que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

27/8/11

CACHO NOVOA





Durante el otoño de 1989 ingresé en la sección Policiales del diario Nuevo Sur, cuyo editor era un tal Juan Carlos Novoa, al que todos llamaban Cacho. Nuestro primer encuentro fue ríspido. Es que ese día, en una crónica sobre un homicidio, estampé la siguiente imagen: “El asesino vació los inquilinos de su cargador.” Novoa, tras leerla, me llamó aparte y la corrigió, no sin permitirse un chascarrillo al respecto. A raíz de ello tuvimos una discusión; esa discusión derivó en un desafío: “Te espero en la esquina.” Cacho aceptó. Bajamos juntos por el ascensor, sin decir palabra alguna; después, al pasar por la puerta de un bar, su voz rompió el silencio: “Antes de la esquina, pibe, ¿no te tomarías una copita?”.

En resumidas cuentas, de ese bar pasamos a otro, antes de concluir la velada en El Globo, frente un exquisito puchero de gallina regado con tinto. A los postres, Cacho sacó del bolsillo una fotocopia de mi nota, y la acribilló con una ráfaga de observaciones y sugerencias. “Mirá –dijo, de pronto–, lo que te estoy tratando de inculcar ni siquiera me pertenece.” Entonces, pronunció dos apellidos: Capote y Walsh. Finalmente, escribió sobre la hoja: “Esto es lo que quiere el viejo boludo.” Le pregunté quién es el viejo boludo. “Yo”, fue su respuesta. En aquel momento intuí que era el comienzo de una inquebrantable amistad. Pero no imaginé que ese hombre canoso, de rasgos afilados y mirada triste se convertiría en mi maestro, el único que tuve en esta profesión.

Nacido a comienzos de 1938 en la República de Mataderos, Novoa adquirió allí tres estigmas que arrastraría a lo largo de su existencia: el fútbol, Perón y el tango. En cuanto a lo primero, fue un hábil mediocampista en las inferiores de Nueva Chicago, aunque era hincha de Vélez. Lo segundo, a pesar de que le vino de familia, se potenció durante el gobierno de Arturo Frondizi a raíz de un hecho –para él– barrial: la toma del Frigorífico Lisandro De la Torre. Y lo tercero, ya se sabe, también flotaba en aquellas calles. Al respecto, Novoa no disimulaba su predilección por las orquestas de los años cuarenta, las de Juan D’ Arienzo, Carlos Di Sarli, Osvaldo Pugliese y Miguel Caló. Cacho mismo parecía anclado en aquella época; había que ver su estampa de milonguero mientras recitaba a Cadícamo en alguna sobremesa. Ahora pienso que, más allá de Walsh y Capote, su modo de escribir tenía que ver con Cadícamo. Tal vez dicha influencia –junto con su destreza futbolera– hizo que Joan Manuel Serrat se deslumbrara con él. Ellos se habían conocido en un picado entre un equipo de periodistas locales y los músicos del catalán. A partir de entonces se hicieron inseparables. Tanto es así que Serrat se lo llevaría como asistente a Barcelona durante los años de plomo. Antes de eso, se probó como periodista en la revista TV Guía, para luego pasar a la editorial Abril; luego integraría la mítica redacción del diario Noticias.

Al regreso del exilio, trabajó en La Voz y en Tiempo Argentino. Allí, junto al inolvidable Miguel Briante, compartió días y copas con alguien que lo marcaría para siempre: Osvaldo Ardizzone. De él, por cierto, asimiló un secreto profesional que, después, en Sur, no demoró en transmitir: “Los diarios se hacen en los bares”. Dicho sea de paso, ello fue llevado con creces a la práctica.
La primera cobertura importante que hicimos en ese diario fue el juicio en Mar del Plata a Carlos Monzón por el asesinato de Alicia Muñiz. Sobre aquel asunto corrían ríos de tinta, puesto que la celebridad de sus protagonistas los convertía en símbolos sociales. De modo que el espíritu público se dividía entre quienes se mostraban indulgentes con el victimario y los partidarios de aplicarle todo el peso de la ley. De hecho, era la primera vez que un femicidio trepaba a las primeras planas de la actualidad, poniendo en relieve la violencia de género, entre otras cuestiones no exploradas hasta entonces en los medios. Pero la hipótesis de Novoa fue: “A Monzón, la rubia se le rompió.”

Ello –sin atenuar el carácter de género del crimen en cuestión, y menos aún su gravedad– lanzaba el caso hacia una lectura que incluía una constelación de factores por demás complejos: el submundo de un deporte que suele devorar a sus hacedores, la parábola de quienes fueron educados para torear el hambre a puñetazo limpio y la dialéctica de la fama, entre otras disfunciones colectivas.

Es que –para Novoa– nada era lo que parecía.

Aprendí de él que detrás de la fría prosa de un expediente siempre subyace la respiración de un crimen. Y que por sobre su esclarecimiento anidan otros enigmas que merecen ser contados: pequeños disparadores, algunos diálogos, escenas imperceptibles, y la tenue estructura de chiste que revolotea sobre las tragedias humanas. “El dolor y la ternura”, solía repetir entre dientes, con una dicción despaciosa.

Tras el cierre de Sur, Novoa supo escribir en varios medios; entre ellos las revistas Pronto, Veintitrés, en su primera época, y Brando. También trabajó con Raúl Zaffaroni en el Inadi.

Hace ya unos años, en una sobremesa que se prolongó hasta la madrugada, Cacho empinó un sorbo de JB, y soltó:

–¿Sabés? Eso de “los inquilinos del cargador” no sonaba tan mal.

En sus ojos brillaba una especie de sonrisa.

A fines de 2009, lo entrevisté para Parapolicial Negro, un documental sobre la Triple A, realizado por Javier Diment.

Esa, en realidad, fue nuestra despedida.

Juan Carlos Novoa falleció durante el alba del 14 de agosto.

Fue un inmenso honor haber sido su amigo.




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