que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

27/12/09

PAROLE PAROLE PAROLE



3 notas que analizan el uso de las palabras en el aire, a veces irrespirable, de la sociedad argentina.

3 análisis profundos: iImperdibles, necesarios, dolorosos pero esperanzadores también.

Si entendemos qué está pasando podremos resolver los problemas, los ruidos y los síntomas de la enfermedad tilinga.

Y seguir adelante, difícil pero no imposible...



3ra (27/12/09)
¿Qué clase(s) de lucha es la lucha de palabras?

El pasado 21 de diciembre, Donatella Castellani publica en este mismo medio una estupenda columna en la cual manifiesta su desacuerdo con otra que yo mismo había publicado el 14 de diciembre anterior, y en la cual cree percibir que yo subestimo “el hecho de que hace un tiempo, subrepticiamente, en el aire público están apareciendo zonas casi irrespirables, malolientes, contaminadas con palabras que uno creía (esperaba) enterradas para siempre”.

Debo decir, para aclarar mi posición desde el principio, que Donatella tiene toda la razón. No digo que la tenga, necesariamente, en leer que yo “subestimo” todo esto que ella señala. Le podría objetar que en verdad la intención del artículo era mostrar, precisamente, que el señor Posse no tiene ninguna importancia en sí mismo (de hecho, hago el esfuerzo de no nombrarlo nunca, para “despersonalizar” la cuestión), sino en todo caso como síntoma de otra cosa, que Donatella analiza con pertinencia. Pero, en verdad –ya sea que yo me haya equivocado o que ella me haya malinterpretado– la “defensa” de mi artículo no tiene ninguna importancia. Lo que importa es discutir la cuestión.

Donatella detecta correctamente que estamos contaminados por una enfermedad –aunque ella no la llama así– del lenguaje (no sólo) argentino. Esa enfermedad, por supuesto, puede a su vez ser también un síntoma de cosas más graves que las expresiones coloquiales, incluso las de Susana Giménez. Pero insistiré con el término “enfermedad”, básicamente por dos razones:

  • primero, porque tiene un alto nivel de especificidad y autonomía, que no permite reducirlo a los conceptos, ideas, deformaciones ideológicas o lo que fuere, que esas palabras se limitarían a “comunicar”: el lenguaje nunca se limita a la “comunicación”, sino que produce pensamiento, y a veces –dadas determinadas condiciones– también acción; tiene, en efecto, una potencia “perlocutiva” o “performativa”, como lo sabían muy bien los antiguos retóricos de la Magna Grecia, y hoy los publicitarios o acuñadores de consignas políticas (y desde luego, en un sentido completamente distinto, los psicoanalistas).

  • Y segundo, el lenguaje –como aprendimos, entre otros, en Bakhtin– no es una mera excrecencia “superestructural” de las bases materiales o las relaciones de producción (como pretendía ramplonamente el gran “lingüista” compatriota de Bakhtin, Josef Stalin) sino que el lenguaje es un escenario privilegiado de los conflictos sociales y culturales, de las hegemonías ideológicas y las resistencias a ellas, y en el límite de la mismísima lucha de clases.
La heteroglosia, como denominaba el mismo Bakhtin a la polifonía conflictiva de múltiples y frecuentemente contrapuestos “acentos sociales” que atraviesan a cualquier sociedad aunque sus miembros compartan la misma lengua (ni hablemos ya en sociedades plurilingüísticas como tantas de las que existen en nuestro propio continente), esa “heteroglosia”, decíamos, es algo que el poder necesita imperiosamente reprimir desde su hegemonía cultural, para “comunicar” la (falsa) impresión de una unidad lingüística que sería expresión a su vez de una totalidad social, política y cultural sin quiebres internos (el famoso ser nacional, digamos).

Ya la Revolución Francesa logró hacer esto en la modernidad: el solo hecho de que se dé por naturalizada la denominación de “francesa” para una revolución en la que la mayoría de aquellos que la hicieron en las calles no hablaban francés (sino vasco, gascón, bretón, languedoc, langue d’oeil, etcétera) es una palmaria demostración.

Y bien: ésta es, hoy, nuestra (gravísima) enfermedad lingüística. Quiero decir: la “industria cultural” en general, y los grandes media en particular, pero también una “sedimentación” de odios de clase larvados, al acecho de la mejor oportunidad para olvidar la maldita “corrección política” junto con la idiomática –oportunidad restablecida desde marzo de 2008, para ponerle una fecha emblemática–, han conseguido enfermarnos a todos con la creencia de que las palabras no tienen más importancia que la de proyectiles lanzados contra el enemigo, disimulando el hecho de que es al interior de esas mismas palabras, en sus diferenciales acentuaciones sociales, que se juega la línea divisoria amigo/enemigo.

Las palabras son, así, como pares de medias que uno se saca o se pone según haga frío o calor: meros instrumentos que se usan según la ocasión. Pero cualquier instrumento, desde el más tosco martillo, no digamos ya las palabras de una lengua, es ante todo una relación social: es algo que hace ekklesia, como llamaban los griegos al ágora de discusión pública; es un re-ligare (de donde proviene la palabra “religión”), es una producción de lazos sociales que conforman una “comunidad”.

No en vano Heidegger calificaba al lenguaje como la casa del Hombre: sin él no somos mejores que un animal a la intemperie, dispuesto a lo que sea para alimentarse. Pero no: el lenguaje, a los argentinos, se nos ha transformado en basura que apartamos con el pie o que recogemos si nos presta alguna utilidad efímera. La cosa no parecería ser grave cuando se limita a que los adolescentes supriman las vocales en sus mensajitos de texto (entre paréntesis: otro gran semiólogo ruso, Yuri Lotman, bautizó como Sistemas de Modelización Secundaria, SMS, a esos “códigos de códigos” meta-lingüísticos, como el arte: pero SMS es una abreviatura que no podremos usar nunca más en la universidad, porque los alumnos creerán que estamos hablando de sus celulares), o cuando usan expresiones como “Dale, bolú, que está bueno” (aunque cierto espíritu “conservacionista” –que no es lo mismo que conservador– podría regañarlos por arruinar la gramática de la exquisita lengua de Cervantes, y de paso recordarles que “está bueno”, como sustituto condensado de las correctas “está bien” y “es bueno”, hace desaparecer una diferencia específica de la lengua castellana –la distinción entre ser y estar, que no existe en otras lenguas occidentales– y además, casualmente, aplicada a Buenos Aires es una consigna macrista: “por algo será”).

La cosa se pone más seria cuando, por ejemplo, se naturaliza la palabra “yegua” para hablar no sólo de una mujer que “está buena”, sino de la presidenta de la Nación, y no justamente para elogiar su atractivo femenino. Y no me refiero a la utilización de la palabra por parte de desaforados fascistas que intervienen frecuencias de radio helicopterales, sino por compuestas señoras de clase media que bajan en ascensor del consultorio dermatológico (alguien muy cercano a mí fue testigo presencial de esta “acentuación social”), y que utilizan el epíteto con perfecta naturalidad y desapasionadamente, como si fuera el nombre propio de la aludida.

Y no importa, si cabe aclararlo, la posición política que se tenga respecto del actual gobierno nacional: lo que importa es la serie semántica en la que esa metáfora zoológica entra. Piénsese: los nazis llamaban ratas a los judíos, los turcos gusanos a los armenios, los hutus cucarachas a los tutsies, los militares argentinos gérmenes o virus a los “subversivos”. Todos bichos repugnantes y transmisores de enfermedades, cuya eliminación en masa nadie medianamente sensato objetaría.

El lenguaje es “performativo”: empieza por autorizar simbólicamente la liquidación física del Otro. Frente a eso, sin duda, palabras como yegua, o del otro lado, gorila, o monos (como se les dice a veces a los negros) e incluso, desde mucho más atrás, mulato (proveniente de ese mulo que es una mezcla “artificial” de caballo con burra, o algo así) tienen alguna mayor dignidad zoológica que la de aquellos insectos y roedores (y acabo de recordar que bolita, como se les dice a los bolivianos, es también un bicho, mientras que paragua es una herramienta para taparse de la lluvia). Pero lo que me interesa aquí es que –con la salvedad del mítico Mister Ed– los animales no hablan: lo que esos epítetos buscan es des-humanizar al que se ha seleccionado como oponente retirándoles la capacidad de lenguaje, y por lo tanto imposibilitar toda producción de un lazo social, de ekklesia o re-ligare con ellos, aunque fuera bajo la forma del conflicto de “acentos”. No es para rasgarse las vestiduras y poner los ojos en blanco de santa indignación: en política esto se hace desde siempre, y quizá sea inevitable. Y la “corrección lingüística” puede a la larga resultar tan estúpida y opresiva como la corrección política. Y además, no es lo mismo usar las palabras en una rueda de café o una reunión de amigotes (o siquiera en el ascensor del dermatólogo, con lo cual uno podría atribuirle al hablante una cuestión de piel) que en los medios o en el discurso público, donde por definición se espera producir con ellas un efecto de masas. Pero entonces es conveniente que sepamos lo que hacemos.

La enfermedad del lenguaje argentino de hoy consiste en ese no saber. O, mejor –peor, en verdad–: ese no querer saber. Porque, caramba, no hace falta ser Jakobson o Benveniste: lo que estamos diciendo (o lo que decía Donatella en la nota de marras) es del más craso sentido común. Sólo que el sentido común (o el “acento”) dominante es el de que las palabras se pueden usar desentendiéndose de sus efectos (¿alguien se acuerda de cuando nuestros padres increpaban con un “¡señor, mida sus palabras!”?: hubo una época en que se sabía que esa falta de medida podía implicar un pasaje al acto). Eso, y no simplemente no entender la lengua del otro, es la auténtica barbarie.

Tal vez para muchos/as pedir “mano dura”, gritar “negros de mierda” o exhortar a “matarlos a todos” sean puras figuras retóricas. Pero nunca falta –y estamos viviendo tiempos en que empiezan a abundar– quien se las tome (iba a decir “en serio”, como si las metáforas no fueran cosa seria) literalmente: son, ellos sí, los que han perdido toda capacidad de simbolización, o nunca la tuvieron.

Es, entonces, una batalla que hay que dar. Se puede (y en mi modesta opinión, se debe) ser crítico del Gobierno. Pero los distintos grupos de intelectuales –es decir, de aquellos que trabajan con las palabras–, sean “progres”, de “centroizquierda”, “nacional-populares” o decididamente de izquierda, que puedan tener las posiciones más encontradas respecto del Gobierno (apoyo sin crítica, apoyo crítico, crítica sin apoyo), deberían al menos encontrar un denominador común en la defensa de una lengua política emancipada de la basura vomitiva que cae cotidianamente de nuestras “cajas bobas” y compañías varias.

Como alguien (yo mismo, bah) escribió en el último número de la revista Confines, en lo único en lo que no podemos errar –puesto que es un “piso” mínimo al que no podríamos renunciar sin hundirnos en la abyección– es en la más firme confrontación de la catarata de mierda clasista, racista y “pequebú” palurda, alimentada con saña por momentos psicótica desde unas alcantarillas mediáticas que corren el riesgo de hacer caer la otrora digna profesión de un José Martí –que escribía en un gran diario “nacional”– al más bajo sótano de su atribulada historia.




2da (21/12/09)
Y finalmente Susana Giménez tenía razón

Lamento no estar de acuerdo con el brillante artículo de Eduardo Grünner (publicado en Página/12 el 14 de diciembre). Me parece que él subestima el hecho de que hace un tiempo, subrepticiamente, en el aire público están apareciendo zonas casi irrespirables, malolientes, contaminadas con palabras que uno creía (esperaba) enterradas para siempre.

La lucha de estos 26 años de democracia fue la de recuperar no sólo las instituciones, sino también un espacio discursivo que durante largos años había estado invadido por fuerzas de ocupación simbólica que lo habían alambrado rigurosamente, implantando definiciones regimentadas e inapelables que pretendían decretar cómo era la realidad que definían. Así se nos dijo cómo era el “ser nacional”, obviamente “occidental y cristiano”, cuáles eran las “ideologías foráneas”, en qué consistían la “paz y el orden”, qué “flagelos” se “infiltraban” –como un virus filtrable– en la sociedad, a quiénes había que llamar “delincuentes subversivos” y sólo se dejaba sin definir el “algo” que seguramente éstos habrían hecho, para poder hacer entrar allí desde el reclamo por el boleto escolar hasta el accionar de monjitas de buena voluntad que tenían de la “moral cristiana” una visión bastante más ceñida al Evangelio que los militares. Y creíamos que, cuando se había develado más allá de toda duda la realidad trágica y casi indescriptible que había corrido por debajo de esas palabras, había quedado claro también que ellas estaban vacías de toda referencia concreta, que sólo tenían un cínico carácter de máscaras, de camuflaje, y es más, de poderosos artefactos bélicos presentados como estampitas de la Virgen de Luján.

Por eso creíamos estar ya inmunes contra discursos engañosos. Que más allá de cualquier diferencia política, la inmensa mayoría de los argentinos nos habíamos puesto de acuerdo en repudiar para siempre lo ocurrido en un pasado nefasto y no querer por nada del mundo volver a oír palabras que nos recomendaran algo ni remotamente parecido. Que habíamos aprendido que pasar por encima de los derechos y garantías básicas consagrados en la Constitución para todos los habitantes era un viaje de ida. Y que siempre, inevitablemente, eran muchos más los que tenían que lamentarlo que los que se beneficiaban. Nos hacíamos la ilusión de que los vivas a Videla y compañía eran ya sólo una trasnochada muestra de neandertalismo de una reblandecida Elena Cruz o de una desaforada Cecilia Pando.

¿Por qué ahora empezamos a darnos cuenta de que aparecen manifestaciones que se nos hacen siniestramente familiares? Hay que pensar que las construcciones de sentido no se forman en la sociedad de un minuto para otro. Son sedimentaciones de discursos largamente repetidos, de metáforas peligrosas, de asociaciones de conceptos en principio diferentes pero que, de tanto presentarlos juntos, terminan formando parte de un solo significado indivisible. En lingüística los llamamos sintagmas consolidados, como “café con leche” o “cabellos de ángel”.

Y en los últimos tiempos se empezaron a asociar discursivamente los conflictos y problemas del presente con imágenes y palabras propias del pasado. Primero hubo una apropiación de los símbolos patrios y religiosos por parte de los “argentinísimos” dueños de la tierra: el himno, la bandera, la escarapela y la Virgen eran ahora propiedad de la patria agropecuaria como antes lo habían sido de la patria militar.

Mientras, las señoras caceroleras gritaban contra Cuba y Venezuela, los Montoneros, las Madres de Plaza de Mayo y bramaban en los blogs diciendo temer que el Gobierno les expropiara sus tierras para dárselas al Estado. Luego Hugo Biolcati, en charla con el doctor Mariano Grondona, dos personas de pro, meditaban televisivamente si no sería buena idea que este Gobierno durara menos de lo que marca su período constitucional. Y, ya este año, en la inauguración de la Rural el mismo Biolcati afirmó que el gobierno nacional viene efectuando “ataques inusitados a las raíces, el corazón del ser nacional”. ¿Otra vez el “ser nacional”? ¿Por qué será que viene a la memoria la definición de Videla “subversión no es ni más ni menos que eso: subversión de los valores esenciales del ser nacional”?

Y a los pocos días, Mario Llambías proclamaba el mayor de sus respetos por Martínez de Hoz, ilustre prosapia de esclavistas, exterminadores de indios, fundadores de la Liga Patriótica exterminadora de obreros y finalmente ministros de dictaduras exterminadoras de gente y de la economía nacional. Simultáneamente, el propio ilustre descendiente José Alfredo declaraba que Videla “no es un asesino” y que no hay que creer en la propaganda. Ahora Biolcati dice que hay que “descabezar” una provincia de su gobernador elegido en las urnas. Es decir que se empieza a reflotar un discurso que plantea opciones del tipo “ser nacional” o “Cuba”, “Videla” o el “Che Guevara”, “gobierno subversivo” o “Martínez de Hoz”, “expropiaciones” o “libre mercado”.

Por su parte, Elisa Carrió también dice cosas gordas: compara a Néstor Kirchner con Hitler y afirma que éste NO es un gobierno democrático. Después manda cartas a las embajadas denunciando que el Gobierno provoca una “inusitada escalada de violencia” y, entre apocalipsis y apocalipsis, anuncia una “emboscada” preparada por Néstor Kirchner a quien llama “gobernante de facto”. Aquí lo “foráneo” peligroso ya no tiene origen marxista –claro, Lilita se denomina centroizquierda–, sino nacionalsocialista. También afirma que en la calle la gente dice de los K “los quiero matar”, “a ver si los derrumban”. Y el efecto es el mismo: no estamos en democracia, hay violencia, armas, emboscadas ¿la situación se parece al ’75?

Más recientemente, reverdece con toda la furia el tema de la “inseguridad”. Y no me interesa aquí volver a señalar que cada crimen repetido mil veces en todas las pantallas parece como veinte crímenes distintos ni discutir estadísticas ni comparaciones con otros países. Lo que quiero mostrar es que aquí también el discurso se vuelve cada vez más peligroso y retroverso.

Empieza con el miedo generalizado por el martilleo mediático. “Nos van matar a todos”, dice Mirtha. Pero rápidamente el discurso se desliza a temas más escabrosos como el de pedir que nosotros matemos a todos, cuestionar los “derechos humanos” para los delincuentes, la vergüenza que los policías “buenos” vayan a la cárcel por algo “a lo que llaman apremios ilegales” (vulgo: torturas).

Lo grave es que se empieza a poner bajo sospecha la defensa de los derechos humanos y el respeto por las garantías constitucionales como conducta ética que debería estar por encima de opiniones y discusiones políticas. De allí a justificar sus violaciones pasadas y sus posibles violaciones futuras hay un paso. Carrió, en una parodia macabra de la maternidad social que plantean las Madres para todos los desaparecidos, dice que los hijos de la señora de Noble son “nuestros hijos”, defendiéndolos del “atropello” de averiguar si hubo un delito de apropiación de niños.

Además, en los discursos contaminantes de los medios los delincuentes se mezclan con los piqueteros, con los reclamos sociales de todo tipo, con todo lo que crea “inseguridad”, ‘‘caos” y “violencia”. Y es en este contexto en el que pueden abrirse las tranqueras de Jurassic Park y saltar afuera un Abel Posse. Y yo creo que aunque no sólo el ataque al rock, sino sus “virus ideológicos”, “visión trotskoleninista”, “persistencia gramsciana”, “revolución socialguevarista” (¡y el menos fantasioso Videla que se conformaba con hablar de “ideologías extrañas”!), y defensa de lo que hicieron los militares hace cuatro décadas sobrepasen el “piso mínimo del cual la buena sociedad, como tal, no se va a bajar, por más mano dura que reclame”, no debemos subestimar la fuerza perlocucionaria (la de provocar consecuencias en el mundo) del núcleo de su discurso.

Supuestamente él habla de criminalidad, pero en realidad habla del enemigo interno que hay que combatir: como dijo brillantemente Sandra Russo, él traza un puente entre la “inseguridad” y la Doctrina de la Seguridad Nacional. Y sin usar eufemismos, habla de “armas” y de “acción inmediata”, de “batalla central”. Acusa a “los K” de prohijar “el vandalismo piquetero, el desborde lumpen, la indisciplina juvenil”. Igual que para Carrió, los K, entre otros delitos, “demolieron el básico esquema constitucional”. Nada muy distinto de otros discursos que circulan por los medios.

Posse le dice a Tenembaum que todo el mundo piensa como él. Bueno, todo el mundo no. Parece que Tenembaum no, y yo tampoco. Pero ¿podemos subestimar los efectos del permanente goteo de estos discursos que horadan la cabeza? ¿Hasta dónde van a llevar la histeria colectiva? Y ojo, que ya no se trata sólo de defender este particular gobierno democrático. Se trata de si queremos o no vivir en democracia. Sepamos que ya no hace falta sacar los tanques a la calle para no hacerlo. Ni sentar a tres uniformados en la Casa Rosada. Miremos a Honduras, ¡por favor! Basta con el apoyo de los medios. Basta con un guiño del Congreso. Basta con una destitución o forzar una renuncia. Basta con un estado de sitio. Con ordenar a todas las fuerzas meter bala. Primero con los delincuentes, después con los piqueteros, después con los que protestan ... y no hace falta estar citando a Brecht.

Cuidado, porque finalmente Susana Giménez tenía razón: los dinosaurios están vivos y en condiciones de procrear.

Donatella Castellani
Investigadora en Ciencias Sociales



1ra (14/12/09)
Verba non res

A los jóvenes, es sabido, los estupidizan el rock, los aritos y los preservativos (aunque cuando uno era joven, llevar este último adminículo en el bolsillo era un signo, más bien, de “viveza”, de estar “siempre listo” para una eventualidad). No, digamos, Tinelli. Esta sutil hipótesis sociológica nada dice, sin embargo, sobre qué estupidiza a los adultos. O a los ancianos que ya llegan muy alelados a provecta edad, aunque se hayan pasado la vida escuchando a Mozart y no a Mick Jagger. Y es lógico que de eso no se diga nada: hay que hacerle creer al que escucha que la decrepitud es señal de tener una posición ¡firrr-me! frente al mundo. Y de que –viniendo los consejos de un respetable intelectual de la nación que de pronto adquirió cartera– sus discursos tienen alguna posibilidad de ser, como se dice, pasados al acto. Pero esa pretensión es insultar la inteligencia hasta de los votantes que, indirectamente, le entregaron la cartera.

Quiero decir: son palabras que no tienen la más mínima posibilidad de eficacia, más allá de la de ser citadas por algún acusado de genocidio –con la cual, como es obvio, el efecto es boomerang–. Como diría algún lingüista, el performativo –ese enunciado que por su propia enunciación es un acto con consecuencias materiales en la realidad– requiere de una serie de condiciones institucionales y sociales para poder afectar algo.

Pero no hay tal cosa. Desde ya: éste es un país que conserva nichos ecológicos trogloditas, como cualquiera. Y ésta es una ciudad llena de reaccionarios, como todas. Y tenemos una clase media con una historia complicada, etcétera. Pero hoy –en el futuro nunca se sabe, pero el hombre habla hoy– hay un umbral que ya se cruzó, un piso mínimo del cual la buena sociedad, como tal, no se va a bajar, por más mano dura que reclame para los delincuentes juveniles. Para los descastados y lúmpenes, entendámonos. Pero ¿para los rockeros con arito que van a las buenas escuelas porteñas, públicas o privadas? Hay que estar muy despistado para creer que incluso las mamás de algún colegio inglés de Barrio Norte van a tolerar el arrasamiento del inveterado sarmientismo de la middle-class metropolitana. No, con la educación de los pibes no se juega, che. Y entonces ¿el pobre tipo qué va a hacer? Supongamos –podría suceder– que en reacción a sus palabras las maestras declaran una huelga. ¿Va a mandar reprimir violentamente –como tendría que hacerlo, si es consecuente con su performance verbal– a las proverbiales segundas madres?

Puede ser, el primer día. Y hasta el segundo. El tercero se tiene que ir, en helicóptero, en bicicleta –por las nuevas bicisendas que hizo su jefe–, o en cuatro patas para pasar lo más inadvertido posible. ¿Entonces por qué no ahorramos tiempo, Mauri? Pero, uno sabe por qué: porque, mientras tanto, hay que darles aire a los grandes media para ver si con toda la manija que le están dando al asunto logran que alguien se crea que la cosa va en serio. Que la “corrección política” (auténtica o cínica, lo mismo da) de la porteñidad –esa corrección política que es la razón por la cual votaron en pro de un jefe que llamaba a la concordia– va a ser despachada rápidamente para que con las palabras se puedan hacer cosas.

O sea: la inflación de sandeces huecas de un plumífero es un tiro por elevación que pretende fungir de amenaza de que algún día lo que se dice se haga. En todo caso habrá que ocuparse de esas operaciones, pero no de las palabras mismas. Y, seguramente, habrá que ocuparse de ver qué está pasando con la educación en la bendita CABA.

Finalmente, como decía Freud, educar es una tarea imposible, igual que gobernar: entre otras cosas, porque son tareas que tienen que suponer sujetos libres y autónomos en una sociedad que no lo es; entonces ¿por qué no nos ocupamos de eso? Y dicho sea de paso: tampoco habría que considerar apocalíptico que un escribiente inverosímil esté al frente de esa magna cartera, o suponer que el próximo 24 de marzo no se va a poder decirles a los educandos lo que corresponda. Eso sería menospreciar el hecho de que es en el duro trabajo cotidiano en la jungla de pizarra donde se juega lo que importa verdaderamente, y no en los micrófonos de una ceremonia de asunción que prontamente puede ser de deposición.

Y ahí, donde importa, los pibes, en general, están en buenas manos. Y, bueno, ya que tanto hemos hablado de palabras (huequísimas), nos permitiremos terminar con una erudita disquisición filológica. Cualquiera que –como el que esto escribe– sea un fanático de los westerns clásicos de Hollywood, sabe cuál es la palabra con que se designa a esas patrullas improvisadas de ciudadanos ávidos de sangre que el sheriff recluta para salir a linchar al malviviente: esa palabra, en inglés, es posse. Pero el plumífero de marras no da la estatura del más bien lacónico John Wayne. Y no se ve (por ahora, todo es por ahora) que haya muchos energúmenos dispuestos a montar.


Eduardo Grüner
Sociólogo, profesor de Teoría política y de Sociología del arte (UBA).




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