que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

7/11/11

Sobre los MALENTENDIDOS de la POLÍTICA 2.0





A casi dos años de haber ingresado en la segunda década del siglo XXI, podemos decir que brecha digital no es igual a brecha económica. Sostener la homologación de estos dos elementos de análisis es desconocer que la brecha digital es cada vez menos económica que mental. De allí que el manejo de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) que en Argentina está entre los más altos de Iberoamérica no guarde una relación directa con la cantidad de hogares que tienen computadora e internet, sino con el nivel de acceso y manejo de cierto capital cultural. Es decir, si bien la conectividad puede servir para expresar cierto standard de vida, no es una variable de hierro para establecer niveles de inclusión. Lo mismo ocurre con la PC. Hoy, pensar el acceso a la PC como una variable de inclusión, es como haber supuesto en el boom de la industria liviana que la radio o la televisión iban a definir pertenencias de clase. La accesibilidad tiende a resolverse fácticamente, con celulares y netbooks cada vez más económicos. Mucho más cuando las políticas de Estado (nacionales, provinciales, incluso municipales) marchan hacia una inclusión digital que, lejos de estancarse, iguala las oportunidades de los diferentes sectores sociales.

Tomemos el ejemplo del celular. El celular, que era un artículo de lujo en los '90, ha dejado de ser excluyente para la inmensa mayoría; hoy sólo el 10 por ciento de la población mundial no usa celular. Pero hay un dato aún más significativo: los últimos 20 años conformaron un proceso de alfabetización digital que le permitió a un número todavía creciente de personas interactuar y producir contenidos. Pensémoslo en perspectiva: si hoy somos 2 mil millones de personas [inter]conectadas en el mundo, en menos de cinco años ese número lejos de estancarse habrá aumentado exponencialmente, incluyendo la producción y la interacción de gente que no provendrá precisamente de Europa, América del Norte o Japón, sino de China, India y Sudamérica. Podríamos decir entonces que mientras en "la lógica del capitalismo" las telefónicas y las fábricas de celulares aumentan su poderío económico, en la lógica social aumenta la capacidad de interacción e intervención de muchos con muchos, y por lo tanto una cierta autonomía como un renovado poder contracultural. Hace ya bastante tiempo, por ejemplo, que diferentes comunidades de pescadores del mundo han incorporado el SMS para consensuar cotizaciones que cuando atracan en los puertos les permiten negociaciones más ventajosas. Algo parecido ocurre con sectores populares de Perú que mediante SMS acceden a información fiable y necesaria para decidir sus compras frente a la rapacidad corporativa de los supermercados. ¿No son estos ejemplos la demostración de una fortaleza colectiva que se apoya en las TIC? ¿La incorporación de ese instrumental no tiene una dimensión política? ¿Eso que con descrédito suelen llamar Política 2.0 no abrió acaso el camino de la crítica global que hoy llevan adelante los "indignados" en el mundo entero? Si alguna conclusión podemos sacar es que las TIC, antes que un fenómeno tecnológico, demostraron ser plataformas de socialización y de construcción cooperativa de conocimiento. ¿Es disparatado pensar que esa cultura colaborativa pueda generar su propio dispositivo de poder como en su momento lo hizo el modelo ilustrado? Aunque intrépida, no es una pregunta inoportuna en el contexto de una crisis del capitalismo --y de los sistemas políticos-- como la que atravesamos. Los medios de producción que en el capitalismo industrial se sostenían en el paradigma energético, en la actualidad han ingresado en una fase crítica bajo el paradigma del conocimiento. Esto, que algunos teóricos llaman "capitalismo cognitivo" está modificando las relaciones de fuerza de los actores que intervienen en el proceso de producción y está produciendo mutaciones históricas. Los trabajadores son cada vez menos piezas reemplazables de una cadena de producción, como lo fueron durante el taylorismo y el fordismo; lo cual ha puesto en marcha un proceso de reapropiación de los medios de producción y una revaloración de lo que Eduardo Rojas llama el "saber obrero". No es lo mismo el tipo de oposición (física) que se le presentaba al capitalismo industrial, que el tipo de oposición (intelectual) que se le presenta al capitalismo actual. Antes los obreros se resistían a la explotación, ahora --sobre todo los jóvenes-- se preservan de la alienación. Lo mismo ocurre en el campo de la política, con jóvenes que interpelan viejas prácticas y recusan las alternativas de "participación" que les ofrecen los partidos. Occupy Wall Street, el 15-M de España y la Primavera Arabe, rechazando toda filiación, jerarquía o liderazgo, forman parte de esta movida. Y aunque aún no logren componer una alternativa, porque en la actualidad tienen más poder desestabilizador que instituyente, manifiestan un descontento estructural que más temprano que tarde habrá de (re)presentar una alternativa efectiva.

Por todo esto, aun cuando la matriz moderna nos condicione la percepción, asistimos a la evidente irrupción de una nueva esfera pública y a un nuevo concepto de lo político. Medir esta mutación, como se suele hacer, por la efectividad revolucionaria de Facebook o por los seguidores de Obama en Twitter, es una simplificación, cuando no una descalificación, más cerca del prejuicio y el desconocimiento que de un censo de lo real, en el sentido que Hannah Arendt concebía a lo real, como la aparición y el registro del otro.


Fernando Peirone
Director académico de Lectura Mundi
(Unsam)


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El autor debate con el artículo "Los malentendidos de la Política 2.0", de Gerardo Adrogué, publicado el pasado 27 de septiembre...




Los malentendidos de la política 2.0

Las novedades llaman la atención. En algunas ocasiones sacuden la realidad y en otras la redefinen. Pero a veces también encandilan, generando malentendidos. La irrupción de las nuevas tecnologías de la información basadas en Internet y en la telefonía celular en el mundo de la comunicación política es un buen ejemplo al respecto.

Es cierto que un creciente número de políticos, especialmente en tiempos de campaña electoral, sucumben ante la fascinación que provocan las páginas web, los blogs, Facebook, Twitter o Flickr. Con inusitada convicción sostienen que una campaña sin estrategia 2.0 es una campaña anticuada y destinada al fracaso, que las nuevas tecnologías de la información han enterrado la forma en la que se hizo política durante el siglo XX. Sin embargo, para juzgar y valorar la política 2.0 en su justa medida es preciso aclarar antes un par de malentendidos o equivocaciones.

El primero de ellos es sobre su alcance. Cifras como la cantidad de usuarios de Facebook en el mundo o de seguidores de Obama en Twitter hechizan e invitan a pensar en una nueva esfera pública más inclusiva, donde finalmente hay lugar para todos. Pero el mito se desvanece cuando se descubre la vieja lógica del capitalismo en la construcción del nuevo mundo digital. En efecto, en la Argentina, como en otras latitudes, la incorporación de las nuevas tecnologías experimentó un crecimiento exponencial en sus comienzos, seguido de otro moderado, para culminar en una suerte de estancamiento. En 1997, apenas el uno por ciento de los hogares argentinos tenía computadora y acceso a Internet, cifra que creció al 10 por ciento en 2001 y al 35 en 2010. Hoy en día este crecimiento prácticamente se detuvo y la mitad de los hogares en el país aún no tiene computadora ni acceso a Internet. ¿Quiénes quedan afuera? La gran mayoría de los pobres, de las personas con menos educación formal, de los adultos mayores y, en nuestro país, de quienes viven alejados de los grandes centros urbanos. Lo cierto es que el mercado construyó la “nueva” esfera pública a su imagen y semejanza. Y la inclusión no es su rasgo dominante.

Hoy nos enfrentamos a un nuevo tipo de desigualdad social conocida como la brecha digital, concepto que alude a las desigualdades de acceso, de uso y de calidad de uso de las nuevas tecnologías de la información. Para reducir la primera de estas desigualdades, el gobierno nacional puso en marcha el programa Conectar Igualdad, por el cual se distribuyen computadoras gratis a alumnos y docentes de las escuelas secundarias. Iniciativas similares fueron implementadas, entre otros, por los gobiernos de la ciudad de Buenos Aires y de la provincia de San Luis. Pero superar la brecha digital promete ser una tarea tan deseable y formidable como reducir la pobreza o distribuir el poder. Así las cosas, no habría que dejarse engañar por la cantidad de amigos o de hashtags. Internet y sus aplicaciones siguen siendo una cosa de pocos, o al menos de los mismos de siempre.

El segundo malentendido sostiene que la política 2.0 ha reinventado la participación política. Ahora sería más libre, horizontal y democrática. Es innegable que las nuevas tecnologías ampliaron y diversificaron los canales y las formas en que se genera, circula y consume la información política. También que abrieron nuevas vías de expresión y que lograron oxigenar, aunque con éxito esquivo, formas tradicionales de organización política (un ejemplo fueron los “eventos” que se organizaron desde my.barackobama.com durante la última campaña presidencial en Estados Unidos). Pero es un grave error analítico sostener que este conjunto de novedades dio vida a un nuevo y mejor tipo de participación política.

Llegar a esta conclusión requiere en primer lugar mutilar el concepto de participación política. Reducirlo a manifestaciones aisladas de la conducta, como donar dinero a una campaña (los famosos 500 millones de dólares de Obama), la ocasional participación en una cadena de e-mails, escribir o leer experiencias personales en un blog, subir videos caseros a YouTube, o mirarlos, seguir por Twitter al candidato de turno, o chequear en Facebook las novedades de una campaña electoral. Prácticas que, además, tienen un alcance modesto en nuestro país. Apenas el 10 por ciento de la población en condiciones de votar ha realizado al menos una de ellas en el último año. Estos ejemplos desnudan el común denominador de la participación política en el mundo digital: lo individual, inconexo y caótico que, al mismo tiempo, es efímero y autorreferencial. Lo cierto es que la participación que alienta el mundo digital parece alejarse del ideal democrático de la acción colectiva, aquella que transforma la realidad en un sentido previsto gracias al diálogo, la argumentación y el convencimiento del otro.

Esta equivocación supone también el fin de la mediación política. Las nuevas modalidades de comunicación bidireccional y multidireccional ofrecerían el soporte para que los ciudadanos, además de recibir información, se comuniquen “directamente y sin filtros” con el líder, el candidato o el jefe de campaña y perciban que sus opiniones importan y modifican el curso de acción. La prueba del fin del modelo tradicional de la comunicación política sería el surgimiento de este nuevo vínculo íntimo, no mediado, entre los votantes y el candidato. Pero lo cierto es que hasta el día de hoy, estas experiencias no pasan de ser situaciones donde el individuo-internauta vive la ilusión de la creación de sentido (generación de contenidos para ser más exactos) y, en consecuencia, experimenta de manera efímera y quimérica relaciones de poder pretendidamente más horizontales o democráticas. Nada cambia, lo que no se desvanece en el ciberespacio es pronto reencauzado. Quién mejor que Joe Rospars, jefe de Nuevos Medios de la Campaña de Barack Obama, para aleccionarnos al respecto: “No se engañen. Una de las lecciones clave que descubrimos en la organización de Obama ’08 fue que cualquier esfuerzo grassroots, es decir de abajo hacia arriba, tiene que ser dirigido de arriba hacia abajo”. En consecuencia, sabiendo que es imposible recrear en sociedades tan complejas como las que nos toca vivir una participación política sin intermediación alguna, que diluya las relaciones de poder como si todos estuviésemos en el ágora (ahora digital) con las mismas condiciones de ser vistos y escuchados, deberíamos preguntarnos mejor quién se beneficia con el malentendido de su existencia y con la consecuente deslegitimación de las instituciones que deberían canalizar y mediar la participación política de los ciudadanos, esto es los partidos políticos.

En definitiva, aunque no reinventó nada, la política 2.0 trajo unas cuantas novedades y algunas podrían ser buenas, además de inevitables. Pero para ello es preciso superar la brecha digital y aclarar algunos malentendidos que, de persistir, sólo perjudicarán (en vez de mejorar) la calidad de la política y de la participación en el siglo XXI.


Gerardo Adrogué
Sociólogo
especialista en Análisis de Opinión Pública
director de Knack Argentina



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