que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

4/8/11

Disciplinar la Corte Suprema de Justicia






Una suerte de linchamiento mediático, contra Eugenio Raúl Zaffaroni, ha fracasado. El intento de provocar su renuncia, a caballo de una avalancha bostiferante de insinuaciones malévolas, no prosperó. Es un dato políticamente relevante; la eficacia de la prensa comercial amarilla, para esta clase de engendros, todavía puede medirse en el impacto del affaire Schoklender. Del comportamiento de Sergio Schoklender no vacilaron deducir el de Madres de Plaza de Mayo, y por carácter transitivo bastardear el capital moral de los organismos de Derechos Humanos.

Golpear a Zaffaroni, como parte del intento de mellar el prestigio del máximo tribunal de justicia, continúa la misma lógica disciplinante. Tiene que quedar claro: todos somos iguales, esto es, todos somos la misma porquería. Zaffaroni y Madres, la biblia y el calefón.

Si todo alcanza la misma coloratura, las diferencias carecen de sentido, sólo se trata de negocios en conflicto, y las estratagemas para realizarlos forman parte de los usos y costumbres del mundo amoral. Después de todo, el mismo Goldman and Sachs, que prestara dinerillos a Clarín, no vaciló en “dibujar” la situación financiera griega –que bordea el default– como parte de su estrategia de colocación de títulos en el euro mercado. Entonces, una mentirilla por acá, una estafa por allá, y todo sigue… igual que en el mundo globalizado.

Esta lectura facciosa intenta organizar un paradigma comunicacional inspirado en el reality show. En ese furioso intento de volver a separar las palabras de las cosas (que el fin de la impunidad comenzó a restablecer, gobierno K mediante), queda condensada la estrategia de la regresión política: volver al 2001.

Pero los reflejos políticos de parte de la dirigencia restablecieron el principio de realidad. De la oficialista y de la otra. “Nos costó mucho tener una Corte como esta”, sostuvo Ricardo Gil Lavedra, diputado de la UCR, abogado y funcionario judicial de relevancia, poniendo las cosas en su lugar. La legítima lucha que Gil Lavedra libra con el gobierno nacional no justifica cualquier cosa. Tampoco en la oposición todos son iguales. A juicio de Gil Lavedra, Eugenio Zaffaroni “es una persona con una larga trayectoria y es uno de los juristas más grandes de la Argentina”.
Es una verdad dicha con reticencia, pero las condiciones políticas la vuelven particularmente significativa. Hace falta tener cierto valor para desdecir a Elisa Carrió y Eduardo Duhalde, y al jefe de su propio partido. Y sobre todo, para concluir elípticamente que el ataque a Zaffaroni contiene un ataque a la Corte.

Un poco de historia. La prensa comercial nunca fue gran cosa. Basta recordar el tratamiento que la aparición de cualquier movimiento popular (radicalismo, peronismo, u otro) obtuviera en los medios gráficos, para constatarlo. Tanto Yrigoyen como Perón –en su primera campaña electoral– lograron un rechazo casi unánime.

Décadas de omnipotencia sin contrapeso alguno hicieron que el menor deseo del bloque de clases dominantes fuera una orden para el gobierno de turno y los medios. Entre 1975 y 2001, más allá de las formas, el interés del bloque de clases dominantes resultó el único interés legítimo.

El estallido de 2001 no cambió per se el modelo, mostró que el anterior no daba para más. Para sobrevivir, el nuevo gobierno restableció la relación entre los delitos y las penas, puso fin a la impunidad sistémica, permitió que la política no fuera tan sólo el menú de negocios imperante.

Esta elementalísima ecuación terminó siendo una revolución copernicana.

¿Dónde se mide la “revolución”? En la furia. La furia desatada al interior de los poderes constituidos –esos que Carrió denomina graciosamente contrapoderes– alcanzó, durante el enfrentamiento campero, el rango de lo inenarrable.

Ante la batalla electoral de octubre, con resultado cantado y posibilidad de una nueva profundización democrática, los poderes constituidos juegan su única carta: igualar para abajo.
Por eso, la figura de Zaffaroni recobra su tranquila relevancia, ya que nos ayuda a pensar las diferencias. Esto es, impedir que la política vuelva a ser una calesita de funcionarios intercambiables para ejecutar la misma política.



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