que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

28/2/09

La gestión no será transmitida




Una narración apocalíptica de la realidad por los medios que resulta funcional al poder económico.

Luis Lazzaro
Coordinador General del Comfer

En el imaginario social del día a día, la realidad termina siendo aquella representación que se construye a partir de las herramientas disponibles para designarla. En sociedades altamente atravesadas por sistemas masivos de comunicación, esas herramientas son proporcionadas por un dispositivo complejo y concentrado, que impone su punto de vista aún frente a la experiencia individual empírica. Ese sistema forma parte de la realidad social, a tal punto que interviene en su transformación. Su arte está en hacer creer que sólo cuenta lo que sucede, cuando en verdad es parte del proceso de producción de ella misma.

Es el caso del jubilado que ha recibido 15 aumentos en los últimos 5 años –luego de décadas de congelamiento–, que cuenta con leyes recientemente sancionadas que le aseguran la actualización de sus haberes y que, en muchos casos, cobrará este año sus reclamos judiciales en plata contante y sonante, pero que describe su realidad utilizando el libreto del escenario apocalíptico que ha instalado la narración mediática.

Perspectivas. La ética, la estética y el rigor periodístico de los medios pierden su perspectiva cuando niegan que la construcción del mensaje responde a intereses que no se asumen como sujetos de la información, sino que se ocultan tras la gramática de la enunciación.

Los opinadores de los major media locales se incomodan ante la política nacional frente al FMI y al sistema financiero internacional. Advierten que cuestionar esos intereses resultan actos de soberbia que revelan el aislamiento internacional del gobierno argentino. Pero luego del derrumbe mundial y de que varios países desarrollados coincidieran con el diagnóstico crítico de Cristina Fernández en los foros internacionales, el foco se desplaza hacia la supuesta incoherencia que supondría alguna forma de colaboración de la Argentina con el organismo crediticio internacional. En paralelo opinan que, si no hay tal colaboración, la Argentina será poco creíble ante el mundo.

Como se advierte, la lógica de estos enunciados constituyen una trampa sin salida. Sirven para el desgaste de la gestión gubernamental sugiriendo que los conflictos terminan sólo si se accede a las presiones del poder económico.

Diarios, columnistas y noticieros han adoptado, especialmente desde el triunfo de Cristina Fernández en las urnas, una gramática del menosprecio y la descalificación hacia la política pública –no exenta de misoginia encubierta– que apenas disimula la disputa entre los grupos económicos ganadores del modelo transnacional de los ’90 y una alianza que procura afirmar una mayor capacidad decisoria y distributiva en lo interno. Las reglas y principios que regulan la producción de sentido de las empresas de medios resultantes de las alianzas y fusiones de los ’90 definen un lenguaje en donde el sujeto hablará siempre en nombre de intereses que no se mencionan, el predicado utilizará verbos distorsivos y los adjetivos teñirán todo de sospecha.

Usuarios enfurecidos y estafados de Aerolíneas Argentina fueron hasta no hace mucho el sujeto periodístico de una serie noticiosa que los consideraba víctimas, pero no de una empresa irresponsable sino de la inacción gubernamental. En la Aerolíneas recuperada por el Estado, el sujeto encubierto de la noticia es el grupo español expropiado, que aparecerá en escena a través de diferencias en la relación entre España y la Argentina. No importa que desde el Rey para abajo, pasando por el Presidente y el Parlamento, toda España salude una relación inmejorable con el país. La noticia será el uno por ciento.

Maniobras. Las operaciones verbales y discursivas de los pools mediáticos suelen ofender la inteligencia, pero no hay que menospreciarlas porque modelan la opinión pública.

Esos comunicadores dicen por estos días que: “Ante la falta de acceso al crédito y de dólares que sufrirá la Argentina a lo largo de 2009, el Gobierno ahora apuesta a normalizar la situación de la deuda y recuperar presencia en los mercados”. La reprogramación exitosa de los vencimientos del año y el equilibrio macroeconómico que exhiben las cuentas nacionales serán puestas bajo la alfombra para dejar en la superficie solamente los apuros gubernamentales en un año electoral.
Cuando se normalizó el 75 % de la deuda contraída por los beneficiarios de los ’90 se trató de una operación riesgosa que sembró dudas. La operación discursiva atendió al 25 % que quedó afuera del canje de bonos, antes que al hecho histórico de sacar al país del default. En tanto no hubiera acuerdo con al FMI el país sufría un peligroso aislamiento que lo aleja de los circuitos del crédito internacional. Tales opiniones, que sólo representan al pensamiento del propio Fondo, volverán en los próximos días con otros disfraces. Incluso mediante aquellos que, por izquierda, piden ahora un nuevo default para atender al campo.

En realidad, el escaso endeudamiento internacional derivado de un esquema de autonomía resultó ser luego una de las mayores virtudes en los tiempos de la crisis global, cuando las tasas se han disparado a las nubes y el dinero escasea. Pero la virtud no es noticia y los dineros de la publicidad oficial –que no superan el 7 % de los 6,3 mil millones anuales que utiliza el sector privado– son un argumento escaso ante la billetera de las corporaciones. Para convocar al futuro negro que se cierne sobre la Argentina, se citan los estudios de los propios interesados: Wall Street, consultoras y el Instituto Internacional de Finanzas. Los programas del periodismo independiente de la noche están poblados por un elenco estable con una agenda tan previsible como repetida.

Ficciones. La política como arte de gobierno ha desaparecido de la información y sólo permanece como una mala novela de ambiciones personales y apetencias de poder. Sólo se puede hablar de la gestión para descubrir las razones ocultas de cada decisión. Este es el núcleo de la agenda periodística que desenfoca la política pública como tema de análisis. La política (y sus protagonistas) parecen no tener historia. Nadie sabe por qué quebró el país, se contrajeron deudas, se perdió patrimonio público, se malversó la fe ciudadana y se perdió capacidad nacional de decisión. Todo se reduce a un presente permanente y efímero donde existen apenas gestos desesperados de la gestión frente a un futuro amenazante.

Un editorialista de Clarín saludó a mediados de 2008 la existencia de “respuestas por grageas, pero respuestas al fin, sobre la descomunal y enmarañada política de subsidios. La novedad de la última semana fue la decisión de empezar el ajuste de tarifas en los peajes.” Seis meses después otro columnista de la misma empresa dirá que “una parte de los usuarios de luz pagan en estos días los platos rotos de la política de congelamiento de tarifas que impuso el Gobierno durante seis años”.

Es al revés que con Aerolíneas. Se cuestiona la intervención del Estado mediante subsidios porque distorsiona el mercado –impide al privado la cobranza directa de los aumentos–, pero la disminución de esa distorsión es utilizada por el medio para asumir el rol de representante del público y mantener una agenda de confrontación. El editor se presentó primero pidiendo por el sinceramiento de las tarifas y luego como presunto defensor del bolsillo popular.

La serie periodística del campo ha dominado la agenda de debate público desde principios de 2008. Incluso a raíz de la sequía producida por influencia de La Niña, la atención fue dirigida hacia el ataque contra otra herramienta de política pública como las retenciones. Nótese el contrasentido: los más ricos exigen que el Estado los preserve de cualquier contingencia, pero lo hacen en nombre de un liberalismo que condena al fracaso cualquier intervención en el mercado. Las respuestas a los anuncios de gestión están escritas de antemano: son insuficientes, no importa cuáles sean. La foto periodística muestra campos secos con vacas muertas, no los silos repletos con toneladas de cereal guardado para especular con los precios internacionales y la eliminación de retenciones.

Con todo puede ser igual. Las políticas de promoción del consumo y estímulo a la demanda que practica el país –y que replica ahora Estados Unidos– sólo serán destacadas por la falta de heladeras o calefones para abastecer al público.

Con la obra pública y la protección del empleo sucede otro tanto. Los planes para enfrentar la crisis –también adoptados por el presidente Obama– serán otro ejercicio para juntar votos de cara a octubre. Las grandes empresas periodísticas insistirán con su relato: no son políticas, sino cálculos electorales. Este es el punto: la gestión gubernamental no debe exhibir capacidad transformadora ante el poder real. La democracia sólo debe administrar la vanidad personal de los gobernantes. Y los medios están ahí para avisar que no hay gestión; sólo especulación.

Lecturas. Los números demuestran que la región del Mercosur más el resto de América latina configuran un 25 % del comercio internacional de la Argentina, más que el 12,4 de la Unión Europea o del 10, 3 de Estados Unidos. La primacía natural que el país otorga a las relaciones en la región es presentada con sorna por los opinadores contratados. Preocupa si alguno de estos gestos políticos molestará a los poderes transnacionales. El ejercicio regional que las potencias practican a diario en su vecindario del norte es aquí un síntoma de aislamiento.

El Gobierno no puede actuar porque está cercado por la crisis, pero si hace algo sólo lo hará por necesidad o por ambiciones electorales. Ninguna acción será consecuencia de una política, apenas una reacción ante la realidad. Y la realidad, como todos sabemos, es la agenda publicada. Reducido a esta lógica no queda ningún espacio para la gestión. Todo lo que se haga será motivado por especulación electoral. Este es el encuadre que preside la construcción discursiva de un periodismo regido por la pertenencia a una industria que hace de la esfera pública su principal mercancía.

Construcción negativa. El italiano Paolo Virno, docente de Ética de la Comunicación en la Universidad de Calabria, reflexiona en Gramática de la multitud, sobre la borrosa frontera entre el individuo, el ciudadano y la muchedumbre. En idéntico sentido cabría preguntarse sobre los límites reales que separan hoy –como enunciadores– al periodista de la empresa periodística en los tiempos de la industria de la comunicación. “La industria cultural –dice Virno– produce (innova, experimenta) los procedimientos comunicativos que son luego destinados a hacer las veces de medios de producción hasta en los sectores más tradicionales de la economía contemporánea. He allí el papel de la industria de la comunicación, una vez que el post-fordismo se ha afirmado plenamente: industria de los medios de comunicación.”

Esa industria concentrada –a diferencia de las miles de pymes editoriales y de radiodifusión del sector– informa todos los días que no hay salida. Que es inútil tratar de cambiar la foto del poder establecido. La astucia de esa construcción negativa es que se realiza desde el supuesto lugar de representar a la gente, invocando muchos de sus problemas reales y censurando toda conquista. De allí al intento de sustitución de la voluntad ciudadana, que en democracia se expresa mediante el voto, existe sólo un paso.





No hay comentarios:

Publicar un comentario