que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

16/8/09

El gran Frente de Liberación Nacional



Norberto Galasso, con la claridad acostumbrada, analiza la coyuntura argentina, y propone una lectura positiva de los hechos recientes en la política nacional y el camino a seguir...


Un balance riguroso de lo acontecido desde 2003 a la actualidad nos permite señalar que las presidencias de los Kirchner han sido lo mejor que gobernó al país desde el punto de vista de los sectores populares, desde la muerte de Perón.

Podríamos calificarlo como «la primavera kirchnerista» que interrumpió los sucesivos inviernos de frustraciones y claudicaciones que cubren ese lapso de tres décadas.

Durante el mismo, el Partido Justicialista –ya fuese Isabel o Menem– así como el Partido Radical –más allá de diferencias entre Alfonsín y De La Rúa– extranjerizaron y endeudaron al país, lo vaciaron ideológicamente y lo hundieron socialmente.

Sólo una política de Liberación Nacional podía recuperarnos de ese desastre.

El kirchnerismo no llegó a desarrollarla plenamente, pero abrió el camino en ese sentido: repudio al ALCA, convergencia latinoamericana, liberación de condicionamientos del FMI, plena vigencia de derechos humanos, reemplazo del modelo económico especulativo por otro productivo, recuperación de los aportes provisionales de los trabajadores controlados por el poder financiero, recupero del rol del Estado en diversas áreas, reconquista de derechos laborales mutilados, incorporación masiva de trabajadores a los beneficios de la jubilación y otras…

Estas medidas recibieron el apoyo de la mayoría de la población que pareció comprender que si eran muchas las asignaturas pendientes, ello residía en que se carecía de fuerzas para acometerlas.

Sin embargo, bastó con que el gobierno intentara avanzar en la redistribución del ingreso, afectando los privilegios del sector agroexportador, para que se produjese el punto de inflexión que culmina, ahora, en el resultado electoral desfavorable del 28 de junio.

Esa fatídica resolución 125 fue el inicio del derrumbe.

El gobierno tenía varias razones para apropiarse de una porción de la alta renta agraria diferencial: desacople entre los precios internos y externos, cerrar el camino a la sojización que hundiría al resto de la producción agropecuaria, participar al pueblo de las utilidades escandalosas obtenidas por una minoría concentrada de productores, proveniente no de su ingenio y trabajo, sino de las condiciones específicas del suelo, el clima y cercanía del puerto, ventajas de las cuales debe gozar el país todo.

Sin embargo, cometió errores de implementación que le resultaron fatales: no explicó previamente sus razones, no midió la correlación de fuerzas con respecto a la Sociedad Rural ni tampoco advirtió que ella arrastraría en su favor no sólo a otras organizaciones agropecuarias sino incluso a los sectores de clase media urbana que se vieron conmovidos por el conflicto y apostaron contra él. Ante una general oposición, el gobierno se enredó en sus propias piolas: subieron los precios pero creyó que bastaba con disimular la inflación ajustando los datos del INDEC con lo cual acentuó su desencuentro con los sectores medios, para los cuales sobraron los periodistas que les dijeron que estaban siendo engañados, mendacidad que también imputaba una política experta en desafortunadas profecías para la cual las retenciones eran la gran caja de la familia gobernante.

Así nació la entente antikirchnerista que últimamente se expresó en las urnas: grandes terratenientes y sojeros arrastrando tras de sí a las clases medias urbanas y rurales, intereses monopolices y transnacionales ligados al agro, grandes cadenas comunicacionales, partidos políticos degradados desde la derecha hasta la extrema izquierda, periodistas, intelectuales y hasta el sindicato de trabajadores rurales.

Lo demás no es necesario relatarlo: desabastecimiento, escraches, cortes de rutas, desequilibrio de precios, traiciones políticas, redescubrimiento de zonceras como «la Gran Argentina Agropecuaria», «todos vivimos del campo», etc.

Todo ello resumible en una palabra: regorilización de amplios sectores sociales, pues «el peronismo –como enseñó Borges– es incorregible» y osaba ahora avanzar sobre la propiedad.

Muchos se habían preguntado hasta ese momento de donde venía el peronismo de los Kirchner, especialmente porque no lo enarbolaban sino que pretendían acumular a través de la transversalidad.

Pero, en ese momento, se comprobó que su origen era el setentismo y desde diversos lugares le apuntaron críticamente: soberbia, capricho, prepotencia, decisiones en el pequeño círculo, deficiente comunicación, renuencia al diálogo. «La primavera kirchnerista» ofrecía cierta semejanza con aquellos 49 días del 73 que dieron en llamarse «la primavera camporista».

Ello permitió que a la «gorilización» se sumase el peronismo de derecha que había dado pruebas de proimperialismo en su ejercicio del gobierno.

Los grandes medios de comunicación inventaron entonces que lo más grave del gobierno no era «el modelo», sino «los modales», es decir, el kirchnerismo no cumplía con los rituales propios de un gobierno sensato: reuniones de gabinete, concesiones a la oposición, conferencias de prensa, discursos mesurados empleando la vieja retórica politiquera, en fin, todo aquello que el liberalismo reaccionario de los radicales denomina «el respeto a las Instituciones» y a «las formas de la República», es decir, justamente aquello que Yrigoyen había estigmatizado, en el pasado, como «el régimen falaz y descreído»: cultos caballeros que debatían con altura y respeto, con impecable sumisión a las formas, mientras preservaban los privilegios de las minorías.

Por supuesto, la Sociedad Rural –que alabó a la dictadura genocida de los 70– usó el argumento de «los modales» para apuntar decididamente contra «el modelo», que le imponía retenciones y gradualmente iba recuperando el rol del Estado y hasta podría decidirse a convocar a la movilización de masas.

Pero amplios sectores de la clase media –víctimas del vaciamiento ideológico de 3 décadas– asumieron como propia esa crítica a «los modales»: el kirchnerismo significaba desprolijidad, insensatez, más aún: confrontación y discursos exasperados (como si se pudiera cambiar algo en cualquier país del mundo sin confrontar y exasperarse); el kirchnerismo, en ese camino, podría concluir en Chávez con su histrionismo caribeño que lo conducía a cantar por televisión (por supuesto, tamaña invalidación de la república no la hubiese cometido jamás De La Rúa); el kirchnerismo tenía, además, apoyaturas estremecedoras como ese D’Elía que preconizaba odiar al enemigo cuando es sabido que en la República sólo hay «adversarios» para «dialogar y enriquecer así a toda la familia argentina» y también se sustentaba en el apoyo de la CGT, cuyo resonar de bombos traía el recuerdo de aquel insoportable protagonismo obrero del 45.

Para amplios sectores medios lo cuestionable no era «el modelo» sino la discusión de cuestiones banales, si Cristina cambia de cartera, llega tarde a los actos o «baja línea» en sus discursos o si Néstor actúa como un joven desprejuiciado o tacha de mentiroso a un periódico.

Se pusieron entonces muy irascibles, convertidos en críticos implacables, fenómeno que pudo advertirse en algunos dirigentes de la vieja izquierda peronista.

En esos sectores medios gano la irritabilidad. Ese televidente que todavía cree en Nelson Castro o en Morales Solá, en su supuesta seriedad y conocimiento científico, porque son «gente como uno», acentuó su rechazo a los Kirchner, cultores de otro idioma y otras maneras. «No los soporto», machacó una y vez otra, dando con el puño sobre la mesa ese pequeño burgués, que bien pudo ser el de aquella película «Un burgués pequeño pequeño».

Y dio batalla al kirchnerismo en el café, en la tertulia hogareña, en la reunión de amigos. Fue tal su indignación –alimentada hora tras hora por «la caja boba»– que asumió como su heroica misión concluir con los Kirchner, no importándole demasiado si para ello debía votar por De Narvaez, por Pino, por Macri o por Mongo.

Así se nutrió el frente antikichnerista: con aquellos que estaban contra «el modelo» que los perjudicaba y los que estaban contra «los modales» de un «modelo» que, en gran parte, los beneficiaba.

La derecha reaccionaria galvanizó sus fuerzas hasta crear lo que se llamó «un clima destituyente» y sólo por las rivalidades entre los políticos más retrógrados no pudo ir más allá, (Grondona y Biolcatti confesaron impúdicamente, relamiéndose, sus intenciones golpistas, conjugando su desprecio con las campañas de moralina boba de la Carrió y la orquestación mediáticas de corporaciones proimperialistas como Clarín y La Nación.

Ahora, pasadas las elecciones, en algunos sectores de clase media comienza a cundir cierto temor, porque ven avanzar en el escenario a personajes horrorosos a los cuales también detestan –en este caso, con motivos fundados– como Barrionuevo, Puerta, Ruckauff, Duhalde, Cecilia Pando, Macri y hasta Menem.

Hay quienes empiezan a sospechar que su pregonado «progresismo» ha cumplido la función de revivir a lo peor de la derecha. Algunos de ellos, en lo íntimo, piensan: ojalá el castigo que le dimos, le permita a Kirchner corregir sus errores para salvarnos de la mafia que avanza sobre nosotros…

El gobierno, a su vez, ha quedado duramente golpeado y su único camino es aquel del tablón futbolero: no hay mejor defensa que un buen ataque.

O si se lo prefiere, en términos de mayor nivel intelectual, como decía Manuel Ugarte: “nada hay más peligroso que los cambios a medias”. Porque el enemigo percibe que se está yendo por sus privilegios y reacciona más rápidamente que los amigos que serán beneficiados por el cambio.

De ahí que la profundización de las medidas transformadoras resulte imprescindible y para ello es preciso construir el gran Frente de Liberación Nacional sustentado fundamentalmente en los trabajadores, pero no sólo en sus votos, sino en su presencia en las calles, en la movilización popular, como así también la elevación del debate ideológico que destruya las falsedades y mitos de toda clase difundidos por la propaganda mediática, como asimismo plantar un proyecto claro y contundente apelando a los mejores cuadros del campo nacional.

Sólo así lograremos recuperar a los sectores medios, hoy entregados a las corporaciones agroexportadoras y a ese imperialismo norteamericano que celebra, en sus periódicos, un resultado electoral que le sirve para intentar detener el avance de América Latina hacia su unificación y liberación.

Un tropezón no es caída, dicen sabiamente las viejas del barrio. Pero para tener el derecho a condenar a los reaccionarios y a los “azonzados" hay que hacer una profunda autocrítica.



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