que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

9/3/11

Adam Przeworski





Si alguien quisiera entender las razones por las que Adam Przeworski estudió la democracia debería bucear en su historia. Este hombre de apellido impronunciable para la dicción abierta del castellano –tanto que cuando escucha algo raro sabe que le hablan– nació en Polonia durante la ocupación nazi y fue testigo de la construcción del muro de Berlín mientras estudiaba filosofía en Varsovia.

En 1961 abandonó Europa para radicarse en los Estados Unidos, donde vivió los aires de la Guerra Fría. Estaba en Chile cuando Salvador Allende accedió a la presidencia, y desde entonces estudia las posibilidades de la democracia en un marco capitalista. Más o menos por la misma época conoció la Argentina, y desde 1984 viene al menos una vez al año, no sólo a visitar amigos sino también a disfrutar de las inmensidades patagónicas, un paisaje que lo enamoró desde el primer día y no piensa abandonar.

En esta ocasión viajó para presentar su último libro, Qué esperar de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno (Siglo XXI), en el que sostiene, por ejemplo, que la democracia nació como un sistema político pensado para defender a los ricos de los pobres.



–¿Cambió a lo largo del tiempo o mantiene esa función?

–Creo que hubo cambios profundos. Uno es el acceso al sistema político, limitado al principio por el sufragio restringido. Hay otros más sutiles, no tan institucionales, pero la otra variante importante es el aumento del papel del Estado. Creo que cuando se construyó la democracia, en los estados liberales la función era mantener el orden, la integridad física y la propiedad, impedir los abusos. Es decir, controlar a los ciudadanos para que no hicieran cosas malas. Con la transformación que comenzó en los años ’30 en Europa, creció el Estado y un entendimiento de parte de los ciudadanos, quienes dijeron “queremos que el Estado haga cosas, no sólo que nos vigile”.

–¿Cuáles son esos cambios sutiles que menciona?

–Son infinitos, los hay grandes y chicos. En muchos países todavía el diseño representativo hace muy difícil llevar adelante grandes reformas. El bicameralismo, por ejemplo, significa que se necesita mucho más que una mayoría simple para aprobar una ley. A través de la historia, podemos mencionar el voto secreto, indirecto… Son infinitos, algunos muy pequeños. Por ejemplo, en los Estados Unidos las elecciones se realizan un día laboral, lo cual significa que para muchos es un problema ir a votar.

–¿Son favorables en cuanto al funcionamiento del sistema?

–Sí, creo que es más igualitario de lo que era, los grupos populares tienen la capacidad de organizarse dentro del sistema, de ganar elecciones. Según la información que recopilé sobre tres mil elecciones a partir de 1800, el poder de turno ganó cuatro de cinco elecciones. La derrotas electorales del gobierno en el poder eran muy raras y la alternancia partidaria en el gobierno aún más. Este fenómeno de que los gobiernos pierden elecciones y dejan que asuman los contendientes es bastante nuevo, como mucho de los últimos 40 años. Ésa es una gran transformación, las elecciones son más abiertas, más competitivas, se puede ganar aunque no se esté en el gobierno.

–En sus libros menciona como un problema el ingreso del dinero a la política, pero tal como están diseñados los sistemas eleccionarios parece difícil de evitar.

–Creo que hay grados. En el sistema escandinavo la financiación privada de las elecciones está totalmente prohibida, el tiempo para publicitar en la televisión está repartido equitativamente, aunque todavía el dinero encuentra canales. Sin embargo, contrasta con los Estados Unidos, donde no hay ningún límite: se pueden comprar votos, legisladores, legislación. Hay una variación importante en el mundo. Creo que en la mayoría de los países democráticos es el problema más importante y la gente lo percibe de esa manera.

–¿Qué opina de las democracias de América del Sur, Chávez, Cristina, Lula, Morales, Correa, que apuntan al reparto de riqueza?

Creo que no hay un reparto de riqueza, sino una redistribución de consumo y no es lo mismo. Es cierto que los Estados recaudan más y gastan sus ingresos en políticas sociales bastante bien diseñadas, organizadas y muy efectivas. Sin embargo, es una repartición de consumo. Algunos consumen menos y otros más. No es lo mismo que generar la capacidad de ganar ingresos, de producir, eso es mucho más difícil. Es fácil tomar el dinero de algunos y dárselo a otros como consumo, pero darle a la gente la capacidad de ganar su salario o riqueza requiere de medidas costosas y difíciles.

–¿Costosas en lo económico?

–Sí, romper los lazos de la pobreza y darle la oportunidad de ganar dinero a la gente, es mucho más costoso que darle de comer.

–¿Cuáles son los pasos previos para lograrlo?

–Normalmente la educación es primordial. El problema es que los resultados se ven a largo plazo y la misma educación tiene efectos diferentes según la educación de los padres, lo cual también termina en desigualdad. Hay varios estudios interesantes sobre orientación de políticas de salud, en cuanto a enfermedades que incapacitan especialmente a los pobres. Y algo que se llama “desarrollo orientado a los pobres”, medidas muy puntuales para capacitar a la gente para trabajar. Entre esas medidas está el crédito público o seguro público, una especie de garantía, porque uno de los grandes problemas de los pobres es que no tienen acceso al crédito por falta de activo. Creo que la financiación de la educación de chicos pobres que tienen talento, políticas de salud pública y créditos, son tres ejes de políticas públicas que tendrían efecto a través del tiempo para igualar la capacidad productiva o darla a quienes no la tienen. La mayoría de los programas contienen educación, salud y quizá ayuda alimentaria, sin embargo, no componentes de trabajo. Entiendo que en la Argentina sí lo incluyen.

–¿Cómo ve al país?

–Creo que vive un fortalecimiento irreversible de las instituciones, que la democracia argentina anda bien. El progreso económico, después del año 2001, es impresionante, aunque no sé si está cambiando la estructura económica. En los últimos años siempre se encuentran cosas negativas, pero al mirar los últimos 25 años, no hay duda de que ha mejorado y mucho.

–Para dirigir la tarea del Estado hacia áreas determinadas, ¿alcanzan cuatro años de gobierno?

–No, no alcanzan. Además, estas políticas necesitan una capacidad administrativa bastante desarrollada. Hay que identificar dónde intervenir, desarrollar los instrumentos para intervenir, lo que es difícil y está sujeto al clientelismo y a la corrupción. No hay receta.

–¿Qué sistema es alternativo para la democracia?

–No hay. Es cierto que la democracia no puede cumplir y no alcanza, pero no hay alternativa ni consecuencias. Ningún sistema en el mundo produce igualdad social y económica. Los comunistas trataron de hacerlo pero no llegaron, no hay manera. En una economía de mercado no hay igualdad, la democracia no la va a lograr y, por supuesto, no lo hará ningún dictador. Se trata de romper esta dicotomía que la gente hace entre utopía y resignación. El hecho de que algo no es posible no significa que no se puede hacer nada, se puede hacer mucho. Es peligrosa esa dicotomía porque si no nos damos cuenta de los límites, es fácil engañarnos. Los políticos lo hacen, prometen cosas que no son factibles. Por otro lado, creo que pierden la oportunidad de realizar algunas reformas que sí son factibles. La democracia no es un árbol de Navidad, del que cada uno toma su regalo.

–¿Necesitamos formación de dirigentes?

–Sería necesario. Hay un dato curioso: es normal e inevitable que los funcionarios prometan lo que no pueden cumplir. Queremos que nos prometan, que nos mientan. Imagínese un político que en la campaña electoral dice: “Es muy poco lo que podemos hacer”; nadie lo votaría. Recuerdo que en Francia hace unos años apareció un slogan callejero: “Queremos promesas”. Todos queremos promesas y ése es el milagro del mecanismo de elecciones, porque no las cumplen exactamente, pero algo hacen. Los estudios empíricos demuestran que los partidos políticos, hasta cierto punto, cumplen con lo que prometen. Queremos que nos engañen.

–Y luego castigamos…

–Claro, luego estamos decepcionados y queremos que nos engañe algún otro.

–¿Cuáles son los límites de la democracia?

–En el libro analizo cuatro. La desigualdad económica y social: en una economía de mercado siempre habrá desigualdad económica y social y mucha gente la encontrará exagerada. Creo que se pueden tomar medidas pequeñas, pero el mercado es un mecanismo que produce y reproduce desigualdad. Segunda: mucha gente siente que su participación política es inefectiva, no tiene consecuencias ni efectos, se siente impotente. Creo que es una mala comprensión del mecanismo de la democracia, que ajusta, alinea las preferencias de los ciudadanos con las políticas de gobierno. Sin embargo, el mecanismo no es individual, funciona solamente a nivel colectivo y creo que funciona. Los gobiernos que no corresponden a lo que las mayorías quieren, pierden. Es un mecanismo fuerte, sin embargo la gente se siente frustrada. Tercero: el diseño del Estado, del que ya hablamos. El sueño es tener un Estado que hace lo que debe, pero hemos construido Estados que quizá son mejores en no hacer lo que no deben; por otro lado, la construcción institucional hace difícil hacer reformas. Cuarto: es muy difícil balancear el orden público con la libertad, o el Estado es demasiado autoritario o se rompe el orden público. Y otra vez: no hay recetas, hay un ajuste continuo.

–Si esos son los límites, ¿qué podemos esperar de la democracia?

–Lo fundamental es que combine libertad política con paz civil. Quizá ya parece obvio pero si se mira la historia, esta combinación de que la gente actúe libremente en política, sin miedo de policías, y que se procesen conflictos según reglas en paz relativa, es un fenómeno de los últimos 50 años. Vivimos en sociedades bastante divididas, con conflictos, pero se resuelven y se procesan.

–¿Cambiará la predominancia de Estados Unidos en cuanto a dictador de reglas?

–Ya está cambiando. La hegemonía política de Estados Unidos cambia con la aparición e influencia de China e India en el FMI, por los desastres de Irak y la crisis financiera. La entrada de Brasil e India al Consejo de Seguridad de la ONU, la extensión del G7 al G20, todo es disminución del peso político de Estados Unidos. Creo que es inevitable y es un proceso muy sano, varios países tendrán nuevas opciones.

–Un mejoramiento en el sistema global, ¿repercute en los sistemas particulares?

–Habrá menos imposición. La hegemonía del FMI y el tesoro de Estados Unidos impusieron recetas y ocasionaron grandes destrozos. Ahora ya no tienen ese poder, pero si los gobiernos de los países van a elegir mejores políticas que las impuestas, quién sabe.

–¿Tendríamos que generar nuevos economistas?

–Algo de eso vibra en el aire. El neoliberalismo nunca tuvo base en la teoría económica y como política económica no tiene justificación. La obra de Joseph Stiglitz terminó con eso. Algunos sonidos se oyen de algo nuevo, sin embargo, quién sabe.




  • En Qué esperar de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno, Adam Przeworski revisa la historia de las instituciones representativas y desarrolla una mirada original sobre los ideales de autogobierno, libertad e igualdad, además de profundizar en por qué la democracia es el único camino y qué reformas necesitaría para mejorar. En la obra, el primer título de la colección Derecho y política, de Siglo XXI, Przeworski desmenuza el sistema democrático con una conciencia rayana en la obsesión y la convierte en un texto imprescindible para entender sus posibilidades y limitaciones.



Adam Przeworski

• Politólogo, especializado en democratización.

• Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Nueva York en la actualidad, también enseñó en la Universidad de Chicago y, como docente invitado, en la India, Chile Francia, Alemania España y Suiza.

• Miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias desde 1991.

• Recibió diversos premios por sus trabajos, entre otros el Gregory Luebbert (1997), el Woodrow Wilson (2001) y el John Skytte (2010).

• Autor de Democracia y mercado: reformas políticas y económicas en la Europa del Este y América Latina (Cambridge, 1995), Democracia y Desarrollo (2000), Las reformas económicas en las nuevas democracias (Alianza, 2003), Democracia sustentable (Paidós, 2003), entre otros.



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