, o, como ocurrió en las semanas previas al golpe de marzo de 1976, al más desfachatado de los golpismos.

Por último, la honradez y la ética no se enuncian, se practican. La honradez es una virtud que solamente adquiere vuelo e identidad con el correr del tiempo, y nunca jamás a partir de su mera enunciación. El hombre que desde el llano solemnemente se declara honrado, incurre en un atrevimiento, pues su honradez no puede ni debe ser declarada, sí, en cambio, advertida, admirada y celebrada, pero no por él sino por el otro, por el vecino, y, en el caso que nos compete, por los lectores.

Todo es cuestión de tiempo. Morales Solá necesitó un buen puñado de años para caer en la cuenta de que la madrugada del 24 de marzo de 1976 fue triste; lapso similar precisó para cobrar coraje y anteponer el amable adjetivo "prepotente" al infausto apellido Bussi. Los periodistas, me atrevo a colegir, no somos historiadores; debemos llamar a las cosas por su nombre, no años después, sino en el momento en que los acontecimientos ocurren. Si un régimen nos lo prohíbe, o si nos asalta el miedo, entonces más sensato, y, por sobre todas las cosas, más digno y plausible, es procurar fortuna en otro oficio.

No me anima el propósito de entablar una polémica exclusiva y personal con Morales Solá. Todo lo contrario. Sería en extremo útil e interesante que este diálogo epistolar cobrara la forma de debate abierto y franco acerca del papel que ha tenido el periodismo, los periodistas, en los últimos 25 años. Sus relaciones con el poder, sea este dictatorial o democrático; sus responsabilidades, sus omisiones; los principios éticos, la independencia, la libertad de expresión y la libertad de empresa; los monopolios, etc... etc.

Mucho se ha discutido sobre las responsabilidades de la Iglesia, de las Fuerzas Armadas, de la dirigencia política y sindical en el lamentable estado de cosas que padece el país. Y el periodismo, ¿qué? Morales Solá ha puesto el dedo en la llaga.

Atentamente,

Hernán López Echagüe
Carta publicada en Veintitres, el 10 de enero de 2003.








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