que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

3/6/13

LA CRISIS PERPETUA







“En nuestra precipitación por medir lo histórico, lo significativo, lo revelador, no dejemos de lado lo esencial: lo verdaderamente intolerable, lo realmente inadmisible, el escándalo no es el grisú, es el trabajo en las minas. Los 'malestares sociales' no son 'preocupantes' en período de huelga, son intolerables 24 horas por día, 365 días por año."


Georges Perec









Una parodia de crisis política mece la poltrona de Cristina Fernández. Una oposición sin estrategia, faltan 70 días para las elecciones de medio tiempo y todo sigue en veremos, confunde el lugar televisivo de Jorge Lanata con un camino hacia alguna parte. La fragilidad de toda la estructura yace una vez más al descubierto.

¿Qué impone semejante endeblez sistémica? No se trata tan sólo del complejo y destartalado abanico denominado "la oposición", también remite al oficialismo. Una oposición incapaz de producir reagrupamientos termina por jugar en los pliegues internos del Frente para la Victoria. Dicho sin anestesia, juega en la canchita presidencial. Esa es la impotencia: dificultad, imposibilidad de jugar en la otra cancha. Conviene recordar en esta lectura que las elecciones de 2015, como toda elección presidencial desde 1916, no es otra cosa que un plebiscito que el Ejecutivo propone a la sociedad política: aceptar o rechazar su candidato presidencial. Es útil añadir que a lo largo de esta centuria nunca ninguna propuesta fue rechazada. Y que a lo sumo los golpes de Estado exitosos tuvieron, en ese lapso, como parte de sus propósitos, confiscar ese atributo presidencial y transferirlo a su cuadro de oficiales superiores.

En 1930 fue arrebatado a Hipólito Yrigoyen, en 1943 a Ramón Castillo, en 1955 a Juan Domingo Perón, en 1962 a Arturo Frondizi y en 1976 a María Estela Martínez de Perón. Destruidas las FF AA en la batalla contra la guerrilla, ese poder se parlamentarizó, y en la crisis de 2001, el Congreso terminó sentando –en Balcarce 50– al senador Eduardo Duhalde; y todo siguió fingiendo normalidad.

De esa lógica sistémica proceden Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Se trata de saber si continuará en 2015, o si será modificada. No hay modo de anticiparlo, mi hipótesis provisional será que no. Cristina elegirá a su sucesor. Entonces, la clásica disputa entre el gobernador de la provincia de Buenos Aires y el titular del Ejecutivo volverá a reproducirse. En una de las caras de la tenaza está la presidenta, en la otra, el reguero de reclamos docentes que ilumina el camino de Daniel Scioli. La oposición, para auxiliarlo, pide un precio que Scioli no pareciera dispuesto a pagar: saltar la tranquera; restablecer sus "naturales" vasos comunicantes con "amigos" de igual ADN ideológico. Asumirse como "jefe" de toda la oposición, nacionalizar el conflicto provincial. ¿Lo hará?

El viejo conflicto por los recursos corroe la ingeniería política del gobernador. O los obtiene del poder central, o salen de la Pampa Húmeda. Ni los radicales, ni los seguidores del colorado De Narváez parecen materia dispuesta a votar una ley que arrime recursos reduciendo, por ejemplo, la astronómica tasa de ganancia de los pools sojeros; después de todo, la mínima corrección del impuesto inmobiliario rural gatilló la resistencia de la Mesa de Enlace; sin embargo, el gobernador no podrá zafar sin incrementar los acotados recursos propios. Ahí se obtiene la primera conclusión tajante: saltar el cerco no le sirve, no para seguir gobernando con una mayor cuota de oxígeno político.

La oposición no puede respaldar a Scioli más allá del parloteo; el gobernador solicita, requiere, necesita dinero fresco. O lo genera mediante impuestos provinciales (después de todo, esa sería la retraducción práctica de la andanada discursiva presidencial) o lo recibe del Poder Ejecutivo. La oposición no puede apoyar una cosa ni lograr la otra, por tanto sigue en el limbo, carece de política propia. No es la lealtad la que le impide a Scioli invertir las alianzas, sino la dura materialidad de la política práctica. Salvo que decida inmolarse.

Nadie se inmola en la política contemporánea, ni aquí ni en parte alguna. ¿Por qué un hombre que hizo de la obediente medianía su estrategia natural haría semejante cosa? Convengamos algo, estoy de acuerdo en que, en condiciones normales, ese sería el comportamiento esperable, pero estas no son condiciones normales y por tanto se pueden esperar curiosidades relevantes.

Dijimos en otra oportunidad: dos extremos lógicos, no políticos. En uno el gobernador "aguanta" todo y sobrevive. En el otro no aguanta más y pega el brinco. Primero, aguantar todo y sobrevivir no es exactamente lo mismo. Sobrevivir, para un hombre que mostró sus cartas presidenciales de movida, no puede ser otra cosa que conservar vivo su proyecto. ¿Si aguanta todo, cómo pega el salto? Da batalla pública para terminar renunciando y trasformarse en el punto de recomposición de parte del universo anti K.

¿Esa es una sucia maniobra desestabilizadora? ¿O es simplemente la naturaleza del modelo político argentino? Sólo el coronel Perón tuvo un padrino plebeyo, el 17 de Octubre, y el bloque de clases dominantes jamás se lo perdonó. Recordemos, el General Perón y el gobernador Mercante reproducen el conflicto durante el primer peronismo; el presidente Frondizi y el gobernador Alende, en el año '62; de nuevo Perón y el gobernador Oscar Bidegain, en el '74; y si la escena no se repitió con Raúl Alfonsín fue porque la UCR perdió, en el '87, esa estratégica provincia a manos de Antonio Cafiero; pero con Menem y Eduardo Duhalde el conflicto recobró máxima intensidad, en su anteúltima versión. Por eso Menem optó por Fernando de la Rúa. Entonces, salvo durante los gobiernos militares, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, por peso específico del distrito, termina siendo un "enemigo natural" del presidente. El conflicto no se desata por diferencias de personalidad sino por el funcionamiento de la estructura.

Esa es la historia nacional, y para que no se repita, es preciso cambiar de modelo político; poner en marcha la alternativa parlamentaria, reformar la Constitución. "No", grita enardecida la oposición, ese es un traje a medida de Cristina, la otra cara del continuismo. Ahora podemos entender, la oposición requiere de un animal que no provee la zoología política. Ni acepta un nuevo presidente fogoneado por la Casa Rosada, ni tolera un gobierno parlamentario. Quiere designar el próximo presidente como derecho natural inalienable, como durante el ciclo 1983-2001, donde se votara lo que se votara todos los gobiernos hacían lo mismo, y para lograrlo espera que la crisis global arrime la brasa.

Entonces, razonan a media voz, cuando quede claro que no sirven, que sólo ejercen su cruel despotismo personal sin límite republicano, la sociedad argentina reaccionará. El razonamiento es simple. Si el enojo clasemediero por las dificultades para hacerse de dólares siguiera su curso, si los precios de los productos de la canasta familiar se volvieran a empinar y la economía se terminara estancando, después de todo la brasileña ya lo hizo, hasta los amigos del gobierno se convertirían en sus enemigos. El viento de cola habría sostenido el barrilete; con un huracán soplando en sentido opuesto se caería.

Un silencio denso se instala en el horizonte político nacional, es evidente que no faltan irresponsables que apuestan a las virtudes pedagógicas de la crisis, a que la marcha de sus volutas arrase una vez más la estragada piel de la sociedad argentina y la rehaga a la griega. Pero la compacta mayoría está condenada al sentido común. Y nadie con sentido común está dispuesto a dejarse arrasar primero, para que después Scioli sea presidente. Es un poco mucho. Sólo la Mesa de Enlace puede permitirse semejante tipo de "reflexión"; y nada indica que esa interesada voluntad suicida puesta en marcha (después de todo las crisis no sólo tienen perdedores también están los "ganadores sistémicos") termine por cristalizar otra mayoría amorfa capaz de avanzar alegremente en dirección a la nada.





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