que venga el día

«...Y sentao junto al jogón / a esperar que venga el día / al cimarrón se prendía / hasta ponerse rechoncho / mientras su china dormía / tapadita con su poncho»

1/3/09

Es hora de hablar de LA NACIÓN


Eduardo Blaustein


El diario de los Mitre apoyó sin reservas cuanta dictadura interrumpió el funcionamiento de las instituciones republicanas.

Todavía estaba caliente la sangre derramada por los paraguayos aniquilados durante la guerra de la Triple Infamia cuando Bartolomé Mitre, uno de los responsables de la masacre, fundó La Nación. Fue el 4 de enero de 1870 y tras haber arrasado con el federalismo y el latinoamericanismo, sentenció que ese diario sería “una tribuna de doctrina”. 139 años después es tiempo de debatir sobre su pasado y su presente.

“Procesión rodante y aullante... una ululante bacanal demagógica... un raid callejero... una manifestación que por su confuso abigarramiento y su inofensiva truculencia recordaba a la vez a la Mazorca y al Carnaval.”

Estas líneas aparecen citadas en un ensayo publicado en 1993 por un intelectual al que difícilmente le cabe el calificativo de kirchnerista, Ricardo Sidicaro. Se trata de la política mirada desde arriba. Las ideas del diario La Nación (1909-1989) y las citas corresponden a un editorial aparecido en el diario La Nación que describía a su modo las manifestaciones póstumas de apoyo a Hipólito Yrigoyen, inmediatamente antes del golpe del ’30.

El martes pasado, en la urgida cobertura electrónica de la reunión de las patronales ruralistas con funcionarios de Gobierno, la versión digital de La Nación usó la exquisita fórmula “Cristina irrumpió” para informar sobre la aparición de la Presidenta en ese encuentro.

Al día siguiente, Mariano Grondona se preguntó: “¿Ha iniciado el Gobierno un giro profundo desde el anticapitalismo y el antiruralismo que lo caracterizaban en busca de una postura equilibrada?”. Equilibrado, fino interrogante planteado ante una audiencia capaz de excitarse –que lo explique algún antropólogo cultural– que persiste en la idea de que en Argentina reinan los soviets.

Se sabe: esta semana el Gobierno se anotó un poroto provisorio en la disputa. Pero La Nación encuentra en el enojo de las bases un modo de continuar la lucha. El viernes pasado, una firma fuerte del diario, Fernando Laborda, escribió esta frase acerca de los subsidios que pudieran recibir los productores rurales: “¿Se les pedirá que, a cambio, hagan número en los actos públicos del oficialismo, como ocurre en el conurbano bonaerense con tantos beneficiarios de planes sociales?”. Es un tic largamente conocido, lo que se dice doble standard para cualquier política de subsidios, según se trate de civilización o barbarie. La historia de siempre y la furia de siempre.

El sonido y la furia. “La historia es un cuento contado por un idiota, llena de sonido y de furia”, dice la terrible sentencia shakesperiana. Por suerte ahí está la pequeña historia argentina relatada por el diario La Nación como para que uno pueda aferrarse a la idea de que la historia alberga restos de racionalidad, genealogías, lógicas, continuidades. Aun cuando estemos hablando de un diario que nació como estricta herramienta puesta al servicio de un partido político, aun cuando haya estado al servicio del partido de la gente del campo y del Partido Militar, aun cuando haya hecho tanto, durante tantos gobiernos civiles tronchados y hasta la fecha, por la antipolítica, antes que por la República.

Desde esa coherencia sin fisuras, cambiado el escenario político, La Nación ya abandonó el abuso del calificativo hegemónico, opera a favor de un nuevo armado para la restauración del orden conservador, así como operó hace pocos años, pifiándola fulero, a favor del candidato López Murphy (29/12/2002: el subdirector Claudio Escribano firma una columna titulada López Murphy, un candidato que crece con vuelo propio. Ninguna encuesta avalaba la afirmación).

Más de de una vez, en los primeros años de la democracia, Rodolfo Terragno, como periodista, reiteró la idea de hasta qué punto los diarios argentinos se comportaron como pichichos mansos en los regímenes militares, para ensañarse con los gobiernos elegidos democráticamente. En su relación con los gobiernos kirchneristas La Nación batió todos los récords. La relación nació pésima –para decirlo en términos futboleros– desde los vestuarios. O desde antes: en el portal de Diario sobre Diarios se reseñó alguna vez que desde el 8 de junio de 2002 al 4 de mayo del 2003 el diario dedicó la enormidad de siete editoriales contra Néstor Kirchner. El título del último fue Candidatos del pasado.

Es famosa –y la corroboró Kirchner en el programa de Mirtha Legrand– la nota en la que Horacio Verbitsky informó sobre el apriete que Claudio Escribano hizo en nombre de su diario (5/5/2003), exigiendo el cumplimiento de un pliego de cinco puntos: alineamiento con Estados Unidos, no más revisiones sobre la “lucha contra la subversión”, enchamigamiento con el empresariado, Cuba y, por último, medidas excepcionales contra la inseguridad.

Pasaron unos pocos días y ya Claudio Escribano escribía “la Argentina ha resuelto darse gobierno por un año”. Se trató de nuevo de una pifiada feroz. Pero ya se sabe que los medios no suelen pagar por esas pequeñeces y que en todo caso los únicos actores que tienen la culpa de todos los males universales son los políticos.

Una agenda así de chiquita. En los primeros tiempos de hiperkinesia kirchnerista, algo perplejo, el mainstrseam de la derecha mediática, con La Nación a la vanguardia, hizo lo que pudo con las insolencias oficiales, tirando jabs. En plena renegociación de la deuda, hacia enero de 2004, eran comunes los titulares catastróficos del tipo “Podrían embargar desde hoy bienes argentinos”. Fernando Laborda escribía: “A medida que se acelere la recuperación económica, más irrisoria les parecerá a los acreedores la propuesta de quita”.

José Luis Espert espantaba así: “Lo que el Gobierno no dice cuando se planta en su ridícula propuesta de una quita del 90 por ciento es que quiere seguir gastando en clientelismo político todo el aumento de recaudación que trae la recuperación de la economía”. Morales Solá (8/2/2004): “Malvinizar el conflicto de la deuda podría construir de nuevo una Argentina aislada”. Mariano Grondona no se daba por vencido en la apuesta de instalar a Ricardo López Murphy: en su programa de TV El Bulldog aparecía presentado como “el Opositor”. La sensatez, siempre, del lado de los acreedores. Elisa Carrió no se animaba a lo que sí se anima a reclamar hoy: volver al FMI. Y la presunta agenda opositora de la derecha mediática era más bien pobre, diminuta, casi idéntica a la actual pero sin conflicto agrario a la vista: privatizadas, inseguridad, Blumberg, odiosos piqueteros, revisión de los ’70, negociación por la deuda.

¿Hubo alguna vez algún comentario retrospectivo de La Nación u otros voceros de la derecha sobre el resultado de la negociación por la deuda? Pregunta pava: habrá que reiterar que los medios no son muy dados a revisar sus yerros, por usar una palabra suave. ¿Qué autocrítica podría hacerse un diario que jamás hizo revisión de su apoyo rabioso a la última dictadura militar?

La historia no está tan loca. 25 de marzo de 1976. Dice el editorial inaugural de La Nación en dictadura: “La crisis ha culminado. No hay sorpresa en la Nación ante la caída de un gobierno que estaba muerto mucho antes de su eliminación por la vía de un cambio como el que se ha operado. En lugar de aquella sorpresa hay una enorme expectación… Por la magnitud de la tarea a emprender, la primera condición es que se afiance en las Fuerzas Armadas la cohesión con la cual han actuado hasta aquí. Hay un país que tiene valiosas reservas de confianza, pero también hay un terrorismo que acecha”. Noticia de tapa a los días de producido el golpe: “Argentina normaliza relaciones con el FMI”. El gran diario argentino publica como noticia principal: “Nuevo récord de alzas y operaciones en la bolsa”.

1º de abril de 1976. La Nación publica dulces palabras del dictador Videla dichas ante los corresponsales extranjeros: “La libertad de prensa será respetada y garantizada, confiando en que se sabrá interpretar la vocación del gobierno militar de restituir y asegurar la vigencia de los principios fundamentales acordes con nuestra forma de vida”.

Ah, gloriosos años, aquellos, los del reino pleno de la libertad de expresión.

Gloriosos los del primer aniversario del golpe, cuando la Asociación de Bancos Argentinos expresaba en un aviso/solicitada su “convicción de que el país ha tomado el buen camino”, pues la asunción del poder por los militares había significado “una convocatoria a las fuerzas sanas del país para rescatarlo del caos”. Pasarán cuatro años de gobierno militar y La Nación, alerta, se crispará en un editorial dedicado a los riesgos de iniciar algún diálogo político (16/4/80): “Durante muchos años aún, la democracia vivirá en estado de guerra con el ideologismo dictatorial y es obvio que para sobrellevarla victoriosamente, la voluntad civil habrá de estar asociada con la aptitud militar”.

Y llegará otro aniversario del golpe, el previo a Malvinas, esa gesta apoyada por el diario que se presenta como la quintaesencia de la racionalidad. Es el 28 de marzo de 1982 y La Nación vuelve a erigirse en custodia de la Patria: “De ninguna manera está en juego la revisión de la guerra contra la subversión. Y no está en juego ese revisionismo por la misma causa que tampoco lo está el de nuestras guerras de la Independencia, ya que sus victorias –ayer como hoy– son la causa de que la Nación viva”.

Y en el medio de toda esa historia, pleno Mundial del ’78, habrá pasado la solicitada publicada por la Bolsa de Comercio de Buenos Aires (27/6/78) con la consigna: “La verdadera Argentina es noticia”. “Ante la acción de aquellos que en el exterior intentan deformar la realidad del país -decía el texto-, entidades privadas representativas de la comunidad argentina se autoconvocan para expresar la reacción nacional”. “Se autoconvocan”, decía el texto. Como hoy. Sentían ser exclusivos representantes de lo “nacional”. Como hoy. La consigna aparecía escrita en distintos idiomas para que el mundo supiera, pues por entonces el mundo estaba equivocado. Y aparecía además hermoseado aquel aviso con un dibujo entre telúrico y yupanquiano, “el campo”, como hoy. Y entre las entidades firmantes de la solicitada aparecían consignatarios, cerealeros, ganaderos, exportadores de granos. Como hoy.



La doble moral de los dueños
de esa tribuna de doctrina


Este es:
Alejandro Julio Saguier, principal accionista del diario, acusado de evasión impositiva.
Este es




En un pueblito perdido de Entre Ríos, el matrimonio Bustamante lee el diario. Ella, Ana, le lee a él, Justo, que nunca aprendió a leer y ni a escribir. Desde los 4 años, hace 80, se dedica a trabajar el campo que perteneció a su padre y antes a su abuelo. Ana lee la bajada de La Nación, tras la reunión esta semana, de las patronales rurales con la presidenta de la Nación, Cristina Fernández: “… por ahora no se creará un ente para regular el comercio de granos”. “Eso es como la Junta de Granos, ¿no?”, pregunta él. “Sí”, contesta ella. “Ah, eso era bueno, lo único bueno que hizo Perón”, agrega él, convencido antiperonista desde siempre e ignorante de que lo que hizo ese gobierno fue crear el Instituto para la Promoción y el Intercambio (Iapi).

Ella sigue leyendo el texto de la nota de La Nación: “Sobre la creación del meneado ente que intervendría en el mercado de granos, Cristina Kirchner dijo que ‘el Gobierno se reserva la posibilidad de enviar al Congreso un proyecto de ley para regular el mercado de granos’”.

“¿En qué quedamos, hay o no hay junta de granos?”, pregunta él, y Ana ya no tiene respuesta.
El objetivo de La Nación se cumplió: sobre un hecho cierto, dio la noticia, informó y a la vez desinformó. El lector de este artículo podrá pensar que eso es común en casi todos los medios de comunicación. Tal vez. Pero ese doble juego del diario fundado por Bartolomé Mitre es casi una marca. Para el centenario diario, se puede ser coherente y tener una doble moral.

Precisamente, “La doble moral de los dueños de La Nación”, reza la tapa del número 486 de la revista Veintitrés, publicada el año pasado.

Con la lectura de ese artículo nos enteramos de que el juez Javier López Biscayart acusa por evasión a Matilde Ana María Noble Mitre de Saguier y a su hijo, Alejandro Julio Saguier, principales accionistas del matutino. El magistrado les imputa haber evadido al fisco por 822 mil pesos.

La primera acusación contra los dueños de La Nación se originó en el año 1997. En ese entonces, la acusación era por evasión agravada, un delito cuya pena va hasta los nueve años de prisión y no es excarcelable. Sin embargo, gracias a la acción de la defensa –los asesoró el juez Néstor Marconi, un especialista en lograr que prescriban causas– lograron que el proceso no siguiera adelante y termine finalmente por prescribir.

López Biscayart, seguidor como perro de sulky, logró procesarlos luego por evasión simple, un delito menor que aquél, que prevé penas que van de los 2 a los 6 años de prisión y es excarcelable.

El fiscal de la causa es Claudio Navas Rial, y la acusación que le hace a Matilde Noble Mitre de Saguier es que “omitió declarar ingresos gravados”.

Lo que relata el artículo de la revista Veintitrés, a partir también de afirmaciones de Javier López Biscayart, es el modus operandi empleado para evadir al fisco. La Afip detectó en la declaración de impuesto a las ganancias del año 2000 casi dos millones y medio de pesos que no habían sido gravados. Matilde Saguier adujo que ese monto correspondía a ganancias de la firma La Nación S.A. y que por lo tanto ya habían pagado su correspondiente impuesto.

La clave de la evasión, según el juez, estaba en el recorrido del dinero. Lo que se hizo fue simular un préstamo entre firmas del mismo grupo económico, pero el magistrado demostró que esto sólo tenía la intención de eludir el pago de impuestos.

El argumento de Matilde Saguier –de que ese dinero correspondía a utilidades de la empresa– se derrumbó cuando el juez demostró que en el año 2000 ella no formaba parte del grupo accionista que era propietaria del diario.

La sospecha de López Biscayart es que el hijo de Matilde, Alejandro Julio Saguier, fue el cerebro de la maniobra para evadir impuestos. En verdad, el que maneja los negocios de la familia es Alejandro Julio, se cree firmemente que Matilde Noble no interviene ni maneja el destino del dinero. De todas maneras, sigue investigada por la Justicia, al igual que su hijo.

En el diario no hablaban de ti. Las noticias que relatan los negocios y negociados de los medios de comunicación suelen estar siempre cubiertos por un manto de silencio. Por supuesto, ni pensar que podrían formar parte de las páginas tamaño sábana del centenario matutino. Tampoco lo hicieron otros grandes medios, excepción hecha, claro está, de Veintitrés y ahora de Miradas al Sur. Dirían en La Boca: “entre bomberos no se van a pisar la manguera”. A tal punto llega la desinformación que los accionistas del grupo La Nación reeligieron a los Saguier al frente del directorio.

Mientras tanto, si bien la Sala B de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Penal Económico no confirmó el fallo de López Biscayart, el magistrado seguirá investigando. La causa no tendrá el celoso seguimiento que hace La Nación sobre otros temas, pero ahí estará, para denunciar una vez más la doble moral de La Nación.

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