que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

9/4/11

LA BLANCA REPUBLICA DE LOS PERIODISTAS






A casi dos semanas del conflicto gremial que derivó en la idea poco feliz de un bloqueo a la distribución del diario Clarín, la victimización amplificada por los diversos canales del monopolio sumado al apoyo de interesados y algunos simples idiotas útiles, ha generado una aparentemente incansable polémica que tuvo su orgasmo preferencial en la tapa en blanco que el matutino fundado por Noble incluyó en la edición del día lunes 28 de marzo. Sin embargo, considero que esa incontinencia mediática desproporcionada y autista es algo más que la sobreactuación que se sigue de los gestos adustos de comunicadores que fingen estupor ante la presunta amenaza a la libertad de expresión. Es, en todo caso, un capítulo más de una discusión en torno al rol del periodismo y su relación con la sociedad civil, la política y la problemática de la representación en las sociedades modernas.

Ya sabemos que el periodismo corporativo que, podríamos llamar, del establishment, fue puesto en tela de juicio especialmente a partir del conflicto en torno a la 125. Resultó tan estruendosa e impúdica la relación entre información e intereses económicos, que, independientemente del conflicto puntual del Gobierno Nacional con el grupo Clarín, se generaron profundas corrientes de debates que atravesaron la discusión en torno a la ley de medios y que esmerilaron los dogmas de objetividad, neutralidad y verdad que los medios ostentaban.

En lo particular, no deja de sorprenderme el modo en que muchos de los periodistas de medios militantemente ultra-opositores han sentido y se sienten tocados profundamente por esta discusión. De hecho no ha pasado semana en la que alguno de ellos se prive de volver obsesivamente sobre cuestiones vinculadas a este nuevo escenario en el que el periodista ya no es santificado y donde la necesaria historización de la profesión y, en particular, de sus nombres propios, ha dejado de ser una hagiografía.

Y todo esto se ha logrado con “muy poquito”: bastó una decisión política y un programa de Televisión de la TV Pública que se reivindica oficialista y deconstruye discursos y operaciones de prensa con un punto de vista tendencioso que nunca es ocultado sino puesto en valor en tanto irremediable perspectiva de acceso a una realidad que siempre supone un recorte; sumado a un gran movimiento de voces jóvenes de capacidad dispar que desde blogs y redes sociales encontró canales para interpelar con pensamientos críticos alternativos. En esta línea alcanza con circular por las facultades de comunicación para vivenciar el sano sentido de efervescencia de un rango etario con afán de participar activamente en el escenario público.

Hasta aquí, un resumen de lo que todos sabemos. Pero con la intención de ir un paso adelante podríamos preguntarnos si hay algo más allá que pueda explicar estas reacciones desmedidas de una corporación que reacciona furiosa con una molestia y una incomodidad tal que da que pensar que cualquier señalamiento en su contra pasa sin escalas de ser un “dedito acusador”, a ser “un dedito profundamente sodomizador”.

En tal sentido, la hipótesis de esta nota es que la razón hay que buscarla bien en lo profundo, diría yo, en aquella atalaya que el periodismo había adquirido con la maduración de las repúblicas democráticas.

En otras palabras, el origen del periodismo como aquel emergente de la sociedad civil que dando a publicidad la información pertinente generaba una conciencia crítica que puede y debe poner límites a la prepotencia estatal, puso a los periodistas en un espacio, por muchos bien ganado, claro está, de “guardianes morales” frente al poder político.

En el caso particular de nuestro país, la profunda crisis de representatividad producto de décadas y décadas de desprestigio de una clase política mayoritariamente corrupta, hizo que los ejemplos que generalmente la ciudadanía busca en los gobernantes, se hallasen en periodistas, algunos de los cuales, brillaron por su valentía.

En este contexto no es casual que buena parte del periodismo que detentaba ese espacio de legitimidad se haya sentido incomodado por un modelo que bien o mal reivindicaba el regreso de la política.

El punto aquí debe ser claro: tal retorno de la política supone que la representatividad debe volver a hallarse en aquellos sujetos que son elegidos a través de los mecanismos de nuestras instituciones democráticas.

Esto es, sin desestimar el importante rol que el periodismo tiene en las sociedades modernas, es de celebrar este regreso de la legitimidad de lo político pues ese parece ser el canal correcto para vehiculizar demandas dado que allí está garantizado que la participación activa puede generar los controles adecuados.

Este aspecto es central frente a las sintomáticas afirmaciones que, sin sonrojarse, equiparan la decisión de comprar un diario o cambiar un canal, con la manifestación ciudadana en un cuarto oscuro. Con tal sofisma buena parte del periodismo se erige como representante legitimado diariamente amparado en una medidora de rating o en la cantidad de ejemplares vendidos. Tampoco alcanza con poner una cámara en aquellos lugares donde presuntamente el Estado no ha llegado pues la bienvenida denuncia que otorga visibilidad a un hecho necesita una solución integral y estable algo que no parece seguirse del vértigo morboso de buena parte de la lógica de la comunicación mediática.

En esta línea, que el periodismo se autodenomine independiente es una de las formas en que se trasviste su pretensión de neutralidad en el afán de diferenciarse de las facciones propias de la política. Esto viene acompañado, por su parte, de un conjunto de ataques hacia la política realizados desde diversos ángulos.

Por un lado, se hace una trivialización farandulesca de los políticos algo que, en los 90, era promovido por los propios representantes del gobierno de aquella época. Por otro lado, existe una compulsión a demonizar a todo aquello que provenga de este oficialismo que nuclea, a veces en tensión, a un conjunto heterogéneo de grupos, demandas y tradiciones cuyo acuerdo parece ser, en líneas generales, el de promover un Estado activo y una reivindicación de la política como ámbito de transformación y de solución de inevitables conflictos.

Por último, en ocasiones se realiza un ataque a la política en general, algo que se deja ver cuando la oposición, por decisión o incapacidad, no sigue los preceptos de las corporaciones económico-informativas. Allí no se distingue una facción como en el caso del oficialismo. Más bien, lo que se muestra es una declaración de beligerancia a la clase política toda. Así, a la política se la ataca o bien denostando a los que la reivindican o bien infiriendo de las acciones de los inútiles opositores que la salida está en una sociedad civil liderada por el esfuerzo épico de héroes que desde las redacciones realizan el inestimable esfuerzo de controlar a una casta que al acceder a los cargos públicos recibe la inoculación del virus de la corrupción.

Desde este punto de vista podemos regresar a la decisión editorial de la tapa de Clarín del día posterior al bloqueo. ¿Por qué la tapa fue blanca? ¿Cuál es el sentido de esa tapa? En todo caso, ¿tal sentido es unívoco, lineal y claro? Incluso cabe preguntarse ¿por qué la tapa no fue negra, más cercana a una lectura de la que debía derivarse que asistimos a la “tragedia de la libertad de expresión”? ¿O por qué no roja en señal de alarma ante el avance estatal que como un tren bala o un camión descontrolado manejado por Moyano, avanza frente a las libertades individuales?

La respuesta que sugiero es que el blanco es una declaración de principio contra la política pues es el color que utilizamos para manifestar nuestra disconformidad con la clase dirigente en el cuarto oscuro cada vez que consideramos que ninguno de ellos está a la altura de las circunstancias. Se trata de esa forma de votar que creció dramáticamente como consecuencia de una crisis que tuvo su apogeo en 2001.



Por todo lo dicho, la decisión de elegir esa tapa implica una profunda carga simbólica pues el blanco es el color de la muerte de la política y, con ello, el regreso del periodismo al rol de representantes de la sociedad, rol que ejercen sin el control de la participación popular y que se erige en el capricho trivial de un control remoto que atraviesa grillas de canales digitadas. Porque el blanco es el color de la utopía de ese periodismo neutral, objetivo e independiente; es el color de la República de los periodistas.




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